lunes, 5 de mayo de 2014

XVI. LA MATRONA ABATIDA Y EL ALACRÁN DEL NILO



XVI.    LA MATRONA ABATIDA Y EL ALACRÁN DEL NILO


Desde aquel día de mi entrega a Cibeles, siempre he sentido sobre mí el amparo de la insigne deidad, como el consejo que una hermana mayor me dictara al oído con confidencialidad y afecto infinitos. Siempre, pues, he obrado creyendo atender a su dictamen. Y en los momentos más difíciles, cuando mis arduas responsabilidades reclamaban actos dudosos o, hasta incluso, punibles, siempre he pensado que mi culpa sería, en todo caso, mínima o limitada, pues no hacía otra cosa que servir de mano ejecutora de los sabios designios de la grandiosa madre.
                 Sabido es, para todos, que los dioses consuman actos que los humanos no pueden entender o valorar desde sus mentes raquíticas y obtusas. Sabido es que su obrar no contempla leyes ni armonías de doméstico cuño. Sabido es, en fin, que su hacer y deshacer no atiende a principios ni a costumbre o hábitos, sino que, si es preciso, altera luminarias u oscurece los soles. Pero dicho ya esto, volvamos a asuntos más terrenos y a recordar sucesos más vulgares que son los que enjaretan la historia de los hombres.
Tras la muerte ventajosa de Sexto, Roma volvió a comer como debía. Los sagaces capitanes de los colegium del Aventino empezaron a ver cómo sus heredades volvían a rentar y a otorgarles los poderes que son inherentes y afines al dinero. El fructífero control del comercio en el Tiber y en Ostia regresaba a sus manos, cual hijo que retorna a la casa paterna que en ley le corresponde. Al mismo tiempo, el pueblo llano tuvo muy claro que la prosperidad económica de sus jefes directos también repercutía de inmediato en ellos. Sólo de una mesa cercana y repleta pueden caer migajas que poder engullir los indigentes. Los perros comen mucho mejor si sus amos son ricos. Y en las basuras de las cocinas bien repletas nunca se afinca el hambre. De altivo y valeroso es convertirse en rico, de inteligentes es arrimarse a ellos y buscar su vecindad y su útil cobijo. Eso mismo consideró el erario: a más ganancias, mayores gabelas y más puestos de fielatos y almotacenazgos.
Todos en la ciudad achacaban la muerte de Sexto a la furia de Augusto y a su forma expeditiva de aliviarse problemas, aunque a nadie parecía que le hubiera afligido semejante suceso. Únicamente él y sus más íntimos amigos sabían que la orden no había partido de su boca. Pero tampoco ellos nunca preguntaron en qué pecho había anidado y tomado cuerpo la conjura asesina. Aquel suceso había sido para todos un oportuno regalo. ¿Por qué entonces preguntarse de qué mano generosa procedía semejante presea?
Sin embargo anotaré que, durante aquellos días, cuando surgía alguna conversación sobre Sicilia o las islas, mi esposo solía mirarme de forma sostenida. Combinaba entonces con sus ojos un levísimo afloje de sus labios, cual una imperceptible mueca insinuante o cómplice que no se decantaba. Yo, a mi vez, mantenía su mirada con la mía sin aflojar ni un músculo, consiguiendo una serenidad cuajada en la incógnita propia de la materia inerte. Así habíamos aprendido en muy escaso tiempo a hablar mi esposo y yo de las cosas más serias que nos acontecían, sin emitir palabra ni dar vía a matices. Solucionaba tanto aquel silencio cómplice.
Nuestra casa comenzó a resultar pequeña y, sobre todo, inadecuada para aquella ingente tarea oficial que Augusto debía soportar diariamente. Poner en marcha un gran Estado era tarea ardua que requería un despliegue inaudito e inmenso. El Senado estaba afogonado y era mejor suplirlo de forma imperceptible que atizarlo de nuevo.
