lunes, 5 de mayo de 2014

XIX. EL BOSQUE DE LA DIOSA



XIX.     EL BOSQUE DE LA DIOSA


Salimos al alba de la domus, tal y como lo hacíamos en no pocas mañanas, pues que mi ama, a pesar de su rango, solía madrugar o, mejor, dormir poco, y no tenía inconveniente alguno en visitar asiduos, en comprar en las tiendas o en emprender excursiones o viajes al amanecer, si así le era preciso o eso agilizaba cualquiera de sus deseos, planes o aquellas transacciones que tuviera entre manos.
Acostumbraba a recibir a sus clientes antes de que la luz inundara los cerros.
Todos los días, los que habían sido citados o los que habían solicitado audiencia esperaban pacientes en el vestibulum desde la media noche hasta que abríamos las puertas de la dorada casa. Mi señora era entonces patrona de muchísima gente. Cada uno de ellos estaba estratégicamente seleccionado. Los había de muchas profesiones y de rangos y estamentos muy diversos. Y cualquiera estaba dispuesto a ofrecer hasta uno de sus dos ojos con tal de que la gran Livia le considerara uno de sus prosélitos. No pocos eran ciudadanos libres, comerciantes u hombres de negocios célebres y rentables. Pero también mi ama patroneaba plebeyos y libertos y contaba con un nutrido número de parásitos que cada día venían a recibir su sportula.
“Todos nos son muy convenientes”, decía a menudo, cuando yo preguntaba por qué alimentaba a tanto delincuente y a tanto ser protervo. En todos ellos se apoyaba de una u otra forma para sus proyectos, mercadeos y planes. Unos la informaban o la traían cuentos o habladurías, otros obraban en sus encargos de modo diligente ocultando su nombre, otros cumplían sus deseos con rigor admirable y discreción severa.
El hecho legalmente establecido por el que un cliente está eximido de la obligación de declarar en los juicios en contra de quien es oficialmente su patrón, ha sido siempre tenido muy en cuenta por mi ama, que lo ha usado con prodigalidad y acierto. Y además, siempre era cosa sencilla deshacerse de un facineroso si ya no convenía; nadie notaba su ausencia, pues que dejaba sitio para otro indigente.
Sabido todo eso, diré que en aquella mañana se aligeró el trámite y únicamente conduje al atrium a tres de aquellos visitantes y mi señora recibió en el tablinum a dos de ellos, tras hacer la selección a través de la reja cegada por visillos. A los demás los despaché del modo en que ella me hubo instruido. Luego se cerraron nuevamente las puertas y entonces nos dispusimos para aquella salida que parecía solemne.
Pero nuestro verdadero destino era una mísera cueva situada en un extremo abrupto del Janículo. Y es que allí se decía que habitaba un antiguo flamen que obraba sorprendentes prodigios. Al parecer, tan portentoso don le había advenido de forma milagrosa al sacerdote después de haber sido apartado, de manera claramente despótica y por causa de envidias, del servicio a la diosa titular de aquel bosque, declarado hierático. Así decían los suyos que la diosa le había demostrado su favor y defensa, lo que no estaba claro para los flaminis que ostentaban en la actualidad el culto.
La diosa Furrina es venerada allí desde tiempos arcaicos, mucho antes de que el rey Servio Tulio levantara las enormes murallas que protegieron aquella zona al otro lado del Tiber, frente al Campo de Martivs.
A aquel lugar se llega tomando la ruta de Etruria, que obligaba a pasar por el puente Sublicio, que es una construcción de madera mil veces remendada desde que la mandara tender el gran rey Anco Marcio y que las crecidas del río la han dañado muchas veces. Por esa pasarela se toma la Vía Aurelia; la gran calzada que fundamentara Caius Aurelius Cotta, a quien el pueblo de Roma siempre venerará por sus útiles obras.
