lunes, 5 de mayo de 2014

XXX. LOS AMARGOS LABIOS DE SEJANO.



XXX.      LOS AMARGOS LABIOS DE SEJANO.


Desde hacía unos meses los hombres de Sejano custodiaban a  todos los miembros de la estirpe imperial, incluida mi dómina. El nuevo prefecto de la guardia había aumentado aquel cuerpo de elite de modo muy notable, lo que al emperador le otorgaba gran seguridad, pues el odio hacia Tiberio ocupaba cada rincón de Roma. El Pretorio, hasta entonces diseminado, se concentraba ahora en un único cuartel fuera de la ciudad y estaba compuesto por hasta un total de doce cohortes. Una de ellas estaba encargada de acompañar de forma permanente a la casta real, incluso cuando nos desplazábamos a la casa del campo o a las villas en Surrentum o en Ostia. Eran, pues, doce mil hombres los que nos tutelaban. Y digo así, porque su misión era custodiar la vida y la hacienda de la familia regia en toda su extensión, esclavos incluidos.
El poder de Sejano era entonces tal, que él mismo, por propia iniciativa o con el beneplácito de Tiberio, había cancelado hábitos existentes de orden democrático, sin que nadie se atreviera a recriminárselo. Y él, que en un principio había sido nombrado como colega de su padre, Estrabón, aprovechando que éste fue nombrado gobernador de Aegyptus, asumió el mando único sin admitir ya a nadie a su lado. A partir de entonces comenzó a atesorar poder y a amedrentar a todos con su burda insolencia, su audacia más despótica y su mano de hierro. Él nombraba, como hace un autócrata, tanto a tribunos como a centuriones. Y en cualquier ascenso o descenso social siempre parecía acechar su sombra omnipresente. La guardia pretoriana se convirtió, por ello, en una fuerza imprescindible para alcanzar el trono o mantenerse en él, para adquirir favores o para poder incluso conservar privilegios antiguos. Roma entera temblaba ante su arrogante presencia, que era respaldada por la docilidad incondicional de todos sus soldados.        
                De inmediato, Castor, el hijo de Tiberio, demostró su frontal desacuerdo e inquina para con aquel personaje que parecía tener dominado a su padre, quien incluso solía llamarle con  afecto “mi caro compañero”.
Castor seguía frecuentando la amistad de Agripina y, junto a Claudio y a otros disidentes ilusos, parecía no poder olvidar la muerte de Germánico. Se sentía dolido y defraudado por el modo en cómo se les había privado de obtener un leve atisbo de claridad o justicia, al haberse provocado el suicidio del infame Pisón y haber sobreseído el caso con insidiosa urgencia.
Pero aquella larvada oposición, capitaneada por su propio hijo, tenía enfurecido al emperador, que cada día odiaba más a Agripina y a cuantos la amparaban, llamándoles gentuza y perros carroñeros, sarnosos y desarrapados.
                En tan enrarecido ambiente, la animadversión entre Castor y el soberbio Sejano fue agravándose de manera imparable con el paso del tiempo. Pero, a la vez, el poder del jefe de la guardia imperial se veía claramente alentado por el favor que a diario le otorgaba Tiberio, quien, tras haberse liberado del yugo de su madre, había hallado un sólido amparo en quien creía su eficiente protector pretoriano, garante de su estatus. Tiberio había aprendido a temer, y necesitaba asilo de forma permanente.
Resultaba visible para todos que Tiberio estaba hastiado de desempeñar aquel cargo al que había sido obligado por la obsesión imperativa de Livia. Aquél no era su sitio. O, al menos, aquel no era ya su sitio. Cada día esto resultaba más claro para quien lo trataba, pues que él tampoco ocultaba el fastidio más hondo hacia sus compromisos reales.