Yo, por mi parte, comencé a tener mi propia pléyade de coadjutores, amigos y clientes, lo que no era muy habitual para la esposa de un hombre romano. Las lenguas se afilaron en mi entorno, lo que, lejos de amedrentarme, me hizo crecerme de forma prodigiosa. Y mi espacio de influencias comenzó a ampliarse de un modo nunca visto en círculos femíneos.
Mi esposo me apoyaba y hasta le divertía aquel gran desafío que yo parecía querer librar frente a toda la urbe y sus rancias ideas. Tal vez por eso, me propuso que fuera yo quien me ocupara de todo lo referente a la administración de su economía. Lo hizo por divertimento, pero también porque enseguida tuvo palpables muestras de mi habilidad para cualquier negocio por intrincado y frágil que éste pareciera.
En el fondo de esto, en realidad, también se escondía otra idea. A Augusto le resultaba muy eficaz y cómodo, sobre todo ante instancias políticas y ámbitos de poder, que fuera otra persona quien obrara en su nombre en asuntos privados, leyendo sus deseos y obrando en su favor sin implicarle en ellos de una forma directa. Así, el alto mandatario jamás sería implicado, pues siempre se podría apelar a su no conocimiento en cuanto algún asunto pudiera entrañar cohecho o connivencia.
De ese modo, mi forma de actuar resultó para Augusto sumamente eficiente. Y yo supe enseguida que la asunción de tales cometidos me daba ante él una complicidad y una fortaleza ante la que nadie, y menos otra mujer, podría desbancarme.
Nadie en Roma, ni siquiera mi esposo, tenía tanta información ni conocía tantas “cloacas y letrinas” como yo conocía. Estaremos de acuerdo en que no existe ningún poder mayor que el que reporta el saber lo que esconden los hombres. Ningún tesoro superior al que encierra un cofre repleto de secretos de cuantos nos rodean. Aquel era un posicionamiento vital para mi causa. En poco tiempo me había convertido en un órgano esencial para Augusto y en un miembro discreto, pero de suma utilidad y de gran importancia para el devenir de nuestra amada Roma. Todo estaba en mis cándidas manos, y sobre todo él.
Yo, a mi vez, me apoyaba en la mirada audaz y siempre avizora de mi esclava Laraine. Eran los tiempos en los que ella, desde la sombra, ratificaba o rechazaba cualquiera de mis actos, aplicando a mis juicios ese extraño sentido de oportunidad que ella posee como una habilidad que excede al común de los hombres. Es ese otro sentido que, con el correr del tiempo, yo creo haber descubierto que existe en la mirada, cuando ésta no se siente violentada por la agresión vulgar de las palabras que suelen suplantarla.
Pero volvamos de nuevo a hechos firmes y dejemos lo lírico.
Y es que fue mi muda esclava quien, un día en medio del mercado, miró hacia Hortensia, la hija y heredera de Quinto Hortensio Hórtalo, el verbal enemigo de Cicerón y, frunciendo su ceño, me hizo pensar en qué era lo que me sugería su mueca espontánea. Por eso, cuando llegadas a la domus, le pregunté por aquel gesto innecesario que había dedicado a la hija de Hórtalo. Entonces Laraine vino hacia mí y, tomando el trozo de pizarra del que se servía para expresarse en ocasión extrema, se limitó a poner el nombre del orador y el del cónsul Lutazio. Trazados éstos, los encerró en los rectángulos de lo que podían ser los sencillos perímetros de sus sendas viviendas, sobre los que marcó de inmediato dos grandes aspas, para luego borrar todo el dibujo con el envés de su manga y perfilar en su lugar un enorme cuadrado sobre el que puso las iníciales de Augusto y de Livia.
Adquirimos las casas del difunto orador y del cónsul, no sin tener que obrar contra las reticencias de sus dos herederos. Especialmente fue dura la altercación con Hortensia, pues que también ella, aleccionada desde niña por su preclaro padre, había adquirido las mañas de la oratoria asiánica y manejaba ante los tribunales el verbo elocuente y la ampulosidad con suma maestría. Tampoco fue sencilla la polémica contra los sucesores de Quinto Lutazio Cátulo, sobre todo porque no había razones que en ley nos asistieran. Además, la reputación del cónsul que había construido para la patria el Tabularium, sobre el antiguo templo de Veiove, no había decaído a pesar  del paso erosivo del tiempo. Por eso no eran pocos lo que defendían su recuerdo y su hacienda cual deuda de agradecimiento contraída con él por el pueblo romano.
