lunes, 5 de mayo de 2014

XXV. PANDATARIA.



XXV.     PANDATARIA.


Pandataria fue el primer destino al que Augusto se vio obligado a enviar a su hija. Es ésa una minúscula isla en el Mediterráneo en la que Julia debía consumirse de abandono y tristeza. Así de rigurosa fue la postura que mi esposo adoptó cuando llegó a su conocimiento que su querida niña, mi muy amada hijastra y predilecta nuera, era considerada por todos la ramera más famosa de Roma. Sólo mi intervención caritativa en su favor logró algún alivio para su ostracismo. Aunque para que purgara mejor sus ligerezas le organicé un séquito integrado por esclavas ancianas y eunucos enfermos y deformes, grotescos y lisiados, para que sus desmanes tuvieran un purgatorio más eficaz  y sus liviandades un contrapunto más hiriente. Piedad sí, pero expiación también.
Siempre pensé que es bueno, para aquel que así yerra, que sea su medicina rigurosamente contraria a lo que le sedujo y le llevó al delito. Por eso, en esa isla tirrena de no más de una milla, su tormento debía resultar reparador y en verdad apropiado, aun a pesar de lo que el corazón nos reclamara.
Y para que mi clemencia quedara bien probada, obtuve el favor de que pudiera acompañarla al exilio su torpe madre y alguno de sus hijos. Años después, mi afecto inquebrantable consiguió para ella otra gracia que las condujo a Brucia, lugar en tierra firme, donde expiró su ánima poco después de que muriera la anciana Escribonia, su madre, y el mismo año que nos dejó desolados la partida eterna de mi señor Augusto.
Siempre le aseguré a mi terco marido que su hija lo amaba de forma ilimitada. La muerte de ambos en fechas tan cercanas me lo ha ratificado. Son esas cosas que los dioses hilvanan con justeza, y en las que yo creo cada vez con más fuerza. Lástima que ambos no gozaran mejor de sus mutuos afectos durante el trayecto de sus mortales vidas.
Tras la marcha de Julia, mi esposo, sintiéndose culpable y desalmado por tan terrible asunto, nombró oficialmente a Cayo y a Lucio “Principis Iuventutis”. Yo contemplé el acto moderando mi gesto y bramando por dentro, aunque nadie me oyera. La mía era una perenne lucha por imponer cordura entre tanto demente. Gritar en el silencio y morder, como ya he dicho, con la boca cerrada, eran dos funciones que yo había aprendido con pericia y largueza. Un incendio interior me atormentaba por tanta burla y menosprecio hacia mí y mi vástago. Nadie parecía entender cuál debía ser el futuro de Roma.
Discutí con mi esposo abiertamente. Durante más de un mes apenas si llegamos a intercambiar palabras. Mi furia era infinita, sobre todo cada vez que veía a los dos muchachos entrando y saliendo de mi casa como en la suya propia. Aquellas dos raposas insolentes parecían desafiarme desde una seguridad de impúdica arrogancia que les otorgaba el saberse hijos adoptivos de Augusto.
No obstante, me tragué mi rencor y pedí entonces a Augusto que, como desagravio hacia mí, concediera a Tiberio su retorno a Roma, pero no me escuchó. Llegó a argumentarme que todo lo sucedido con Julia era culpa directa de mi proscrito hijo y que jamás podría perdonarlo. “Jamás”, repitió con vehemencia e inquina. Yo me callé y me retiré digna, erguida y silenciosa, como si hubiera aceptado aquella vejatoria reprobación y asumido la culpa achacable a mi estirpe. Y, para dar verosimilitud a mi postura, logré hacer visible una lágrima surcando mi mejilla. Una sustancia irritante, previamente puesta en mi anillo, me ayudó en mi llanto con el sencillo gesto de poner mi mano ante mis ojos.
Debo decir que durante un breve tiempo aborrecí a mi esposo con un odio enconado que me llevó a desear su muerte. Aunque también diré que aquel terrible sentimiento me era mitigado por el saber que entonces, también él, como yo, estaba degustando el agrio vino de tener un ser tan querido en el exilio.