Con relativa frecuencia el imperator se trasladaba a Rodas dejando sus deberes en manos de su amigo, quien lo animaba a ello para ganar espacios de poder y asegurar su fuerza. Esa era una manera de combinar su hastío y obedecer a Livia. Porque, aunque había degradado a su madre manteniéndola lejos, sabía que ella le toleraba todo, incluso que la relegara, siempre que no intentara desertar de aquel cargo. Cargo para cuya consecución ella había donado su existencia, pues lo consideraba mandato de la diosa. Por eso Tiberio sabía que, defraudar en aquello a su madre, era algo de lo que ella no dudaría en declarar ante los tribunales cuanto fuera preciso, aunque eso les llevara a los dos derechos a sus tumbas.
                Pero como tabla encerada puesta en una pendiente, aquello se fue incrementando. Lo que hasta entonces era algo un tanto encubierto y esporádico, comenzó a hacerse más visible a los ojos espantados de todos. El emperador delegaba sin rubor asuntos importantes en su sagaz amigo. Y éste asumía el encargo con fruición despótica.
Sejano, pertenecía por nacimiento a una de las órdenes más altas de la sociedad romana, la equester o de los caballeros. Sobre ella sólo están la de los patricios y la suprema de los senadores. Su padre Lucio Seio Estrabón se casó por vez primera con la joven Elia, la hija del gran cónsul Quintus Aelius Tubero, de quien  tuvo un hijo, Lucio Seio Tubero, que fue cónsul suffectus. Tras la muerte de la serena Elia, Estrabón se casó nuevamente con Cosconia Lentula, y de esa unión nació Sejano.
En la familia de su madre habían contado ya con el honor de otros tres miembros electos como cónsules. Eso les otorgaba un fehaciente prestigio que ellos solían airear con altivez y orgullo. Pero además, el muchacho, ávido y codicioso de poder y de fama desde que era muy joven, se procuró ser adoptado por Elio Galo, anexionándose por tanto esa gens a su nombre. De esa suerte, ahora se llamaba Lucio Elio Sejano. Y en esa búsqueda insaciable por procurarse apoyos que lo hicieran medrar, se hizo amigo íntimo del versado en comidas Marco Gavio Apicio, desposándose con su hija Apicata, con la que había tenido tres vástagos de nombres Estrabón, Capito Eliano y Junilla, a quienes quería sobre todas las cosas.
Marco Gavio, el cocinero, era un hombre inmensamente rico. Era un ferviente utilizador del garum, que él maceraba mucho mejor que nadie, y que se ufanaba en utilizar en más de quinientos platos diferentes. Yo lo conocía muy bien, pues muchas veces había venido a cocinar al palacio de Augusto llamado por mi ama. Livia lo reclamaba cuando había que recibir delegaciones importantes o invitados selectos, porque entonces el éxito, el exotismo y la sorpresa en los banquetes estaban asegurados. Conocido era por todos que su arte para la minuciosa elaboración de platos exquisitos le había granjeado fama y dinero a lo largo y ancho del dilatado imperio. Y que incluso viajaba a solicitud de monarcas de países lejanos que se vanagloriaban de tenerlo de amigo. Él me enseñó a preparar un pastel que yo elaboraba con hígados palpitantes de ocas, cuyo secreto estaba en alimentar a esos animales sólo con higos muy maduros e impedir que nunca les cayera lluvia sobre sus plumajes, y luego embriagarlas con vino de Vosinii, la zona que humedece el lago Bolsena con sus aguas y brumas.
También la familia de Sejano se había relacionado de forma preferente con la noble Terencia, la esposa de Cayo Cilnio Mecenas, aquella con quien se había murmurado de manera insistente que mi señor Augusto había tenido, ya en su senectud, algún que otro devaneo, lo que hizo que la amistad entre los dos hombres se sintiera afectada. Sobre todo debido a los celos del selecto Mecenas, que no entendía que su amigo más íntimo le hiciera tal ofensa en la madurez de sus vidas.
Todos aquellos antecedentes y posicionamientos, unidos a su actual situación, otorgaban al arrogante prefecto un halo de prepotencia que lo acompañaba como una ofensa perenne hacia todos. Castor no podía aguantarlo. Mientras, él se ensoberbecía de obtener de su padre más confianza y confidencias muchísimo más íntimas que las que el imperator concedía a su hijo. Y por si todo aquello nos resultara poco, Livila empezó a fijarse en Sejano por algo más que el rencor que éste profesaba a su esposo. Aquella insolencia con la que lo desafiaba, parecía que a ella la excitaba de forma incontenible.
