XXIV. EL CORO DE ALCAHUETAS
Las muertes de Cayo y de Lucio volvieron a teñir de
luto el
ánimo y el semblante de Augusto, desolado ya por todo lo acontecido con su
querida Julia, a quien sin embargo, ahora decía odiar contra su voluntad pero
con rencores eternos. Que hubiera sido precisamente ella quien le había
ofendido de forma tan palmaria era algo que le resultaba imposible digerir y olvidar.
El indecente escándalo que Julia había
protagonizado, junto con su liberta Febe, había sido realmente brutal y
monstruoso. Una vez más, y aunque nadie pudiera distinguirlo, en todo aquello
estaba la mano de mi dómina. Tal vez
esto sea algo que solamente yo conozca, y para lo que ahora ha llegado el
tiempo en que creo que debo desvelarlo, pues que ya no tengo miedo alguno al
rigor de su inquina.
Recuerdo que me sorprendió ver a la chismosa
Mérula salir del despacho de Livia. Aquella mujer, a pesar de su aspecto, tenía
un espíritu torcido y todo el mundo temía hasta a su sombra. No eran pocos los
que en Roma evitaban incluso el simple hecho de cruzarse con ella en pórticos o
en calles. Pero, si esto les sucedía de forma inevitable, compensaban su insana
y peligrosa coincidencia mediante una purificación a base de sacros sahumerios
o abluciones propicias.
Tenía la torva Mérula fama de potente
hechicera y de que mercaba con cocimientos y pócimas de virtudes letales y
ensalmos implacables. Con mi señora, al parecer, simuló traerse entre manos un
inocente asunto de tierras y linderos. Pero yo sospeché desde el principio que
aquello que oí decir a los esclavos no era sino un ignaro pretexto que encubría
razones más terribles y proyectos más lóbregos. Tal vez un punto de prudencia
innecesario me hace no asegurar a ciencia cierta cuanto voy a decir. Pero por
otra parte estaría dispuesta a ofrecer una de mis dos manos, si es que yo
errara en lo que ahora expongo. Sin embargo, tomaré para ello un sorbo de agua
fresca, buscando refrescarme. Hay tragos difíciles de dar aunque haga mucho
tiempo de aquellos sucesos.
Recuerdo que por entonces Antonia se
había trasladado a su domus de verano
de Ostia, llevando consigo a todos los jóvenes que plagaban la casa. La ciudad
portuaria también era un lugar propicio a los desmanes que a Julia le atraían.
Un lugar como ese está siempre plagado de farras, de lujurias y crápulas.
Los días calurosos del estío
aconsejaban los aires de la mar, y los muchachos, bulliciosos e inquietos, gustaban
de la playa y de pasar el tiempo metidos en las olas o reuniendo caracoles y conchas.
Los días soleados bronceaban sus pieles y les hacían parecer saludables y
fuertes, como ninfas y efebos amados por los dioses. Y hasta sus apetitos,
melindrosos y parcos, se abrían al deseo y a la voracidad como por un ensalmo. Hasta
el extraño Póstumo parecía apaciguar su ánimo esquivo con el viento costero y
los rojos ocasos, durante los que, al parecer, caminaba sin fin entre el agua y
la arena, ensimismado y mudo hilando sus pronósticos. Aquel muchacho, adusto e
intratable, era ajeno aún a que un horizonte como aquél sería al final el que
recogería sus últimos despojos. Yo, sin embargo, les amaba a todos, pues que
todos me amaban más que a sus propias madres. Retozaba con ellos, preparaba sus
atuendos de baño y sus comidas, y miraba a lo lejos pensando ilusionada que,
tras el inmenso mar, existía otra vida que un día sería mía.
En un principio Julia debía
acompañarlos, pero a última hora Livia pretextó necesitar a su hijastra para la
preparación de un festejo con el que debía obsequiar a los componentes de una
delegación venida de Palmira. Allí, según decían, estaban muy empeñados en
levantar un templo en el que se veneraría a Augusto cual a un dios, a pesar de
que éste aún fuera un viviente y, optimista, en su esperanza de vida. Tras esta
recepción Julia se iría a la villa.
Diré que Julia, a pesar de sus
excentricidades, estaba profundamente decaída por la marcha de su esposo
Tiberio a la isla de Rodas. Aquel absurdo exilio no tenía sentido si no era
para demostrarle a ella, de una vez y por todas, su asco y su desprecio. De
nuevo, el amor de su infancia la había desdeñado frente a toda la urbe.
