lunes, 5 de mayo de 2014

XXII. LOS DÓCILES CARNEROS



XXII.    LOS DÓCILES CARNEROS


Los años que siguieron fueron lentos y espesos, como el camino que emprende una oruga que se hubiera extraviado de sus otras hermanas con las que iba en fila. La casa de mis amos comenzó a estar cada vez más y más concurrida y, al aumento familiar por nuevos nacimientos, había que sumar siempre los numerosos clientes que Livia recibía y las múltiples delegaciones extranjeras que ella atendía de forma personal, y que no pocas veces hacían su pernocta.
Antonia, la esposa de Druso, y Julia, la viuda de Agripa, permanecían en la casa de Augusto casi continuamente, y los pequeños Cayo, Lucio, Claudio, Germánico, Livia, Póstumo, Castor, Agripina y Julia, la menor, llenaban la vivienda de esa algarabía vital y desatenta que siempre aportan los niños y los jóvenes. Las labores domésticas se multiplicaron y el trabajo en la cocina, que yo regentaba y supervisaba minuciosamente, se convirtió en algo realmente complejo. Máxime sabiendo la precisión y exquisitez que mi dómina requería siempre para sus invitados. Pero a pesar de ello, yo buscaba el tiempo y el ánimo necesarios para poder atender a estos muchachos jóvenes, pues que su compañía me revitalizaba como ninguna otra. En ellos encontraba yo la forma de dar salida a un afecto que nunca antes había sido capaz de explicitar. Sus risas y sus juegos suplían en mí a los que yo nunca había tenido o, si los tuve un día, ya había olvidado.
También durante este tiempo se estableció entre mi señor Octavio y yo un vínculo más cálido y afable. Siempre había recibido de él un trato deferente pero ahora, a raíz de los cuidados que yo le dispensaba con motivo de una dolencia íntima que él ya padecía, mi señor se me mostró más cercano que nunca. Pude entonces calibrar su calidad humana, su aguda inteligencia y todas las debilidades que él atesoraba y que, al parecer, ante mí jamás buscaba enmascarar. “Te tengo un gran aprecio, Laraine. Tanto que ya ves hasta qué cosas te dejo que me veas”, me dijo un día sin que yo lo esperara mientras le aliviaba su dolora y putrefacta fístula. “Señor, yo también os lo tengo”, le dije de una forma sentida y espontanea. “Sí, pero no tanto como yo. Ya ves, tú no me enseñas tus intimidades”, me dijo envuelto en una carcajada. Y siguió: “Tú sabes bien a lo que me refiero. Tu presencia aquí, entre mi esposa y yo, es mucho más importante de lo que nadie sabe. Tú eres uno de los ocultos pilares que sostienen mi casa, que es como decir que sujetan a Roma”. Yo me ruboricé y mi corazón se puso a latir como sin freno. En cuanto pude, terminé mis cuidados y me marché asustada. No es que yo no supiera aquello, es que, ratificado por Augusto, aquello tomaba una nueva entidad.      
En los primeros meses, tras la vuelta de mi retiro en Ostia, la actividad rutinaria de Livia y sus ocupaciones la hicieron remansar hasta tal punto que yo llegué a creer que mi estado de ánimo y la contrariedad vividas habían sido algo falaz y desproporcionado forjado por mi parte, casi una exageración propia de una mente proclive al miedo o la locura. Sin embargo, apenas hubo muerto Agripa y a ser empezado a olvidar, Livia comenzó nuevamente a actuar de un modo furtivo y clandestino.
Ya desde la noche misma del doloroso óbito, ordenó a Tiberio que consolara a Julia en su alcoba privada, en la que ella se deshacía en lágrimas veraces y sentidas. Para todos era notoria la predisposición que Julia desde siempre  había tenido hacia su hermanastro. Tiberio era un muchacho atractivo y sensible, y esto es algo que siempre nos gusta a las mujeres siempre que no sea menoscabo o quebranto del impulso inherente de macho.