Conocí bien a esa niña desde su nacimiento. Jamás me gustó esa fútil muchacha que sedujo a Póstumo para después, vilmente, traicionarlo sin escrúpulos, acosada por su intrigante abuela. Pero ahora la Augusta Livia había, aparentemente, salido del primer plano de la escena y ella deseaba aproximarse al hombre que actualmente más influía en Roma.
Para aquellos que la conocíamos bien, jamás podía olvidársenos que su adúltero acercamiento a Póstumo se basó en el hecho de que éste era entonces el valido de Augusto. Lo mismo que su traición posterior a él, inducida por Livia, se fraguó cuando mi ama, queriendo que Póstumo cayera en infortunio, la convenció de que lo denunciara por haberla forzado, a la vez que la prometía y la aseguraba que, caído Póstumo en desgracia, sería Castor quien sucedería en el trono a Tiberio. Pero su esposo era débil y tenía principios, mientras que Sejano era férreo y carecía de ellos, y, además, tenía en sus manos al emperador, y eso le otorgaba una sólida garantía de esplendente futuro.
Mi dómina supo de inmediato los devaneos que Livila se traía con el prefecto de los pretorianos, pero en esta ocasión no la importó que la mujer burlara con su adulterio a quien también era su nieto. Sejano era un monstruo brutal y prepotente, pero en aquellos días estaba a su lado y servía a sus fines, y a la vez mantenía al emperador al frente del imperio. Todo, pues, atendía a los planes irrenunciables de Livia.
No obstante y pese a todo, nuestra casa seguía siendo el lugar mejor informado de la ciudad de Roma. Livia, apartada ahora de la corte y vetada por su hijo, hacía caso omiso, y si bien no quebrantaba aquella reclusión si no era el asunto realmente importante, sí que seguía tejiendo e intrigando, y sujetando a distancia las riendas del imperio. Estratégicamente, ahora se había tornado mucho más resignada y afable en apariencia. Reunía con asiduidad a la familia y proclamaba su afán por perpetuar aquella obsesión que tuviera Augusto de hacer parecer que entre los consanguíneos las relaciones siempre eran sumamente cordiales. Ahora eran su nieto Tiberio Druso Cesar, al que siempre hemos denominado Castor, la inestable Livila, y sus hijos Julia, a quien llamamos Helena, y Gemelo. También la vieja Antonia, de quien estoy segura que nos sobrevivirá a todos como el perenne cielo, los pequeños Julia Livia a quien llamamos Lesbia, Drusila, Agripinila, Druso César, Nerón César y Calígula, todos hijos del extinto Germánico. Pero también nos visitaban con regularidad Claudio Druso y Claudia Antonia, los hijos de Claudio y su esposa Plautia, quien otra vez estaba embarazada sin que su marido conviviera con ella. A todos convocaba aquella gran gallina que, de repente, parecía quererlos cobijar bajo sus alas cual tierna matriarca, dulce y benevolente.
Únicamente Agripina parecía declinar sus invitaciones, aunque dejara que sus hijos visitaran a quien era su abuela. Todos iban y venían  trayendo noticias a la casa. Todos entraban y salían a aquel fétido nidal en el que cada cual depositaba su pestilencia inmunda. Todos se amaban y se odiaban como una camada nacida entre el horror al desamparo y el despiadado afán que impone la lucha por la subsistencia. Aquellos fueron los últimos tiempos de mi augusta señora.  

Vivo mis últimos días con la amargura de alguien que ve con nitidez cómo van aproximándose las fauces de la muerte. He despedido al escribano que durante los siete últimos años tomaba estas notas que yo iba dictando, y soy yo misma quien, buscando las horas más altas de la noche, redacto ahora estos escritos, con los que parece que quiero emular al imbécil de Claudio o a mi provocadora esclava Laraine.
