lunes, 5 de mayo de 2014

XV. LA PARED DE LA INJURIA



XV.     LA PARED DE LA INJURIA


Quiero pasar sobre este acontecimiento de forma sigilosa pues su recuerdo me tortura el alma como un hierro candente al que temo con un terror de fiera acosada. Sin embargo, debo reconocer que la narración de mi historia nunca sería tal si no acometiera el relato de este suceso que, sin duda alguna, es uno de los centros de mi insípida vida.
                Creo que fueron los efluvios de un tiempo de bonanzas en el que todo parecía brotar en mi entorno cual si la primavera no tuviera remate y fuera, por lo tanto, una estación perenne, dichosa y abundante. Llegué, como ya he dicho, a la casa de Augusto junto con mi señora. Ningún otro esclavo o esclava de la honorable casa de Tiberio Claudio Nerón nos secundó en el dorado tránsito. Pero de inmediato mi dómina estableció cuál era su dominio en la nueva morada. Al mismo tiempo, y como parte muy relevante en ello, a mí se me asignó la jefatura máxima en terrenos domésticos. Augusto me acogió desde el principio con plena confianza, dedicándome un afecto y una cercanía que para todos resultaba enigmática y hasta merecedora de recelos y envidias. Se entregaron a mis órdenes hasta catorce esclavas y hasta cinco muchachos; todos ellos para ser atendidos los aspectos caseros y a mis únicas órdenes. Mi misión no era otra que la de organizar y supervisar todo cuanto en la domus sucedía a diario. Ropas, comidas, aposentos, patios, visitas, limpiezas y abastecimientos. Toda aquella vasta tarea de intendencia era de mi estricto cuidado. Mi mudez, que en un principio alguien pudo pensar como un inconveniente tal vez insuperable, pronto se demostró que en nada me impedía un control riguroso y un esmero eficiente en aquella complicada y multiforme faena. Una simple pizarra que yo llevaba colgada a mi cintura de manera continua fue suficiente en los primeros días. Después, las órdenes dadas siempre con suma precisión y la contundente y esmerada valoración de actitudes, caracteres personales y escuetos y nítidos resultados, me facilitaron la depuración de mis ayudas y el control riguroso de todo aquel embrollo. Logré así, en muy poco tiempo, tener al servicio de la primera domus de Roma a un grupo de sirvientes de excelente valía, que eran la admiración y envidia de cuantas damas podían visitarnos y el orgullo de Octavio y de su esposa. Una directa y estrecha colaboración de Livia, supervisando y sugiriendo con libertad cuanto le parecía, completaban y enriquecían aquel servicio preciso y exquisito.
                 Cualquier recepción o convite en la casa de Octavio era, al día siguiente, comentado de forma encomiable por la ciudad entera. También nuestro señor estaba satisfecho de forma extraordinaria, pues, además de que su triclinium era siempre primorosamente servido con formas y aderezos sorprendentes, los manjares servidos eran de excelente calidad, variados y exquisitamente cocinados con fórmulas y maneras muchas veces novedosas y exóticas, para cuya consecución yo contaba con todas las posibilidades.
                A ello había que añadir que su nueva esposa cada vez concitaba más sorpresa y comentarios favorables en cuanto a su distinción, conducta distinguida, y, lo que era mucho más importante, su eficacia asesora y su talento lúcido. Sus vestidos despertaban fruición y asombro en cuantos solían acompañarles en agasajos, recepciones o actos oficiales. En pocos meses la frágil e insignificante Livia se había convertido en todo un referente de fuerza, elegancia y modales y una guía a quien toda dama que quisiera preciarse debía emular. La oportuna elección de sus telas, aderezos, peinados y cosméticos eran siempre una labor mía, que sin rubor alguno debo reconocer como de gran acierto.
                Por todo ello; por el rumbo certero de la domus y por la descrita realización de mis tareas, recibía yo continuos elogios y felicitaciones del pater de familia.
