XXVI. LOS DESIGNIOS DIVINOS.
Poco a poco la maldad de mi señora se iba
refinando, hasta
llegar a un momento en el que, además, me pareciera totalmente arbitraria y
gratuita su manera de obrar. Era como si ella se retara a sí misma en cada
nuevo asunto, trazando e hilvanando mentiras y sospechas; tramando
subterfugios; probando, en conclusión, hasta qué punto era capaz de sostener y
coronar auténticas argucias hasta hacerlas tomar entidad de asuntos firmes y
cosas verdaderas.
Hasta tal extremo eso era así, que no
resultaba nada fácil distinguir en ella lo real de lo cínico, y dudo incluso
que ella pudiera separarlo. La palabra en su boca tenía semejante firmeza
correspondiera a verdad o mentira, y ni un solo cabello de su sien se le movía,
ni un solo temblor acompañaba a su boca cuando argumentaba un embuste o lanzaba
una nueva falacia.
Pero además, toda aquella sorprendente
impostura iba acompañada de una firmeza imperial de soberbia elegancia, de una
elocuencia propia de la mejor oratoria conocida, y de una fría contundencia que
cerraba resquicios e imponía raigambre a quienes la escuchaban. Su manera de
hacer era realmente divina. Divina, pues su obrar transcendía a las leyes del
mundo y, hasta podría decirse que participaba de ese ámbito de irracionalidad
que para los humanos tienen no pocas de aquellas actuaciones que atribuimos a las
magnas deidades.
Nuestro señor Augusto había envejecido
de un modo muy diferente a ella. Mientras en él, como en cualquier humano, se
iban dejando sentir las marcas de la vida en ademanes, disposición de ánimo,
inhabilidad mental y fortaleza física, en ella el transcurrir del tiempo
parecía generar cada día una peculiar lozanía. Tras cada noche, como la ígnea ave
roja, mi dómina renacía de sus propias cenizas. Y esto era así y de tal modo
que su avance por la senectud resultaba realmente envidiable. Era como si en
realidad la fuerza de su maldad la embelleciese, cual un narcótico que preserva
y mejora de una manera mágica aquello que ocupa o a lo que envuelve. Livia no
tenía similar en todo el magno Imperio. Se la temía. Pero ese mismo temor
parecía generar hacia ella una admiración ferviente difícil de explicar. Todos
querían servirla y obsequiarla, acceder al círculo selecto de sus deudos y
amigos o recibir, al menos una vez, la luz inquietante, sostenida y terrible de
su mirada impávida.
Respecto a mí, y en relación con ella,
el paso del tiempo nos había ido ciñendo de un modo sorprendente. Nunca nadie
podría afirmar que nos hubiera unido otra relación que la que corresponde a dómina y esclava. Pero cualquiera que fuera
sagaz y que nos contemplara podía apreciar que un pacto o una confidencialidad
especial fluían entre nosotras, aunque nunca esto se materializara en una
confluencia en fines y maneras.
Nunca diré que ella tuviera hacia mí
una afabilidad o una cercanía distintas de las que eran adecuadas. Pero con
igual contundencia no me cansaré de repetir que cuanto yo hacía, pensaba o
sentía era tenido en cuenta por ella, sin que aún hoy yo pueda argumentar cómo
era capaz de conocer lo que yo concebía.
Yo no había manifestado ante nadie la
recuperación de mi disposición al habla, por lo que seguía siendo la esclava
muda en quien todos en la familia podían confiar, pues nunca les delataría. Por
beneficio de eso yo conocía todos los pliegues y secretos de sus almas.
