IX. LA
LUMBRERA DEL ORBE
Así yo lo creí desde el primer instante en que
escuché su llanto;
que mi hijo sería la lumbrera del Orbe, mediante la que mi sangre llegara al
primer puesto entre el género humano. Aquella y sólo aquella se había
convertido en mi meta desde el día vergonzante en que fui obligada a rumiar las
hieles del desprecio que me infiriera Octavia. En medio de la humedad aceitosa
del sudor y desvanecida por aquel esfuerzo injuriante que a las mujeres nos
exige el parir a los hijos, lo abrigué con mis brazos y clavé mis ojos en un
lugar infinitamente lejano en el que yo creía guarecer mis más ocultos
pensamientos y a mis dioses más íntimos. Entonces, reconcentrada en mí, me juré
que, a través de aquel hijo, yo llegaría a ser una más entre ellos o dejaría mi
vida en aquel noble empeño.
No permití que lo lavaran
pronto. El olor de nuestra sangre era ferruginoso y dulce, de una intensidad
ofensiva, como el que se queda aromando en el campo esquilmado después de una
batalla. Y enseguida noté cómo, aquella parte desgajada de mí, palpitaba de una
forma segura y decidida, desvinculándose claramente de la tibieza de quien, a
los ojos del mundo, era su verdadero padre. Por extraño que pueda parecer, tuve
la nítida sensación de que aquel, mi primer hijo, era el que había engendrado
en mi vientre mi deseo imperioso y férvido de poseer a Octavio y no a Tiberio
Claudio, mi oficial marido. De él no tenía noticias desde las derrotas de Casio
y Marco Bruto en Macedonia, tras la que mi padre se había inmolado.
Así encaré la maternidad, entre los
llantos inconsolables y cansinos de mi madre y la más absoluta y desamparada
soledad. Un estado que creo que siempre agudizan, tras de sí, las muertes
imprevistas y los previstos partos, cuando estos no se desean cual sueños
meridianos.
Ante tal abandono, mi ira y mi
proyecto se fundían en una amalgama de furias y esperanzas religadas. Únicamente
la hermética presencia de Laraine en mi casa parecía ofrecerme una inusitada y
peculiar muestra de confianza y, hasta pudiera decir, un tenue arrimo de
calidez humana. Y es que, desde aquellos días primeros, sentí que al lado de
aquella mujer nada nunca podría sucederme por arriesgadas que fueran mis
apuestas. Laraine era como un talismán; el guardián que jamás duerme; el perro
que siempre custodia nuestra puerta.
Tras los días de pantomimas en la casa
de Marco Livio y de Alfidia, mis padres, cuando se preparaban mis, luego,
raudos y accidentados esponsales, ella había entrado a mi servicio. Pero,
aquella a quien yo había solicitado sin saber muy bien por qué, tal vez
impulsada por un movimiento instintivo de mi alma, apenas había traspasado mi
umbral, había sufrido una veloz transformación realmente profunda. No, su
aspecto y su porte no respondían a su edad. Tampoco su talante y actitud podían
compararse con los de ningún otro de mis esclavos o mis servidores. Desde el
primer instante, ella había ocupado la casa como una luz o una sombra se
adueñan de un espacio según se abra o se cierre una ventana. Pero, a la vez, era
también como si toda la vivienda se hubiera entregado en sus manos y a su
entero gobierno con una docilidad complaciente y humana. Tal vez su mudez tenía
algo que ver con todo aquello. Su silencio era inmenso, total y contundente.
Pues, a diferencia de otras personas mudas que suplen su incapacidad de verbo
con gestos, ademanes o atropellados sonidos guturales, ella jamás esbozaba seña
alguna o ruido que intentara emularlo o, a través del cual, quisiera darse a
comprender. Consciente de que su garganta no podía expresar, aunque sus oídos
sí percibieran con total nitidez todos los sonidos, jamás movía sus labios en
pos de una palabra. Eran, pues, sus ojos los que habían recogido el relevo o
testigo de toda su elocuencia, dominando así una inmensa gama de brillos y de
sombras, de laxitud o intensidad, de energía o sosiego. De esa elegante forma,
ha sido siempre su mirada preclara y enigmática, sencilla y contenida. Y sólo son
sus iris, si se les atiende con esmero sutil, quienes están encargados de suplir
a su callada boca, lo que ella ejerce sin merma alguna de claridad o grado de vehemencia.
