lunes, 5 de mayo de 2014

XVII. LA DOMUS ENCUMBRADA



XVII.   LA DOMUS ENCUMBRADA


La nueva casa que Augusto levantó en el Palatino se convirtió muy pronto en la domus más elegante de Roma. No es que en su construcción se emplearan materiales finísimos ni que Livia la amueblase con lujos excesivos, pues su deseo era el de aparentar en todo momento modestia y contención para que el pueblo llano la sintiera más próxima. Sin embargo, todo en la mansión estaba trazado con suma inteligencia y deliberación. Se trataba de hacer que la construcción, muy poco a poco, fuera dotándose y adquiriendo cuantos espacios, aposentos o recintos se iban haciendo indispensables o deseados y, así, ir agrandándose de forma inadvertida. De ese modo larvado, el edificio fue lentamente adquiriendo una apariencia señorial y magnífica y nadie parecía darse cuenta de ello ni sentirse ofendido por su suntuosidad.
                A la vez, en Roma se iban ejecutando soberbias obras públicas que dejaban al pueblo embelesado a la par que orgulloso de sus eximios mandos y activos promotores. Así, la vivienda llegó a tener una altura de más de diez metros sobre el talud que miraba al gran estadio Máximo y una apariencia luminosa y soberbia realmente envidiables. Estaba compuesta por dos niveles de habitaciones, lo que la confería una esbeltez y una privilegiada vista panorámica orientada hacia el mar, allá por donde el sol moría.
En verdad, allí se podía asegurar que moraba el gran señor del mundo, pues que a su alrededor la ceñían los otros recintos imperiales cual protección y afán de pleitesía. Y cuando, dos años después, se inauguró a su lado el gran templo que Augusto dedicó a Apolo, por su amparo en la batalla de Actium, la casa fue conectada de manera directa con el complejo santo. El conjunto, entonces, se reveló fastuoso y notable, pero ya todo el mundo lo sentía cual si fuera algo suyo. El pueblo llano se sentía orgulloso de tal magnificencia que era como un emblema de ellos ante el mundo. Roma era la urbe centro del universo. De nuevo Livia había obrado con una inteligencia astuta y sorprendente. Octavio la adoraba. El prestigio de mi señora era incomparable.
El recinto se completaba con el grandioso pórtico de las Daneidas, poblado con cincuenta sorprendentes estatuas de mármol negro que representaban a las hijas de Danao. A su lado, una biblioteca para libros latinos y otra exclusivamente para escritores griegos, que se cubrieron con tejas especiales traídas de Mutina. También contábamos con varias estancias para las reuniones y un conjunto muy hermoso de peristylium plagados de florestas y de plantas enviadas de todos los confines y fuentes con mosaicos trabajados con teselas hermosas formando adornos con personajes y dibujos vistosos.
Se había contratado a los mejores artesanos y artistas, griegos, egipcios y del lejano Oriente. Pues que el fasto extranjero había comenzado a admirarse en la urbe y los más ricos querían distinguirse incorporándolo, como un exotismo, a su vida más doméstica e íntima. Los techos decorados con guirnaldas pintadas y falsas claraboyas, las arquitecturas gráficas, estucos y mármoles fingidos, las grecas y ambientaciones de pájaros y peces, de labores agrícolas, de escenas o actos mitológicos, de ritos religiosos, lograban aportar al conjunto espacios nunca antes concebidos y una apariencia de teatralidad perenne, que nos hacía sentir, a quienes las poblábamos, como inmersos en mundos soñados e irreales; en una especie de danza permanente.
Y para que todo aquel conjunto tuviera un atributo y apoyo superior, fueron trasladados al nuevo templo de Apolo los libros llamados Sibilinos que hasta aquel momento habían sido custodiados en el templo de Júpiter. De aquel modo sin par quedaba dignificado el sitio como ninguno otro en toda la metrópolis. Un conjunto dignísimo, elegante y casi sacrosanto.
En aquel bello ambiente comenzó a discurrir nuestra regia existencia. La casa se pobló de gente joven, pues Livia persuadió a su esposo para que toda la familia viniera a vivir bajo un mismo techo, acotando dependencias y espacios para cada uno de ellos. Y, aunque cada familia disponía de su propia morada, era en casa de Augusto donde todos pasaban la mayor parte de su abúlico tiempo y donde se gestaban fiestas, visitas, enlaces, viajes y concesiones. Y no era que de pronto Livia se hubiera vuelto afable y amorosa, espléndida o acogedora. Pero sí era de ese modo cómo mi dómina podía controlar de manera mucho más efectiva los pasos de todos sus parientes, que nunca se sosegaban en su afán de medrar, entrelazar traidoras connivencias o propiciar intrincados contubernios de odios o pasiones.