La familia; aquel zumbón enjambre
humano estrafalario, cambiante y multiforme. Toda aquella prole que yo había
visto nacer y, a no pocos, morir, unirse y separarse, burlarse y traicionarse,
exiliarse o volver. Ahora era una nueva camada la que ocupaba el aprisco de
Augusto y de su esposa. Agripina y Germánico, Livila y Castor, Póstumo y el
despreciado Claudio. Pero también los hijos de unos y de otros: Nerón César,
Druso César, Julia Druso. Y luego llegarían el lóbrego y singular Calígula, Agripinila, Drusilla, Germánico el pequeño,
Gemelo y Julia Livia, a quien en familia siempre llamaron Lesbia. Toda una
concurrencia rebelde y peculiar, excéntrica y fanática, caprichosa y absurda,
plagada de las sempiternas envidias, rencores y maldades, miserables y ralas,
que lucen los mediocres.
Llegado es el tiempo de que
hable de Claudio, entonces un muchacho, baboso y patizambo, aquejado de una
convulsión perenne, destemplada y grotesca, por lo que siempre ha recibido el
desprecio de todos, en especial de Livila, que lo ha odiado con sangrante
inquina. Ese joven huraño que desde niño tantas veces ha venido a refugiarse en
mis humildes faldas; único sitio en el que encontraba el amparo, ausente en su
madre o su abuela. Claudio, ese ser también preclaro y atormentado, en el que
han florecido la sensatez del noble Druso, su progenitor, y la serenidad un
poco simple de Antonia, su transigente madre. Pero, a la vez, en quien ha
anidado un temor obsesivo hacia todo y todos que lo ha preservado como una
coraza o un peto salido de las manos del famoso broncista Lucio Holconius Vero.
Claudio, quien, al igual que yo, se ha refugiado en la buscada magnificación de
sus defectos para perdurar como rata en cloaca: Claudio el idiota; el listo
Claudio; el superviviente.
La vida, pues, en la casa de
Augusto era entonces como la vida en un nido de víboras. Nadie podía confiar en
el otro. Todos buscaban una subsistencia basada en la traición, la codicia y,
sobre todo, en el favor de mi dómina,
a quien odiaban y temían y, a la vez, ya lo he dicho, admiraban
apasionadamente. De esa manera, cualquier acontecimiento, por simple que este
fuera, se presentaba siempre como algo complicado que había que encajar en un
conjunto peligroso e incierto; en una trama de intereses cruzados, afectos
quebradizos y pasos sigilosos.
Recuerdo vivamente cuando llegó
a oídos de Augusto la emocionante noticia de que Fraartes IV, el señor de mi
lejana patria, tras un arduo concierto con sus emisarios, devolvía a Roma, tras
muchísimos años, las insignias y águilas arrebatadas al despreciable Craso.
Aquel suceso volvió a traerme a
presente cuáles eran mis orígenes y cómo había sido arrancada de mi tierra y
los míos.
Entonces comprendí que, a pesar de los muchos años
transcurridos, no se habían sellado aún mis heridas más hondas.
Cuando las sagradas trompetas
anunciaron la llegada de aquellos emblemas, sin pensarlo un momento, salí de la
domus tal y como estaba, sin vestidos
apropiados para deambular, y corrí a su encuentro por las calles y plazas hasta
llegar a ellos. Y vi con mis propios ojos los siete estandartes y a aquellos
viejos y decrépitos rehenes que volvían a Roma renqueantes y con llanto en sus
ojos, que eran ya un rebujo de arrugas sin brillo ni fijeza.
El pelo ralo y la piel arrugada
vacilaban, en todos ellos, sobre un paso temblón que pretendía una marcialidad
que ya no poseían. Y abriéndome paso entre la multitud, me acerqué y pedí a un
veterano que me dejara oler aquellos distintivos que traían esencia de mi
tierra. Y en efecto: aquel era el aroma de Partia; de su humo y sus flores, de
su sol y sus vientos; el olor que pese a todo tenía escondido en mi intacta entraña.
Luego, con dolor resurgido en el alma, ya no me importó que un soldado me
empujara de nuevo entre el resto de las gentes, que como enjambre nos
aglomerábamos para aclamarlos en su paso orgulloso por la gran Vía Sacra. Entonces
acordé que debía hacer una ofrenda a Marte, señor de las batallas, que en este
día y de esa forma propiciaba concordias.
