XV. LA PARED
DE LA INJURIA
Quiero pasar sobre este acontecimiento de forma
sigilosa pues
su recuerdo me tortura el alma como un hierro candente al que temo con un
terror de fiera acosada. Sin embargo, debo reconocer que la narración de mi
historia nunca sería tal si no acometiera el relato de este suceso que, sin
duda alguna, es uno de los centros de mi insípida vida.
Creo que fueron los efluvios de
un tiempo de bonanzas en el que todo parecía brotar en mi entorno cual si la
primavera no tuviera remate y fuera, por lo tanto, una estación perenne,
dichosa y abundante. Llegué, como ya he dicho, a la casa de Augusto junto con
mi señora. Ningún otro esclavo o esclava de la honorable casa de Tiberio
Claudio Nerón nos secundó en el dorado tránsito. Pero de inmediato mi dómina estableció cuál era su dominio en
la nueva morada. Al mismo tiempo, y como parte muy relevante en ello, a mí se
me asignó la jefatura máxima en terrenos domésticos. Augusto me acogió desde el
principio con plena confianza, dedicándome un afecto y una cercanía que para
todos resultaba enigmática y hasta merecedora de recelos y envidias. Se entregaron
a mis órdenes hasta catorce esclavas y hasta cinco muchachos; todos ellos para
ser atendidos los aspectos caseros y a mis únicas órdenes. Mi misión no era
otra que la de organizar y supervisar todo cuanto en la domus sucedía a diario. Ropas, comidas, aposentos, patios, visitas,
limpiezas y abastecimientos. Toda aquella vasta tarea de intendencia era de mi estricto
cuidado. Mi mudez, que en un principio alguien pudo pensar como un
inconveniente tal vez insuperable, pronto se demostró que en nada me impedía un
control riguroso y un esmero eficiente en aquella complicada y multiforme faena.
Una simple pizarra que yo llevaba colgada a mi cintura de manera continua fue suficiente
en los primeros días. Después, las órdenes dadas siempre con suma precisión y
la contundente y esmerada valoración de actitudes, caracteres personales y
escuetos y nítidos resultados, me facilitaron la depuración de mis ayudas y el
control riguroso de todo aquel embrollo. Logré así, en muy poco tiempo, tener
al servicio de la primera domus de
Roma a un grupo de sirvientes de excelente valía, que eran la admiración y
envidia de cuantas damas podían visitarnos y el orgullo de Octavio y de su
esposa. Una directa y estrecha colaboración de Livia, supervisando y sugiriendo
con libertad cuanto le parecía, completaban y enriquecían aquel servicio
preciso y exquisito.
Cualquier recepción o convite en la casa de
Octavio era, al día siguiente, comentado de forma encomiable por la ciudad
entera. También nuestro señor estaba satisfecho de forma extraordinaria, pues,
además de que su triclinium era
siempre primorosamente servido con formas y aderezos sorprendentes, los
manjares servidos eran de excelente calidad, variados y exquisitamente
cocinados con fórmulas y maneras muchas veces novedosas y exóticas, para cuya
consecución yo contaba con todas las posibilidades.
A ello había que añadir que su
nueva esposa cada vez concitaba más sorpresa y comentarios favorables en cuanto
a su distinción, conducta distinguida, y, lo que era mucho más importante, su
eficacia asesora y su talento lúcido. Sus vestidos despertaban fruición y
asombro en cuantos solían acompañarles en agasajos, recepciones o actos
oficiales. En pocos meses la frágil e insignificante Livia se había convertido
en todo un referente de fuerza, elegancia y modales y una guía a quien toda
dama que quisiera preciarse debía emular. La oportuna elección de sus telas,
aderezos, peinados y cosméticos eran siempre una labor mía, que sin rubor
alguno debo reconocer como de gran acierto.
Por todo ello; por el rumbo
certero de la domus y por la descrita
realización de mis tareas, recibía yo continuos elogios y felicitaciones del
pater de familia.
