XXII. LOS DÓCILES CARNEROS
Los años que siguieron fueron lentos y espesos,
como el camino
que emprende una oruga que se hubiera extraviado de sus otras hermanas con las
que iba en fila. La casa de mis amos comenzó a estar cada vez más y más
concurrida y, al aumento familiar por nuevos nacimientos, había que sumar
siempre los numerosos clientes que Livia recibía y las múltiples delegaciones
extranjeras que ella atendía de forma personal, y que no pocas veces hacían su pernocta.
Antonia, la esposa de Druso, y Julia,
la viuda de Agripa, permanecían en la casa de Augusto casi continuamente, y los
pequeños Cayo, Lucio, Claudio, Germánico, Livia, Póstumo, Castor, Agripina y
Julia, la menor, llenaban la vivienda de esa algarabía vital y desatenta que
siempre aportan los niños y los jóvenes. Las labores domésticas se
multiplicaron y el trabajo en la cocina, que yo regentaba y supervisaba
minuciosamente, se convirtió en algo realmente complejo. Máxime sabiendo la
precisión y exquisitez que mi dómina
requería siempre para sus invitados. Pero a pesar de ello, yo buscaba el tiempo
y el ánimo necesarios para poder atender a estos muchachos jóvenes, pues que su
compañía me revitalizaba como ninguna otra. En ellos encontraba yo la forma de
dar salida a un afecto que nunca antes había sido capaz de explicitar. Sus
risas y sus juegos suplían en mí a los que yo nunca había tenido o, si los tuve
un día, ya había olvidado.
También durante este tiempo se
estableció entre mi señor Octavio y yo un vínculo más cálido y afable. Siempre
había recibido de él un trato deferente pero ahora, a raíz de los cuidados que
yo le dispensaba con motivo de una dolencia íntima que él ya padecía, mi señor
se me mostró más cercano que nunca. Pude entonces calibrar su calidad humana,
su aguda inteligencia y todas las debilidades que él atesoraba y que, al
parecer, ante mí jamás buscaba enmascarar. “Te tengo un gran aprecio, Laraine.
Tanto que ya ves hasta qué cosas te dejo que me veas”, me dijo un día sin que
yo lo esperara mientras le aliviaba su dolora y putrefacta fístula. “Señor, yo
también os lo tengo”, le dije de una forma sentida y espontanea. “Sí, pero no
tanto como yo. Ya ves, tú no me enseñas tus intimidades”, me dijo envuelto en
una carcajada. Y siguió: “Tú sabes bien a lo que me refiero. Tu presencia aquí,
entre mi esposa y yo, es mucho más importante de lo que nadie sabe. Tú eres uno
de los ocultos pilares que sostienen mi casa, que es como decir que sujetan a
Roma”. Yo me ruboricé y mi corazón se puso a latir como sin freno. En cuanto
pude, terminé mis cuidados y me marché asustada. No es que yo no supiera
aquello, es que, ratificado por Augusto, aquello tomaba una nueva entidad.
En los primeros meses, tras la vuelta
de mi retiro en Ostia, la actividad rutinaria de Livia y sus ocupaciones la
hicieron remansar hasta tal punto que yo llegué a creer que mi estado de ánimo
y la contrariedad vividas habían sido algo falaz y desproporcionado forjado por
mi parte, casi una exageración propia de una mente proclive al miedo o la
locura. Sin embargo, apenas hubo muerto Agripa y a ser empezado a olvidar,
Livia comenzó nuevamente a actuar de un modo furtivo y clandestino.
Ya desde la noche misma del doloroso
óbito, ordenó a Tiberio que consolara a Julia en su alcoba privada, en la que
ella se deshacía en lágrimas veraces y sentidas. Para todos era notoria la
predisposición que Julia desde siempre había
tenido hacia su hermanastro. Tiberio era un muchacho atractivo y sensible, y
esto es algo que siempre nos gusta a las mujeres siempre que no sea menoscabo o
quebranto del impulso inherente de macho.
Julia lo idolatraba, aunque aquella atracción
tal vez estuviera atizada por la indiferencia que éste le había profesado desde
que eran muy jóvenes y fueran reunidos bajo un mismo techo y obligados a actuar
como hermanos. Nada hay que estimule más el fuego del deseo que el desdén
recibido de modo sistemático. Y de ello se sirvió Livia para hacer que Julia
considerara que, viuda ya de Agripa, su próximo objetivo era desposar a Tiberio.