Por eso, con el pasar del tiempo y la observación profunda, yo puedo
atestiguar, sin temor al fuego de Vulcano, que esa mirada acuosa y mineral es
capaz, no ya sólo de ver más allá de lo que es normal y razonable, sino de
transmitir con precisión perfecta recados y sucesos y, lo que es mucho más
importante, pulsiones y principios, máximas y razones, argumentos y juicios,
matices y dolores, alegrías y afectos con plena nitidez.
Amamanté a mi hijo con la dedicación
de una matrona auténtica. Las horas pasadas en mis brazos eran un inmenso
regalo que no me hacía sino sentir realmente a mi lado a aquél a quien yo
consideraba, en mi ya prolongado dislate, mi amante más ardiente y su auténtico
padre. Sé que ella de inmediato conoció mi locura, pues que siempre ha tenido
una sobrenatural capacidad para entender aquello que circula, invisible, entre
las telarañas de las mentes del hombre. Tal vez por eso, desde el nacimiento
del pequeño Tiberio, ella se unió a mí de una forma más sólida y notoria que la
que lo hiciera nunca nadie de mi entorno.
Después han venido días muy convulsos,
momentos muy difíciles, brutales decisiones; temporadas en la que la he sentido
a mi lado como a un enemigo o a un dogal de muerte dispuesto a ejecutarme. Siempre
ha estado ahí. Aun hoy, continua impertérrita pese a lo que parezca; pese a lo
que ella misma crea. Diré que he podido notar esa extraña presencia, tenaz e
inquebrantable, en su forma de aparecer ante mí, en la manera en la que siempre
ha atendido mi estancia o mis ropas, en la oportuna predisposición de mi baño o
mi comida, en la forma de sosegar, acunar o limpiar a mis hijos. Pero también
en la manera en que ha escuchado y filtrado a través de sus omniscientes ojos
cuantas noticias o amenazas llegaban a mi casa, procedentes del mercado o del
foro, traídas en un atropello de temor o recelo por cualquiera de mis otros
esclavos. Mi casa siempre ha tenido múltiples enemigos furtivos dispuestos a
mordernos.
Pero volvamos a aquel tiempo. Tiempo
muy peligroso. No había que olvidar que nuestra domus no estaba, como lo estuvo luego, protegida por guardias
pretorianos. Entonces sólo éramos la familia de uno de los proscritos y
vencidos, y muchos ciudadanos, miembros o proclives al gobierno imperante, nos
despreciaban y escupían por ello.
Por eso, aquel día su cara venía
inundada de apacible solaz cuando, de su mano, condujo hasta mí a Próculo, mi
esclavo de Cirene, para que me dijera lo que había oído en el entorno del Esquilino, a un borracho militar lisiado
que había supervivido a la segunda masacre de Filipos. Según aquellas noticias,
mi marido conservaba su vida, había pasado a las filas de Marco Antonio, lo que,
seguramente, lo había conducido junto a él hasta las costas de Aegyptus. Allí
permanecería a la espera de trasladarse a Perugia para entrar a formar parte
del ejercito que en la actualidad mandaba Lucio, el hermano de Marco Antonio, y
que, nuevamente en discordia, pensaba enfrentarse al contumaz Agripa. Marco
Agripa era entonces el magíster militum de mi adorado Octavio, de quien
se decía que contaba con un reclutamiento integrado por más de diez millares de
curtidos soldados.
Los escandalosos amores entre la ávida
y promiscua Cleopatra y Marco Antonio habían descabalado nuevamente la reciente
alianza y vuelto a enfrentar a los grandes colosos, por lo que en toda Roma se
la denominaba “la maldita ramera”, no olvidando su antiguo amancebamiento con
el gran Julio César.
