XXVIII. EL LLANTO DE LA TIERRA.
Todo el pueblo de Roma lloró sinceramente la
pérdida de mi señor,
el noble Cayo
Julio César Octavio Augusto, antes llamado Neo Octavio Turino,
de la familia Julia. Aquel que naciera durante el consulado de Gaius Antonius y
Marcus Tullius Cicerón, antes del amanecer, en el noveno día previo a las
calendas de october, y cuyos padres
fueron Gayo Octavio, gobernador de Macedonia y Atia Balba Cesonia, hija de
Marco Atio Balbo y Julia César, hermana del insigne Cayo Julio Cesar, quien lo adoptó como hijo mediante testamento.
La noticia, aunque esperada, resultó
inoportuna, porque la muerte de aquellos a quienes se ama siempre es madrugadora
y resulta molesta. Pero desde el día en que, reunido el pueblo en masa en el
Campo de Martivs, se materializaron los funestos presagios, todos lo
esperábamos, y él más que nadie. En la retina de todos los presentes, que aún
superviven, está el maligno mecer de aquel águila que lo sobrevoló cuando se
disponía a celebrar el sacrificio lustral con el que se clausuraba el censo de
aquel adverso año. Un pájaro perverso que, tras su revoloteo, se fue a posar
sobre la primera letra del nombre de Agripa que figuraba en el frontón del
templo que éste levantara. Aquella “A” que el colegium de augures dijo que no
podía significar otra cosa que la inicial de “Augusto”. Y bien lo entendió mi
señor en el instante, pues que declinando su derecho legítimo, le pidió a
Tiberio que formulara el voto para el próximo lustro, pues que él intuyó que no
podría cumplir con tal promesa.
Pero como si ese no fuera suficiente
mensaje, pocos días después un rayo fundió la letra “C” de “Cesar” en la
cartela que signaba su estatua. “Cien días le restaban de vida”, proclamó el Auspicium, jefe de los sapientes, ahogado
por las lágrimas. Pero aquel malvado presagio tenía en sí otra confirmación más,
inapelable y rotunda. Pues aquel letrero mutilado que ahora exhibía la palabra “esar”,
proclamaba que sin duda mi señor sería deificado, pues que “Esar” era el
término con que se designaba a Dios en la lengua etrusca. Muy claro estaba que
había de morir, pues, para ser deificado como habían certificado los fatales
pronósticos.
Únicamente mi dómina y su hijo Tiberio estaban a su lado cuando cesó su aliento.
A mí no me fue concedida la gracia de respirar el mismo aire que él respirara
en sus últimos días. Celebré, eso sí, su decisión de trasladarse a Nola, pues
que supuse e interpreté, aunque erróneamente, que aquello obedecía a que su
estado de salud le permitía hacerlo. Imaginé que su ánimo estaba más recuperado
y valiente que antes, muy afectado por la muerte de Paulo Fabio Máximo, su gran
amigo en los últimos tiempos, a quien habían asesinado sin saber quién lo
hiciera.
No fue así. Luego me enteré de que mi
amo había fallecido voluntariamente en la misma habitación en la que lo había
hecho su padre, quien de forma inesperada expiró, cuando, años atrás, regresaba
a Roma desde Macedonia esperando alcanzar designación de cónsul.
Aquella búsqueda voluntaria de
tal coincidencia me hace, aún hoy, no saber a ciencia cierta, si es que en
verdad mi señor fue hasta allí deseando encontrar cuanto antes el final de sus
días. Por eso no sé si debo alimentar la idea que, desde aquel momento, no deja
de revolotear sobre la malévola urbe, y que siempre persigue a Livia como su
misma sombra. La idea negra que alimenta que Livia y Tiberio, aprovechando
aquel viaje, que no a pocos les pareció un exceso para un hombre enfermo,
propiciaron su muerte.
