VIII. LA MIRADA ENIGMÁTICA
Y no fueron sus ojos los que me aprisionaron, como
no lo ha sido
nunca su mutismo hierático o su semblante quieto, más allá de cuanto
aconteciera. No, no han sido esos atributos los que me han acompañado como mi
misma sombra, emulando a ese espectro que se nos pega y del que quisiéramos no
desasirnos nunca y, a la vez, huir para salvarnos. Fue ese algo insustancial,
diluido y recóndito que la envuelve y la ocupa, y que la configura como un ser
no real y a la vez cargado de una densa humanidad total e incuestionable. Algo
que, a quien lo percibe, lo seduce y lo ata con gráciles correas, como nos sujetan
y uncen principios y conciencias, sin que nuestra voluntad o concurso puedan
hacer nada para enfrentarse a ello. Nada, salvo mirar a un lado y soportar su
peso.
Pero he de reconocer que estas
precisiones yo he logrado hacérmelas con el pasar del tiempo. Entonces fue tan
sólo mi turbia voluntad quien obró a través de una intuición inconsciente y
autónoma.
Por todo eso, tras deplorar el
modo socarrón y eficaz con el que la maldita muda me mostraba, elegante y
burlona, mi actitud y mis formas, pues, sin ningún esfuerzo, hacía de ellas una
pantomima precisa e hiriente, ajustada a estricta realidad, supe que la
necesitaba. Supe que ya nunca, para mi bien o mi mal, podría prescindir de ella
y de su inescrutable halo.
Un largo tiempo ha pasado... Un largo
tiempo, pues, en el que hemos permanecido atadas la una a la otra, como la cara
y cruz en un denario. Así pues, más
que mi silueta como mujer sentada por un lado y la faz de Augusto por el otro,
debería haber sido su figura la que apareciera, junto con la mía, en las ricas
monedas que han mandado acuñar y que, encerrando elevado valor, todos conocemos
como áureos.
Uncidas, ambas, por algo mucho más firme
que una dependencia formal de parentesco, de convivencia o de complicidad; por
algo infinitamente más profundo que lo que las leyes de los hombres o sus obras
pudieran vincularnos. Yo, su señora, ella mi esclava, y pese a todo…
Sin embargo, en aquel momento inicial,
todo fue más franco y automático que como ha sido luego. No, no era para mí ni
un afecto brotado sin gobierno ni un deseo arrollador del alma. Era,
sencillamente, el capricho infantil y malévolo de quien, al perder sus juguetes,
sus astrágalos o dados de arcilla, de madera o marfil, supliera a sus muñecos
por otros diferentes pero para destinarlos a un uso semejante.
Era una posesión más de niña voluble y
tolerada. Y como todo lo que en etapa de infancia se gesta en la aterrada mente
de los niños, también aquel deseo mío venía adobado por esa radical tiranía que
hace que los púberes, cuando les es posible, se crean el ónfalos del mundo y extiendan en su entorno su sádico y temible nimbo
de egocentrismo.
De un día para otro, mi boda se
precipitó. Tanto mi pretendiente como mi padre estaban muy mediatizados por los
vaivenes bélicos que enfrentaban a todos en contienda civil. Ambos se habían
posicionado como abiertos enemigos de Octavio y, por tanto, como fieles acérrimos
de una República y unos republicanos tercos y radicales que seguían temiendo
cualquier atisbo de poder absoluto.
A mi entender, aquellos hombres
estaban trasnochados y, lo que era todavía peor, eran aborrecidos y malditos
por un pueblo que seguía considerándolos a todos por igual autores de un vil magnicidio,
aunque no hubieran participado directamente en él.
Sabido es que el populacho,
sentimental y tornadizo, gusta de mártires y hechos luctuosos a los que arrimar
sus lástimas y ayes de fláccida matrona metida a plañidera. Pero no hay que dar
valor a sus razones tal vez irracionales, sino temer el ímpetu arrollador de su
fuerza cuando se les hostiga. Desde entonces, siempre he sabido que gobernar es
simular que se está al lado de esas volubles muchedumbres, aunque no se
secunden ni atiendan sus, a veces, incoherentes y absurdas pretensiones.
