lunes, 5 de mayo de 2014

XXI. EL SILENCIO Y LA NÁUSEA




XXI.     EL SILENCIO Y LA NÁUSEA


Regresé a la casa de Augusto cuando consideré que había reunido las fuerzas necesarias para poder hacerlo. Habían pasado quince días y, por extraño que pueda parecer, el camino desde Ostia hasta Roma me pareció distinto; bullicioso y alegre; repleto de existencia. Apalabré un asiento en un carro y, durante todo el tiempo fui gozando del hermoso trasiego que ofrece ese paisaje tan nutrido de villas esplendentes, carromatos repletos que hacen los trasportes y gentes de todas las calañas que siempre lo transitan con afán vitalista.
                Ancia me despidió con serena nostalgia. Me despidió como se despide a un hijo que parte hacia la guerra, con la esperanza de un próximo reencuentro y el temor de que eso no sucederá ya nunca, pero con la convicción profunda y aceptada de que ese es el insoslayable destino que se impone y, por lo tanto, nos somete y disciplina a todos. En mi fresco recuerdo llevaba yo todas y cada una de nuestras reflexiones y el olor y el tacto del cuerpo que mejor me ha acogido, de los ojos que mejor me han mirado; de los únicos labios que han pronunciado bien mi nombre desde que ella misma me signara con él. “El pájaro venido desde el mar más lejano”. 

Después de unos días volvió mi esclava más querida de nuevo a nuestra casa. No podría decir en qué se sustanciaba, pero en toda ella se había producido un cambio que tal vez otros no advirtieran, pero que para mí resultaba evidente.
                Desde la visita al bosque, un inmenso abismo se abría entre nosotras, pero a la vez un destello de entrañable comprensión y cercanía venía a mitigarlo, cual si ambas fuéramos presos encadenados a un cabestro único. Es difícil explicar lo que a partir de entonces nos ha seguido uniendo y separando. Ha sido como un acuerdo tácito reforzado, asumido; sellado, aun a pesar de todo.  
                Después de aquella ausencia ya nada ha vuelto a ser lo mismo, o tal vez ya nada era lo mismo antes de aquella marcha. Aun hoy, me resulta imposible matizar nuestra armónica estridencia; esa relación de odio y de ternura, de comprensión y crítica, de impiedad y respeto que siempre nos ha uncido cual bueyes bajo un mismo yugo. Lo que sí puedo decir con el pasar del tiempo, que ahora tanto pesa sobre mi vieja espalda, es que ninguna relación en mi vida, ni siquiera la que me ha unido a mis esposos, ni a mis padres, ni aun a mis propios hijos ha sido tan intensa, turbia y veraz como la que me ha atenazado a mi dilecta esclava. Son éstos misterios insondables que nunca nos serán revelados por mucho que indaguemos. El amarre que se establece entre los seres sin nuestra avenencia, sin lógica ni concurso de principios o sangres; sin tan siquiera, a veces, espacio en el que concretarse o estructura social en que tomar asiento. Pues que hay seres que vienen ya atados desde lejos sin que sea posible precisar el momento en que se gestó su convenio.     
Yo la recibí como si hiciera sólo algunas pocas horas que hubiera salido de mi casa, como si en verdad viniera del mercado, del foro o la necrópolis. Nada le pregunté, pues nada debía averiguar que no supiera. Sabía por mis informadores que había estado en Ostia, en la casa de Ancia, la prostituta que tan buenos servicios me había dispensado en otros tiempos y que ahora en su madurez regentaba una lavandería. Pero todo aquello a mí no me importaba. Únicamente deseaba que Laraine estuviera a mi lado y me asistiera de nuevo en cuanto yo debía hacer para el bien de la patria. Sólo tenía en cuenta que ella, pudiendo irse, había regresado. Ninguna empresa podría yo llevar si no era con el concurso de su aguda mirada.
Tiempo monótono. Mi esposo y yo misma estábamos ya hartos del arcaico Senado. Aquella manada de jumentos sin arrojo y visión obstruía permanentemente, con sus miedos y sus malsanas reticencias, aquellas labores urgentes que debían hacerse. Mecenas traía a diario cuantas noticias boicoteaban decisiones y encargos que nosotros guiábamos.
