XXXII. EL MÁRMOL PRODIGIOSO.
Acudí a su lecho ya que supe que aquella iba a ser la
última noche
que estuviéramos juntas. Acudí a su lado, pues, desde hacía un año mi alma
rezumaba inquina hacia ella, y ella se resignaba sin demandarme nada. Incluso
toleraba que fuera otra esclava quien curara sus costras, lavara su cuerpo y
tendiera su cama, conformándose con que yo únicamente me ocupara de sus
alimentos y de revisar lo que para ella prescribiera su médico. Creo que
deseaba que, en justo pago, yo la envenenara.
De una parte, nuestra distancia había
aumentado desde aquel maldito día en que ella me llamara a su presencia y me
revelara aquel secreto suyo que tanto me afectaba y que logró troncharme el
alma como nada lo había hecho antes a lo largo de mi adusta existencia. De otra
parte, nuestras dos soledades deambulaban por la desierta casa como sombras
perennes que anduvieran perdidas y errabundas, y para las que ningún lugar
resultara aposento adecuado en el que sosegarse.
Livia estaba tendida, agotada y exánime. A la
luz de la lámpara su rostro arrugado y su escaso pelo daban la sensación de que
era sólo un cráneo lo que remataba aquel cuerpo escuálido, cuyas manos yacían
desmadejadas, a uno y otro lado, con las palmas abiertas cual si pidiera amparo
a los dioses lejanos. Tenía la mirada ausente, perdida en el color granate que
decoraba el techo. Y un halo de soledad y de profundo abandono ocupaba la
estancia de quien había sido la mujer más influyente y temida de la grandiosa Roma.
Ningún caso había hecho Tiberio a las misivas que se le habían cursado
advirtiéndole del estado final en el que se encontraba su madre. Solamente
Calígula venía a visitar a su bisabuela, dejándola tras sus apariciones mucho
más inquieta y desequilibrada de cómo la encontraba. Pues que, el monstruo,
jugaba a burlarse de ella y le pronosticaba cuantas penas infernales le
cruzaban la mente. Mente, como es sabido, diabólica y desproporcionada, repleta
de insólitas maldades. Disfrutaba viendo en las cuencas hundidas de los ojos de
su bisabuela el terror infinito que le causaba la profecía fatídica que él le aseveraba
de su ingreso en el Tártaro. Ella le suplicaba piedad y él se reía asegurándole
que si alguien ponía en sus labios la preceptiva moneda para el viaje, él se la
quitaría y pagaría con ella una copa de vino a los enterradores. Livia
entonces, agotada, trataba de enjugar sus ojos con sus lágrimas, pero ni
siquiera ellas se asomaban para aliviarla.
No sé por qué acudí a su lecho
aquella noche. Livia dejó caer sus ojos y, con lentitud agónica, vino a
posarlos en mí y un rictus diminuto aflojó aquellos labios, acosados de
arrugas, dibujando lo que podría ser un leve atisbo de impotente sonrisa. Mi
presencia allí era todo un alivio en medio de la soledad inmensa de su último trance.
No sé por qué, pero la sonreí. Entonces supe que yo también la quería, aun a
pesar de todo. No, no era únicamente la lástima que siempre nos aflora ante
alguien que sufre o se enfrenta a su último hálito. No era tampoco la
conmiseración que todo lo perdona y nos sirve el vino del olvido necesario para
tender afectos en los momentos álgidos. Por extraño y duro que pueda parecerme,
lo mío hacia aquella mujer terrible y despiadada era afecto sincero y
admiración profunda. Dos cualidades que los dioses, si existieran, habrán de
perdonarme, pues que estoy segura que son una afrenta para todos aquellos que a
lo largo de los años sufrieron los rigores de esta maldita hiena.
Me senté al borde de su cama.
Tomé una de sus manos entre las mías y comencé a hablar tibia y serenamente.
