VI. LIVIA
DRUSILA AUGUSTA
Mi padre fue Marco Livio Druso Claudiano y mi madre Alfidia; hija de Aufidio Lurco, el magistrado
que, siendo tribuno de la plebe, fue autor de la ley que todo el mundo
conocemos por su nombre y que regula el normal discurrir de la Asamblea en
Roma. El mismo hombre valeroso que se enfrentó a Publio Clodio Pulcro, aquel
demagogo injuriante y pendenciero. Aquél que, siendo amante secreto de Pompeia
Sulla, la segunda esposa de César, se puso ropas de mujer y, en connivencia o
no con ella, se introdujo en la casa de ésta un día cuatro de december y
participó sacrílegamente en la ceremonia de la diosa Bona Dea. Esa celebración
santa en la que la esposa del pontífice máximo oficia, auxiliada por las
vírgenes vestales, los ritos secretos a favor de la fertilidad, la castidad y
la salud, y que está prohibida rigurosamente a todo hombre bajo pena execrable.
Nadie ha olvidado aún aquel escándalo terrible que motivó la notificación de
divorcio que la mujer recibió inmediatamente de parte de su ilustre consorte.
Pues que las palabras implacables de César circularon por toda la ciudad como
corre el fuego por la yesca cuando ésta está reseca: “No basta con que la mujer
de César sea honesta, sino que también está obligada a parecerlo”. Así
sentenció el noble esposo.
Mi padre fue la persona honorable que
ejerció de testigo y como defensa de él en el juicio político contra Lucio
Valerio Flaccus. Por aquella intervención el noble Cicerón dijo de él, en alta
voz y ante toda la Curia, que era el paradigma del hombre honesto y del amigo entrañable.
El mismo que, llegado su día, puso fin a su vida con dignidad y arrojo en
Filipos, aunque fuera por custodiar a una República anticuada y caduca que los
divinos dioses quieran que jamás germine y reflorezca y que nos amenaza
continuamente como la mala hierba que yo he jurado exterminar.
También diré que nuestros antepasados
fueron oriundos de la ciudad de Fondi. Y que, si nuestros orígenes partieron de
un ambiente plebeyo, el consulado obtenido por mi bisabuelo Cneo Aufidio
Orestes y la influyente prosperidad económica que nos procurara mi abuelo con su dedicación a la
cría de los pavos reales, situaron a mi familia en una desahogada posición
social. Bonanza ésta en medio de la que yo vine a la vida un día veintiocho de september,
hace ya más de estos setenta y tres estíos que hoy me pesan insoportablemente.
Aunque dispuesta ahora, que me hundo
en soledad y miedo, a recordar mis días de núbil indecisa, si digo la verdad,
no sé muy bien cómo medir y relatar aquel primer tramo de mi vida discurrido
hasta entonces. Sobre todo después de aquel aciago año, al que llamamos “de la
gran confusión”; año en el que fueron cónsules el propio César, por tercera vez,
y su triunviro Marco Emilio Lépido. En él se contaron cuatrocientos cuarenta y
cinco días, ochenta más, para corregir los errores que los hierográmatas
egipcios habían cometido ante los dioses evergetas, en su reunión en Cánope,
cuando pretendieron ordenar el recuento oficial de las altas del Nilo. Demos
gracias, pues, porque en tal circunstancia se ajustó definitivamente el cálculo
del tiempo a lo que Sosígenes de Alejandría, con honda ciencia y sabiduría
magna, aconsejó a nuestro prócer Julio César. Aunque deba anotar también que, luego,
a mí misma me correspondió promover
otros ajustes de menor incidencia hace ya algunos años para que todo quedara en
su cabal estado.