Acabados ya los envites de los grandes personajes públicos que podían amenazar el poder de Augusto, era ahora tiempo de tejer la maraña oportuna que trabara los nexos esenciales para que el Imperio dejara de ser un simple sueño y se hiciera una realidad compacta y perdurable. Los pasos debían ser minuciosos y firmes y habían de ser dados como si se tratara de los de un baile incierto y delicado, yendo y viniendo, girando y contragirando; una danza de saltos y acrobacias que embelesara a todos, pero que permitiera a los danzantes ir situándose en el lugar que ellos deseaban y que, a la vez, resultara más útil a quienes tenían la responsabilidad de dirigir la “fiesta”. A mi ama correspondía, por tanto, aderezar aquel festín infame.
Diré que el poder de Livia era ya infinito. Nadie dudaba del alcance de su delgado brazo y Augusto la veneraba como al propio aire que usaba en su hálito. He de decir también que la eficacia de la frágil mujer era tan sorprendente que, aunque no pocos la odiaban en silencio y hasta la criticaban en círculos cerrados, todos sin excepción la admiraban de un modo subyugado. Un raro hilo unía ya a Livia con la gente; un hilo desigual pero irrompible que hacía que todos permanecieran prendidos de su aura. Su entorno era como una gran tela de araña a la que se acudía buscando un dulce acatamiento. Y vivir o perecer en ella era como un regalo que la insigne tarántula concedía o no, pero al que todos se plegaban sumisos y encantados.
Yo gozaba, como he gozado siempre, de su recóndito y enmarañado aprecio. Un aprecio que siempre se ha basado en un respeto mutuo; una relación imposible y a la vez necesaria. Pero es sorprendente que yo declare esto, pues que siempre he sido su esclava y ella ha ejercido como mi clara ama, pero a la vez como si tales lazos no existieran y ambas fuéramos un ente indisoluble. Tratar de condensar sensaciones y apegos en nuestra relación siempre me ha resultado una tarea ardua e insostenible.
Diré, no obstante, que su frialdad ante los hechos era ya para mí total y sorprendente. Nada se interponía entre su voluntad y el fragor de los actos que ella decretaba sin inmutar sus párpados. Con suma crueldad había ordenado tiempo atrás la muerte del joven Cesarión. Ese tipo de laudos ha supuesto siempre para Livia un modo peculiar de actuación, muy semejante al hecho simple de beber una copa de agua o sacudir de su hombro una sencilla mosca o semilla que la importunasen.
Bien recuerdo aquel día en el que Augusto estaba pergeñando con uno de sus generales el modo en cómo poder deshacerse del muchacho de una forma discreta. Estaban acordando que tal vez lo mejor sería enviarlo a la India. Al parecer habían averiguado que allí vivía un pariente, de nombre Festus, que era mercader y que había garantizado que el joven no se dedicaría a otra actividad que no fuera sino comerciar con especias.
Entonces, habiendo auscultado ella la conversación, pues usaba con frecuencia el orificio situado en uno de los ojos de la máscara de Euterpe que decoraba uno de los muros del despacho de Augusto, entró donde estaban reunidos los dos hombres. Aquella cala servía para que ella, desde otro aposento y sin que él lo supiera, estuviera siempre al tanto de lo que su esposo negociaba a diario.
Arrolladora, locuaz y teatral, mi ama simuló gran empeño por saludar a aquel visitante, preguntar por su esposa a quien aborrecía y desearle una gloria que en nada le importaba. Tras tales cortesías, les dejó que hablaran. Por aquel tiempo Octavio jamás interrumpía una conversación, fuera de cualquier índole, en presencia de Livia. Ella se les acercó distraída e ingrávida. Vestía una hermosa túnica de seda color malva y sobre ella un velo blanco, etéreo y delicado, y se había puesto un perfume adecuado que exhalaba a myrtus; yo la había atendido. Primero se inclinó sobre Octavio para servirle vino, luego lo hizo con aquel invitado, procurando dejar que las telas flotaran permitiendo insinuar sus pechos. Sus pulseras tintinearon durante un instante dejando la charla en un leve suspenso. Cuando lo hubo hecho, suspiró como ausente, como si no hubiera escuchado con celo lo que ellos trataban. Entonces musitó con un mohín coqueto: “Ay, estos hombres, cuántas cavilaciones que son innecesarias y cuánta desinformación habita en su terca vehemencia. Preguntad, preguntad en el puerto o el foro antes de preocuparos. Yo creo que ese pobre muchacho ya no está en este mundo. En realidad, qué iba a hacer aquí ese inocente huérfano habiendo sido asesinado su litigado padre y habiéndose inmolado su lujuriosa madre; mejor la paz eterna ¿no creéis?” Y dejando en la estancia el vuelo de sus sedas y su brazo tendido, como olvidado en un leve saludo, ademán que ella usaba con puntual frecuencia, salió del aposento como si lo que hubiera dicho no tuviera importancia. Augusto y el militar se miraron perplejos. Después despacharon espías para ser de inmediato informados antes de trazar nuevos planes.
Cesarión se había dirigido a Berenice para cruzar el vetusto Mar Rojo. Allí Rhodón, un antiguo profesor suyo, lo había traicionado, y una daga enviada por alguien desde Roma le había cortado la garganta con un tajo insalvable. La amenaza de un posible sucesor de Julio Cesar estaba cancelada; la marcha hacia el Imperio así lo requería y la diosa Cibeles era seguro que lo ratificaba cual madre atentísima de su dilecta patria. Los destinos del mundo debían continuar sin las trabas de nadie.
Tras aquellos sucesos, Oriente quedó por fin fidelizado a Augusto. Él perdonó de forma generosa a las legiones que se le habían enfrentado y permitió la repoblación de aquellas tierras con cuantos legionarios redimidos quisieron establecerse en aquellos confines. Su bolsa resultó generosa y su gesto en extremo magnánimo.
Livia entonces tramó uno de los proyectos más sutiles y arriesgados de toda su existencia. Se trataba de dar pasos atrás para avanzar más tarde, cuando su pie estuviera tan fortalecido que nadie pudiera interceptar su temerario salto. La vida pública era un lodazal corrompido e infecto sobre el que había que transitar asegurando el éxito. Había que ser mucho más hábiles e inteligentes que los padres de Roma si quería anulárseles. El peligro era máximo, pero a Livia la excitaba el riesgo más que un lance amoroso o una pasión secreta.
Aprovechó una de las reuniones que tenía conmigo so pretexto de informarse de cómo iba el discurrir diario de la enorme domus, de la que yo había sido designada como máxima agente. Para ello solíamos encontrarnos después de la hora octava, cuando el calor impedía dedicarse a otra cosa que no fueran asuntos serenos de cuestiones domésticas o cosas propias de la intendencia.
 Desde el amargo trance en que perdí a mi hijo, su relación conmigo había variado. Yo no podía precisar en qué, pero algo sucedía. Tal vez yo la reprochaba sin apenas saberlo que no hubiera  hecho demasiado ante Agripa por conocer algo más del rumbo de Vesonio. Sin embargo, su atención hacia mí en el fragor del trance y luego en mi recuperación, y el hecho de que su despreocupación sobre mi hombre amado me hubiera devuelto a la vida y ayudado a su olvido, eran cosas loables que yo también premiaba con reconocimiento, gratitud y respeto. Pero existía algo. Algo como un humo intangible que se cruzara entre su mirada y la mía para desenfocárnoslas. Lo notaba yo en cómo ella adoptaba ante mí una actitud distinta, sutil e imperceptible para cualquiera que nos fuera ajeno, pero muy evidente para nosotras mismas.
Aquella tarde ella habló sobre lo habitual tan sólo un momento. Enseguida pasamos a otra cosa. Entonces me indicó que cerrara la puerta, y me pidió que me asegurara de que nadie nos estaba escuchando tras de las celosías de ámbar que daban al impluvium. Cuando comprobé los detalles, me senté frente a ella.
 “Laraine deseo que me oigas y que también me escuches”. Livia solía distinguir conmigo sobre esas dos funciones cuando deseaba dar importancia a algo. Con ello, lo que quería decirme es que le era precisa mi escucha, mi reflexión y el posterior consejo. Yo sabía entonces que algo de suma importancia se estaba fraguando en la mente peligrosa de Livia. La escuché con mis ojos. Solía ser así: yo me sentaba hierática frente a ella, aunque no rígida ni atemorizada. La miraba a los ojos y situaba mis manos sobre mis dos rodillas. Mi respiración se hacía entonces totalmente serena y nada permitía yo que ocupara mi mente. Ella siempre me bromeaba diciéndome que ya había tomado la postura de oráculo. Pero yo bien sabía que era aquella y no otra la disposición que mi señora precisaba de mí para aquellos momentos. Entonces me refirió sus planes.
Los planes que ella trazaba para el futuro perseguían que viniera el Imperio y que su esposo y, más tarde, su hijo Tiberio, fueran Imperator de Roma. Aquello la permitiría a ella ser Livia Augusta, y con posteridad entrar por cualidades propias a formar parte del Panteón Divino. Para ello había que avanzar con pies de contundente plomo, ya que nadie al parecer deseaba extinguir la importuna República, que, según ella, tanto mal nos había causado. Por tanto, se había propuesto:
“Me propongo que Augusto disuelva su fuerza personal y devuelva sus poderes extraordinarios al Senado de Roma. Tras ello, quiero que algunos de los senadores que me son más afines promuevan una nueva elección y presenten a Octavio para el consulado. Sólo así quedará elegido de forma irrefutable. Después ya tengo estudiada la fórmula legal por la que hacer que lo declaren Princeps, el “primus inter pares”, para lo que es necesario, ya lo sé, obtener consensus universarum.
Pero escúchame bien. Sabido es que los poderes del príncipe deben emanar de su ejemplaridad para que sean firmes a los ojos de todos. Es la ejemplaridad quien alimenta esa autoridad, aunque sabido es también que esa autoridad la confiere, de manera formal, el Senado de Roma. Se hace necesario pues dar pasos hacia atrás, observar a toda costa una vida familiar intachable y disponer de dinero suficiente para mover voluntades y persuadir a espíritus que pudieran, a priori, mostrársenos débiles o indecisos. A todo estoy dispuesta y cuento con apoyos. En estos años he estado cebando a mis adeptos y ahora me dispongo a que me den sus carnes; sabré recompensarlos. No obstante, necesito de ti un control estricto de toda mi familia. Únicamente si soy yo quien dirige sus vidas y ordena sus conductas y acciones, podré estar segura de la ejemplaridad que ha de aportar la estirpe de Augusto ante los magistrados y los ojos del pueblo. Te pido, pues, que seas esos ojos que todo lo observan. Que entre ambas dirijamos a esta manada idiota de torpes esperpentos que hemos reunido a nuestro alrededor, y que hemos de guiar para que se cumpla la noble decisión de la diosa Cibeles. Poco a poco los he ido atrayendo al sustancioso aprisco; ahora he de pastorearlos. Es esta la tarea que se me ha encomendado y a ella me entrego sin poner resistencia”.
Me detengo aquí y recuerdo aquel trance. Una vez más ante mí se establecía una encrucijada. De nuevo, mi ama me pedía mi ayuda; lo había hecho también cuando se dispuso a seducir a Octavio y nadie podía negar que su propósito no hubiera sido rotundo y exitoso, y que aquello a mí también me hubiera reportado abundantes ventajas. Yo ostentaba el mando de la casa de Augusto, era inmensamente respetada por todos los esclavos, que en aquellos momentos sumaban ya un total de cuarenta y mi trabajo era el más digno al que esclava alguna pudiera aproximarse. Se me habían permitido estudios y cultura. Mi dómina me respetaba de un modo peculiar. Y, aun a pesar de aquella distancia establecida entre ambas en los últimos meses, Livia seguía confiándome sus secretos más íntimos. Yo seguía atendiendo sus juegos amorosos, yo cuidaba su baño, su comida, sus fiestas y sus ropas y, junto a ella, visitaba tiendas lujosas y frecuentábamos la villa donde Horacio seguía a ambas instruyéndonos de un modo admirable. Mis conocimientos habían mejorado de forma extraordinaria, en lo que ella me animaba a diario con férvido entusiasmo. Había aprendido a leer y a escribir en romano y en griego y conocía cosas de física, de astros, de aritmética, de geografía o cálculo que nunca hubiera supuesto siquiera que existiesen. También me había informado de asuntos históricos y conocía muy bien los avatares públicos y estatales de los últimos años. Me gustaban los mapas que por decenas se apilaban en el despacho de mi dómine, a los que sólo a mí me era permitido retirarles el polvo. Pocas mujeres en la grandiosa Roma podían conocer sobre asuntos de lo que yo sabía. Y sobre todo ello, había algo que no tenía comparación alguna con todo lo demás: Yo era considerada indispensable por mi señora para el futuro que, según decía ella, la gran diosa Cibeles había trazado para la insigne Roma. Y no es que yo creyera que era cierta aquella aberración a la que Livia recurría de modo permanente. Creo que ya entonces dudaba yo de manera muy firme sobre el poder e incluso la existencia de altísimos y dioses, puesto que mi experiencia me hacía afirmar que nunca que yo había solicitado su salvadora ayuda me hubieran atendido. Pero el hecho de que alguien me considerara de suma importancia para un proyecto de tales magnitudes, me aportaba una sensación muy atrayente de la que nunca antes había disfrutado. Con el paso del tiempo, tal vez he llegado a descubrir que creerse importante, en este mundo en el que todos somos tan efímeros, tan mínimos y tan vulnerables, es un engaño al que debemos llamarlo vanidad y apartarnos de él. Pero entonces yo no sabía eso y deseaba, tal vez necesitaba también, sentirme esencial ante algo o alguien.
El decimotercer día del mes de ianvarivs Octavio devolvía sus poderes extraordinarios al absorto Senado. De inmediato se restauraba o se fortificaba la maltrecha República. Augusto y Agripa fueron nombrados cónsules de la naciente Roma como estaba previsto. A partir de ese momento histórico, Livia sabía que sus planes se iban fraguando y que ya aquella marcha no tendría retorno. Se trataba de ir tejiendo con escogidos hilos en el estambre que sólo ella había tensado a su capricho de forma cuidadosa.

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