Quizá por todo ello mi vanidad
vino a engrosarse y a hacerme sentir por vez primera cual mujer preeminente que,
pese a mis orígenes y las vicisitudes que me había deparado la vida hasta
entonces, también tenía derecho a mirarse a sí misma y a permitirse sentir lo
que otras sentían. Y todo esto vino a materializarse en la licencia que me
otorgué a mí misma para admirar a uno de los esclavos de Marco Vipsanio Agripa,
mano derecha de mi amo y firme
colaborador de mi señora.
Vesonio Ceio, que así se llamaba
mi admirado, era natural de Stabia, hermosa ciudad marítima situada en el golfo
de Surrentum. Allí nos desplazábamos con cierta frecuencia, pues mi señor tenía
gran predilección por la villa que había adquirido en la isla de Capreae, lugar
en el que la naturaleza concita cuanta belleza pudiera imaginarse. No obstante,
yo puse mis ojos en él un día que el muchacho acompañó a su amo a nuestra casa
en Roma, lo que Agripa hacía con diaria frecuencia.
Vesonio era un hombre fuerte, de
pelo rizo y frente despejada y de ojos sagaces de un color glauco oliváceo. Tenía
un temperamento sereno y contenido. Un cuerpo firme y un talle armonioso y, en
suma, atractivo. A mí, algo en él, me recordaba al durmiente Vesuvius, pues
bajo su semblante sereno y apacible se escondía un furor vehemente y decidido,
caustico y muy preclaro, como el que dicen los sabios que tiene la lava del
volcán cuando éste vomita el fuego de su entraña. Es ahora, tras pasar muchos
años, cuando con serena templanza puedo describirlo así, lo que agradezco a las
fuerzas ocultas o a quienes haya correspondido la total sanación de todas mis
heridas. Pero debo seguir.
Recuerdo haberlo mirado yo con
insistencia durante algunos días de seguidos encuentros entre nuestros señores.
Recuerdo también el instante preciso en el que mi insistente mirada recibiera
por fin respuesta y atención por parte de la suya. Y cómo, desde aquel momento,
yo comencé a simular un medido desdén, sabiendo que mi presa ya había mordido
en mi explicito anzuelo. Mi imposibilidad para hablar era bien conocida, por
eso no dudé en que él sabía bien de aquella escasez y deficiencia mía. Por otra
parte, yo era bien conocida entre los cautivos y sirvientes de nuestras dos
viviendas y muchos eran los que deseaban estar bajo mis órdenes. Ser la regente
de la mansión de Livia era un atractivo puesto cuya proximidad tenía su
aliciente. Quiero pensar que fue por mí, y no por otra causa, por lo que él
comenzó su ardiente acercamiento.
Desde un principio confié a mi dómina aquel naciente afecto y ella se situó
como cómplice de nuestros escarceos. Tal vez también por ello, yo me sentí más
firme y proseguí el idilio que pronto vino a sorprenderme. Pues que debo
reconocer que me ligó en fervor y pasiones, como nunca jamás yo hubiera podido
imaginar que pudiera anudarme el afecto a un hombre.
Pudiera ser por eso o porque mi
alma entendió que también para mí la vida tenía preparados manjares excelentes,
o por cualquier otra de esas razones que sólo anidan en la mente de sabios o de
dioses, pero me di a él en plétora sin tasa.
Debo reconocer que no fue un
acto pensado y diseñado como es mi costumbre. Debo reconocer que la inequívoca
seguridad o la deseosa imaginación de ella, que yo veía en Vesonio, me llevaron
a ofrecerme a él sin premisas ni tratos, sin cautelas ni planes, en la
seguridad de que todo era tácito y compartido por ambos. Hasta tal límite yo
estaba segura de forma contundente en el amor de aquel hombre y en el hecho de
que nuestros destinos estaban ya sellados de forma inseparable por el resto del
tiempo.
Yacer con él era abandonar el mundo y
sentir que nada de cuanto había vivido me lastraba a la tierra. Tiemblo aún hoy,
y debo detenerme un instante, cuando permito a mi compasiva memoria evocar
aquel tiempo glorioso e irreal. Aquel tiempo, que si no fuera por la marca de
dolor infinito que me dejó en el alma, jamás podría afirmar que hubiera sido
cierto y sí un sueño venturoso de esos que nos son concedidos durante el reposo
para hacernos creer que esta vida resulta grata y soportable.