Al mismo tiempo, una negra
noticia nos llegó de Germania. El centurión Casio Querea, al que se ha
designado como “El hombre más valiente de Roma”, por su hazaña de entonces, se
encargó de traérnosla. Llegó a la urbe maltrecho y destrozado. Tres de las más
valerosas legiones habían sido aniquiladas por el desleal Arminio en los
espesos bosques de Teutoburgo.
Aquél muchacho querusco traído a Roma cuando
era aún un niño y educado aquí con el mejor esmero del que pueda pensarse había
engañado al colosal Imperio, abandonándolo.
Muy hábilmente se enroló en el
ejército y se ganó el favor del crédulo Publio Quintilio Varo, el esposo de
Vipsania Marcela, la hija de Agripa y de Marcela la menor, nieta de Octavia.
Luego, vuelto ya a su país con el ejército romano, lo traicionó. Tras ello, los
efectivos de más allá del Rin quedaban destruidos. Varo y los supervivientes
habían sido cogidos como a ratas, y como a ratas los habían ajusticiado de
forma vil y deshonrosa. Los salvajes germanos los habían quemado confinados en
jaulas trenzadas con estacas, dejando sus despojos sin darles sepultura, a
merced de los vientos y del agua; de las aves carroñeras y de las alimañas.
Augusto lloró como jamás lo había hecho antes, y conservó por ello una honda
tristeza hasta los umbrales de sus últimos días.
Había sido entonces cuando mi dómine había enviado a Tiberio a Germania, con la misión urgente de
recuperar las águilas perdidas en manos de los bárbaros. Era aquella una misión
difícil, máxime sabiendo que el ejército, que se había reclutado con premura y
escasez de caudales, estaba plagado de inexpertos sin formación ni militar ni
física y, tal vez, incluso, sin el amor necesario hacia la patria, ni la garra
que prende el fuego propicio a la venganza.
Pero las ansias de Livia porque
Tiberio cosechara algún triunfo eran desesperadas. Y ella misma, contra todo
pronóstico, impidió que lo acompañara el ardiente y férvido Germánico. Germánico,
que ahora era la figura más prometedora de la patria. Pero tal vez, en la
turbia cabeza de mi ama, no quería que nadie pudiera empañar el triunfo de su
hijo, aunque éste partiera así con un cierto y peligroso desamparo.
Creo que aquel fue el año en el que se celebraron los juegos en honor
del noble Druso, el esposo de Antonia y padre de Claudio, de Livila y de Germánico.
El coste fue extraordinario y el brillo y la espectacularidad resultaron ser
máximos. Para su sufragio Claudio, Germánico, Antonia e, incluso, mi señora
tuvieron que aportar sus privados caudales.
Confesaré que en un principio no
entendí la razón por la que Livia, siempre tan monedera, mísera y huraña,
intervenía en el coste de aquella manifestación. Aquella expresión que, al
parecer, nada podía reportarla, aunque fuera en honor de uno de sus hijos, pues
que ya estaba muerto hacía tantos años. Pero igualmente he de reconocer que
siempre sospeché que alguna razón debía necesariamente esconderse en tanta
esplendidez, pues que su mano jamás daba una puntada sin hilo, ni su cabeza
descansaba un instante pergeñando las tramas más complejas y obstinadas. Porque
todo era posible para esta mujer, después de saber cómo había urdido la demente
artimaña que acabara con Póstumo Agripa, confinado en Planasia.
Y es que para aquello, Livia había
manejado a su nieta Livila con una maestría y eficacia realmente admirables,
aunque horrendas y siniestras.
Sencillamente la había hecho creer
que, desterrado Póstumo, Castor, su esposo, sería quien lógicamente sucediera a
su padre, Tiberio, después que él hubiera sido el sucesor de Augusto. Un simple
dulce puesto al alcance de un niño sumamente goloso.