También se asegura que Augusto
falleció dos días antes de la fecha que luego se consignó cual la del óbito, y
que ellos ocultaron el hecho para amañarlo todo según les convenía. Los nostálgicos
amantes de la República han seguido manteniendo esas acusaciones, aunque
siempre lo hagan en círculos cerrados. Pero ya se sabe también que quienes
defienden una idea suelen obsesionarse con ella y creer que todos atentan
contra sus intereses e innegables razones. Aunque en este caso creo,
sinceramente, que ostentan gran parte de verdad. Asegurar esto sé que podría
acarrearme la muerte o, al menos, que esto que ahora escribo no tenga más
destino que el fuego o el destrozo, tachando mis papeles de embustes o de ideas
locas o vengativas.
Oficialmente la muerte se
produjo a las tres de la tarde del día catorce antes de las calendas de september, del año en que eran cónsules
Sextus Appuleius y Sextus Pompeius. Sólo restaban, por tanto, treinta y cinco
días para que mi señor coronara su sesenta y cinco aniversario. Las honras
fúnebres superaron con creces todo lo conocido hasta entonces, incluso las
dispensadas al noble Julio Cesar; máximo entre los máximos, cuya macabra muerte
zarandeó al pueblo en violentos disturbios precursores de guerra. También ahora,
Roma entera se hubiera entregado a la pira funeraria si eso hubiera devuelto la
vida a mi señor.
Se estableció que el cortejo de retorno hasta
la urbe sólo marchara durante las horas de la noche. El calor era inmenso y por
ello se hacía descansar el yerto cuerpo durante el día en templos o basílicas
cerradas al bochorno. El trayecto fue jalonado por una multitud ingente que
lloraba y vitoreaba al mismo tiempo al imponente séquito. Por lo que hubo de
hacer incluso numerosas paradas intermedias para que aquel gentío sintiera, al
menos por un rato, la cercanía de lo que ya sólo eran los mortales despojos. El
Senado al completo se traslado a Nola. Y todos aquellos a quienes se lo
toleraban sus fuerzas y su edad hicieron la ruta del retorno custodiando al
cadáver. Los decuriones de los
municipios y colonias portaron su cadáver en todo el trayecto hasta llegar a
Bovillae. Luego fue el Ordo Equester quien lo introdujo en la ciudad de Roma, y
quien lo portó, solemnemente, hasta la cumbre del monte Palatino.
Los libitinarii fueron en verdad fastuosos. Una enorme estatua de él,
vestida con su ropa y sus atributos imperiales iba sobre el carro fúnebre que
tiraban seis parejas de bueyes con esquilas dolientes y arreos luctuosos. La
marcha era acompasada y lenta, y el suelo de todo el trayecto estaba alfombrado
con ramas de ciprés y de abeto, cual corresponde por ser estos follajes enseña
de la muerte.
Con hermosas máscaras trabajadas en
cera, de un realismo que daba escalofríos, y a la luz de trescientos hachones
llameantes y quinientas lucernas bien
cebadas de aceite refinado, vestidos con las ropas de los antepasados del
difunto, un grupo de actores precedía a la afligida escolta. Dicen que aquellos
trágicos imitaban de forma prodigiosa, incluso, la manera de andar y hasta los
ademanes propios de aquellos a quienes encarnaban, y que ninguna réplica, de cuantos
familiares habían precedido a mi señor en la muerte, faltaba en la cita. Por
ello, más que nunca, podía realmente asegurarse que los ascendientes y agnados de
Augusto habían resucitado. Revividos todos ellos para tutelar su cortejo y
darle entrada en la morada eterna, en donde lo esperaban ansiosos por verlo y
tenerlo para siempre entre ellos.
Miles de voces entonaban naenias; canciones fúnebres narrando
episodios heroicos o describiendo bondades y parajes celestes y atrayentes. Los
músicos tocaban con sones muy pausados. Y los danzantes iban ante ellos
evolucionando como si sus piernas y sus brazos, sus cinturas y espaldas
tuvieran ya etéreos movimientos propios de la otra vida, ajenos a la pesantez
inherente a la carne.