Sin embargo, nada cambió en mí. Aquella
oposición familiar hacia mi recóndito sueño, lejos de contrariarme, alimentó aún
más mi desafío hacia cualquier asunto que pudiera oponerse a conseguir mi meta.
Yo amaba a mi padre sobre cualquier persona, pero mi ardor por el que para mí
era el favorito de Venus no tenía fronteras ni respetaba lógicas.
Creo que fue entonces cuando nos llegó
la noticia de que Octavio había derrotado al tribuno Marco Antonio en la
batalla de Mutina, en los campos de Módena. La sorprendente noticia venía
acompañada de los detalles de cómo, sin piedad, habían sido asesinados los
cónsules Aulo Hircio y Cayo Vibio Pansa Centroniano. También se aseguraba que
el muchacho, a pesar de su edad, solicitaba, insolente y soberbio, al Senado de
Roma ser elevado a cónsul, a lo que los conspicuos padres de la patria, muchos
en desbandada, se negaban sorprendidos y llenos de nuevos sobresaltos.
Todos en la ciudad hablaban del ímpetu
de Octavio y de su feroz arrogancia, de su maldad y su furia, de su descaro y
su irreverente aplomo. Características, éstas, que nadie hubiera atribuido
algunos meses antes al retoño de Atia. Algunos, influenciados por artes
hechiceras, afirmaban que, sin lugar a dudas, en él se había reencarnado la
furia rencorosa de su tío abuelo que volvía a vengarse. Pero al mismo tiempo
que se le censuraba y se le temía como a una alimaña, una subterránea corriente
de admiración hacia él se iba generando de forma incontinente. Los feroces siempre
ofrecen más seguridad que quien es comedido, correcto o indulgente y, sobre
todo, mucho más atractivo. A mí aquello, secretamente, me excitaba de un modo
mórbido e insolente. La seducción de los malvados es algo indiscutible.
Y fue, ante aquella demanda firmemente
rebatida por las autoridades, cuando el nerviosismo de los míos se apoderó de
todos. Por eso decidieron aligerar los trámites y actos de mi enlace, que
habían empezado de manera tan lenta, tan regia y suntuosa. Así pues, se precipitaron
y abreviaron mis nupcias. Octavio entró de nuevo en Roma e, ignorando al
Senado, consiguió que el pueblo le concediera el consulado. Aquello fue un acto
de alborozada aclamación unánime de la civil morralla. Mientras tanto, ellos,
mi padre y mi marido, ya se habían ido a engrosar las filas de Casio y de
Bruto, dejando nuestras casas sin el amparo que se supone que nos otorga el
hombre cuando ostenta el título de pater
familias.
Con mis catorce años, mi mente estaba atestada
de esencias y sensaciones confusas, malvadas y recónditas. Y siendo, como era,
tan sólo una muchacha que apenas acertaba a ajustar o entender cuanto pasaba,
comencé a regentar mi nueva casa con el concurso de cuatro esclavas, siete
esclavos y la recién adquirida muchacha silenciosa, a quien llamábamos Laraine y
que apenas si tenía tres años más que yo.
No hacía ni un año que yo había tenido
mi menarquía. Pero ya ni mi madre parecía acordarse. No sé si fue por eso, pero
diré que viví con amargura y con suma aversión aquellos primeros días, tras la
consumación brutal que mi marido ejerció sobre mí y su urgida marcha al frente,
secundando a mi padre.
Odié a aquella maldita República cuya
defensa infería en mi vida en forma de abandono fanático y orfandad obligada. Y
es que, entonces, mi madre y yo nos quedamos en total desamparo, agravado por
el temor de que los partidarios del nuevo hombre fuerte nos despojaran de todo
o nos ajusticiaran por ser de una familia que había secundado al bando
oponente. Y si bien, para ninguna de nosotras era la primera vez que nos
quedábamos solas, para mí sí era la primera ocasión en la que yo tenía que
regentar una casa, pues en manera alguna acepté quedarme por más tiempo en la domus
paterna. Además, porque mi madre entró en una especie de enajenación que la
hizo desasirse de todo y ser como un parásito siempre proclive al abatimiento y
al llanto. De ese modo comencé a vivir con mis esclavos en la nueva vivienda recién
adquirida por Tiberio Claudio Nerón, mi exilado y desertor marido.
Se trataba de una casa mediana que,
hacia su parte exterior, y contiguos a la puerta de acceso, abría dos
magníficos huecos en los que se alojaban dos tiendas que enseguida dimos en
alquiler a un vendedor de sal y de encurtidos y a un comerciante en suppellex
y objetos de adorno de exquisita factura. Aquello atrajo de inmediato hasta
nuestra calle a no pocas mujeres de renombre, posición y prestigio quienes,
como indicación, siempre se referían a la elegante tienda situada en la casa de
“la pequeña Livia” o “la joven Drusilla”, que así es como se me llamaba en mis
días de núbil y esposa primeriza.
Así comenzó mi vida de mujer, con mi
padre y mi marido en la contienda y recibiendo al poco tiempo la noticia de
que, en Emilia Romaña, el imparable Octavio se había aliado, ahora, con Marco
Antonio y Marco Emilio Lépido. Se articulaba así un nuevo triunvirato que les
otorgaba: a Octavio, África y Sicilia, a Marco Antonio, la Gallia Cisalpina, y
a Marco Emilio Lépido, la Gallia Narbonense y las tierras de Hispania.
Una vez más, la ambición de los
hombres y la imperiosa subsistencia de Roma brincaban sobre ofensas, bandos, traiciones,
injurias y rencores y les hacía beber unidos y aliados, aunque en sus corazones
albergaran dagas bien afiladas dispuestas a la infamia y a la felonía entre
cualquiera de ellos. Y tal vez fue entonces, en aquellas horas de soledad,
intemperie y extremo extravío, cuando comencé a entender que un fin sublime
convertía en válidos todos los esfuerzos, a la vez que enaltecía cualquier
medio por apariencia de burdo, brutal o deleznable que éste entrañara. Roma
estaba por encima de todos; servirla merecía hasta la inmolación. La Gran Ramera
mostraba sus encantos y todos la seguían como perros famélicos.
Todo aquello lo conocí yo aterrada y
revuelta, entre vómitos, cansancios y rarezas de ánimo. Así, las tempranas alteraciones
en mi menstruación y el perspicaz tanteo de nuestro docto físico, muy pronto me
anunciaron que la violenta e insistente monta de mi fogoso cónyuge ya me había
dejado indudables secuelas de su gens
y su estirpe.
Así me encontré con la preñez, como se
encuentra una con una mala hierba que la ortiga o la mancha; como se topa una con
un reptil o un sapo repugnante y avieso al que nunca se espera y nos trae mal
augurio. No, yo no deseaba ser madre. Ni siquiera yo lo había pensado como algo
posible. Por eso, la maternidad era para mí una ofensa, una crueldad y un
trance aborrecible que venía a traerme molestias y cadenas en medio de aquella
situación ya de por sí terrible.
Recuerdo haber vivido los primeros
meses envuelta en una ira feroz conmigo misma. Recuerdo haber gritado,
insultado y culpado a Laraine, a mi madre y a todos mis esclavos, quienes me
odiaban y temían en un único acto. Y es que, en el fondo, a mí, y sólo a mí,
culpaba de haber sido receptiva y fructífera con aquella repugnante baba que mi
marido se había empeñado en entregarme entre envites hirientes, sudores
pegajosos y estertores ahogados. Y todo ello desde su triunfante descontrol de
macho victorioso o de guerrero airado, para luego marcharse a defender su credo
y tozudez y abandonar mi vida sin mirar hacia atrás.
Odié, pues, a Tiberio Claudio Nerón
como a un enemigo. A punto estuve de buscar las ayudas de brebajes y pócimas
que expulsaran de mí aquel legado y seña infame de su casta y su nombre. Pero
fue la impertérrita mirada de la muda quien trajo a mi cabeza la cabal
compostura que yo había perdido en medio de mi estado de delirio y desorden.
Creo que esta fue la primera vez que ella obró en mí con total contundencia.
Así es que, mi noble hijo Tiberio, actual emperador de Roma, bien podría
proclamar que, aunque yo lo parí, es a ella a quien debe su vida, gloriosa o
miserable, según quien la valore o la hora del día a la que se contemplen sus sentencias
y actos.
Mas no sé de qué extraño modo ella me
hizo virar en todos mis rencores. Entonces comencé a considerar aquello que yo
llevaba dentro, primero como algo únicamente mío, y luego, aliñada mi mente por
mis ensoñaciones, cómo el auténtico fruto que me hubiera procurado mi deseado
Octavio. Un fruto concebido mediante uno de aquellos lazos carnales, vehementes
y amorosos, que yo fantaseaba, pero en los que me deleitaba como si fueran
ciertos.
Fue así como, paso a paso, empecé a aceptar
al ser que me crecía dentro. Recuerdo haber sentido en mí, abrazada a mi
vientre, en la penumbra y el silencio de mi armoniosa alcoba, toda la
templanza, el sosiego y la reconciliación con el mundo que luego he perseguido
sin volver a encontrarlos.
Duros han sido después los días de mi
vida en medio de la soledad, el terror y la vorágine de un naufragio perenne
que ahora, al fin, me escupe a una playa inhóspita y desierta como los restos
inútiles de un navío anónimo y deshecho.
Pero entonces así era mi suerte y así
era mi estado.
Cuando los tres triunviros retornaron
a Roma, el suelo tembló bajo nuestras sandalias y el cielo se oscureció más que
si el Strongule, el Etna o el Vesubio hubieran entrado en erupción cogidos de
la mano. Su tinta negra se transformó en sangre espesa y humeante. Las
proscripciones decretadas a los antiguos miembros del Senado sembraron el temor
en toda la península. Casi trescientos próceres fueron ajusticiados de uno u
otro modo, y más de dos millares de caballeros perdieron sus vidas sin que
juicio previo, ley alguna o prestigio adquirido obraran de su parte. La
venganza se convirtió en justicia impúdica. La muerte deambulaba de un lado
para otro como un tóxico viento que se colara por doquier sin obtener permiso
ni reparar en muros.
Por malvado que esto pueda parecer,
justifiqué la actitud de mi Octavio y, eso, aun a sabiendas que yo también
podía ser víctima de sus crueles órdenes. Y hasta debo reconocer que aquella
implacable impiedad, contundencia y sadismo en las que él cooperaba de modo tan
notable, me produjeron un placer insano pero intenso, muy fuerte y aditivo. Era
algo así como lo que nos unce a un vino malvado que nos aficiona a su acidez,
su ardor y sus aromas, a sabiendas de que nublará nuestro juicio y torcerá
nuestros actos.
Ante tanta barbarie, a mí me extasiaba
aquella fortaleza que cantaban de Octavio. Y es que yo soñaba ya entonces con
que aquella misma e inmensa energía fuera la que me alcanzara a mí cuando, al
fin, estuviera a su lado. Pues convencida estaba de que, sólo así, Roma
seguiría viviendo y gobernando el Orbe.
Aun a pesar de que los hombres de
nuestra familia eran claros opositores a la causa triunfante, nadie molestó
nuestras casas, ni requisó nuestros bienes, indagó nuestras cuentas o azuzó a
nuestros deudos. Como si de dos islas perdidas se tratara o como si nosotras
fuéramos vestales inviolables, nadie nos perturbó. Aunque ante nuestras miradas
vimos cómo se saqueaban viviendas, se incendiaban acopios, se requisaban
propiedades y esclavos e, incluso, se ajusticiaba a fuertes o endebles
oponentes, cuyo delito no era otro que amar a la República o haber sido
denunciados con argumentos malévolos o falsos.
Cuando consideraron que se había realizado
la suficiente limpia detuvieron la purga. Lépido se quedó en la ciudad,
mientras que los otros dos triunviros, aunados como entrañables y pegajosos
cónyuges, se fueron al Oriente tras de Bruto y de Casio. Tampoco entonces
temblé por temor a que los míos fueran atropellados por la implacable furia de
los nuevos regentes. Tal vez por eso me sorprendió de modo tan ilógico la
noticia terrible de que mi padre se había suicidado defendiendo su causa. Fue
cuando tras ser derrotado su ejército en Filipos, en dos batallas confusas
habidas en el término escaso que alumbran veinte soles, Casio y Marco Bruto
siguieron esa misma suerte, aunque ellos murieron de un modo que nunca se ha
aclarado de forma irrefutable.
Recuerdo que fue ella quien se puso
ante mí. Ella, surgida ante la puerta del aposento en el que yo tejía acunando
mi vientre y ajena y displicente por cuanto el mundo pudiera debatir fuera de
nuestros muros. Ella, como un espectro; como un ser salido de la tumba y
forzado a la vida entre nieblas y luces. Recuerdo su imagen hierática y
perfecta, difuminada y fría portando entre sus manos un vaso que contuviera
para aquietar mi ahogo una infusión calmante.
Recuerdo que entonces calibré lo que
aquella muchacha se había transformado desde hacia tan sólo algunos meses. Pues,
cuando la conocí, apenas si era una pobre andrajosa con apariencia de felón de
mercado, aunque, eso sí, con ese modo de mirar profundo y elocuente que jamás
ha perdido.
Así fue como ella me trajo la noticia
de la muerte del que fuera mi padre. El anuncio estaba con nitidez dibujado en
su rostro contundente y sereno; prendido entre los rasgos concisos de su cara.
Era la revelación de un dolor redivivo; remoto y naciente a la vez; atesorado
en sí como un algo propio; perenne y novedoso.
Y fue así como yo entendí aquel
mensaje que ella traía para mí, pues que pude entreverlo entre sus cejas
perfiladas y yertas, entre el leve arrebol de sus mejillas levemente moradas,
en el rictus tembloroso de sus labios, en el brillo mineral de sus ojos muy
tenuemente húmedos, como si acopiaran desde antiguo un rocío perpetuo.
Aquello no era sino el espejo que escupe el
dolor que nos infiere la muerte de alguien a quien amamos sin posibles fisuras.
Por eso dejé lo que tejía y casi en un
desmayo me vine hacia ella y le cogí las manos. Bebí aquella agua sabiendo que
la necesitaba y pregunté quemándome y ahogándome. “¿Ha sido Octavio? dime ¿ha
sido Octavio?”
Ella me miró con helada extrañeza,
mientras con lentitud desasía sus manos de entre las mías en un gesto de medido
recato o, tal vez, de prudente desprecio, ante algo que, si no intuía, comenzó
a tomar cuerpo en su interior entonces. ¿Por qué le preguntaba por Octavio?
¿Qué Octavio era ése? ¿Acaso se trataba del joven triunviro enemigo de mi
esposo y mi padre?
De nuevo la retuve aferrando sus manos de
rígido basalto. Y fue el modo en que el
contacto con ellas me transmitió su pálpito, quien me hizo recapacitar de
inmediato y dirigir mi ánimo hacia puerto seguro. “¿Mi padre? ¿Ha sido Marco
Livio?”
Ella cerró los ojos. Lo hizo durante
sólo un instante, dejando caer sus agónicos párpados muy lentamente, y
permitiendo que en los repliegues hondos de sus cuencas, por donde caen las
lágrimas, unas sombras muy tenues respondieran por ella en una afirmación cruel
y desgarrante.
No pregunte por Tiberio; de mi esposo debía
ser que nada me interesaba.
Me dicen que grité y que caí al suelo,
y que aquel vaso se trizó en mil pedazos azules y cortantes, cual multitud de
armas con las que yo me hería en las manos y el rostro. Yo sólo recuerdo que
desperté en mi lecho confundida y cansada. Mi madre, agotada y transida, perdida
en sus abismos, agarraba mis manos vendadas a las que yo miraba preguntando
asustada. En torno a mi cama todo era dolor, llanto y muestras de sobrias
condolencias de los amigos íntimos. Mi vientre, sin embargo, palpitaba ante mí
ajeno a mi extravío.
Fueron discretas, sin embargo, aquellas
muestras, pues no había que olvidar que mi progenitor estaba, aunque ya sin
respiro, entre los que habían sido derrotados, y todos sus allegados o afectos estaban
en el punto de mira de quienes ahora imperaban. El miedo sobrevolaba Roma como
una negra nube, que, tarde o temprano, ensombrecía a todos.
Así esperé a que me llegara el parto y
mi vientre se abriera.
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