                Quizá por todo ello mi vanidad vino a engrosarse y a hacerme sentir por vez primera cual mujer preeminente que, pese a mis orígenes y las vicisitudes que me había deparado la vida hasta entonces, también tenía derecho a mirarse a sí misma y a permitirse sentir lo que otras sentían. Y todo esto vino a materializarse en la licencia que me otorgué a mí misma para admirar a uno de los esclavos de Marco Vipsanio Agripa, mano derecha de  mi amo y firme colaborador de mi señora.
                Vesonio Ceio, que así se llamaba mi admirado, era natural de Stabia, hermosa ciudad marítima situada en el golfo de Surrentum. Allí nos desplazábamos con cierta frecuencia, pues mi señor tenía gran predilección por la villa que había adquirido en la isla de Capreae, lugar en el que la naturaleza concita cuanta belleza pudiera imaginarse. No obstante, yo puse mis ojos en él un día que el muchacho acompañó a su amo a nuestra casa en Roma, lo que Agripa hacía con diaria frecuencia.
                Vesonio era un hombre fuerte, de pelo rizo y frente despejada y de ojos sagaces de un color glauco oliváceo. Tenía un temperamento sereno y contenido. Un cuerpo firme y un talle armonioso y, en suma, atractivo. A mí, algo en él, me recordaba al durmiente Vesuvius, pues bajo su semblante sereno y apacible se escondía un furor vehemente y decidido, caustico y muy preclaro, como el que dicen los sabios que tiene la lava del volcán cuando éste vomita el fuego de su entraña. Es ahora, tras pasar muchos años, cuando con serena templanza puedo describirlo así, lo que agradezco a las fuerzas ocultas o a quienes haya correspondido la total sanación de todas mis heridas. Pero debo seguir.
Recuerdo haberlo mirado yo con insistencia durante algunos días de seguidos encuentros entre nuestros señores. Recuerdo también el instante preciso en el que mi insistente mirada recibiera por fin respuesta y atención por parte de la suya. Y cómo, desde aquel momento, yo comencé a simular un medido desdén, sabiendo que mi presa ya había mordido en mi explicito anzuelo. Mi imposibilidad para hablar era bien conocida, por eso no dudé en que él sabía bien de aquella escasez y deficiencia mía. Por otra parte, yo era bien conocida entre los cautivos y sirvientes de nuestras dos viviendas y muchos eran los que deseaban estar bajo mis órdenes. Ser la regente de la mansión de Livia era un atractivo puesto cuya proximidad tenía su aliciente. Quiero pensar que fue por mí, y no por otra causa, por lo que él comenzó su ardiente acercamiento.
                Desde un principio confié a mi dómina aquel naciente afecto y ella se situó como cómplice de nuestros escarceos. Tal vez también por ello, yo me sentí más firme y proseguí el idilio que pronto vino a sorprenderme. Pues que debo reconocer que me ligó en fervor y pasiones, como nunca jamás yo hubiera podido imaginar que pudiera anudarme el afecto a un hombre.
                Pudiera ser por eso o porque mi alma entendió que también para mí la vida tenía preparados manjares excelentes, o por cualquier otra de esas razones que sólo anidan en la mente de sabios o de dioses, pero me di a él en plétora sin tasa.
                Debo reconocer que no fue un acto pensado y diseñado como es mi costumbre. Debo reconocer que la inequívoca seguridad o la deseosa imaginación de ella, que yo veía en Vesonio, me llevaron a ofrecerme a él sin premisas ni tratos, sin cautelas ni planes, en la seguridad de que todo era tácito y compartido por ambos. Hasta tal límite yo estaba segura de forma contundente en el amor de aquel hombre y en el hecho de que nuestros destinos estaban ya sellados de forma inseparable por el resto del tiempo.
Yacer con él era abandonar el mundo y sentir que nada de cuanto había vivido me lastraba a la tierra. Tiemblo aún hoy, y debo detenerme un instante, cuando permito a mi compasiva memoria evocar aquel tiempo glorioso e irreal. Aquel tiempo, que si no fuera por la marca de dolor infinito que me dejó en el alma, jamás podría afirmar que hubiera sido cierto y sí un sueño venturoso de esos que nos son concedidos durante el reposo para hacernos creer que esta vida resulta grata y soportable.
                Pronto estuve encinta. Debió ser el ansia de mi entraña o que la diosa Juno me bendijo por burla, pues que de inmediato todo vino a tornarse y a ponerse en mi contra. Livia se quedó circunspecta tan pronto corrí a darle la gozosa noticia que de modo tan  venturoso me aleteaba dentro sin poder contenerme. Yo no dudaba en que aquello sería una satisfacción para ella, igual que para cuantos me valoraban. Por lo que su mediación ante Agripa haría que Vesonio pasara a nuestra casa sin dilación de tiempo ni controversia alguna. Él era un buen esclavo y no pocos trabajos podían serle encomendados con garantía absoluta de un franco rendimiento. La compra venta no era cuestión de precio. Pues hasta como un regalo se lo hubiera donado Agripa si así se lo hubiera pedido mi dómina o su amigo.
                No fue así. Livia me miró impasible; hermética y callada, con ese despliegue helador que luego la he visto utilizar en tantas ocasiones. No sé qué negra nube entró en su cabeza, ocupó sus sentidos y nubló sus afectos. Por un instante, me pareció que estaba en otro mundo. Qué asuntos trascendentes ocupaban su alma haciendo imposible prestarme su fervor y anuencia. No sé qué fue en concreto. Pero una desolación enorme me hizo nuevamente sentirme indefensa, desnuda y burlada en medio de una plaza que estuviera repleta de burdos transeúntes.  Un negro pensamiento me condujo de nuevo a la casa de Lurco.
                Pero más controvertida había de ser aún mi tribulación. Pues, un instante después, la que era mi dómina recompuso sus formas y comenzó a hablarme en reparados halagos y ambiguos parabienes. Y no sé yo si aquel restaurado talante no me ofreció aún mayor temor ante lo que ya era concebido en mi alma como un pecado horrendo y una falta execrable. Luego me preguntó si estaba bien segura de lo que le anunciaba. Y de inmediato se interesó por saber si alguien más que nosotras sabía la noticia. Yo negué con mis ojos, perdida entre mil conjeturas. Y de inmediato me aconsejó que no dijera nada, pues que aquella era una cuestión entre hembras, al menos hasta que todo estuviera, en verdad, confirmado y sellados los tratos que debían fraguarse. Sin duda –pensé yo- Livia quería que no se mancillase el honor y el decoro en la casa de Augusto, quien estaba obsesionado en ser  enseña viva de moral y pudicia.
                Era ya el tercer mes que a mí no me había visitado mi flujo. Y si yo, en cuanto a eso, siempre había sufrido bastantes desarreglos, bien sabía mi estado. Lo sabía por esa suerte de seguridad que asiste a las mujeres cuando la concepción viene asentada en la dicha y se instala a placer en sus entrañas inundando su alma. A Vesonio no se lo había dicho, al igual que no se lo había dicho a nadie,  porque quería guardar para mí y disfrutar en toda intimidad, y durante un corto tiempo, aquella sensación inmensa que me hacía sentir el reencuentro más veraz que nunca había sentido con mi naturaleza. Pensaba en mis padres, en mi hermana, en Ancia y, a la vez, soñaba con mi hijo como si él fuera, al fin, mi redención.
                Tras nuestra confidencia, Livia pareció modificar su reacción primera y yo olvidé aquel incidente y lo consideré como nunca ocurrido. Lo atribuí tan sólo a la sorpresa o a los múltiples conflictos que ella llevaba siempre bullendo en su cabeza. Es más; como disculpa y en apoyo de aquella reacción, vino a mi mente la poco grata experiencia que ella había tenido con sus dos embarazos, lo que la hacía ahora y hasta la testarudez, impedir su preñez, aún a pesar de que a Octavio le hubiera entusiasmado que ella le hubiera dado un hijo.
                Dejé pasar cerca de tres semanas y me dispuse a dar la gran noticia a mi amado Vesonio. Elegí para ello un día que su señor había anunciado su visita a mi dómine, y pensando que la siempre excesiva duración de las mismas, sin duda, nos proporcionaría tiempo suficiente para estar juntos durante algunas horas, como era de hábito. Livia sabía mis propósitos y me animaba a ello.
                Pero Vesonio no acompañó aquella noche a Agripa.
                Como era costumbre, yo tenía dispuesto todo lo concerniente a la última comida de aquel signado día, en la que siempre se hacía algún extraordinario si había convidados. Tordos rebozados en harina de trigo, huevos de ganso con granadas y dátiles y lirones con semillas de ababol y con nueces maceradas en leche. También había yo aderezado un vino excelente traído de Miseno, templado, confitado con miel y aromado de especias, y varias clases de mazapanes para colmar los postres.
                Desde mis potestades, y en estricto silencio, quería yo que mi amo y el amo de mi hombre celebraran, sin saberlo siquiera, lo que para mí y Vesonio sería, sin duda, una inmensa alegría.
                Cuando llegó el huésped, me sorprendió el grupo de sus acompañantes, en el que ninguno era de los habituales. Pero mi discreción me impidió preguntar por mi amado. No obstante, solicité a nuestra esclava Iris que indagara entre la nueva escolta sobre qué había sido, aquel día, de los hombres que hasta entonces solía ser el grupo de tutores de su señor y amo. Ellos no supieron darle respuesta alguna. Desde mi desazón, y en cuantas intervenciones tuve en el triclinium durante la velada, escruté interrogante los ojos de Vipsanio Agripa, y puedo asegurar que los suyos no eran en modo alguno completamente ajenos a mis interrogantes. Pero yo bien sabía que ni él vendría a disipar mis dudas ni a mí me estaba permitido inquirir a los huéspedes con ansias o preguntas. Octavio, Livia y Marco Vipsanio Agripa gozaron la velada entre halagos y risas. Y cuando mi señora se retiró a su alcoba y yo fui hasta ella para solicitarle aclaración al hecho, ella me anunció con interés confuso que, al parecer, Agripa había destacado a algunos de sus hombres hasta la Magna Grecia, pues que en breve haría un viaje rápido del que regresarían todos a las pocas semanas. Por tanto, me dijo entre sonrisas que no debía inquietarme, pues que Vesonio pronto retornaría a Roma. Y en un arranque de gentileza extrema me preguntó si deseaba que ella retornara al cenáculo y anunciara a los dos comensales cual era mi estado. Si bien, de inmediato afirmó que ella no consideraba oportuno que nuestros dos señores supieran el asunto antes de que yo misma se lo hubiera comentado al venturoso padre.
                Siete días después me sentí indispuesta. Me desperté en medio de la noche bañada en un sudor frío y sentí que mi entraña se me retorcía como si un ácido me estuviera corroyendo el hondón de mi vientre. Me abrasaba la frente y mis manos y mi cuerpo me temblaban indóciles. También tenía las mandíbulas candadas y la respiración se me hacía costosa, mientras un mar de sudor empapaba mi almohada, mi camisa y hasta la saca de paja que me hacía de lecho.
                Ya durante los días anteriores no me había sentido como era normal, pero lo había achacado a mi estado general de desánimo y a la perplejidad que me había causado la ausencia, para mí inexplicable, del que era el padre del hijo que estaba esperando. Una honda desazón me había embargado y un halo de temores parecía haberse afincado en mi alma cual un negro pronóstico. Según decía el resto de la servidumbre, mi aspecto era grisáceo y macilento y yo achaqué aquella palidez al estado en el que me encontraba, que sin duda ya iba mostrando su gravidez y mudanzas. Vomitaba a diario y me hallaba cansada.
                Mi dómina, tras aquella primera reacción extraña, había vuelto a mostrarme su cercanía y su afecto, más resuelta que nunca. Diariamente me hacía comparecer en su presencia para examinarme y hasta, en connivencia con su médico, había ordenado que éste me administrara con rigor inquebrantable un reconstituyente que él aseguraba que era muy salutífero para las fecundadas. Mas, pese a todo, yo cada día me encontraba más débil y revuelta, más cérea y mortecina. Una gran pesadumbre me lastraba el cuerpo y el alma.
                A esa hora, toda aquella parte de la casa estaba sumida en el silencio. Mi habitación, la única individual que ocupaba una esclava, estaba situada en el extremo más remoto de toda la vivienda. Por el día se cegaba la luz para que no incomodara en las horas más tórridas. Pero por la noche, cuando había luna, un pequeño haz de resplandor solía colarse desde el peristylium dibujando un cuchillo de luz sobre mi muro. Era una faja estrecha, a quien yo conocía como a una amiga atenta, pues a ella le había confiado mis tristezas, alegrías y dudas durante muchas noches de insomnios y apatías. Era un corte blanco y frío cual el hiriente hielo, pero yo lo amaba como emblema de algo profundamente mío.
En medio de aquella penumbra traté de buscar a tientas el borde de mi cama para incorporarme e ir hasta una de las lámparas que en el atrium permanecían encendidas durante toda la noche. Haciendo un esfuerzo supremo me liberé del lecho y repté por el suelo. Un pinchazo agudo me trepanó la entraña. Palpé la zona más baja de mi vientre y me encogí presa de un terror infinito. Reconocí, horrorizada, la humedad templada que ofrecía mi sangre. Mi corazón comenzó a golpear en mi pecho como un tambor tozudo, a la vez que una ola de sudor volvía a empaparme la frente, arder sobre mi espalda y a esmaltarme el rostro. Era como si alguien, en medio de la sombra, me hubiera asestado una cuchillada mortal y despiadada. Una repugnante serosidad templada me empapaba las ropas. De inmediato sentí su olor a hierro y su espesor de coágulos.
Yo odiaba la sangre, especialmente desde aquel día en que tuvo lugar la iniciación sagrada de mi ama ante la santa Diosa.
Traté de incorporarme nuevamente pero mis brazos y mis piernas ya no me obedecieron. Quise gritar pero de inmediato mi garganta me respondió afónica. Del modo que pude, fui arañando el suelo, apoyando los codos para seguir reptando hasta el lugar donde dormían todas nuestras esclavas. Mi entraña parecía rompérseme, como si a cada tramo mi cuerpo se trabara en un gancho del suelo y alguien me liberara de ello de una forma violenta sin reparar en daños.
Palpé a Iris hasta que se despertó y oí su exclamación aterrada e incrédula. Con la mano sanguínea la tapé sus baladros para que las otras muchachas no fueran a asustarse. Ella me socorrió y, a rastras, me llevó hasta el lavadero. Allí, contra la pila, me descubrió los bajos, me taponó la pérdida y me lavó un poco. Agradecí el frío del agua helada como un regalo máximo. Luego dicen que fue a despertar a Livia.   
                Después, sé que permanecí varios días entre la vida y la muerte hasta que eché de mis entrañas aquel cargamento que era mi esperanza pero que, al parecer, desde un principio, se me había presentado como una donación que no me mereciera.
                La fiebre me abrazó estrechamente y mi cabeza se perdió en delirios y monstruos que me hacían revolverme y asirme la sien y los oídos y taparme los ojos mientras mi cuerpo entero parecía hundírseme en un pozo que no tuviera fondo. Pedía con mis manos que me dejaran sola, que no encendieran lucerna alguna en mi aposento y que no insistieran en darme alimentos, pues que aborrecía su olor y su presencia. Únicamente mi estómago solicitaba agua para apagar aquella sed que me abrasaba como ascuas al rojo.
                Pero cuando me dejaban a solas, una horrible quimera me llenaba los ojos como único horizonte de una visión horrenda, irreal y confusa. Y es que sobre el muro en el que se apoyaba mi cama, a la altura del jergón, una inscripción me escupía como un enemigo avieso, airado e injuriante. “Numquam te amavi”.
                Era un escrito hecho con sangre suciamente roja. Un rótulo trazado con premura y torpeza. Una inscripción de letras desiguales, como esas que marcan por las noches los adversarios, sin ser vistos, en los muros de aquellos a quienes detestan o quieren denunciar por crímenes, vergüenzas o subrepticios fraudes. Yo procuraba tapar aquellas letras irreales palmeando insistente con mis manos indóciles. Entornaba mis ojos o huía de ellas como de telarañas que llenaran mi pelo de opresores hilos. Pero ellas volvían a ocuparme con la insana insistencia con que vuelven las moscas en las tardes de otoño. Aquella inscripción me escupía su ofensa sin que yo pudiera evitarlo y pareciendo que nadie, salvo yo, se daba cuenta de ello. “Numquam te amavi”.
                Livia visitaba mi cabecera con obstinada frecuencia. Entre las nieblas de mis febriles monstruos, la vi mirarme con ojos de terror y porfiar con su médico acusándole y recriminándole algo que para mí era ininteligible. Su ira era inmensa y sólo se apaciguaba cuando creía que mi estado me permitía ser un poco más consciente de lo que allí pasaba. Entonces se volvía amable y delicada y pedía a todos que nos dejaran solas y ella sola me velaba con su mayor afecto.
                Creo  que es la vez que he estado más próxima a la muerte, pues a mis deseos de no seguir viviendo se unió aquella pérdida de sangre que durante días me debilitó de forma tan extraordinaria. Cuando lograron cortarme la hemorragia, mi estado era tan lamentable que ni siquiera podía incorporarme en mi camastro para ingerir el agua. No tenía fuerzas ni tan siquiera para beber los liquidos por lo que se limitaban a ponerme un trapo húmedo en los labios del que yo succionaba como me era posible. Los párpados me pesaban de modo insoportable y lo único que quería era dormir sin que nada ni nadie quebrantara mi sueño. Dormirme para siempre. Entonces creo haber oído por primera vez una enorme risotada trepanándome el cráneo como un fogonazo de ironía, sarcasmo y cruel evidencia. Era la risa gruesa del histrión Vernus Cortinio Gelio. Era la materialización de aquel exabrupto que él me pronosticara en alguna de aquellas sus noches más álgidas de tragedias y de disparates. Entonces envuelta en lágrimas del alma comprendí su mensaje.
                En la pared de mi muro, a la altura que tapaban las ropas, y que sólo yo podía ver cuando las retiraba, seguía aquel letrero “Nunca te he querido” ¿Quién lo había trazado? Sin duda debía haber sido Vesonio. ¿Pero cómo? ¿Cuándo? ¿Cómo había tenido él acceso hasta mi aposento sin que yo lo advirtiera? ¿Y, por qué? ¿Por qué, si aquello era verdad, quería escupirme con ello de modo tan cruento?
                Nunca tuve respuesta. Vesonio nunca más regresó a la urbe romana. Las noticias sobre su paradero eran confusas y todos rehuían referirme detalles. Y cuando rogué a Livia que se interesara por su suerte, ella me prometió que se lo preguntaría a Agripa en cuanto se terciara. Pero nunca llegó a darme una clara respuesta.
                En un principio, a mí me obsesionaba aquella ausencia, pero luego me fui acostumbrando y opté por irlo dejando en el olvido poco a poco. Recordaba las palabras abstrusas de Gelio: “…el dolor encastrado en las entrañas; ese dolor que sólo la mujer conoce”.
                Sí, conocía yo muy bien el comportamiento de los hombres, desde el tiempo en que serví en el prostíbulo de Ostia. Pero además, tal vez mi vida estuviera decretada para ser vivida en soledad.
                Cuando vino el tiempo de enjalbegar, blanqueé mi aposento para que desapareciera la frase de la injuria. Ya nadie puede verla ni saber dónde estaba, salvo yo. Yo, que sigo de vez en cuando pasando mi dedo sobre el humo de esas torpes letras que han servido para recordarme, a lo largo de mi afligida vida, cuál es en verdad la dura condición de mi existencia desde el día que me trajeron enjaulada hasta la prestigiosa y magnífica Roma.




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