El soberbio edificio destinado a
amparar su cadáver estaba engalanado con banderas y cintas, crespones y
guirnaldas de flores y de frutas engarzadas, ramas de laurel y de olivo. Es
este un edificio circular cual un jardín magnífico. Y su apariencia era, en
aquella jornada, la de un bosque soñado que subiera hasta el cielo en la paz de
la tarde.
Los árboles plantados sobre la cubierta
de aquel monumental tambor recubierto de mármol de Carrara, estaban bien
cuidados. Eran cipreses alineados cual guardias pretorianos de singular aplomo.
Su verdor era nuevo, oscuro y reluciente, como si hubieran sido bruñidos o
aceitados unos momentos antes. Todo sobriedad y elegancia como correspondía al lecho
eterno del hombre más cardinal del mundo. Hasta una considerable bandada de
palomas giraba incansable sobre el gran mausoleo, describiendo un imponente nimbo
de tenaz aleteo al que todos miraban señalando admirados cual un nuevo
prodigio. Roma entera hervía en fervor y tristeza.
De inmediato se habló entre los
próceres de darle cabal adoración como a una deidad. En la mente de todos
estaba la visión del anuncio que proclamara el rayo venido de los cielos. Dos
de sus nombres, el de “César” y el de “Augusto” fueron establecidos, cual títulos
ilustres que ostentarían, a modo de emblema,
todos los gobernantes que ocuparan su cargo en tiempos venideros. Pues
que así se pretendía y animaba a que emularan su ejemplo quienes le sucediesen.
Muchos son los bustos y estatuas que
dicen que se han erigido en su honor desde entonces y que pueblan el mundo. Yo
solamente puedo dar fe de aquello que yo he visto, y de la Res Gestae Divi
Augusti. Ellos son dos pilares de bronce que dejan testimonio de él y de sus
obras a la entrada de su gran mausoleo. Lo que aseguran que ordenó, él mismo y por
escrito, que se llevara a cabo.
A ese monumento, que mi señor se
mandó construir tras su regreso desde Alejandría, hace ya más de cincuenta
años, sí he tenido el honor de penetrar en varias ocasiones para atender su
aseo y reponer ofrendas. Allí, en aquel entramado de pasillos concéntricos se
encuentran también las cenizas de Marco Claudio Marcelo, que fueron las
primeras que se depositaron junto con el llanto de quienes lo queríamos.
Después llegaron las de Marco Vipsanio Agripa, el gran hombre y el amigo más
entrañable de Augusto, a quien mi señor tanto debía en su ascenso glorioso. Más
tarde se trasladaron las de Druso. Y, tras ellas, las de Lucio y Cayo. Ahora
era mi amo quien allí encontraba reposo ad
infinitum junto a ellos.
Debo, aunque no lo deseo,
ahondar algo más en todo cuanto rodeó a aquella magna muerte. El Senado se
reunió para leer el testamento de mi señor Augusto, redactado durante el mandato
de los cónsules Lucius Munatius Plancus y Gaius Silius; ni siquiera un año
antes, lo que no dejó de sorprender a algunos.
Dicen que el lector fue un liberto,
veterano de guerra, quien suplió a los escribas a los que nadie hallara a pesar
de buscarlos con renovado ahínco. Era el hombre un dócil asistente de tiempos
de campaña, a quien mi amo había emancipado hacía varios años, pero a quien le
ataba un aprecio infinito. Y aseguran que comprobadas las firmas por los diez senadores,
y al comienzo de tensa y emotiva lectura, el hombre pasó su dedo sobre la seca
tinta buscando el rastro de no se sabe qué.
Algunos certifican que su aprecio
desmedido hacia el difunto le hacía querer tener la última tangencia con el
amigo muerto. Pero otros de los presentes legitiman, que un gesto extraño se le
cruzó en el rostro como la sombra de una visión siniestra que lo desconcertara,
obligándolo a fruncir la mirada, cual si algo se le nublara en ella.
