lunes, 5 de mayo de 2014

LOS SUSURROS DEL MÁRMOL

   



Francisco Javier Yáñez Sánchez





LOS SUSURROS DEL MARMOL






A mi amigo Germán Peix,         
 fiel lector y apoyo permanente.


         


Mozárbez, 2009 -2010





 
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12/11/2013

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EN LOS DÍAS DE GAIUS JULIUS CAESAR


 
EN LOS DÍAS DE
GAIUS JULIUS CAESAR

Hijo de
Gaius Julius y Aurelia Cotta

Año de los cónsules:
 Marcus Valerius Messalla Rufus
  Gnaeus Domitius Calvinus I



 

I. PARTIA



I.      PARTIA


El olor de la brea y la inmundicia emponzoñaba el aire. Era un olor penetrante y pegajoso; húmedo y acre a un mismo tiempo. Un hedor como el que saliera desde la boca corroída y pútrida de un agonizante. Durante muchos años ése fue mi único recuerdo; el de una pestilencia indefinible que lo invadía y unificaba todo: terror, desolación, frío, hambre, laceración y muerte. Viví durante años tratando de limpiarme aquella roña, sin más recuerdos que los que aporta la infamia. Estaba aprisionada entre sensaciones malvadas y sombras repletas de amenazas, entre gritos sin voz y un rencor inserto en mis entrañas. Era como un poso avinagrado que a veces ha llegado a agriar mis instintos, sentimientos y actos. He odiado en silencio y he concebido en mi mente, a modo de desquite, las más ruines infamias y los actos más viles. No me siento orgullosa de mí misma. He envidiado en nombre de una justicia que nunca me saciaba, y he contemplado serena e impasible cómo la maldad era obrada por las manos suaves y alhajadas de inicuos a quienes me debía en obediencia y a quienes silenciaba como devota cómplice. Pero el tiempo, que siempre es impasible, desaprensivo y terco, ha andado sobre mí y ha hecho su labor de carcoma eficiente. Tal vez por eso, he ido envejeciendo imbatible y serena, resignada e impávida. No he sido virtuosa, sino obediente y cauta; telas y vendas estas con las que, en ocasiones, la maldad se cubre, se oculta y se disfraza. Pues la perversidad hay veces que luce vestidos engañosos que la adornan, la ocultan y hasta la hacen parecer extrañamente hermosa, seductora y noble. Pero también diré que, como un viento tenaz que ciñe su quejido a la roca y la lame y la pule, y la va haciendo dócil, obediente y propicia a sus anhelos de amante caprichoso, como un agua que acaricia silencioso un guijarro y marca en su redondez el trazo y el matiz de su giro infinito, y deja en su verdor un tinte de adiós y persistencia, así he soportado yo, estoica y vulnerable, entrañable y amarga, el pasar de los días y sus afanes veleidosos y áridos por hacerme más digna. Suyo es, pues, el mérito. Porque sólo el pasar de los días nos exculpa y absuelve a cambio de soportar sus gravosos rigores. Y así, es difícil ser altiva, orgullosa, soberbia y vengativa cuando se es ya tan vieja y se olfatean los exordios y preámbulos de la unificadora y justiciera muerte.   
Nunca deseé esta longevidad que se me ha otorgado, bien lo saben los dioses y el aire que ha entrado en mis entrañas para darme el respiro cada día. Nunca pedí amontonar edad. Pues que el dolor, cuando es verdadero, se encalla, y la excesiva pervivencia sólo nos aporta sufrimiento enconado; lamento sostenido. Es más, en un tiempo remoto, pedí a cada hora a Plutón que me ajusticiara sin reparar en hierro, destrucción de salud, mordaza o jugo de ponzoña. Pero sabido es que las divinidades no tienen oídos para los humanos y que sólo obran según sopla su antojo arcano e insondable. Hoy, sin embargo, en mí, el remanso de la senectud lo ocupa todo y por ello puedo, por primera vez, mirar hacia mi atrás y enfrentarme a mi vida pasada con la apacibilidad de quien no hace más que notariar su historia, sin importarle si ha de morir en un instante, o si, en su propio pellejo, se va a instaurar eso que denominan el pervivir eterno y que es sólo un empeño de mentes delirantes.
Por todo eso, me he puesto a escribir mi historia en este trágico momento en el que Roma entera llora la muerte de mi dómine; mi señor Cayo Julio César Octaviano, el gran César Augusto al que jamás podrá olvidar nadie del orbe y a quien yo guardaré siempre respeto y un afecto entrañable. Voy, por tanto, a mi empeño y pongo al servicio de él todo cuanto la fortuna me ha otorgado en conocimientos y habilidades relacionadas con el arte excelso de la escritura. No sé si debo o no pedir a Febo que guíe mis renglones con su armonía, orden y razón, pues que mi trato con los dioses es bastante impío, y creo que no hay posibilidad de que esto mude a estas alturas.
Comienzo:
Recuerdo el golpear del mar embravecido sobre la panza de la nave como si mi cabeza estuviera inserta en un tambor y la saña de un músico cruel, secuaz aplicado de Cibeles -inventora de las cubas tonantes-, lo aporrease hasta la extenuación. Evoco la inmensa soledad que aporta la compañía de quejas resignadas y de silentes muertos, la oscuridad que arañan la humedad infinita con sus babas de rezumar inerte y las ratas hambrientas que la roen, la huyen y la buscan. Evoco ahora, por primera vez, un tiempo sin parámetros ni límites, sin faz ni pulso, sin noches y sin días, pues que el terror ciega y enloquece y funde el negror y enmaraña las luces con su sucio extravío.
Porque sobre Zenodocia, la ciudad de mi cuna, yo no vi que cayeran hombres fajados con corazas, formados en legiones, ni jinetes con sus lanzas y escudos relucientes y sus cascos de bronce con águilas de plata, sino llamas ardientes que en un instante incendiaron la vida y pusieron en fuga la razón y la norma. Más que maldad de hombres era ira y execración de dioses. Porque la desbandada se apoderó de todo, y, ante ello, el grito y el terror se quedaron afónicos. Y ya no existió lugar donde esconderse, ni aprisco de caballos sin ser saboteado, ni ganados paciendo, ni tan siquiera labrantíos anónimos de aquellos en los que brotaban hasta entones las hierbas ajenas al airado acontecer de la masacre. Y es que la muerte se instauró rauda, hermética y brutal, como cae una tela de niebla en un día inhóspito de invierno. Porque las casas y cabañas fueron a infamia desnudadas y avasalladas hacia el negror más negro, sin recato y con saña. Y en un trazo de rayo todo fue reducido a blasfemo impudor y a armazones ridículos, chamuscados y débiles, que hasta el viento tiraba con desgana en su desolación. Tierra quemada y sangre; sólo eso.
Así dejé mi tierra, fétida y silenciosa; humeante y sembrada de mortandad impropia. Y no quiero, ni siquiera ahora, pasados tantos años, recordar la mano inerte del que fuera mi padre, tirada a un montón junto a otros muchos miembros cercenados de mis compatriotas. “Amputar a los hombres las manos, las lenguas y los pies”, oí gritar al fiero general que mandaba a las tropas tras unos ojos inyectados en sangre y unas fauces de las que escurría una baba espumeante y ámbar.
Así pené mi adiós. Porque no hay otro adiós más tétrico e infame que el que nos señala la mano yerta de alguien que ya no traza señas, porque otro le ha robado su gesto y la ha abocado a la ruina de fuerza y movimiento seccionándosela de carnicero hachazo. Allí quedó también el cráneo de mi madre, roto junto al umbral de nuestra propia puerta, con sus cabellos rojos requemados y sucios como estopa de averno. Y, junto a él, un cuerpo dislocado y anónimo, exhibiendo el blancor tiznado de sus carnes más íntimas, ésas que yo nunca le había visto ni presentido antes.
No quiero imaginar dónde fue arrastrada mi hermana, ni dónde fue pisoteada su mirada o su risa, o enfangado su aroma. Sólo recuerdo su grito agudo e infinito; ese que aún creo escuchar algunas noches reclamándome entre brumas y sueños. Y es que, aún hoy, me lacera un temblor de tristeza y nostalgia que me nubla los ojos y me atora de angustia, hasta sumirme en aquel callejón de mi entraña más hondo y más siniestro.
Así dejé mi tierra. Como la deja un animal apaleado y roto que se arrastra en demencial catástrofe, temeroso de todo y herido y abrasado hasta por la luz que reconoce y ama desde que abrió los ojos.
Los días que siguieron los ensarto ahora con una lucidez mermada y muy confusa, pues que durante años he sido incapaz de aportarles ni sonidos, ni pálpitos, ni tan siquiera pintura o trazo de paisaje, o sequedad de zonas que recuerden el pisar de mis plantas de niña extraviada. Y es que debieron verme tan desvalida y débil, que en un primer trayecto me amontonaron dentro de una jaula con ruedas que tiraban dos bueyes, en la que habían volcado a todos aquellos desahuciados que no podían responder de su aliento o sus pasos, pero que aún podían ser sustancia de trato en los ruines mercados de desechos humanos.
Seguíamos al glorioso ejército de Roma que retornaba a Siria a pasar el invierno. Vadeamos el Eúfrates a la altura de la ciudad de Zeugma, y su fluir era en aquellas jornadas turbio y espeso como humor de cloaca, y nos dirigimos hasta el Orontes, para seguir su curso y asegurarnos agua y la comodidad de tirar los posibles cadáveres, sin necesidad de cavarles olla o zanja que nos incomodara o detuviera el paso. Esto lo he deducido con el paso del tiempo. Pues que de aquella marcha solamente recuerdo el sudor descompuesto de los cuerpos febriles que en mi entorno me apretaban como mordazas tercas, el zumbar de las moscas hambrientas de salivas, de sangrados o flujos y el polvo pegajoso que cegaba el camino como un fulgor teñido de perenne crepúsculo.
Abrazada a un pingajo de tela, único talismán salvado de mi hermana cuando nos desasieron con barbarie brutal, me sostuve los primeros trayectos, echada al extravío de un carromato infame, en el que sus tablas se quejaban con un crujir perenne. Atravesamos pueblos rendidos al silencio y rebanados por la fiereza cenicienta de quienes, más que ocupar, enarbolaban sin orden ni razón sus furias ensañadas y su orgullo insultante de infames asesinos. Las águilas gloriosas de la conspicua Roma conquistaban el mundo a cuchillo y a fuego.
Aquellas eran las hazañas del despiadado Craso, quien suplía la merma de su audacia y sus ralas ideas con el hueco alarido de un sadismo sin causa que así le resarcía de su vital miseria. Así he sabido que era Marco Licinio Craso: ambicioso y tenaz, cruel y cicatero; malvado y deleznable. Tras arrasar mi tierra, obligó a sus soldados a que lo titularan para siempre “imperator”; tal era su avidez y afán de burda vanagloria. En Roma, aún hoy, se le recuerda con vergüenza y desprecio. Pues que además, aprovechándose de su cargo como oficial de Sila, el tirano, compraba a bajo precio las casas de aquellos que eran proscritos por el régimen o aprovechaba la desesperación de muchos propietarios a los que les habían chamuscado a traición su fincas y viviendas. Incendios que él mismo, vilmente, había provocado, utilizando la mano ígnea de alguno de sus muchos secuaces infames y obedientes. Y dicen, quienes le conocieron, que fue así como llegó a ser el hombre más acaudalado de todo el contorno. Riqueza capaz de equipar y financiar legiones, secuestrar voluntades insertas en la curia y extorsionar a cónsules, ediles o tribunos.
Creo que no comí, ni miré, ni proferí una queja en los primeros días; tal era la cerrazón que me ocupaba el ánima. Únicamente acierto a recordar el escozor del agua al tocar con mis labios de costras y de grietas, y el traqueteo rudo entre aquellos barrotes entre los que se zarandeaba mi cabeza como un costal ridículo, que yo misma hubiera ya entregado al desmadejamiento propio de los ya muertos. Sé que ardía en el cielo el sol como un brasero inmenso atizado a porfía por Vulcano, el forjador del hierro. Sé que, tras algunas etapas de marcha agotadora, nuestra hilera maldita bordeó la ciudad de Damasco, ésa que aseguran que es la ciudad más antigua del mundo. No debía ser prudente exhibir tal cantidad de esclavos ante el pueblo modesto, ya bastante asustado, para no hacer escándalo. Después proseguimos a Tyrus y, desde allí, a la ciudad de Herodes, que ahora llamamos Caesarea en honor a mi amo. Las milicias romanas se quedaron en Siria y ya sólo avanzamos nosotros como hilera maldita de leprosos mugrientos a quienes empujaban el látigo, las blasfemias y el grito de unos pocos milicianos lisiados, con trazas de abatidos, que volvían a casa por ser ya inservibles.
