lunes, 5 de mayo de 2014

II. OSTIA



II.     OSTIA



El puerto de Ostia era un auténtico hervidero humano; un plato de oro refulgente sobre el que la luz se derramara como un vino transparente escanciado entre joyas que lanzaran exóticos reflejos. Aún hoy, transcurridos tantos años, sigue siendo así ante mis ojos. Pero entonces, salir de la confinación a la torrencial claridad fue una exigencia profundamente hiriente. La infecta penumbra soportada y la humedad de la mazmorra contrastaban vivamente con la luminosidad, el colorido y el bullicio despreocupado de aquella enorme dársena. Por eso, todos nosotros sentimos como si un ácido esparcido en el aire nos quemara la vista haciéndonos brotar heridas lágrimas. Lágrimas que nunca supe si eran de amargura y miedo o de un extraño sentimiento de liberación colmado de secreta e indigna esperanza.
Jamás había visto yo nada que se le semejara. Gentes de mundos diferentes aunadas bajo un mismo interés secreto y misterioso. Un ir y venir de mercancías, animales y seres con atuendos diferentes, ordenados, al parecer, bajo un mismo afán conexo y desmembrado al mismo tiempo. Allí había barcos y tripulaciones procedentes de Hispania, de Lycia, de Achaia, de Cyrene, de Numidia, de Mauritania, de Aegyptus, de Judea. Miles y miles de seres humanos, de ganados, de aves, de barriles, de cántaras, de cestos, de sacos, de jaulas, de ánforas, de fardos, de montones de granos y de frutos, de mercancías y útiles. Un bullicio indescifrable que ocupaba el ambiente aportando al conjunto una musicalidad abigarrada y múltiple, en la que cada cual parecía entender sólo aquello que le era propicio o le correspondía. Y sobre todo aquel fárrago, el penetrante olor de las frituras de pescado, de las carnes ahumadas, del garum fermentado traído de Cartago Nova o de Baelo Claudia, de las especias y las hierbas sanadoras; de las curtiembres, del algodón, las lanas y batanes; de las salazones y ahumados. Pero, a la vez, la humedad proveniente del mar, que el sol recalentaba hasta convertirla en un sudor espeso y pegajoso, hacía brillar los torsos desnudos de los hombres, sus frentes y sus rostros, cual si hubieran sido pródigamente untados con selecta manteca.
Tras ser amarrada nuestra embarcación a puerto, nos hicieron descender entre gritos intimidatorios y trallazos de látigo. Se trataba de despabilar nuestro entumecimiento y de hacer que comprendiéramos de inmediato nuestra nueva ubicación y estado. Ante los ojos de la Roma grandiosa y egocéntrica, nosotros éramos individuos de ínfima calaña; hez del mundo, esclavos despreciables. Pero al mismo tiempo, debíamos parecer ya un producto de mercado aceptable. Lo que era difícil de creer, considerando el grado de suciedad, palidez y desnutrición que nos había acompañado durante nuestro farragoso traslado y que ahora se mostraba a plena luz del día. Debíamos entender que nuestra apariencia era ya sustancia activa en la bolsa y la reputación de Lurco, nuestro nuevo adquirente. Y es que, hasta para mí, aturdida y medrosa, fue fácil distinguir la exacerbada voracidad de los ojeadores que se nos arremolinaban. Aquellos rapaces confidentes, mandados por sus amos como avanzadilla, observaban con minuciosidad cómo era la mercancía que, inherente a la victoria de Marco Licinio Craso, había negociado en el Oriente nuestro zafio y opulento dueño, a quien las babas de la avidez ya le rezumaban por las comisuras de sus rojizos y sanguinolentos labios.
El sol era de fuego. Íbamos renqueando. Circulamos, pues, como recua maldita entre gritos, empujones y mofas. En lenguas extranjeras sentí caer sobre nosotros insultos, sarcasmos y desprecios. Y vi en los ojos de mis acompañantes, sobre todo en los de aquellos que entendían bien la lengua de nuestros opresores, cómo el temor se hacía nuevamente infinito y atroz, acosados por aquella muchedumbre rústica e insolente, que escupía y gritaba, aviesa, a nuestro torpe paso. Para ellos, aquella procesión era todo un festejo en el que podían intervenir como lo desearan.