Pronto estuve encinta. Debió ser
el ansia de mi entraña o que la diosa Juno me bendijo por burla, pues que de
inmediato todo vino a tornarse y a ponerse en mi contra. Livia se quedó
circunspecta tan pronto corrí a darle la gozosa noticia que de modo tan venturoso me aleteaba dentro sin poder
contenerme. Yo no dudaba en que aquello sería una satisfacción para ella, igual
que para cuantos me valoraban. Por lo que su mediación ante Agripa haría que
Vesonio pasara a nuestra casa sin dilación de tiempo ni controversia alguna. Él
era un buen esclavo y no pocos trabajos podían serle encomendados con garantía
absoluta de un franco rendimiento. La compra venta no era cuestión de precio.
Pues hasta como un regalo se lo hubiera donado Agripa si así se lo hubiera
pedido mi dómina o su amigo.
No fue así. Livia me miró
impasible; hermética y callada, con ese despliegue helador que luego la he
visto utilizar en tantas ocasiones. No sé qué negra nube entró en su cabeza,
ocupó sus sentidos y nubló sus afectos. Por un instante, me pareció que estaba
en otro mundo. Qué asuntos trascendentes ocupaban su alma haciendo imposible
prestarme su fervor y anuencia. No sé qué fue en concreto. Pero una desolación enorme
me hizo nuevamente sentirme indefensa, desnuda y burlada en medio de una plaza
que estuviera repleta de burdos transeúntes. Un negro pensamiento me condujo de nuevo a la
casa de Lurco.
Pero más controvertida había de
ser aún mi tribulación. Pues, un instante después, la que era mi dómina recompuso sus formas y comenzó a
hablarme en reparados halagos y ambiguos parabienes. Y no sé yo si aquel restaurado
talante no me ofreció aún mayor temor ante lo que ya era concebido en mi alma
como un pecado horrendo y una falta execrable. Luego me preguntó si estaba bien
segura de lo que le anunciaba. Y de inmediato se interesó por saber si alguien
más que nosotras sabía la noticia. Yo negué con mis ojos, perdida entre mil
conjeturas. Y de inmediato me aconsejó que no dijera nada, pues que aquella era
una cuestión entre hembras, al menos hasta que todo estuviera, en verdad,
confirmado y sellados los tratos que debían fraguarse. Sin duda –pensé yo-
Livia quería que no se mancillase el honor y el decoro en la casa de Augusto,
quien estaba obsesionado en ser enseña viva
de moral y pudicia.
Era ya el tercer mes que a mí no
me había visitado mi flujo. Y si yo, en cuanto a eso, siempre había sufrido
bastantes desarreglos, bien sabía mi estado. Lo sabía por esa suerte de seguridad
que asiste a las mujeres cuando la concepción viene asentada en la dicha y se
instala a placer en sus entrañas inundando su alma. A Vesonio no se lo había
dicho, al igual que no se lo había dicho a nadie, porque quería guardar para mí y disfrutar en
toda intimidad, y durante un corto tiempo, aquella sensación inmensa que me
hacía sentir el reencuentro más veraz que nunca había sentido con mi
naturaleza. Pensaba en mis padres, en mi hermana, en Ancia y, a la vez, soñaba
con mi hijo como si él fuera, al fin, mi redención.
Tras nuestra confidencia, Livia
pareció modificar su reacción primera y yo olvidé aquel incidente y lo
consideré como nunca ocurrido. Lo atribuí tan sólo a la sorpresa o a los
múltiples conflictos que ella llevaba siempre bullendo en su cabeza. Es más; como
disculpa y en apoyo de aquella reacción, vino a mi mente la poco grata
experiencia que ella había tenido con sus dos embarazos, lo que la hacía ahora
y hasta la testarudez, impedir su preñez, aún a pesar de que a Octavio le
hubiera entusiasmado que ella le hubiera dado un hijo.