Todo fue para mí una prueba de fuerza. Utilicé resortes, amigos y apelación a principios e instancias favorables. Y, al final,  aun con fraudes y estafas, explané aquel solar sobre el que era necesario que se izara la nueva residencia del gran César de Roma. Hubo algún tumulto, pero pronto callaron. Y a quien hoy contempla aquel palacio no le puede caber la menor duda de que aquél, y sólo aquél, es el digno enclave de la domus del hombre preeminente de Roma.
Una vez más, la muda y su silencio acertaban de lleno eligiendo el lugar donde debía morar el nuevo hombre cardinal de la patria. No sólo su ubicación debía estar en el gran Palatino, sino que debía ocupar las misma basa que antaño había ocupado el “Lupercale”; la gruta donde Acca Laurencia había surtido con su leche nutricia a Rómulo y a Remo; el mismo terrenal sobre el que Rómulo había fundado la eterna ciudad hacía ya más de siete centenares de años. ¿Qué otro lugar, pues, debía ocupar nuestra nueva morada?
No obstante, en mis encuentros con Hortensia comprobé cómo el manejo del lenguaje más culto y la oratoria más hábil constituían un arma sustancial para lograr propósitos en escenarios cívicos. Los hombres imponían su voluntad a través de su fuerza, las mujeres debíamos servirnos de otros medios. Los estrategas y sus huestes vencían en los campos de guerra, los hombres más locuaces en foros y en estrados. Y no es que a mí me persuadiera de un modo especial aquella grandilocuencia importada de Asia, pero sí pude apreciar el valor que aportaban  elementos tales como el susurro, el término mantenido en suspenso, las palabras cortadas, el vocablo apenas enunciado, la aseveración contundente o las respuestas lacónicas, irónicas o ágiles.
También me apercibí de la efectividad del ritmo y la cadencia en lo que se decía, de la forma en cómo se concatenaban sílabas y palabras, de la riqueza y el valor de los adjetivos de precisión extrema, de la amplia variedad o riqueza de cuantos términos, en fin,  eran susceptibles de usarse o sugerirse. Aprender a emplear palabras muy precisas, términos oportunos aunque desconocidos para los más vulgares, adverbios o adjetivos apropiados; agilizar las reflexiones oscas, responder con premura, cambiar el curso de lo hablado y dirigirlo hacia terrenos más propicios y útiles para la propia causa, eran habilidades y conocimientos que yo debía adquirir para ejercer más rentablemente mis insignes propósitos.
Miré por eso hacia las mujeres más fuertes que guardaba la historia de nuestra amada patria; aquéllas que habían destacado, en los días ya idos, por su firmeza y la perseverancia en la esquiva cultura. Averigüe cuanto me fue posible sobre la insigne Cornelia, la madre de los Crasos, sobre Vetruria y Volumnia, madre y consorte, respectivamente, del feroz general Marcio Coriolano, sobre Julia, la ilustre esposa de Cayo Mario, sobre la amada y recordada Aurelia Cotta, la madre de Julio César, el último e insigne dictador de Roma. Todas ellas eran las auténticas matronas de la patria; las pilastras del pueblo.
Había caído en la cuenta. Tras cada insigne hombre, siempre había una fuerte mujer que le ofrecía su entrega, su amparo y su solaz. Augusto tendría también su jácena de bronce.
Para aquel propósito me sirvió, de modo excepcional, nuestro amigo Mecenas, quien hace ya más de tres décadas que se fue de nosotros. Mas, siempre que lo evoco lo hago con dolida nostalgia. Él me puso en trato con cuantas mentes promisorias estaban floreciendo. Él mismo me explicó que debía aprender de quienes aún no eran demasiado afamados. Aprender de quienes, por tanto, desde su vanidad no podían poner en valor o jactarse en influyentes círculos del hecho de que estaban sirviendo de maestros a la gran Livia Drusa. Por estas y otras insinuaciones sagaces, siempre le agradeceré su tacto y su prudencia. Pues, que de no haber sido sensata y comedida, mi afán por el saber y la cultura se hubiera considerado de inmediato como una apetencia un tanto sospechosa para una mujer.