Hartos de tanto escollo, se imponía una acción rápida y contundente que terminara de una vez con tan gravoso entorno de escrúpulos y rémoras. Por eso, un día que estaban reunidos Agripa, Mecenas y Augusto me acerqué a su círculo. So pretexto de servirles un exquisito vino traído del Vesubio, que acababa de serme regalado por uno de mis fervorosos clientes nativo de Herculano, me introduje en su charla. “Queridos míos, os traigo el mismísimo icor manado del corazón de Baco, linfa del dios, sangre ardiente de Vulcano destilada en los profundos hornos”.
Como solía hacer, dejé mi comentario suspendido en el aire, como si en realidad no me hubiera tomado en profundidad aquellas cuestiones que a ellos les preocupaban de forma tan gravosa. Mi interrupción dejó aplazadas sus cavilaciones.  Escancié el vino con larga parsimonia. Había elegido para ello unas copas de vidrio traídas desde Alejandría que potenciaban el color del néctar y permitían la expansión del aroma de una forma magnífica. La fragancia de aquella ambrosía se difundió al momento. Tomé la copa que había servido para mí y, alzándola, les invité a un brindis. Hice una escueta libación sobre una hermosa palangana y, acto seguido, saboreamos todos la exquisita bebida. Cuando Mecenas se disponía a proferir el obligado y merecido elogio, desoí sus palabras y corte veleidosa. “Devuélvele al Senado la potestas ómnium rerum con la que te han honrado tan generosamente y dimite del consulado ése que renuevas cada inicio de año. Después espera a que vean la reacción del pueblo. Creo que así todo se solucionará por su propia dinámica”. Ante su perplejidad, les escancié de nuevo el dulce y aromático vino rellenando sus copas e inicié enseguida un nuevo y, aparentemente, insustancial comentario, mientras observaba, fingiendo no hacerlo, sus cómplices miradas. “He sido informada de que han llegado al puerto navíos de Tartessus con objetos preciosos. Tal vez me acerque a verlos. Sería una ocasión magnífica para que también vosotros dos fuerais generosos con vuestras dos esposas”. Dije, mirando a Agripa y a Mecenas con una mueca pícara que dejara bien claro que ya no me acordaba de lo dicho sólo un instante antes. Después me ausenté como si en realidad ni tan siquiera yo hubiera pronunciado palabra alguna sobre el asunto oneroso que a ellos les copaba. A aquellas alturas de mi vida ya sabía bien que a los hombres había que hacerlos creer que eran ellos quienes tenían las ideas preclaras y tomaban las más sapientes decisiones. Aquellas glorias fútiles a mí no me importaban. En mi horizonte había otros objetivos mucho más trascendentes.
En efecto, mis planes surtieron un rotundo y pronto corolario. El pueblo se sobresaltó de una forma alarmante. Y de inmediato la Asamblea de circunspectos, asustada, propuso a mi marido un pacto mucho más sólido consistente en un efectivo reparto de provincias entre él y el Senado. Una monarquía soterrada se iba así consolidando con sus pasos más firmes y, lo que era más serio, sin que nadie pareciera, salvo yo, percatarse de ello. Las provincias senatoriales serían las ya pacificadas. Las imperiales estarían integradas por Lusitania, Tarraconense, Narbonense, Gallia, Córcega, Cerdeña, Dalmacia, Ilírico, Cilicia y Siria. En todas ellas Octavio sería su procónsul, mandaría las tropas y nombraría los legados con libertad sin límites. La felicidad de Augusto era completa con aquel nuevo logro. A todo ello se le unía Aegyptus como posesión personal; como un regalo por servicios prestados. También se dejaban, de una vez por todas, regulados importantes aspectos de orden económico. El Senado administraría el aerarium populi romani, pero Augusto administraría personalmente el Fiscos. De ese modo, el tesoro quedaba en manos de aquella caterva de preclaros arcaicos, pero los impuestos los manejaría yo. Ya se vería cómo.
