II. OSTIA
El puerto de Ostia era un auténtico hervidero humano; un plato de oro refulgente sobre el que
la luz se derramara como un vino transparente escanciado entre joyas que
lanzaran exóticos reflejos. Aún hoy, transcurridos tantos años, sigue siendo
así ante mis ojos. Pero entonces, salir de la confinación a la torrencial
claridad fue una exigencia profundamente hiriente. La infecta penumbra soportada
y la humedad de la mazmorra contrastaban vivamente con la luminosidad, el
colorido y el bullicio despreocupado de aquella enorme dársena. Por eso, todos
nosotros sentimos como si un ácido esparcido en el aire nos quemara la vista
haciéndonos brotar heridas lágrimas. Lágrimas que nunca supe si eran de
amargura y miedo o de un extraño sentimiento de liberación colmado de secreta e
indigna esperanza.
Jamás había visto yo nada que se le semejara.
Gentes de mundos diferentes aunadas bajo un mismo interés secreto y misterioso.
Un ir y venir de mercancías, animales y seres con atuendos diferentes,
ordenados, al parecer, bajo un mismo afán conexo y desmembrado al mismo tiempo.
Allí había barcos y tripulaciones procedentes de Hispania, de Lycia, de Achaia,
de Cyrene, de Numidia, de Mauritania, de Aegyptus, de Judea. Miles y miles de
seres humanos, de ganados, de aves, de barriles, de cántaras, de cestos, de
sacos, de jaulas, de ánforas, de fardos, de montones de granos y de frutos, de mercancías
y útiles. Un bullicio indescifrable que ocupaba el ambiente aportando al
conjunto una musicalidad abigarrada y múltiple, en la que cada cual parecía
entender sólo aquello que le era propicio o le correspondía. Y sobre todo aquel
fárrago, el penetrante olor de las frituras de pescado, de las carnes ahumadas,
del garum fermentado traído de
Cartago Nova o de Baelo Claudia, de las especias y las hierbas sanadoras; de las
curtiembres, del algodón, las lanas y batanes; de las salazones y ahumados. Pero,
a la vez, la humedad proveniente del mar, que el sol recalentaba hasta
convertirla en un sudor espeso y pegajoso, hacía brillar los torsos desnudos de
los hombres, sus frentes y sus rostros, cual si hubieran sido pródigamente
untados con selecta manteca.
Tras ser amarrada nuestra embarcación
a puerto, nos hicieron descender entre gritos intimidatorios y trallazos de
látigo. Se trataba de despabilar nuestro entumecimiento y de hacer que
comprendiéramos de inmediato nuestra nueva ubicación y estado. Ante los ojos de
la Roma grandiosa y egocéntrica, nosotros éramos individuos de ínfima calaña; hez
del mundo, esclavos despreciables. Pero al mismo tiempo, debíamos parecer ya un
producto de mercado aceptable. Lo que era difícil de creer, considerando el
grado de suciedad, palidez y desnutrición que nos había acompañado durante
nuestro farragoso traslado y que ahora se mostraba a plena luz del día.
Debíamos entender que nuestra apariencia era ya sustancia activa en la bolsa y
la reputación de Lurco, nuestro nuevo adquirente. Y es que, hasta para mí, aturdida
y medrosa, fue fácil distinguir la exacerbada voracidad de los ojeadores que se
nos arremolinaban. Aquellos rapaces confidentes, mandados por sus amos como
avanzadilla, observaban con minuciosidad cómo era la mercancía que, inherente a
la victoria de Marco Licinio Craso, había negociado en el Oriente nuestro zafio
y opulento dueño, a quien las babas de la avidez ya le rezumaban por las
comisuras de sus rojizos y sanguinolentos labios.
El sol era de fuego. Íbamos
renqueando. Circulamos, pues, como recua maldita entre gritos, empujones y
mofas. En lenguas extranjeras sentí caer sobre nosotros insultos, sarcasmos y
desprecios. Y vi en los ojos de mis acompañantes, sobre todo en los de aquellos
que entendían bien la lengua de nuestros opresores, cómo el temor se hacía
nuevamente infinito y atroz, acosados por aquella muchedumbre rústica e
insolente, que escupía y gritaba, aviesa, a nuestro torpe paso. Para ellos,
aquella procesión era todo un festejo en el que podían intervenir como lo
desearan.