El viejo emancipado detuvo un momento
la recitación de aquellos pliegos anhelados por todos. Dicen, incluso, que
pareció dispuesto a dejar el encargo y huir aterrado cual si una amenaza le
estuviera tronando dentro de su cabeza. Pero el noble anciano miró en su
entorno hasta en dos ocasiones. Todo el nutrido cuerpo senatorial le observaba
intrigado; ávido y expectante. Sintió entonces el peso tremendo de todas las
respiraciones que estaban, en su entorno, suspendidas y, lívido en color y muy balbuceante,
prosiguió la lectura como si el aire le estuviera faltando.
Cumplido aquel encargo, y a partir de
aquel día, el hombre abandonó sin más explicaciones su vivienda, se retiró a una
choza en Capreae y murió de tristeza sin que de su boca saliera queja o
delación alguna. Muchos no lo han olvidado.
Tiberio heredó un medio más un
sexto del legado de Augusto y fue investido con los máximos cargos, aunque él
se negó a adoptar la gracia de “Imperator”.
Su nombre es desde entonces el de: Tiberio Julio Cesar Augusto. El otro tercio le
fue entregado a Livia, pues así lo establecían las últimas voluntades de su difunto
esposo. Se decretaba también que, en ausencia de éstos, hubiera sido Castor, el
hijo de Tiberio quien hubiera recibido un tercio, y Germánico y sus tres hijos
varones, Nerón, Druso y Calígula el resto de los bienes. Pero no era el caso,
por lo que esas mandas quedaron sin efecto.
Entre otras muchas cosas, Augusto dejaba
al pueblo de romano cuarenta millones de sestercios, a los pretorianos mil a
cada uno, quinientos a los soldados de las cohortes urbanas y trescientos a
cada uno de los legionarios. También ordenaba que se diera a las organizaciones
tribales tres millones y medio de sestercios. Sobre mí también hacía una
mención especial, que nunca podré agradecer bastante, aunque me fuera concedida
la gracia de vivir siete vidas. El gran hombre de Roma escribía mi nombre y me agradecía
mi afecto y mi entrega a toda su familia, y me solicitaba que siguiera al lado
de los suyos cuando él no estuviera. Para mí tal distinción era el obsequio
máximo ¡Glorioso sea su nombre hasta el final del tiempo!
Tras todo, un mandato tenía el rango
de imperioso precepto: ni su hija Julia ni su nieta Julia Vipsania serían, bajo
ningún concepto, enterradas junto a él en su tumba. Julia murió tras saber la
noticia. Aquel inmenso amor y aquel tremendo odio habían regido durante toda su
vida la relación entre el padre y su hija.
Mi señora esperó el resultado
totalmente tranquila como si, en realidad, aquello que era un misterio para
todos, ella lo conociera en todos sus detalles. Nadie debía saber nada de aquel
documento salvo el fallecido Fabio Máximo, amigo entrañable de Augusto en los
últimos tiempos, y aquellos dos libertos, Hilarión y Polibio, quienes lo habían
redactado y a quien el Senado había inquirido sin encontrar su rastro.
Sin previo aviso, mi corazón me dio un
vuelco en el pecho. Recordé la noche en que Livia envió a su guardia a buscar a
los hombres.
Livia sabía todo aquello. Para mí,
aquello era evidente. Incluso, había ordenado al servicio que fuera disponiendo
cosas del difunto que pensaba llevarse a su nueva vivienda, y eso antes de que
documento alguno lo hubiera atestiguado. Recordé el día en que habíamos
visitado a las mujeres castas y el tiempo en que mi dómina estuvo honrando las reliquias sagradas. Entonces, ahogada en
el terror, hice mis propias deducciones.
Livia y todos sus esclavos abandonamos
de inmediato la mansión imperial y nos trasladamos a una de sus casas en las
proximidades. Sé que aquel traslado fue una condición que impuso de forma insoslayable,
a su madre, el nuevo mandatario.
Tiberio aborrecía a mi ama de manera profunda,
hasta el punto de no poder soportar incluso su presencia, y sólo admitió su
nombramiento si ella aceptaba no vivir a su lado. Fue algo que exigió en cuanto
pudo hacerlo. Sabía con total certidumbre que su madre aceptaría hasta eso, con
tal de verlo a él colocado en lo alto. Algo que él detestaba, pero que soportó
por librarse de aquella presión que ella le imponía y que era obsesiva. Livia se
sintió aliviada y aceptó triunfante su traslado.
No obstante, y pese a la
separación y su nueva posición de alejada de todo, la actividad de mi dueña en
nada decayó, al menos, en los primeros tiempos. Dejar de ser la primera mujer
de Roma no disminuyó, de repente, su poder arraigado, su enorme influencia, ni
la mermó en clientes, deudores o amistades. Todos se mantenían atentos viendo
correr los días, y en la certeza de que ella seguiría rigiendo el futuro de
Roma, y que su hijo no sería más que un mero espantajo.
Ella siguió recibiendo a diario a sus
visitas. Ahora lo hacía, incluso, con mayor libertad, pues nuestra casa era un
punto de menor relevancia en la ciudad, y eso nos ofrecía, supuestamente, mayor
discreción e intimidad más clara.
Desde los días primeros comenzó a
visitarnos con gran asiduidad Lucio Elio Sejano, ese personaje ambicioso y
cruel que se convirtió en brazo ejecutor, desde su cargo de prefecto del cuerpo
pretoriano; ese cómplice astuto y sanguinario del nuevo emperador que amedrentó
a Roma hasta el día venturoso de su muerte, hace tan sólo un año.
De otro lado, y pese a que
Tiberio había sido investido formalmente un mes después de la muerte de
Augusto, el Senado pidió que Póstumo regresara a la urbe, cancelando por fin y para
siempre aquel exilio denigrante, que para todos había sido una gran injusticia.
Se encargó al joven Sejano, hijo del
jefe de la guardia, que fuera a Planasia y condujera a Póstumo en rápido
retorno delante de los “conspicuos padres”, para restituirlo en su honor y su
hacienda y, tal vez, hacerlo corregente.
El pretoriano volvió asegurando que el
exiliado había desaparecido y que, incluso, todos sus guardias personales habían
desertado. Pero además refirió, que según se aseguraba en el lugar fatídico, el
cuerpo del último hijo de Agripa y de Julia yacía en el fondo del mar, sin que
nadie hasta hoy haya podido dar fe de su cadáver ni apresar a sus ejecutores.
Me extrañó, una vez más, que Elio Sejano
viniera a traer la noticia a Livia antes siquiera de pisar en su casa o
informar al Senado.
“Ese muchacho fue siempre un ser
retorcido y extraño. Extraño fue su nacimiento, como extraña fue su juventud.
No es de sorprender que su muerte también se esconda entre las telas negras e
inapresables de lo extraño”, afirmó Livia apenas conoció la noticia. Y lo hizo mientras
despedía a Sejano afablemente, en voz muy alta, dirigiendo sus palabras al aire
de la tarde, mientras deambulaban por el peristylium
de su nueva morada, al mismo tiempo que torcía el gesto y alzaba los hombros en
un ademán de clara perplejidad despreocupada. “Que le hagan los máximos y honrosos
funerales que puedan hacerse en ausencia, para su desagravio”, proclamó,
separando las manos, torciendo la cabeza y entornando los ojos como única
muestra de su escaso dolor.
Pero antes de que Sejano dejara la
vivienda, lo llamó nuevamente para hacerle un
encargo: “Sejano, quiero que te encargues de esa loca, Marcia, la esposa del
difunto Paulo Fabio Máximo, de cuyas necedades estoy un poco harta. Hay veces
que es la familia quien más no desazona con sus insensateces”.
Sólo habían pasado cinco meses
desde el día en que se había producido el enorme revuelo que todos
recordábamos, y que Augusto no llegó a conocer por estar muy enfermo, y Livia
haber ordenado, con máximo rigor, que todo le fuera ocultado para no
importunarlo. Incluso ella misma le colocaba cera de abeja a sus oídos para
evitarle ruidos que lo sobresaltaran.