Miré a sus ojos y esperé sorprenderla con la revelación de mi sonoridad, pero
por más que la escruté, no hallé signo alguno que expresara sorpresa ante tal
novedad. Una vez más, la astuta zorra,
me llevaba ventaja. Hablé como sólo puede alguien hablarle a su entraña, sin
revancha ni inquina, sin reproches ni halagos; con la convicción más plena de
que nada había que pagar o cobrar, perdonar u olvidar. La vida era esto y, para
ella y para mí, ya estaba vivida. No había, pues, facturas impagadas ni valían
reproches. Me acerqué a su mejilla y la besé en la cara. Ella hizo un esfuerzo
y estremeció sus labios lanzando un suspiro diminuto al aire queriendo
devolvérmelo. Sus ojos le brillaron con luz de gratitud. Un instante después
ella no respiraba.
Todo había cambiado definitivamente
desde aquel día que, presintiendo ya la proximidad de su muerte, me convocó
ante ella de manera solemne, pues que, como resulta lógico, de otro modo nos
veíamos de forma permanente. Aquel día me pidió que comiera con ella, lo que
jamás había sucedido en cuantos años habíamos vivido bajo los mismos techos.
Entonces me habló una vez más de mi
manumisión, asunto que ya me había sugerido en otras ocasiones y que yo había
rechazado con clara decisión. Pues que siempre diré que mi señora Livia, en los
últimos años, me manifestó de manera insistente que estaba muy dispuesta a
otorgarme la ansiada libertad, asegurándome que, sin la menor duda, sería
incluida en el censo como ciudadana romana con todos los derechos, y que ella
me dotaría de recursos y bienes suficientes para seguir viviendo donde a mí me
placiera. De sobra sabía ella que yo jamás quebrantaría el encargo que en su
testamento me había hecho Augusto, pidiéndome de una manera expresa que
siguiera siempre al lado de los suyos. Para mí aquella súplica, hecha a mí por
el hombre más glorioso de Roma era más que una orden: un sello a fuego impreso
sobre mi alma.
También Tiberio me había preguntado
cuál era mi deseo a ese respecto. Y sé que él sí habría hecho lo necesario para
que todo se hubiera cursado como a mí me agradara. Jamás yo he dudado del
aprecio sincero que el actual emperador me ha profesado siempre. Él sabe, tal
vez mejor que nadie, que yo he sido el más firme apoyo de su odiosa “señora”,
pero también el único talud que la ha contenido. Aunque, tras todo esto también
estaba el maligno deseo del emperador de dejar a su madre sola y aislada
definitivamente; una manera más de demostrarle su resentimiento hacia ella
fraguado durante tantos años.
En esa ocasión también le hice
entender que no lo deseaba, que mi sitio era aquél, y que mientras eso me fuera
permitido yo quería seguir bajo las mismas tégulas. Entonces fue cuando me
anunció que en su testamento todo estaba previsto. Que me había legado
libertad, ciudadanía, bienes y cobijo, y que mi seguridad y subsistencia estaban
sancionadas en documento firme. Yo nunca lo dudé, y así ha resultado tras su
fallecimiento.
Comimos y bebimos, y aún cuando la
distancia, que siempre habíamos guardado a lo largo del tiempo, seguía ocupando
su lugar en medio de nosotras, la encontré más cercana que lo que acostumbraba.
Era ya muy notorio su fuerte deterioro, precipitado en los últimos meses de
manera ostensible, desde que Sejano había conseguido que Tiberio la
desautorizara de modo radical e inexorable.
Aquel reptil inmundo había ocupado con
su guardia la casa. Y so pretexto de darnos su cobijo, nos mantenía a todos
confiscados, ya que cualquier entrada o salida por corta que ésta fuera,
cualquier mercancía acarreada y todas las visitas eran puestas en su
conocimiento sin pérdida de tiempo. Bajo la arbitraria razón de estar
amenazados por ser familiares directos del emperador, nada podíamos hacer sin
su consentimiento.
Aquello disminuyó hasta su casi extinción las
audiencias concedidas por mi señora, pues que nadie quería ser en modo alguno
vigilado por los fieles sicarios de un ser tan voluble y despótico.