Ante tal decaimiento de su nuera e hijastra,
Livia, con aquella disposición impositiva que la ha caracterizado durante su
existencia, decidió tomar a su cargo su recuperación.
Augusto vio con buenos ojos y con
enorme gratitud que su esposa se ocupara de forma tan activa de su dilecta hija.
Sabía que su niña estaba pasando por un trance difícil por culpa del odioso
Tiberio, a quien no deseaba volver a ver ya nunca. Lo que le repetía a Livia de
forma insistente, reprochándole a ella la ofensa imperdonable que el idiota de
su insolente hijo había propiciado a la suya. “Los casamos para que la
consolara, no para que hiciera más grande su dolor, abandonándola”, decía una y
otra vez enfurecido como un oso en su jaula.
Fue por entonces cuando vi a Mérula
que, en compañía de Febe, salían cual dos pavas reales del tablinum tras departir con Livia. Ambas mujeres salían engalladas,
hablando entre ellas sin mirar a los lados. Ninguna se dignó saludarme. Aquella
altanería sin duda denotaba un lazo firme con la primera dómina de la ciudad de Roma. Porque, además, había sido Livia quien
poco antes había intercedido para que Julia otorgara, muy generosamente, la
manumisión a su esclava Febe. Libertad que yo no dudo que ya viniera aconsejada
por cuanto debía acontecer, apenas, unos meses más tarde. Hasta tales hilados
ha sido siempre mi señora capaz de entretejer para obtener sus paños.
Diré que Febe era una mujer
espléndida, joven aún, ancha de grupas y pechos generosos, y con un pelo negro,
largo y ensortijado, que hacía que los hombres siempre tornaran a mirar a su
paso. Julia siempre la había tenido a su servicio directo, dedicada a sus cosas
más secretas e íntimas. E incluso se decía que, en más de una ocasión, se la
había ofertado a Tiberio, con tal de que aquel marido pacato y pusilánime luego,
encelado por tan soberbia hembra, la obsequiara a ella con sus bríos de macho.
Y sé, además, que otra esclava de
nombre Aegle, que la asistía en su baño y su lecho, aseguraba que en alguna
ocasión Julia y Febe habían yacido juntas, para probar también si aquel
ayuntamiento entre las dos mujeres provocaba a Tiberio y lograba arrancarlo.
Fuera eso verdad o no lo fuera, era muy claro que entre las dos señoras había
una complicidad fehaciente y malsana, y que la astuta Febe conocía los secretos
más recónditos del corazón y la mente de Julia. Tal amistad y el consejo de
Livia llevaron a Julia a darle la libertad y a considerarla desde entonces su
más íntima amiga.
Debo decir que, aun siendo aquel un
ardiente verano, un gran escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vi a las tres
mujeres despedirse tan entrañablemente. Lo hacían a la vez que cortaban sus
últimas palabras y suplían lo que les era explicito por un gesto de cómplice
conjura. De sobra sabía yo leer aquellos movimientos en el rostro y el talante
de mi temible dómina.
A partir de entonces, Julia y Febe
deambulaban por la casa como dos compañeras, mientras que a Mérula no volví a
verla más pisar nuestros bellos mosaicos. Pero las otras dos iban al baño
juntas y, juntas, recibían masajes, afeites y cosméticos. Juntas se acicalaban
e intercambiaban joyas, vestuario, pelucas o sandalias. Unidas realizaban sus
compras, y con harta frecuencia pedían que se les sirvieran refrigerios en el
mismo triclinium, donde se tendían descalzas
y aflojadas de ceñidor o lazos como dos prostitutas.
Durante aquellos festejos, ambas
solían consumir sin reparo vinos de la bodega renombrada de Augusto. Para ello
llamaban a escanciadores vigorosos y guapos, a quienes les pedían que no
rebajaran con agua el color de sus copas repletas hasta el borde. Y hasta diré
que en una ocasión en la que entré con nuestra esclava Zmyrina a retirar parte
de su servicio, tras una colación en casa de su padre, ambas estaban
enrojeciendo a un muchacho oriundo de Nubia, de nombre Helvius, a quien habían
ordenado que pusiera al descubierto sus órganos de hombre que, al parecer,
excedían con amplitud la media. Y fue con risotadas de ebrias y vulgares
plebeyas libertinas como me recibieron y como pretendían que yo no otorgara
importancia a lo que allí había visto y a cuanto estaba sucediendo.
