XXV. PANDATARIA.
Pandataria fue el primer destino al que Augusto se
vio obligado
a enviar a su hija. Es ésa una minúscula isla en el Mediterráneo en la que
Julia debía consumirse de abandono y tristeza. Así de rigurosa fue la postura
que mi esposo adoptó cuando llegó a su conocimiento que su querida niña, mi muy
amada hijastra y predilecta nuera, era considerada por todos la ramera más
famosa de Roma. Sólo mi intervención caritativa en su favor logró algún alivio
para su ostracismo. Aunque para que purgara mejor sus ligerezas le organicé un
séquito integrado por esclavas ancianas y eunucos enfermos y deformes,
grotescos y lisiados, para que sus desmanes tuvieran un purgatorio más eficaz y sus liviandades un contrapunto más hiriente.
Piedad sí, pero expiación también.
Siempre pensé que es bueno, para aquel
que así yerra, que sea su medicina rigurosamente contraria a lo que le sedujo y
le llevó al delito. Por eso, en esa isla tirrena de no más de una milla, su
tormento debía resultar reparador y en verdad apropiado, aun a pesar de lo que
el corazón nos reclamara.
Y para que mi clemencia quedara bien
probada, obtuve el favor de que pudiera acompañarla al exilio su torpe madre y
alguno de sus hijos. Años después, mi afecto inquebrantable consiguió para ella
otra gracia que las condujo a Brucia, lugar en tierra firme, donde expiró su
ánima poco después de que muriera la anciana Escribonia, su madre, y el mismo
año que nos dejó desolados la partida eterna de mi señor Augusto.
Siempre le aseguré a mi terco marido
que su hija lo amaba de forma ilimitada. La muerte de ambos en fechas tan
cercanas me lo ha ratificado. Son esas cosas que los dioses hilvanan con
justeza, y en las que yo creo cada vez con más fuerza. Lástima que ambos no
gozaran mejor de sus mutuos afectos durante el trayecto de sus mortales vidas.
Tras la marcha de Julia, mi esposo,
sintiéndose culpable y desalmado por tan terrible asunto, nombró oficialmente a
Cayo y a Lucio “Principis Iuventutis”. Yo contemplé el acto moderando mi
gesto y bramando por dentro, aunque nadie me oyera. La mía era una perenne
lucha por imponer cordura entre tanto demente. Gritar en el silencio y morder,
como ya he dicho, con la boca cerrada, eran dos funciones que yo había
aprendido con pericia y largueza. Un incendio interior me atormentaba por tanta
burla y menosprecio hacia mí y mi vástago. Nadie parecía entender cuál debía
ser el futuro de Roma.
Discutí con mi esposo abiertamente.
Durante más de un mes apenas si llegamos a intercambiar palabras. Mi furia era
infinita, sobre todo cada vez que veía a los dos muchachos entrando y saliendo
de mi casa como en la suya propia. Aquellas dos raposas insolentes parecían
desafiarme desde una seguridad de impúdica arrogancia que les otorgaba el
saberse hijos adoptivos de Augusto.
No obstante, me tragué mi rencor y pedí
entonces a Augusto que, como desagravio hacia mí, concediera a Tiberio su retorno
a Roma, pero no me escuchó. Llegó a argumentarme que todo lo sucedido con Julia
era culpa directa de mi proscrito hijo y que jamás podría perdonarlo. “Jamás”,
repitió con vehemencia e inquina. Yo me callé y me retiré digna, erguida y
silenciosa, como si hubiera aceptado aquella vejatoria reprobación y asumido la
culpa achacable a mi estirpe. Y, para dar verosimilitud a mi postura, logré
hacer visible una lágrima surcando mi mejilla. Una sustancia irritante, previamente
puesta en mi anillo, me ayudó en mi llanto con el sencillo gesto de poner mi
mano ante mis ojos.
Debo decir que durante un breve tiempo
aborrecí a mi esposo con un odio enconado que me llevó a desear su muerte.
Aunque también diré que aquel terrible sentimiento me era mitigado por el saber
que entonces, también él, como yo, estaba degustando el agrio vino de tener un
ser tan querido en el exilio.
Sólo aquella ácida sensación me hacía
tolerarlo cuando se me acercaba para desahogar sus envites de macho ya
decrépito y en franca decadencia. Su fétido aliento y sus babas de anciano
fatigado bregando achacoso sobre mí me daban repugnancia. Pero yo no me negaba;
todo lo contrario, me mostraba procaz y lujuriosa. Y lejos de no acicalarme
para él, me embellecía y ornaba cuanto me era posible. Trataba de ese modo tan
malévolo de acentuar más la evidencia de su decrepitud al comparar su pobre
brío con mi posible y, en modo, lozano desafío de hembra insatisfecha. Sólo los
dioses saben cuán gravoso me era aquel asunto.
Pero los dioses obran según sus
designios y nunca nos consultan. Así, sólo dos años hicieron falta para que la
muerte se llevara a uno y otro hermano, y para que de nuevo mi consorte
volviera a naufragar en un mar turbulento de dudas y temores sobre el asunto manido
de su sucesión. Ambos fallecimientos tuvieron una vez más aspectos un tanto
inesperados. Ambos muchachos eran tan jóvenes y estaban cargados de tanta
vitalidad, que, para todos, nos resultó incomprensible el designio aciago, tal
vez malvado, de las divinidades.
Lucio murió camino de Hispania, en un
accidente que pudiera marcarse con el epíteto de insípido y absurdo, si es que
tales calificativos le caben a la onerosa muerte que tantas veces utiliza
matices tan sarcásticos. Se ahogó. Sí, se ahogó cuando fue a pescar con su
mejor amigo, mi apreciado y buen colaborador, el agraciado Plaucio, a quien yo
había encomendado de modo tan ferviente su directa custodia. Plaucio era un
muchacho bello y muy ambicioso; tal vez más insaciable que escrupuloso amigo.
Cayo, lo hizo en Lycia, tras recibir
una herida en la fortaleza de Artagira, en las tierras de Armenia.
Livila, la hija de Druso y de Antonia,
en un principio expresó hacia mí algunas reticencias, pero pasado un tiempo
desistió de sus ilógicas e infundadas sospechas. ¿Cómo podría yo, su abuela,
haber tenido parte en aquel mal suceso? Yo, que tan interesada encargué a
Trasilo, para aquel dilecto muchacho, un augurio que resultó ser tan proclive a
todas las venturas. Yo, que incluso envié con la máxima urgencia, en cuanto me
enteré de su accidente, para procurar su curación, hasta a mi propio médico,
quien me informó, a su regreso, de que aquella sucia herida había cursado de
forma fatal y parecida a como lo había hecho en su día la que segó la vida a
nuestro nunca olvidado Marco Marcelo Claudio.
No obstante, como aquella muerte me
produjo tanta desolación, reclamé a Trasilo para penalizarlo, ya que sus auspicios
habían sido tan erróneos e inútiles, y condené a mi médico a pagar una multa
por su inhabilidad. Él intentó recordarme que en sus pronósticos no había hecho
más que seguir mis encargos “al pie de la letra”, remarcó. A lo que no pude por
menos de responder, irónica: “Menudo astrólogo eres tú que escribes lo que los
humanos te dictan. Poca seguridad debes tener, pues, en tus conocimientos. Yo
te di esas indicaciones sólo para probarte, en tu sapiencia habría estado el
que, obedeciendo a las soberanas fuerzas telúricas, me hubieras desobedecido”.
Y rematé nuestra conversación con una carcajada y ordenándole que desapareciera
cuanto antes de mi vista, por lo que grité lo suficiente para que toda la casa
se enterara de mi enorme enfado para con el físico.
Aquella situación me obligaba a
imponerle, lógicamente y ante los ojos de todos, alguna gabela o sanción que
proclamara mi contrariedad por su saber equívoco, y a proclamar que en adelante
ya no lo consideraría digno de mi confianza.
Algunas veces una ha de exculparse aun
de lo que no es, en modo alguno, achacable a su culpa. Por otra parte, para
dejar patente mis hondos sentimientos por la pérdida de los dos hijos adoptivos
de Augusto, y para compensar el gran dolor de mi marido, mandé que se colocaran
estatuas de los dos muchachos por numerosos sitios del dilatado Imperio. Las
estatuas, fueran muchas o pocas, a mí no me estorbaban.
Y así se hizo en un teatro espléndido
que dicen que existe en la Cartago Nova. También animé a la edificación de un
templo dedicado a ellos, y semejante a éste en el que aquí veneramos a Apolo,
en la ciudad de Nemausus; ciudad en la que Agripa, el padre natural de ambos,
había tendido un acueducto sobre el que todos se perdían en gratitud y elogios.
Y en aquella fiebre generosa que
atizaba a mi alma, alenté para que en Augusta Emérita, una ciudad nueva fundada
en Hispania, se erigiera también un templo que fuera copia del que yo había
sufragado aquí a la Mater Matuta; diosa del amanecer y de los nacimientos.
A la vista de todos, aquella
esplendidez por mi parte no debía dejar ninguna duda de que en aquellas dos
muertes yo no había tenido intervención alguna, pues que mi dolor era tan costoso
para nuestros bolsillos y tan desbordante para nuestros efectos. Aun a pesar de
esto, hubo ciertos torpes o perversos que fruncieron el ceño y lanzaron sus
puyas, que sólo el tiempo, que nos hace aceptar lo que es irremediable, dejó en
el olvido. Y cuando ahora recapitulo momentos de mi vida, me doy cuenta de
cuánto desgaste y cansancio me ha supuesto siempre esa odiosa necesidad de
exculparme.
Unos meses después me informaron de
que también el bello Plaucio, el amigo de Lucio, el que pescaba con él cuando
éste se ahogara, había emprendido su viaje sin retorno. Lástima, pues era un
joven, como he dicho, muy apuesto y un eficiente y ambicioso colaborador mío. Aunque
siempre he sido partidaria de emplear a mis coagentes tan sólo una vez en mis
empresas para evitar posteriores problemas. El poder nos exige extremar la prudencia
y nunca confiarnos. Sólo los muertos tienen selladas sus bocas con el humus que
tan bien les abriga.
Al fin logré lo que quería para
nuestra nación. Augusto envió un correo a Rodas reclamando a Tiberio. Mi alma
se sintió recompensada después de tanto sacrificio. Por una vez, en Roma
entraba la cordura y el horizonte se prometía claro como un día de maivs.
Pero de inmediato un nuevo error de
Augusto empañó mi esperanza. Definitivamente mi esposo estaba seco de actitudes
e ideas. Al mismo tiempo que adoptaba a Tiberio como heredero e hijo lo hacía
con el joven Póstumo, el vástago no llegado a conocer por su padre, el
recordado Agripa, hacia quien mi marido seguía teniendo un fervor inaudito de beata
viuda encasquillada. Una vez más, alguien tenía un derecho preferente hacia la
sucesión. Una vez más, Tiberio no podía aspirar, como mucho, más que a una innoble
y absurda corregencia.
Aquella decisión de Augusto volvía a suponer
un latente rencor y una desconfianza furtiva hacia mi hijo. A todas luces,
Póstumo era el peor heredero que podía encontrarse. Su carácter era agrio y
desigual. Y además, aquellas sospechas enfermizas, y sus absurdas obsesiones que
rayaban en la clara locura. Y si esto fuera poco, estaba la brutalidad de sus
formas, lo que lo había convertido en un ser no querido por nadie e, incluso, en
los últimos meses, temido por amigos y próximos. Tal vez había germinado en él
la peor hez acopiada en su madre. No obstante y pese a todo, aquella amenaza lo
fue durante no mucho tiempo. Yo no podía permitir que fuera de otro modo.
El huraño muchacho no tuvo otra
ocurrencia que no aceptar el destino que su abuelo había decretado para su disoluta
madre.
De otro lado, raro e impredecible,
enseguida comenzó a mostrarse incómodo con la nueva situación que para él se
había decretado. Tal vez por eso, torpe
y acérrimo, no se le ocurrió más que entablar amistad con Tinagres, el hijo del
rey de los Partos, que Augusto conservaba como rehén desde que Marco Antonio se
lo llevara a Roma y obsequiara como prisionero rentable.
Ante tantos enredos, me resultó
medianamente fácil sugerir que el joven prohijado no estaba sino tramando una
conspiración, aunque no resultara muy claro establecer para qué o hacia quién estaba
dirigida. Aunque eso era un asunto de orden secundario. El añoso Augusto era ya
muy sensible a intrigas y amenazas, y cualquier inquietud le ofuscaba la mente
y lo tornaba obseso hasta el desequilibrio. Ya he dicho que mi esposo, por
entonces, no era capaz ya de sujetar su mente.
Es labor prioritaria para una buena
esposa, cuidar a su consorte y aliviarle en sus penas. Tal vez por eso, una vez
más, me sentí obligada, incluso contra mi corazón, para que el retorcido
Póstumo fuera enviado, al igual que su madre, hacia la expatriación.
Precipité también aquella decisión
animando a Livila a que lo denunciara ante Augusto por querer ocuparla de una
manera adúltera. Yo sabía que, en la realidad, era mi nieta quien, como una
coneja ávida y ardorosa, incitaba a Póstumo para que la montara en cuanto Castor,
su esposo oficial, se encontraba ausente. A Livila la atraía el espíritu
demente de Póstumo, pues que decían que eso le dotaba a él de una furia
inaudita en los trances de alcoba, tratando a las mujeres como si fueran
bestias a las que subyugar. Algo muy diferente de lo que se decía del aprensivo
Castor.
Debe reconocerse que fui espléndida
con ella. Sabida era la imperiosa obligación moral que yo tenía de informar a
mi esposo de aquellos desmanes que tanto lo ofendían. Sí, a Livila le dispensé
un favor infinito. Pues que le permití decidir si era Póstumo el culpable de
sus concupiscencias o, por el contrario, era ella quien tan malvadamente seducía
al demente.
Con muchas lágrimas y una gran
contrición, ella defendió ante mí su absoluta inocencia y yo, claro está, la
creí. Mi enorme candor no descubrió entonces la verdadera entraña monstruosa de
esa niña lasciva, esposa de su primo. Bueno, o, si lo descubrí, no quise
hacerme eco; era mi nieta, llevaba mi nombre y por sus venas le fluía mi sangre.
Debía, pues, otorgarle clemencia. Bien a las claras queda que no he sido tan
cruel como algunos pretenden, ni tan iluminada. Pues su fatal destino, luego,
nos sorprendería.
Póstumo fue desterrado. Para este
nuevo descalabro se eligió otra isla, Planasia. Recomendé aquel lugar, pues su
paisaje monótono y totalmente llano, como anuncia su nombre, me pareció el
mejor entorno para apaciguar un espíritu tan controvertido como el que poseía
el feroz y atormentado hombre.
De nuevo, aquella decisión, que en un
principio no parecía fundada en demasía con pruebas contundentes, se vio, sin
embargo, ratificada con el pasar del tiempo. Pocos meses después, un nuevo
grupo de insurrectos tuvo que ser aniquilado, pues que estaban tramando
rescatar a Póstumo y a Julia, su madre, de sus justos y meritorios destierros.
En verdad, mis confidentes se ganaban
su sueldo, aunque éste era alto. Por eso, aproveché aquello para lograr definitivamente
convencer a Augusto, de modo que la herencia de Agripa, que Póstumo aún no
había recibido, me fuera encomendada. Al fin y al cabo, me parecía de elemental
justicia que fuera recompensada yo con algo material, tras tantos desembolsos,
y no que el erario público, tan secreto y acéfalo, engullera un legado de tan cuantioso
monto.
Nombrado su único heredero, pedí
entonces a mi esposo que enviara a Tiberio a alguna misión que lo fortaleciera
en vigor y aprecio frente al pueblo. Su prestigio había caído notablemente,
después de tanto tiempo ocioso en su amargo y despreciable destino, y la imagen
aciaga que los desvaríos de Julia le habían adjudicado.
Augusto consintió. Se le concedieron unos
nuevos poderes tribunicios por un período de diez años. Entonces fue enviado a
una campaña contra los queruscos y los longobardos a quienes dirigía el brutal
Narobodo.
Augusto accedió a mis deseos, pero le impuso
como condición que adoptara como hijo propio a su sobrino Claudio, mi nieto, el
idiota, hijo de mi Druso y de Antonia, hermano de Livila y Germánico, mis otros
nietos. Yo acepté el disparate, pues que tamaña insensatez lo convertía en
hecho fútil e irrelevante. Situar a un tarado imbécil en línea sucesoria.
Definitivamente Augusto no conservaba el juicio.
De la lejana China nos llegó la
noticia de que el emperador Pingdi, apenas un muchacho, había fallecido de
manera imprevista. Inmediatamente recabé información más sustancial de aquel luctuoso
suceso. A través de mis contactos en las lejanas tierras, supe que Wang Mang,
el hasta entonces gran ministro y ahora nuevo emperador, en connivencia con la
madre del desafortunado niño, había sido el artífice de su muerte por envenenamiento.
Los venenos de Oriente siempre me fascinaron; tan limpios, tan letales y a la vez
tan plácidos y tan incruentos. Gracias al cielo, la lógica y el recto juicio de
nuevo se imponían. Aquel muchacho, al parecer era débil y torpe, y un imperio
como el del Sol Naciente requería manos más firmes y mente más sagaz. Aquel
suceso alimentó en mí profundas reflexiones. Porque, si la selección natural y
la depuración de las especies siempre han servido para la mejora y el nítido progreso,
no veo yo por qué esa misma regla no debiera imperar en cuanto a facilitar que
sean los más robustos y sensatos quienes dirijan la historia de los pueblos.
Me admiró la manera inteligente y
firme como habían actuado en Oriente. En este caso, todo fue envuelto en la
idea de que la vieja dinastía Han había perdido el favor de los Cielos, por lo
que era necesario purificar la casta. Así Wang Mang estableció su propia
dinastía Xin. Aquello hubiera sido magnífico si no hubiera sido porque hace muy
pocos años, alguien, no recuerdo su nombre, se la arrebató. Al fin, idas y
venidas de la voluble historia; puentes y pasarelas para vadear períodos
decadentes; la labor de los dioses. Bien visto está que siempre es laborioso
dirigir este mundo para aquellos a quienes se nos ha confiado tan sublime
misión.
Pero vayamos a lo nuestro.
Tiberio recuperó el mando de las
legiones en Germania y comenzó a hacer valer las reformas impulsadas por él en
relación con las milicias. La población castrense lo adoraba. Todos veían en él
a un caudillo que lo primero que hacía era llenar sus bolsillos; única cuestión
que aplaude el populacho miliciano. Su fama aumentaba. Pero, en realidad, había
sido yo quien había conseguido que se estableciera un nuevo impuesto de un
cinco por ciento grabando las herencias, y que el dinero recaudado por esta
gabela, muy impopular entre los ricos, fuera destinado a la paga que habrían de
recibir los soldados tras su paso por filas.
Personalmente asumí los reproches de los
perjudicados y fomenté el que mi hijo cosechara el aprecio de los favorecidos.
Siempre tuve muy claro que era al ejército a quien siempre había que tener
satisfecho y proclive a nuestras causas, y que esa adhesión era vital para
quien pensara en tomar el gobierno.
No obstante, los tiempos fueron
nuevamente convulsos y difíciles. Apaciguados y encauzados los asuntos
familiares, surgieron nuevos conflictos en Oriente. Los orígenes idumeo y
samaritano de Herodes Arquelao y la tosca y brutal manera de gobernar de este
etnarca de Judea, Samaria e Idumea nos aconsejaron destituirlo de su notable cargo.
Fue un asunto que quitó el sueño durante algún tiempo al indeciso Augusto,
aunque para mí siempre estuvo claro como la limpia nieve. Se le depuso y sus
dominios se anexionaron a Siria bajo el control de Vitelio.
En Galilea, Herodes Antipas era mucho
más hábil para conducir a su gente. Pero parece ser que, a quien los dioses le
entregan dones de mando y sano juicio para el gobierno de los suyos, no le hace
extensivas semejantes virtudes para regir sus pasiones más íntimas o sus
instintos más bajos. Y así, al capaz Antipas, no se le ocurrió otra insensatez
que la de repudiar a su esposa, la hija del rey Aretas IV del pueblo nabateo, enviándola
como mendiga a la ciudad Petra. Acto seguido se unió a la adúltera Herodias, la
hija de Aristobulo, casada ya con su tío Herodes Filipo, y madre de una niña provocadora,
rebelde y caprichosa llamada Salomé.
Muchos dijeron que en realidad era a
la niña a quien él pretendía tener en su palacio. Y algo de todo aquello se
vino a confirmar cuando se supo que el verraco padrastro le rebanó el cuello a
un popular profeta, para halagarla a ella a cambio de una danza indecorosa, con
la que la procaz muchacha le regaló los ojos una noche de orgía.
Fuera así o de otro modo, lo cierto es
que, al margen de lo de la muchacha, Herodias pasó así del lecho de uno de sus
tíos al del otro. Esto enfureció a los judíos, pues que por esas tierras les
resulta insufrible eso que ellos denominan indecoroso incesto. Sabido es y,
fuera como fuese, comprobado está que a los hombres les ciega y ofusca los
sentidos el clamor de las hembras, cuando éstas saben mover con seducción sus
bustos y caderas, y, además, sus carnes están tiernas y aroman a lujuria.
Pero no pararon tampoco allí todas nuestras
desgracias. Parecía ser que nuestra casa estaba condenada sin remedio a
servirnos un escándalo en cada temporada.
El verano fue aquel año inmensamente
caluroso. Eso debió atizar los efluvios del amor y de la incontinencia. Como si
de una epidemia se tratara, Roma entera se salpicó de desatinos y escándalos
sonados. En nuestro caso, yo no hubiera sido tan estricta con la joven
muchacha. Pero estaba visto que Augusto había quedado fuertemente marcado por los
asuntos de su hija Julia y de su nieto Póstumo. Y es que aquel suceso, a pesar
del tiempo transcurrido, no dejaba de comentarse en la urbe, y, él, tenerlo
presente cada día y, en sueños, cada noche. La moral familiar le había llegado
a obsesionar de una manera estúpida. Pero ¿qué podía hacerse?
Ahora era la otra Julia, Vipsania, la
menor, su nieta, la hermana de Póstumo, a quien habíamos casado felizmente con
Lucio Emilio Lépido Paulo, el cónsul. Un matrimonio en apariencia, apacible y dichoso.
Una unión bendecida con tres hermosos hijos que parecía rezumar armonía y
remanso. Pero la joven, inexplicablemente, pareció prendarse de los requiebros
y procacidades que el libertino Publio Ovidio Nasón, el cantor de Sulmora,
enlazaba en sus versos. Esta vez, por extraño que pueda resultarnos, el adulterio
era espiritual y solamente achacable a la lírica.
El deseado era un poeta famoso que
encandilaba a las hembras con sus ripios y estrofas libertarias. Yo misma debo
reconocer que siempre tuve gran aprecio a Ovidio, sobre todo desde que conocí
su hermosa obra dedicada a Corina; esa mujer que nunca supe si existiera o no,
pues él nunca llegaba a ser franco en detalles y se solazaba entre la
ambigüedad y el juego insinuante. Toda Roma trataba de descubrir a aquella
dama, y algunos decían conocerla, pero no era cierto. Meses después, mordida
por la intriga, me hice leer “La metamorfosis”, “El Arte de amar” y “Remedios
de amor”, todas obras de él. Y puedo asegurar que sentí no pocas e intensas complacencias
en esos textos suyos cargados de melismas, armonías y aires renovados. Lo que
en modo alguno podía yo compartir con mi marido.
Siempre me han gustado aquellos escritos
de Ovidio en los que las diosas se dirigen a sus fúlgidos y ardorosos amantes. Creo
que se titulan “Epistuale Heroidum” o algo parecido. No lo recuerdo bien. Debo
reconocer que ahora ya me flaquea la memoria de manera alarmante.
De esa insigne obra he aprendido yo
mucho sobre el alma compleja y hermética que rige a las mujeres. También me
fueron útiles sus conocimientos de cosmética, que yo hice aprender a Laraine
para que me los aplicara con regularidad, y que, junto con los consejos de
Ancia, me han dado tan buenos resultados en momentos diversos. Mis
conversaciones con él, siempre a espaldas de Augusto, claro está, me revelaron un ser sensible y culto. En él había
prendido tanto su experiencia viajera por tierras de Grecia y de Asia Menor
como su convivencia, a lo largo de su espléndida vida, con sus tres jóvenes
esposas y sus dos hijas habidas de aquellos gozosos matrimonios. Un universo
plagado de mujeres en el que él se había solazado ampliamente, indagando en sus
múltiples y angostos recovecos. Era aquella la nutrida despensa de sus mejores
obras; todo un silo pródigo y abundante.
Sin embargo, sus obras más recientes
escritas desde Dacia me parecen sensibleras y tristes, repletas de una indigna
y permanente solicitud de clemencia; algo impropio de un alma con meritoria sobriedad
que se aprecie a sí misma.
Yo intervine en su favor, pero no
conseguí la gracia de mi esposo. Su cercanía a Póstumo no me lo permitió. Y,
cuando Augusto ya hubo muerto, mi mente estaba tan cansada y repleta de tan farragosos
asuntos, y Ovidio era ya tan viejo y tan caduco, que tal vez olvidé interceder
por él ante Tiberio. Al fin y al cabo qué más le daba ya al anciano poeta morir
aquí o allá.
Es más. Tal vez, los lamentos de sus
escritos últimos quedarán mejor justificados aceptando una muerte desgarrada
por un dolor heroico de digno exiliado. Ya se ve. Nuevamente, mi hacer y mi no
hacer contribuyendo a la gloria del mundo y a la proclamación de sus insignes
próceres. Será este mi sino y mi misión. ¡Qué fatigosa ha sido esta vida mía
ejerciendo de árbitro del mundo! Sin embargo, estas gráciles y sutiles obras
mías no se me reconocerán.
Pues bien, una vez más tuvimos que
decretar un exilio y una confinación para alguien más de la familia. Era un
fastidio elegir el lugar, y esa ingrata labor, como otras muchas, me tocaba a mí,
pues que Augusto, enfurecido por la decisión, sólo sabía bramar sin designar
destino.
La pequeña Julia fue enviada, cinco
años después que su madre, a Trimerus, esa isla en el archipiélago de Diomedia;
el conjunto de escollos que dicen que creó el rey argivo Diomedes cuando tiró
al mar un puñado de piedras. Cosas de niños todos esos infundios que explican
de manera tan estúpida depresiones y altos; gargantas, torrenteras, arrecifes y
cabos.
A Ovidio se le encaminó hacia la
desembocadura del río Danubio, un lugar donde soplaba el frío Aquilón, para que
ese viento malvado enfriara su mente y sus intemperancias. Eso dijo Augusto,
pues seguía empeñado en que su nieta y Ovidio habían yacido muchas veces juntos
y que ella, y no otra, era la tal Corina a la que él cantaba en sus guarros libelos.
Yo sabía que eso no era totalmente verdad,
que el poeta únicamente sabía de los románticos y castos devaneos de la tierna
muchacha, y que él los atizaba con lecturas y versos, pero que, en realidad,
nunca había habido concierto lujurioso entre ellos. Pero no sé por qué enmudecí
y dejé que aquel asunto siguiera adelante. Tal vez, estaba cansada de tanta
gente a mi alrededor; tal vez, era una ocasión única para demostrar a Augusto
que estaba incondicionalmente de su lado, decretara lo que decretase. No lo sé.
Cosas inexplicables o, tal vez, sí. No sé; los años ya me ofuscan si intento
recordar. Quizás, debiera dejar este absurdo ejercicio de hacer memorándum de
mi vida.
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