Mis planes, sin embargo, eran mucho más ambiciosos y a un plazo mucho más dilatado. Por eso, durante una decena de años fui urdiendo lentamente mi entramado de un modo semejante a cómo las hormigas van, poco a poco, colmando sus graneros. Ejercité mi paciencia y aprendí a “morder con la boca cerrada”. La diplomacia, esa especie de cinismo elegante y bien medido, era fundamental. Necesitaba preservar a mi hijo, tenerlo cerca de mi lado, y, eso, aun a riesgo de que Augusto sólo lo considerara como un mero ayudante. A riesgo de que únicamente lo tuviera en cuenta para encargarle trabajos insultantes como que se ocupara de elaborar el censo de hombres sin trabajo o prevenir incendios, en una ciudad plagada de maderas y paja y llena de basuras y escombros tan altamente ígneos.
Por eso hice traer a Roma, aun contra su voluntad, a Tiberio y esperé con paciencia a que Agripa se fuera consumiendo en campañas y viajes, si bien nunca le quité mi mirada de encima. Y cuando brotó nuevamente la rebelión en las tierras cántabras de la lejana Hispania, animé a Augusto a que lo enviara a sofocarla, argumentando que solamente él sería capaz de conseguir un triunfo en un lugar tan bárbaro y abrupto.
Fue por entonces cuando Julia dio a luz a Cayo César, su primogénito, con aquel viejo mulo que luego la preñaría con éxito hasta en otras cuatro veces. La vehemencia de Agripa hizo que Julia estuviera encinta casi continuamente. Fueron cinco los alumbramientos, aunque el viejo carnero no consiguiera ver a su último vástago al que pusieron por nombre, como era de lógica y razón, Marco Vipsanio Agripa “Póstumo”.
La muerte de Virgilio dejó a la menguada Octavia en franco desamparo; aturdida y perdida como una loca auténtica de cuyo horizonte se hubieran borrado hitos y referencias. El día entero lo pasaba mohína y ofuscada, pálida y tendida en su lecho reclamando su muerte. Una vez más, aproveché su desolación para acercarme a ella con sigilo y de espaldas. Ahora más que nunca necesitaba tener a toda aquella desmesurada familia en mis proximidades, y Octavia se había convertido en toda una matrona simple y acogedora, que ahora se anexionaba el afecto de almíbar que concitaba su mustio desconsuelo.
Sólo desde el exacto conocimiento de cuanto se fraguaba en los sótanos y alcantarillas familiares se podía controlar lo que era conveniente para aquella desbocada piara. Y es que la obtención del máximo poder siempre se ha sustentado sobre el conocimiento y el hábil manejo de las trastiendas y almacenes de las almas humanas de quienes lo disputan. Los enredos de lecho, las envidias y celos y los secretos que cada uno tenía y soportaba sobre su conciencia o su ánimo, eran los hilos con los que yo tejería mi tapiz más hermoso, más resistente y cálido.
Fueron años repletos de asuntos sustanciales. Enumerar prolijamente cada uno de ellos llegaría de nuevo a abrumarme, y ya no tengo fuerzas para asumir recuerdos enojosos como lo hacía antes. Lo duro de vivir no son los hechos trágicos que nos han sucedido, ni siquiera los temores o afrentas que hemos soportado. Lo más duro es soportar la acumulación de recuerdos que, ocultos como agresores en la niebla, siguen interrogándonos con sus alientos fétidos y acuchillándonos con sus puyas de culpa. Pero no nos distraigamos con sensibles acíbares que para nada valen y son sólo un síntoma de morbidez indigna.
La situación cada vez más difícil exigió que Augusto supervisara de forma personal los asuntos concernientes a La Capadocia y a las tierras de Armenia, como reinos vasallos. Algún tiempo después también en los predios del Cáucaso se hizo imprescindible un control contumaz y exhaustivo. Los años que siguieron fueron turbios e inciertos; demandantes de una mano de hierro que pudiera domarlos. Sólo algunos alivios nos dieron esperanzas. Una vez más, los correos de Hispania trajeron la noticia de que el heroico Agripa había logrado de nuevo su objetivo.