Lo malo es que la confitura estaba aún
sin cocinar, y, tal vez, hasta faltaban aún los ingredientes con que se
elaborase.
Aquellos juegos fueron crueles
como lo son siempre los que exhiben lucha entre gladiadores. Aunque esta vez el
mandato era más contundente: “Nada de farsas ni de amaños: El pueblo quiere
sangre y yo atiendo al pueblo, por lo menos en eso”. Oí decir a Livia, aunque
la última parte de su frase no la dijera sino para sí. Por ello, en modo alguno
toleraría que su dinero se desperdiciara. Exigía que los desafíos entre los combatientes
fueran bien vigilados para que ninguna treta o subterfugio evitara la sangre o
evadiera mutilaciones o muertes excitantes.
El pueblo bramó con entusiasmo, y la
derrota de Varo y de los suyos pareció enjugarse en aquella barbarie que
siempre me ha parecido el auténtico sustento reparador de la sádica Roma.
Con excesiva frecuencia Roma aplaude
la matanza y gusta teñir sus risotadas y aplausos con las sangres ajenas. Así
salda y rebaja este pueblo su culpa, decepción y miseria en no pocos momentos.
Pues junto a su grandeza convive la maldad del alma más ruin y miserable, cual
si ambas señales fueran una única cosa; cara de una sola moneda.
Llegado el gran día, muchos ancianos
aseguraron que aquellos juegos aventajaban a los organizados en su momento por
Marco Bíbulo y por Cesar, cuando los dos competían entre sí, de manera
política, el año de su mutuo edilato.
¡Comparar algo suyo con algo
concerniente al gran Julio Cesar! Livia estaba feliz. Al fin el pueblo aclamaba
abiertamente y de nuevo a uno de sus hijos, aunque éste hubiera sido incinerado
hacía veinte años y ella apenas si lo recordara.
Allí estaba, pues, la razón más
oculta. Aprovechaba el cariño que en la memoria de Roma se tenía al difunto y a
las circunstancias de su inoportuno óbito y lo traía a presente como madre abatida.
Y, aun a pesar de que ella supiera y guardara callado mucho sobre aquella
lóbrega y aciaga defunción, se arriesgaba de nuevo de modo inusitado.
Contadas eran las visitas que durante
aquellas dos últimas décadas habíamos hecho al sepulcro del infortunado. En
muchas ocasiones me había enviado a mí, acompañada de alguna de las otras
esclavas, para que yo, supuestamente, honrara en su nombre aquel olvidado
cenotafio. Pero ahora necesitaba bullicios y clamores para promocionar a
Tiberio, que estaba en Germania y que no conseguía recuperar las águilas
arrancadas a Varo. Ya estaba claro. Aquello no era más que una nueva actuación de
mi dómina en la escena pública. Una
actuación teatral grandiosa y arriesgada, tal y como a ella le gustaba asumir
en los últimos tiempos, segura de su poder y su indudable éxito. Como un actor
embriagado salía deificada al proscaenium,
segura de provocar el delirio en la cavea.
Más de treinta mil espectadores
pudieron contemplar aquella nueva arena llamada anfiteatro, que en forma
circular se había construido en Roma y de la que mi amo estaba sumamente orgulloso.
Aquel nuevo edificio desterró, de una vez y por siempre, aquel otro compuesto
por dos mitades semicirculares de madera que se unían en tiempos anteriores
para aquellos festejos. Desde entonces se inscriben en el muro de mármol de la
edificación la reseña de todos los gladiadores que después lo han pisado. Y
dicen que son casi seis mil los nombres tatuados hasta el día de hoy sobre los
blancos mármoles que cuelgan de los muros. Triste y brutal enumeración la que
allí consta. Maldito el pueblo que goza contemplando el dolor y la sangre de
los hombres más rudos y valientes.
Pero no fue Tiberio quien logró
reducir a los bárbaros. Hubo que esperar a que fuera otro hombre a rescatar su
honra. Roma entera vibró el día en que sonaron las doradas buccinas y Germánico se presentó ante el Senado para entregar a
Augusto los emblemas, al final, redimidos.
