XXX. LOS AMARGOS LABIOS DE SEJANO.
Desde hacía unos meses los hombres de Sejano
custodiaban a todos los miembros de la estirpe imperial,
incluida mi dómina. El nuevo prefecto
de la guardia había aumentado aquel cuerpo de elite de modo muy notable, lo que
al emperador le otorgaba gran seguridad, pues el odio hacia Tiberio ocupaba
cada rincón de Roma. El Pretorio, hasta entonces diseminado, se concentraba
ahora en un único cuartel fuera de la ciudad y estaba compuesto por hasta un
total de doce cohortes. Una de ellas estaba encargada de acompañar de forma permanente
a la casta real, incluso cuando nos desplazábamos a la casa del campo o a las
villas en Surrentum o en Ostia. Eran, pues, doce mil hombres los que nos
tutelaban. Y digo así, porque su misión era custodiar la vida y la hacienda de
la familia regia en toda su extensión, esclavos incluidos.
El poder de Sejano era entonces tal,
que él mismo, por propia iniciativa o con el beneplácito de Tiberio, había cancelado
hábitos existentes de orden democrático, sin que nadie se atreviera a
recriminárselo. Y él, que en un principio había sido nombrado como colega de su
padre, Estrabón, aprovechando que éste fue nombrado gobernador de Aegyptus,
asumió el mando único sin admitir ya a nadie a su lado. A partir de entonces
comenzó a atesorar poder y a amedrentar a todos con su burda insolencia, su audacia
más despótica y su mano de hierro. Él nombraba, como hace un autócrata, tanto a
tribunos como a centuriones. Y en cualquier ascenso o descenso social siempre
parecía acechar su sombra omnipresente. La guardia pretoriana se convirtió, por
ello, en una fuerza imprescindible para alcanzar el trono o mantenerse en él,
para adquirir favores o para poder incluso conservar privilegios antiguos. Roma
entera temblaba ante su arrogante presencia, que era respaldada por la
docilidad incondicional de todos sus soldados.
De inmediato, Castor, el hijo de
Tiberio, demostró su frontal desacuerdo e inquina para con aquel personaje que
parecía tener dominado a su padre, quien incluso solía llamarle con afecto “mi caro compañero”.
Castor seguía frecuentando la amistad
de Agripina y, junto a Claudio y a otros disidentes ilusos, parecía no poder
olvidar la muerte de Germánico. Se sentía dolido y defraudado por el modo en
cómo se les había privado de obtener un leve atisbo de claridad o justicia, al haberse
provocado el suicidio del infame Pisón y haber sobreseído el caso con insidiosa
urgencia.
Pero aquella larvada oposición,
capitaneada por su propio hijo, tenía enfurecido al emperador, que cada día
odiaba más a Agripina y a cuantos la amparaban, llamándoles gentuza y perros carroñeros,
sarnosos y desarrapados.
En tan enrarecido ambiente, la
animadversión entre Castor y el soberbio Sejano fue agravándose de manera
imparable con el paso del tiempo. Pero, a la vez, el poder del jefe de la
guardia imperial se veía claramente alentado por el favor que a diario le
otorgaba Tiberio, quien, tras haberse liberado del yugo de su madre, había hallado
un sólido amparo en quien creía su eficiente protector pretoriano, garante de
su estatus. Tiberio había aprendido a temer, y necesitaba asilo de forma
permanente.
Resultaba visible para todos que
Tiberio estaba hastiado de desempeñar aquel cargo al que había sido obligado
por la obsesión imperativa de Livia. Aquél no era su sitio. O, al menos, aquel
no era ya su sitio. Cada día esto resultaba más claro para quien lo trataba,
pues que él tampoco ocultaba el fastidio más hondo hacia sus compromisos reales.
Con relativa frecuencia el imperator se trasladaba a Rodas dejando
sus deberes en manos de su amigo, quien lo animaba a ello para ganar espacios
de poder y asegurar su fuerza. Esa era una manera de combinar su hastío y obedecer
a Livia. Porque, aunque había degradado a su madre manteniéndola lejos, sabía
que ella le toleraba todo, incluso que la relegara, siempre que no intentara
desertar de aquel cargo. Cargo para cuya consecución ella había donado su
existencia, pues lo consideraba mandato de la diosa. Por eso Tiberio sabía que,
defraudar en aquello a su madre, era algo de lo que ella no dudaría en declarar
ante los tribunales cuanto fuera preciso, aunque eso les llevara a los dos derechos
a sus tumbas.
