XII. EL BANQUETE
La fiesta fue grandiosa. Cayo Cilnio Mecenas, el
opulento
etrusco, quería cimentar así, sólidamente y a la vista de todos, su ferviente
amistad y compromiso con el joven Agripa y con el insigne cónsul Cayo César, a
quien ya nadie en Roma llamaba Octaviano. Y aunque por entonces más de ocho
estíos les unían en lealtad, acciones militares y desafueros crápulas, se hacía
preciso que, para Cicerón y el resto de los próceres del repuesto Senado,
quedara nítidamente claro un solemne mensaje. Se trataba de que entendieran de
una vez y por todas que en aquel cerrado grupo de amistad, además de las
masacres sanguinarias y las farras groseras, también estaban muy presentes el dinero
abundante, la aguda inteligencia y la eficacia castrense; un conjunto de
razones que el Senado nunca debía olvidar. Pero es que además, a la sombra de
ellos, también el triunvirato establecido parecía más sólido que nunca. La
vuelta de Marco Antonio de Aegyptum y su boda con la impávida Octavia, que ahora
tenía en su lecho al que durante tanto tiempo había frecuentado la cama de su
madre, habían sellado lazos y cerrado fisuras. Cierres en falso que conservaban
su infecta supuración por dentro, pero que a la vista común parecían salubres. Marco
Antonio y Octavio compartían mesa, afectos familiares y proyectos comunes. Y
hasta podía afirmarse que Marco Emilio Lépido estaba muy a gusto con su mandato
en África, lo que le reportaba suculentos ingresos.
La situación de mi esposo Tiberio,
como nexo de unión con Sexto Pompeyo y el trasiego de los cereales, nos llevó
hasta la noche que yo más había deseado en mi anodina vida. Al fin podría estar
ante aquél que se había convertido durante los últimos años en la única razón
de mi existencia.
Laraine me ayudó en todo mi aderezo. El
baño en leche tibia y en vahos sedantes y odoríferos y el masaje durante más de
una hora condujeron a mi cuerpo y, sobre todo, a mi mente a un estado preclaro
y sereno. El vestido amarillo comprado en la casa de Dulio, puesto sobre mi piel,
resultó cual si, en un solo instante, mi cuerpo fuera rescatado de su
insignificancia de años sin sentido y conducido a un esplendor excelso. Más que
una hermosa tela, el traje me invistió de una seguridad que nunca había tenido,
ni presentido siquiera que existiese.
El resto lo aportó el perfume, el
peinado esplendente que Laraine me trenzó con sortijas y perlas y el modo
extraordinario en cómo mi cuerpo, en toda su extensión, la visible y la oculta,
ella fue maquillando con un esmero propio de artífice avezada. Supe entonces
que mi esclava era un pozo de habilidad y de sabiduría. Me aplicó henna para el
cabello, clara de huevo y cerusa para
blanquear mi piel, arsénico para depilarme, cinabrio para tintar mis labios. Luego
ya me enteré de que, durante el tiempo que ella ejerció de sirvienta en la cellae
de Ancia, había aprendido cuanto se puede saber del cuerpo humano, su esencia y
su atractivo, su deseo y su goce.
Pero, pese a todo lo dicho hasta aquí,
quiero ratificar, que más que la belleza o el tenor de telas y de armellas, de
perfumes, sandalias, afeites y cosméticos, fue la enorme confianza que me
aportó su sabia intervención lo que me condujo ante Octavio más firme y
convencida que nunca, de que aquella noche cambiaría mi vida y la historia de
nuestra amada Roma. Contemplar aquel momento tras el paso del tiempo, me
produce aún temblor y una embriaguez narcótica.
Mi preñez se mostraba de una forma
evidente. Aunque he de advertir que mi óvalo era mucho más discreto y amable
que el de la lerda Escribonia, quien se movía con las piernas abiertas cual si
llevara sobre sí un fardo insoportable que más que promisiones de vida anunciara
cargamento de escorias y desechos. Mis pechos habían engrosado mas, hábilmente ceñidos
con una serpentina de plata e idóneamente sombreados, parecían una oferta de
fruta suculenta, oculta levemente por las gasas del velo y los rizos peinados
que hasta ellos caían.
Ya desde lejos la hermosa domus parecía irreal. La música coronaba
los muros. Las calles adyacentes estaban atestadas de curiosos que se agolpaban
desde temprana hora para observar la entrada de los agasajados. Muchos venían
en lujosas literas hasta las proximidades, otros habían elegido sillas
gestatorias, lácticas o blasternas, pero allí descendían para lucir
sus galas. Un grueso alfombrado de tomillo oloroso cubría la distancia de la
plaza al umbral. Y múltiples antorchas sostenidas por esclavos bien uniformados
jalonaban desde el atardecer la ruta hasta la entrada. Nosotros llegamos en una
angarilla sobria pero elegante que Tiberio había adquirido para ello. Descendimos
también donde era preceptivo.
Caminé recordando a la egregia Ancia,
buscando que el aire y la cadencia de mis pasos
jugaran con mis sedas y dieran a mi porte una apariencia grácil. Escuché,
fingiendo no atenderlo, el murmullo que mi paso arrancaba entre la gente y
traspasé el fauces cual si pisara
nubes. El atrium y el vestibulum
estaban hermosamente engalanados y aromaban a esencias traídas del Oriente. Mi
esposo fue saludando a muchos conocidos y yo me desplacé por entre los
invitados asegurándome de ser tenida en cuenta. Y, cuando me senté en el lugar
que nos habían fijado en el banquete, noté cómo el gran César miraba sin recato
los pliegues de mis telas y el curvar de mi cuerpo tendido sobre los cojines. Diré
que yo había ensayado con esmero, ante Laraine, el modo en cómo debía
reclinarme sobre los almohadones. No obstante, y pese a mis preámbulos, temblé
cual si en mi ser se guareciera la culpa de un ladrón o un asesino sorprendido
en su crimen. Pero supe guardar mi compostura y seguir adelante con lo que yo
sabía que era una actuación que habría de llevarme a la gloria o la muerte. Así
era, pues, mi firme decisión y mi riesgo en aquella velada. Y durante la cena y
el tiempo que duraron danzas, cantos, odas y acrobacias, guardé la dignidad en
miradas, actitudes y gestos, pues que sabía que él me observaba, y que yo era
el objeto de la conversación que le unía a Agripa y al anfitrión Mecenas.
Entonces utilicé con suma maestría esa
provocación que consiste en languidecer como si estuviera sideralmente sola y
nada de este mundo rescatara mi ánimo de semejante abismo. Muchas veces después
he comprobado, que nada hay que dignifique tanto, a los ojos de otros, como
aparentar la total lejanía y la ausencia absoluta de apegos o deseos.
Por eso, cuando Cayo Cilnio vino a
saludarnos y, ante mi fingido arrebol, con su exquisito verbo me sugirió que
saliera al jardín mientras él departía de asuntos comerciales con mi esposo
Tiberio, entendí que en su insinuación se escondía un mensaje de mayores
alcances e intenciones astutas. Simulé ingenuidad, agradecí su consejo y me
alcé con cuanta elegancia pueda una mujer comedida y prudente alzarse en medio
de una fiesta que se va desbordando en todos sus abusos, liviandades y plétoras.
Luego caminé con majestad y aplomo, sabiendo que sobre mí se concentraba la
mirada de César y ella era igual que si el gran universo pesara en mis espaldas
con toda su carga colosal de estrellas y galaxias.
La noche era armónica; serena, clara y
tibia; y las blancas gardenias aromaban el aire con un perfume suave que jugara
a ocultarse. La brisa del río Tiber llegaba hasta las plantas y las estremecía
con un temblor ligero y el rumor de las fuentes amortiguaba el clamor de algarada
que bullía en la villa, allá en sus salones. Mecenas tenía una domus colgada en el lugar más hermoso de
Roma.
Caminé lentamente sobre el jardín de
grava, escuchando el rumor tronchado del balasto. Allí el tiempo latía de un
modo diferente. Una quietud inmensa contrastaba con el bullicio del colmado
salón. Respiré cuan profundo pudiera conseguirlo para tranquilizarme y fui
consciente de todo cuanto había sufrido y maquinado hasta ese momento
persiguiendo mi sueño. Ante mí rebrotaron sucesos angustiosos y amargores
profundos, como la hez de un vómito que nos recuerda que sólo somos miserables humanos.
Y supe que estaba en el momento más crucial de mi vida. E igual que un soldado
se acerca contrito y reflexivo al grito trascendente que inicia la batalla, así
viví yo los instantes que llenaron aquel asfixiante momento que con seguridad
había de llevarme al averno o la gloria sin renuncia posible o caridad calmante.
En la penumbra de la noche de estío,
cualquier figura podía confundirse con la de los arbustos. Por eso, cuando
percibí que alguien se aproximaba, simulé no haberme dado cuenta y me guarecí
un poco más entre aquellos ramajes, entregada a respirar el aroma de la calmada
noche. Un momento después, pude certificar que era él el que se me acercaba, aunque
de ningún modo podría aún hoy explicar cómo
entonces fragüé semejante intuición. Quizás fue mi ansiedad quien me alumbró el
espectro.
Apretando mis labios me mantuve de
espaldas. Desde la alta terraza yo miraba hacia el lugar por el que se suponía
que el río se alejaba reptando hacia los mares; la vista era espléndida: Roma
estaba silenciosa y dormida como un panal salpicado de luces. El mundo entero
parecía tendido y entregado a una calma infinita que nunca terminara.
Sentí su brazo asiendo mi cintura con
firmeza de bronce. Entonces oí su voz dirigiéndose a mí, llamándome Escribonia.
Por un instante creí que, en verdad, me había confundido con su vulgar esposa.
Pero al momento comprendí que, el gran César, al igual que un muchacho medroso
y azarado, usaba una treta pueril para estar a mi lado. Mirando hacia lo lejos,
yo mantuve suspenso el simulado equívoco. Aquél no era más que el convenio de
dos adolescentes jugando a aproximarse. Cuando él me aferró, seguro de quien
era, pues que así no se ciñe nunca a una esposa de la que se dispone cada vez
que se quiere, yo sentí su aliento ardiente y denso respirando en mi nuca. Olía
a vino griego y su cuerpo entero exhalaba un sudor de deseo mezclado con los
aromas de crocimus y rhodinium conservados del baño. “No soy Escribonia”,
dije con una voz que hasta a mí me pareció prestada. Él no me contestó. Sus
labios temblorosos y ávidos ya buscaban su presa. Un lugar, al parecer oculto
entre mi cuello, el velo y los cabellos que cubrían mi sien. Una búsqueda
frenética que a mí me hacía curvarme en torno al fuego de sus ansias, no sé si
de placer o de emoción y miedo. Entonces hubo un instante detenido en el tiempo. Después noté cómo sus
brazos me ataban con fuerzas renovadas. El uno mi cintura, mientras que su otra
mano buscaba entre mis pechos mis pálpitos ahogados. Era una mano hábil,
decidida y muy firme; la mano de alguien que sabe lo que quiere y cómo
conseguirlo sin esperas ni súplicas. Un momento después, noté su otra mano
separando mis ropas y buscando ansiosa en la unión de mis piernas. Laraine
había rasurado, cardado y perfumado mi lugar del deseo, y, ahora, su mano
ardiente cerraba con su palma la humedad de mi dicha como asegurándose de que
allí, jamás, pudiera ya aproximarse alguien.
Lo permití un instante reafirmarse en
su empeño. Y luego, con suavidad y calma, le conduje de nuevo su mano más osada
a unirse con la otra allá por mi cintura, mientras que con aplomo recompuse mis
ropas, cual si nada de aquello hubiera sucedido. Entonces, con violencia
amorosa, me hizo que girara y me obligó a mirarle de frente. Sus ojos
centelleaban buscando algo impreciso que al parecer debía estar oculto al fondo
de los míos. “Hoy quiero que yazcamos”, me dijo apasionado. Yo conservé la
calma, me separé un poco de su venéreo acoso y con voz muy serena le dije: “Y
Roma desea y necesita que su hombre caudal respete el decoro y cumpla con sus
leyes. Hacedlo así y yo sólo seré la hembra y la esposa de Octavio Cayo César y
la mujer más digna de esta grandiosa Roma”.
Luego, sin dejar que respondiera nada,
cerré su boca con el beso más hondo que pueda concebirse. Era el beso en el que
se escondían deseos y añoranzas, sueños y veleidades, amor apasionado y
ambiciones de gloria. Era el beso en el que Roma entera vibraba enardecida, el
beso en el que se enfrentaban el secreto deseo del emergente imperio y la
muerta república; el beso que vengaba la muerte de mi padre; el que al fin
remataba a la orgullosa Octavia y a mí me colocaba al frente de la Tierra, y
delante de todos.
Luego me dirigí una vez más a él:
“Debemos volver hasta la fiesta”, dije mirándole a los ojos sin temor ni
vergüenza. Y recordando la majestuosa elegancia de Ancia, le tomé de la mano y,
conduciéndole, hicimos el camino de vuelta hacia el festejo, cual si ya
fuéramos tan sólo una persona. Y sé que fue entonces cuando él ratificó que era
mi firmeza y mi seguridad las que necesitaba que se desplazaran a su lado
durante los años próximos.
Desde entonces yo pude confirmar y
gritar a los cielos esta excelsa verdad: Que la belleza máxima reside en el
aplomo que vence a los temores insertos en el alma. Que sólo esa belleza es
eterna y auténtica, destierra a la intemperie y al desgaste del tiempo que todo
lo corroe. La belleza del firme; la belleza de Ancia que yo había tomado como
toma el atleta el testigo agotado de la mano de otro en una carrera de esas
llamadas de relevos. Porque el miedo es genitor de la muerte segura y la seguridad
madre de la victoria.
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