Nunca creí, cuando comencé esta tarea, que fuera capaz de proseguir durante tanto tiempo este absurdo recreo. Supe que ella estaba escribiendo nuestras mutuas historias y yo aposté, sencillamente, por aceptar su desafío. Pensé que esta contienda entre nosotras duraría un tiempo más breve, y que en cualquier momento llamaría a mi fámula y la obligaría a que me entregara su obra para quemarla en unión de la mía y reírme de todo. Dos vidas ardiendo en un brasero, menuda ironía. ¿Quién puede desear saber los entresijos de nuestras existencias? Ropa sucia expuesta al populacho.
Sé con seguridad que los historiadores se encargarán de hilar sus distintas maneras de concebir los hechos. Las memorias de los coetáneos se irán diluyendo y, tras tan sólo un par de generaciones, ya casi nada será como ahora es y, nunca, como fue en verdad. La verdad tiene siempre tantas caras como una gema profusamente cincelada. De esa forma, siempre resulta diferente según la hora del día o de la noche a que se mire o el ángulo desde el que se la aprecie. En definitiva: la verdad es siempre inapresable. ¿Qué sentido tiene, pues, querer fijarla de una sola manera? Válganos simplemente con presentar cada cual aquella que consideramos la nuestra. Válganos sólo eso. La verdad es una deidad que a nadie le está permitido apresar, ni tan siquiera a aquellos que han sido actores de hechos o de vidas. Todo es siempre relativo, opinable, nebuloso, impreciso. La historia se establece a través de la fuerza de quienes son capaces de afirmar con más rotundidad lo que creen, lo que opinan, aquello a lo que les obligan o lo que les conviene. No hay verdad absoluta, sino acumulación de retazos más o menos sesgados, creídos o ensoñados; sólo eso. Estos conceptos me fueron enseñados por el pobre Aulo Cremutio Cordo, cuya obra,  en la que elogiaba a Marco Junio Bruto y a Cayo Casio Longino, fue quemada por orden del Senado. En esta ocasión Sejano se sintió ofendido por aquellos escritos, por eso buscó la forma para que desaparecieran y luego se sentenciara a morir de hambre a quien había trenzado, según él, tan absurda patraña. Es así como se hace la verdadera historia con hierro y conveniencia.
                Escribo pues, ahora, desde el infinito cansancio y la desilusión más profunda, desde la tremenda derrota que siempre nos infringe la vida a su final. Ha llegado el momento de que me pregunte para qué ha servido mi vida y mis esfuerzos. Y ante esta pregunta siento la necesidad de cerrar los ojos y tupir mi memoria y no darme respuesta. Roma, mi Roma sigue enfangada de envidias, de odio y de sangre. Nada está consolidado y mi hijo, el emperador, es un ser torpe y débil a quien un ambicioso engaña y manipula para, en cuanto pueda, arrebatarle el trono. Yo vivo confinada y ya son pocos los que intentan mi amistad, pues saben con certeza que mi influencia es mínima y, tal vez, hasta peligrosa y contraproducente. Temo, por ello, más que nunca a la vida y casi podría decir que llamo a la muerte. Sé que ella está ahí, al volver de la esquina; en la sala contigua. Lo sé desde el día nefando de mi último cumpleaños en el que el malvado de mi hijo Tiberio, a modo de infecta lezna, me obsequió con mi horóscopo, trazado por su astrólogo. Múltiples gracias se me han pronosticado; ésta es la mejor prueba de que nada es cierto y que mi fin se me va acercando con zancada segura. Mentiría si dijera que no temo ahora los castigos del tártaro, pues no sé si la diosa querrá hacer extensivos sus avales también en la pradera eterna. Únicamente si yo estuviera segura de que, tras mi partida, los hombres me fueran a elevar a la divinidad, como lo ha sido Augusto, me sentiría a salvo. Pero esto ha de ser después de que haya muerto, y nada hay que pueda acreditarlo salvo la quebradiza promesa de los hombres. Por eso mi última hazaña debería ser asegurarme de que he de recibir esa santificación sea cual sea el precio. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo garantizarme el paso del Eliseo al Panteón Divino? No es tarea fácil, estando rodeada de buitres que sólo quieren engullir la carroña.












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