Germánico regresó de la guerra
convertido en un hombre arrogante y magnífico. Y su esposa Agripina, que lo
había acompañado, mostraba abiertamente cuán orgullosa se sentía del padre de
sus hijos, a quien amaba casi con obsesión. Todas las mujeres podían
envidiarla. Augusto encontró entonces en el hermoso héroe un hombro en el que
apoyarse y alguien que podía ser su nuevo confidente e intimo aliado; tal era
su enorme gratitud hacia él por su hazaña valerosa. Y, quién sabe. A lo mejor,
pensaba en hacer cambios en su testamento.
Pero a Livia, cualquiera que se acercara
a su marido siempre la aportaba una inmensa inquietud, creándole un nido de
sospechas. Tal vez por eso también ella recibió al héroe en la intimidad de su escritorio,
como a un personaje de quien ella también se sintiera orgullosa, y a quien
quisiera ensalzar de modo muy explícito.
El gran triunfo de su nieto Germánico
lo situaba en una posición a la que ella debía adherirse ahora, al menos de
forma momentánea. Aunque esto, a simple vista, pudiera parecer que era un
desamparo más para los siempre controvertidos intereses que ella tenía para con
su hijo Tiberio.
Augusto anunció un nuevo viaje a
Córcega, y Livia comenzó a conjeturar que tras aquel anuncio se escondía algo
más preocupante. Tal preocupación aumentó en mi ama cuando su esposó precisó que
aquel trayecto lo realizaría únicamente en barco. A nadie se le escapaba que la
ruta marina pasaba muy cerca de Planasia, el lugar donde se encontraba
confinado desde hacía casi cuatro años el desgraciado Póstumo, acusado por
Livila de haberla forzado, lo que Augusto había comenzado a dudar.
De inmediato se puso en movimiento
toda la maquinaria que informaba a mi dómina.
Desplegó sus contactos y puso en guardia a sus cómplices más agudos y viles.
Ya para entonces, Augusto tenía hacia
Livia un cuidado exquisito en lo que concernía a hacerle confidencias. No seré
yo quien diga que ya no la amaba, pues que sería falso. Augusto amó a Livia
hasta su aliento último. La amó como tantos la amaban, sabiendo que en aquel
amor se escondían, uncidas, su gloria y su muerte. También he de decir que ya
la salud de mi señor estaba resentida de manera alarmante. Con enorme
frecuencia sufría graves alteraciones de su vientre, que llegaban a postrarlo
en el lecho con terribles dolores de tripas y cabeza, y unas diarreas que lo
empalidecían y lo deshidrataban hasta dejarlo débil y de color cerúleo.
A veces lo invadían fiebres
desmesuradas que de repente le desaparecían cual alivio de ensalmo, lo que
desconcertaba a médicos, sangradores y astrólogos. Ni siquiera un afamado curador
procedente de Pérgamo, que obraba prodigios, fue capaz de diagnosticar a qué
obedecían aquellos contratiempos, que cursaban de forma intermitente pero de
modo tan cruel y severo.
Mas, creo que fue a raíz de una
conversación secreta con Germánico, cuando el carácter de mi señor con respecto
a mi dómina comenzó a resentirse. Lo
noté en la forma en que se dirigía a ella, en el modo en el que comenzó a
relegar los alimentos que ella misma le hervía o le aderezaba. Alimentos en
cuya preparación únicamente laboraban sus manos y las de los cocineros negros
de Aksum que ella se procurara desde que a mí me había liberado de esas tareas,
asunto al que yo no había hecho ninguna resistencia ni mostrado recibir cual un
desaire.
Aquellos oscuros cocineros que no
solían durar más allá de tres meses en servicio, pues que todos desaparecían
sin dejar ningún rastro ni informar de su traslado a nadie.
