lunes, 5 de mayo de 2014

VI. LIVIA DRUSILA AUGUSTA.



VI.     LIVIA DRUSILA AUGUSTA


Mi padre fue Marco Livio Druso Claudiano y mi madre Alfidia; hija de Aufidio Lurco, el magistrado que, siendo tribuno de la plebe, fue autor de la ley que todo el mundo conocemos por su nombre y que regula el normal discurrir de la Asamblea en Roma. El mismo hombre valeroso que se enfrentó a Publio Clodio Pulcro, aquel demagogo injuriante y pendenciero. Aquél que, siendo amante secreto de Pompeia Sulla, la segunda esposa de César, se puso ropas de mujer y, en connivencia o no con ella, se introdujo en la casa de ésta un día cuatro de december y participó sacrílegamente en la ceremonia de la diosa Bona Dea. Esa celebración santa en la que la esposa del pontífice máximo oficia, auxiliada por las vírgenes vestales, los ritos secretos a favor de la fertilidad, la castidad y la salud, y que está prohibida rigurosamente a todo hombre bajo pena execrable. Nadie ha olvidado aún aquel escándalo terrible que motivó la notificación de divorcio que la mujer recibió inmediatamente de parte de su ilustre consorte. Pues que las palabras implacables de César circularon por toda la ciudad como corre el fuego por la yesca cuando ésta está reseca: “No basta con que la mujer de César sea honesta, sino que también está obligada a parecerlo”. Así sentenció el noble esposo.
Mi padre fue la persona honorable que ejerció de testigo y como defensa de él en el juicio político contra Lucio Valerio Flaccus. Por aquella intervención el noble Cicerón dijo de él, en alta voz y ante toda la Curia, que era el paradigma del hombre honesto y del amigo entrañable. El mismo que, llegado su día, puso fin a su vida con dignidad y arrojo en Filipos, aunque fuera por custodiar a una República anticuada y caduca que los divinos dioses quieran que jamás germine y reflorezca y que nos amenaza continuamente como la mala hierba que yo he jurado exterminar.
También diré que nuestros antepasados fueron oriundos de la ciudad de Fondi. Y que, si nuestros orígenes partieron de un ambiente plebeyo, el consulado obtenido por mi bisabuelo Cneo Aufidio Orestes y la influyente prosperidad económica que nos  procurara mi abuelo con su dedicación a la cría de los pavos reales, situaron a mi familia en una desahogada posición social. Bonanza ésta en medio de la que yo vine a la vida un día veintiocho de september, hace ya más de estos setenta y tres estíos que hoy me pesan insoportablemente.
Aunque dispuesta ahora, que me hundo en soledad y miedo, a recordar mis días de núbil indecisa, si digo la verdad, no sé muy bien cómo medir y relatar aquel primer tramo de mi vida discurrido hasta entonces. Sobre todo después de aquel aciago año, al que llamamos “de la gran confusión”; año en el que fueron cónsules el propio César, por tercera vez, y su triunviro Marco Emilio Lépido. En él se contaron cuatrocientos cuarenta y cinco días, ochenta más, para corregir los errores que los hierográmatas egipcios habían cometido ante los dioses evergetas, en su reunión en Cánope, cuando pretendieron ordenar el recuento oficial de las altas del Nilo. Demos gracias, pues, porque en tal circunstancia se ajustó definitivamente el cálculo del tiempo a lo que Sosígenes de Alejandría, con honda ciencia y sabiduría magna, aconsejó a nuestro prócer Julio César. Aunque deba anotar también que, luego, a mí misma me  correspondió promover otros ajustes de menor incidencia hace ya algunos años para que todo quedara en su cabal estado.