Comimos y bebimos hasta que el sopor
adormeció nuestras tensiones mutuas. Por una vez sentí bajo mi cuerpo la
morbidez de aquellos almohadones que tantas veces yo había tersado y ahuecado,
pero sobre los que nunca me había reclinado. Ver desde aquella posición el
triclinio en toda su belleza me resultó en un principio incómodo, cual si
estuviera usurpando un placer y un recreo que no me eran propios. Sentirme
servida, atendida y mimada por una esclava, me aportaba un estado de culpa que
me ataba como un dogal de esparto, impidiéndome disfrutar de aquellos manjares
que mi señora había solicitado para nuestro consumo. Pero he de reconocer que desde
aquella posición todo era distinto.
Entonces mi dómina, sin hacer más preámbulos, me pregunto directamente por esto
que yo estaba escribiendo. Me informó de su conocimiento sobre ello y me invitó
a que le explicara cuál era la razón por la que yo había comenzado a escribir
casi diariamente, y qué era lo que mis escritos contaban.
Yo me limité a hacer un gesto
indiferente, tomé mi pizarra, la que siempre me acompañaba, y tracé sobre ella
una sencilla explicación, evasiva, sin duda. Le informé de que quería ordenar
mis ideas, contemplar mi vida a lo largo del tiempo; hacer memoria de cuanto me
había sucedido desde el día remoto en el que fui llevada hasta Roma.
Entonces Livia me preguntó si yo sabía
que ella también había estado haciendo algo muy parecido. Le respondí que sí.
Era algo evidente, pues había visto en multitud de veces al muchacho que ella
había contratado y a quien había estado dictando hasta hacia unos meses.
“Pero ya me he cansado”, me respondió.
Entonces tomó la palabra y comenzó a hablar como si en realidad ella estuviera
sola. Como si yo no fuera sino una estatua a la que ella hablaba, sabiendo que
yo nada podía responderle.
“Hemos vivido, Laraine, una vida
repleta, árida y arriesgada. Una vida plagada de hermetismo, una existencia
entregada a una idea vívida y apasionante: la grandeza de Roma. A ella he
donado mi energía y mi alma, mi aliento y mis hijos. Nada me ha detenido en
este arduo combate, mucho más cruento, temerario y sangriento que el que
nuestros soldados despliegan, en el nombre de Marte, en los campos de liza. He
mentido, vendido, matado, sobornado, acusado y robado en nombre de la diosa, y
ahora estoy sola ante las puertas selladas del ingente misterio que me aguarda;
que nos aguarda a todos. He sido la primera matrona del imperio y hoy nadie
ofrece un sestercio por mí. Ya todos han huido como se huye de alguien a quien
han mordido las fauces pudridoras de la infamante lepra. Sé que mi hijo me
aborrece y que ha prometido no presidir mis honras fúnebres cuando llegue mi
día. Nadie mejor que tú sabe de mi existencia; de mi honda maldad y de esas
virtudes que, tú y yo, sabemos que también me conforman. Aun a pesar del muro
infranqueable que nos ha separado, nadie ha tenido una unión tan íntima como ha
sido la nuestra. Sin palabras, sin roces, simplemente alentando y mirando la
una al lado de la otra. Tiempos vendrán que sepultarán las verdades, vientos
tenaces que irán erosionando nuestros hechos y lluvias insistentes que
desgastarán los rostros de nuestras acciones, afectos o insidias. Cuando pasen
los siglos nada será lo que ha sido; todo quedará reducido al capricho del
tiempo; artífice mentiroso que todo lo maquilla. Nada, ni los escritos contarán
la verdad por mucho que se empeñen sus tenaces autores. Siempre habrá otro que
opinará distinto, que sembrará la duda, que defenderá con vehemencia heroica
que todo fue distinto. Porque los hombres, los que han sido, los que somos y
los que nos sucedan creerán y escucharán sólo aquello que quieran o plazca
mejor a sus espíritus. Somos presas pues de la cínica historia; estamos en sus
manos. Tal vez por eso quiero ahora entregarte cuanto he redactado. Deseo que
seas tú quien guarde mis documentos y hagas con ellos lo que mejor estimes”.