Sólo aquella ácida sensación me hacía tolerarlo cuando se me acercaba para desahogar sus envites de macho ya decrépito y en franca decadencia. Su fétido aliento y sus babas de anciano fatigado bregando achacoso sobre mí me daban repugnancia. Pero yo no me negaba; todo lo contrario, me mostraba procaz y lujuriosa. Y lejos de no acicalarme para él, me embellecía y ornaba cuanto me era posible. Trataba de ese modo tan malévolo de acentuar más la evidencia de su decrepitud al comparar su pobre brío con mi posible y, en modo, lozano desafío de hembra insatisfecha. Sólo los dioses saben cuán gravoso me era aquel asunto.   
Pero los dioses obran según sus designios y nunca nos consultan. Así, sólo dos años hicieron falta para que la muerte se llevara a uno y otro hermano, y para que de nuevo mi consorte volviera a naufragar en un mar turbulento de dudas y temores sobre el asunto manido de su sucesión. Ambos fallecimientos tuvieron una vez más aspectos un tanto inesperados. Ambos muchachos eran tan jóvenes y estaban cargados de tanta vitalidad, que, para todos, nos resultó incomprensible el designio aciago, tal vez malvado, de las divinidades.
Lucio murió camino de Hispania, en un accidente que pudiera marcarse con el epíteto de insípido y absurdo, si es que tales calificativos le caben a la onerosa muerte que tantas veces utiliza matices tan sarcásticos. Se ahogó. Sí, se ahogó cuando fue a pescar con su mejor amigo, mi apreciado y buen colaborador, el agraciado Plaucio, a quien yo había encomendado de modo tan ferviente su directa custodia. Plaucio era un muchacho bello y muy ambicioso; tal vez más insaciable que escrupuloso amigo.
Cayo, lo hizo en Lycia, tras recibir una herida en la fortaleza de Artagira, en las tierras de Armenia.
Livila, la hija de Druso y de Antonia, en un principio expresó hacia mí algunas reticencias, pero pasado un tiempo desistió de sus ilógicas e infundadas sospechas. ¿Cómo podría yo, su abuela, haber tenido parte en aquel mal suceso? Yo, que tan interesada encargué a Trasilo, para aquel dilecto muchacho, un augurio que resultó ser tan proclive a todas las venturas. Yo, que incluso envié con la máxima urgencia, en cuanto me enteré de su accidente, para procurar su curación, hasta a mi propio médico, quien me informó, a su regreso, de que aquella sucia herida había cursado de forma fatal y parecida a como lo había hecho en su día la que segó la vida a nuestro nunca olvidado Marco Marcelo Claudio.
No obstante, como aquella muerte me produjo tanta desolación, reclamé a Trasilo para penalizarlo, ya que sus auspicios habían sido tan erróneos e inútiles, y condené a mi médico a pagar una multa por su inhabilidad. Él intentó recordarme que en sus pronósticos no había hecho más que seguir mis encargos “al pie de la letra”, remarcó. A lo que no pude por menos de responder, irónica: “Menudo astrólogo eres tú que escribes lo que los humanos te dictan. Poca seguridad debes tener, pues, en tus conocimientos. Yo te di esas indicaciones sólo para probarte, en tu sapiencia habría estado el que, obedeciendo a las soberanas fuerzas telúricas, me hubieras desobedecido”. Y rematé nuestra conversación con una carcajada y ordenándole que desapareciera cuanto antes de mi vista, por lo que grité lo suficiente para que toda la casa se enterara de mi enorme enfado para con el físico.
Aquella situación me obligaba a imponerle, lógicamente y ante los ojos de todos, alguna gabela o sanción que proclamara mi contrariedad por su saber equívoco, y a proclamar que en adelante ya no lo consideraría digno de mi confianza.
Algunas veces una ha de exculparse aun de lo que no es, en modo alguno, achacable a su culpa. Por otra parte, para dejar patente mis hondos sentimientos por la pérdida de los dos hijos adoptivos de Augusto, y para compensar el gran dolor de mi marido, mandé que se colocaran estatuas de los dos muchachos por numerosos sitios del dilatado Imperio. Las estatuas, fueran muchas o pocas, a mí no me estorbaban.
Y así se hizo en un teatro espléndido que dicen que existe en la Cartago Nova. También animé a la edificación de un templo dedicado a ellos, y semejante a éste en el que aquí veneramos a Apolo, en la ciudad de Nemausus; ciudad en la que Agripa, el padre natural de ambos, había tendido un acueducto sobre el que todos se perdían en gratitud y elogios.
Y en aquella fiebre generosa que atizaba a mi alma, alenté para que en Augusta Emérita, una ciudad nueva fundada en Hispania, se erigiera también un templo que fuera copia del que yo había sufragado aquí a la Mater Matuta; diosa del amanecer y de los nacimientos.
A la vista de todos, aquella esplendidez por mi parte no debía dejar ninguna duda de que en aquellas dos muertes yo no había tenido intervención alguna, pues que mi dolor era tan costoso para nuestros bolsillos y tan desbordante para nuestros efectos. Aun a pesar de esto, hubo ciertos torpes o perversos que fruncieron el ceño y lanzaron sus puyas, que sólo el tiempo, que nos hace aceptar lo que es irremediable, dejó en el olvido. Y cuando ahora recapitulo momentos de mi vida, me doy cuenta de cuánto desgaste y cansancio me ha supuesto siempre esa odiosa necesidad de exculparme.
Unos meses después me informaron de que también el bello Plaucio, el amigo de Lucio, el que pescaba con él cuando éste se ahogara, había emprendido su viaje sin retorno. Lástima, pues era un joven, como he dicho, muy apuesto y un eficiente y ambicioso colaborador mío. Aunque siempre he sido partidaria de emplear a mis coagentes tan sólo una vez en mis empresas para evitar posteriores problemas. El poder nos exige extremar la prudencia y nunca confiarnos. Sólo los muertos tienen selladas sus bocas con el humus que tan bien les abriga.
Al fin logré lo que quería para nuestra nación. Augusto envió un correo a Rodas reclamando a Tiberio. Mi alma se sintió recompensada después de tanto sacrificio. Por una vez, en Roma entraba la cordura y el horizonte se prometía claro como un día de maivs.
Pero de inmediato un nuevo error de Augusto empañó mi esperanza. Definitivamente mi esposo estaba seco de actitudes e ideas. Al mismo tiempo que adoptaba a Tiberio como heredero e hijo lo hacía con el joven Póstumo, el vástago no llegado a conocer por su padre, el recordado Agripa, hacia quien mi marido seguía teniendo un fervor inaudito de beata viuda encasquillada. Una vez más, alguien tenía un derecho preferente hacia la sucesión. Una vez más, Tiberio no podía aspirar, como mucho, más que a una innoble y absurda corregencia.
Aquella decisión de Augusto volvía a suponer un latente rencor y una desconfianza furtiva hacia mi hijo. A todas luces, Póstumo era el peor heredero que podía encontrarse. Su carácter era agrio y desigual. Y además, aquellas sospechas enfermizas, y sus absurdas obsesiones que rayaban en la clara locura. Y si esto fuera poco, estaba la brutalidad de sus formas, lo que lo había convertido en un ser no querido por nadie e, incluso, en los últimos meses, temido por amigos y próximos. Tal vez había germinado en él la peor hez acopiada en su madre. No obstante y pese a todo, aquella amenaza lo fue durante no mucho tiempo. Yo no podía permitir que fuera de otro modo.
El huraño muchacho no tuvo otra ocurrencia que no aceptar el destino que su abuelo había decretado para su disoluta madre.
De otro lado, raro e impredecible, enseguida comenzó a mostrarse incómodo con la nueva situación que para él se había decretado.  Tal vez por eso, torpe y acérrimo, no se le ocurrió más que entablar amistad con Tinagres, el hijo del rey de los Partos, que Augusto conservaba como rehén desde que Marco Antonio se lo llevara a Roma y obsequiara como prisionero rentable.
Ante tantos enredos, me resultó medianamente fácil sugerir que el joven prohijado no estaba sino tramando una conspiración, aunque no resultara muy claro establecer para qué o hacia quién estaba dirigida. Aunque eso era un asunto de orden secundario. El añoso Augusto era ya muy sensible a intrigas y amenazas, y cualquier inquietud le ofuscaba la mente y lo tornaba obseso hasta el desequilibrio. Ya he dicho que mi esposo, por entonces, no era capaz ya de sujetar su mente.
Es labor prioritaria para una buena esposa, cuidar a su consorte y aliviarle en sus penas. Tal vez por eso, una vez más, me sentí obligada, incluso contra mi corazón, para que el retorcido Póstumo fuera enviado, al igual que su madre, hacia la expatriación.
Precipité también aquella decisión animando a Livila a que lo denunciara ante Augusto por querer ocuparla de una manera adúltera. Yo sabía que, en la realidad, era mi nieta quien, como una coneja ávida y ardorosa, incitaba a Póstumo para que la montara en cuanto Castor, su esposo oficial, se encontraba ausente. A Livila la atraía el espíritu demente de Póstumo, pues que decían que eso le dotaba a él de una furia inaudita en los trances de alcoba, tratando a las mujeres como si fueran bestias a las que subyugar. Algo muy diferente de lo que se decía del aprensivo Castor.
Debe reconocerse que fui espléndida con ella. Sabida era la imperiosa obligación moral que yo tenía de informar a mi esposo de aquellos desmanes que tanto lo ofendían. Sí, a Livila le dispensé un favor infinito. Pues que le permití decidir si era Póstumo el culpable de sus concupiscencias o, por el contrario, era ella quien tan malvadamente seducía al demente.
Con muchas lágrimas y una gran contrición, ella defendió ante mí su absoluta inocencia y yo, claro está, la creí. Mi enorme candor no descubrió entonces la verdadera entraña monstruosa de esa niña lasciva, esposa de su primo. Bueno, o, si lo descubrí, no quise hacerme eco; era mi nieta, llevaba mi nombre y por sus venas le fluía mi sangre. Debía, pues, otorgarle clemencia. Bien a las claras queda que no he sido tan cruel como algunos pretenden, ni tan iluminada. Pues su fatal destino, luego, nos sorprendería.
Póstumo fue desterrado. Para este nuevo descalabro se eligió otra isla, Planasia. Recomendé aquel lugar, pues su paisaje monótono y totalmente llano, como anuncia su nombre, me pareció el mejor entorno para apaciguar un espíritu tan controvertido como el que poseía el feroz y atormentado hombre.
De nuevo, aquella decisión, que en un principio no parecía fundada en demasía con pruebas contundentes, se vio, sin embargo, ratificada con el pasar del tiempo. Pocos meses después, un nuevo grupo de insurrectos tuvo que ser aniquilado, pues que estaban tramando rescatar a Póstumo y a Julia, su madre, de sus justos y meritorios destierros.
En verdad, mis confidentes se ganaban su sueldo, aunque éste era alto. Por eso, aproveché aquello para lograr definitivamente convencer a Augusto, de modo que la herencia de Agripa, que Póstumo aún no había recibido, me fuera encomendada. Al fin y al cabo, me parecía de elemental justicia que fuera recompensada yo con algo material, tras tantos desembolsos, y no que el erario público, tan secreto y acéfalo, engullera un legado de tan cuantioso monto.
Nombrado su único heredero, pedí entonces a mi esposo que enviara a Tiberio a alguna misión que lo fortaleciera en vigor y aprecio frente al pueblo. Su prestigio había caído notablemente, después de tanto tiempo ocioso en su amargo y despreciable destino, y la imagen aciaga que los desvaríos de Julia le habían adjudicado.
Augusto consintió. Se le concedieron unos nuevos poderes tribunicios por un período de diez años. Entonces fue enviado a una campaña contra los queruscos y los longobardos a quienes dirigía el brutal Narobodo.
Augusto accedió a mis deseos, pero le impuso como condición que adoptara como hijo propio a su sobrino Claudio, mi nieto, el idiota, hijo de mi Druso y de Antonia, hermano de Livila y Germánico, mis otros nietos. Yo acepté el disparate, pues que tamaña insensatez lo convertía en hecho fútil e irrelevante. Situar a un tarado imbécil en línea sucesoria. Definitivamente Augusto no conservaba el juicio.
De la lejana China nos llegó la noticia de que el emperador Pingdi, apenas un muchacho, había fallecido de manera imprevista. Inmediatamente recabé información más sustancial de aquel luctuoso suceso. A través de mis contactos en las lejanas tierras, supe que Wang Mang, el hasta entonces gran ministro y ahora nuevo emperador, en connivencia con la madre del desafortunado niño, había sido el artífice de su muerte por envenenamiento. Los venenos de Oriente siempre me fascinaron; tan limpios, tan letales y a la vez tan plácidos y tan incruentos. Gracias al cielo, la lógica y el recto juicio de nuevo se imponían. Aquel muchacho, al parecer era débil y torpe, y un imperio como el del Sol Naciente requería manos más firmes y mente más sagaz. Aquel suceso alimentó en mí profundas reflexiones. Porque, si la selección natural y la depuración de las especies siempre han servido para la mejora y el nítido progreso, no veo yo por qué esa misma regla no debiera imperar en cuanto a facilitar que sean los más robustos y sensatos quienes dirijan la historia de los pueblos.
Me admiró la manera inteligente y firme como habían actuado en Oriente. En este caso, todo fue envuelto en la idea de que la vieja dinastía Han había perdido el favor de los Cielos, por lo que era necesario purificar la casta. Así Wang Mang estableció su propia dinastía Xin. Aquello hubiera sido magnífico si no hubiera sido porque hace muy pocos años, alguien, no recuerdo su nombre, se la arrebató. Al fin, idas y venidas de la voluble historia; puentes y pasarelas para vadear períodos decadentes; la labor de los dioses. Bien visto está que siempre es laborioso dirigir este mundo para aquellos a quienes se nos ha confiado tan sublime misión.
Pero vayamos a lo nuestro.
Tiberio recuperó el mando de las legiones en Germania y comenzó a hacer valer las reformas impulsadas por él en relación con las milicias. La población castrense lo adoraba. Todos veían en él a un caudillo que lo primero que hacía era llenar sus bolsillos; única cuestión que aplaude el populacho miliciano. Su fama aumentaba. Pero, en realidad, había sido yo quien había conseguido que se estableciera un nuevo impuesto de un cinco por ciento grabando las herencias, y que el dinero recaudado por esta gabela, muy impopular entre los ricos, fuera destinado a la paga que habrían de recibir los soldados tras su paso por filas.
 Personalmente asumí los reproches de los perjudicados y fomenté el que mi hijo cosechara el aprecio de los favorecidos. Siempre tuve muy claro que era al ejército a quien siempre había que tener satisfecho y proclive a nuestras causas, y que esa adhesión era vital para quien pensara en tomar el gobierno.
No obstante, los tiempos fueron nuevamente convulsos y difíciles. Apaciguados y encauzados los asuntos familiares, surgieron nuevos conflictos en Oriente. Los orígenes idumeo y samaritano de Herodes Arquelao y la tosca y brutal manera de gobernar de este etnarca de Judea, Samaria e Idumea nos aconsejaron destituirlo de su notable cargo. Fue un asunto que quitó el sueño durante algún tiempo al indeciso Augusto, aunque para mí siempre estuvo claro como la limpia nieve. Se le depuso y sus dominios se anexionaron a Siria bajo el control de Vitelio.
En Galilea, Herodes Antipas era mucho más hábil para conducir a su gente. Pero parece ser que, a quien los dioses le entregan dones de mando y sano juicio para el gobierno de los suyos, no le hace extensivas semejantes virtudes para regir sus pasiones más íntimas o sus instintos más bajos. Y así, al capaz Antipas, no se le ocurrió otra insensatez que la de repudiar a su esposa, la hija del rey Aretas IV del pueblo nabateo, enviándola como mendiga a la ciudad Petra. Acto seguido se unió a la adúltera Herodias, la hija de Aristobulo, casada ya con su tío Herodes Filipo, y madre de una niña provocadora, rebelde y caprichosa llamada Salomé.
Muchos dijeron que en realidad era a la niña a quien él pretendía tener en su palacio. Y algo de todo aquello se vino a confirmar cuando se supo que el verraco padrastro le rebanó el cuello a un popular profeta, para halagarla a ella a cambio de una danza indecorosa, con la que la procaz muchacha le regaló los ojos una noche de orgía.
Fuera así o de otro modo, lo cierto es que, al margen de lo de la muchacha, Herodias pasó así del lecho de uno de sus tíos al del otro. Esto enfureció a los judíos, pues que por esas tierras les resulta insufrible eso que ellos denominan indecoroso incesto. Sabido es y, fuera como fuese, comprobado está que a los hombres les ciega y ofusca los sentidos el clamor de las hembras, cuando éstas saben mover con seducción sus bustos y caderas, y, además, sus carnes están tiernas y aroman a lujuria.
Pero no pararon tampoco allí todas nuestras desgracias. Parecía ser que nuestra casa estaba condenada sin remedio a servirnos un escándalo en cada temporada.
El verano fue aquel año inmensamente caluroso. Eso debió atizar los efluvios del amor y de la incontinencia. Como si de una epidemia se tratara, Roma entera se salpicó de desatinos y escándalos sonados. En nuestro caso, yo no hubiera sido tan estricta con la joven muchacha. Pero estaba visto que Augusto había quedado fuertemente marcado por los asuntos de su hija Julia y de su nieto Póstumo. Y es que aquel suceso, a pesar del tiempo transcurrido, no dejaba de comentarse en la urbe, y, él, tenerlo presente cada día y, en sueños, cada noche. La moral familiar le había llegado a obsesionar de una manera estúpida. Pero ¿qué podía hacerse?
Ahora era la otra Julia, Vipsania, la menor, su nieta, la hermana de Póstumo, a quien habíamos casado felizmente con Lucio Emilio Lépido Paulo, el cónsul. Un matrimonio en apariencia, apacible y dichoso. Una unión bendecida con tres hermosos hijos que parecía rezumar armonía y remanso. Pero la joven, inexplicablemente, pareció prendarse de los requiebros y procacidades que el libertino Publio Ovidio Nasón, el cantor de Sulmora, enlazaba en sus versos. Esta vez, por extraño que pueda resultarnos, el adulterio era espiritual y solamente achacable a la lírica.
El deseado era un poeta famoso que encandilaba a las hembras con sus ripios y estrofas libertarias. Yo misma debo reconocer que siempre tuve gran aprecio a Ovidio, sobre todo desde que conocí su hermosa obra dedicada a Corina; esa mujer que nunca supe si existiera o no, pues él nunca llegaba a ser franco en detalles y se solazaba entre la ambigüedad y el juego insinuante. Toda Roma trataba de descubrir a aquella dama, y algunos decían conocerla, pero no era cierto. Meses después, mordida por la intriga, me hice leer “La metamorfosis”, “El Arte de amar” y “Remedios de amor”, todas obras de él. Y puedo asegurar que sentí no pocas e intensas complacencias en esos textos suyos cargados de melismas, armonías y aires renovados. Lo que en modo alguno podía yo compartir con mi marido.
Siempre me han gustado aquellos escritos de Ovidio en los que las diosas se dirigen a sus fúlgidos y ardorosos amantes. Creo que se titulan “Epistuale Heroidum” o algo parecido. No lo recuerdo bien. Debo reconocer que ahora ya me flaquea la memoria de manera alarmante.
De esa insigne obra he aprendido yo mucho sobre el alma compleja y hermética que rige a las mujeres. También me fueron útiles sus conocimientos de cosmética, que yo hice aprender a Laraine para que me los aplicara con regularidad, y que, junto con los consejos de Ancia, me han dado tan buenos resultados en momentos diversos. Mis conversaciones con él, siempre a espaldas de Augusto, claro está, me  revelaron un ser sensible y culto. En él había prendido tanto su experiencia viajera por tierras de Grecia y de Asia Menor como su convivencia, a lo largo de su espléndida vida, con sus tres jóvenes esposas y sus dos hijas habidas de aquellos gozosos matrimonios. Un universo plagado de mujeres en el que él se había solazado ampliamente, indagando en sus múltiples y angostos recovecos. Era aquella la nutrida despensa de sus mejores obras; todo un silo pródigo y abundante.
Sin embargo, sus obras más recientes escritas desde Dacia me parecen sensibleras y tristes, repletas de una indigna y permanente solicitud de clemencia; algo impropio de un alma con meritoria sobriedad que se aprecie a sí misma.
Yo intervine en su favor, pero no conseguí la gracia de mi esposo. Su cercanía a Póstumo no me lo permitió. Y, cuando Augusto ya hubo muerto, mi mente estaba tan cansada y repleta de tan farragosos asuntos, y Ovidio era ya tan viejo y tan caduco, que tal vez olvidé interceder por él ante Tiberio. Al fin y al cabo qué más le daba ya al anciano poeta morir aquí o allá.
Es más. Tal vez, los lamentos de sus escritos últimos quedarán mejor justificados aceptando una muerte desgarrada por un dolor heroico de digno exiliado. Ya se ve. Nuevamente, mi hacer y mi no hacer contribuyendo a la gloria del mundo y a la proclamación de sus insignes próceres. Será este mi sino y mi misión. ¡Qué fatigosa ha sido esta vida mía ejerciendo de árbitro del mundo! Sin embargo, estas gráciles y sutiles obras mías no se me reconocerán.
Pues bien, una vez más tuvimos que decretar un exilio y una confinación para alguien más de la familia. Era un fastidio elegir el lugar, y esa ingrata labor, como otras muchas, me tocaba a mí, pues que Augusto, enfurecido por la decisión, sólo sabía bramar sin designar destino.
La pequeña Julia fue enviada, cinco años después que su madre, a Trimerus, esa isla en el archipiélago de Diomedia; el conjunto de escollos que dicen que creó el rey argivo Diomedes cuando tiró al mar un puñado de piedras. Cosas de niños todos esos infundios que explican de manera tan estúpida depresiones y altos; gargantas, torrenteras, arrecifes y cabos.
A Ovidio se le encaminó hacia la desembocadura del río Danubio, un lugar donde soplaba el frío Aquilón, para que ese viento malvado enfriara su mente y sus intemperancias. Eso dijo Augusto, pues seguía empeñado en que su nieta y Ovidio habían yacido muchas veces juntos y que ella, y no otra, era la tal Corina a la que él cantaba en sus guarros libelos.
Yo sabía que eso no era totalmente verdad, que el poeta únicamente sabía de los románticos y castos devaneos de la tierna muchacha, y que él los atizaba con lecturas y versos, pero que, en realidad, nunca había habido concierto lujurioso entre ellos. Pero no sé por qué enmudecí y dejé que aquel asunto siguiera adelante. Tal vez, estaba cansada de tanta gente a mi alrededor; tal vez, era una ocasión única para demostrar a Augusto que estaba incondicionalmente de su lado, decretara lo que decretase. No lo sé. Cosas inexplicables o, tal vez, sí. No sé; los años ya me ofuscan si intento recordar. Quizás, debiera dejar este absurdo ejercicio de hacer memorándum de mi vida.















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