Recuerdo aquellos tiempos con el
sereno dolor de quien mirara a la superficie calmada e infinita de un lago esmaltado
sobre el que un auspiciador hubiera escrito mi existencia; como quien perdiera
sus ojos en los cielos matizados de estrellas, en una noche cálida del dorado september, buscando las razones
insondables de mi doliente vida. Son días lejanos en los que yo sólo quería creer
en el futuro y en los que mi entraña aún no se había consolidado con dureza de mármol.
Pero sigamos, aunque nos cueste tanto.
Hoy el calor asfixia mi garganta y me resulta
difícil dictar estos recuerdos. Un cansancio infinito me ancla y me escupe mi
vejez como feroz insulto. Soy vieja; he empezado a morirme. El poder va huyendo
de mí como huyen las ratas de un naufragio o un fuego. Mi mente va pudriéndose
porque mis maquinaciones ya no surten efecto y eso la anquilosa. Pero dejemos de
husmear en la negrura.
Por entonces, Marco Vipsanio Agripa,
amigo y camarada entrañable de Octavio, había tomado la causa de éste con tanto
ardor que lo hacían presentarse ante el pueblo de Roma como el brazo activo del
joven y subrepticio dictador. La unión entre ellos dos era como un auténtico
vínculo de amantes. Dos animales que saben que son imprescindibles el uno para
el otro si quieren subsistir.
Creo, sinceramente, que yo no me
alegré de que mi primo y marido, y padre de mi hijo, continuara conservando su
vida. Creo, por el contrario, haber sentido una tibia indiferencia que sé que
ella captó con clara exactitud, pues que por entonces ya leía en mí con la precisión
diáfana con la que dicen que leen los Oráculos en los libros del tiempo que aún
está por venir.
Pocos meses después supimos que Agripa
había vencido en la contienda de Perugia y que Fulvia, habiendo participado en
aquella campaña activamente a favor de su cuñado Lucio, había sido exiliada por
orden de su yerno. Se aseguraba ya que la había abandonado Marco Antonio, su
marido tercero. Tal vez su cambio de facción había hecho que Octavio se hubiera
divorciado de Clodia, la hija de la ambiciosa Fulvia, para casarse con la viuda
Escribonia.
Escribonia era una mujer de eterna
apariencia decana y sin ninguna gracia que, a mí, más que envidia, me producía
desprecio y piedad infinita, si es que esos dos sentimientos pudieran
conciliarse. Y no es que la distancia de años entre ellos fuera en exceso
dispar, pero es que ella era una mujer sin edad ni color, que siempre que se
presentaba parecía proceder de ultratumba. Así era de alba, como recién
empolvada de finísima harina. Tal era su aspecto ajado y enfermizo y el
carácter pretérito e insulso que siempre la escoltaba. Pero además su boca
exhalaba siempre un olor agrio que hacía parecer que ya se estuviera
corrompiendo por dentro. Por eso, si en modo alguno yo había considerado mi rival
a Clodia, mucho menos a la vetusta y espéctrica Escribonia, nieta de Pompeyo y
de Sila, y sobrina de Sexto y, ahora, segunda esposa de mi amado.
Pero enseguida supimos que se había
promulgado lo que a gritos intimidatorios llamaron “La Octavian
proscripción” que nos ponía en un peligro aún más apremiante a cuantos
podíamos considerarnos disidentes por actos o familia. Aquella proclama era una
auténtica sentencia capital. Y tal era entonces mi ceguera que, hasta aquella
ley que teóricamente nos llevaba sin remedio a la muerte, la recibí como una
sabia decisión de mi adorado hombre. Y fue Laraine quien sacándome de aquel
absurdo y terco ensimismamiento puso la casa en pie y me forzó a la huida.
Vendí a todos mis esclavos, liquidé de
forma lamentable nuestros bienes y organizamos velozmente la marcha hacia la
costa. Únicamente conservamos la domus
de mis padres para no abrir sospechas de que nos exiliábamos sin pensar en
retorno.
Abandonamos Roma, tras recoger
nuestros dioses del hogar, un anochecer del mes de sextilis, ese que ahora tenemos dedicado a mi esposo con el nombre
de avgvstvs. El calor era inmensamente
sofocante y su efecto, tras toda la jornada, invitaba a los guardias de las
puertas al bostezo y al sueño más que a intervenir con exhaustividad y revisar
salvoconductos y documentaciones. No obstante, dispusimos una suma adecuada de
sestercios para, si se hacía preciso, atenuar su celo. No nos fue necesario.
Aquel carromato con un buey y un carreo, llevando a tres mujeres con trazas
miserables y un recién nacido, más que sospechas, les propició la pena.
Tomamos la vía Appia con dirección a
la ciudad de Capua. Tras pretextar, ante un control en el que dos jayanes nos
detuvieron, que nos dirigíamos a una villa que habíamos adquirido en Cannae, a
orillas del mar Adriático, nos dirigimos en realidad a Brundisium. Desde allí
no embarcamos para cruzar a Épirus, donde nos esperaba el huido Tiberio, con
quien Laraine había logrado establecer contacto, ya no recuerdo cómo. La
travesía fue realmente penosa. El mar parecía querer hacer lo que no habían
hecho nuestros enemigos. El vómito nos acompañó a las tres y nos mantuvo
postradas durante aquellos días en los que no ingerimos más que agua y dátiles.
El encuentro con Tiberio fue frío,
aunque él se deshizo en entusiasmo ante quien era su legítimo hijo, al que no
conocía. Yo, sin embargo, sentí mi desdén hacia él muy agudizado. Estaba
envejecido y su rostro presentaba un adusto gesto. Recuerdo que un sudor frío
caía por mi frente mientras nos abrazábamos, a la vez que mi cuerpo abrigado en
el suyo parecía recibir el áspero contacto que pudiera otorgarme el arrimo a un
árbol. Mi mente era incapaz de olvidar nuestro acoplamiento desatento y urgido
tras nuestros esponsales y el tormento que había supuesto mi preñez y su huida.
Porque huida consideraba su marcha con mi padre para unirse a la guerra. Pero,
si eso fuera poco, tenía aún en carne viva la herida que había supuesto la
caída en desgracia de nuestra fortuna y el forzoso abandono de mi querida Roma.
Éramos tres mujeres y un niño que no
sabía andar. Mi madre, envuelta en un perenne gemido en los últimos tiempos,
gimoteaba aún con mayor y renovada angustia. No podía tolerar que su esposo
hubiera muerto y el mío continuara vivo. Tampoco yo aceptaba aquella realidad. Mil
veces hubiera cambiado su vida por la de mi padre.
A nuestro lado, Laraine, se erguía
como una auténtica torre de vigía; segura, equilibrada y dispuesta ante los
embates del mar más proceloso que los acontecimientos pudieran enviarnos. Tres
mujeres, un niño y una regular bolsa de dineros producto de la liquidación de
nuestra hacienda. Eso fue lo que recibió Tiberio Claudio Nerón a nuestra
llegada a las tierras de Grecia, desde donde comenzó nuestro peregrinaje.
Desde allí nos fuimos a Sicilia, pues,
aquél que entonces era mi marido, estimó, sin contar con nuestro concurso, que
debía nuevamente unirse a las tropas de Sexto Pompeyo Magno Pío, el hijo de
Cneo Pompeyo y su tercera esposa de nombre Murcia Tertia.
No diré nunca yo que Sicilia no sea
una hermosa isla tocada con magnanimidad por el dedo de Ceres. Su luz y los
campos de grano que la doran, la dotan de un encanto luminoso, que la
convierten en la auténtica joya del mar que la circunda. Su promisión de
cereales la han hecho que sea considerada siempre como la alacena natural de
Roma. Por eso, secularmente, la urbe ha dependido de ella como una domus depende de su repleta o escuálida
despensa.
Así pues, Sexto Pompeyo Magno controlaba el
trigo y amenazaba con estrangular las tahonas romanas y todo lo que eso suponía
para un pueblo cansado, esquilmado y hambriento. Sobre todo desde que Cleopatra
Filopator, hija de Ptolomeo, la señora del junco y de la abeja, tras embaucar a
Marco Antonio y retenerlo a su lado, como la miel hace con las moscas, había
dejado de cumplir el acuerdo establecido con Roma. Convenio aquel por el que
Aegyptus se comprometía a enviar diez barcos de grano cada mes, desde el puerto
de Alejandría, a cambio de que el Estado le garantizara protección y respeto.
Sin embargo, y aun a pesar de que
ocupábamos una digna aunque escueta vivienda, que los trabajos domésticos nos
los repartíamos entre las tres mujeres de una forma adecuada y ecuánime y de
que en nuestra mesa no había escasez, yo odiaba crecientemente a Tiberio y, en
mi corazón, le hacía responsable de todas mis desgracias.
Laraine me solía mirar lejana y
enjuiciante, queriendo hacerme entender que en el curso cambiante de la vida,
además del concurso del hombre, obran otras fuerzas caprichosas y arcanas. Sin
lugar a duda alguna, ella conocía muy bien las desgracias humanas y cómo los
dioses nos zarandeaban según les fluían las ganas.
De Roma nos llegaban noticias
puntuales. En el Aventino se había desatado una lucha feroz por parte de los
distintos capitanes de los muchos colegium
que allí proliferaban. Todos ellos, a muerte, se repartían las zonas de
influencia propiciando situaciones terribles y caóticas. Aquello amenazaba seriamente
con estrangular la economía en la maltrecha urbe. Las bandas rivales se habían
hecho fuertes y las revueltas más allá del roble de Proserpina eran diarias y
enconadas cual feroces reyertas. La situación era, al parecer, realmente
alarmante. Y las contiendas militares entre los republicanos huidos y los
justicieros partidarios de Octavio impedían que la ciudad estuviera regida por
una autoridad severa y eficiente. Sólo después de mil disputas se nos informó
de que las facciones más fuertes, haciendo imperar su capricho y su furia,
habían empezado a controlar el tráfico
en los muelles y el tráfico del Tiber. Un orden incipiente comenzaba a
enraizar, si bien regido por deshonestos y facinerosos, ante lo que Augusto
había tomado posición.
Tal vez por eso Cayo Cilnio Mecenas,
amigo entrañable de Octavio y de Agripa, comenzó a realizar sus inestimables
labores diplomáticas. Es ese un hombre que siempre ha tenido en mi corazón un
lugar entrañable. Durante treinta años, junto a él, he podido fraguar no pocas
empresas y proyectos. Y si un día fue íntimo de Octavio, en los últimos años de
su vida yo fui su amiga y gran confidente. Y yo le consolé en sus desasosiegos,
cuando se enteró de que su estúpida esposa Terencia se entendía con mi senil
marido. En esa ocasión, sin duda, fue mi sarcasmo y mi indiferencia su mejor
lenitivo. La inmensa carcajada en la que prorrumpí cuando, con discreción hermética
y ánimo contrito de desventurado, vino a hacerme partícipe de lo que él
consideraba nuestra común desgracia. Lo que yo ya conocía y lo que no podía
producirme otro sentimiento que no fuera la lástima. Lástima por aquellos dos decrépitos
que huían del desgaste natural de la vida creyéndose muchachos válidos para el
sexo.
Al lado de Cayo Cilnio Mecenas he
aprendido todo cuanto encierra el suntuoso mundo de las artes más bellas. Su
amor por la poesía era tan medular que lograba trasmitir su pasión por esos
mundos gráciles y elocuentes a cuantos frecuentábamos su casa, sus amigos y su compañía.
Él trajo hasta mí a Virgilio y a Horacio, al umbro Propercio, a Lucio Vario
Rufo; a Domicio Marsus. Jóvenes y longevos siempre tuvieron sitio en su hogar y
su mesa, si es que amaban la hermosura y tenían el gusto dispuesto hacia los espacios
de la creación y la lírica. Su mundo era el de la belleza y el orden, entendidos
como la dignificación de todo aquello que la condición humana tiene como divino.
La suprema belleza concebida como la excelencia del pensar y el sentir, de la
contemplación y la expresión de la nobleza íntima junto con la perfección espontánea
sorprendente de la naturaleza.
Y fue en Brundisium donde Mecenas
logró que de nuevo Lépido, Octavio y Marco Antonio sellaran otro acuerdo. Un
convenio que no sólo repartía provincias y soldados, sino que afianzaba lazos
familiares mediante pactados himeneos y la concepción de vástagos forzados.
Con renovada eclosión de esperanza,
Roma se enteró de que Marco Antonio abandonaba a la egipcia y volvía a la urbe.
Yo supe que Octavia, mi aborrecida Octavia, había enviudado. Tal vez los dioses
más oscuros se habían comenzado a poner de mi parte, pensé entonces. Cayo
Claudio Marcelo había muerto y ella se debatía entre la desolación y una
inmensa tristeza que alcanzaba también a sus tres tiernos hijos, Marco Claudio
Marcelo, Claudia Marcela Maior y a la otra Claudia Marcela, a la que siempre
apelamos como Marcela Minor.
Un decreto senatorial ratificó
acuerdos y, a la vez, obligó a Marco Antonio a emparejarse de nuevo con mi
odiada Octavia. La vieja Fulvia había fallecido y él estaba nuevamente viudo y
disponible. Cuando en october, se celebraron los esponsales ya estábamos
nosotras comenzando a preparar nuestro regreso a Roma. No sospechaba aún Octavia
que el libertino Marco Antonio, amante antaño de su madre, y bien reputado como
corrupto semental, tras preñarla dos veces y llevarla a vivir con él hasta la
noble Atenas, la abandonaría para volver a irse de nuevo al cubil de la ramera
egipcia, con la que ya tenía dos retoños, y en la que enseguida engendró un
tercer vástago con la urgencia alocada con la que enverga un mulo venéreo y
primerizo.
Tiempos después, mi despreciada
Octavia, en un gesto de cínica esplendidez de matrona misericordiosa, cuando el
padre engendrador de aquella piara ya había fallecido, nos trajo hasta Roma a
la prole viviente de su poderosa rival; la meretriz del Nilo. Conocimos así a
los mellizos Alejandro Helio y a Cleopatra Selene y al pequeño Ptolomeo
Filadelfo; tres jóvenes entrañables que después desaparecieron sin casi darnos
cuenta. A la joven muchacha la emparejaron con mi amigo y gran colaborador, el
rey Juba II de la hermosa nación de Mauritania, mientras que a los muchachos
les debió aligerar la vida el eficiente Herodes, con el que se asegura que Roma
siempre tendrá una cuantiosa deuda por oscuros servicios de orden diferente.
Servicios de los que yo sé algo, aunque ahora no crea conveniente recordarlo.
Tras la paz de Miseno, a Sexto se le
entregó Sicilia, Córcega, Cerdeña y la montañosa Acaya. Aquel acuerdo también
nos alcanzaba aunque fuera de forma subsidiaria. Ya que, a cuantos habíamos
estado a su lado, se nos restituía en nuestro honor y en nuestro derecho a la
ciudadanía. Pero mi esposo estaba decidido a que nosotros nos quedáramos en la
hermosa isla, puesto que Sexto le ofrecía un cargo importante en la
administración del comercio del grano. Fue entonces cuando yo, por vez primera,
me enfrenté a él y le advertí que, con su aprobación o sin ella, nosotras y mi
hijo volveríamos a Roma.
Saqué el valor de mi odio hacia él. La
animadversión fue fermentando en mí como lo hace una pócima infecta; como un
veneno que se va macerando y torna el color de las inocuas hierbas en un
malvado tóxico. Fue a la vez que pasaban los días y mi falta menstrual me anunciaba
que nuevamente me encontraba encinta. Puedo asegurar que mi primera náusea fue,
no por mi pequeño Druso, sino por Tiberio Claudio Nerón que nuevamente me había
ocupado con otra carga odiosa.
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