Pero como tabla encerada puesta
en una pendiente, aquello se fue incrementando. Lo que hasta entonces era algo
un tanto encubierto y esporádico, comenzó a hacerse más visible a los ojos
espantados de todos. El emperador delegaba sin rubor asuntos importantes en su sagaz
amigo. Y éste asumía el encargo con fruición despótica.
Sejano, pertenecía por nacimiento a una
de las órdenes más altas de la sociedad romana, la equester o de los caballeros. Sobre ella sólo están la de los
patricios y la suprema de los senadores. Su padre Lucio Seio Estrabón se casó
por vez primera con la joven Elia, la hija del gran cónsul Quintus Aelius
Tubero, de quien tuvo un hijo, Lucio
Seio Tubero, que fue cónsul suffectus.
Tras la muerte de la serena Elia, Estrabón se casó nuevamente con Cosconia
Lentula, y de esa unión nació Sejano.
En la familia de su madre habían contado
ya con el honor de otros tres miembros electos como cónsules. Eso les otorgaba un
fehaciente prestigio que ellos solían airear con altivez y orgullo. Pero
además, el muchacho, ávido y codicioso de poder y de fama desde que era muy
joven, se procuró ser adoptado por Elio Galo, anexionándose por tanto esa gens a su nombre. De esa suerte, ahora
se llamaba Lucio Elio Sejano. Y en esa búsqueda insaciable por procurarse
apoyos que lo hicieran medrar, se hizo amigo íntimo del versado en comidas
Marco Gavio Apicio, desposándose con su hija Apicata, con la que había tenido tres
vástagos de nombres Estrabón, Capito Eliano y Junilla, a quienes quería sobre
todas las cosas.
Marco Gavio, el cocinero, era un
hombre inmensamente rico. Era un ferviente utilizador del garum, que él maceraba mucho mejor que nadie, y que se ufanaba en
utilizar en más de quinientos platos diferentes. Yo lo conocía muy bien, pues
muchas veces había venido a cocinar al palacio de Augusto llamado por mi ama. Livia
lo reclamaba cuando había que recibir delegaciones importantes o invitados
selectos, porque entonces el éxito, el exotismo y la sorpresa en los banquetes estaban
asegurados. Conocido era por todos que su arte para la minuciosa elaboración de
platos exquisitos le había granjeado fama y dinero a lo largo y ancho del dilatado
imperio. Y que incluso viajaba a solicitud de monarcas de países lejanos que se
vanagloriaban de tenerlo de amigo. Él me enseñó a preparar un pastel que yo elaboraba
con hígados palpitantes de ocas, cuyo secreto estaba en alimentar a esos
animales sólo con higos muy maduros e impedir que nunca les cayera lluvia sobre
sus plumajes, y luego embriagarlas con vino de Vosinii, la zona que humedece el
lago Bolsena con sus aguas y brumas.
También la familia de Sejano se había
relacionado de forma preferente con la noble Terencia, la esposa de Cayo Cilnio
Mecenas, aquella con quien se había murmurado de manera insistente que mi señor
Augusto había tenido, ya en su senectud, algún que otro devaneo, lo que hizo
que la amistad entre los dos hombres se sintiera afectada. Sobre todo debido a
los celos del selecto Mecenas, que no entendía que su amigo más íntimo le
hiciera tal ofensa en la madurez de sus vidas.
Todos aquellos antecedentes y
posicionamientos, unidos a su actual situación, otorgaban al arrogante prefecto
un halo de prepotencia que lo acompañaba como una ofensa perenne hacia todos.
Castor no podía aguantarlo. Mientras, él se ensoberbecía de obtener de su padre
más confianza y confidencias muchísimo más íntimas que las que el imperator concedía a su hijo. Y por si
todo aquello nos resultara poco, Livila empezó a fijarse en Sejano por algo más
que el rencor que éste profesaba a su esposo. Aquella insolencia con la que lo
desafiaba, parecía que a ella la excitaba de forma incontenible.