Unos meses después también nos alegró el reporte de que la conquista de Retia había sido un triunfo de mi pequeño Druso. Consecuencia inmediata era que así se anexionaba la frontera marcada por el río Danubio a las provincias llamadas imperiales, que estaban bajo nuestro dominio. Sin duda alguna, aquello fue un excelente alivio y un presente magnífico para todos nosotros. Después nos tuvo ocupado el reino de El Bósforo. Mas el pacto establecido con Agripa para que durante cinco años éste compartiera con Augusto el gobierno de Oriente, no llegó a su remate. Aunque deba reconocerse que la buena administración ejercida en Siria logró, por fin, que Roma obtuviera el respeto de todos los judíos.
Creo que luego vino la campaña en Panonia, más allá de la frontera natural que establece el Danubio. Y fue entonces y allí donde la diosa definitivamente escuchó mis plegarias largamente invocadas. Marco Vipsanio Agripa debía encaminarse al fin a su morada eterna. Un invierno extremadamente duro hizo regresar enferma a la fiera a su cubil en Roma. Ya en nuestra ciudad, no más de cinco meses fueron suficientes para que se marchara del mundo de los vivos y para que aquel robusto león, que tanto había engrandecido Roma, dejara de ser un inconveniente para mí y mi proyecto.
Todo resultó inútil para su salud. Todo, aunque hubo contado con los mejores médicos y remedios mercados en el África y en las tierras de Oriente. Hasta mi propio médico intervino de forma muy notable en aquellos cuidados que, al final, no alcanzaron el éxito. Augusto sintió su pérdida más que si le hubieran cortado alguno de sus brazos o arrancado una pierna. Lloró con desconsuelo por su yerno y amigo. Yo también lo sentí, aunque a mi modo. Yo nunca he sido de ayes plañideros ni de esténtores profusos. En mí, un dubio sentimiento luchaba sin descanso entre júbilo y pena, cual especias opuestas empleadas en un guiso exquisito.
Tras la muerte de Agripa todo fue diferente.
Mi esposo, en un acto de amor inenarrable, más propio de una viuda transida, adoptó a sus dos hijos Cayo y Lucio haciéndolos cual primogénitos propios. Y no llegó a lo mismo con el pequeño Póstumo para que no se desdibujase en las eternas crónicas el nombre de su padre de sangre.
Julia también se consternó de un modo estrafalario.
Yo les animé a ambos a que dieran rienda suelta y escenificaran toda esa sarta de idiotas necedades que atizan las penas y lamentos, y las debilidades de hombres inmaduros y mujeres patéticas. Mi criterio era otro, sobre todo si se estaba al frente de un imperio y el pueblo nos miraba como ha de mirar a guías, próceres o caudillos. La muerte era la muerte y había que soportarla con la normalidad con que se soportaba la narcótica vida, su furia y sus reveses. Pero mi contento era tal que podía permitir a mi alrededor tamaños desvaríos sin liberar mi sarcasmo más ácido e, incluso, sin desatar mi ira más vehemente ante aquella dúplice adopción con la que nuevamente se injuriaba a mi hijo. Claro que Cayo y Lucio eran sus nietos más directos, los hijos de su hija. Pero eso a mí no iba a impedirme perseguir mi propósito y confiar en él más que lo hiciera nunca.
Diré que aquellos años se pobló nuestra casa de una prole bulliciosa y caótica. Unos y otros se pusieron a procrear como hacen las ratas, cual si entre ellos se hubiera establecido una terca porfía. Al rededor de mi nuera Antonia, mis nietos, el pequeño Germánico y su hermana Livila iban y venían sin permitir descanso, demandando atenciones y apuntando recelos. Aún no nos habían castigado los dioses con el idiota Claudio, quien aún sigue hoy arrastrando su perenne torpeza y su asquerosa baba. Por otra parte, Agripina obtenía de Julia, su madre, y de su abuela Escribonia protecciones y amparos tan desmesurados, que iban haciendo de ella la muchacha rebelde y protestona en que luego fraguara. Todo un mundo de intereses y envidias soterradas comenzaba a agitarse cual agua en un caldero colgado sobre una enorme lumbre. Y ante aquella fogata de envidia y vanidad, yo, solamente yo, era consciente de la enorme pitanza que se estaba cociendo para alimento de aquella torva recua.