Añadiré que Livia, para quien nada
pasaba inadvertido, conocía y fomentaba aquella amistad en la que subrepticiamente
cimentaba sus más abyectos planes. Por eso, confirmar que había juntado a
Mérula y a Febe hizo que me brincara el corazón y que se me retorcieran las
manos, perturbada.
Por supuesto, entendí que de las
intenciones de aquella terna nada sabía Julia. Supe después que el pretexto era
que la alegre Febe, tan vital y repleta de éxitos entre el grupo de machos que
siempre la rondaba, animara a Julia para que saliera de su letal desánimo. Supe
también que era la tortuosa Mérula quien abastecía a la emancipada de una
sustancia mágica. Ingrediente que, traído del corazón de África, le enviaba la
siniestra Plancina, la esposa de Pisón.
Gneo Calpurnio Pisón había sido
enviado a aquella provincia con cargo de procónsul. Aquella esencia, que yo no
conocía, era a la que la satisfecha exonerada invitaba a consumir a su antigua señora
en son de gratitud. Y ambas la disfrutaban juntas, pues que contaban que aquellos
brebajes otorgaban vigores y locuaces estados que borraban las penas y esponjaban
el alma.
Ya por entonces, Plancina y Pisón se
habían puesto a disposición de Livia, lo que después les trajo fatales resultas
cuando, siendo Pisón legado en Siria, nombrado por Tiberio, el íntegro Germánico
les acusó, en su lecho de muerte, de haberlo envenenado. Pero a eso llegaremos
más tarde. Ahora sigamos con lo que nos
ocupa.
De ese modo, la noble Julia pasó de su
desencanto y negra postración de hembra humillada a la más disparatada
obscenidad que pueda imaginarse. Su cara alborozada y una mirada perdidamente
vítrea la acompañaban siempre, a la vez que un estado de euforia la hacía
parecer eternamente viva. Lucía entonces una belleza difícil de ser
clasificada. Era una hermosura lejana e irreal, subyugante y difusa, cual si,
en modo alguno, correspondiera a una mujer mortal.
Las esclavas venían del mercado
haciendo aspavientos de cuanto se contaba y murmuraba de ella por entre las
hortalizas, los montones de frutos o sobre las cuencas de pescados o los cuartos
rojos de las carnes de res colgados a la venta. Todo era una mofa. Roma entera
estaba escarnecida por las contiendas que al parecer la hija de Augusto y la
liberta Febe hacían cada noche. En ellas competían a ver quién de las dos era
la que más hombres desgastaba o tronchaba en una tanda, previamente acordada, de
trances amatorios. Se cruzaban apuestas de sumas importantes. Y hasta algunos
esclavos, sorprendidos por el furor que aseguraban que, de manera mágica, se
había desatado en su lúbrica y poseída dómina,
se disputaban tareas a su lado. Lo hacían todos en la esperanza de ser elegidos
para tales contiendas y, así, ser obsequiados con un mejor trabajo o algún
privilegio. Pues que certificaban que su señora Julia tampoco hacía distinción
o selección extrema, y que se conformaba con tal de que sus acompañantes fueran
fogosos y activos en lo de los empujes, que ahora gustaba consumar en los
sitios más lóbregos, cual bodegas o establos, y a cualquier hora del día o de
la noche, cual hambrienta insaciable.
Sin embargo, ante aquella loca
algarabía que inundaba el alma de su hijastra, la paciente tarántula permanecía
serena y acechante como hacen las víboras. Nunca logré averiguar qué sustancia,
propiciada por Livia, consumían aquellas dos mujeres. Ingrediente malsano que
de tal modo hacía desorbitar sus ánimas y les daba un vigor y una enajenación
que no cuadraba con el obrar humano.
Pero si aquel asunto resultó en sí
mismo tan intenso y tan sórdido, nada podrá jamás ser comparado con el grado de
maldad extrema que encierra el modo en que la amarga Livia se las ingenió para
que Augusto llegara a conocer el resultado de todo aquel deplorable desmán, en
el que ella había obrado tan tortuosamente.
Sirviéndose de sus acólitos, logró
tener la lista de cuantos hombres nobles, esclavos, marineros, gladiadores, soldados
o extranjeros habían yacido con las dos libertinas. La lista era, a fe mía,
interminable. Pero astutamente no fue ella quien se la presentó al estafado
padre, al que, según decía, no se sentía con fuerzas para causar tan desgarradora
y brutal pesadumbre como el caso imponía.
