XX. LA
ENORME RISOTADA
Odié a Livia con cuantas fuerzas puede odiarse a un
ser humano.
La odié por mí y por ella y por todo aquel confuso abismo al que nos abocaba a
cuantos la rodeábamos y le éramos fieles. Y a punto estuve de quitarme la vida,
pues que la repugnancia sentida hacia mí misma me exigía ese tipo de justicia
imperativa por mis nefandas faltas, que consistían fundamentalmente en estar secundando
con mi silencio sus planes terroríficos.
Tras muchos años de serena y
cómplice ceguera, en los que yo había ido consolidando mi existencia en un,
cada vez más, amable remanso, todo venía a revolverse. Y lo hacía como se
enturbia un charco pútrido cuando las ruedas de un carro lo cruzan tras haber
sido pateado por las pezuñas de un animal de tiro. Aquella situación de esclava
bien considerada, primera entre iguales, en la domus más importante de toda la ciudad, me exigía ahora,
bruscamente, su estipendio con brutal virulencia.
La suave muchacha que un día se
encaprichara de mí como de un complaciente trasto, se había convertido en una
arpía que no parecía reparar en medidas ni métodos con tal de alcanzar sus más
ilícitos propósitos. Ingenua o aviesamente, yo había hecho oídos sordos a unos
terribles síntomas que eran locuaces y evidentes. Ahora la hiena había
despertado y su furia era ya incontenible. Resultaba indudable que un clamor de
avaricia y ciega virulencia anidaba en su alma y, al igual que había urdido su
calculado plan para atraer de modo irracional a Augusto, también aquel arácnido
había tejido su tela hacia mí y hacia todo su entorno con tan tenaz sigilo que
daba escalofríos. Ahora no había más salida que seguirla o matarse. Y en eso no
podía engañarme a mí misma. Jamás permitiría ella que alguien, contra su
voluntad, la abandonara conservando el respiro. Por otro lado, sabido era que
la vida de un esclavo nada valía en manos de sus amos, que podían administrarla
cual les viniera en gana.
Viví entonces días inmensamente
lúgubres. Las tinieblas teñían de ofuscación mi ánima y me emplazaba en una
desazón confusa e inane de la que no era capaz de desprenderme, pese a aquellos
recursos personales que yo atesoraba. No había ni alimento ni estancia de la
casa ni compañía alguna que me reconfortase. Ningún trabajo lograba distraerme
o cansarme cuanto era necesario para así dejar de rumiar mi litigio. Un
desierto infinito se tendía ante mis ojos y, por primera vez, mi mutismo me
ahogaba como si un puñado de tierra o de vidrios me ocupara la boca y la
garganta.
Mi desamparo era inmenso como un mar,
sordo como los cielos, vacío cual un rudo erial azotado de ventisca y escarcha.
Miré a mi alrededor y no encontré a nadie. Era penoso. Tras más de treinta y
cinco años, yo no tenía a nadie en quien asirme de una manera firme. Mi
cercanía a Livia también me reportaba gran carga de recelos de no pocas
personas que me evitaban y temían por ello. Una soledad dura como una enorme
losa me aplastaba los días, las horas, los minutos.
Ya he dicho que estuve al borde del
suicidio, pero también debo reconocer que para entonces ya no tenía yo el
arrojo y la fuerza que en años anteriores me hubieran hecho no vacilar ante una
decisión de tal naturaleza. Entonces fui a visitar a Ancia. Únicamente ella
podía cobijarme como lo había hecho en tiempos ya lejanos. ¿Seguiría viviendo
en la casa de Torquio?
No, ya no vivía allí, pero sí en la ciudad
de Ostia. Solicité de Livia licencia para ausentarme unos días de la domus de Augusto y ella no me ofreció
ninguna resistencia ni me formuló pregunta alguna sobre mi razón o motivos para
hacerle tal súplica. En su compleja mente sabía valorar los movimientos de
cuantos la rodeábamos e intuir con precisión exacta cuánto respiro debía
otorgar a sus presas para que la captura terminara ofreciéndole el éxito
buscado. Sabía que yo debía sosegar mi ánimo. Sólo tras ello le podría ser
útil, y no en aquel estado en el que me encontraba y que ella conocía sin formular
preguntas. Livia necesitaba contar con mi disposición más firme, sin ofrecer
fisuras; sus planes más audaces no habían comenzado y, al parecer, en ellos, yo
debía ser una pieza importante.
En un principio, viajé hasta la ciudad
portuaria sin saber con seguridad si aún encontraría a la mujer de Taima. Los
enormes pinos jalonaban la vía. Eran como altas columnas con capiteles verdes y
descomunales que el viento estremecía; como nubes oscuras colgadas de los
cielos. Fue un día ventoso, con ráfagas de lluvia que apagaban el sol tiñendo
el celaje con un gran manotazo de un rojo ensangrentado y a la vez ceniciento.
El tiempo que duró mi trayecto fue cual
una expiación, pues no quise ni carro ni montura ni cobija especial que me
amparara. Necesitaba que se hirieran mis plantas, que se humedeciera mi carne y
que mi pelo se revolviera como el de una mendiga miserable y proscrita. Exigía
inmolarme; expiar mis delitos.
Comencé el camino cuando ya era
próximo el caer de la noche. Ya nada me importaba, ni tan siquiera que ladrón o
asesino me salieran al paso y segaran mi vida; más bien lo deseaba.
Llegué al amanecer. Ostia olía a
salitre y a humo de sebo de tabernas. Olía a paja de las postas, a guisos y comidas,
a aguas putrefactas de cloacas, a pescado podrido y a animales hacinados en sus
jaulas o cuadras. El puerto empezaba a desperezarse en trajines y vidas,
mercancías y bestias, bostezos y resacas.
Me dirigí al lupanar de Torquio. Pero
apenas golpeé en la cancela el dueño vino a mí como si realmente yo fuera
alguien de su propia familia. Torquio seguía madrugando. Esas solían ser para
él las horas de poner orden en su hacienda, tras noches, habitualmente,
azarosas atestadas de tratos y de encuentros.
Ser la primera esclava de la casa de
Augusto abría cuantas puertas pudieran encontrarse veladas o entornadas. Y eso,
aunque yo presentara aspecto lamentable en aquella mañana. Pero también había
en los ojos de aquel decente anciano una brizna inequívoca de afecto
conservado. Aún hacía gala de su antigua elegancia, aunque ahora agrisada por
el pasar del tiempo y un cansancio encajado entre sus negros ojos. Me saludó
efusivo y enseguida me preguntó qué venía buscando. Yo escribí en el suelo el
nombre de su esclava. Sonrió complacido y me indicó el camino con un leve
tender de su mirada triste. Luego batió sus viejas manos. Acudió un muchacho. A
él mandó que me acompañara hasta la nueva casa en la que habitaba la entrañable
liberta.
Se trataba de la fulónica más
importante de la ciudad del puerto; una lavandería selecta y prestigiosa. Al
parecer, cuando la hermosa prostituta consideró que su tiempo de gloria estaba
ya cumplido para seguir ejerciendo aquella profesión que tan gran aureola le
había procurado, propuso comprar su libertad al honorable Torquio. Amigos y
clientes, entre los que se hallaba el tintorero Dulio, aportaron, solícitos, la
suma necesaria para su redención. Manumisión que su amo estableció en un precio
meramente simbólico, por lo que, de la generosa colecta, sobró lo suficiente
para la compra de la casa en la que estableciera ella aquel distinguido y
próspero negocio. Los primeros clientes se los envió el propio Dulio, con quien
le seguía uniendo una antigua y afectuoso estima, acrecentada tras la muerte de
Egeria, de cuya dolorosa pérdida le había confortado Ancia de modo generoso,
tornándole mediante sus afectos, su verbo y su paciencia de nuevo a una vida a
la que él renunciaba.
El negocio de lavado de ropas se había
convertido en algo en verdad floreciente. El aumento notable de la riqueza en
los últimos años había permitido que no pocas familias, nobles y bien
posicionadas, llevaran sus indumentos y ajuares para ser blanqueados por quien
sabía hacerlo de manera eficiente. Tanto era así que el orín humano, principal
ingrediente con el que se trataba la ropa en las fulónicas, había sido
considerado por las autoridades como susceptible de ser grabado mediante un impuesto
inédito hasta entonces.
Ya a la misma entrada de la espléndida
domus había dos enormes tinajas en
las que los esclavos, mandados por sus amos y venidos de casas de toda la
ciudad, traían a verter los orines diarios. Y en la misma fachada se había
establecido una, a modo de, rinconada discreta en la que cualquier transeúnte
podía penetrar y hacer allí sus micciones, si la necesidad de evacuar así se lo
dictaba.
Dentro, en torno a un patio grande, y en
enormes piletas, los esclavos danzaban pateando las ropas para que el efecto
del ácido albeara los paños y los aliviara de manchas de sangres, de excrementos,
de herrumbres o grasas. No obstante, a pesar de aquella actividad, la casa no
olía a orines en el resto de sus otras estancias. Un sistema de enormes
abanicos, hábilmente instalados, daban a aquel conjunto un aspecto más propio
de un palacio de Oriente o una haima mauritana
o númida.
Además, si alguien noble o adinerado
visitaba la afamada fulónica de Ancia, (la venida de Taima), apenas la
persona penetraba en su impluvium, enseguida
era conducida a un tablinum de
amplias dimensiones. En él, la dueña lo atendía de manera directa y, de
inmediato, lo obsequiaba con un ramo de hierbas olorosas para que conservara el
perfumado haz de myrtus, tomillo y
romer próximo a su nariz, durante todo el tiempo que durase su paso por la casa
de paños.
Ancia no musitó palabra alguna al
verme ni hizo aspavientos; pero se fundió en mí como si realmente hubiera
estado esperando aquel abrazo durante muchos años. Yo reconocí en el templado
abrigo de su cuerpo ya ajado aquel cariño que un día me entregara y que ha sido
el punto de reseña de todos mis afectos. Luego de tocarme y besarme se separó
de mí y me miró a los ojos y acarició mi pelo polvoriento y revuelto. Sus ojos
expresaban dicha y perplejidad, convicción y tristeza; un universo de
sensaciones cálidas, veraces y profundas. De pronto entendí que me estaba
contemplando lo mismo que lo había hecho un día muy lejano cuando nos
conociéramos y yo fuera una niña huérfana y asustada. Entonces no pude mantener
su mirada y me hundí en un sollozo sostenido y sereno. De nuevo volvía a su
presencia acongojada y rota. Ella colocó su brazo ingrávido sobre mis hombros encorvados
y ambas entramos más adentro cual si fuéramos una persona sola.
Viví bajo su techo durante quince
días. Livia no había puesto control a mi salida y, por eso, yo no establecí fecha
a mi regreso. Pero tampoco hubiera sido capaz de hacerlo, pues que mi estado me
requería repararme o morir. Era como si un gusano me comiera por dentro sin
poder vomitarlo. Hasta ese punto de autodestrucción me había conducido mi
putrefacción.
En un principio, Ancia no preguntó y
yo no me esforcé en trasmitirle nada, salvo aquel tormento infinito que me
empapaba entera y que era evidente para todo el que me rodeara. Yo venía
cansada y harapienta, desconsolada y triste; infinitamente peor que cuando ella
me acogiera un día hacía muchos años.
Llamó a una de sus siete sirvientas y
le ordenó que me llevara al baño y asistiera mi aseo como si se tratara de su
propio cuidado.
Me sumergí en la amable tibieza de
aquella ablución con el deseo íntimo de que durara siempre. El vaho y el
perfume eran como manos de amantes de acariciar eterno. Después que me vestí
con ropas renovadas, la mujer me condujo a una estancia pequeña y muy
recóndita, provista tan sólo de una cama para que me tumbara. Aquella vaciedad
de muebles y utensilios hacían de aquel lugar un estoico remanso. Celó con una
cortinilla blanca el hueco de la entrada y prendió una lucerna que dejó en una urna minúscula abierta en el muro, cual un
ara escueta.
Un instante después, me trajo una
jarra de agua y una bandeja repleta de manjares y frutos que dejó en el suelo,
animándome a que los consumiera. El queso era fuerte y llamaba a ser tomado,
pero yo no injerí más que un poco de agua y unos pocos dátiles.
Igual que hace un animal guarecido en
hura improvisada, me acurruqué sobre el lecho, buscándome el amparo que el
rincón me brindaba, dispuesta a no urgir el caminar del tiempo. Mi cabeza
estaba repleta de dudas y rencores. Pasaron unas horas; no podría decirse que
durmiera o velara sino algo distinto. Aquel día estaba resultando infinito. En medio
de aquella lasitud, vi declinar las luces y hacerse poco a poco la callada
penumbra.
Cuando me desperté, comprobé que
alguien había atizado el pabilo, pues que la lámpara jugueteaba con brío
renovado con las sombras del cuarto. Y, cuando estaba tratando de cambiar mi
postura, oí sonar una esquila insistente que recorrió la casa como un viento
voluble entre el que las ninfas jugaran a avisar de no se sabe qué misterios o
sucesos. Un instante después, oí cerrar las enormes portonas de la única
entrada y ajustarles la viga que servía de tranco. Y el laborioso rumor que
había ocupado la domus durante el
largo día se diluyó al instante, dejando la casa entera sumida en un mutismo
semejante al del espacio más inmune de un recinto sagrado.
Luego vi cómo la mano dulce y marmórea de la
madura Ancia separaba la leve colgadura y entraba a mi aposento sentándose a mi
lado con aquella molicie que yo aún recordaba.
Su voz volvió a mis oídos como si
jamás se hubiera ausentado de ellos a pesar de las lluvias, los soles y los
años. Ancia comenzó pronunciando mi nombre cuatro veces; era la fórmula
cariñosa con la que nos reencontrábamos después de tanto tiempo. Me preguntó si
había descansado y yo le hice un gesto afirmativo de gratitud inmensa. Miró a
la bandeja y vio que yo había ingerido un escueto bocado. Me tendió la mano y
yo se la así. Luego nos incorporamos y, ambas, salimos de aquella muda estancia
a la luz matizaba que ocupaba la casa y que la convertía en un gran tabernáculo.
La casa entera estaba desolada; sola
para nosotras. Una afable opacidad propiciada por lámparas hábilmente
instaladas aportaba una sensación de acogedor sosiego. Entonces pude contemplar
cómo todo aquel trajín de la mañana había recalado en una reposada quietud
asentada en un orden mesurado y perfecto. La fulónica de Ancia, dotada
de multitud de piezas, recintos y aposentos,
se había transformado en un elegante palacio más propio de aristócratas a
quienes les hiriera el sonido más leve. Cada cosa en su sitio, cada planta en
su ámbito, cada brasero aromando en la intensidad que era requerida, cada tela
ondulando en su libre y calmoso oleaje. Las paredes decoradas daban a aquella domus un toque de medida elegancia. Los
mosaicos del suelo eran sencillos en sus tramas pero ejecutados con destreza y gran
pasión temática. Hasta el derrame de una pequeña fuente, rematada por una bella
ninfa, podía oírse en su sonido líquido de salpicar ingenuo. En un rincón del peristylium, en un altar pequeño, coloreaban las frutas escogidas aquel
día entre un humear de sándalo y de incienso. Los dioses del hogar estaban
satisfechos. En su entorno, múltiples lamparitas dejaban danzar sus lenguas muy
vivaces cual óvalos de oro refulgiendo en la sombra.
Entramos en su estancia. Era un
hermoso cuarto establecido en la segunda planta, en él, una pequeña puerta daba
a una terraza desde donde podía verse el mar tendiéndose en la tarde. El cielo
era de un gris con tonos azulados, apacible y sereno. Allí se atesoraban
prendas y piezas preciosas de las que hubiera envidiado la dama más selecta.
Reconocí algunas y un júbilo afable removió mis recuerdos: estaban igual que
hacía tantos años cuando yo las cuidaba. Aquel sencillo reencuentro me otorgó
confianza.
Las paredes estaban pintadas con
exquisito gusto; un color rojo encendido y lustroso, como de sangre
bruñidamente fresca, enmarcaba los muros por los que se descolgaban cenefas y
guirnaldas con galanuras de frutos y de flores; ruiseñores y alondras. Hermosos
cuadros revivían escenas amorosas como las que adornan burdeles y prostíbulos,
pero ahora ya sin procacidad ni osadía buscada, pero sí como un canto
esplendente al amor y a los hermosos cuerpos. Y yo, que conocía su carne
despojada de prendas y cubiertas, supe que el artista no había hecho otra cosa
más que perpetuar, contra el paso del tiempo, el cuerpo singular de aquella
hetaira única, que ahora me miraba con infinito afecto.
Me invitó a comer y me dijo que había
mandado que todos los esclavos se retiraran hasta sus dormitorios para que
ningún ruido pudiera molestarnos. Y pude comprobar que la obediencia era suma,
pues que ni un solo atisbo de vida se notaba en la inmensa casa. Entonces
comenzó mi auténtica agonía.
No sé cuantas horas permanecimos
sentadas una frente a la otra. La noche nos llegó y con ella el rotundo
silencio que aplasta a los cuerpos y los encaja entre la soledad y el diálogo
íntimos. Entonces me preguntó qué es lo que me traía. Lo hizo con su voz
liviana y apacible, con aquel su talante de cristal transparente, pero yo lo
escuché con ese imperativo brutal que nos insta sin permitirnos excusas ni soslayos,
que ordena sin admitir reservas; que impone como un enemigo que nos emplaza a
un reto o como un juez que nos sentencia a muerte.
Un nudo áspero y lacerante me ocupó la
garganta como un lienzo mojado embutido a espetones. Mis ojos se incendiaron y
todo mi cuerpo se crispó como alcanzado por el rictus execrable de un trance
diabólico. Las cuerdas de mi cuello se tensaron hasta casi romperse y un llanto
de impotencia me hizo clamar a un cielo inexistente buscando mi respiro,
mientras mis manos se retorcían aterradas e incrédulas, asiendo, obsesivas, el
más puro vacío que amenazaba ahogarme.
Por vez primera en muchísimos años, de
nuevo, necesitaba la luz sonora que otorga la palabra. Aquella atrocidad que
albergaba mi alma requería, imperiosa, del verbo y la elocuencia, del clamor y
el susurro, de todos los matices que nos regala el habla. Pero es que además
Ancia me lo ordenaba como ordenan los dioses, sin reparar en nada y sin guardarnos
caridad o respeto. No valían los gestos, ni el mover de los ojos, ni tan
siquiera la voz que albergaban las expresivas manos dispuestas a escribir con
trazos en el aire. Tampoco era posible expresarse con rayas de carbón sobre el
suelo o la tabla cerámica; la palabra escrita se quedaba mermada ante la gravedad
que requería el hecho. Fue entonces cuando, impotente y ansiosa, me convertí en
bramido.
Y grité. Grité con la furia imponente
de un animal herido. Un grito seco y penetrante capaz de ocupar mil años de
dolor soportado en silencio infinito. Grité con el furor más hondo del mar embravecido
y el clamor con que nos estremece el trueno y la intemperie. Grité mientras me
sujetaba las sienes y escondía mi cara y en mi pecho entraba el eco hiriente y
ensordecedor de mi hondo lamento. Estalló mi alarido.
Ancia no se inmutó. La casa recogió mi
aullido haciéndolo retumbar y rompiéndolo entre sus estáticas bóvedas. Los
esclavos debieron inquietarse, pero tal vez su ama ya les había advertido, pues
nadie se movió ni me prestó ayuda. Una profunda oquedad de caverna infinita,
como un sonoro eco que fuera amortiguándose, persiguió a mi queja hasta dejarla
muda cual si nunca existiera.
Sí, necesitaba hablar. Aquel seco silencio
que me había amparado durante tantos años, desde el día en que mataron a los
míos y me arrancaron de mis tierras de Partia, se me caía ahora como un ídolo
amasado en primigenia arcilla sobre el que diluviara una llovizna eterna. Tal
vez por eso, hablé después de tanto tiempo. Porque me era preciso como el agua
al sediento a punto de morirse.
Primero fue como en un balbuceo; como
el hilillo débil de una sierpe que fluye con temor entre hierbas y piedras muy
sumisas. Después las palabras fueron acoplándose al cuenco reseco de mi boca;
tomando espacio y resonancia en ella, buscando sus ensartes y sus huecos
insólitos, quizás muy olvidados. Fue como ir retomando estancias huidas desde
el pavor añejo; como volver a casa tras años de vagar mendiga y errabunda por
tierras extranjeras. Era una sensación extraña aquella de escuchar cuanto mi
garganta enunciaba, en la incredulidad de que era de mí misma de donde
procedían todos aquellos inauditos sonidos rescatados en fragor de tormentas.
Ancia me escuchó sin ninguna sorpresa.
Ante ella vacié mis entrañas; pensamientos, traiciones, dolores, soledad y negror
de mentiras. Era una serosidad pútrida y maloliente, como una supuración retenida
que ahora se liberaba y me aliviaba el alma. Ni tan siquiera en el primer
momento mostró perplejidad. Su cuerpo no se estremeció ni en los instantes más
rudos de mi trance. Tampoco aquel su rostro, de sutiles matices, se inmutó lo
más mínimo, ni sus manos se fueron a mi encuentro cuando yo las pedía como suplica
un quemado un bálsamo. Estuvo ante mí como están las efigies, como están las
pétreas estatuas de los dioses. Y tuve entonces la sensación de que era ella en
realidad la dueña de todos mis silencios, la deidad omnisciente que tenía el
poder de abrirme la garganta o de cerrármela según fuera su antojo.
Entonces supe por primera vez de la vera
existencia de las divinidades que alientan y palpitan y están entre nosotros;
los dioses que respiran; los que en verdad rigen la vida y el destino del resto
de los hombres. Aquéllos que con su poder ordenan y seducen, guían o
interrumpen, promueven o seccionan, otorgan la existencia o cercenan la vida.
Aquel sencillo hallazgo me iluminó la entraña. Los dioses existían y tenían un
pálpito verdadero y audible. Vivian en el mundo, estaban en nosotros. Tal vez
lo eran sin saberlo siquiera: los dioses residían en la esencia del hombre que
oía a otro hombre con verdad y apego.
Hablé durante toda la noche. No sé muy
bien qué dije ni el orden desgranado. Tal vez tan sólo vomité la hez infecta de
los pasados años. Vi clarear la luz a través del paño que cegaba la puerta y
comencé a notar los primeros rumores propios de la fulónica.
Luego que me hube callado, Ancia se
incorporó, se acercó hasta mí y me tocó la frente. Noté cómo me ardía al
comprobar el frió contraste de su palma que parecía hielo. La miré a los ojos.
Mi amiga no parecía cansada. Dudé que en realidad hubiera estado a mi lado
durante toda la noche, pues que su lozanía dejaba en entredicho cualquier
supuesta vela. Entonces fui consciente del tremendo cansancio que varaba mi
cuerpo y del agudo dolor que me amenazaba con hacerme estallar aquel repleto
cráneo. Y noté mis mandíbulas indóciles cual corcho. Ancia batió las palmas y
al instante una sirvienta levantó la cortina sin que nadie oyera sus pasos
acercándose. Ella le habló al oído y un momento después me sirvieron agua de
sauce en un cuenco humeante de grandes proporciones que apuré hasta el fondo.
“Ahora debes dormir”, me dijo mi
hospedera mientras me ayudaba a tenderme sobre el mullido lecho que ocupaba el
centro de su espléndida alcoba. “Hablaremos de nuevo”.
Hablamos y hablamos durante las noches
que siguieron a aquella primera. Durante el día yo no salía de mi cámara sino
para mi aseo. En ella estuve ovillada como si me encontrara en el vientre
materno; como si fuera un gusano metido en su crisálida. Una esclava venía a
diario a traer mi comida y proveerme el agua que alguien especiaba cual caldo
salutífero. Fue de ese modo como ordené mis entrañas y apacigüé mi mente. Mi
conclusión fue ésta: No existían los dioses lejanos y tonantes. Aquellos que
los humanos colocábamos en el Sagrado Panteón de nuestra fe romana no eran más
que una burda entelequia, mitad fingida con conciencia de ello, mitad creída
por el dócil deseo de suavizar orfandades y mitigar angustias. No existían los
dioses; ni los que se proclamaban en las arengas de los generales para amparar
sus valientes pericias, ni los que prometían los píos sacerdotes aseverando que
se regocijaban recibiendo nuestros sahumerios de fogatas, inmolaciones,
donaciones o preces. No existían los dioses, ni el Tártaro siquiera, por mucho
que el noble Virgilio lo describiera circundado de inmensas murallas y anillado
por el río que llamaba Flegetonte, del que certificaba que su caudal de sangre
rehierve eternamente. Todo era una enorme falacia y, tal vez, él lo sabía. Quizá
por ello, el poeta clamaba en su lecho de muerte para que se quemase esa su
obra titulada La Eneida, y que alberga adulación, pleitesía y engaño sin
prudencia, sin recato y sin límites.
En contraposición, sí existían los seres;
hombres y animales. Los seres que alentamos mientras cursa la vida. Los que nos
arrastramos, nos herimos y nos atormentamos, nos amamos y nos aborrecemos;
sufrimos y nos regocijamos, nos unimos y nos traicionamos. Los hombres de unas
y otras naciones; gentiles, ciudadanos de la eterna Roma o despreciables
bárbaros. Patricios, plebeyos, esclavos; fieles, clientes y libertos; leprosos,
lisiados y harapientos. Los miserables hombres. Los que apenas si comen y los
que han de vaciar sus vientres en veces sucesivas para que su codicia y su gula
tengan más almacenes donde acopiar sus ansias; seres de vomitorio. Los que
atesoran bienes y reúnen halagos. Los soberbios y los fatuos, los vanos y los
petulantes. Los cínicos y los sabios. Y, sobre todos ellos, se alzan imponentes
los dioses terrenales, los auténticos, los que rigen los destinos del
misterioso Orbe. Los que legislan, juzgan, nos vencen, nos subyugan o matan a
su gusto. Los que construyen, emparejan o rompen alianzas, fundan ciudades o
arrasan poblaciones, fuerzan a los amores o propician distancias. Los que obran
sobre vidas, destinos y haciendas. Los que apaciguan conciencias u ordenan
nuestras almas con su voz apacible o su silencio denso. Los que imponen su
gusto con su grito rotundo. Esos, y sólo esos, eran los auténticos dioses; los
únicos veraces.
Y así sostuve por primera vez y sin
mínima duda que la noble Livia Drusa Augusta, mi sigilosa ama, pertenecía al
elenco divino. Livia Drusila Augusta era una diosa auténtica y legítima.
Porque, al igual que lo que se les atribuye a todas las deidades, en sus manos
estaban el destino y la vida de los seres humanos, y ella lo administraba a su
libre albedrío, y así continuaría durante el tiempo que le perdurase su aliento
en este mundo. Pues bien comprobado estaba que mi gélida ama obraba con igual
impasibilidad que obran esas sordas deidades que hacen y deshacen, que decretan
naufragios u orquestan tempestades, prenden fuegos violentos o rompen las
montañas agrietando la tierra, propician las masacres, dictaminan las plagas o
difunden los males y contagios que a todos nos enferman, tronchan o asesinan. Porque hasta sus manos de vítrea y
negra obsidiana había venido de forma misteriosa el poder recóndito e impávido,
como si entre sus cuencas se encontrara su matriz o su génesis desde el albor
del tiempo.
Entonces confirmé que mi lugar estaba
junto a ella, puesto que ella nunca cejaría en lo que era el obrar de su
esencia inconmovible y turbia. Huir hacia el suicidio se me conjeturaba como
una cobardía y una deslealtad hacia no sabía quién; tal vez hacia mi misma y el
misterio latente que da soplo a la vida. Ahora estaba segura de que mi lugar era
ése; junto a ella. Mirándole a los ojos, sosteniendo sus dudas, juzgando sus
masacres, impidiendo sus crímenes si es que estaba en mi mano, y, si no era
posible, sirviendo de recuerdo a su indolente y liviana memoria. Ser espejo de
un dios; ése debía ser mi funesto destino. Escupirle a la cara su indigna
prepotencia, si debía hacerlo. Únicamente así podían ser ponderados los actos
de los dioses que respiran y sus nebulosos e incomprensibles desmanes.
De pronto recordé cómo ése, precisamente,
había sido el cometido que me asignara el cómico Vernus Cortinio Gelio en los
remotos días en los que yo llegara por primera vez a presencia de la pequeña
Livia. ¡Qué gran hallazgo! ¿Pero cómo no me había dado cuenta hasta ese momento?
Claro, aquella era, sin paliativos, una mofa grandiosa. El taimado Cortinio se
burlaba al fin de todo el Gran Imperio que tanto lo había herido, burlado y despreciado.
Aquel fantoche grandioso y entrañable, incrédulo y sagaz, amante de la farsa
como ninguno otro, desde sus cenizas eternas y esquilmadas, dirigía de nuevo la
escena más ingente que pudiera ofrecerse en los presentes días. Todo era un
teatro. El mundo y el vivir de los hombres eran sólo un burdo ajetreo de
inventados afanes y él, en mí, lo desnudaba de todos sus embustes. Y en medio
de aquello -yo, recuperado el verbo- debía ocupar mi lugar en la compleja escena
de la vida diaria.
Me detuve un momento en mis
cavilaciones y sonreí astuta. Entonces creo haber oído, una vez más, como una insólita
confirmación venida de otro mundo, la risotada enorme con la que Gelio sellaba
cada una de sus enfáticas proclamas en aquellas noches en las que se
ornamentaba como una desmedida y bufa cortesana para sus devaneos. Aquellas madrugadas
en las que suplantaba a las diosas humanas y en cuyos parlamentos se
sustanciaba la esencia de la vida; el néctar de los siglos destilado por las
almas heridas de todos los poetas. Aquella carcajada venía a subrayarme los
momentos álgidos de mi arisca existencia.
A pesar del cansancio, sonreí recordando
los días en que Vernus Cortinio Gelio me llamaba a su cuarto y me hacía su
acólita. Aquellas noches rotas y extraviadas entre versos y lágrimas con las
que el magnífico actor ensartaba el collar de su doliente vida. Entonces
comprendí todo lo que aquel grotesco hombre, actor de la existencia, mago de la
sustancia, insolente magnífico, me había enseñado y, aunque con enorme retraso,
le agradecí su dádiva y le deseé apacible reposo para el tiempo futuro allá
donde se hallara hasta el confín del tiempo.
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