Ya por entonces yo había sido liberada
también de los asuntos concernientes a acopios y despensas, pues que eran
muchas las tareas domésticas que había que cuidar, sobre todo desde que eran
tantos los miembros familiares y mi señor Octavio estaba delicado. Además,
Livia había mandado acomodar un cuarto a modo de cocina, donde su ranchero de
turno elaboraba las comidas, aderezos, adobos y sazones que ella misma le
dictaba, y de los que se sentía sumamente orgullosa, pues que proclamaba que
eran procesados con condimentos foráneos y secretos nutricios que nadie conocía.
No pasó mucho tiempo. Apenas se ausentara
Augusto, mi señora supo por medio de Marcia, prima de Augusto y esposa de Fabio
Máximo, quien lo acompañaba, que su marido y el emperador harían escala en
Planasia y verían a Póstumo.
Recuerdo aquella tarde en que la
ingenua dama vino emocionada porque Livia la había convocado con sigilo y
urgencia. Pues a pesar de unirlas lazos familiares, mi ama no la había considerado
nunca digna de su linaje. Recuerdo haberla recibido yo y ver su cara de enorme
conmoción, ya que la primera mujer de toda Roma la llamaba a su lado. Nada duró
su júbilo. Poco tiempo antes de la muerte de Augusto, la odiaría y gritaría,
hasta que la acallaron tapándole la boca, que aquella mujer había sido la
causante de la muerte de su querido esposo y la ruina de su vida y su casa.
Pero aquella tarde todo era gozosa turbación
y elocuente contento. Serví a las señoras un refrigerio en el tablinum y, de inmediato, pude respirar
aquel aroma que siempre traían pegados a sí las connivencias y los actos
torcidos que allí se gestionaban. Templé el vino y lo escancié yo misma. Y,
cuando la mujer tomaba la copa malva entre sus dedos y la acercaba a su boca
rezumante de orgullo, sentí como si fuera ya un veneno letal lo que estaba
ingiriendo. Para mí resultaba inequívoca aquella manera de proceder de Livia.
La había presenciado tantas y tantas veces.
Livia se mostraba exasperante,
hierática y pausada, a diferencia de lo que les solía acontecer a sus cándidas víctimas
que siempre se comportaban simpáticas y alegres, afables y nerviosas, tal vez
invadidas por una fruición relapsa y entregada que las desamparaba. Ella era
una vez más la plena majestad; la dignidad sin mácula. Y como el escorpión que
juega con sus presas, ella también les otorgaba esa condescendencia malvada y
prepotente de quien se deleita con largueza en la efímera ilusión. El delirio esperanzado
de los que aún no sospechan que van a ser sus víctimas.
Y es que aquella mujer ya nunca se
precipitaba. Para ella la observada demora era un preciado componente para
saborear. De los primeros tiempos en los que urdía, ejecutaba y tapaba sus
planes con nerviosa premura, para olvidar cuanto antes los hechos y no descuidar
pruebas inculpatorias, había pasado a un estadio en el que la dilación, la
calma y la arrogancia constituían el matiz delicioso de sus morbosos actos. Para
cualquier observador, aquella le hubiera parecido una conversación ociosa entre
dos damas con lazos familiares, cuyos maridos se habían hecho formidables
amigos, y ellas trataran únicamente de emular sus aprecios tendiendo entre las
dos hilos puramente femíneos. Así, las de Livia eran ciertamente preguntas
candorosas, alusiones simpáticas, datos o revelaciones carentes de riesgo o de la
menor importancia. La mujer de Máximo, sin embargo, iba soltando, en el fragor
de su exaltado entusiasmo, reseñas, fechas y magras confidencias, mientras mi dómina le sonreía esplendente y
hermética, aunque a la pobre crédula le pareciera la dama más leal de cuantas
conocía. De hecho, Livia, que no sabía a ciencia cierta los detalles de aquel ignoto
viaje, simuló que conocía todo. Tiró su bien cebado anzuelo sutilmente y la
dama picó cual pobre barbo hambriento. Y fue por la boca expedita de Marcia por
la que se enteró de todo aquello que Augusto le había ocultado; lo referente al
viaje y hasta lo que concernía a su testamento.