Aquello se hizo así: Llamó Livia a
Claudia Marcela, su cándida sobrina y, sin otros preámbulos, la acusó de ser
consentidora de los desmanes que su marido Julio Marco Antonio había
contabilizado con la alocada Julia, no ahorrándose detalles sumamente
escabrosos e, incluso, inventándose algunos. Su esposo era uno de los que
figuraban en el macabro índice. Además, para no dejar huecos a la pobre
muchacha, en tal acusación no dejó de recordarle la triste suerte que años
atrás había sufrido Marco Antonio Antillo, el malogrado hermano de sus altanero
esposo.
Claudia Marcela se sintió aterrada. Creo
que la noche le cayó sobre el día y un temblor de convulsión y ahogo le
transformó la cara. En realidad, la pobre sorprendida nada sabía de aquellas
bacanales en las que ella era otra de las burladas. Sin embargo, Livia, que lo
sabía bien, sin dejarle respiro, consiguió que la mujer se rompiera en súplicas
y lágrimas. Entonces volvió a utilizar sus armas más mortíferas que yo bien
conocía. Primero la siguió acusando, injuriando y vejando con gritos y
desprecios de mujer vesánica y hondamente ultrajada. Y cuando comprobó que la
infeliz estaba al borde de la total locura, comenzó a suavizar su tono
hábilmente. Era aquella una actitud realmente encomiable de intérprete excelente,
que hubiera arrancado ovaciones y aplausos en cualquier simposio de poesía o certamen de teatro, de no haber sido porque
aquello era infame y real, y un asunto terrible y repugnante.
Livia solía hacerlo así. Tras la
tormenta, dejaba su mirada perdida. Entornaba los ojos y los depositaba en una
especie de cansancio, transparente e inane, como si aquella situación la
hubiera superado y ya no respondieran su cabeza o sus fuerzas. Luego, suspiraba
con lasitud costosa dejando un gran espacio de silencio operante que agrandara
el abismo. Yo diría que era como si de ese modo apacentara el desconcierto de
su aturdida presa. Era entonces cuando, casi rematada su víctima, sugería en un
leve susurro lo que podía hacerse. El inmolado entonces veía cómo se abría el
cielo con luz esplendorosa. Hasta un hierro incandescente que entonces le fuera
ofertado lo asiría sin titubeo alguno. Livia seguía entonces desgranando su
plan con calma y parquedad de términos, como si le costara ofrecer sugerencias,
dejando que el acosado se creciera en ofertas y propuestas angustiadas y espléndidas.
Creyendo que era él quien estaba brindando su propio desagravio. Todo estaba
logrado. Livia entonces aceptaba como de mala gana, remataba detalles, imponía
cautelas; se colocaba cómplice en aquella propuesta, y no se olvidaba de
declarar el riesgo que corría mediando en tales circunstancias, ante las que
cedía por piedad con la víctima. Su plan quedaba así sellado, y la gratitud
hacia ella certificada en deuda ad aeternum.
De aquel modo artero y en suma
miserable consiguió que fuera el propio Julio Marco Antonio quien entregara a
Augusto la lista de quienes eran los amantes de su viciosa hija. Y él mismo,
cual acto de pueril contrición, impropia de su estirpe, le dio cumplida
información de cuanto se obraba en aquellos lascivos contubernios que Roma
conocía y gritaba cual befa insuflada hacia los cuatro vientos.
Augusto se retorció como fiera
acosada. Gritó como si una flecha nabatea se le hubiera clavado en el centro de
un ojo, y hasta cayó al suelo fulminado de rayo, pues que creyó que el orbe se
le venía encima. Sólo la intervención de Livia, que esperaba furtiva tras de
una mampara donde me había llevado para que la ayudara, lo sacó de aquella
situación de femenina histeria.
Mandó que Julio Marco Antonio se
retirara raudo y nos dejara solos. Y me azuzó para que la ayudara a levantar a
Augusto, mientras ella lo abofeteaba para que le retornara el juicio extraviado.
Al tiempo lo increpaba para que recobrara el honor que le correspondía cual
primer hombre de la ciudad de Roma y emblema del Gobierno. “¡Recupera la
hombría!”, le gritaba despótica cual arrogante diosa. “¡Recupera la hombría!
¿Acaso has olvidado cuál es tu sitio en Roma?”Mientras, Augusto lloraba y
babeaba e iba de una a otra esquina de la estancia, como núbil violada por
inmundos carneros. Yo miraba furibunda a mi ama y ella se deshacía en gestos y
aspavientos de amargura fingida.
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