A esto mi señora estaba totalmente dispuesta, pues que era el modo perfecto de
que su vástago entroncara con Augusto definitivamente, al ser ya no sólo
hijastro sino yerno de éste.
De nada sirvieron ni la rotunda
negativa de Tiberio ni las lágrimas heridas de la dulce Vipsania Agripa, de
quien era obligatorio que él se divorciara alegando repudio, y, mucho menos, el
desconsuelo del pequeño Castor que no se imaginaba a su padre y a su madre
viviendo separados.
Una vez más la implacable “diosa Livia”
ordenaba futuros y determinaba tálamos, coyunturas y amores. Vipsania se rompió
de dolor y una sirvienta la encontró en el baño cuando, deshecha y humillada,
se disponía a cortarse las venas, tras haber mantenido una conversación
hermética con quien era mi dómina y su
suegra.
No pocos de su entorno aseguraron que habían
sido las recomendaciones de Livia quienes la habían llevado a aceptar tan épico
remate, tras exhortarla con tisanas y su verbo insuflado de que la patria a
veces requería que las mujeres de Roma se inmolaran como excelsas actrices de
realidades épicas; de entregas generosas, infinitas en gloria.
De estas habladurías, yo sólo puedo
testificar que mi señora mandó recado a su transida nuera y se encerró con ella
en su mejor despacho. Aquel que no tenía ni celosías ni huecos y, por tanto,
era un claustro de muros insondables. La doliente, que entró envuelta en
lágrimas y ostentando vértigos y temblores, salió de aquella vista tiesa como
una estatua, con la vista lejana y sin enfoque claro y como si en realidad para
nada le importara ya el mundo que sus plantas pisaban en su inestable marcha.
Yo la vi alejarse aquel anochecer, guiada por la antorcha y el brazo de un
esclavo, como se diluye un espectro tragado por la niebla.
Cuando Livia se enteró de que la había
salvado una criada, lo que hizo que Tiberio viniera furibundo a increpar a su
madre, ella se le encaró con furia sin medida, sacó sus garras y le ordenó que
no diera espectáculo. Luego se serenó y, con sedoso verbo, le razonó a su hijo que,
si aquella demente había querido matarse sajándose las venas en el baño, ésa
era ya una razón suprema y poderosa para que la dejara sin pérdida de tiempo y
tomara otra esposa más sensata y estable. Y remató: “Una nación no se rige con
histerias y lágrimas. Una nación exige
frialdad y equilibrio”, y remató llamándolo imbécil.
Abrumado Tiberio por su madre y
Augusto, no tuvo más remedio que aceptar el casarse con Julia. Pero, desde la
primera noche del desposorio, él se mostró extraño en los juegos de tálamo, lo
que atizó mucho más la vehemencia de ella y su avarienta lascivia contenida por
años y atendida a placer por su difunto esposo.
Livia buscó enseguida un nuevo cónyuge
para la abatida Vipsania. Cayo Asinio Galo, hijo de Cayo Asinio Polión, un
viejo amigo de Virgilio y de Horacio, fue el afortunado que recibió a la
hermosa y sensible, enjugó sus lamentos y, con tacto exquisito, ordenó sus
dislates derrochando grandes dosis de paciencia y cariño. Tiberio se retorció
iracundo al verse suplantado, pero su madre le fulminó imperiosa. “O aceptas
mis designios o te envío al destierro y se acaba esta estúpida historia de
miras tan estrechas”, le oí que le decía en una de sus muchas reyertas de bilis
maternales. Y sé y aseguro que estaba dispuesta a cumplir su amenaza.
Fueron días amargos para Tiberio, que
aborrecía a Julia y que sufría el desamparo que le otorgaba su monótona vida
como subsidiario de Augusto en la intrigante y enmarañada Roma. Únicamente la oculta
complicidad con su hermano Druso y con Antonia, la esposa de éste, le ofrecía
sosiego y un punto de templanza. Pero los eficaces espías desplegados por la
astuta Livia hicieron su labor e informaron a la madre y vigía de que su otro
hijo, proclive a la república, seguía contaminando a su hermano mayor con ideas
nefastas. Aquello enfureció a Livia nuevamente, que no estaba dispuesta a que
nadie estorbara a sus planes y, mucho menos, que esa resistencia viniera del
otro de sus hijos. Ello la hizo disponerse a dar un nuevo e inhumano zarpazo
que una vez más dejó al descubierto ante mí cual era su verdadera entraña si es
que la tenía.
Esta vez, y como trazado por los
dioses más viles, el levantamiento de los queruscos en Germania le sirvió la
ocasión cual capón en bandeja. Hábilmente, consiguió de Octavio órdenes para
que Druso partiera hacia las tierras inhóspitas del Rin, a la vez que convencía
a Antonia para que lo acompañara, aun a pesar de que la abnegada esposa, hija
de Marco Antonio y Octavia, estaba embarazada. Pero esa mujer siempre amó a su
marido de tal modo, que no puso reparos al asunto. Más bien, apoyada por su
suegra, se sintió mucho más fuerte para vencer las reticencias de su esposo a
hacer tan temerario traslado. Al mismo tiempo, y con un fingido afán de afable protectora,
incluyó en la expedición a su ferviente médico, aquel cuyas ocultas mañas tan
bien sabían obrar siempre a favor de sus empeños.
Pocos meses después del nacimiento del
pequeño Claudio, cuyo parto penó la pobre Antonia lejos de los cuidados que
hubieran sido lógicos, Druso moría. Y lo hacía, de forma sorprendente, de una
gangrena declarada tras una vulgar caída de caballo. Las encontradas opiniones de
su médico personal y del de Livia, que teóricamente les habían acompañado para
atender únicamente el parto de la inseparable Antonia, torpemente resuelto,
llevaban la herida a un terrible estado con remate de muerte.
Por brutal que parezca, no vi a Livia derramar
ni una lágrima de dolor por su hijo. Si debo ser sincera y hablar con mis
entrañas, más bien debo decir que la sentí como si en realidad alguien la
hubiera liberado de una rémora incómoda. Como en otras múltiples ocasiones,
recibió los despojos del que había sido la carne de su carne con el semblante
estoico. El rostro inmutable que exhiben las más hermosas efigies de los dioses,
cuya belleza e impavidez parece no conocer nada de lo que de terror, odio y
dolor tiene siempre el convulso mundo para quienes vivimos. Y, durante las
pompas fúnebres que Augusto decretó para su hijastro, observé a mi gélida dómina ostentando la jactancia de la
matrona que con hierático engreimiento ha entregado un hijo en honor de la
patria y se siente fríamente orgullosa. No creo, pues, que ella considerara la
pérdida de Druso como algo diferente a las vidas que, en defensa o
glorificación de Roma, se cobraban destino o enemigos en tierras extranjeras o
en campos de batalla.
De nuevo la brutalidad se imponía ante
mis propios ojos. Nadie reprochó a aquellos necios sangradores y nadie les
pidió formalmente razón de su tenso litigio sobre cómo tratar la herida asesina.
Antonia se limitó a despedir al suyo y, unos meses después yo supe que aquel
infeliz fabricante de pócimas había muerto en una oscura pendencia habida en el
transtiber. Sin embargo, el impúdico médico de Livia siguió gozando de un favor
dudosamente merecido, al menos a los ojos de Augusto y de cuantos le veíamos
deambular con bula por la casa cual si fuera, él mismo, espectro primordial de
la muerte.
Tras saber la noticia y saber cómo se
habían despachado los hechos, volví a saborear la amarga hiel que dispensa la
culpa y, esta vez, con una virulencia avivada. Yo no puedo negar que
presintiera que algo sumamente terrible nos iba a acontecer, desde el momento
mismo en que advertí aquellos movimientos que Livia disponía tan afanosamente para
el viaje de Druso y de la cándida Antonia. Y cuando les despedí besé a
Germánico y a la pequeña Livia y toque el vientre abultado de Antonia, en el
que se albergaba el que luego sería el desgraciado Claudio. Lo hice con el
presentimiento de que tal vez, por alguna extraña razón que yo no alcanzaba a
precisar, ya nunca más volvería a besarles. En cuanto a ellos me equivoqué, por
lo que siempre he sentido gratitud infinita.
Por todo ello, tras el negro suceso,
me resultaba de nuevo imposible estar en presencia de ella, adecentar sus
ropas, servirla en su triclinium e,
incluso, cruzarme en su camino por el impluvium
o el atrium, anunciarle la presencia
de alguno de sus clientes en su tablinum o verla aparecer por las
cocinas o el baño, elegante e ingrávida, como si en realidad la pena no se
fijara en ella y la empalideciera.
Entonces llegué a repudiar el olor de
su ropa, sus perfumes y afeites, sus pelucas y joyas, sus cojines y asientos,
sus platos y sus copas. Todo me parecía manchado de sangre inocente; de la
sangre terrible de su propio heredero. Y hubo un momento en el que de nuevo
volvieron a mí las dudas y los viejos temores. Sin embargo, me repuse y
comprendí que había llegado el momento de enfrentarme a ella como nunca antes me
había atrevido.
Recuerdo que mi actitud no fue otra
sino la de mostrarle con nitidez lo que mi corazón sentía y mi mente pensaba.
Una frialdad infinita se estableció entre ambas como ese hielo negro que cae de
madrugada en los meses más gélidos. Yo era su esclava y ella mi señora, la
esposa de Augusto, el hombre más importante de Roma, pero eso no parecía hacer
disminuir ni un ápice mi odio y repugnancia a ella. Recuerdo también que la
tensión entre nosotras era tal, y tan sostenida por mi parte, que comencé a
comprobar cómo ella eludía que estuviéramos solas. ¡Quién podría creerlo! Livia
temiendo a alguien. Mas era así. Cuando ella estaba departiendo con otros y yo
aparecía forzada por mi oficio, Livia se violentaba, urgía su elocuencia y
hablaba de una forma más atropellada y nerviosa. Lo hacía como si temiera que un
posible ápice de silencio descubriera aquella tensión que, por otra parte,
nadie parecía percibir salvo nosotras.
Aquella situación se mantuvo durante
algunos meses como una tormenta inquietante encajada en los cielos que amenaza
en negrura y no descarga nunca. Durante ese tiempo fuimos dos animales feroces enfrentados;
dispuestos a destrozarse el uno al otro si el precario equilibro llegaba a
alterarse.
Sin embargo, en medio de mi rencor,
había algo que minaba mi ira hacia ella. Era algo que, de vez en cuando, me
hacía sentirme culpable de algo impreciso, algo que analizaba mi actitud y me
acusaba de ser soberbia y despiadada para con aquella hacia quien tanto sentía
pese a mi voluntad. ¿Quién era yo para juzgar el alma de una diosa y el obrar
de su mano? E indagando en aquel sentimiento dubio y tenebroso comencé a
descubrir que en el fondo más subrepticio y vil de mi maldita alma yo sentía un
extraño cariño hacia Livia; un afecto basado, repugnantemente, en la
admiración. Aquella fuerza suya, aquella impasibilidad para obrar sin temor ni
inquietud, sin dudas ni reproches, para hacer cuanto quería según le dictaba la
mente más fría y descarnada, ejercía en mí un incomprensible atractivo. Supe
entonces que aquella mujer y yo estábamos mucho más unidas que lo que yo podía
sospechar; que su destino y el mío, su existencia y la mía, estaban más
soldadas que cuanto yo hubiera imaginado en mis peores vaticinios y cálculo.
Tal vez no éramos más que las dos caras de una misma moneda. Una cara con
apariencia amable y una cruz con potestad para mostrar su traza depravada. Una
moneda indigna y despreciable tal vez, pero una moneda con la que podía y debía
adquirirse el destino del mundo. Tras aquel descubrimiento, sentí terror ante
mí misma; más terror que el que nunca había sentido ante ella o por ella. También
la maldad, la infinita maldad era así de seductora y admirable, atraía y
subyugaba de una manera férrea, como un vicio narcótico que muerde en nuestro
espíritu, dirige nuestros actos y nos nubla emoción y sentido, y, si es
necesario, nos lleva hasta la muerte cual dóciles carneros prestos a
autoinmolarse.
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