Livia mutó colérica como si hubiera
ingerido un veneno, pero se contuvo con dominio excelente. Luego pretextó
sufrir una jaqueca leve, que achacó al vino y al tiempo turbador propio de
primavera, lo que la obligaba a recostarse un rato. La mujer se levantó,
solícita y culpándose, buscando, azarosa, una excusa para justificar tamaña
elocuencia como había derrochado por su expedita boca. Ella la apaciguó
tomándole la mano y llamándola “prima querida”, acto que yo sabía que le
causaba profunda repugnancia, pues que mi ama no permitía que le rozara nadie.
Pero hasta allí llegaba su cinismo en los momentos álgidos.
Así transcurrió aquella tarde. Y,
cuando al fin se separaron, nada podía hacer presagiar en esa afable despedida
la enorme turbación que guardaba el cofre interior de mi señora. Augusto, a sus
espaldas, había tenido la osadía de rehacer su testamento. Aquel testamento en
el que, según ella creía, todo había quedado definitivamente atado a favor de
Tiberio. Últimas voluntades en las que ella misma había intervenido, a
solicitud de su esposo. Hasta cinco pliegos de mandas, consejos y legados.
Muchos de ellos absurdos, pero para ella tolerables con tal de que abrigaran y
fueran de comparsa con lo que era importante. Tiberio sería emperador tras la
muerte de Augusto.
Pero no. De nuevo el futuro de Roma se
volvía a sumir en un pozo sin fondo. ¿Qué habría embadurnado otra vez la cabeza
demente de aquel marido suyo, reincidente en el despropósito, obsesivo y
caduco? Y además ¿Por qué lo había hecho sin decírselo a ella? ¡A ella! ¿Qué le
estaba ocultando? Era imposible asumir semejante desatención y ultraje. Su
amigo y la vulgar comadre que era su esposa sabían más que ella misma. Aquella
injuria era intolerable. Livia deambulaba desde una estancia a otra, como fiera
enjaulada, sin encontrar un sitio en el
que atemperarse, y sin poder dar calma a aquella inmensa furia que la estaba
excediendo como nunca lo hiciera.
Luego vino la noche. Durante las horas
precedentes yo le estuve sirviendo una cocción de agua con hojas de tilo, de amapola,
de valeriana, de menta y de verbena que logró, al final, llevarla a la cordura.
La dejé tumbada en su alcoba. Pero de pronto, me reclamó y me pidió que llamara
a su guardia. Aunque me precisó que acudieran no más de cuatro pretorianos de
los que yo estimara de probada solvencia. Llevé su demanda al retén y elegí a
quienes conocía. Y cuando los hombres se hicieron presentes, me ordenó que yo
me retirara y quedara al aguardo por si me requería, pero que advirtiera al resto
del servicio que nadie nos velara bajo pena severa. Todo debía darse en rotundo
secreto.
La noche fue movida. Vi retornar a los
soldados guiando a dos libertos de Augusto a quien yo conocía; Hilarión y
Polibio. Ambos eran hombres de grandes calidades, esclavos libertados, a quienes
Augusto amaba con afecto fraterno. Luego los soldados se fueron, y los tres se
quedaron dentro de aquella alcoba que atufaba a traición y a malvada violencia.
Después uno de ellos se ausentó nuevamente para volver al rato. Yo le abrí la salida.
El semblante del hombre era igual que el de un desenterrado. No levantó
siquiera su mirada del suelo. Me saludó, me indicó que le abriera la puerta y
me hizo saber que volvería pronto. Hacia la media hora, retornó con útiles propios
para escritura. Desde que él era libre, vivía de redactar escritos a quien se
lo encargaba; Augusto le había procurado instrucción en tal arte. El hombre venía
abatido, cual una res que va al matadero; como alguien que va a redactar su
sentencia de muerte.