Aquello ocurrió como sigue:
No había aún amanecido y en la puerta de
acceso a la casa de Livia sonaron unos golpes que, en medio de la noche, nos
hicieron temer alguna catástrofe de orden superior. Dos esclavas vinieron
aterradas a despertarme, aunque yo ya me había incorporado, pues que mi sueño
ya era muy ligero cual continúa siendo. “Laraine, Laraine; alguien está
gritando y aporrea la puerta con una enorme piedra. Creemos que es la voz de
una mujer la que clama venganza e injuria a la Augusta Livia”, me informaron
ahogadas en sollozos las trémulas muchachas.
Cuando yo descendí hasta el atrium ya un esclavo estaba armado con
un palo, mientras otro sujetaba una lámpara que mantenía en alto para
iluminarnos. Entre aquella penumbra los gritos y los golpes se hacían más
siniestros. Acompañaba a tal escena de terror el dibujo desproporcionado de
nuestras propias sombras distorsionándose sobre las lúgubres paredes.
De inmediato reconocí la voz rasgada
de Marcia que aullaba aterrada como una bestia herida. Mandé entonces que dejaran
la estaca y ordené que quitaran las trabas que afirmaban la puerta. La mujer al
verme se tendió a mis plantas tronchada por la angustia y exhausta de impotencia.
Traía las ropas rasgadas y el pelo desgreñado cubierto de ceniza y de un lodo fétido
sacado de la Cloaca Máxima, a tenor
del olor que expandía en su entorno. Su voz desaforada incriminaba sin descanso
a Livia con cuantos epítetos soeces y acusantes cabían en su boca, alterada,
que echaba espumarajos.
Yo intenté alzarla y me mancharon su fango
y su sangre. Su cara y sus brazos estaban lacerados por la codicia violenta de
sus uñas crispadas con las que se arañaba en convulsiones locas. Entonces me
senté en el suelo y la atraje hacia mí. Aquel hedor provocaba las nauseas. Ella
se me entregó lo mismo que una niña que encontrara en mí un abrigo buscado. Ahora
un sollozo ahogado suplía a la violencia, y un sudor febril la empapaba las
sienes y sus húmedas ropas. La mujer se doblaba en un desvanecimiento agotado y
exánime, cual si todo para ella estuviera perdido.
Entonces apareció Livia al fondo del impluvium. Serena como siempre, le
encaró la mirada con frialdad de estatua. Sentí a la mujer temblar entre mis
brazos mientras intentaba reanudar sus airadas denuncias sin poder conseguirlo.
Livia avanzó impertérrita. A la luz de las lámparas la transparencia de sus
ropas de cama la hacía parecer un espectro de cera surgido de las sombras. Un
gesto de su mano detuvo al instante el movimiento de esclavos y de luces. La
voz de mi señora se impuso inapelable: “Cogerla entre vosotros y llevarla a su
casa aunque sea a rastras”, le dijo a los esclavos. “Ah, y taparle la boca
metiéndole un trapo; no son horas para que nadie propale estupideces y
despierte a las gentes que duermen en sus casas”. Y como a una moribunda vi que
se la llevaban como un saco arrastrado, mientras en nuestra casa se trancaba la
puerta y nuestra dómina regresaba a
su cama cual si nada en realidad hubiera sucedido.
Apenas hubo amanecido, todos pudieron
enterarse de que Fabio Máximo, el amigo de Augusto, lo había antecedido al mundo de los muertos. Lo había hecho como
el más fiel vasallo que va a preparar el lecho de su amo para una larga noche.
Nunca nadie ha podido asegurar qué espada fue la que hundió su filo en el vientre
del esposo de Marcia. Pero muchos coinciden en afirmar que el viaje que con mi
amo realizara a Córcega, con parada en Planasia, lo sentenció a muerte.
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