Así me serví de Cayo Valgio Rufo, de Plocio Tucca, y de Lucio Vario Rufo. A este último tuve la ocasión de agradecer su gran cooperación de una manera espléndida, consiguiendo “un triunfo literario” para él. Pero lo hice cuando ya su prestigio no ponía en entredicho mi imagen o mi fama. Fue varios años después, cuando Augusto venciera a Marco Antonio en las aguas de Actium, en Acarnania. Yo misma propuse la celebración de aquellos “juegos” en honor de tan glorioso y heroico evento. En ese festival, Vario estrenó su tragedia sobre el griego Tiestes, padre de Egisto. Y por ello le fue entregado un millón de sestercios como granado premio. Yo misma determiné la cifra.
En mi culturización no pude recurrir como hubiera querido al insigne Virgilio, porque su estrecha amistad con mi cuñada Octavia así me lo impedía. Ese impedimento aumentó, si es que eso pudiera ya ser cierto, mi desprecio hacia ella. Esa absurda mujer, una vez más, se encontraba estorbando en medio de mis planes como un trasto inservible.
Si debo ser sincera -y ahora yo quiero serlo-, diré que fue mucho lo que me aportaron todos aquellos hombres. Mucho lo que me ha servido el saber rodearme siempre de personas idóneas, según lo han requerido asuntos y momentos. Creo que esa ha sido otra de las razones más firmes de mi éxito. Si es que éxito puede llamarse a la inmensa hoguera que me ha dado estas cenizas. Pero también diré, con toda mi arrogancia, que nunca ninguno de mis coadjutores ha recibido desdén o pago miserable por un servicio que haya efectuado con discreción a la esposa de Augusto.
Pero, yendo a la esencia, diré que fue Quinto Horacio Flaco mi prócer principal. Para él logré que mi esposo le propusiera ser su secretario y asesor personal. Pretendía así tenerlo discretamente a mi servicio, dentro de mi casa, y que, de este modo, nadie sospechara de nuestra amistad, pues él sí era honorable y famoso entre otros famosos. Pero cuando el poeta, estricto, íntegro y susceptible, rehusó aquel ofrecimiento por razonarse indigno, obtuve de Mecenas que se prestara a aparecer como su benefactor y fingiera hacerle el regalo de una finca en Tibur. Finca que yo pagué con el dinero público, sin que nadie supiera el modo en que lo hice. Al fin y al cabo, cuanto se hacía por la esposa de Cesar no era sino una rentable inversión que se hacía en la patria, pues que mi disposición era, ha sido y es plena al servicio de Roma.
Adquirí aquella villa para Horacio a las orillas del río Anio, junto al monte Ripoli. La férvida admiración que Mecenas tenía por el sabio facilitó gratamente mi ingenuo subterfugio. Aunque yo sé que la serena inteligencia de Horacio siempre supo quién había costeado aquella heredad, amparo en su vejez y digno continente de su gloriosa obra.
Agradecí a mi amigo Mecenas su firme mediación, y yo misma atendí a su postrer y más hondo deseo de ser enterrado junto a Horacio cuando llegó su día. Es prueba de amistad atender las órdenes postreras de quienes nos han dado su fervor y su ciencia. Quedaron así uncidos para la eternidad quienes habían estado tan próximos en vida. ¡Qué los dioses los mantengan eternamente asidos, cual estaba en su anhelo!
Y hasta aquel remanso de quietud y saber, recorriendo los casi veinte milia passuum que separan de Roma a aquel bello paraje, hemos ido en numerosas ocasiones Laraine y yo, cual dóciles y aplicadas alumnas. Salidas a las que nunca Augusto pusiera sus reparos, pues bien sabía él de qué modo le reportaba beneficios las virtudes lingüísticas y los razonamientos que yo iba adquiriendo, tras cada jornada de enseñanzas recibidas del honorable Horacio.