Dejé pasar cerca de tres semanas
y me dispuse a dar la gran noticia a mi amado Vesonio. Elegí para ello un día
que su señor había anunciado su visita a mi dómine,
y pensando que la siempre excesiva duración de las mismas, sin duda, nos
proporcionaría tiempo suficiente para estar juntos durante algunas horas, como
era de hábito. Livia sabía mis propósitos y me animaba a ello.
Pero
Vesonio no acompañó aquella noche a Agripa.
Como era costumbre, yo tenía dispuesto
todo lo concerniente a la última comida de aquel signado día, en la que siempre
se hacía algún extraordinario si había convidados. Tordos rebozados en harina
de trigo, huevos de ganso con granadas y dátiles y lirones con semillas de ababol
y con nueces maceradas en leche. También había yo aderezado un vino excelente
traído de Miseno, templado, confitado con miel y aromado de especias, y varias
clases de mazapanes para colmar los postres.
Desde mis potestades, y en
estricto silencio, quería yo que mi amo y el amo de mi hombre celebraran, sin
saberlo siquiera, lo que para mí y Vesonio sería, sin duda, una inmensa alegría.
Cuando llegó el huésped, me
sorprendió el grupo de sus acompañantes, en el que ninguno era de los
habituales. Pero mi discreción me impidió preguntar por mi amado. No obstante,
solicité a nuestra esclava Iris que indagara entre la nueva escolta sobre qué
había sido, aquel día, de los hombres que hasta entonces solía ser el grupo de
tutores de su señor y amo. Ellos no supieron darle respuesta alguna. Desde mi
desazón, y en cuantas intervenciones tuve en el triclinium durante la velada, escruté interrogante los ojos de
Vipsanio Agripa, y puedo asegurar que los suyos no eran en modo alguno
completamente ajenos a mis interrogantes. Pero yo bien sabía que ni él vendría
a disipar mis dudas ni a mí me estaba permitido inquirir a los huéspedes con
ansias o preguntas. Octavio, Livia y Marco Vipsanio Agripa gozaron la velada
entre halagos y risas. Y cuando mi señora se retiró a su alcoba y yo fui hasta
ella para solicitarle aclaración al hecho, ella me anunció con interés confuso
que, al parecer, Agripa había destacado a algunos de sus hombres hasta la Magna
Grecia, pues que en breve haría un viaje rápido del que regresarían todos a las
pocas semanas. Por tanto, me dijo entre sonrisas que no debía inquietarme, pues
que Vesonio pronto retornaría a Roma. Y en un arranque de gentileza extrema me
preguntó si deseaba que ella retornara al cenáculo y anunciara a los dos
comensales cual era mi estado. Si bien, de inmediato afirmó que ella no consideraba
oportuno que nuestros dos señores supieran el asunto antes de que yo misma se
lo hubiera comentado al venturoso padre.
Siete días después me sentí
indispuesta. Me desperté en medio de la noche bañada en un sudor frío y sentí
que mi entraña se me retorcía como si un ácido me estuviera corroyendo el
hondón de mi vientre. Me abrasaba la frente y mis manos y mi cuerpo me
temblaban indóciles. También tenía las mandíbulas candadas y la respiración se
me hacía costosa, mientras un mar de sudor empapaba mi almohada, mi camisa y hasta
la saca de paja que me hacía de lecho.
Ya durante los días anteriores
no me había sentido como era normal, pero lo había achacado a mi estado general
de desánimo y a la perplejidad que me había causado la ausencia, para mí inexplicable,
del que era el padre del hijo que estaba esperando. Una honda desazón me había
embargado y un halo de temores parecía haberse afincado en mi alma cual un negro
pronóstico. Según decía el resto de la servidumbre, mi aspecto era grisáceo y macilento
y yo achaqué aquella palidez al estado en el que me encontraba, que sin duda ya
iba mostrando su gravidez y mudanzas. Vomitaba a diario y me hallaba cansada.
Mi dómina, tras aquella primera reacción extraña, había vuelto a
mostrarme su cercanía y su afecto, más resuelta que nunca. Diariamente me hacía
comparecer en su presencia para examinarme y hasta, en connivencia con su
médico, había ordenado que éste me administrara con rigor inquebrantable un
reconstituyente que él aseguraba que era muy salutífero para las fecundadas.