No obstante, trataré de hilvanar los
tramos de mi cansado tránsito por la áspera tierra, pues que sé que Laraine, mi
esclava, también lo está haciendo desde hace algunos meses. Y, siendo como
somos distintas y lejanas en tantas y tantas ceremonias y circunvoluciones del
alma y de la mente, no es menos cierto también que hayamos vivido juntas
alrededor de ciento cuarenta solsticios, por lo que se hace preciso que juntas
también testifiquemos sus lluvias y sus vientos, sus soles y sus hielos; sus
matices y tonos. Aunque, a diferencia de ella, y según tengo sabido, pues me he
procurado conocer, de manera furtiva, las notas y papeles garabateados por su
mano, yo no deseo que la muerte me alcance de inmediato; antes bien, quisiera dejar
asegurada mi eternidad, lo que le he suplicado con lágrimas de fuego a mi hijo
Tiberio, azote despiadado y luminaria excelsa de toda mi existencia. Porque yo:
Livia Drusila Augusta, me merezco ser diosa, y, por tanto, más que implorar, lo
demando y exijo, aunque la fuerza de mi voz y la vehemencia de mi impetración
sean ahora burladas y desoídas de forma sistemática. Así, sirvan también estos
papeles para dejar constancia escrita de mi justa reivindicación. Testimonios éstos
comenzados a dictar por mí en el año que son cónsules Sisenna Statilius
Taurus y Lucius Scribonius Libo. Tiempos
en los que a todo el mundo le ha surgido la manía de escribir sobre nuestra
familia, incluso al imbécil de mi nieto Claudio, ese estólido que carga
nuestras vidas. Será una epidemia.
La esclava Laraine llegó a casa de mi
padre dos meses antes de mi entrega en matrimonio a Tiberio Claudio Nerón, mi
primo y mi primer esposo, el padre de mis dos únicos hijos: el divino Tiberio, emperador
de Roma, y el malogrado Druso, que los dioses hayan guarecido con claro privilegio
en su regazo eterno.
Pero es necesario que yo saque fuerzas
de mi flaqueza de vieja inservible e indague más en mí y me remonte a tiempos ya
huidos, para fijar con mayor precisión y celo la razón del encuentro con la
mujer silente que tanto me ha influido y que me ha acompañado como lo hace la
sombra que sigue a nuestros pasos aunque huyamos de ella. La sombra obstinada
que sólo obedece a la mixtura de la luz por mucho que nosotros queramos
dominarla.
Pues bien, siempre había yo odiado a
la feliz y hermosa Octavia. Octavia Turina Minor, la hija de Atia Balba Cesonia
y Cayo Octavio Turino, pretor, gobernador de Macedonia y candidato prometedor
al consulado, que no llegó a alcanzarlo por muerte repentina en su regreso a
Roma. La odié desde el primer día que la vieron mis ojos, cuando apenas yo era
una niña y comenzaban a primar en mí y a deslumbrarme atavíos, adornos, túnicas
y peinados y afán por destacar y ser tenida en cuenta por los muchachos jóvenes.
Tengo aquella ocasión inserta en el
alma como la esquirla vieja de una herida de guerra. Fue durante la procesión
de Aulus Hirtius y Gaius Vibius Pansa, cónsules elegidos para regir el año. Fue
en una mañana en la que ella y su arrogante madre habían abandonado su enorme y
conocida mansión levantada en un amplio terreno junto a las entradas de
Velitras.
El magnífico séquito de la comitiva,
compuesto por un millar de hombres, había arrancado desde el mismo distrito
Palatino. Y los veinticuatro lictores, detrás de la recua de los animales
engalanados para el sacrificio y de los caballeros imperiosos y recios luciendo
sus metales lustrados, abrían solemnemente el trayecto oficial, caminando
inmediatamente delante de los dos nuevos mandatarios prestos al juramento. Tras
ellos, marchaban todos los integrantes del egregio Senado, albos y pulcros cual
la nieve reciente. El templo de Júpiter Óptimus Máximus, allá, en lo más alto
de las dos colinas que integraban el monte Capitolio, les estaba esperando con
los brillos más puros de las primeras luces, frías y trasparentes. El día
primero del mes mortecino de ianvarivs
era hiriente y crudo, pero en las calles una gran muchedumbre se agolpaba desde
antes del amanecer para ver los cortejos y criticar o enaltecer los fastos.
Yo había ido con mi madre, quien, tras
reverenciar con profusión a Jano Patulcio y a Jano Clusivio, el dios de las dos
caras, protector de las puertas que se abren y de las que se cierran, para que
nuestro paseo nos trajera ventura y para que nuestra casa quedara a buen
recaudo, me condujo alborozada a ver la comitiva. Lo hacía sobre todo porque
era una magnífica ocasión para que yo, muchacha en el umbral del tiempo fértil,
fuera vista por cuantos pudieran ya empezar a pujar en beneficio mío, pues que,
a mayores demandas, mejor podrían prometerse los beneficios cara a mi
casamiento. Y eso, aun al margen de que yo ya estuviera ofrecida a Tiberio
Claudio Nerón, mi primo.