Conocí bien a esa niña desde su
nacimiento. Jamás me gustó esa fútil muchacha que sedujo a Póstumo para después,
vilmente, traicionarlo sin escrúpulos, acosada por su intrigante abuela. Pero
ahora la Augusta Livia había, aparentemente, salido del primer plano de la
escena y ella deseaba aproximarse al hombre que actualmente más influía en
Roma.
Para aquellos que la conocíamos bien,
jamás podía olvidársenos que su adúltero acercamiento a Póstumo se basó en el
hecho de que éste era entonces el valido de Augusto. Lo mismo que su traición
posterior a él, inducida por Livia, se fraguó cuando mi ama, queriendo que
Póstumo cayera en infortunio, la convenció de que lo denunciara por haberla
forzado, a la vez que la prometía y la aseguraba que, caído Póstumo en
desgracia, sería Castor quien sucedería en el trono a Tiberio. Pero su esposo
era débil y tenía principios, mientras que Sejano era férreo y carecía de
ellos, y, además, tenía en sus manos al emperador, y eso le otorgaba una sólida
garantía de esplendente futuro.
Mi dómina
supo de inmediato los devaneos que Livila se traía con el prefecto de los
pretorianos, pero en esta ocasión no la importó que la mujer burlara con su
adulterio a quien también era su nieto. Sejano era un monstruo brutal y
prepotente, pero en aquellos días estaba a su lado y servía a sus fines, y a la
vez mantenía al emperador al frente del imperio. Todo, pues, atendía a los
planes irrenunciables de Livia.
No obstante y pese a todo, nuestra
casa seguía siendo el lugar mejor informado de la ciudad de Roma. Livia,
apartada ahora de la corte y vetada por su hijo, hacía caso omiso, y si bien no
quebrantaba aquella reclusión si no era el asunto realmente importante, sí que
seguía tejiendo e intrigando, y sujetando a distancia las riendas del imperio.
Estratégicamente, ahora se había tornado mucho más resignada y afable en
apariencia. Reunía con asiduidad a la familia y proclamaba su afán por
perpetuar aquella obsesión que tuviera Augusto de hacer parecer que entre los consanguíneos
las relaciones siempre eran sumamente cordiales. Ahora eran su nieto Tiberio
Druso Cesar, al que siempre hemos denominado Castor, la inestable Livila, y sus
hijos Julia, a quien llamamos Helena, y Gemelo. También la vieja Antonia, de
quien estoy segura que nos sobrevivirá a todos como el perenne cielo, los
pequeños Julia Livia a quien llamamos Lesbia, Drusila, Agripinila, Druso César,
Nerón César y Calígula, todos hijos del extinto Germánico. Pero también nos
visitaban con regularidad Claudio Druso y Claudia Antonia, los hijos de Claudio
y su esposa Plautia, quien otra vez estaba embarazada sin que su marido
conviviera con ella. A todos convocaba aquella gran gallina que, de repente,
parecía quererlos cobijar bajo sus alas cual tierna matriarca, dulce y
benevolente.
Únicamente Agripina parecía declinar
sus invitaciones, aunque dejara que sus hijos visitaran a quien era su abuela.
Todos iban y venían trayendo noticias a
la casa. Todos entraban y salían a aquel fétido nidal en el que cada cual
depositaba su pestilencia inmunda. Todos se amaban y se odiaban como una camada
nacida entre el horror al desamparo y el despiadado afán que impone la lucha
por la subsistencia. Aquellos fueron los últimos tiempos de mi augusta señora.
Vivo mis
últimos días con la amargura de alguien que ve con nitidez cómo
van aproximándose las fauces de la muerte. He despedido al escribano que durante
los siete últimos años tomaba estas notas que yo iba dictando, y soy yo misma
quien, buscando las horas más altas de la noche, redacto ahora estos escritos,
con los que parece que quiero emular al imbécil de Claudio o a mi provocadora
esclava Laraine.