Fue aquel un tiempo fructífero y amable. Mi sirvienta y yo, a quien ya nunca más en mi dominio interior pude considerar mi esclava, aprendimos de aquellos doctos hombres cuan infinito es el mundo del saber y cómo el conocimiento, si se alía con la información oportuna, convierten a quienes los poseen en seres casi invulnerables. Y tanto como me sorprendía cada cosa que iba descubriendo, me alimentaba el grado de satisfacción que percibía en Laraine, quien desde su mutismo rotundo y su mente enormemente abierta, absorbía con placer y avidez cuanto nos era transmitido por aquel sabio hombre irónico y sagaz, incisivo y espléndido.
Recuerdo especialmente los simposios en la villa del Lacio, cuando nos sorprendía la luz del amanecer, absortas, escuchando cuanto los labios cansados del poeta nos iban desgranando a lo largo de aquellas deleitosas vigilias que, ambas, consumíamos con codicia de hambrientas. Yo sentada junto al hombre, ella acurrucada en el suelo, pues que esa y no otra era la postura que ella apetecía.
Laraine aprovisionaba nuestro trasporte con dulces y vinos exquisitos, con gran variedad de manjares selectos, pues que ella sabía que aquellas veladas debían reunir cuanto de deleitoso nos ofrece este mundo. También solíamos llevar uno de nuestros músicos. Así la reunión se convertía en puramente excelsa.   
Pero los tiempos, plagados siempre de sucesos, volvieron a traer ajetreo al triunvirato. Lépido se atrevió a invadir nuevamente la siempre disputada Sicilia, tratando de atraer hacia sí a los sextianos que andaban desmembrados. Aquellos hechos me obligaron a ser una vez más activa consejera de Augusto. Y aprovechando la extenuación suprema de mi cónyuge tras un lance amatorio, pues que él nunca admitía mis consejos sino eran sinuosamente susurrados, de tal manera que pareciera que eran ideas suyas, le insinué que viajara de inmediato a Sicilia y fuera él quien persuadiera directamente a las tropas de Lépido. Únicamente él era quien, en verdad, daba firmeza a la nación, y eso los soldados, aunque rudos y torpes, lo percibían de manera muy clara. Los soldados debían saber que era Augusto y no otro quien estaba a su frente.
Nuestro plan dio sus frutos. Tan pronto Octavio se presentó en la isla e hizo correr la noticia de su disposición a admitir en sus tropas a todos los sextianos y a cuantos soldados de Lépido quisieran aunarse, la desbandada fue plena. Tras ello, se dispuso a pactar con el traidor con tal de que éste regresara a la urbe y zanjara sus planes. Creo que hay veces que los hombres son ciegos o, al menos, ven menos que nosotras.
De nuevo me vi obligada a intervenir de súbito. “Una fiera es siempre una fiera”, le advertí. “Y solamente enjaulada y harta de pitanza es posible aplacarla; si no, hay que matarla”. Yo hubiera preferido que su suerte hubiera sido pareja a la de Sexto, pero repetir los mismos pasos era harto difícil.
Me las arreglé con sutiles contactos para que Lépido fuera formalmente declarado traidor. Se le destituyó como triunviro en una de las ceremonias más deshonrosas que yo haya presenciado en mi azarosa vida y se le desposeyó de su mando en África y de todos sus títulos y bienes inherentes. Entonces, hundido, abandonado, empobrecido y humillado intervine en su amparo. Era el momento de poner de mi parte a alguien que había sido sumamente influyente. Obtener sus servicios en estas circunstancias me resultaría realmente barato y, en suma, muy rentable. Por eso, simulando una piedad que nunca yo avalara, sugerí que se le permitiera conservar el cargo de Pontífice Máximo de modo vitalicio cual única prebenda; cual saciante comida. No era bueno que Roma despreciara a sus viejos gloriosos, aunque la avaricia les hubiera cegado de un modo transitorio.
Para estos trámites me entrevisté con Lépido para hacerle saber a quién debía agradecer tan súbito y generoso regalo. Él, pobre desastrado, me pidió que le dijera cómo debía pagarme aquel favor que le permitía un somero respiro en medio de tanta iniquidad. Yo, con un despliegue de esplendidez y modestia inventadas, le aseguré que nada me debía; que solamente aspiraba a su afecto entrañable. No sé si me creyó; tal vez fuera mucho mejor que supiera que estaba ironizando. Tiempos vendrían, con seguridad, en los yo necesitara el apoyo de algunos, y nadie me parecía mejor que un viejo que hubiera atesorado conocimientos y posicionamientos a lo largo de una vida activa e influyente y que ahora estuviera repleto de ira, de vergüenza y rencor, aunque tan débil y acosado que no pudiera demostrarlos.
Destruida la figura de Lépido y puesto a buen recaudo entre sacerdotes amigos que me informaban exhaustivamente de cualquier movimiento, llegaba el tiempo de acabar con Marco Antonio. ¿Qué sentido tenía el reparto de algo que podía y debía ser nuestro?
Para ello comencé a acercarme de manera estratégica a Octavia Turina, mi execrable cuñada. Nadie sabrá nunca la repugnancia que ha llegado a producirme esa proba mujer que fuera mi pariente y a quien deseo que los dioses hayan olvidado, aunque los romanos sigan teniéndola como ejemplo encomiable, y sigan recordándola a diario, pues que su imagen ha sido la de la primera mujer cuyo rostro figuró en las sucias monedas con que se compra y vende. Luego vino el mío.
Claro está que ser manoseada por el populacho y suplantar los trueques en los tratos y subastas no es algo digno de producir envidia, si no fuera porque una ha tenido que defender su sitio en cualquier circunstancia.
Y es que muchos han sido los trabajos y fatigas que esa “virtuosa” me ha acarreado a lo largo de su odiosa existencia. Ya lo he explicado anteriormente, pero no me resisto a no ratificarlo. Porque a aquella envidia que a mí me produjera cuando aún yo no tenía en mi poder a Augusto, le siguió mi desprecio más hondo por unirse a Marco Antonio, el depravado garañón que había atendido con fervor a su madre. Y si ello  ya no me fuera poco, tuve la obligación de tenerla en cuenta al menos en lo público. Pues que su actitud de matrona resignada y honesta, sobre todo tras la muerte de su hijo Marcelo, así me lo imponía para hacer posibles mis miras y propósitos y no suscitar sospechas ni recelos, al menos de mi esposo. Calíbrese hasta dónde ha llegado mi entrega a esta causa que ahora todos quieren arrebatarme. 
Confesaré sin rubor que he odiado a toda su progenie: a sus hijos Marco Claudio Marcelo, a Claudia Marcela Maior y a la Claudia Marcela a quien llamamos Minor, habidos todos de su primera camada con Cayo Claudio, el cónsul. He aborrecido a Julia Antonia Maior y a Julia Antonia Minor, sus hijos con el adúltero Marco Antonio. Y, si esta prole propia no le fuera bastante, nos trajo a su acogedor aprisco a Marco Antonio Antillo y Julio Marco Antonio, los hijos que el repugnante adúltero había engendrado con sus otras mujeres. Y cuando éste puso fin a su existencia junto a la prostituta de Alejandría, también se trajo a Roma a Cleopatra Selene, a Alejandro Helio y a Ptolomeo Filadelfo, de quienes ya he dicho que no quiero saber su actual paradero, si es que aún existieran.
De ese modo nos infectó Octavia la majada familiar de hijos y de hijastros, y ella se estableció como gallina clueca que ampara a cuantos polluelos miserables la precisan y siguen con piar insistente. Así confeccionó el lienzo de su fama, haciendo una falsa ostentación de afabilidad, amor materno, paciencia y resignación, más propias de sufridora estoica que de la regia hermana del hombre más preeminente de Roma. En eso recaló su elegante altivez en sumisión miserable y acato bochornoso.
Y si todo ello me resultara escaso, he tenido que soportar el afecto excesivo que su hermano siempre la profesó. Jamás olvidaré ni perdonaré cuando mi esposo, desdeñando a mi hijo Tiberio, eligió a Marco Claudio Marcelo como su heredero y lo emparejó con Julia, para, tras hacerlo su yerno, dejarle su legado. Menos mal que la muerte fue sabia y se llevó al muchacho sin demasiada ayuda.
Fue, tras el luctuoso suceso, cuando mi clemente y afligida cuñada agudizó sus afanes benéficos de santa protectora. Y junto al pórtico que Augusto levantó en honor de su doliente hermana, como si ella fuera la única madre que hubiera perdido a uno de sus hijos en servicio de Roma, ella se dedicó a financiar sus propias construcciones en zonas aledañas.
Así, en el terreno donde hasta entonces había estado el Pórtico Metelli, cerca de los templos de Apolo Sosiano y de Bellona, se levantan ahora el Pórtico de Octavia, la biblioteca y la escuela dedicada a su hijo, así como el Teatro Marcelo, el que en sus cimientos iniciara el gran Cesar y que Augusto consagró al malogrado joven. Tal vez lo hizo para dejar testimonio de su frustrado empeño en hacerlo heredero.
Seguramente los señores celestes, presididos por mi amada Cibeles, estaban más de acuerdo con mis planes que con los de mi esposo. Y es que de su desacuerdo estoy segura, pues que el día de la inauguración, cuando el eminente Horacio cantaba su ludi saecularis, la butaca oficial cedió y Octavio vino a caerse de espaldas cuan largo era su cuerpo. Un suceso hilarante como pocos, si no hubiera sido por quién era aquel a quien le sucedía.
No obstante, hay que reconocer que el templo de Apolo Médicus en el que Gaius Sosius empleó todo su botín obtenido en Judea, y el templo de la diosa Bellona, hija de Forcis y Ceto, que erigiera Appio Claudio Caecus, junto a todo este conjunto dedicado al ocio y a las artes más nobles, han embellecido de modo extraordinario esa parte de Roma.
Pues bien, vuelvo hacia atrás; a veces la cabeza se me muestra espesa.
Ya he dicho que había llegado el momento de que el traidor Marco Antonio terminara sus días. Meses hacía que había abandonado nuevamente a Octavia, para irse a amancebar a Aegyptum con “la perra del Nilo”, y ésta aún lo añoraba como lluvias en martivs. Hora era de convencer a la cándida esposa de que su lascivo cubridor ya jamás volvería y de que ella debía solicitar que oficialmente fuera declarado ofensor de la patria y traidor fementido. Sólo así podría justificarse una campaña contra él que lo desalojara del triunviro y lo persiguiera hasta el confín del mundo si era necesario.
Lo primero era poder incumplir el tratado obtenido en Tarento. La pronunciación del Senado por la que se le declaraba traidor a nuestra patria, nos hizo fácil el no tener que hacer caso ya de aquellos compromisos. Luego resultó más sencillo impedir sutilmente que las tropas reclutadas por él pudieran reunírsele. La hábil programación de algunos contratiempos en barcos y transportes estropeó sus planes. Torpemente, sin calcular sus recursos reales, iracundo y furioso, presintiendo la treta, Marco Antonio marchó hacia la Partia. Y, aunque logró la ocupación de Armenia, sufrió un marcado fracaso que enervó aún más al molesto Senado y le hizo perder los menguados apoyos que aún conservaba entre los senadores que le eran afines contra viento y marea.
Pero fue la noticia de que estaba cediendo territorios de Roma a la obscena Cleopatra, en pago de su apoyo, lo que Octavio empleó para cimentar la acusación de que Marco Antonio trataba de fundar un reino helenístico con sede en Aegyptum. Y para recobrar sus apoyos perdidos entre los cesarianos, el desafortunado no tuvo más idea que autoproclamarse tutor de Cesarión, a lo que sin duda lo empujó la pérfida ramera. Y es que no dudó, incluso, en nombrar al muchacho hijo legítimo del noble Julio César y, por tanto, heredero legal del gobierno de Roma.
El revuelo fue máximo y el escándalo inmenso. Mas, sin ser petulante, debo afirmar que se me debe a mí el gran golpe de gracia. Pues fui yo, y sólo yo, quien, amable y lisonjera con mi querido Lépido, Pontífice Máximo por mi intercesión, consiguió poner en las manos de Augusto, casi como un descuido, el testamento que Marco Antonio tenía depositado en el templo de Vesta.
Como se puede ver no había transcurrido mucho tiempo y ya recibía yo mis beneficios por mi favor a Lépido. Una promesa de ampliación de la casa de las sacerdotisas, que luego he ido demorando en el tiempo y reutilizado en otra ocasión que ya diré, para que cada piedra me fuera reportando sus pingües beneficios. Fue éste el teórico pago que me supuso el fraude, por el que una de las más nobles damas custodias del sacrosanto fuego, quebrantando sus deberes y votos, sustrajo el rollo en el que ni Octavia ni sus hijas figuraban tal y como legalmente obligaba el Derecho de Sucesiones romano.
Al saberse la ofensa, la casta de los próceres bramó embravecida y todos estuvieron de acuerdo en dotar a Vipsanio de cuanto fuera necesario para enfrentarse a Marco Antonio y traerlo ante ellos. Tal era aquella furia que nadie reparó en la atrocidad que había supuesto violentar el pliego sellado y sacrosanto.
Actium fue el lugar. Marco Vipsanio Agripa de nuevo sirvió a la patria de un modo contundente. No se debe olvidar de que su devoción a Octavia le enfrentaba a un traidor a la patria y a un perjuro y adúltero a su amada. La costa occidental de Grecia contempló la derrota de Marco Antonio y la huida de las sesenta naves de Cleopatra, que incomprensiblemente abandonó a su amante antes de que el enfrentamiento hubiera terminado, dirigiéndose hacia el Peloponeso. Una vez más quedaba palmariamente claro que aquel alacrán jamás quiso a nadie que no fuera su sangre y su afán de reinado.
El indigno Marco Antonio la persiguió como un perro obsequioso que lame a su amo después del apaleo. Luego, dicen que ella tornó a Alejandría mientras que el derrotado puso rumbo hacia la Cirenaica, donde había dejado a parte de sus tropas, que ya lo amenazaban con las sublevaciones. Pero fue, cuando supimos que Marco Antonio había vuelto al lado de la víbora, cuando convencí a Augusto de que debía ir hasta su misma hura y traerlos a Roma para mostrarlos como botín de guerra en un magnífico desfile y en suntuoso “triunfo”.
Soñé con contemplar esa satisfacción por la que hubiera dado la mitad de mi vida. Mas, no quiso Cibeles que así me alborozase. La indigna malnacida, presintiendo cual era su destino, engañó a Marco Antonio haciéndolo creer que se había matado, por lo que él se echó sobre su propia espada. Todo era mentira. La infame y ruin, tras intentar embelesar a Augusto, y viendo que él no entraba en sus engaños de hembra seductora, decidió meter su brazo en un cesto con frutas en el que también reptaba un negro áspid.
Dicen que la encontraron bañada y maquillada como para una fiesta. Dicen que estaba tendida sobre un lecho dorado, adornado con flores de loto y de papiro, y custodiado por cuatro cocodrilos, junto a sus dos sirvientas, la dulce Iras y la leal Carmión. Un escenario, en verdad, digno de una tragedia griega. Quizás fueran esas magnificencias del viento del desierto, que dicen que enloquece a sus gentes, las que les inspiraran a montar tan teatral conjunto mortuorio.
Cuando Augusto estuvo a mi lado, le pregunté si en realidad ella se le había ofrecido. Augusto me miró con cómplice mirada: “Si la nariz de Cleopatra hubiera sido otra, también hubiera sido otra la historia de este mundo”. Yo le cogí de una de sus manos y le conduje al lecho, mientras una enorme carcajada mía se iba desmoronando y produciendo enormes resonancias por aquel gran pasillo de nuestra nueva casa.








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