lunes, 5 de mayo de 2014

XII. EL BANQUETE



XII.    EL BANQUETE


La fiesta fue grandiosa. Cayo Cilnio Mecenas, el opulento etrusco, quería cimentar así, sólidamente y a la vista de todos, su ferviente amistad y compromiso con el joven Agripa y con el insigne cónsul Cayo César, a quien ya nadie en Roma llamaba Octaviano. Y aunque por entonces más de ocho estíos les unían en lealtad, acciones militares y desafueros crápulas, se hacía preciso que, para Cicerón y el resto de los próceres del repuesto Senado, quedara nítidamente claro un solemne mensaje. Se trataba de que entendieran de una vez y por todas que en aquel cerrado grupo de amistad, además de las masacres sanguinarias y las farras groseras, también estaban muy presentes el dinero abundante, la aguda inteligencia y la eficacia castrense; un conjunto de razones que el Senado nunca debía olvidar. Pero es que además, a la sombra de ellos, también el triunvirato establecido parecía más sólido que nunca. La vuelta de Marco Antonio de Aegyptum y su boda con la impávida Octavia, que ahora tenía en su lecho al que durante tanto tiempo había frecuentado la cama de su madre, habían sellado lazos y cerrado fisuras. Cierres en falso que conservaban su infecta supuración por dentro, pero que a la vista común parecían salubres. Marco Antonio y Octavio compartían mesa, afectos familiares y proyectos comunes. Y hasta podía afirmarse que Marco Emilio Lépido estaba muy a gusto con su mandato en África, lo que le reportaba suculentos ingresos.
La situación de mi esposo Tiberio, como nexo de unión con Sexto Pompeyo y el trasiego de los cereales, nos llevó hasta la noche que yo más había deseado en mi anodina vida. Al fin podría estar ante aquél que se había convertido durante los últimos años en la única razón de mi existencia.
Laraine me ayudó en todo mi aderezo. El baño en leche tibia y en vahos sedantes y odoríferos y el masaje durante más de una hora condujeron a mi cuerpo y, sobre todo, a mi mente a un estado preclaro y sereno. El vestido amarillo comprado en la casa de Dulio, puesto sobre mi piel, resultó cual si, en un solo instante, mi cuerpo fuera rescatado de su insignificancia de años sin sentido y conducido a un esplendor excelso. Más que una hermosa tela, el traje me invistió de una seguridad que nunca había tenido, ni presentido siquiera que existiese.
El resto lo aportó el perfume, el peinado esplendente que Laraine me trenzó con sortijas y perlas y el modo extraordinario en cómo mi cuerpo, en toda su extensión, la visible y la oculta, ella fue maquillando con un esmero propio de artífice avezada. Supe entonces que mi esclava era un pozo de habilidad y de sabiduría. Me aplicó henna para el cabello, clara de huevo y cerusa para blanquear mi piel, arsénico para depilarme, cinabrio para tintar mis labios. Luego ya me enteré de que, durante el tiempo que ella ejerció de sirvienta en la cellae de Ancia, había aprendido cuanto se puede saber del cuerpo humano, su esencia y su atractivo, su deseo y su goce.
Pero, pese a todo lo dicho hasta aquí, quiero ratificar, que más que la belleza o el tenor de telas y de armellas, de perfumes, sandalias, afeites y cosméticos, fue la enorme confianza que me aportó su sabia intervención lo que me condujo ante Octavio más firme y convencida que nunca, de que aquella noche cambiaría mi vida y la historia de nuestra amada Roma. Contemplar aquel momento tras el paso del tiempo, me produce aún temblor y una embriaguez narcótica.
Mi preñez se mostraba de una forma evidente. Aunque he de advertir que mi óvalo era mucho más discreto y amable que el de la lerda Escribonia, quien se movía con las piernas abiertas cual si llevara sobre sí un fardo insoportable que más que promisiones de vida anunciara cargamento de escorias y desechos. Mis pechos habían engrosado mas, hábilmente ceñidos con una serpentina de plata e idóneamente sombreados, parecían una oferta de fruta suculenta, oculta levemente por las gasas del velo y los rizos peinados que hasta ellos caían.
Ya desde lejos la hermosa domus parecía irreal. La música coronaba los muros. Las calles adyacentes estaban atestadas de curiosos que se agolpaban desde temprana hora para observar la entrada de los agasajados. Muchos venían en lujosas literas hasta las proximidades, otros habían elegido sillas gestatorias, lácticas o blasternas, pero allí descendían para lucir sus galas. Un grueso alfombrado de tomillo oloroso cubría la distancia de la plaza al umbral. Y múltiples antorchas sostenidas por esclavos bien uniformados jalonaban desde el atardecer la ruta hasta la entrada. Nosotros llegamos en una angarilla sobria pero elegante que Tiberio había adquirido para ello. Descendimos también donde era preceptivo.
Caminé recordando a la egregia Ancia, buscando que el aire y la cadencia de mis pasos  jugaran con mis sedas y dieran a mi porte una apariencia grácil. Escuché, fingiendo no atenderlo, el murmullo que mi paso arrancaba entre la gente y traspasé el fauces cual si pisara nubes. El atrium y el vestibulum estaban hermosamente engalanados y aromaban a esencias traídas del Oriente. Mi esposo fue saludando a muchos conocidos y yo me desplacé por entre los invitados asegurándome de ser tenida en cuenta. Y, cuando me senté en el lugar que nos habían fijado en el banquete, noté cómo el gran César miraba sin recato los pliegues de mis telas y el curvar de mi cuerpo tendido sobre los cojines. Diré que yo había ensayado con esmero, ante Laraine, el modo en cómo debía reclinarme sobre los almohadones. No obstante, y pese a mis preámbulos, temblé cual si en mi ser se guareciera la culpa de un ladrón o un asesino sorprendido en su crimen. Pero supe guardar mi compostura y seguir adelante con lo que yo sabía que era una actuación que habría de llevarme a la gloria o la muerte. Así era, pues, mi firme decisión y mi riesgo en aquella velada. Y durante la cena y el tiempo que duraron danzas, cantos, odas y acrobacias, guardé la dignidad en miradas, actitudes y gestos, pues que sabía que él me observaba, y que yo era el objeto de la conversación que le unía a Agripa y al anfitrión Mecenas.
Entonces utilicé con suma maestría esa provocación que consiste en languidecer como si estuviera sideralmente sola y nada de este mundo rescatara mi ánimo de semejante abismo. Muchas veces después he comprobado, que nada hay que dignifique tanto, a los ojos de otros, como aparentar la total lejanía y la ausencia absoluta de apegos o deseos.
Por eso, cuando Cayo Cilnio vino a saludarnos y, ante mi fingido arrebol, con su exquisito verbo me sugirió que saliera al jardín mientras él departía de asuntos comerciales con mi esposo Tiberio, entendí que en su insinuación se escondía un mensaje de mayores alcances e intenciones astutas. Simulé ingenuidad, agradecí su consejo y me alcé con cuanta elegancia pueda una mujer comedida y prudente alzarse en medio de una fiesta que se va desbordando en todos sus abusos, liviandades y plétoras. Luego caminé con majestad y aplomo, sabiendo que sobre mí se concentraba la mirada de César y ella era igual que si el gran universo pesara en mis espaldas con toda su carga colosal de estrellas y galaxias.
La noche era armónica; serena, clara y tibia; y las blancas gardenias aromaban el aire con un perfume suave que jugara a ocultarse. La brisa del río Tiber llegaba hasta las plantas y las estremecía con un temblor ligero y el rumor de las fuentes amortiguaba el clamor de algarada que bullía en la villa, allá en sus salones. Mecenas tenía una domus colgada en el lugar más hermoso de Roma.
Caminé lentamente sobre el jardín de grava, escuchando el rumor tronchado del balasto. Allí el tiempo latía de un modo diferente. Una quietud inmensa contrastaba con el bullicio del colmado salón. Respiré cuan profundo pudiera conseguirlo para tranquilizarme y fui consciente de todo cuanto había sufrido y maquinado hasta ese momento persiguiendo mi sueño. Ante mí rebrotaron sucesos angustiosos y amargores profundos, como la hez de un vómito que nos recuerda que sólo somos miserables humanos. Y supe que estaba en el momento más crucial de mi vida. E igual que un soldado se acerca contrito y reflexivo al grito trascendente que inicia la batalla, así viví yo los instantes que llenaron aquel asfixiante momento que con seguridad había de llevarme al averno o la gloria sin renuncia posible o caridad calmante.
En la penumbra de la noche de estío, cualquier figura podía confundirse con la de los arbustos. Por eso, cuando percibí que alguien se aproximaba, simulé no haberme dado cuenta y me guarecí un poco más entre aquellos ramajes, entregada a respirar el aroma de la calmada noche. Un momento después, pude certificar que era él el que se me acercaba, aunque de ningún  modo podría aún hoy explicar cómo entonces fragüé semejante intuición. Quizás fue mi ansiedad quien me alumbró el espectro.
Apretando mis labios me mantuve de espaldas. Desde la alta terraza yo miraba hacia el lugar por el que se suponía que el río se alejaba reptando hacia los mares; la vista era espléndida: Roma estaba silenciosa y dormida como un panal salpicado de luces. El mundo entero parecía tendido y entregado a una calma infinita que nunca terminara.
Sentí su brazo asiendo mi cintura con firmeza de bronce. Entonces oí su voz dirigiéndose a mí, llamándome Escribonia. Por un instante creí que, en verdad, me había confundido con su vulgar esposa. Pero al momento comprendí que, el gran César, al igual que un muchacho medroso y azarado, usaba una treta pueril para estar a mi lado. Mirando hacia lo lejos, yo mantuve suspenso el simulado equívoco. Aquél no era más que el convenio de dos adolescentes jugando a aproximarse. Cuando él me aferró, seguro de quien era, pues que así no se ciñe nunca a una esposa de la que se dispone cada vez que se quiere, yo sentí su aliento ardiente y denso respirando en mi nuca. Olía a vino griego y su cuerpo entero exhalaba un sudor de deseo mezclado con los aromas de crocimus y rhodinium  conservados del baño. “No soy Escribonia”, dije con una voz que hasta a mí me pareció prestada. Él no me contestó. Sus labios temblorosos y ávidos ya buscaban su presa. Un lugar, al parecer oculto entre mi cuello, el velo y los cabellos que cubrían mi sien. Una búsqueda frenética que a mí me hacía curvarme en torno al fuego de sus ansias, no sé si de placer o de emoción y miedo. Entonces hubo un instante  detenido en el tiempo. Después noté cómo sus brazos me ataban con fuerzas renovadas. El uno mi cintura, mientras que su otra mano buscaba entre mis pechos mis pálpitos ahogados. Era una mano hábil, decidida y muy firme; la mano de alguien que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo sin esperas ni súplicas. Un momento después, noté su otra mano separando mis ropas y buscando ansiosa en la unión de mis piernas. Laraine había rasurado, cardado y perfumado mi lugar del deseo, y, ahora, su mano ardiente cerraba con su palma la humedad de mi dicha como asegurándose de que allí, jamás, pudiera ya aproximarse alguien.
Lo permití un instante reafirmarse en su empeño. Y luego, con suavidad y calma, le conduje de nuevo su mano más osada a unirse con la otra allá por mi cintura, mientras que con aplomo recompuse mis ropas, cual si nada de aquello hubiera sucedido. Entonces, con violencia amorosa, me hizo que girara y me obligó a mirarle de frente. Sus ojos centelleaban buscando algo impreciso que al parecer debía estar oculto al fondo de los míos. “Hoy quiero que yazcamos”, me dijo apasionado. Yo conservé la calma, me separé un poco de su venéreo acoso y con voz muy serena le dije: “Y Roma desea y necesita que su hombre caudal respete el decoro y cumpla con sus leyes. Hacedlo así y yo sólo seré la hembra y la esposa de Octavio Cayo César y la mujer más digna de esta grandiosa Roma”.
Luego, sin dejar que respondiera nada, cerré su boca con el beso más hondo que pueda concebirse. Era el beso en el que se escondían deseos y añoranzas, sueños y veleidades, amor apasionado y ambiciones de gloria. Era el beso en el que Roma entera vibraba enardecida, el beso en el que se enfrentaban el secreto deseo del emergente imperio y la muerta república; el beso que vengaba la muerte de mi padre; el que al fin remataba a la orgullosa Octavia y a mí me colocaba al frente de la Tierra, y delante de todos.
Luego me dirigí una vez más a él: “Debemos volver hasta la fiesta”, dije mirándole a los ojos sin temor ni vergüenza. Y recordando la majestuosa elegancia de Ancia, le tomé de la mano y, conduciéndole, hicimos el camino de vuelta hacia el festejo, cual si ya fuéramos tan sólo una persona. Y sé que fue entonces cuando él ratificó que era mi firmeza y mi seguridad las que necesitaba que se desplazaran a su lado durante los años próximos.
Desde entonces yo pude confirmar y gritar a los cielos esta excelsa verdad: Que la belleza máxima reside en el aplomo que vence a los temores insertos en el alma. Que sólo esa belleza es eterna y auténtica, destierra a la intemperie y al desgaste del tiempo que todo lo corroe. La belleza del firme; la belleza de Ancia que yo había tomado como toma el atleta el testigo agotado de la mano de otro en una carrera de esas llamadas de relevos. Porque el miedo es genitor de la muerte segura y la seguridad madre de la victoria.   


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