No obstante, trataré de hilvanar los tramos de mi cansado tránsito por la áspera tierra, pues que sé que Laraine, mi esclava, también lo está haciendo desde hace algunos meses. Y, siendo como somos distintas y lejanas en tantas y tantas ceremonias y circunvoluciones del alma y de la mente, no es menos cierto también que hayamos vivido juntas alrededor de ciento cuarenta solsticios, por lo que se hace preciso que juntas también testifiquemos sus lluvias y sus vientos, sus soles y sus hielos; sus matices y tonos. Aunque, a diferencia de ella, y según tengo sabido, pues me he procurado conocer, de manera furtiva, las notas y papeles garabateados por su mano, yo no deseo que la muerte me alcance de inmediato; antes bien, quisiera dejar asegurada mi eternidad, lo que le he suplicado con lágrimas de fuego a mi hijo Tiberio, azote despiadado y luminaria excelsa de toda mi existencia. Porque yo: Livia Drusila Augusta, me merezco ser diosa, y, por tanto, más que implorar, lo demando y exijo, aunque la fuerza de mi voz y la vehemencia de mi impetración sean ahora burladas y desoídas de forma sistemática. Así, sirvan también estos papeles para dejar constancia escrita de mi justa reivindicación. Testimonios éstos comenzados a dictar por mí en el año que son cónsules Sisenna Statilius Taurus  y Lucius Scribonius Libo. Tiempos en los que a todo el mundo le ha surgido la manía de escribir sobre nuestra familia, incluso al imbécil de mi nieto Claudio, ese estólido que carga nuestras vidas. Será una epidemia.  
La esclava Laraine llegó a casa de mi padre dos meses antes de mi entrega en matrimonio a Tiberio Claudio Nerón, mi primo y mi primer esposo, el padre de mis dos únicos hijos: el divino Tiberio, emperador de Roma, y el malogrado Druso, que los dioses hayan guarecido con claro privilegio en su regazo eterno.
Pero es necesario que yo saque fuerzas de mi flaqueza de vieja inservible e indague más en mí y me remonte a tiempos ya huidos, para fijar con mayor precisión y celo la razón del encuentro con la mujer silente que tanto me ha influido y que me ha acompañado como lo hace la sombra que sigue a nuestros pasos aunque huyamos de ella. La sombra obstinada que sólo obedece a la mixtura de la luz por mucho que nosotros queramos dominarla.
Pues bien, siempre había yo odiado a la feliz y hermosa Octavia. Octavia Turina Minor, la hija de Atia Balba Cesonia y Cayo Octavio Turino, pretor, gobernador de Macedonia y candidato prometedor al consulado, que no llegó a alcanzarlo por muerte repentina en su regreso a Roma. La odié desde el primer día que la vieron mis ojos, cuando apenas yo era una niña y comenzaban a primar en mí y a deslumbrarme atavíos, adornos, túnicas y peinados y afán por destacar y ser tenida en cuenta por los muchachos jóvenes.
Tengo aquella ocasión inserta en el alma como la esquirla vieja de una herida de guerra. Fue durante la procesión de Aulus Hirtius y Gaius Vibius Pansa, cónsules elegidos para regir el año. Fue en una mañana en la que ella y su arrogante madre habían abandonado su enorme y conocida mansión levantada en un amplio terreno junto a las entradas de Velitras.
El magnífico séquito de la comitiva, compuesto por un millar de hombres, había arrancado desde el mismo distrito Palatino. Y los veinticuatro lictores, detrás de la recua de los animales engalanados para el sacrificio y de los caballeros imperiosos y recios luciendo sus metales lustrados, abrían solemnemente el trayecto oficial, caminando inmediatamente delante de los dos nuevos mandatarios prestos al juramento. Tras ellos, marchaban todos los integrantes del egregio Senado, albos y pulcros cual la nieve reciente. El templo de Júpiter Óptimus Máximus, allá, en lo más alto de las dos colinas que integraban el monte Capitolio, les estaba esperando con los brillos más puros de las primeras luces, frías y trasparentes. El día primero del mes mortecino de ianvarivs era hiriente y crudo, pero en las calles una gran muchedumbre se agolpaba desde antes del amanecer para ver los cortejos y criticar o enaltecer los fastos.
Yo había ido con mi madre, quien, tras reverenciar con profusión a Jano Patulcio y a Jano Clusivio, el dios de las dos caras, protector de las puertas que se abren y de las que se cierran, para que nuestro paseo nos trajera ventura y para que nuestra casa quedara a buen recaudo, me condujo alborozada a ver la comitiva. Lo hacía sobre todo porque era una magnífica ocasión para que yo, muchacha en el umbral del tiempo fértil, fuera vista por cuantos pudieran ya empezar a pujar en beneficio mío, pues que, a mayores demandas, mejor podrían prometerse los beneficios cara a mi casamiento. Y eso, aun al margen de que yo ya estuviera ofrecida a Tiberio Claudio Nerón, mi primo.
Entonces fue cuando las vi ascendiendo por el clivus Victoriae, hacia el lugar por donde el altivo Germalus del monte Palatino permite divisar más generosamente la espléndida Vía Sacra y todo el amplio Foro. Sus dos literas elegantes y blancas eran portadas, cada una, por ocho esclavos tracios muy bien emparejados y de paso rítmico e impecable. Y las cortinillas de gasa amarilla, dejadas en plena libertad, exhibían con descaro sus vestidos, alhajas y sublimes bellezas. Si, como se decía, sus antepasados eran de Nerulón y de Turio y se habían dedicado a la cordelería, la elaboración de harinas o a la dudosa profesión de los cambistas, mucho habían mejorado su casa y su fortuna para aquel despilfarro. La nuestra no había prosperado tanto o, al menos, Alfidia, mi sobria y frugal madre, no hacía alarde de tanta ostentación, ni me consentía a mí tantas veleidades y ornatos. Pero no faltaban quienes aseguraban que era un tal Marco Antonio, un joven aspirante a cónsul con muchas influencias y sangre muy ardiente, menguado en principios de moral o de ética y repleto en furores de macho primerizo, quien, en secreto de adúltero, proveía a la dómina para que en “su despensa” no le faltara acopio de excitantes violencias, además de géneros y alhajas costosísimas logradas en los muelles.
Y es que, por ésta u otras oscuras causas, en aquella mañana, Atia y su hija eran dos perlas engarzadas en un mismo aderezo que, a su paso, hacían separase a las gentes y que levantaban murmullos y exclamaciones de embeleso y sorpresa en calles y mercados. El ajuar de sus solios era rico y exótico: mantas de lana de colores muy vivos traídas, sin duda, del Oriente, termos de bronce para amparar del frío, sahumerios portátiles; toda una exhibición de soberbia grandeza.
En un principio, celebré que gentes de tanta dignidad hubieran elegido el mismo mirador que eligiera mi madre. Y hasta estuve de acuerdo en ceder nuestra posición para ubicar sus lujosas camillas. Lo que ofertó mi madre, motu proprio y con concierto presto sin tener que pensárselo. A lo que la diva Atia respondió con un desprecio infinito y la ignorancia total de nuestras dos personas. Y es que, tras desplazarnos y dejarles el sitio, ni nos miró siquiera, fingiendo no saber tampoco quiénes éramos ni la gens que nos cumplía o que nos avalaba.
Odié por eso a Octavia con cuanta ira pude reunir en mi entraña. Durante algunos años mis ojos y hasta mi imaginación la persiguieron y, con mis devociones, rogaba a los dioses por su mal y su ruina. Imploraba que se ajase de su cuerpo y su rostro aquella majestad, regalo de su madre. Aquella brillantez familiar que tanto me ofendía. Aquella capacidad innata de seducción que poseía Octavia, y que Atia, a escondidas de su nuevo marido, ofrecía a mujeres y hombres sin escrúpulo alguno para obtener prebendas. Al parecer, lo suyo siempre había sido comerciar con su sangre y, por eso,  sus hijos eran su moneda de cambio. Y cuando la brindada muchacha, al fin, fue desposada con el bien deseado Cayo Claudio Marcelo, de la familia del general Marco Claudio, el que luchó en Cartago, creí que mi ira y mi envidia podrían llegar hasta hacerme enfermar de desazón sin límites. Tal vez por eso, comencé a remedarla con afán obsesivo.