Livia se detuvo un momento.
Sentí entonces cómo ante sus ojos tal vez estuviera pasando toda su existencia,
a tenor de los cambios sutiles que adoptaba su rostro. Me ufano en afirmar que
yo había aprendido a leer en su cara igual que sobre un libro. Yo seguía
mirándola, tratando de desentrañar a qué lugar quería conducirme aquel soliloquio
profundo y desbocado. Después de un buen rato, me informó del deseo que había
concebido y que alcanzaba a ambas. Había encargado a un escultor prestigioso que
nos hiciera, a cada una, una estatua tallándonos en mármol.
“Nada perdura más que lo hacen
las milenarias rocas. De ellas es la esencia eterna de los dioses. Ninguna piedra
de dureza mayor que la que tiene el mármol. Y ninguna con más sutil y superior
belleza para guardar el retrato de un cuerpo que roerá la muerte. He implorado
a mi hijo para que me divinicen como han hecho con tu señor Augusto, pero se ha
negado, riéndose en mi rostro y llamándome loca. Cibeles sabe que nadie como yo
merece entrar al Panteón sagrado y morar junto a ella, pero han de ser los
hombres quienes, a su capricho, arbitren esos inexcusables y regulados trámites.
Los hombres con sus mentes raquíticas ancladas en prejuicios y menguadas
razones. Los hombres, tercos, idiotas y sin luces; tacaños y patéticos. Los
hombres”.
En los meses siguientes tallaron
las figuras. La de ella sentada sobre un trono, hermosa y elegante cual si ya
fuera diosa y tuviera a sus pies a todos los mortales. Su semblante era dulce
como el que poseía cuando la conociera y era sólo una niña. La mía serena y
hierática, vestida con un fino palio e iniciando el paso que me llevaba a ella,
como para servirla.
Cuando ambas estatuas estuvieron
pulidas, mandó que fueran colocadas en el gran peristylium. Ambas eran perfectas. La suya entronizada resultó más
hermosa ceñida por adelfas y rosas y el verdor encerado de un magnolio reciente.
La mía fue anclada saliendo de entre las plantas más frondosas, de la umbría, en
la esquina opuesta del jardín que para ella era el preferido y en el que se cobijaba
en las últimas tardes presa en melancolías. Así, cuando atardecía y la sombra
incipiente las iba matizando, era como si las dos figuras protagonizaran una
escena eterna, congelada en el tiempo. Ella parecía estarme convocando desde su
trono magno. Yo iba hacia ella saliendo del umbroso misterio con cauteloso
paso. No obstante, por imperativo de la inerte materia, nuestro encuentro nunca
se consumaba. Todo era un deseo perenne y suspendido. Un tender entre ambas,
tal como habían sido nuestras vidas desde que nos uniera su capricho y mi
suerte.
Unos meses después volvió a
convocarme. Fue entonces cuando deseé que el mar se la tragara, que la ira del
dios ahogara su garganta y que el cielo infinito
borrara su memoria. Fue en aquel jardín. Fue una tarde plomiza, cuando las
luces grises engullían sus rasgos, y ella, sentada ante mí, parecía un
espectro. Junto a ella, tirados en el suelo yacían sus escritos. Un poco más
allá nuestras estatuas mantenían su juego infinito. Me pidió que le acercara un
breve documento que estaba en su tablinum
a la vez que le servía una copa de agua con que mojar sus labios. Lo hice.
Luego me senté en el suelo, abracé mis rodillas y sobre ellas deposité mi cara
dispuesta a escucharla en la quietud de aquel oscurecer manchado de cenizas.
“Laraine”, me dijo mirándome a
los ojos como nunca antes lo había hecho. Tampoco entonces sus labios
temblaron, ni su frente se guareció en arrugas. Pero puedo asegurar que en el
infinito abismo de sus cansados ojos brilló un ápice de esmalte en el que se compendiaba
la culpa y el dolor de toda su maldita existencia. Creo que, por ello, es la
vez que más terror me suscitó mi ama. Y supe que estaba a punto de decirme algo
terrible y contundente que nos alcanzaría a ambas como un siniestro rayo.
“Laraine, sé que mi tiempo está
ya bien cumplido. Nada en la tierra me queda que esperar y sólo es cuestión del
azar que mi vida se agote a una hora o a otra. Lo sé con esa claridad que se
saben las cosas que ya nos han sido escritas en el alma por el saber eterno.
Nadie me espera ya y nadie está a mi lado. Y aunque aún aliente sobre la faz
del mundo, mi hijo Tiberio es, para mí, como si no existiera. Sejano está a
punto de destruir todo aquello por lo que he entregado mi conciencia y mis
días, y yo sé que eso no podré soportarlo. Sólo me quedan, pues, el estrafalario
y pérfido Calígula y el grotesco y deleznable Claudio. A Livila no puedo
soportarla, y su madre, Antonia, me produce hasta náuseas. Salvo ellos, sólo tú,
Laraine; únicamente tú. Pero ahora ha llegado el momento de, incluso a ti,
perderte. Quizás sea esta la prueba última que me pide la diosa, y dispuesta
estoy a dársela ahora. ¡Que el Elíseo me ampare!”.
Livia miró a lo lejos. Su boca
estaba seca y el hablar le costaba como un esfuerzo máximo. Entonces tomó
aliento y me dijo: “Laraine, yo escribí sobre tu muro aquel rótulo que decía “Numquam te amavi”. Yo obligué a Agripa a
que vendiera a tu amado Vesonio y le jurara que, si regresaba a Roma o volvía a
buscarte, él mismo os mataría a ambos tan pronto se enterara. Yo fui quien, aun
a sabiendas del grave peligro que correrías, mandé que se te administraran las
hierbas que hicieron que tu vientre escupiera su carga aun a riesgo de haberte
propiciado la muerte desangrándote. Yo misma borré el legado que Augusto te
dejara concediéndote la libertad y una manda de trescientos millares de sestercios
y lo troqué en una nota simple de su gratitud y un ruego que te dejara soldada a
mí por siempre. Porque nunca hasta hoy hubiera permitido que te alejaras y me
dejaras sola. Y si antes de hoy me hubieras aceptado la manumisión que yo te
ofrecía, te la hubiera negado. Ahora ya lo sabes todo y eres por tanto completamente
libre y ciudadana plena de la gloriosa Roma. Todo queda arreglado en estos
documentos. No espero que puedas perdonarme. Esta es la noble Livia Drusa
Augusta y tú bien la conoces. Ahora sólo me resta el desprecio y la muerte. Mi
tiempo está cumplido y sólo espero la compasión de la divina diosa, a ella me
someto solitaria y desnuda”.
Me concentré en mi ira. Luego me
levanté y, presa de un impulso, la arrebaté la copa que tenía en su mano y la
tiré al suelo. Mil añicos rojizos hirieron el mosaico. Con una furia inmensa
escupí sobre aquel documento que ella me entregaba con una mano incierta de caduca
asquerosa y huí cual si la tierra hubiera comenzado a temblar a mis plantas y
el cielo amenazara con desplomarse entero.
Un grito interior me ensordecía el
alma y mi cabeza se negaba a creer lo oído de sus labios infectos. La risa
estrafalaria de Vernus Cortinio Gelio llenaba nuevamente la bóveda terrible que
cubría mi vida. En verdad aquella mujer era la hez más pútrida del mundo, el
reptil más abyecto, la impudicia más sórdida. Lloré hasta quedarme completamente
seca y llagarme de lágrimas hasta mi misma alma. En un extraordinario gesto de
lucidez, bendije cuantos años llevaba sin proferir palabra.
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