Entonces fue cuando las vi ascendiendo
por el clivus Victoriae, hacia el
lugar por donde el altivo Germalus del monte Palatino permite divisar más generosamente
la espléndida Vía Sacra y todo el amplio Foro. Sus dos literas elegantes y
blancas eran portadas, cada una, por ocho esclavos tracios muy bien emparejados
y de paso rítmico e impecable. Y las cortinillas de gasa amarilla, dejadas en
plena libertad, exhibían con descaro sus vestidos, alhajas y sublimes bellezas.
Si, como se decía, sus antepasados eran de Nerulón y de Turio y se habían
dedicado a la cordelería, la elaboración de harinas o a la dudosa profesión de
los cambistas, mucho habían mejorado su casa y su fortuna para aquel
despilfarro. La nuestra no había prosperado tanto o, al menos, Alfidia, mi
sobria y frugal madre, no hacía alarde de tanta ostentación, ni me consentía a
mí tantas veleidades y ornatos. Pero no faltaban quienes aseguraban que era un
tal Marco Antonio, un joven aspirante a cónsul con muchas influencias y sangre
muy ardiente, menguado en principios de moral o de ética y repleto en furores
de macho primerizo, quien, en secreto de adúltero, proveía a la dómina para que en “su despensa” no le
faltara acopio de excitantes violencias, además de géneros y alhajas costosísimas
logradas en los muelles.
Y es que, por ésta u otras oscuras
causas, en aquella mañana, Atia y su hija eran dos perlas engarzadas en un
mismo aderezo que, a su paso, hacían separase a las gentes y que levantaban
murmullos y exclamaciones de embeleso y sorpresa en calles y mercados. El ajuar
de sus solios era rico y exótico: mantas de lana de colores muy vivos traídas,
sin duda, del Oriente, termos de bronce para amparar del frío, sahumerios
portátiles; toda una exhibición de soberbia grandeza.
En un principio, celebré que gentes de
tanta dignidad hubieran elegido el mismo mirador que eligiera mi madre. Y hasta
estuve de acuerdo en ceder nuestra posición para ubicar sus lujosas camillas.
Lo que ofertó mi madre, motu proprio y con concierto presto sin tener
que pensárselo. A lo que la diva Atia respondió con un desprecio infinito y la
ignorancia total de nuestras dos personas. Y es que, tras desplazarnos y
dejarles el sitio, ni nos miró siquiera, fingiendo no saber tampoco quiénes
éramos ni la gens que nos cumplía o
que nos avalaba.
Odié por eso a Octavia con cuanta ira
pude reunir en mi entraña. Durante algunos años mis ojos y hasta mi imaginación
la persiguieron y, con mis devociones, rogaba a los dioses por su mal y su
ruina. Imploraba que se ajase de su cuerpo y su rostro aquella majestad, regalo
de su madre. Aquella brillantez familiar que tanto me ofendía. Aquella
capacidad innata de seducción que poseía Octavia, y que Atia, a escondidas de
su nuevo marido, ofrecía a mujeres y hombres sin escrúpulo alguno para obtener
prebendas. Al parecer, lo suyo siempre había sido comerciar con su sangre y,
por eso, sus hijos eran su moneda de
cambio. Y cuando la brindada muchacha, al fin, fue desposada con el bien
deseado Cayo Claudio Marcelo, de la familia del general Marco Claudio, el que
luchó en Cartago, creí que mi ira y mi envidia podrían llegar hasta hacerme
enfermar de desazón sin límites. Tal vez por eso, comencé a remedarla con afán
obsesivo.
Incapaz de poder destruirla, deseé
poseer cuanto tenía ella. En secreto, rastreaba el olor a su paso, para buscar
después en las tiendas de Roma o de Ostia el perfume que ella exhalaba tan
ostentosamente y que siempre me ha parecido único y exquisito, incluso hasta el
mismo día que le llegó la muerte hace ya veintisiete veranos. Imitaba sus
gestos, su forma de reír, la cadencia en sus pasos, la manera en que se pintaba
sus ojos con galena de plomo y una mezcla de huevas de hormigas e insectos
triturados. Eso conseguí que me lo revelara una esclava traidora, a la que
soborné para saber sus citas, sus secretos y sus intimidades. Así averigüé a
qué horas dormía, cuando iba a las termas y hasta cómo se alimentaba o cuidaba
su cuerpo, y a quiénes ofertaba su lascivia y sus goces, incluso a Servilia, la
madre del pretor Marco Bruto, de quien se murmuraba que la agasajaba con
regalos espléndidos de precio exorbitante, pues que le excitaba el trato con
mujeres aunque también con hombres. Sabido es que Servilia se ayuntaba, a su
vez, y fuera de las miradas y de manera adúltera, con el tirano César, y esto
la sustentaba en la opulencia máxima, hasta que cayó en abierta desgracia.
Así podría decirse que yo vigilaba
estrechamente a Octavia como un conspirador que vigila a su presa; como un
halcón dispuesto a la captura de una ingenua paloma. Sus gustos, sus caprichos,
sus gozos y licencias me eran conocidos más que los míos propios. Y, en medio
de aquella locura, yo demandaba a mi madre para que me comprara telas iguales a
las que ella exhibía y adornos cual los que ella portaba a diario. Y sufría,
como heridas de puya o venablo en ponzoña, cada vez que le veía unas sandalias
caras, una stola fruncida, una palla de seda, una mitra de
flores o un manipulum nuevo. Pero todo era inútil, pues nunca lograba
emular su opulencia ni frecuentar amigos del tenor de los suyos.
Por eso, cuando mi desesperación se
hizo infinita y comprendí que todo aquello, lejos de poder remediarme, me hería
aún más profundamente, comencé a desear lo que ella tenía y era posible poder
arrebatarle, porque para ella le estaba vetado por las leyes del mundo. Comencé
a desear a su único hermano. Su hermoso hermano Octavio, a quien ella amaba
sobre todas las cosas, pero con quien no podía ensamblarse a la manera íntima
porque era su sangre y el incesto un pecado oprobioso e infame.
Octavio era un muchacho desbordado de
encantos. Tenía un cuerpo firme y unas piernas muy rectas, una cabeza egregia
de pelo ensortijado y unos ojos serenos y a la vez melancólicos, pero con un
pellizco de ambición y codicia que pocos como yo podían descifrarle. Era audaz
y remiso, si es que esas particulares pudieran conjugarse, como en él también
se conjugaban la niñez y la hombría en una mezcla insólita, pero a la vez con
un matiz atrayente y temible. Entonces era
corto en palabras, pues que siempre estaba cavilando en sus trojes internas en
juicios y argumentos. Y cuando se decidía a proferir palabras, tenía ya la rara
habilidad de provocar silencios seductores y atentos, cual si un dios excelso
trinara para el orbe a través de su verbo.
Me llevaba seis años, lo que, a mi
entender, lo situaba en una edad propicia con respecto a la mía. Roma entera lo
había conocido cuando, sólo contando once estíos, había recitado de forma
elocuente y magnífica la oración funeraria en honor de su abuela, la dignísima
Julia. La eximia Julia, tía de Cayo Julio y viuda del noble Mario, el gran
“zorro de Arpinum”, el que fuera cónsul cinco veces seguidas, cosa que nunca,
ni antes ni después, aconteciera en Roma. Dos años hacía que se le había
otorgado a Octavio la túnica viril y era ya, con sólo quince años, elegido
Pontífice. Todo el mundo sabía de la predilección que hacía él había demostrado
el tío de su madre, el bravo Julio César, quien, en tiempos pasados, había
insistido en llevarlo a su lado hasta las tierras galas. A esos viajes entonces
se habían resistido los temores de Atia, conjeturando, expectante, el futuro de
Roma, que por aquellos tiempos almacenaba numerosas incógnitas, ya que las
facciones rivales estaban más que nunca dispuestas a la pugna por regir el Estado.