La muerte del apreciado Agripa me ofreció, sin embargo, la posibilidad de una nueva e importante baza en esta farragosa partida que ha ocupado mi vida. Aunque, después, el tiempo venidero me hiciera consciente de las dificultades que entrañan algunos movimientos que en un principio nos parecen tan lógicos, tan simples y oportunos.
Pero, al mismo tiempo, la muerte de Marco Vipsanio Agripa dejó un gran vacío entre el pueblo y una enorme carencia a nuestro lado, aun a pesar de todo. Nadie podía negar que él hubiera sido para Augusto el portador de aquella fuerza militar y ejecutora que le había procurado un imperio magnífico. Fuerza de la que, en honor a la verdad, debo reconocer que Augusto carecía. Juntos, inteligencia y energía, habían procurado aquel presente de éxitos y esperanza sobre el que se cimentaba mi ambicioso proyecto. Con su falta, el conjunto quedaba muy dañado, por ello se imponían profundos movimientos que, al parecer, tan sólo yo veía. Llegado era el tiempo de arriesgarnos a seguir sin el apoyo de aquel que hasta entonces había sido considerado guerrero imprescindible, pero quien ya para entonces suponía un estorbo de no poco calibre.
En un acto de gratitud por su muerte y de sincero  reconocimiento a sus virtudes patrias, visité entonces con respeto y fervor el templo que Vipsanio había levantado en el Campo de Marte con su propia fortuna. Aquel ámbito santo que había dedicado a los dioses protectores de la gens de los Julia. Marte, Venus y el Divo Julio Cesar debían sentirse orgullosos con aquella suntuosa morada consagrada a ellos. Aquella soberbia construcción levantada con bloques travertinos y forrada con mármol traído de Carrara refulgía como una joya única de contundencia armónica en medio de aquel recinto destinado a las huestes. Sus enormes columnas sujetaban capiteles de bronce que daban al conjunto un aspecto feroz y miliciano. Un semblante que sintetizaba con precisión excelsa los componentes y virtudes personales de aquel excepcional soldado, amigo inefable y probo compañero que había sido el loable Agripa.
Después de aquel día, he visitado muchas veces el Panteón de Agripa. Es éste sin duda el más soberbio edificio que se levanta en Roma. Mi vista entonces no era la de ahora. Pero de todas formas, ya desde lejos puede leerse con nítida claridad la inscripción que exhibe su friso como una proclama destinada a desafiar al sol, el hielo, el viento y las tormentas. Y dice así: “Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, lo hizo”. Sentí entonces, y he sentido muchas veces después, cómo esa cartela mira con una mezcla de insolencia y verdad a todo el que la encara. Con la insolencia propia y la verdad desnuda de quien ya no se rigiera por las leyes humanas y tuviera potestad para ver en las almas. No sé muy bien por qué, pero siempre he creído que ese desafiante letrero lo escribió para mí y que ese edificio lo levantó para medir su fuerza con la mía. Él alzó un monumento, yo un enorme imperio aprovechando, entre otros, su brazo.
Recuerdo aquel día con un hondo respeto. Cierro ahora los ojos y vuelvo a evocar los pálpitos de entonces. Recuerdo que, según me iba aproximando al tabernáculo, pensé en cómo las obras de los hombres sólo tienen sentido después que estos se han ido del mundo para siempre. Aquella regia construcción, loada y admirada desde el día mismo de su inauguración, que había recibido elogios y adhesiones de propios y foráneos por ser conmemoración de la victoria de Actium, se hacía ahora, ante mí, infinita y eterna, colosal y enigmática; única y perdurable. Y un pálpito interior me hizo sentir que allí y sólo allí estaba encerrada el ánima de Agripa. Que aquel panteón rodeado de aquella plaza circular porticada, frente al templo del divino Neptuno, miraba al mundo con ojos invisibles de auténtica jactancia. Supe entonces que ninguna de las otras innumerables obras que el gran hombre había acometido durante su etapa de edil sería como ésta. Ni acueductos o termas, ni jardines o pórticos, ni siquiera sus importantes obras en la Cloaca Máxima, podrían rivalizar con el bello edificio rectangular y enorme; cabal e inescrutable.
Después, ya dentro de la cella del templo, abrigada por sus umbríos muros que de improviso me recordaron a sus potentes brazos, pensé que en realidad yo había amado y deseado a aquel hombre sin apenas saberlo. Su burdo atractivo, consistente en una mezcla de fiero arrojo y tímida dulzura, siempre me había fascinado de forma subterránea. Entonces entendí que si no hubiera estado Augusto en mi cabeza, él hubiera sido el hombre a quien yo me hubiera entregado feliz y complacida. Recordé, de otra parte, cómo la férrea amistad que Mecenas, él y Augusto habían incubado en los días en que Cesar les enviara a estudiar a Apolonia, en Iliria, se sintetizaba de una manera única en aquel raro ambiente que siempre se respiraba cuando los tres camaradas se encontraban juntos en una misma estancia y yo deambulaba entre ellos cual si fuera su musa. Y es que aquel grupo de hombres conformaban un raro animal versátil y tricéfalo que ahora había perdido una parte sustancial de su naturaleza. Infinita desgracia. Pero yo estaba allí para suplir la pérdida o restañar la llaga. La sagrada Cibeles seguía encomendándome cada vez misiones más difíciles y más controvertidas y yo sólo era la fámula -alguna vez verdugo- que cumplía sus órdenes sin ofrecer reservas. Pero tal vez no sea oportuno decir que yo era su verdugo sino sencillamente su dócil servidora.

Mi vuelta a la casa de Augusto estuvo revestida de una tibia normalidad. Mi dómina ni siquiera me dirigió un saludo. Me vio en el atrio y, sin otra palabra ni otro gesto, me preguntó si ya estaban hervidas y en su punto unas hojas de parra rellenas de carne de alondras y de pasas que había ordenado servir en la comida que debía ofrecerse aquel día a una selecta delegación de embajadores partos. “Ah, y que el servicio no sea dispuesto en el triclinium sino en el gran cenáculum, que ofrece más holgura. Y que no falte el calentador portátil para el vino”, me dijo según se alejaba.
Era como si en modo alguno hubiera sucedido el hecho de mi ausencia; como si el tiempo de mi tribulación, transcurrido en Ostia, jamás hubiera tenido cabida en nuestras vidas. El resto del servicio me recibió de modo muy distinto. Aunque enseguida supe que ella les había ordenado de forma imperativa que a nadie comentaran mi ausencia de la casa y que, cuando yo regresara, se ahorraran saludos y aspavientos que a nada conducían y eran un insano desperdicio de tiempo.
Fue entonces cuando decidí no hacer manifestación alguna de la transformación que se había dado en mi garganta. No. No diría a nadie que ya podía nuevamente hablar. Había vivido más de cuarenta años muda y no me había ido mal ¿Para qué cambiar ahora las cosas? Además, mi mudez era la cualidad de mí que, aparentemente, más valoraba mi señora y mi entorno. Si yo dejaba de ser muda, tal vez a ella ya no le interesaran mis servicios. En mi silencio había estado guarecida mi fuerza. Por otro lado, aquella deficiencia había hecho desarrollar en mí otras cualidades a las que yo tenía un singular aprecio; un respeto evidente, y hasta una gran gratitud. Mi mirada, el gesto de mi cara, sereno y contundente, el vuelo de mis manos nítido y muy preciso. Nadie sospecharía de mi nuevo secreto.
Para todos yo era la Laraine muda y esa seguiría yo siendo. Además, mi palabra se convertía ahora en mi arma secreta: yo podía callar como hacen los muertos pero, a la vez, y, si me era necesario de forma imperiosa, hablar como hace un orador y otorgar validez a cuanto conocía. Y ante quienes me rodeaban, yo podría ser como dos personas distintas según se hiciera precisa mi mudez o mi habla. Sobre todo si se presentaba alguna situación espinosa de denuncia o justicia. Los terrenos en los que últimamente mi señora se movía y a los que me arrastraba eran peligrosos y muy comprometidos. Tener un arma secreta frente a ello era una precaución y, tal vez, incluso, una magistral garantía. No, no les diría nada.



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