Incapaz de poder destruirla, deseé poseer cuanto tenía ella. En secreto, rastreaba el olor a su paso, para buscar después en las tiendas de Roma o de Ostia el perfume que ella exhalaba tan ostentosamente y que siempre me ha parecido único y exquisito, incluso hasta el mismo día que le llegó la muerte hace ya veintisiete veranos. Imitaba sus gestos, su forma de reír, la cadencia en sus pasos, la manera en que se pintaba sus ojos con galena de plomo y una mezcla de huevas de hormigas e insectos triturados. Eso conseguí que me lo revelara una esclava traidora, a la que soborné para saber sus citas, sus secretos y sus intimidades. Así averigüé a qué horas dormía, cuando iba a las termas y hasta cómo se alimentaba o cuidaba su cuerpo, y a quiénes ofertaba su lascivia y sus goces, incluso a Servilia, la madre del pretor Marco Bruto, de quien se murmuraba que la agasajaba con regalos espléndidos de precio exorbitante, pues que le excitaba el trato con mujeres aunque también con hombres. Sabido es que Servilia se ayuntaba, a su vez, y fuera de las miradas y de manera adúltera, con el tirano César, y esto la sustentaba en la opulencia máxima, hasta que cayó en abierta desgracia.
Así podría decirse que yo vigilaba estrechamente a Octavia como un conspirador que vigila a su presa; como un halcón dispuesto a la captura de una ingenua paloma. Sus gustos, sus caprichos, sus gozos y licencias me eran conocidos más que los míos propios. Y, en medio de aquella locura, yo demandaba a mi madre para que me comprara telas iguales a las que ella exhibía y adornos cual los que ella portaba a diario. Y sufría, como heridas de puya o venablo en ponzoña, cada vez que le veía unas sandalias caras, una stola fruncida, una palla de seda, una mitra de flores o un manipulum nuevo. Pero todo era inútil, pues nunca lograba emular su opulencia ni frecuentar amigos del tenor de los suyos.
Por eso, cuando mi desesperación se hizo infinita y comprendí que todo aquello, lejos de poder remediarme, me hería aún más profundamente, comencé a desear lo que ella tenía y era posible poder arrebatarle, porque para ella le estaba vetado por las leyes del mundo. Comencé a desear a su único hermano. Su hermoso hermano Octavio, a quien ella amaba sobre todas las cosas, pero con quien no podía ensamblarse a la manera íntima porque era su sangre y el incesto un pecado oprobioso e infame.
Octavio era un muchacho desbordado de encantos. Tenía un cuerpo firme y unas piernas muy rectas, una cabeza egregia de pelo ensortijado y unos ojos serenos y a la vez melancólicos, pero con un pellizco de ambición y codicia que pocos como yo podían descifrarle. Era audaz y remiso, si es que esas particulares pudieran conjugarse, como en él también se conjugaban la niñez y la hombría en una mezcla insólita, pero a la vez con un matiz  atrayente y temible. Entonces era corto en palabras, pues que siempre estaba cavilando en sus trojes internas en juicios y argumentos. Y cuando se decidía a proferir palabras, tenía ya la rara habilidad de provocar silencios seductores y atentos, cual si un dios excelso trinara para el orbe a través de su verbo.
Me llevaba seis años, lo que, a mi entender, lo situaba en una edad propicia con respecto a la mía. Roma entera lo había conocido cuando, sólo contando once estíos, había recitado de forma elocuente y magnífica la oración funeraria en honor de su abuela, la dignísima Julia. La eximia Julia, tía de Cayo Julio y viuda del noble Mario, el gran “zorro de Arpinum”, el que fuera cónsul cinco veces seguidas, cosa que nunca, ni antes ni después, aconteciera en Roma. Dos años hacía que se le había otorgado a Octavio la túnica viril y era ya, con sólo quince años, elegido Pontífice. Todo el mundo sabía de la predilección que hacía él había demostrado el tío de su madre, el bravo Julio César, quien, en tiempos pasados, había insistido en llevarlo a su lado hasta las tierras galas. A esos viajes entonces se habían resistido los temores de Atia, conjeturando, expectante, el futuro de Roma, que por aquellos tiempos almacenaba numerosas incógnitas, ya que las facciones rivales estaban más que nunca dispuestas a la pugna por regir el Estado.
Sin embargo, poco después fue Atia quien, casada nuevamente con Lucio Marcio Filipo, comenzó a despejar el futuro de sus dos hijos, en detrimento de los de su marido. En lo que, sin embargo, colaboró con entrañable afecto y clara decisión su ecuánime y pacífico esposo, para quien, por el contrario, los vástagos de Atia eran igual que sus hijos de sangre. Y él fue quien adquirió aquel prohibitivo semental blanco con el que el muchacho, a modo de atractivo presente, y tras múltiples vicisitudes, viajó hasta la Hispania para unirse al tío de su madre, que tanto había deseado tener su compañía y que, por entonces, estaba batallando contra los indómitos hijos del ya muerto Pompeyo.
Julio César estaba sumido en el dolor tras la reciente muerte de su primo, hermano, aliado y amigo Sexto César, el cuestor, quien en Alejandría había sido ajusticiado, en un motín de sus propios soldados instigado por un tal Celio Brasso. Quizá por eso, o por otras razones que atizan malas lenguas, la llegada del imberbe muchacho con el obsequio del hermoso caballo le supuso un alivio, un consuelo, y una recompensa cálida y entrañable. Desde entonces Octavio fue cual su hijo más vero. Lo adoptó legalmente y, en secreto, lo nombró sucesor y heredero ecuménico. Lo que, únicamente, su recto y equitativo suegro, Lucio Calpurnio Pisón, supo y calló desde el primer momento.
Pero de todo eso había pasado ya bastante tiempo. Atrás habían quedado, pues, los días en que César, tras someter la Gallia, pasara el Rubicón al grito de “La suerte está echada” y los pávidos amantes de la deshonesta República huyeran aterrados y César tratara de remendar los daños y limpiar enemigos por todo lo largo y ancho de la maltrecha patria. Atrás habían quedado también sus estancias en Aegyptus con su seductora y fascinante reina, su paternidad de Cesarión, sus idas hasta el Oriente Medio y sus últimas campañas en el norte de África. Ahora, tras la limpia en Hispania, tocaba su regreso definitivo a Roma para buscar su sitio. Entonces, al muchacho, a su in pectore heredero, lo destinó a Apolonia.
Eran, pues, los días en los que el dictador, aceptado por el nuevo Senado, no sin múltiples vicisitudes y contiendas dialécticas, rebuscaba la forma de sondear al pueblo para ver si, éste, al fin, era proclive a su nombramiento como rey absoluto. Pero ello debía hacerse de manera subrepticia y taimada. El título de Rex era lo único que aún no ostentaba el colmado político.
Así fue como llegaron los días previos al Feriae Latino, la fiesta móvil que siempre celebramos en lo alto del bello monte Albano, extramuros de Roma. La fiesta en honor de Júpiter Latiaro, y que, aquel año, como es su potestad, los cónsules electos habían decretado que se celebrara a últimos de ianvarivs.
Fue entonces cuando la estatua de oro de Julio César, colocada en la rostra, apareció una mañana coronada con una diadema luciendo esas cintas blancas que simbolizan la majestad suprema. Un tumulto imponente se levantó en Roma, cual una polvareda que nos ciega y ofusca en un día ventoso de un verano reseco. El escándalo se apoderó de las vías, el macellum y el foro, y, en el Senado, algunos magistrados clamaban como ancianas histéricas presas en sacrilegio o hervidero de víboras.
Al parecer, alguien ajeno al dictador pero comisionado por él había proclamado rey a César sin que el pueblo lo hiciera. Ante tanto bullicio, los temores hirvieron. Por eso, de nuevo, dos tribunos, también fieles acólitos, arrancaron el nimbo con teatral inquina y se autoproclamaron defensores del honor impoluto del íntegro autócrata, a quien, aseguraban, le había consternado aquel atrevimiento. Nada más alejado de la nuda verdad. Como siempre, la política se nutría del cinismo infinito.
Unos días después, César debía asistir a los ceremoniales para presidir la ofrenda al honorable Júpiter. Los animales estaban ya dispuestos para su sacrificio. La miel, el queso y el vino blanco, que así placen y resarcen a la divinidad, elegidos y a punto; las tortas amasadas.
En aquella ocasión, pudiendo elegir para su vestimenta los ornatos de pontífice máximo o los de dictador, puesto que ambos deberes estaban en sus manos, eligió estos últimos. Así apareció compuesto con la purpúrea toga y con las botas rojas, que siempre nos han sido atributos anunciadores de total realeza. Ahora, pues, era él mismo quien se ungía  con total desvergüenza sin tapujos ni farsas. No podía dudarse.
De nuevo el querellante espanto acometió gargantas y puso crispación en manos y en miradas. Roma entera era un torbellino de intrigas y descréditos, ahora sin emolientes.
El dictador, notando el malestar, aligeró los cultos, regresó de inmediato a la revuelta urbe y se encerró en su villa. Pero lo hizo con dolida arrogancia, montando a Genitor, el caballo blanco obsequio de su oculto heredero. Después, cuando hubo recompuesto su ánimo, con gravedad dignísima se dirigió al Foro. Mil voceros corrieron la noticia. De inmediato la multitud se concentró en la audiencia. Allí lo esperaba toda Roma con el aliento sujeto a un mutismo avizor. Entonces, alzando la voz con tono solemne e insuflado dijo, mientras miraba al cielo como horizonte único de sus excelsos ojos: “Firmamento de Roma. Mi nombre siempre ha sido el de César y nunca ha sido este otro de Rex, que muchos, pese a mí, me atribuyen”. Y sin proferir más, ni dar tiempo a proclamas o consideraciones, hizo un mutis escueto, más propio de un actor infausto, petulante y glorioso del teatro de Grecia.
Todo el gentío del Foro se quedó de pronto pasmado y errabundo. Nadie sabía si lo que demandaba el acto era romper en ovaciones o dar curso a la ira. Un zumbido de abejas fue ocupando los círculos y muy pronto Roma estuvo perdida en miles de juicios y dictámenes opuestos y vivaces.
Pero un silencio férreo por parte del actor principal y un severo hermetismo de todos sus compinches, lograron que las revueltas aguas volvieran a sus cauces, aunque por poco tiempo. Pues unos días después, a mitad de febrero, en los días en que se celebran las fiestas Lupercales, en honor de Acca Laurencia, aunque las disfracemos con la esfinge de Fauno, el dios Pan de los rebaños y de la vida alegre, heredero de Baco, César volvió a calzarse la misma vestimenta. Como podrá entenderse llovía sobre húmedo. Aquella reincidencia apuntalaba ya un acto de burdo desafío; un pulso descarado.
En esta ocasión el día era espléndido y el tumulto vibraba en la vorágine de unas celebraciones que se presentían, cual era habitual, repletas de bullicio y de cerril lujuria. Por orden superior, aunque secretamente, se había insistido en que los festejos debían ser, sin excusa, máximos y esplendentes. Desde el amanecer, los sacerdotes habían degollado las cabras rituales, y, casi desnudos, pues que se guarecían únicamente cubriendo sus vergüenzas con los trozos de piel, aún con los tibios vapores humeantes de los animales recién sacrificados, recorrían las calles, borrachos de entusiasmo, para cumplir con los ritos que así les obligaban.
De ese modo, con los cuchillos recién ensangrentados hacían incisiones en las frentes bruñidas de cuantos muchachos salían a su paso, para, luego, enjugar sus sagrados desgarros con la leche templada y así cicatrizar el flujo que manaba y celebrar gozosos aquella inmolación litúrgica y arcana.
Al mismo tiempo, los prelados, provistos de sus látigos, golpeaban a cuantas hembras en edad de procrear cruzaban su camino. Pues bien sabido es que así es como queda toda mujer purificada y a salvo de las ponzoñas y las inutilidades intestinas, que según los augurios adversos nos impiden ser madres.
Pues bien, en ese mismo día, en el sitial de oro de la alta tribuna desde donde se arenga, César presidía la procesión que había de conducir el bravo Marco Antonio. A su lado estaban todos los magistrados, su jefe de caballería, Marco Emilio Lépido, los pretores y los ediles y cuantos en la urbe ostentaban un puesto o un mandato digno de relevancia. Al paso de los sacerdotes julianos, uno de ellos, de nombre Licinio, contra toda reserva, rompió la formación y se vino al estrado. Y dicen que fue entonces cuando el sol se detuvo, el tiempo se paró y todo el pueblo ululante de Roma se quedó petrificado y mudo cual herido de muerte o aterrado por cíclope. Y es que entonces el viejo dignatario puso a los pies del insigne orgulloso una diadema de laurel trenzada con cintillas reales, que llevaba escondida debajo de su toga.
De pronto el pueblo, hechizado como por un ensalmo y contra todo pronóstico, prorrumpió en aplausos tan fieros y dementes que hacían recelar una inmensa revuelta, no se sabía bien si de odio o de gloria. Animado Licinio, miro hacia el gentío, se aupó sobre sus plantas y puso la aureola en la frente de César, quien, simulándose incómodo, miró hacia el lado donde se hallaba Lépido, que fingió no enterarse. Las gentes ya graznaban como bestias feroces y César y los suyos fingían desconcierto. Hasta que Cayo Casio Longino, en un arranque brusco, descoronó al jerarca y puso la diadema de nuevo sobre sus dos rodillas. César la rechazó, pues que, desde su olfato de perspicaz sabueso, intuyó no maduro aún aquel nuevo intento.
Mas, fue Marco Antonio quien subiendo, a su vez, hasta la rostra tomó de nuevo la marchita corona y con suma arrogancia coronó al jerarca. Un tumulto feroz atronó sobre el Foro sumido, ahora sí, en brutal anarquía. Los adeptos gritaban a favor del egregio. Los fieles optimates bramaban injurias, sarcasmos y desprecios y hacían turbada y exaltada premonición de ruinas y desgracias si volvía el reinado.
César, digno y enfurecido, pero disimulando, retiro de su frente la ajada aureola, dejándola suspensa en su mano perdida. Una vez más, Marco Antonio la tomó de su mano y la tornó a su cráneo. Pero fue entontes tal la insurrección y el blandir de aspavientos que César tuvo que levantarse, quitarse el distintivo y, con una serenidad medida y cautelosa que sólo él dominaba cual trágico sublime, detener el bullicio y retornar la calma extendiendo sus brazos con sus palmas al frente.
Mandó que el aro honroso fuera llevado al templo del soberano Júpiter. “Allí, -dijo con tono elocuente y frustración secreta- será mucho mejor portada por la divina frente que por la de un humano, aunque se llame César”.
Después llamó a sí al redactor de los eventos públicos y le ordenó que anotara, para el acervo histórico y el memorial del tiempo que: “Habiéndole sido ofrecida por el pueblo la realeza, él la había rechazado hasta en tres ocasiones”. Aquel hombre eminente era un enorme cínico y un actor sorprendente, digno de la escena de ese magno teatro situado en la Argólida, en honor de Esculapio, que llaman de Epidavros.
Algún tiempo después Roma asistió consternada a su asesinato. Fue en los idus de martivs. Y pese a los presagios de un ciego desastrado y a las premoniciones de su esposa Calpurnia, el dictador dejó coser su cuerpo con veintitrés envites que lo hicieron cadáver a los pies de la estatua que, de Cneo Pompeyo Magno, se alza en el Senado.
Hasta sesenta habían sido los torvos conjurados que pactaron su ruina. Y, una vez más, el maltrecho Estado tembló cuando, Lucio César, desde la escalinata, mostró su cadáver inerte y horadado, y aquellos múltiples desconchones y manchas  granas por donde su vida había desertado de una vez para siempre.
Maldije a toda aquella caterva de ruines conspiradores e infames matarifes, pero me alegré sin mesura cuando, seguido a sus exequias, se abrió su testamento y en él se proclamaba al incipiente Octavio su sucesor y único heredero ante toda la Tierra. Mi venerado astro tenía entonces menos de veinte años.
Supe, como se saben aquellas cosas que se traen en el alma, uncidas a la entraña, que, pese a lo que sucediera, yo también sería algún día la primera mujer; la insigne dama, de esta grandiosa Roma.


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