Sin embargo, poco después fue Atia
quien, casada nuevamente con Lucio Marcio Filipo, comenzó a despejar el futuro
de sus dos hijos, en detrimento de los de su marido. En lo que, sin embargo,
colaboró con entrañable afecto y clara decisión su ecuánime y pacífico esposo,
para quien, por el contrario, los vástagos de Atia eran igual que sus hijos de
sangre. Y él fue quien adquirió aquel prohibitivo semental blanco con el que el
muchacho, a modo de atractivo presente, y tras múltiples vicisitudes, viajó
hasta la Hispania para unirse al tío de su madre, que tanto había deseado tener
su compañía y que, por entonces, estaba batallando contra los indómitos hijos
del ya muerto Pompeyo.
Julio César estaba sumido en el dolor
tras la reciente muerte de su primo, hermano, aliado y amigo Sexto César, el
cuestor, quien en Alejandría había sido ajusticiado, en un motín de sus propios
soldados instigado por un tal Celio Brasso. Quizá por eso, o por otras razones
que atizan malas lenguas, la llegada del imberbe muchacho con el obsequio del
hermoso caballo le supuso un alivio, un consuelo, y una recompensa cálida y
entrañable. Desde entonces Octavio fue cual su hijo más vero. Lo adoptó
legalmente y, en secreto, lo nombró sucesor y heredero ecuménico. Lo que,
únicamente, su recto y equitativo suegro, Lucio Calpurnio Pisón, supo y calló desde
el primer momento.
Pero de todo eso había pasado ya
bastante tiempo. Atrás habían quedado, pues, los días en que César, tras
someter la Gallia, pasara el Rubicón al grito de “La suerte está echada” y los
pávidos amantes de la deshonesta República huyeran aterrados y César tratara de
remendar los daños y limpiar enemigos por todo lo largo y ancho de la maltrecha
patria. Atrás habían quedado también sus estancias en Aegyptus con su seductora
y fascinante reina, su paternidad de Cesarión, sus idas hasta el Oriente Medio
y sus últimas campañas en el norte de África. Ahora, tras la limpia en
Hispania, tocaba su regreso definitivo a Roma para buscar su sitio. Entonces, al
muchacho, a su in pectore heredero, lo destinó a Apolonia.
Eran, pues, los días en los que el
dictador, aceptado por el nuevo Senado, no sin múltiples vicisitudes y
contiendas dialécticas, rebuscaba la forma de sondear al pueblo para ver si,
éste, al fin, era proclive a su nombramiento como rey absoluto. Pero ello debía
hacerse de manera subrepticia y taimada. El título de Rex era lo único que aún
no ostentaba el colmado político.
Así fue como llegaron los días previos
al Feriae Latino, la fiesta móvil que
siempre celebramos en lo alto del bello monte Albano, extramuros de Roma. La
fiesta en honor de Júpiter Latiaro, y que, aquel año, como es su potestad, los
cónsules electos habían decretado que se celebrara a últimos de ianvarivs.
Fue entonces cuando la estatua de oro
de Julio César, colocada en la rostra,
apareció una mañana coronada con una diadema luciendo esas cintas blancas que
simbolizan la majestad suprema. Un tumulto imponente se levantó en Roma, cual
una polvareda que nos ciega y ofusca en un día ventoso de un verano reseco. El
escándalo se apoderó de las vías, el macellum
y el foro, y, en el Senado, algunos magistrados clamaban como ancianas
histéricas presas en sacrilegio o hervidero de víboras.
Al parecer, alguien ajeno al dictador
pero comisionado por él había proclamado rey a César sin que el pueblo lo
hiciera. Ante tanto bullicio, los temores hirvieron. Por eso, de nuevo, dos
tribunos, también fieles acólitos, arrancaron el nimbo con teatral inquina y se
autoproclamaron defensores del honor impoluto del íntegro autócrata, a quien, aseguraban,
le había consternado aquel atrevimiento. Nada más alejado de la nuda verdad.
Como siempre, la política se nutría del cinismo infinito.
Unos días después, César debía asistir
a los ceremoniales para presidir la ofrenda al honorable Júpiter. Los animales
estaban ya dispuestos para su sacrificio. La miel, el queso y el vino blanco,
que así placen y resarcen a la divinidad, elegidos y a punto; las tortas
amasadas.