Los cuatro estuvimos toda la noche en
vela. Ellos dos en la alcoba acompañando a Livia, sin apagar la lámpara y
absortos en sus negros trabajos. Yo en mi aposento, con la lucerna ahogada, pero sin conciliar el sueño más que a ráfagas
cortas. Antes de amanecer se marcharon los hombres. Primero abrí la puerta a uno
y más tarde al otro. Ambos, salieron cual dos convictos que van a las mazmorras.
Era así como mi ama solía dejar a sus colaboradores después de obtener de ellos
algún sucio servicio.
Cuando rayó el alba me ordenó, como
solía hacerlo en los últimos meses, sin más explicaciones, que abandonara todo
y le sirviera los vestidos de calle, que yo también debía calzarme sin pérdida de
tiempo y lavarme los pies de forma conveniente. Supe, por aquel evidente detalle
y por las órdenes que daba a los porteadores, que mandó que llamáramos, que
salíamos a hacer una visita a las beatas damas. Su malhumor era aún supremo y
evidente. A pesar de cuanto hubiera enjaretado durante aquella noche, su
horizonte no debía estar todavía diáfano.
El foro y la Vía Sagrada estaban esplendentes
en aquella mañana, repletos de gentío que iban y venían celebrando los primeros
días luminosos del tiempo más amable. La casa de las castas estaba junto al
templo de la divina Vesta. Y Augusto, tras obstinados ruegos y tenaces convenios,
les había permitido anexionarse la Regia, un edificio al sur que había sido morada
legendaria del rey Numa Pompilio y sede en los años pasados del Pontífice
Máximo.
Nuestro trayecto se hizo de una forma
discreta; ella en una litera alquilada, yo a pie, cubierta de modo conveniente.
Tras entrar en el ámbito, yo aguardé en el patio central ajardinado al que
miraba la doble galería de columnas y de bellas estatuas alzadas en sus basas. Mientras,
mi señora fue llevada de inmediato al refectorio máximo entre el alboroto y la
sorpresa de quienes la conocieron. “La Prima entre las seis” estaba ocupada
preparando la mola salsa; esa
harina sagrada que luego se utiliza en
las ofrendas de las festividades a lo largo del año.
Las vírgenes se encontraban oficiando
los ritos que conformaban el culto diario de los sagrados Lares. Tales servicios y selectas labores, junto al mantenimiento de
forma permanente de las ascuas sagradas en el Templo vecino, sabido es que les
están encomendadas de manera perpetua bajo penas severas. La llama sacrosanta traída
desde Troya por el divino Eneas.
Seis son, pues, las celdas, tres a
cada lado de una capilla de proporciones íntimas, en las que se albergaban
durante el día los oficios menores de las mujeres santas. Nuestra visita no
había sido anunciada, por eso resultó necesario esperar a que la Vestal Máxima,
sin relegar los cultos, pudiera recibir a la esposa de Augusto como era
conveniente. Mi ama sufría de impaciencia de manera evidente, lo que la
mantenía en un estado de irritación perenne. Irritación que sin embargo se le
diluyó en cuanto vio que se le aproximaba la mujer esperada. Entonces todo mudó
en sosiego y dulzura.
En aquel momento no supe lo que las
dos mujeres estuvieron tratando. Más tarde, y a la vista de los posteriores
sucesos, me pude imaginar en qué consistió el fraude de aquel modo fraguado.
La incauta Marcia había informado a mi
ama del cambio en el legado de Augusto, y ella no podía permitirlo, en modo
alguno, por el bien de la sagrada Patria. Y creo que fue preciso amenazar a
aquella mujer, que ya estaba en el tercer decenio de su entrega y, por tanto,
próxima a ser liberada de sus votos y lazos, para que ésta accediera a las
pretensiones indignas que demandara Livia. Era evidente que a la egregia Livia
ya no la detenían ni las cosas sagradas ni los ámbitos santos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario