XVII. LA DOMUS
ENCUMBRADA
La nueva casa que Augusto levantó en el Palatino se
convirtió
muy pronto en la domus más elegante
de Roma. No es que en su construcción se emplearan materiales finísimos ni que
Livia la amueblase con lujos excesivos, pues su deseo era el de aparentar en
todo momento modestia y contención para que el pueblo llano la sintiera más
próxima. Sin embargo, todo en la mansión estaba trazado con suma inteligencia y
deliberación. Se trataba de hacer que la construcción, muy poco a poco, fuera
dotándose y adquiriendo cuantos espacios, aposentos o recintos se iban haciendo
indispensables o deseados y, así, ir agrandándose de forma inadvertida. De ese
modo larvado, el edificio fue lentamente adquiriendo una apariencia señorial y
magnífica y nadie parecía darse cuenta de ello ni sentirse ofendido por su
suntuosidad.
A la vez, en Roma se iban
ejecutando soberbias obras públicas que dejaban al pueblo embelesado a la par
que orgulloso de sus eximios mandos y activos promotores. Así, la vivienda
llegó a tener una altura de más de diez metros sobre el talud que miraba al
gran estadio Máximo y una apariencia luminosa y soberbia realmente envidiables.
Estaba compuesta por dos niveles de habitaciones, lo que la confería una
esbeltez y una privilegiada vista panorámica orientada hacia el mar, allá por
donde el sol moría.
En verdad, allí se podía asegurar que
moraba el gran señor del mundo, pues que a su alrededor la ceñían los otros recintos
imperiales cual protección y afán de pleitesía. Y cuando, dos años después, se
inauguró a su lado el gran templo que Augusto dedicó a Apolo, por su amparo en
la batalla de Actium, la casa fue conectada de manera directa con el complejo
santo. El conjunto, entonces, se reveló fastuoso y notable, pero ya todo el
mundo lo sentía cual si fuera algo suyo. El pueblo llano se sentía orgulloso de
tal magnificencia que era como un emblema de ellos ante el mundo. Roma era la
urbe centro del universo. De nuevo Livia había obrado con una inteligencia
astuta y sorprendente. Octavio la adoraba. El prestigio de mi señora era
incomparable.
El recinto se completaba con el
grandioso pórtico de las Daneidas, poblado con cincuenta sorprendentes estatuas
de mármol negro que representaban a las hijas de Danao. A su lado, una
biblioteca para libros latinos y otra exclusivamente para escritores griegos,
que se cubrieron con tejas especiales traídas de Mutina. También contábamos con
varias estancias para las reuniones y un conjunto muy hermoso de peristylium plagados de florestas y de plantas enviadas de todos los confines y fuentes
con mosaicos trabajados con teselas hermosas formando adornos con personajes y
dibujos vistosos.
Se había contratado a los mejores
artesanos y artistas, griegos, egipcios y del lejano Oriente. Pues que el fasto
extranjero había comenzado a admirarse en la urbe y los más ricos querían
distinguirse incorporándolo, como un exotismo, a su vida más doméstica e íntima.
Los techos decorados con guirnaldas pintadas y falsas claraboyas, las
arquitecturas gráficas, estucos y mármoles fingidos, las grecas y
ambientaciones de pájaros y peces, de labores agrícolas, de escenas o actos
mitológicos, de ritos religiosos, lograban aportar al conjunto espacios nunca
antes concebidos y una apariencia de teatralidad perenne, que nos hacía sentir,
a quienes las poblábamos, como inmersos en mundos soñados e irreales; en una
especie de danza permanente.
Y para que todo aquel conjunto tuviera
un atributo y apoyo superior, fueron trasladados al nuevo templo de Apolo los
libros llamados Sibilinos que hasta aquel momento habían sido custodiados en el
templo de Júpiter. De aquel modo sin par quedaba dignificado el sitio como
ninguno otro en toda la metrópolis. Un conjunto dignísimo, elegante y casi
sacrosanto.
En aquel bello ambiente comenzó a
discurrir nuestra regia existencia. La casa se pobló de gente joven, pues Livia
persuadió a su esposo para que toda la familia viniera a vivir bajo un mismo
techo, acotando dependencias y espacios para cada uno de ellos. Y, aunque cada
familia disponía de su propia morada, era en casa de Augusto donde todos
pasaban la mayor parte de su abúlico tiempo y donde se gestaban fiestas,
visitas, enlaces, viajes y concesiones. Y no era que de pronto Livia se hubiera
vuelto afable y amorosa, espléndida o acogedora. Pero sí era de ese modo cómo
mi dómina podía controlar de manera
mucho más efectiva los pasos de todos sus parientes, que nunca se sosegaban en
su afán de medrar, entrelazar traidoras connivencias o propiciar intrincados
contubernios de odios o pasiones.
Acabados ya los envites de los grandes
personajes públicos que podían amenazar el poder de Augusto, era ahora tiempo
de tejer la maraña oportuna que trabara los nexos esenciales para que el
Imperio dejara de ser un simple sueño y se hiciera una realidad compacta y
perdurable. Los pasos debían ser minuciosos y firmes y habían de ser dados como
si se tratara de los de un baile incierto y delicado, yendo y viniendo, girando
y contragirando; una danza de saltos y acrobacias que embelesara a todos, pero
que permitiera a los danzantes ir situándose en el lugar que ellos deseaban y
que, a la vez, resultara más útil a quienes tenían la responsabilidad de dirigir
la “fiesta”. A mi ama correspondía, por tanto, aderezar aquel festín infame.
Diré que el poder de Livia era ya
infinito. Nadie dudaba del alcance de su delgado brazo y Augusto la veneraba
como al propio aire que usaba en su hálito. He de decir también que la eficacia
de la frágil mujer era tan sorprendente que, aunque no pocos la odiaban en
silencio y hasta la criticaban en círculos cerrados, todos sin excepción la
admiraban de un modo subyugado. Un raro hilo unía ya a Livia con la gente; un
hilo desigual pero irrompible que hacía que todos permanecieran prendidos de su
aura. Su entorno era como una gran tela de araña a la que se acudía buscando un
dulce acatamiento. Y vivir o perecer en ella era como un regalo que la insigne
tarántula concedía o no, pero al que todos se plegaban sumisos y encantados.
Yo gozaba, como he gozado siempre, de
su recóndito y enmarañado aprecio. Un aprecio que siempre se ha basado en un
respeto mutuo; una relación imposible y a la vez necesaria. Pero es
sorprendente que yo declare esto, pues que siempre he sido su esclava y ella ha
ejercido como mi clara ama, pero a la vez como si tales lazos no existieran y
ambas fuéramos un ente indisoluble. Tratar de condensar sensaciones y apegos en
nuestra relación siempre me ha resultado una tarea ardua e insostenible.
Diré, no obstante, que su frialdad ante
los hechos era ya para mí total y sorprendente. Nada se interponía entre su voluntad
y el fragor de los actos que ella decretaba sin inmutar sus párpados. Con suma
crueldad había ordenado tiempo atrás la muerte del joven Cesarión. Ese tipo de laudos
ha supuesto siempre para Livia un modo peculiar de actuación, muy semejante al
hecho simple de beber una copa de agua o sacudir de su hombro una sencilla mosca
o semilla que la importunasen.
Bien recuerdo aquel día en el que Augusto
estaba pergeñando con uno de sus generales el modo en cómo poder deshacerse del
muchacho de una forma discreta. Estaban acordando que tal vez lo mejor sería enviarlo
a la India. Al parecer habían averiguado que allí vivía un pariente, de nombre
Festus, que era mercader y que había garantizado que el joven no se dedicaría a
otra actividad que no fuera sino comerciar con especias.
Entonces, habiendo auscultado ella la
conversación, pues usaba con frecuencia el orificio situado en uno de los ojos
de la máscara de Euterpe que decoraba uno de los muros del despacho de Augusto,
entró donde estaban reunidos los dos hombres. Aquella cala servía para que
ella, desde otro aposento y sin que él lo supiera, estuviera siempre al tanto
de lo que su esposo negociaba a diario.
Arrolladora, locuaz y teatral, mi ama simuló
gran empeño por saludar a aquel visitante, preguntar por su esposa a quien
aborrecía y desearle una gloria que en nada le importaba. Tras tales cortesías,
les dejó que hablaran. Por aquel tiempo Octavio jamás interrumpía una
conversación, fuera de cualquier índole, en presencia de Livia. Ella se les
acercó distraída e ingrávida. Vestía una hermosa túnica de seda color malva y
sobre ella un velo blanco, etéreo y delicado, y se había puesto un perfume
adecuado que exhalaba a myrtus; yo la
había atendido. Primero se inclinó sobre Octavio para servirle vino, luego lo
hizo con aquel invitado, procurando dejar que las telas flotaran permitiendo
insinuar sus pechos. Sus pulseras tintinearon durante un instante dejando la
charla en un leve suspenso. Cuando lo hubo hecho, suspiró como ausente, como si
no hubiera escuchado con celo lo que ellos trataban. Entonces musitó con un
mohín coqueto: “Ay, estos hombres, cuántas cavilaciones que son innecesarias y
cuánta desinformación habita en su terca vehemencia. Preguntad, preguntad en el
puerto o el foro antes de preocuparos. Yo creo que ese pobre muchacho ya no
está en este mundo. En realidad, qué iba a hacer aquí ese inocente huérfano
habiendo sido asesinado su litigado padre y habiéndose inmolado su lujuriosa
madre; mejor la paz eterna ¿no creéis?” Y dejando en la estancia el vuelo de
sus sedas y su brazo tendido, como olvidado en un leve saludo, ademán que ella
usaba con puntual frecuencia, salió del aposento como si lo que hubiera dicho
no tuviera importancia. Augusto y el militar se miraron perplejos. Después despacharon
espías para ser de inmediato informados antes de trazar nuevos planes.
Cesarión se había dirigido a Berenice
para cruzar el vetusto Mar Rojo. Allí Rhodón, un antiguo profesor suyo, lo
había traicionado, y una daga enviada por alguien desde Roma le había cortado
la garganta con un tajo insalvable. La amenaza de un posible sucesor de Julio
Cesar estaba cancelada; la marcha hacia el Imperio así lo requería y la diosa
Cibeles era seguro que lo ratificaba cual madre atentísima de su dilecta patria.
Los destinos del mundo debían continuar sin las trabas de nadie.
Tras aquellos sucesos, Oriente quedó por
fin fidelizado a Augusto. Él perdonó de forma generosa a las legiones que se le
habían enfrentado y permitió la repoblación de aquellas tierras con cuantos legionarios
redimidos quisieron establecerse en aquellos confines. Su bolsa resultó
generosa y su gesto en extremo magnánimo.
Livia entonces tramó uno de los
proyectos más sutiles y arriesgados de toda su existencia. Se trataba de dar
pasos atrás para avanzar más tarde, cuando su pie estuviera tan fortalecido que
nadie pudiera interceptar su temerario salto. La vida pública era un lodazal corrompido
e infecto sobre el que había que transitar asegurando el éxito. Había que ser
mucho más hábiles e inteligentes que los padres de Roma si quería anulárseles.
El peligro era máximo, pero a Livia la excitaba el riesgo más que un lance
amoroso o una pasión secreta.
Aprovechó una de las reuniones que
tenía conmigo so pretexto de informarse de cómo iba el discurrir diario de la
enorme domus, de la que yo había sido
designada como máxima agente. Para ello solíamos encontrarnos después de la
hora octava, cuando el calor impedía dedicarse a otra cosa que no fueran asuntos
serenos de cuestiones domésticas o cosas propias de la intendencia.
Desde el amargo trance en que perdí a mi hijo,
su relación conmigo había variado. Yo no podía precisar en qué, pero algo
sucedía. Tal vez yo la reprochaba sin apenas saberlo que no hubiera hecho demasiado ante Agripa por conocer algo
más del rumbo de Vesonio. Sin embargo, su atención hacia mí en el fragor del trance
y luego en mi recuperación, y el hecho de que su despreocupación sobre mi
hombre amado me hubiera devuelto a la vida y ayudado a su olvido, eran cosas
loables que yo también premiaba con reconocimiento, gratitud y respeto. Pero existía
algo. Algo como un humo intangible que se cruzara entre su mirada y la mía para
desenfocárnoslas. Lo notaba yo en cómo ella adoptaba ante mí una actitud
distinta, sutil e imperceptible para cualquiera que nos fuera ajeno, pero muy evidente
para nosotras mismas.
Aquella tarde ella habló sobre lo
habitual tan sólo un momento. Enseguida pasamos a otra cosa. Entonces me indicó
que cerrara la puerta, y me pidió que me asegurara de que nadie nos estaba
escuchando tras de las celosías de ámbar que daban al impluvium. Cuando comprobé los detalles, me senté frente a ella.
“Laraine deseo que me oigas y que también me escuches”.
Livia solía distinguir conmigo sobre esas dos funciones cuando deseaba dar
importancia a algo. Con ello, lo que quería decirme es que le era precisa mi
escucha, mi reflexión y el posterior consejo. Yo sabía entonces que algo de suma
importancia se estaba fraguando en la mente peligrosa de Livia. La escuché con
mis ojos. Solía ser así: yo me sentaba hierática frente a ella, aunque no
rígida ni atemorizada. La miraba a los ojos y situaba mis manos sobre mis dos
rodillas. Mi respiración se hacía entonces totalmente serena y nada permitía yo
que ocupara mi mente. Ella siempre me bromeaba diciéndome que ya había tomado
la postura de oráculo. Pero yo bien sabía que era aquella y no otra la
disposición que mi señora precisaba de mí para aquellos momentos. Entonces me
refirió sus planes.
Los planes que ella trazaba para el
futuro perseguían que viniera el Imperio y que su esposo y, más tarde, su hijo
Tiberio, fueran Imperator de Roma.
Aquello la permitiría a ella ser Livia Augusta, y con posteridad entrar por cualidades
propias a formar parte del Panteón Divino. Para ello había que avanzar con pies
de contundente plomo, ya que nadie al parecer deseaba extinguir la importuna República,
que, según ella, tanto mal nos había causado. Por tanto, se había propuesto:
“Me propongo que Augusto disuelva su
fuerza personal y devuelva sus poderes extraordinarios al Senado de Roma. Tras
ello, quiero que algunos de los senadores que me son más afines promuevan una
nueva elección y presenten a Octavio para el consulado. Sólo así quedará
elegido de forma irrefutable. Después ya tengo estudiada la fórmula legal por
la que hacer que lo declaren Princeps, el “primus inter pares”, para lo
que es necesario, ya lo sé, obtener consensus universarum.
Pero escúchame bien. Sabido es que los
poderes del príncipe deben emanar de su ejemplaridad para que sean firmes a los
ojos de todos. Es la ejemplaridad quien alimenta esa autoridad, aunque sabido
es también que esa autoridad la confiere, de manera formal, el Senado de Roma.
Se hace necesario pues dar pasos hacia atrás, observar a toda costa una vida
familiar intachable y disponer de dinero suficiente para mover voluntades y
persuadir a espíritus que pudieran, a priori, mostrársenos débiles o indecisos.
A todo estoy dispuesta y cuento con apoyos. En estos años he estado cebando a
mis adeptos y ahora me dispongo a que me den sus carnes; sabré recompensarlos.
No obstante, necesito de ti un control estricto de toda mi familia. Únicamente
si soy yo quien dirige sus vidas y ordena sus conductas y acciones, podré estar
segura de la ejemplaridad que ha de aportar la estirpe de Augusto ante los
magistrados y los ojos del pueblo. Te pido, pues, que seas esos ojos que todo
lo observan. Que entre ambas dirijamos a esta manada idiota de torpes esperpentos
que hemos reunido a nuestro alrededor, y que hemos de guiar para que se cumpla
la noble decisión de la diosa Cibeles. Poco a poco los he ido atrayendo al sustancioso
aprisco; ahora he de pastorearlos. Es esta la tarea que se me ha encomendado y
a ella me entrego sin poner resistencia”.
Me detengo aquí y recuerdo aquel
trance. Una vez más ante mí se establecía una encrucijada. De nuevo, mi ama me
pedía mi ayuda; lo había hecho también cuando se dispuso a seducir a Octavio y
nadie podía negar que su propósito no hubiera sido rotundo y exitoso, y que
aquello a mí también me hubiera reportado abundantes ventajas. Yo ostentaba el
mando de la casa de Augusto, era inmensamente respetada por todos los esclavos,
que en aquellos momentos sumaban ya un total de cuarenta y mi trabajo era el
más digno al que esclava alguna pudiera aproximarse. Se me habían permitido
estudios y cultura. Mi dómina me
respetaba de un modo peculiar. Y, aun a pesar de aquella distancia establecida
entre ambas en los últimos meses, Livia seguía confiándome sus secretos más
íntimos. Yo seguía atendiendo sus juegos amorosos, yo cuidaba su baño, su comida,
sus fiestas y sus ropas y, junto a ella, visitaba tiendas lujosas y
frecuentábamos la villa donde Horacio seguía a ambas instruyéndonos de un modo
admirable. Mis conocimientos habían mejorado de forma extraordinaria, en lo que
ella me animaba a diario con férvido entusiasmo. Había aprendido a leer y a
escribir en romano y en griego y conocía cosas de física, de astros, de
aritmética, de geografía o cálculo que nunca hubiera supuesto siquiera que
existiesen. También me había informado de asuntos históricos y conocía muy bien
los avatares públicos y estatales de los últimos años. Me gustaban los mapas
que por decenas se apilaban en el despacho de mi dómine, a los que sólo a mí me era permitido retirarles el polvo. Pocas
mujeres en la grandiosa Roma podían conocer sobre asuntos de lo que yo sabía. Y
sobre todo ello, había algo que no tenía comparación alguna con todo lo demás:
Yo era considerada indispensable por mi señora para el futuro que, según decía
ella, la gran diosa Cibeles había trazado para la insigne Roma. Y no es que yo
creyera que era cierta aquella aberración a la que Livia recurría de modo permanente.
Creo que ya entonces dudaba yo de manera muy firme sobre el poder e incluso la
existencia de altísimos y dioses, puesto que mi experiencia me hacía afirmar
que nunca que yo había solicitado su salvadora ayuda me hubieran atendido. Pero
el hecho de que alguien me considerara de suma importancia para un proyecto de
tales magnitudes, me aportaba una sensación muy atrayente de la que nunca antes
había disfrutado. Con el paso del tiempo, tal vez he llegado a descubrir que
creerse importante, en este mundo en el que todos somos tan efímeros, tan
mínimos y tan vulnerables, es un engaño al que debemos llamarlo vanidad y
apartarnos de él. Pero entonces yo no sabía eso y deseaba, tal vez necesitaba
también, sentirme esencial ante algo o alguien.
El decimotercer día del mes de ianvarivs Octavio devolvía sus poderes
extraordinarios al absorto Senado. De inmediato se restauraba o se fortificaba la
maltrecha República. Augusto y Agripa fueron nombrados cónsules de la naciente Roma
como estaba previsto. A partir de ese momento histórico, Livia sabía que sus
planes se iban fraguando y que ya aquella marcha no tendría retorno. Se trataba
de ir tejiendo con escogidos hilos en el estambre que sólo ella había tensado a
su capricho de forma cuidadosa.
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