Mas, pese a todo, yo cada día me encontraba más débil y revuelta, más cérea y mortecina.
Una gran pesadumbre me lastraba el cuerpo y el alma.
A esa hora, toda aquella parte
de la casa estaba sumida en el silencio. Mi habitación, la única individual que
ocupaba una esclava, estaba situada en el extremo más remoto de toda la
vivienda. Por el día se cegaba la luz para que no incomodara en las horas más
tórridas. Pero por la noche, cuando había luna, un pequeño haz de resplandor solía
colarse desde el peristylium dibujando
un cuchillo de luz sobre mi muro. Era una faja estrecha, a quien yo conocía
como a una amiga atenta, pues a ella le había confiado mis tristezas, alegrías
y dudas durante muchas noches de insomnios y apatías. Era un corte blanco y frío cual el hiriente hielo, pero yo lo
amaba como emblema de algo profundamente mío.
En medio de aquella penumbra traté de
buscar a tientas el borde de mi cama para incorporarme e ir hasta una de las
lámparas que en el atrium permanecían
encendidas durante toda la noche. Haciendo un esfuerzo supremo me liberé del
lecho y repté por el suelo. Un pinchazo agudo me trepanó la entraña. Palpé la
zona más baja de mi vientre y me encogí presa de un terror infinito. Reconocí,
horrorizada, la humedad templada que ofrecía mi sangre. Mi corazón comenzó a
golpear en mi pecho como un tambor tozudo, a la vez que una ola de sudor volvía
a empaparme la frente, arder sobre mi espalda y a esmaltarme el rostro. Era
como si alguien, en medio de la sombra, me hubiera asestado una cuchillada mortal
y despiadada. Una repugnante serosidad templada me empapaba las ropas. De
inmediato sentí su olor a hierro y su espesor de coágulos.
Yo odiaba la sangre, especialmente
desde aquel día en que tuvo lugar la iniciación sagrada de mi ama ante la santa
Diosa.
Traté de incorporarme nuevamente pero
mis brazos y mis piernas ya no me obedecieron. Quise gritar pero de inmediato
mi garganta me respondió afónica. Del modo que pude, fui arañando el suelo,
apoyando los codos para seguir reptando hasta el lugar donde dormían todas
nuestras esclavas. Mi entraña parecía rompérseme, como si a cada tramo mi
cuerpo se trabara en un gancho del suelo y alguien me liberara de ello de una
forma violenta sin reparar en daños.
Palpé a Iris hasta que se despertó y
oí su exclamación aterrada e incrédula. Con la mano sanguínea la tapé sus
baladros para que las otras muchachas no fueran a asustarse. Ella me socorrió
y, a rastras, me llevó hasta el lavadero. Allí, contra la pila, me descubrió
los bajos, me taponó la pérdida y me lavó un poco. Agradecí el frío del agua
helada como un regalo máximo. Luego dicen que fue a despertar a Livia.
Después, sé que permanecí varios
días entre la vida y la muerte hasta que eché de mis entrañas aquel cargamento
que era mi esperanza pero que, al parecer, desde un principio, se me había
presentado como una donación que no me mereciera.
La fiebre me abrazó estrechamente
y mi cabeza se perdió en delirios y monstruos que me hacían revolverme y asirme
la sien y los oídos y taparme los ojos mientras mi cuerpo entero parecía
hundírseme en un pozo que no tuviera fondo. Pedía con mis manos que me dejaran
sola, que no encendieran lucerna
alguna en mi aposento y que no insistieran en darme alimentos, pues que
aborrecía su olor y su presencia. Únicamente mi estómago solicitaba agua para
apagar aquella sed que me abrasaba como ascuas al rojo.
Pero cuando me dejaban a solas,
una horrible quimera me llenaba los ojos como único horizonte de una visión horrenda,
irreal y confusa. Y es que sobre el muro en el que se apoyaba mi cama, a la
altura del jergón, una inscripción me escupía como un enemigo avieso, airado e
injuriante. “Numquam te amavi”.
Era un escrito hecho con sangre suciamente
roja. Un rótulo trazado con premura y torpeza. Una inscripción de letras
desiguales, como esas que marcan por las noches los adversarios, sin ser vistos,
en los muros de aquellos a quienes detestan o quieren denunciar por crímenes,
vergüenzas o subrepticios fraudes. Yo procuraba tapar aquellas letras irreales palmeando
insistente con mis manos indóciles. Entornaba mis ojos o huía de ellas como de
telarañas que llenaran mi pelo de opresores hilos. Pero ellas volvían a ocuparme
con la insana insistencia con que vuelven las moscas en las tardes de otoño.
Aquella inscripción me escupía su ofensa sin que yo pudiera evitarlo y
pareciendo que nadie, salvo yo, se daba cuenta de ello. “Numquam te amavi”.
Livia visitaba mi cabecera con obstinada
frecuencia. Entre las nieblas de mis febriles monstruos, la vi mirarme con ojos
de terror y porfiar con su médico acusándole y recriminándole algo que para mí
era ininteligible. Su ira era inmensa y sólo se apaciguaba cuando creía que mi
estado me permitía ser un poco más consciente de lo que allí pasaba. Entonces
se volvía amable y delicada y pedía a todos que nos dejaran solas y ella sola
me velaba con su mayor afecto.
Creo que es la vez que he estado más próxima a la
muerte, pues a mis deseos de no seguir viviendo se unió aquella pérdida de
sangre que durante días me debilitó de forma tan extraordinaria. Cuando
lograron cortarme la hemorragia, mi estado era tan lamentable que ni siquiera
podía incorporarme en mi camastro para ingerir el agua. No tenía fuerzas ni tan
siquiera para beber los liquidos por lo que se limitaban a ponerme un trapo
húmedo en los labios del que yo succionaba como me era posible. Los párpados me
pesaban de modo insoportable y lo único que quería era dormir sin que nada ni
nadie quebrantara mi sueño. Dormirme para siempre. Entonces creo haber oído por
primera vez una enorme risotada trepanándome el cráneo como un fogonazo de ironía,
sarcasmo y cruel evidencia. Era la risa gruesa del histrión Vernus Cortinio
Gelio. Era la materialización de aquel exabrupto que él me pronosticara en
alguna de aquellas sus noches más álgidas de tragedias y de disparates. Entonces
envuelta en lágrimas del alma comprendí su mensaje.
En la pared de mi muro, a la
altura que tapaban las ropas, y que sólo yo podía ver cuando las retiraba,
seguía aquel letrero “Nunca te he
querido” ¿Quién lo había trazado? Sin duda debía haber sido Vesonio. ¿Pero
cómo? ¿Cuándo? ¿Cómo había tenido él acceso hasta mi aposento sin que yo lo advirtiera?
¿Y, por qué? ¿Por qué, si aquello era verdad, quería escupirme con ello de modo
tan cruento?
Nunca tuve respuesta. Vesonio
nunca más regresó a la urbe romana. Las noticias sobre su paradero eran
confusas y todos rehuían referirme detalles. Y cuando rogué a Livia que se
interesara por su suerte, ella me prometió que se lo preguntaría a Agripa en
cuanto se terciara. Pero nunca llegó a darme una clara respuesta.
En un principio, a mí me
obsesionaba aquella ausencia, pero luego me fui acostumbrando y opté por irlo
dejando en el olvido poco a poco. Recordaba las palabras abstrusas de Gelio:
“…el dolor encastrado en las entrañas; ese dolor que sólo la mujer conoce”.
Sí, conocía yo muy bien el
comportamiento de los hombres, desde el tiempo en que serví en el prostíbulo de
Ostia. Pero además, tal vez mi vida estuviera decretada para ser vivida en
soledad.
Cuando vino el tiempo de
enjalbegar, blanqueé mi aposento para que desapareciera la frase de la injuria.
Ya nadie puede verla ni saber dónde estaba, salvo yo. Yo, que sigo de vez en
cuando pasando mi dedo sobre el humo de esas torpes letras que han servido para
recordarme, a lo largo de mi afligida vida, cuál es en verdad la dura condición
de mi existencia desde el día que me trajeron enjaulada hasta la prestigiosa y
magnífica Roma.
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