Confuso y perdido entre las salvadoras
brumas de lo que ha de olvidarse para seguir viviendo, creo recordar haber
tenido entonces la sensación certera de que aquella avalancha infame iba a
despedazarme sin que nadie se atreviera a intentar mi defensa. Circulamos
emparejados; atados a una larga cadena que, aun en el bullicio, hacía sonar su
nitidez metálica como un tenaz memento de nuestra condición de objetos miserables.
Fue entonces cuando por primera vez me alegré de que todos los míos estuvieran ya
muertos. Pues no hubiera podido soportar el dolor que les hubiera producido
poderme imaginar en tales circunstancias. Recordé a mi hermana, y una lágrima
gruesa me fue dibujando un quebrado y sucio surco en la mejilla. La sentí en mis
labios como un salado e injurioso goterón de malvada tormenta.
Recorrimos como penitentes el Deucumanus Maximus y llegamos hasta la
puerta levantada por el tirano Sila. Y es que, un poco más allá, en la zona
pantanosa donde el Tiber comienza a entregarse mansamente al codicioso mar,
estaba asentada entonces la hacienda de nuestro nuevo dueño.
Era una gran propiedad cercada en todo
su contorno por una alta tapia de adobes desgastados. Tapiones coronados por
restos inservibles y oxidados de metales añosos, tal vez traídos por las aguas
de la mar o del río, que impedían cualquier salida o acceso si no era a través
de un inmenso portón custodiado día y noche por dos guardianes grandes, desgarbados
y hoscos.
Separados de la lujosa vivienda
principal y de la zona destinada al servicio casero, se encontraban una serie maltrecha
de aposentos semejantes a jaulas o mazmorras. Allí era donde debíamos
permanecer los esclavos en tránsito, hasta que alguien pujara por nosotros en
día de mercado. El polvo, los piojos y el calor asfixiante vivían pegados, en
íntima amalgama, a nuestros pobres cuerpos. Recordé los apriscos que para el
ganado existían en mi tierra de Partia y sentí aquella ternura y resignación
dócil que siempre había intuido entre los animales domésticos de nuestra
pertenencia. Ahora yo no era para aquellos romanos más que un simple animal
destinado al macellum. Aún, en este
momento, pasados tantos años, revivo aquella sensación y apenas si puedo
apaciguar mis lágrimas y no tengo más remedio que detener mi mano sobre este
papel durante un momento.
Mis recuerdos, de pronto y a traición,
se convierten ahora en nítidos enfoques de cruel realismo. Escribo uniendo el
dolor de aquel tiempo al que hoy me acarrea la pérdida reciente de mi señor y
amo y el ánima se me encoge como ciruela renegrida y seca.
Debo reconocer que la salida a la luz,
si bien cargó mi alma de odio y de zozobra, obró en mí una reacción a favor de
la vida. Si el período pasado casi a oscuras en la bodega me había entregado a
la desolación y al desaliento, ahora, la fuerte luminosidad del mar Tirreno me
hacía asirme a la supervivencia con la pujanza primaria de una bestia que huye de
un incendio como única razón de su existencia. El furor de la vida me henchía,
aun a pesar de todo. Recuerdo, pues, que, tras muchos días de inanición,
comencé a comer con la glotonería de los cachorros que empiezan a entender que
su única razón de ser es la lucha despiadada por seguir alentando. Engullía la
inmunda pitanza que se nos dispensaba con avaricia hiriente. Era una pasta
oscura, grumosa y repugnante que había que ingerir sin mirar para ella y
evitando su aroma. Nunca le había dado mi padre nada semejante ni siquiera a
los cerdos. Pero mi codicia era tal, que hasta el agua bebía como si una sed
secular me acometiese; como si, más que mitigar mi sed, quisiera apagar el
abrasador páramo del espanto que me quemaba dentro. Desde entonces, y hasta el
día presente, siempre he bebido el agua con glotonería, como si alguien fuera a
arrebatarme el cuenco de mis manos.
Como no tenía heridas, enseguida fui
uncida al grupo de aquellos seres doblemente proscritos, que debíamos ir al
mercado que se denominaba “de los milagros de la naturaleza”. Fue cuando se
dieron cuenta de que mi mutismo no se debía a cerrazón, desconocimiento del
idioma o tozudez de niña rebelde o contrariada, sino a que, en realidad, yo no
podía articular palabras aun a pesar de mi sincero esfuerzo. Les sorprendía mi rotundo
silencio, a la vez que les hacía dudar la contradicción de que, sin embargo,
yo, sí les diera muestras claras de entender cuanto se me decía o, al menos, en
importante parte. Mi padre nos había enseñado a mi hermana y a mí a hablar y
comprender el idioma del Latium. “Si no llegáis a aprender las palabras de
Roma, no seréis nadie en este duro mundo”, recuerdo que nos dijo una noche
alrededor del fuego. Y desde aquel momento, todos los días, al terminar la
cena, nos impartía enseñanzas del latín incipiente; el que él conocía. Y,
aunque mi señora Livia nunca lo haya sabido, fue por respeto y consideración a
él por lo que, cuando ella me lo propició, yo me apliqué fervientemente a aprender
de forma destacada esta lengua vulgar, en lugar de interesarme por el culto
idioma que emplearon los griegos.
Pues bien, por todo esto de mi mudez debió
ser por lo que llamaron al furibundo Lurco, quien resolvió aquella duda de
forma contundente. Me aplicó un carbón encendido para certificar que yo
únicamente podía, junto al terror de mis ojos de niña, proferir gruñidos y
sacudir mi cuerpo tratando de zafarme de aquel ascua candente con la que él me
acosaba.
“El
mercado de los milagros” reunía en sí a cuantas rarezas y deformidades ha
tenido a bien propiciar la desigual naturaleza para el espanto, el esperpento o
el sarcasmo del mundo. Aquella feria de la consternación hacía palidecer a
quien no gustara de la demencial extravagancia o de la morbosidad que llamamos
malvada. Entre todas aquellas deformidades, tal vez yo fuera de lo más
aceptable. A mí se me anunciaba como la extraordinaria niña que no podía hablar,
pero que, a diferencia de lo que era reglado, salvo en aquellos a quienes se
les hubiera arrancado su lengua por traición, blasfemia o flagrante mentira en tema
de importancia, sin embargo, yo sí comprendía cuanto se me decía, por lo que
podía considerárseme un ente de eficacia, a la vez que un portento de
discreción forzada. Se me había unido, pues, al grupo de quienes ostentábamos alguna
virtud o maña que debiera pagarse aunque fuera con nimia sobretasa.
Sin embargo, allí fui conducida y
colocada, tal vez por mi estatura, junto a un nutrido grupo de enanos con
piernas arqueadas, traseros prominentes y cráneos dilatados. Frente a nosotros
se erguía la caterva de los cíclopes. A mí me parecieron los humanos más altos
y desproporcionados que nunca viera nadie. Sin duda alguna, colocados de
semejante forma, la comparación de unos con los otros acentuaba más las tallas
de ambas colecciones.
Pero también había allí albinos tan
destintados que parecían haber sido barnizados con leche, harina, pomada de
arroz o polvo de salitre aquella misma noche. Eran seres a quienes mostraban
con cierto halo misterioso, metidos en cobijos de pieles, de cañas o de juncias
y preservados del sol, pues que la sola caricia de la luz comenzaba a llagarlos
sin dar tiempo a creerlo. Allí vi yo también a dos muchachos con hidropesía,
cuyas enormes cabezas les impedían mantenerse inhiestos. Abundaban las
muchachas traídas de las tierras de Aegyptus, donde ya se decía que imperaba esa
moda que hace fajar los cráneos de las más tiernas núbiles, para que éstos se
alarguen y deformen cual melones como signo inequívoco de prestigio y nobleza.
Aquella extraña práctica, si bien entonces en Roma propiciaba la mofa, había
comenzado a aportar un grado de fasto y elegancia en las fiestas lujosas.
Excedían por todas las partes los
grupos de mellizos y trillizos, tan iguales, que ni a sus progenitores les
hubiera sido posible distinguir entre ellos. Pero, al mismo tiempo, podían
encontrarse cojos de las más ridículas pisadas. Zambos de todos los vaivenes,
mancos de brazos retorcidos o cercenados, que alzaban, cual trofeos infaustos,
sus crueles y amenazantes muñones mal zurcidos. Sobraban ciegos cuyas cuencas
vacías u óculos hinchados y saltones sugerían nubes encajonadas, lobregueces
lechosas o abismos infernales cual ciénagas o antros en que indagar augurios.
Había contrahechos de todas las
hechuras, tartamudos de parloteo irritante y agónico y hasta un hermafrodita
que mostraba, para la pública evidencia de su deformidad, sus atributos
íntimos; remedo extraño de órganos aunados y encogidos, dúplices o
excrecénticos. Había rostros a gusto salpicados con manchas o tinturas de la
más generosa variedad de colores y tonos, semejando dibujos que sugerían
deidades nebulosas, bosquejos geográficos de países soñados o fangales
maléficos. Había seres sobre quienes los dioses parecían haberse complacido en
aplicar permanentes temblores, muecas ingobernables, contorsiones impropias de
dedos o de párpados, saltos y espasmos de imposible control y grotesco
ejercicio.
Había seres con apéndices
disparatados: prominentes narices o enormemente romas que parecían nacidas en
sus caras como hongos amorfos. Abundaban los de orejas lobuladas con extraños
recortes o crecimientos múltiples, los sujetos que mostraban sus manos o sus
pies con un número de dedos no acorde con la norma. También se exhibía a un
enano en cuyo rostro solamente se asomaba un único orificio dotado de visión,
siendo su otro óculo un mero ojal calloso y atorado por flujos y legañas. Se exponían
también aquellos plagados de verrugas, cual si, sobre su piel infecta, hubiera
germinado la corteza de un árbol. Pero también estaban abiertos a la mofa
aquellos hombres cuyas méntulas eran desmesuradas o sus testículos como
enormes manzanas. Se les presentaba con alto regocijo, adornándoles sus falos o
sus glándulas con cuentas de colores engarzadas, con cadenillas múltiples, con
racimos de frutas o flores insertadas, con pequeñas esquilas que ellos hacían
sonar al remover su pelvis. Al lado estaban las hembras de ubres generosas;
algunas tan nutridas que habían de sujetar con tirantas o fajas, pero siempre
sin ocultar sus enormes pezones aureolados con manchones morados, cual vino
acortezado o ajados crisantemos.
Junto a tanta deformidad y mofa de la
naturaleza se exhibían también muchachas y muchachos aunados por sus distintas
corpulencias, por el color de sus cabellos ondulados o lacios, según su
procedencia, por el mar o el cielo de sus ojos de limpidez excelsa, por la
robustez o escualidez de sus cuellos, piernas, caderas o talladas cinturas.
Seres preciosos en los que el misterio de la perfección se había concentrado.
Seres tan bellos que contemplarlos me arrancaba las lágrimas. Muchachos y
muchachas a quienes los dioses deberían obligar a vivir eternamente siendo
deleite intangible del resto de mortales.
Allí me condujeron durante trece días
y allí pude apreciar, desde el alba al ocaso, y desde aquella tribuna en la que
nos lucían, toda la maldad que puede atesorar este género humano que odia sin
razón y humilla sin criterio. Este género humano que gusta de ofender sin
piedad y usar la desgracia o la singularidad de los otros para adornar su casa,
servirle de reclamo en sus negocios o simple y huero pasatiempo. La desgracia
humana usada por los ricos cual signo de indolencia y poder ante cómplices,
amigos o clientes. Eso que yo he visto después durante tantos años y que he tolerado
con mi silencio cómplice.
Pues bien, allí sufrí la amarga
insidia de sentirme observada, tasada, comparada o manoseada por aquellos a
quienes despertaba interés mi mínima rareza y el temblor de mis labios
incapaces y torpes. Me estremecí ante cada rostro que se me aproximaba, ante
cada mano de quienes preguntaban mi tasa o indagaban mi origen. Me inquieté ante
cada panza o pechera de cuantos hombres o mujeres me acercaban su aliento o su
sudor, a la vez que examinaban mi rostro, mis uñas desgastadas, mis cabellos
raidos o el blancor de mis dientes, pues que, al parecer, allí debía residir la
razón de mi precio. Temblé ante su indecisión, ante sus regateos, ante las
disputas comerciales y los trasiegos que se suscitaron por mi valía y precio. Y
creo que casi me desvanecí de tensa suspicacia cuando vi que el imperioso Torquio
sellaba al fin mi compra con un golpe de su mano derecha sobre el leñoso brazo de
aquel inmundo Lurco, el que fuera mi amo y mi mercante en los primeros días de mi
vida en la perversa Roma.
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