Instintivamente, volví a temblar de horror. Todos lo hicimos en un ay de pavor soterrado y confuso. Fue cuando en el horizonte apareció una línea de jinetes, que, en número no menor de un millar, venían a reforzar las tropas que habíamos dejado algunos días antes. Aquel sufragio militar era un regalo del noble Julio César para su amigo Craso. Un modo de manifestar su gratitud y compensar las grandes cuantías de dinero que, al parecer, el chantajista le había procurado para poder emprender la campaña en La Gallia que le diera la gloria. Mandaba a aquella miriada de terribles centauros el mismo Publio Licinio Craso; el orgulloso hijo del inicuo verdugo de mi gente y mi patria.
Tres décadas después, cuando mi señor Octavio, usando el pacto y la palabra, recuperó los siete estandartes y las águilas plateadas que Cayo Mario donó a las legiones, e hizo venir a los rehenes que aún estaban vivos, conocí yo con precisión aquel pedazo de historia de mi pueblo, de la que yo había sido parte inmolada y sangrante. Y es que -según pude saber entonces-, poco tiempo después de mi desgracia, siete legiones romanas y cuatro mil jinetes, marchando bajo el mando del cuestor Cayo Casio Longino, habían sido derrotadas en las proximidades de Carrhae por nuestro general Surena. Habían sido veinte mil los muertos en las tropas romanas, cuatro mil los heridos y otros diez mil los tomados para servir de esclavos. Entre aquellos capturados estaban “El Imperator” Marco Licinio Craso, gobernador de Siria y su arrogante hijo. Fue así como en secreto, muchos años después, me sentí orgullosa de mi valiente pueblo. Esperé a que llegaran los idus de martivs y, en ese día que parte el mes del dios y preconiza los mejores augurios, compré dos tórtolas novicias y elevé en silencio una modesta ofrenda al señor de la guerra, que así había hecho justicia y desagravio. Quería, de ese modo, celebrar la efeméride, ya remota, en la que la mano, de quien había dado la orden de cortar la de mi padre, había sido también seccionada y entregada como trofeo a nuestro rey Orodes, el II, y, junto a su cabeza, expuestas ambas, durante varios días, en los templos de Partia, para que allí las escupiera y vilipendiara el pueblo como a inmundos pingajos.
Me sentí satisfecha. Los míos habían sido vengados, en su día, sin que yo lo supiera. Pero además, quedaba así escarnecido aquel sanguinario maldito que mucho tiempo atrás también había aplastado en Apulia y Campania la noble rebelión de aquellos gladiadores que inspirara el valiente Espartaco; un númida de Tracia que hizo que los proscritos, durante algunos meses, concibieran la ilusión de ser libres. Pero en aquel momento, el sueño, fue sólo un sueño; humo desvaneciéndose, niebla que se disipa, espejismo: utopía.
Y cuentan que Craso, desde su crueldad avarienta y sin tope,  tras participar junto a Pompeyo en su derrota en las orillas del río Silario, sirviéndose de fraudes y sobornos a los piratas de Cilicia que habían acordado trasladarlos a Iliria, engalanó toda la vía Apia con más de seis mil hombres clavados a maderos. Luego los atizó como teas humanas para así iluminar su entrada en la grandiosa Roma. Todos aseguran que la victoria fue de Pompeyo y que Craso, envidioso, no pudo tolerarlo, por lo que reaccionó de aquella forma infame. Fuera del modo que fuera, creo que nunca Marte, el señor de la guerra, habrá podido aprobar semejante barbarie ni conciliarse con semejante bestia.
Cuando llegamos a la ciudad de César, los mercaderes hicieron los primeros repartos. Me asustaban sus gritos y el gesticular violento de sus manos airadas y voraces. Temblaba ante sus idas y venidas y aquella desazón y alboroto que parecía ocupar sus acuerdos, cerrados y nuevamente rotos un centenar de veces. Fuimos removidos, mirados y tentados con impudor malévolo como vulgares bestias u objetos de rapiña. Fuimos reunidos en lotes, hechos y recompuestos una infinidad de veces. Rompieron los harapos con que nos envolvíamos para mirar los pechos, los vientres y las nalgas de las mujeres jóvenes aptas para el fornicio. Separaron impúberes por colores de ojos, por tonos de la piel, por tinte del cabello. Calcularon y entresacaron nodrizas, entrañas paridoras, caderas contundentes proclives o apropiadas a la labor doméstica. Forzaron las quijadas para mirar los dientes de hombres y muchachos y auscultarles las caries, los sarros y los vanos. Y enseguida tasaron muslos, brazos y espaldas