En aquella ocasión, pudiendo elegir
para su vestimenta los ornatos de pontífice máximo o los de dictador, puesto
que ambos deberes estaban en sus manos, eligió estos últimos. Así apareció
compuesto con la purpúrea toga y con las botas rojas, que siempre nos han sido
atributos anunciadores de total realeza. Ahora, pues, era él mismo quien se
ungía con total desvergüenza sin tapujos
ni farsas. No podía dudarse.
De nuevo el querellante espanto
acometió gargantas y puso crispación en manos y en miradas. Roma entera era un torbellino
de intrigas y descréditos, ahora sin emolientes.
El dictador, notando el malestar,
aligeró los cultos, regresó de inmediato a la revuelta urbe y se encerró en su
villa. Pero lo hizo con dolida arrogancia, montando a Genitor, el caballo
blanco obsequio de su oculto heredero. Después, cuando hubo recompuesto su
ánimo, con gravedad dignísima se dirigió al Foro. Mil voceros corrieron la
noticia. De inmediato la multitud se concentró en la audiencia. Allí lo
esperaba toda Roma con el aliento sujeto a un mutismo avizor. Entonces, alzando
la voz con tono solemne e insuflado dijo, mientras miraba al cielo como horizonte
único de sus excelsos ojos: “Firmamento de Roma. Mi nombre siempre ha sido el
de César y nunca ha sido este otro de Rex, que muchos, pese a mí, me atribuyen”.
Y sin proferir más, ni dar tiempo a proclamas o consideraciones, hizo un mutis
escueto, más propio de un actor infausto, petulante y glorioso del teatro de
Grecia.
Todo el gentío del Foro se quedó de
pronto pasmado y errabundo. Nadie sabía si lo que demandaba el acto era romper
en ovaciones o dar curso a la ira. Un zumbido de abejas fue ocupando los
círculos y muy pronto Roma estuvo perdida en miles de juicios y dictámenes
opuestos y vivaces.
Pero un silencio férreo por parte del
actor principal y un severo hermetismo de todos sus compinches, lograron que las
revueltas aguas volvieran a sus cauces, aunque por poco tiempo. Pues unos días
después, a mitad de febrero, en los días en que se celebran las fiestas
Lupercales, en honor de Acca Laurencia, aunque las disfracemos con la esfinge
de Fauno, el dios Pan de los rebaños y de la vida alegre, heredero de Baco,
César volvió a calzarse la misma vestimenta. Como podrá entenderse llovía sobre
húmedo. Aquella reincidencia apuntalaba ya un acto de burdo desafío; un pulso
descarado.
En esta ocasión el día era espléndido
y el tumulto vibraba en la vorágine de unas celebraciones que se presentían,
cual era habitual, repletas de bullicio y de cerril lujuria. Por orden
superior, aunque secretamente, se había insistido en que los festejos debían
ser, sin excusa, máximos y esplendentes. Desde el amanecer, los sacerdotes
habían degollado las cabras rituales, y, casi desnudos, pues que se guarecían
únicamente cubriendo sus vergüenzas con los trozos de piel, aún con los tibios vapores
humeantes de los animales recién sacrificados, recorrían las calles, borrachos
de entusiasmo, para cumplir con los ritos que así les obligaban.
De ese modo, con los cuchillos recién
ensangrentados hacían incisiones en las frentes bruñidas de cuantos muchachos
salían a su paso, para, luego, enjugar sus sagrados desgarros con la leche templada
y así cicatrizar el flujo que manaba y celebrar gozosos aquella inmolación
litúrgica y arcana.
Al mismo tiempo, los prelados, provistos
de sus látigos, golpeaban a cuantas hembras en edad de procrear cruzaban su
camino. Pues bien sabido es que así es como queda toda mujer purificada y a
salvo de las ponzoñas y las inutilidades intestinas, que según los augurios
adversos nos impiden ser madres.
Pues bien, en ese mismo día, en el
sitial de oro de la alta tribuna desde donde se arenga, César presidía la
procesión que había de conducir el bravo Marco Antonio. A su lado estaban todos
los magistrados, su jefe de caballería, Marco Emilio Lépido, los pretores y los
ediles y cuantos en la urbe ostentaban un puesto o un mandato digno de
relevancia. Al paso de los sacerdotes julianos, uno de ellos, de nombre
Licinio, contra toda reserva, rompió la formación y se vino al estrado. Y dicen
que fue entonces cuando el sol se detuvo, el tiempo se paró y todo el pueblo
ululante de Roma se quedó petrificado y mudo cual herido de muerte o aterrado
por cíclope. Y es que entonces el viejo dignatario puso a los pies del insigne
orgulloso una diadema de laurel trenzada con cintillas reales, que llevaba
escondida debajo de su toga.
De pronto el pueblo, hechizado como
por un ensalmo y contra todo pronóstico, prorrumpió en aplausos tan fieros y
dementes que hacían recelar una inmensa revuelta, no se sabía bien si de odio o
de gloria. Animado Licinio, miro hacia el gentío, se aupó sobre sus plantas y
puso la aureola en la frente de César, quien, simulándose incómodo, miró hacia
el lado donde se hallaba Lépido, que fingió no enterarse. Las gentes ya
graznaban como bestias feroces y César y los suyos fingían desconcierto. Hasta
que Cayo Casio Longino, en un arranque brusco, descoronó al jerarca y puso la
diadema de nuevo sobre sus dos rodillas. César la rechazó, pues que, desde su
olfato de perspicaz sabueso, intuyó no maduro aún aquel nuevo intento.
Mas, fue Marco Antonio quien subiendo,
a su vez, hasta la rostra tomó de
nuevo la marchita corona y con suma arrogancia coronó al jerarca. Un tumulto
feroz atronó sobre el Foro sumido, ahora sí, en brutal anarquía. Los adeptos
gritaban a favor del egregio. Los fieles optimates bramaban injurias,
sarcasmos y desprecios y hacían turbada y exaltada premonición de ruinas y
desgracias si volvía el reinado.
César, digno y enfurecido, pero
disimulando, retiro de su frente la ajada aureola, dejándola suspensa en su
mano perdida. Una vez más, Marco Antonio la tomó de su mano y la tornó a su
cráneo. Pero fue entontes tal la insurrección y el blandir de aspavientos que
César tuvo que levantarse, quitarse el distintivo y, con una serenidad medida y
cautelosa que sólo él dominaba cual trágico sublime, detener el bullicio y
retornar la calma extendiendo sus brazos con sus palmas al frente.
Mandó que el aro honroso fuera llevado
al templo del soberano Júpiter. “Allí, -dijo con tono elocuente y frustración
secreta- será mucho mejor portada por la divina frente que por la de un humano,
aunque se llame César”.
Después llamó a sí al redactor de los
eventos públicos y le ordenó que anotara, para el acervo histórico y el
memorial del tiempo que: “Habiéndole sido ofrecida por el pueblo la realeza, él
la había rechazado hasta en tres ocasiones”. Aquel hombre eminente era un
enorme cínico y un actor sorprendente, digno de la escena de ese magno teatro situado
en la Argólida, en honor de Esculapio, que llaman de Epidavros.
Algún tiempo después Roma asistió
consternada a su asesinato. Fue en los idus
de martivs. Y pese a los presagios de un ciego desastrado y a las premoniciones
de su esposa Calpurnia, el dictador dejó coser su cuerpo con veintitrés envites
que lo hicieron cadáver a los pies de la estatua que, de Cneo Pompeyo Magno, se
alza en el Senado.
Hasta sesenta habían sido los torvos
conjurados que pactaron su ruina. Y, una vez más, el maltrecho Estado tembló
cuando, Lucio César, desde la escalinata, mostró su cadáver inerte y horadado, y
aquellos múltiples desconchones y manchas
granas por donde su vida había desertado de una vez para siempre.
Maldije a toda aquella caterva de
ruines conspiradores e infames matarifes, pero me alegré sin mesura cuando,
seguido a sus exequias, se abrió su testamento y en él se proclamaba al
incipiente Octavio su sucesor y único heredero ante toda la Tierra. Mi venerado
astro tenía entonces menos de veinte años.
Supe, como se saben aquellas cosas que
se traen en el alma, uncidas a la entraña, que, pese a lo que sucediera, yo
también sería algún día la primera mujer; la insigne dama, de esta grandiosa
Roma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario