lunes, 5 de mayo de 2014

XXIV. EL CORO DE ALCAHUETAS



XXIV.    EL CORO DE ALCAHUETAS


Las muertes de Cayo y de Lucio volvieron a teñir de luto el ánimo y el semblante de Augusto, desolado ya por todo lo acontecido con su querida Julia, a quien sin embargo, ahora decía odiar contra su voluntad pero con rencores eternos. Que hubiera sido precisamente ella quien le había ofendido de forma tan palmaria era algo que le resultaba imposible digerir y olvidar.
El indecente escándalo que Julia había protagonizado, junto con su liberta Febe, había sido realmente brutal y monstruoso. Una vez más, y aunque nadie pudiera distinguirlo, en todo aquello estaba la mano de mi dómina. Tal vez esto sea algo que solamente yo conozca, y para lo que ahora ha llegado el tiempo en que creo que debo desvelarlo, pues que ya no tengo miedo alguno al rigor de su inquina.
Recuerdo que me sorprendió ver a la chismosa Mérula salir del despacho de Livia. Aquella mujer, a pesar de su aspecto, tenía un espíritu torcido y todo el mundo temía hasta a su sombra. No eran pocos los que en Roma evitaban incluso el simple hecho de cruzarse con ella en pórticos o en calles. Pero, si esto les sucedía de forma inevitable, compensaban su insana y peligrosa coincidencia mediante una purificación a base de sacros sahumerios o abluciones propicias.
Tenía la torva Mérula fama de potente hechicera y de que mercaba con cocimientos y pócimas de virtudes letales y ensalmos implacables. Con mi señora, al parecer, simuló traerse entre manos un inocente asunto de tierras y linderos. Pero yo sospeché desde el principio que aquello que oí decir a los esclavos no era sino un ignaro pretexto que encubría razones más terribles y proyectos más lóbregos. Tal vez un punto de prudencia innecesario me hace no asegurar a ciencia cierta cuanto voy a decir. Pero por otra parte estaría dispuesta a ofrecer una de mis dos manos, si es que yo errara en lo que ahora expongo. Sin embargo, tomaré para ello un sorbo de agua fresca, buscando refrescarme. Hay tragos difíciles de dar aunque haga mucho tiempo de aquellos sucesos.
Recuerdo que por entonces Antonia se había trasladado a su domus de verano de Ostia, llevando consigo a todos los jóvenes que plagaban la casa. La ciudad portuaria también era un lugar propicio a los desmanes que a Julia le atraían. Un lugar como ese está siempre plagado de farras, de lujurias y crápulas.
Los días calurosos del estío aconsejaban los aires de la mar, y los muchachos, bulliciosos e inquietos, gustaban de la playa y de pasar el tiempo metidos en las olas o reuniendo caracoles y conchas. Los días soleados bronceaban sus pieles y les hacían parecer saludables y fuertes, como ninfas y efebos amados por los dioses. Y hasta sus apetitos, melindrosos y parcos, se abrían al deseo y a la voracidad como por un ensalmo. Hasta el extraño Póstumo parecía apaciguar su ánimo esquivo con el viento costero y los rojos ocasos, durante los que, al parecer, caminaba sin fin entre el agua y la arena, ensimismado y mudo hilando sus pronósticos. Aquel muchacho, adusto e intratable, era ajeno aún a que un horizonte como aquél sería al final el que recogería sus últimos despojos. Yo, sin embargo, les amaba a todos, pues que todos me amaban más que a sus propias madres. Retozaba con ellos, preparaba sus atuendos de baño y sus comidas, y miraba a lo lejos pensando ilusionada que, tras el inmenso mar, existía otra vida que un día sería mía.
En un principio Julia debía acompañarlos, pero a última hora Livia pretextó necesitar a su hijastra para la preparación de un festejo con el que debía obsequiar a los componentes de una delegación venida de Palmira. Allí, según decían, estaban muy empeñados en levantar un templo en el que se veneraría a Augusto cual a un dios, a pesar de que éste aún fuera un viviente y, optimista, en su esperanza de vida. Tras esta recepción Julia se iría a la villa.
Diré que Julia, a pesar de sus excentricidades, estaba profundamente decaída por la marcha de su esposo Tiberio a la isla de Rodas. Aquel absurdo exilio no tenía sentido si no era para demostrarle a ella, de una vez y por todas, su asco y su desprecio. De nuevo, el amor de su infancia la había desdeñado frente a toda la urbe.
Ante tal decaimiento de su nuera e hijastra, Livia, con aquella disposición impositiva que la ha caracterizado durante su existencia, decidió tomar a su cargo su recuperación.
Augusto vio con buenos ojos y con enorme gratitud que su esposa se ocupara de forma tan activa de su dilecta hija. Sabía que su niña estaba pasando por un trance difícil por culpa del odioso Tiberio, a quien no deseaba volver a ver ya nunca. Lo que le repetía a Livia de forma insistente, reprochándole a ella la ofensa imperdonable que el idiota de su insolente hijo había propiciado a la suya. “Los casamos para que la consolara, no para que hiciera más grande su dolor, abandonándola”, decía una y otra vez enfurecido como un oso en su jaula.
Fue por entonces cuando vi a Mérula que, en compañía de Febe, salían cual dos pavas reales del tablinum tras departir con Livia. Ambas mujeres salían engalladas, hablando entre ellas sin mirar a los lados. Ninguna se dignó saludarme. Aquella altanería sin duda denotaba un lazo firme con la primera dómina de la ciudad de Roma. Porque, además, había sido Livia quien poco antes había intercedido para que Julia otorgara, muy generosamente, la manumisión a su esclava Febe. Libertad que yo no dudo que ya viniera aconsejada por cuanto debía acontecer, apenas, unos meses más tarde. Hasta tales hilados ha sido siempre mi señora capaz de entretejer para obtener sus paños.
Diré que Febe era una mujer espléndida, joven aún, ancha de grupas y pechos generosos, y con un pelo negro, largo y ensortijado, que hacía que los hombres siempre tornaran a mirar a su paso. Julia siempre la había tenido a su servicio directo, dedicada a sus cosas más secretas e íntimas. E incluso se decía que, en más de una ocasión, se la había ofertado a Tiberio, con tal de que aquel marido pacato y pusilánime luego, encelado por tan soberbia hembra, la obsequiara a ella con sus bríos de macho.
Y sé, además, que otra esclava de nombre Aegle, que la asistía en su baño y su lecho, aseguraba que en alguna ocasión Julia y Febe habían yacido juntas, para probar también si aquel ayuntamiento entre las dos mujeres provocaba a Tiberio y lograba arrancarlo. Fuera eso verdad o no lo fuera, era muy claro que entre las dos señoras había una complicidad fehaciente y malsana, y que la astuta Febe conocía los secretos más recónditos del corazón y la mente de Julia. Tal amistad y el consejo de Livia llevaron a Julia a darle la libertad y a considerarla desde entonces su más íntima amiga.
Debo decir que, aun siendo aquel un ardiente verano, un gran escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vi a las tres mujeres despedirse tan entrañablemente. Lo hacían a la vez que cortaban sus últimas palabras y suplían lo que les era explicito por un gesto de cómplice conjura. De sobra sabía yo leer aquellos movimientos en el rostro y el talante de mi temible dómina.
A partir de entonces, Julia y Febe deambulaban por la casa como dos compañeras, mientras que a Mérula no volví a verla más pisar nuestros bellos mosaicos. Pero las otras dos iban al baño juntas y, juntas, recibían masajes, afeites y cosméticos. Juntas se acicalaban e intercambiaban joyas, vestuario, pelucas o sandalias. Unidas realizaban sus compras, y con harta frecuencia pedían que se les sirvieran refrigerios en el mismo triclinium, donde se tendían descalzas y aflojadas de ceñidor o lazos como dos prostitutas.
Durante aquellos festejos, ambas solían consumir sin reparo vinos de la bodega renombrada de Augusto. Para ello llamaban a escanciadores vigorosos y guapos, a quienes les pedían que no rebajaran con agua el color de sus copas repletas hasta el borde. Y hasta diré que en una ocasión en la que entré con nuestra esclava Zmyrina a retirar parte de su servicio, tras una colación en casa de su padre, ambas estaban enrojeciendo a un muchacho oriundo de Nubia, de nombre Helvius, a quien habían ordenado que pusiera al descubierto sus órganos de hombre que, al parecer, excedían con amplitud la media. Y fue con risotadas de ebrias y vulgares plebeyas libertinas como me recibieron y como pretendían que yo no otorgara importancia a lo que allí había visto y a cuanto estaba sucediendo.
Añadiré que Livia, para quien nada pasaba inadvertido, conocía y fomentaba aquella amistad en la que subrepticiamente cimentaba sus más abyectos planes. Por eso, confirmar que había juntado a Mérula y a Febe hizo que me brincara el corazón y que se me retorcieran las manos, perturbada.
Por supuesto, entendí que de las intenciones de aquella terna nada sabía Julia. Supe después que el pretexto era que la alegre Febe, tan vital y repleta de éxitos entre el grupo de machos que siempre la rondaba, animara a Julia para que saliera de su letal desánimo. Supe también que era la tortuosa Mérula quien abastecía a la emancipada de una sustancia mágica. Ingrediente que, traído del corazón de África, le enviaba la siniestra Plancina, la esposa de Pisón.
Gneo Calpurnio Pisón había sido enviado a aquella provincia con cargo de procónsul. Aquella esencia, que yo no conocía, era a la que la satisfecha exonerada invitaba a consumir a su antigua señora en son de gratitud. Y ambas la disfrutaban juntas, pues que contaban que aquellos brebajes otorgaban vigores y locuaces estados que borraban las penas y esponjaban el alma.
Ya por entonces, Plancina y Pisón se habían puesto a disposición de Livia, lo que después les trajo fatales resultas cuando, siendo Pisón legado en Siria, nombrado por Tiberio, el íntegro Germánico les acusó, en su lecho de muerte, de haberlo envenenado. Pero a eso llegaremos más tarde.  Ahora sigamos con lo que nos ocupa.
De ese modo, la noble Julia pasó de su desencanto y negra postración de hembra humillada a la más disparatada obscenidad que pueda imaginarse. Su cara alborozada y una mirada perdidamente vítrea la acompañaban siempre, a la vez que un estado de euforia la hacía parecer eternamente viva. Lucía entonces una belleza difícil de ser clasificada. Era una hermosura lejana e irreal, subyugante y difusa, cual si, en modo alguno, correspondiera a una mujer mortal.
Las esclavas venían del mercado haciendo aspavientos de cuanto se contaba y murmuraba de ella por entre las hortalizas, los montones de frutos o sobre las cuencas de pescados o los cuartos rojos de las carnes de res colgados a la venta. Todo era una mofa. Roma entera estaba escarnecida por las contiendas que al parecer la hija de Augusto y la liberta Febe hacían cada noche. En ellas competían a ver quién de las dos era la que más hombres desgastaba o tronchaba en una tanda, previamente acordada, de trances amatorios. Se cruzaban apuestas de sumas importantes. Y hasta algunos esclavos, sorprendidos por el furor que aseguraban que, de manera mágica, se había desatado en su lúbrica y poseída dómina, se disputaban tareas a su lado. Lo hacían todos en la esperanza de ser elegidos para tales contiendas y, así, ser obsequiados con un mejor trabajo o algún privilegio. Pues que certificaban que su señora Julia tampoco hacía distinción o selección extrema, y que se conformaba con tal de que sus acompañantes fueran fogosos y activos en lo de los empujes, que ahora gustaba consumar en los sitios más lóbregos, cual bodegas o establos, y a cualquier hora del día o de la noche, cual hambrienta insaciable.
Sin embargo, ante aquella loca algarabía que inundaba el alma de su hijastra, la paciente tarántula permanecía serena y acechante como hacen las víboras. Nunca logré averiguar qué sustancia, propiciada por Livia, consumían aquellas dos mujeres. Ingrediente malsano que de tal modo hacía desorbitar sus ánimas y les daba un vigor y una enajenación que no cuadraba con el obrar humano.
Pero si aquel asunto resultó en sí mismo tan intenso y tan sórdido, nada podrá jamás ser comparado con el grado de maldad extrema que encierra el modo en que la amarga Livia se las ingenió para que Augusto llegara a conocer el resultado de todo aquel deplorable desmán, en el que ella había obrado tan tortuosamente.
Sirviéndose de sus acólitos, logró tener la lista de cuantos hombres nobles, esclavos, marineros, gladiadores, soldados o extranjeros habían yacido con las dos libertinas. La lista era, a fe mía, interminable. Pero astutamente no fue ella quien se la presentó al estafado padre, al que, según decía, no se sentía con fuerzas para causar tan desgarradora y brutal pesadumbre como el caso imponía.
Aquello se hizo así: Llamó Livia a Claudia Marcela, su cándida sobrina y, sin otros preámbulos, la acusó de ser consentidora de los desmanes que su marido Julio Marco Antonio había contabilizado con la alocada Julia, no ahorrándose detalles sumamente escabrosos e, incluso, inventándose algunos. Su esposo era uno de los que figuraban en el macabro índice. Además, para no dejar huecos a la pobre muchacha, en tal acusación no dejó de recordarle la triste suerte que años atrás había sufrido Marco Antonio Antillo, el malogrado hermano de sus altanero esposo.
Claudia Marcela se sintió aterrada. Creo que la noche le cayó sobre el día y un temblor de convulsión y ahogo le transformó la cara. En realidad, la pobre sorprendida nada sabía de aquellas bacanales en las que ella era otra de las burladas. Sin embargo, Livia, que lo sabía bien, sin dejarle respiro, consiguió que la mujer se rompiera en súplicas y lágrimas. Entonces volvió a utilizar sus armas más mortíferas que yo bien conocía. Primero la siguió acusando, injuriando y vejando con gritos y desprecios de mujer vesánica y hondamente ultrajada. Y cuando comprobó que la infeliz estaba al borde de la total locura, comenzó a suavizar su tono hábilmente. Era aquella una actitud realmente encomiable de intérprete excelente, que hubiera arrancado ovaciones y aplausos en cualquier simposio de poesía o certamen de teatro, de no haber sido porque aquello era infame y real, y un asunto terrible y repugnante.
Livia solía hacerlo así. Tras la tormenta, dejaba su mirada perdida. Entornaba los ojos y los depositaba en una especie de cansancio, transparente e inane, como si aquella situación la hubiera superado y ya no respondieran su cabeza o sus fuerzas. Luego, suspiraba con lasitud costosa dejando un gran espacio de silencio operante que agrandara el abismo. Yo diría que era como si de ese modo apacentara el desconcierto de su aturdida presa. Era entonces cuando, casi rematada su víctima, sugería en un leve susurro lo que podía hacerse. El inmolado entonces veía cómo se abría el cielo con luz esplendorosa. Hasta un hierro incandescente que entonces le fuera ofertado lo asiría sin titubeo alguno. Livia seguía entonces desgranando su plan con calma y parquedad de términos, como si le costara ofrecer sugerencias, dejando que el acosado se creciera en ofertas y propuestas angustiadas y espléndidas. Creyendo que era él quien estaba brindando su propio desagravio. Todo estaba logrado. Livia entonces aceptaba como de mala gana, remataba detalles, imponía cautelas; se colocaba cómplice en aquella propuesta, y no se olvidaba de declarar el riesgo que corría mediando en tales circunstancias, ante las que cedía por piedad con la víctima. Su plan quedaba así sellado, y la gratitud hacia ella certificada en deuda ad aeternum.
De aquel modo artero y en suma miserable consiguió que fuera el propio Julio Marco Antonio quien entregara a Augusto la lista de quienes eran los amantes de su viciosa hija. Y él mismo, cual acto de pueril contrición, impropia de su estirpe, le dio cumplida información de cuanto se obraba en aquellos lascivos contubernios que Roma conocía y gritaba cual befa insuflada hacia los cuatro vientos.
Augusto se retorció como fiera acosada. Gritó como si una flecha nabatea se le hubiera clavado en el centro de un ojo, y hasta cayó al suelo fulminado de rayo, pues que creyó que el orbe se le venía encima. Sólo la intervención de Livia, que esperaba furtiva tras de una mampara donde me había llevado para que la ayudara, lo sacó de aquella situación de femenina histeria.
Mandó que Julio Marco Antonio se retirara raudo y nos dejara solos. Y me azuzó para que la ayudara a levantar a Augusto, mientras ella lo abofeteaba para que le retornara el juicio extraviado. Al tiempo lo increpaba para que recobrara el honor que le correspondía cual primer hombre de la ciudad de Roma y emblema del Gobierno. “¡Recupera la hombría!”, le gritaba despótica cual arrogante diosa. “¡Recupera la hombría! ¿Acaso has olvidado cuál es tu sitio en Roma?”Mientras, Augusto lloraba y babeaba e iba de una a otra esquina de la estancia, como núbil violada por inmundos carneros. Yo miraba furibunda a mi ama y ella se deshacía en gestos y aspavientos de amargura fingida.













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