XXVII. UNOS
LIGEROS CAMBIOS.
Tal vez sea arriesgado que se conozca lo que voy a
contar. No obstante
lo haré. A mi edad, y visto lo que ha ocurrido, poco importa ya a nadie la
repercusión de esta veleidad de vieja imprudente. Sejano tiene todo férreamente
sujeto y, en su caso, destruirá estos escritos para que nada altere su estatus
ni la historia. Que aquel a quien le interese se preocupe por lo que deba
preocuparse y sino que se lo lleven los dioses al averno. Yo, desde donde
estuviere, me reiré de todos.
Me resultó tan fácil convencer a
aquella absurda mujer para que me
dejara a solas en el archivo de las últimas mandas. Y ya allí, tomar los pliegos
y hacer unas pequeñas rectificaciones y sustituir los dos codicilos que los
acompañaban y que habían sido objeto de cambios incoherentes. Junto a ello
había otros tres desatinados documentos que yo ya conocía. Eran unos papeles en
los que figuraban tan sólo vaciedades, como el modo en que habían de celebrarse
sus exequias, el relato amañado de sus muchas hazañas, y un pesado inventario
de lugares, soldados, y nombre de aquellos libertos a quienes se les podía
pedir aserción sobre los hechos que en ellos se narraban.
Observé con minuciosidad los legajos
aportados en fecha muy reciente. En verdad, aquello era un despropósito digno
de alguien perturbado que clamaba para ser arreglado por una mente lúcida
amante de la patria. Pero como, gracias a mis indagaciones, yo ya iba bien
documentada, todo me resultó realmente sencillo.
Presintiéndolo todo, yo llevaba rehechos
y dispuestos aquellos dos documentos básicos en que se sustanciaba el cuerpo de
la herencia. Se los había mandado redactar de nuevo a Hilarión y Polibio, los
dos libertos de Augusto que habían escrito con letra de su puño los primeros
mandatos que yo ya conocía y a los que había prestado, en su día, mi anuencia. Para
ello tuve que pedir que me los llevaran a mi tablinum como a dos detenidos, a media noche y a la punta de lanza
de cuatro pretorianos. Una vez en mi casa, me encargué en persuadirlos de forma
contundente. Para aquella ocasión hube de sobornar a los soldados para más
salvaguarda. En tales circunstancias, aquel supremo fin, me exigía no ser
escrupulosa con los medios precisos que zanjaran la causa.
Aquella misma noche les puse a
escribir, haciéndoles saber que debía emplearse idéntico papel y semejante
trazo al que habían usado en las cartas que ya estaban depositadas en el templo
de Vesta. Tenían, pues, que recordar con precisión exacta lo estipulado en los
documentos que habían redactado a petición de Augusto. Sólo se cambiaría lo que
yo creyera esencial, y lo harían tal y como yo les dictase.
Aquel minucioso trabajo nos ocupó casi
la noche entera. Hubo que reclamar a la guardia, traer a los artífices, buscar
a media noche el papel adecuado, la tinta pertinente y el secador propicio. En
cuanto al sello de Augusto, yo disponía de uno que nadie advertiría como
distinto al auténtico.
Lograr el aspecto de los originales, obligó
a repetirlos hasta por cuatro veces.
Luego les sugerí que siguieran su vida
en otras latitudes sin, para sus traslados, despedirse de nadie. Y, para su
nueva ubicación, les recompensé con suficiencia aquella misma noche. Sin
pérdida de tiempo ni ocio para malas ideas, en los días siguientes, les busqué
ocupación a través de unos conocidos leales, y les facilité un viaje hacia Acaya
para ellos, sus esposas e hijos. Pero creo que, desgraciadamente, el barco naufragó
y no pudieron ninguno de los dos llegar a su destino. “Que las aguas les sean
leves”. Debió decretarlo así el divino Neptuno, esposo de Anfitrite, la hija predilecta
de Océano y de Doris. Designios superiores.
En cuanto a la mujer sagrada, sencillamente
tuve -no lo recuerdo bien-, que intimidarla con alguna noticia. Un informe, no
sé si cierto o tal vez inventado por mí, que la relacionaba con un Sumo
Pontífice con el que se decía que al parecer había tenido delicados contactos,
lo que de hacerse público la llevaría al Campus Sceleratus, sin que hubiera
remedio que pudiera eximirla.
Le lancé el infundio con cautela y
prudencia. Pero como apenas se lo hube musitado al oído, aquella madura mujer
tornó su cara a un blancor más níveo que el de sus vestimentas, y un temblor
casi histriónico le entrecortó el habla, supuse que en mis falacias algo debía
haber que fuera cierto. O, tal vez, es que ella sabía que cuanto proclamara mi
boca poderosa siempre se hacía verdad, lo fuera o no. Pues bien, segura ya en
mis actos, arrecié sin reservas haciéndola creer que sabía mucho más de lo que
yo sabía, que en verdad no era nada.