Confuso y perdido entre las salvadoras brumas de lo que ha de olvidarse para seguir viviendo, creo recordar haber tenido entonces la sensación certera de que aquella avalancha infame iba a despedazarme sin que nadie se atreviera a intentar mi defensa. Circulamos emparejados; atados a una larga cadena que, aun en el bullicio, hacía sonar su nitidez metálica como un tenaz memento de nuestra condición de objetos miserables. Fue entonces cuando por primera vez me alegré de que todos los míos estuvieran ya muertos. Pues no hubiera podido soportar el dolor que les hubiera producido poderme imaginar en tales circunstancias. Recordé a mi hermana, y una lágrima gruesa me fue dibujando un quebrado y sucio surco en la mejilla. La sentí en mis labios como un salado e injurioso goterón de malvada tormenta.
Recorrimos como penitentes el Deucumanus Maximus y llegamos hasta la puerta levantada por el tirano Sila. Y es que, un poco más allá, en la zona pantanosa donde el Tiber comienza a entregarse mansamente al codicioso mar, estaba asentada entonces la hacienda de nuestro nuevo dueño.
Era una gran propiedad cercada en todo su contorno por una alta tapia de adobes desgastados. Tapiones coronados por restos inservibles y oxidados de metales añosos, tal vez traídos por las aguas de la mar o del río, que impedían cualquier salida o acceso si no era a través de un inmenso portón custodiado día y noche por dos guardianes grandes, desgarbados y hoscos.
Separados de la lujosa vivienda principal y de la zona destinada al servicio casero, se encontraban una serie maltrecha de aposentos semejantes a jaulas o mazmorras. Allí era donde debíamos permanecer los esclavos en tránsito, hasta que alguien pujara por nosotros en día de mercado. El polvo, los piojos y el calor asfixiante vivían pegados, en íntima amalgama, a nuestros pobres cuerpos. Recordé los apriscos que para el ganado existían en mi tierra de Partia y sentí aquella ternura y resignación dócil que siempre había intuido entre los animales domésticos de nuestra pertenencia. Ahora yo no era para aquellos romanos más que un simple animal destinado al macellum. Aún, en este momento, pasados tantos años, revivo aquella sensación y apenas si puedo apaciguar mis lágrimas y no tengo más remedio que detener mi mano sobre este papel durante un momento.
Mis recuerdos, de pronto y a traición, se convierten ahora en nítidos enfoques de cruel realismo. Escribo uniendo el dolor de aquel tiempo al que hoy me acarrea la pérdida reciente de mi señor y amo y el ánima se me encoge como ciruela renegrida y seca.
Debo reconocer que la salida a la luz, si bien cargó mi alma de odio y de zozobra, obró en mí una reacción a favor de la vida. Si el período pasado casi a oscuras en la bodega me había entregado a la desolación y al desaliento, ahora, la fuerte luminosidad del mar Tirreno me hacía asirme a la supervivencia con la pujanza primaria de una bestia que huye de un incendio como única razón de su existencia. El furor de la vida me henchía, aun a pesar de todo. Recuerdo, pues, que, tras muchos días de inanición, comencé a comer con la glotonería de los cachorros que empiezan a entender que su única razón de ser es la lucha despiadada por seguir alentando. Engullía la inmunda pitanza que se nos dispensaba con avaricia hiriente. Era una pasta oscura, grumosa y repugnante que había que ingerir sin mirar para ella y evitando su aroma. Nunca le había dado mi padre nada semejante ni siquiera a los cerdos. Pero mi codicia era tal, que hasta el agua bebía como si una sed secular me acometiese; como si, más que mitigar mi sed, quisiera apagar el abrasador páramo del espanto que me quemaba dentro. Desde entonces, y hasta el día presente, siempre he bebido el agua con glotonería, como si alguien fuera a arrebatarme el cuenco de mis manos.