Nunca creí, cuando comencé esta tarea,
que fuera capaz de proseguir durante tanto tiempo este absurdo recreo. Supe que
ella estaba escribiendo nuestras mutuas historias y yo aposté, sencillamente, por
aceptar su desafío. Pensé que esta contienda entre nosotras duraría un tiempo
más breve, y que en cualquier momento llamaría a mi fámula y la obligaría a que
me entregara su obra para quemarla en unión de la mía y reírme de todo. Dos
vidas ardiendo en un brasero, menuda ironía. ¿Quién puede desear saber los
entresijos de nuestras existencias? Ropa sucia expuesta al populacho.
Sé con seguridad que los historiadores
se encargarán de hilar sus distintas maneras de concebir los hechos. Las
memorias de los coetáneos se irán diluyendo y, tras tan sólo un par de
generaciones, ya casi nada será como ahora es y, nunca, como fue en verdad. La
verdad tiene siempre tantas caras como una gema profusamente cincelada. De esa
forma, siempre resulta diferente según la hora del día o de la noche a que se
mire o el ángulo desde el que se la aprecie. En definitiva: la verdad es
siempre inapresable. ¿Qué sentido tiene, pues, querer fijarla de una sola
manera? Válganos simplemente con presentar cada cual aquella que consideramos
la nuestra. Válganos sólo eso. La verdad es una deidad que a nadie le está
permitido apresar, ni tan siquiera a aquellos que han sido actores de hechos o
de vidas. Todo es siempre relativo, opinable, nebuloso, impreciso. La historia
se establece a través de la fuerza de quienes son capaces de afirmar con más
rotundidad lo que creen, lo que opinan, aquello a lo que les obligan o lo que
les conviene. No hay verdad absoluta, sino acumulación de retazos más o menos
sesgados, creídos o ensoñados; sólo eso. Estos conceptos me fueron enseñados
por el pobre Aulo Cremutio Cordo, cuya obra,
en la que elogiaba a Marco Junio Bruto y a Cayo Casio Longino, fue
quemada por orden del Senado. En esta ocasión Sejano se sintió ofendido por aquellos
escritos, por eso buscó la forma para que desaparecieran y luego se sentenciara
a morir de hambre a quien había trenzado, según él, tan absurda patraña. Es así
como se hace la verdadera historia con hierro y conveniencia.
Escribo pues, ahora, desde el
infinito cansancio y la desilusión más profunda, desde la tremenda derrota que
siempre nos infringe la vida a su final. Ha llegado el momento de que me pregunte
para qué ha servido mi vida y mis esfuerzos. Y ante esta pregunta siento la
necesidad de cerrar los ojos y tupir mi memoria y no darme respuesta. Roma, mi
Roma sigue enfangada de envidias, de odio y de sangre. Nada está consolidado y
mi hijo, el emperador, es un ser torpe y débil a quien un ambicioso engaña y
manipula para, en cuanto pueda, arrebatarle el trono. Yo vivo confinada y ya
son pocos los que intentan mi amistad, pues saben con certeza que mi influencia
es mínima y, tal vez, hasta peligrosa y contraproducente. Temo, por ello, más
que nunca a la vida y casi podría decir que llamo a la muerte. Sé que ella está
ahí, al volver de la esquina; en la sala contigua. Lo sé desde el día nefando
de mi último cumpleaños en el que el malvado de mi hijo Tiberio, a modo de infecta
lezna, me obsequió con mi horóscopo, trazado por su astrólogo. Múltiples
gracias se me han pronosticado; ésta es la mejor prueba de que nada es cierto y
que mi fin se me va acercando con zancada segura. Mentiría si dijera que no temo
ahora los castigos del tártaro, pues no sé si la diosa querrá hacer extensivos
sus avales también en la pradera eterna. Únicamente si yo estuviera segura de
que, tras mi partida, los hombres me fueran a elevar a la divinidad, como lo ha
sido Augusto, me sentiría a salvo. Pero esto ha de ser después de que haya
muerto, y nada hay que pueda acreditarlo salvo la quebradiza promesa de los
hombres. Por eso mi última hazaña debería ser asegurarme de que he de recibir
esa santificación sea cual sea el precio. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo
garantizarme el paso del Eliseo al Panteón Divino? No es tarea fácil, estando
rodeada de buitres que sólo quieren engullir la carroña.
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