A lo largo del tiempo he llegado a
constatar que hay veces que la provocación de un miedo exagerado y sin aviso
previo, logra convertir en yerro aquello que tal vez fue solamente un delito pensado
o ensoñado. Los débiles prefieren cooperar en los fraudes antes que verse
abocados a tener que encarar su defensa, aunque ellos conozcan que en nada son
culpables. Es mucho más sencillo defender a un ajeno que tratar de hacerlo en
los pleitos de uno. El pudor hacia la propia causa es siempre un lastre en
aquellos que no han asumido la fiereza esencial que conlleva la lucha. Cuando
estas cosas se saben, y se aprende a utilizar la argucia que debe administrarlas,
se tiene gran ventaja y muchas causas ganadas de antemano.
Aunque yo, para guardar los
modales y respetar las formas, y para que las otras cinco vírgenes no dieran en
engarzar sospechas, le solicité que me permitiera estar a solas con los valores
santos, a los que deseaba honrar y venerar de manera ferviente. Desproporcioné
mi respeto y mi celo por “el alfiler de la madre de los dioses”, “las cenizas
de Orestes” o “el cetro del gran Príamo”, que allí se custodian. Y ella vio el
cielo abierto, pues que le ofrecía en bandeja de plata motivos más que
justificados para abrirme las puertas de aquel recinto hermético que no se
abría a nadie bajo pena de muerte.
Cuando salí del templo con mi tarea
hecha, le pedí a Laraine que diera tres vueltas rituales en torno de la estatua
de Minerva, diosa de la sabiduría, y que hiciera una ofrenda a los sagrados Manes. Tener contentos a los antepasados
es siempre conveniente y asunto de honradez cuando se han obtenido favores tan
espléndidos.
También garanticé a la sacerdotisa que
intercedería ante mi indulgente esposo para que las dotara de un nuevo carro
para el transporte. Con él, y en procesión solemne, acarrearían en las próximas
fiestas de la Carmentaria, por la Vía Apia, entrando por la Porta Capena, al
lado mismo de la colina Celia, el agua
en la vasija futile, desde el
manantial sagrado de Egeria. Yo les aseguré que el itinerario y el
abastecimiento serían respetados. Éste es la única agua con el que las vírgenes
pueden purificar cada año la tierra de su templo.
Ellas justifican ese rito antiquísimo,
razón de su existencia, afirmando que las virtudes de la ninfa Egeria, amante
ferviente del rey Numa, dejaron, en su día, impresionada a la divina Hera. Y,
en su santo delirio, aseguran que por eso la diosa la convirtió en su ayudante
en fructificaciones, rebrotes, partos y demás asuntos de orden promisorio. Y si
todos esos requilorios fueran pocos o de difícil crédito, además aseveraban que,
ante su dolor inconsolable por la muerte de Numa, después la había transformado
en un misterioso manantial cuyas aguas fluían con un lamento semejante al del sollozo
entrecortado que emiten los neonatos. Bobadas e infundios para embaucar a incautos
y para ellas poder ejercer su ventajoso oficio cargado de prebendas, aunque,
claro está, con algunas gabelas.
Aquella tarde me sentía generosa y
pletórica. La verdad es que aquella rectificación en las últimas voluntades de mi
querido Augusto, al final, me había resultado más fácil de lo que suponía. Además,
cumplir de aquel modo tan arriesgado con lo que era mi deber, me había puesto a
hervir el orgullo y la sangre. Últimamente había descubierto la motivación que
traían junto a sí los asuntos de riesgo.
Desde hacía muchos años yo utilizaba
su sello con más frecuencia que él mismo, y además me había hecho fabricar, en
secreto, una réplica que nadie ha sido jamás capaz de distinguir. Augusto nada
podía sospechar, pues la boca de la sacerdotisa estaba bien sellada. De lo
contrario, podía verse desposeída de su honor y sus bienes, arrancada su vitta y deshechas sus trenzas como
vulgar ramera. Y además, si no estaba callada y se la denunciaba por semejante
hechos, sería llevada en parihuelas, como a un cadáver envuelto en su sudario,
hasta el antro del foro Boarium, y emparedada en vida. Eso mandaba la pena que
ordenara Tarquino para aquellas vestales que rompieran su voto más sagrado; el
que las guarda virtuosas y castas hasta el día en que, cumplida su edad,
acceden a su júbilo.
En cuanto a Hilarión, Polibio y sus
familias todo estaba amañado para que cuanto antes se alejaran de Roma y nunca
más pudieran ver a Augusto o referir mis actos.
No obstante, y tras de aquello,
comprendí dolorosamente que el tiempo de mi esposo estaba ya agotado. No podía
permitir que su inseguridad y sus cambios constantes de ánimo y criterio le
llevaran nuevamente a alterar aquel documento en el que yo, tan sabia y
responsablemente, había, a mi vez, intervenido con un trazo tan firme y un
criterio preclaro. De nuevo la diosa me exigía un duro sacrificio, albergar
comprometidos pensamientos contra aquello que bien podría yo considerar como mi
propia entraña. Acuchillar la propia alma es lo más doloroso que puede exigírsenos.
Desde el día en que yo comprendiera
que había de ser el brazo ejecutor de las Eternidades y que, por tanto, de mi
hacer o mi no hacer dependía la gloria y el futuro de nuestra amada Patria, mi
vida había sido entregada sin reserva a su servicio.
Arduo ha sido el camino que me ha
tocado recorrer hasta estos días en los que ya veo próximo mi término y en los
que casi ansío entrar por fin en el Panteón sagrado de los Dioses que tanto me
merezco. Lo que ahora y aquí, valientemente, cuento avala mi meritoria hacienda. Únicamente necesito
recibir de mi hijo Tiberio esa confirmación que me acredite que me deificará
tan pronto como muera. He urgido a Claudio, mi insípido nieto, para que
interceda ante su tío, pues que su relación con el emperador es más fluida en
estos días que lo que es la mía. Hasta ese punto ha de sufrir una abnegada madre
la ingratitud de un hijo tan torpe y tan avieso a quien yo, y sólo yo, he
colocado al frente del Imperio más grande de la Tierra. ¡Cuán solos e
incomprendidos nos sentimos quienes obramos por orden de los dioses!
Los últimos años vividos en compañía
de mi biznieto, el cambiante Calígula, el hijo de Germánico, han sido un
extraño paréntesis. Izado al fin Tiberio a su lugar, consideré que mis
funciones habían terminado. El tiempo se ha encargado de contradecirme, pues
que las divinidades han seguido precisando mi mano y mi criterio para regir el
mundo aunque mis fuerzas ya flaqueen y me encuentre hastiada y sin ánimo para
creer en algo. Pero dejemos eso y sigamos con estas escrituras tan difíciles de
hilvanar ahora.
Cuando Augusto regresó de su viaje marítimo,
su salud empeoró de una manera drástica y en verdad preocupante. No cabe duda
alguna de que el viento infecto de las islas y la mala alimentación de aquellas
tierras miserables y bárbaras enseguida se reflejaron en su maltrecho brío. Sólo
yo sabía elaborar su dieta. Él se desgañitaba asegurando que durante la
travesía se había sentido de una forma excelente. Pero a la vista estaba que
ahora todo eran indisposiciones y un deterioro enorme. Esmeré mis cuidados en
su alimentación. Pero comenzó a arrojar una bilis verdusca, perdió peso de un
modo ostensible y las jaquecas y los males de vientre volvieron a arreciarle
como iras malvadas. Él, terco y añoso, se empeñó en no comer más que sandía y
frutos de sus árboles, pues que se obsesionaba con que mis cocineros corrompían
sus platos. Absurdas fantasías, desvaríos de viejo. Notorio era entre mis
amistades que los esclavos traídos desde África, para atizar mis fogones y
cocinar todos mis alimentos, eran bien escogidos, y que, si no cumplían con mis
expectativas y mi suma exigencia, eran sustituidos; lo que, por cierto, yo
misma gestionaba de forma contundente.
Pero la mente de mi querido Augusto ya
no le respondía con la normal cordura. Aquél sí que era un síntoma de que su
tiempo estaba ya cumplido y debía entregarse sin reservas a la vida “ad aeternum”. Quizás por eso tuve que
resignarme y ver con serena aceptación cómo iba avanzando el día incontenible de
su apremiante muerte. Y con tanta claridad tuve la fecha exacta del hecho
luctuoso, que ordené a Tiberio, que se disponía a viajar a Dalmacia, que ipso facto depusiera su marcha, se colocara
al mando del ejército y retornara a Roma. Y que lo hiciera raudo, pues que el día,
el que iba a ser el suyo y el de su padre, estaba ya anunciado.
Mas aquella agonía resultó agotadora.
Muchos otros infortunios mortales me había tocado a mí sobrellevar con calma y
dignidad a lo largo de toda mi existencia. Agonías terribles, infaustos
accidentes, siniestras e inesperadas muertes, pero la de Augusto superó todo lo
antes soportado. Quizás me resultara así a mí porque, aquel que había sido el
primer hombre del Imperio Romano, y que yo conocía como nadie en parvedad y
grandeza, ahora se comportaba como una rata mísera. Una rata chillona y
asustada, aferrada a la vida, incluso cuando su hálito era sólo un resuello
imperceptible y bufo. ¿Qué pretendía ya? Había tenido el mundo a sus plantas,
había colmado cuantas aspiraciones puede pretender un mortal, había sobrevivido
a todos sus dignos enemigos. Había, incluso, dominado al Senado a su gusto y
antojo. ¿Por qué no aceptaba ahora que su tiempo era ido? ¿Dónde quedaba aquel
furor valiente de guerrero romano que se le suponía? Creo que de cuantas cargas
me ha exigido que resistiera la divina Diosa, ésta, sin duda, es la que me ha
resultado más costosa y amarga. ¿Pero qué iba yo a hacer, sino cumplir y
soportar lo que era su encargo?
Por eso, cuando vi que Augusto se apegaba
con tanta ruindad a este mundo, animé a su espíritu para que se marchara y
aligeré a su caduco cuerpo de aquel amargo trance de irse desprendiendo tan
pegajosa y lamentablemente de lo mundanal. No resultó sencillo asistirlo en su
trance, pues que ya he dicho que se empeñó en casi no comer y en apenas beber,
y alimentarse sólo de miel, manzanas e higos de su propia higuera, cerca de la
cual mandó que le instalaran su agónico lecho, para poder vigilar personalmente
como iban madurando los frutos. Y, claro está, así era difícil propiciarle el
viaje trascendente. Aunque, al fin, mi severa constancia vino a surtir
provecho.
Entregó el ánima el día decimonoveno
del mes de sextilis, que ahora lleva
su nombre para honrarlo en grandeza. Estoy segura de que su testarudo empeño en
trasladarse a Beneventum le acarreó la muerte. ¡Qué se le habría perdido a
aquel hombre en aquel lugar sórdido, en el que además había muerto su padre de
forma accidental! Si hasta hay muchos que aseguran que ese lugar se llamó hace
tiempo Maleventum por los aires nefastos y tronantes que dicen que allí soplan
y enloquecen las mentes de quienes lo frecuentan. Pero mi esposo se envolvió en
una negra obsesión premonitoria que yo bien creo que fue quien en realidad lo
empujó hacia su último enclave, como a un ramajo seco que el viento zarandea
como le viene en gana.
Pues bien, aunque Tiberio y yo hicimos
el esfuerzo y lo acompañamos en aquel traslado absurdo, nada se pudo hacer por
él. Se nos murió en las manos sin que pudiéramos suplicar a su sino que nos lo
preservara. Y lo digo así, porque sólo mi hijo y yo fuimos testigos de su
último aliento. Aquel suspiro en el que él mismo entregó a Tiberio el sello de
su dedo que lo acreditaba como su sucesor y emperador de Roma. Yo fui testigo y
lo confirmo ante quien pudiera dudarlo.
Augusto falleció. El calor y las
moscas aconsejaron, entre otras razones, que los oficios fúnebres se urgieran
en cuanto fue posible. Desde Nola se trajo a Roma la noticia primero, y más
tarde sus mortales despojos. Todo era tristeza, consternación y lágrimas. Creo
que lo lloraron amigos y enemigos. “La Paz Romana” que él había logrado era
algo que todos admiraban. Una enorme procesión de senadores lo condujo desde el
lecho de su muerte hasta Bovillae. Y la vía Apia fue toda ella un cortejo
fúnebre recamado de antorchas y crespones como nunca jamás se había
contemplado.
Magnífico espectáculo. Algo sin
precedentes en lo que se embelesaron débiles y nostálgicos; todos esos a los
que les está permitido distraerse en ritos y en formalidades junto al pueblo
llano, que gusta hacer festejo y colofón de cuanto se le ofrece, y goza igual
llorando que lo hace riendo.
Yo, mientras tanto, apenas si podía
llorarlo. No me era permitido descuidar mis deberes sagrados y, menos en
momentos tan álgidos. Por eso, presidí aquel duelo, atendí los elogios fúnebres
pero seguí sujetando las riendas del Imperio. Entonces más que nunca se hacía
necesario aprovechar las horas. Creo haber sentido como si, entonces, la
víscera de su corazón siguiera latiendo entre mis manos.
Sí, la vida del orbe seguía palpitando
y la estela de Augusto debía ahora proteger, aupar y fortalecer a su electo Tiberio,
frente a quienes seguían teniendo nostalgias de cambio a la república. También
estaba la sombra del desterrado Póstumo, que algunos seguían considerando que debería
ser al menos corregente. Para mí no había, pues, descanso.
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