para trabajos rudos o servir en la arena como fieras salvajes que divierten al pueblo con su inquina y su sangre entregando la vida. Amasaron sin cuidado las llagas y hurgaron en las úlceras para ver el alcance de aquellas podredumbres que podían rematar en gangrenas y muerte. Sopesaron las carnes, la palidez del rostro, el temblor en los labios y el sudor sin motivo. Y, cada uno, se aseguró de que aquel cargamento, que insistía o mercaba, soportaría la dura travesía a los distintos puertos, a la que aún deberían someternos a todos. A mí me sujetó a su lado una mujer que yo no conocía. Y debieron creer que ella era mi madre, por lo que permitieron que mi suerte cursara pareja con la suya. Sin duda, yo les debía ser un material de escombro de valor despreciable. Y, tal vez, no pretendieron sino que la mujer, prieta, altanera y firme en apariencia, aunque muy abatida y extinguida de fuerzas, siguiera alentando sin quitarle su cría. Ella, sí es muy probable que fuera considerada, después de reponerse, un animal rentable.
Yo no había visto el mar; jamás había visto el mar. Su presencia me sobrecogió a pesar de mi estado. Aquella azul inmensidad me invitaba a una entrega suave y acogedora sin reparar en nada. Era como una enorme gasa cubriendo el infinito; ocultando una realidad lejana y misteriosa, fantástica y veraz al mismo tiempo.
Zarpamos por la noche. Cuando nos subieron al navío la piel del agua era una suave colcha de oscuro lapislázuli y en ella se mecía una luna muy pálida que jugaba a partirse en cien pedazos entre un temblor dócil y contenido. Las suaves olas golpeaban el casco con la amable insistencia de un afectivo amante. Nos confinaron en la angosta bodega, junto a una carga de sombras agobiantes que se sumaban a los espectros de nuestros propios cuerpos maltratados y trémulos. Olía a grano seco y a ánforas húmedas de arcilla, a miel y a jugo de aceitunas recién pisoteadas. Olía a brea y a dátiles aún verdes y a pieles de ganados mondadas hacía poco. Olía a encurtidos y salitre, a vinagre y natrón, a especias y a manteca, a moho y agriedad. A tientas nos fuimos acomodando entre los intersticios que dejaban los odres, las cántaras y fardos.
La mujer se sentó y yo me acurruqué a su lado como parte de su misma indumenta. Su brazo firme me aproximó a su pecho y pude oír como su corazón latía tenue y como alejándose. Hubiera deseado poder cobijarme en su vientre y desaparecer sin que nadie me viera. No había escuchado su voz. Tal vez, ni ella ni yo teníamos palabra alguna que decirnos, ni qué decir a nadie. Solamente notaba el tacto de su mano tibia, que ya no me soltó, y el pulsar de su pálpito, impreciso y remoto, que a veces parecía perderse en el silencio de una oquedad amable y maternal que así me guarecía. Su respiración, cansada y muy serena, parecía ir midiendo y apilando instantes de un dolor brutal e inconfesable. Su mano era áspera, rotunda y silenciosa. Unas manos resueltas a entregarse o a morir sin pausa o sin preámbulos. Es posible que para ambas fueran ya inútiles las lágrimas, los lamentos y las explicaciones.
A partir de entonces creo que se me extravió definitivamente el curso de los días. Dormí. Dormí con tanta profundidad como si pretendiera hundir mi desamparo en el zurrón del sueño. Aquel regazo amable era lo único que me daba cobijo y, a su lado, creí que podría alcanzar, por fin, esa muerte serena que tanto ansiaba y que me reintegraría al lado de los míos. Sólo, alguna vez, cuando el entumecimiento me obligaba a cambiar de acomodo o postura, recuerdo haber visto unas rayas de luz filtrada entre las cuadernas más altas, lo que me hacía presentir que el sol podía estar en el centro del cielo de un mundo que ya no era el mío. Creo, entonces, aprovechando la mísera penumbra, haber mirado alguna vez a sus ojos; unos ojos grises, fijos perennemente en un punto infinito, plomizo e insondable.
Dicen que fondeamos en el puerto de Pafos, la ciudad donde viniera al mundo la diosa griega que llaman Afrodita y que tanto se asemeja a nuestra hermosa Venus. Pero jamás podré testificar aquello, porque únicamente sentimos el roce del casco golpeando con rudeza en un muelle y, de inmediato, la violenta incorporación de un cargamento de esas piedras rojizas, a las que llaman cobre, que nos obligó, aun más, a reducir espacio a riesgo de aplastarnos. A partir de aquel tenso momento, la bodega se convirtió en un antro tomado por el vapor de un polvo irrespirable y lúgubre, rojo e incandescente, que cuando acaecía algún golpe violento se engrosaba en volutas amorfas y opresivas. Un polvo denso que se apoderó del ámbito sin llegar nunca a asentarse, mientras que nuestra piel, sucia y sudorosa, se cubrió de una capa de ceniza metálica.
Sé que algunos murieron por hambre o por asfixia, pues que aquel ambiente enrarecido carcomió sus pulmones y perforó sus estómagos famélicos con la velocidad con que algunos hongos pudren hígados y entrañas en tan sólo unas horas. Pues que durante toda aquella travesía nuestra comida no fue más que una nauseabunda pitanza que alguien lanzaba desde una claraboya que luego se cerraba, cual tronera maldita, para volverse a abrir no se sabía cuándo. Comimos inmundicias sin saber qué comíamos, ya que la oscuridad no nos permitía más que palpar el suelo en busca de despojos. Un manoteo ávido entre orines, excrementos y piernas. Ni siquiera se evacuaban con regularidad deyecciones o vómitos y, solamente, si alguien expiraba y su hedor lo anunciaba en cubierta, una cuerda lanzada desde la alta trampilla permitía atar al fallecido e izarlo como un bulto ya ahorcado o exánime. Nunca he podido olvidar aquella imagen tétrica, izando hasta, yo no sabía dónde, a quienes se habían quedado rígidos como leños y exhalaban ese tufo infernal que acompaña a la muerte y que los delataba como idos del mundo. Y luego aquel seco sonido cuando eran arrojados al mar y el mar los recibía con su hambre de agua. Y es que, aun entre aquella babilonia de aromas encontrados, la hediondez de la muerte se sabía abrir paso y proclamar su triunfo de vencedor seguro a quien nadie derrota.
Después de unas cuantas jornadas más, tal vez una decena, pasamos frente a Creta. Al menos eso creí oír en el grito de alguien que hacía de vigía y que clamaba el nombre de la isla como una proclama lanzada hacia los cielos. Desde allí nos dirigimos hacia el terrible estrecho que llaman de Messina. Sin duda alguna, Escila, la criatura de las seis cabezas y las doce extremidades con hocico de perro, y Caribdis, el otro monstruo pérfido, que junto a ella guarda el ajustado paso, estaban ese día en sus peores horas. Debía ser así, pues nuestra travesía entre Sicilia y las costas de las tierras itálicas estuvo presidida por cuantas furias pudieran concitarse y en su peor querella, reyerta o desacuerdo.
He sabido, cuando me he informado en leyendas y mitos, que ya aseguraban los griegos que Caribdis, la hija de Poseidón y Gea, bebía enormes cantidades de agua. Eso lo hacía hasta tres veces a lo largo del día, y después la expulsaba con espasmos violentos, originando así tremendos remolinos ávidos de tragarse a cuantos navegantes osaran atravesar sus feudos preservados. Debía ser así, al menos en aquellos momentos remotos de mi infancia, pues que el mar se embraveció de tal manera que su golpear en el casco y los tremendos zarandeos de aquella enorme nave nos hicieron concebir la idea de que, al fin, había llegado nuestra última hora.
Tras todo el terror sentido a causa de la maldad de los inicuos hombres, ahora eran las fuerzas de la naturaleza quienes me acometían con su rabia más ruda. Definitivamente mis pecados debían ser muy grandes, al estar propiciando toda aquella revancha de catástrofe y ruina. Además del gran dolor acumulado, ahora se me sumaba un sentido de culpa atroz como un mazazo. Sin espacio a la duda, yo y mis torcidos actos debíamos haber concitado aquella serie nefanda de siniestros y males. Yo y mis yerros habíamos hecho caer en desgracia a mi tierra, ejecutado a mi familia y mi gente y desparramado aquel infinito dolor sobre la faz del mundo. Una enorme pesadumbre se unió a mi locura.
Las sacudidas del mar enfurecido golpeaban el casco con encono creciente. Las tablas se quejaban en un lamento largo, precursor seguro de su quiebra. Éramos sacudidos cual inútiles fardos y llevados de un lado para otro, con el temor de que también la carga pudiera desplazarse y aplastarnos a todos. Las ratas huían y chillaban y los excrementos, orines e inmundicias esparcían en triunfo su hediondez rezumante, pútrida y vomitiva. En aquella vorágine, el brazo firme de aquella mujer me apretaba con una presa rígida contra su cuerpo húmedo y ambas íbamos de un sitio para otro a merced de aquellas acometidas despiadadas y súbitas como bultos sin dueño.
 Creo que fue en una de aquellas envestidas, que creí decisiva, cuando me dispuse a gritar. Tal vez a musitar mis primeras palabras tras tantos días de un mutismo estoico o impuesto férreamente. Y fue entonces cuando me di cuenta de que mi garganta estaba seca y vacía de voces y de aullidos. Quise articular un clamor, una queja, tal vez una oración a mis dioses paternos o un grito reclamando socorro o muerte rápida. Pero mi garganta se negó a acatarme y entonces supe que también me había quedado sin el primario don que nos permite el proclamar palabras. Un terror añadido me envolvió en su nube y creo que fue así como perdí el sentido.
Cuando volví en mí, la mujer me tenía atada a sí con sus tenaces brazos. Ambas yacíamos ovilladas junto a múltiples ánforas que se habían trizado. El grano, mezclado con los trozos maltrechos, se había esparcido hasta casi enterrarnos. Aquella sepultura era, en verdad, inmensamente cálida. Y yo sentí la suavidad de aquella maltratada simiente como una anhelada caricia que pudiera arroparnos definitivamente. Tal vez por eso no me moví ni desee liberarme de su amable opresión. Sobre el casco, ahora, el mar lamía con apacibilidad de perro obsequioso. Eran como enormes bofetadas tenues y acompasadas. Miré a la mujer. Tenía una pequeña brecha sobre una de sus cejas, de la que había manado un hilillo de sangre que se había secado y que ahora parecía una fibra de lana pegada a su mejilla. Era un trazo ínfimo y sinuoso que la embellecía de una manera extraña. Ella también dormía. Miré a mi alrededor. El resto del pasaje se removía pesado, inquieto y dolorido. Se oían quejidos mitigados, alentares costosos. Frente a mí un muchacho parecía mirarme fijamente con sus enormes ojos perdidos en los míos. Creo que fue la primera vez que me di cuenta de que, en realidad, junto a nosotras, existía otra gente sujeta al mismo destino y al mismo desamparo. Aquel muchacho parecía no esbozar ni gesto ni respiro, pero me encaraba con una intensidad rebosante de angustia. Tal vez estaba extraviado o entregado ya a un estado de derrota y fracaso. Hice un esfuerzo por calcular los días que ya se acumulaban en nuestro infortunio, y creo que llegué a suponer que era ya casi un mes el que separaba aquel instante del último en el que yo consideraba que de verdad vivía.
Ahora, sobre nuestras cabezas se removían pasos con más agitación que en otras ocasiones. La nave debía derivar con calma inusitada, de tal manera que a mí me pareció que todo aquello había entrado en una dimensión más laxa e irreal, tal vez más propia de ambiente de inframundo. Llegué a pensar que ya habíamos muerto y que el barco surcaba lentamente por la laguna Estigia, aunque nadie había podido darle mi moneda a Caronte para garantizar mi viaje irreversible. Creo que volví a dormirme hasta que un rudo golpe me despertó de nuevo. Habíamos arribado a los muelles de Ostia.
Después de un largo rato, se abrió el tragaluz y alguien lanzó una escala, al mismo tiempo que una voz ruda nos ordenaba subir hasta cubierta sin pérdida de tiempo. Todos escuchamos la orden sumidos en la duda. Unos a otros nos fuimos empujando. Nos pusimos en pie con la dificultad que muestran los lisiados, entre quejas y el vértigo que aportan las piernas insumisas.  Fue entonces cuando me di cuenta de que aquella mujer ya no me protegía. Con su imagen yaciendo entre el grano, hundida en el dolor, ascendí por la escala sin llegar a creerlo. Me temblaban las manos y mis piernas parecían haber olvidado su esencial coherencia.
La hiriente luz de Ostia cegó mis ojos como un cuchillo fúlgido que me cauterizara. El viento abrasador del mar Tirreno me escupió en la cara. Había llegado a mi destino y una nueva vida, como un segundo y doloroso parto, me obligaba a vivirla.