Julia lo idolatraba, aunque aquella atracción tal vez estuviera atizada por la indiferencia que éste le había profesado desde que eran muy jóvenes y fueran reunidos bajo un mismo techo y obligados a actuar como hermanos. Nada hay que estimule más el fuego del deseo que el desdén recibido de modo sistemático. Y de ello se sirvió Livia para hacer que Julia considerara que, viuda ya de Agripa, su próximo objetivo era desposar a Tiberio. A esto mi señora estaba totalmente dispuesta, pues que era el modo perfecto de que su vástago entroncara con Augusto definitivamente, al ser ya no sólo hijastro sino yerno de éste.
De nada sirvieron ni la rotunda negativa de Tiberio ni las lágrimas heridas de la dulce Vipsania Agripa, de quien era obligatorio que él se divorciara alegando repudio, y, mucho menos, el desconsuelo del pequeño Castor que no se imaginaba a su padre y a su madre viviendo separados.
Una vez más la implacable “diosa Livia” ordenaba futuros y determinaba tálamos, coyunturas y amores. Vipsania se rompió de dolor y una sirvienta la encontró en el baño cuando, deshecha y humillada, se disponía a cortarse las venas, tras haber mantenido una conversación hermética con quien era mi dómina y su suegra.
 No pocos de su entorno aseguraron que habían sido las recomendaciones de Livia quienes la habían llevado a aceptar tan épico remate, tras exhortarla con tisanas y su verbo insuflado de que la patria a veces requería que las mujeres de Roma se inmolaran como excelsas actrices de realidades épicas; de entregas generosas, infinitas en gloria.
De estas habladurías, yo sólo puedo testificar que mi señora mandó recado a su transida nuera y se encerró con ella en su mejor despacho. Aquel que no tenía ni celosías ni huecos y, por tanto, era un claustro de muros insondables. La doliente, que entró envuelta en lágrimas y ostentando vértigos y temblores, salió de aquella vista tiesa como una estatua, con la vista lejana y sin enfoque claro y como si en realidad para nada le importara ya el mundo que sus plantas pisaban en su inestable marcha. Yo la vi alejarse aquel anochecer, guiada por la antorcha y el brazo de un esclavo, como se diluye un espectro tragado por la niebla.
Cuando Livia se enteró de que la había salvado una criada, lo que hizo que Tiberio viniera furibundo a increpar a su madre, ella se le encaró con furia sin medida, sacó sus garras y le ordenó que no diera espectáculo. Luego se serenó y, con sedoso verbo, le razonó a su hijo que, si aquella demente había querido matarse sajándose las venas en el baño, ésa era ya una razón suprema y poderosa para que la dejara sin pérdida de tiempo y tomara otra esposa más sensata y estable. Y remató: “Una nación no se rige con histerias  y lágrimas. Una nación exige frialdad y equilibrio”, y remató llamándolo imbécil.
Abrumado Tiberio por su madre y Augusto, no tuvo más remedio que aceptar el casarse con Julia. Pero, desde la primera noche del desposorio, él se mostró extraño en los juegos de tálamo, lo que atizó mucho más la vehemencia de ella y su avarienta lascivia contenida por años y atendida a placer por su difunto esposo.
Livia buscó enseguida un nuevo cónyuge para la abatida Vipsania. Cayo Asinio Galo, hijo de Cayo Asinio Polión, un viejo amigo de Virgilio y de Horacio, fue el afortunado que recibió a la hermosa y sensible, enjugó sus lamentos y, con tacto exquisito, ordenó sus dislates derrochando grandes dosis de paciencia y cariño. Tiberio se retorció iracundo al verse suplantado, pero su madre le fulminó imperiosa. “O aceptas mis designios o te envío al destierro y se acaba esta estúpida historia de miras tan estrechas”, le oí que le decía en una de sus muchas reyertas de bilis maternales. Y sé y aseguro que estaba dispuesta a cumplir su amenaza.
Fueron días amargos para Tiberio, que aborrecía a Julia y que sufría el desamparo que le otorgaba su monótona vida como subsidiario de Augusto en la intrigante y enmarañada Roma. Únicamente la oculta complicidad con su hermano Druso y con Antonia, la esposa de éste, le ofrecía sosiego y un punto de templanza. Pero los eficaces espías desplegados por la astuta Livia hicieron su labor e informaron a la madre y vigía de que su otro hijo, proclive a la república, seguía contaminando a su hermano mayor con ideas nefastas. Aquello enfureció a Livia nuevamente, que no estaba dispuesta a que nadie estorbara a sus planes y, mucho menos, que esa resistencia viniera del otro de sus hijos. Ello la hizo disponerse a dar un nuevo e inhumano zarpazo que una vez más dejó al descubierto ante mí cual era su verdadera entraña si es que la tenía.
Esta vez, y como trazado por los dioses más viles, el levantamiento de los queruscos en Germania le sirvió la ocasión cual capón en bandeja. Hábilmente, consiguió de Octavio órdenes para que Druso partiera hacia las tierras inhóspitas del Rin, a la vez que convencía a Antonia para que lo acompañara, aun a pesar de que la abnegada esposa, hija de Marco Antonio y Octavia, estaba embarazada. Pero esa mujer siempre amó a su marido de tal modo, que no puso reparos al asunto. Más bien, apoyada por su suegra, se sintió mucho más fuerte para vencer las reticencias de su esposo a hacer tan temerario traslado. Al mismo tiempo, y con un fingido afán de afable protectora, incluyó en la expedición a su ferviente médico, aquel cuyas ocultas mañas tan bien sabían obrar siempre a favor de sus empeños.
Pocos meses después del nacimiento del pequeño Claudio, cuyo parto penó la pobre Antonia lejos de los cuidados que hubieran sido lógicos, Druso moría. Y lo hacía, de forma sorprendente, de una gangrena declarada tras una vulgar caída de caballo. Las encontradas opiniones de su médico personal y del de Livia, que teóricamente les habían acompañado para atender únicamente el parto de la inseparable Antonia, torpemente resuelto, llevaban la herida a un terrible estado con remate de muerte.
Por brutal que parezca, no vi a Livia derramar ni una lágrima de dolor por su hijo. Si debo ser sincera y hablar con mis entrañas, más bien debo decir que la sentí como si en realidad alguien la hubiera liberado de una rémora incómoda. Como en otras múltiples ocasiones, recibió los despojos del que había sido la carne de su carne con el semblante estoico. El rostro inmutable que exhiben las más hermosas efigies de los dioses, cuya belleza e impavidez parece no conocer nada de lo que de terror, odio y dolor tiene siempre el convulso mundo para quienes vivimos. Y, durante las pompas fúnebres que Augusto decretó para su hijastro, observé a mi gélida dómina ostentando la jactancia de la matrona que con hierático engreimiento ha entregado un hijo en honor de la patria y se siente fríamente orgullosa. No creo, pues, que ella considerara la pérdida de Druso como algo diferente a las vidas que, en defensa o glorificación de Roma, se cobraban destino o enemigos en tierras extranjeras o en campos de batalla.
De nuevo la brutalidad se imponía ante mis propios ojos. Nadie reprochó a aquellos necios sangradores y nadie les pidió formalmente razón de su tenso litigio sobre cómo tratar la herida asesina. Antonia se limitó a despedir al suyo y, unos meses después yo supe que aquel infeliz fabricante de pócimas había muerto en una oscura pendencia habida en el transtiber. Sin embargo, el impúdico médico de Livia siguió gozando de un favor dudosamente merecido, al menos a los ojos de Augusto y de cuantos le veíamos deambular con bula por la casa cual si fuera, él mismo, espectro primordial de la muerte.
Tras saber la noticia y saber cómo se habían despachado los hechos, volví a saborear la amarga hiel que dispensa la culpa y, esta vez, con una virulencia avivada. Yo no puedo negar que presintiera que algo sumamente terrible nos iba a acontecer, desde el momento mismo en que advertí aquellos movimientos que Livia disponía tan afanosamente para el viaje de Druso y de la cándida Antonia. Y cuando les despedí besé a Germánico y a la pequeña Livia y toque el vientre abultado de Antonia, en el que se albergaba el que luego sería el desgraciado Claudio. Lo hice con el presentimiento de que tal vez, por alguna extraña razón que yo no alcanzaba a precisar, ya nunca más volvería a besarles. En cuanto a ellos me equivoqué, por lo que siempre he sentido gratitud infinita.
Por todo ello, tras el negro suceso, me resultaba de nuevo imposible estar en presencia de ella, adecentar sus ropas, servirla en su triclinium e, incluso, cruzarme en su camino por el impluvium o el atrium, anunciarle la presencia de alguno de sus clientes en su tablinum o verla aparecer por las cocinas o el baño, elegante e ingrávida, como si en realidad la pena no se fijara en ella y la empalideciera.
Entonces llegué a repudiar el olor de su ropa, sus perfumes y afeites, sus pelucas y joyas, sus cojines y asientos, sus platos y sus copas. Todo me parecía manchado de sangre inocente; de la sangre terrible de su propio heredero. Y hubo un momento en el que de nuevo volvieron a mí las dudas y los viejos temores. Sin embargo, me repuse y comprendí que había llegado el momento de enfrentarme a ella como nunca antes me había atrevido.
Recuerdo que mi actitud no fue otra sino la de mostrarle con nitidez lo que mi corazón sentía y mi mente pensaba. Una frialdad infinita se estableció entre ambas como ese hielo negro que cae de madrugada en los meses más gélidos. Yo era su esclava y ella mi señora, la esposa de Augusto, el hombre más importante de Roma, pero eso no parecía hacer disminuir ni un ápice mi odio y repugnancia a ella. Recuerdo también que la tensión entre nosotras era tal, y tan sostenida por mi parte, que comencé a comprobar cómo ella eludía que estuviéramos solas. ¡Quién podría creerlo! Livia temiendo a alguien. Mas era así. Cuando ella estaba departiendo con otros y yo aparecía forzada por mi oficio, Livia se violentaba, urgía su elocuencia y hablaba de una forma más atropellada y nerviosa. Lo hacía como si temiera que un posible ápice de silencio descubriera aquella tensión que, por otra parte, nadie parecía percibir salvo nosotras.
Aquella situación se mantuvo durante algunos meses como una tormenta inquietante encajada en los cielos que amenaza en negrura y no descarga nunca. Durante ese tiempo fuimos dos animales feroces enfrentados; dispuestos a destrozarse el uno al otro si el precario equilibro llegaba a alterarse.
Sin embargo, en medio de mi rencor, había algo que minaba mi ira hacia ella. Era algo que, de vez en cuando, me hacía sentirme culpable de algo impreciso, algo que analizaba mi actitud y me acusaba de ser soberbia y despiadada para con aquella hacia quien tanto sentía pese a mi voluntad. ¿Quién era yo para juzgar el alma de una diosa y el obrar de su mano? E indagando en aquel sentimiento dubio y tenebroso comencé a descubrir que en el fondo más subrepticio y vil de mi maldita alma yo sentía un extraño cariño hacia Livia; un afecto basado, repugnantemente, en la admiración. Aquella fuerza suya, aquella impasibilidad para obrar sin temor ni inquietud, sin dudas ni reproches, para hacer cuanto quería según le dictaba la mente más fría y descarnada, ejercía en mí un incomprensible atractivo. Supe entonces que aquella mujer y yo estábamos mucho más unidas que lo que yo podía sospechar; que su destino y el mío, su existencia y la mía, estaban más soldadas que cuanto yo hubiera imaginado en mis peores vaticinios y cálculo. Tal vez no éramos más que las dos caras de una misma moneda. Una cara con apariencia amable y una cruz con potestad para mostrar su traza depravada. Una moneda indigna y despreciable tal vez, pero una moneda con la que podía y debía adquirirse el destino del mundo. Tras aquel descubrimiento, sentí terror ante mí misma; más terror que el que nunca había sentido ante ella o por ella. También la maldad, la infinita maldad era así de seductora y admirable, atraía y subyugaba de una manera férrea, como un vicio narcótico que muerde en nuestro espíritu, dirige nuestros actos y nos nubla emoción y sentido, y, si es necesario, nos lleva hasta la muerte cual dóciles carneros prestos a autoinmolarse.











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