Como no tenía heridas, enseguida fui uncida al grupo de aquellos seres doblemente proscritos, que debíamos ir al mercado que se denominaba “de los milagros de la naturaleza”. Fue cuando se dieron cuenta de que mi mutismo no se debía a cerrazón, desconocimiento del idioma o tozudez de niña rebelde o contrariada, sino a que, en realidad, yo no podía articular palabras aun a pesar de mi sincero esfuerzo. Les sorprendía mi rotundo silencio, a la vez que les hacía dudar la contradicción de que, sin embargo, yo, sí les diera muestras claras de entender cuanto se me decía o, al menos, en importante parte. Mi padre nos había enseñado a mi hermana y a mí a hablar y comprender el idioma del Latium. “Si no llegáis a aprender las palabras de Roma, no seréis nadie en este duro mundo”, recuerdo que nos dijo una noche alrededor del fuego. Y desde aquel momento, todos los días, al terminar la cena, nos impartía enseñanzas del latín incipiente; el que él conocía. Y, aunque mi señora Livia nunca lo haya sabido, fue por respeto y consideración a él por lo que, cuando ella me lo propició, yo me apliqué fervientemente a aprender de forma destacada esta lengua vulgar, en lugar de interesarme por el culto idioma que emplearon los griegos.
Pues bien, por todo esto de mi mudez debió ser por lo que llamaron al furibundo Lurco, quien resolvió aquella duda de forma contundente. Me aplicó un carbón encendido para certificar que yo únicamente podía, junto al terror de mis ojos de niña, proferir gruñidos y sacudir mi cuerpo tratando de zafarme de aquel ascua candente con la que él me acosaba.
El mercado de los milagros” reunía en sí a cuantas rarezas y deformidades ha tenido a bien propiciar la desigual naturaleza para el espanto, el esperpento o el sarcasmo del mundo. Aquella feria de la consternación hacía palidecer a quien no gustara de la demencial extravagancia o de la morbosidad que llamamos malvada. Entre todas aquellas deformidades, tal vez yo fuera de lo más aceptable. A mí se me anunciaba como la extraordinaria niña que no podía hablar, pero que, a diferencia de lo que era reglado, salvo en aquellos a quienes se les hubiera arrancado su lengua por traición, blasfemia o flagrante mentira en tema de importancia, sin embargo, yo sí comprendía cuanto se me decía, por lo que podía considerárseme un ente de eficacia, a la vez que un portento de discreción forzada. Se me había unido, pues, al grupo de quienes ostentábamos alguna virtud o maña que debiera pagarse aunque fuera con nimia sobretasa.
Sin embargo, allí fui conducida y colocada, tal vez por mi estatura, junto a un nutrido grupo de enanos con piernas arqueadas, traseros prominentes y cráneos dilatados. Frente a nosotros se erguía la caterva de los cíclopes. A mí me parecieron los humanos más altos y desproporcionados que nunca viera nadie. Sin duda alguna, colocados de semejante forma, la comparación de unos con los otros acentuaba más las tallas de ambas colecciones.
Pero también había allí albinos tan destintados que parecían haber sido barnizados con leche, harina, pomada de arroz o polvo de salitre aquella misma noche. Eran seres a quienes mostraban con cierto halo misterioso, metidos en cobijos de pieles, de cañas o de juncias y preservados del sol, pues que la sola caricia de la luz comenzaba a llagarlos sin dar tiempo a creerlo. Allí vi yo también a dos muchachos con hidropesía, cuyas enormes cabezas les impedían mantenerse inhiestos. Abundaban las muchachas traídas de las tierras de Aegyptus, donde ya se decía que imperaba esa moda que hace fajar los cráneos de las más tiernas núbiles, para que éstos se alarguen y deformen cual melones como signo inequívoco de prestigio y nobleza. Aquella extraña práctica, si bien entonces en Roma propiciaba la mofa, había comenzado a aportar un grado de fasto y elegancia en las fiestas lujosas.
Excedían por todas las partes los grupos de mellizos y trillizos, tan iguales, que ni a sus progenitores les hubiera sido posible distinguir entre ellos. Pero, al mismo tiempo, podían encontrarse cojos de las más ridículas pisadas. Zambos de todos los vaivenes, mancos de brazos retorcidos o cercenados, que alzaban, cual trofeos infaustos, sus crueles y amenazantes muñones mal zurcidos. Sobraban ciegos cuyas cuencas vacías u óculos hinchados y saltones sugerían nubes encajonadas, lobregueces lechosas o abismos infernales cual ciénagas o antros en que indagar augurios.
Había contrahechos de todas las hechuras, tartamudos de parloteo irritante y agónico y hasta un hermafrodita que mostraba, para la pública evidencia de su deformidad, sus atributos íntimos; remedo extraño de órganos aunados y encogidos, dúplices o excrecénticos. Había rostros a gusto salpicados con manchas o tinturas de la más generosa variedad de colores y tonos, semejando dibujos que sugerían deidades nebulosas, bosquejos geográficos de países soñados o fangales maléficos. Había seres sobre quienes los dioses parecían haberse complacido en aplicar permanentes temblores, muecas ingobernables, contorsiones impropias de dedos o de párpados, saltos y espasmos de imposible control y grotesco ejercicio.
Había seres con apéndices disparatados: prominentes narices o enormemente romas que parecían nacidas en sus caras como hongos amorfos. Abundaban los de orejas lobuladas con extraños recortes o crecimientos múltiples, los sujetos que mostraban sus manos o sus pies con un número de dedos no acorde con la norma. También se exhibía a un enano en cuyo rostro solamente se asomaba un único orificio dotado de visión, siendo su otro óculo un mero ojal calloso y atorado por flujos y legañas. Se exponían también aquellos plagados de verrugas, cual si, sobre su piel infecta, hubiera germinado la corteza de un árbol. Pero también estaban abiertos a la mofa aquellos hombres cuyas méntulas eran desmesuradas o sus testículos como enormes manzanas. Se les presentaba con alto regocijo, adornándoles sus falos o sus glándulas con cuentas de colores engarzadas, con cadenillas múltiples, con racimos de frutas o flores insertadas, con pequeñas esquilas que ellos hacían sonar al remover su pelvis. Al lado estaban las hembras de ubres generosas; algunas tan nutridas que habían de sujetar con tirantas o fajas, pero siempre sin ocultar sus enormes pezones aureolados con manchones morados, cual vino acortezado o ajados crisantemos.
Junto a tanta deformidad y mofa de la naturaleza se exhibían también muchachas y muchachos aunados por sus distintas corpulencias, por el color de sus cabellos ondulados o lacios, según su procedencia, por el mar o el cielo de sus ojos de limpidez excelsa, por la robustez o escualidez de sus cuellos, piernas, caderas o talladas cinturas. Seres preciosos en los que el misterio de la perfección se había concentrado. Seres tan bellos que contemplarlos me arrancaba las lágrimas. Muchachos y muchachas a quienes los dioses deberían obligar a vivir eternamente siendo deleite intangible del resto de mortales.
Allí me condujeron durante trece días y allí pude apreciar, desde el alba al ocaso, y desde aquella tribuna en la que nos lucían, toda la maldad que puede atesorar este género humano que odia sin razón y humilla sin criterio. Este género humano que gusta de ofender sin piedad y usar la desgracia o la singularidad de los otros para adornar su casa, servirle de reclamo en sus negocios o simple y huero pasatiempo. La desgracia humana usada por los ricos cual signo de indolencia y poder ante cómplices, amigos o clientes. Eso que yo he visto después durante tantos años y que he tolerado con mi silencio cómplice.
Pues bien, allí sufrí la amarga insidia de sentirme observada, tasada, comparada o manoseada por aquellos a quienes despertaba interés mi mínima rareza y el temblor de mis labios incapaces y torpes. Me estremecí ante cada rostro que se me aproximaba, ante cada mano de quienes preguntaban mi tasa o indagaban mi origen. Me inquieté ante cada panza o pechera de cuantos hombres o mujeres me acercaban su aliento o su sudor, a la vez que examinaban mi rostro, mis uñas desgastadas, mis cabellos raidos o el blancor de mis dientes, pues que, al parecer, allí debía residir la razón de mi precio. Temblé ante su indecisión, ante sus regateos, ante las disputas comerciales y los trasiegos que se suscitaron por mi valía y precio. Y creo que casi me desvanecí de tensa suspicacia cuando vi que el imperioso Torquio sellaba al fin mi compra con un golpe de su mano derecha sobre el leñoso brazo de aquel inmundo Lurco, el que fuera mi amo y mi mercante en los primeros días de mi vida en la perversa Roma.








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