Todos estos datos y conocimientos los recuerdo aún hoy, aun a pesar de que el desgaste muerde ya mi memoria. Corresponden estos conocimientos a cuantas cosas aprendí al lado de mi ama, de quien nunca me cansaré de atestiguar que, desde que llegué a su lado, me hizo acompañarla a esas lecciones y adiestramientos a los que ella siempre ha tenido un profundo fervor. Y es que ella siempre ha asegurado que el conocimiento y la información son los dos resortes que hacen al ser humano dominador del mundo.
Más de una vez la he oído decir de Octavio que eran su celo obsesivo por la información y su saber rodearse de hombres capaces e informados lo que lo había encumbrado y convertido en un ser único y soberano; enseñanza que le trasmitiera su factor Julio César cual preciado e intangible tesoro. Sé que entre esos colaboradores capaces a los que se refería se consideraba situada ella en el primer escaño, y que tenía asumida su misión y creía y cree, aun ahora y sin vacilaciones, en ese postulado. También yo, en mi medida, para ella me encontraba situada entre esos coadjutores a los que se refería.
El luccus Furrinae era un paraje boscoso de no fácil acceso, por lo que fue preciso la colaboración de un guía a quien se le prometió una sustancial recompensa y al que luego se le saldó cortándole el pescuezo junto a un hosco recodo. Yo quedé espantada. Miro a mi mano y siento aún, en este mismo instante, el temblor y el grado de desconcierto que me produjo entonces aquel cruel suceso. Suceso que no estaba programado para que yo lo viera, pero que contemplé por torpeza de los ajusticiadores. Livia bramó de ira por aquel desacierto. Me miró a la cara y retorció sus manos, pero su paso era firme y su arrojo resuelto.
Al parecer, había de asegurarse de que nadie pudiera difundir la noticia de que la esposa de Augusto había visitado a Numitor, el flamen caído en infortunio, de quien se divulgaba su diestra afición a elaborar pócimas propicias o perversas, según se diera el caso. Y es que el viejo sacerdote se había hecho experto en mezclas de hierbas y pulimentos de piedras, de tierras o de huesos que obraban bondades ante los desahuciados o efectos contundentes ante los enemigos. El acónito, el beleño y la sardonia, que hasta entonces crecía sólo en la hermosa Cerdeña y que él había logrado aclimatar aquí, eran sus actuantes y agentes preferidos en mezclas, maceraciones y brebajes diversos. Luego esas mixturas, al parecer, eran potenciadas con el agua sagrada que manaba en un antro que él mismo había limpiado y mondado a base de conjuros y artes demoniacas, haciendo así que el líquido esencial fuera finísimo y sin máculas.
Oficialmente nosotras no haríamos otra cosa que visitar el templo santo de la diosa Furrina y abastecernos de aquellas límpidas y salutíferas aguas de su loado manantial, a la vez que entregábamos una ofrenda a las sacerdotisas que atendían sus ritos y sagrados oficios.
Livia no me había desvelado el motivo real de nuestro viaje, pero cuando oí entre los ramajes el grito seco de aquel infortunado guía y vi volver al carretero limpiando su cuchillo, supe que algo turbio o de tremendo alcance se escondía en sus planes. Pero después, cuando ya estuvimos en la infecta covacha, y apenas ella formuló entre dientes su demanda a Numitor, de inmediato intuí para quién estaba destinado aquel filtro nocivo.
Un sudor frío me empapó por entero y creo que a punto estuve de desplomarme sin resuello en tierra. Ella ni me miró ni atendió mi vahído. Aplicada a su asunto, insistió en que el producto fuera seguro y en extremo discreto. Quería algo que no produjera ni estertores ni dramáticos vómitos y que pudiera administrarse en dosis realmente pequeñas, cual una especia o un inocente aliño que se incorpora a un plato o a un tónico caldo. Al parecer, no debía ser de efecto contundente, sino lento y acumulativo, simulando una dolencia de esas a las que en un principio no se les da importancia, luego no se atajan por falaces o fútiles y, finalmente, cursan en lamentable y sorprendente trance con rapidez insólita. Todo eso lo explicaba mi dómina con completo lujo de detalles, inmersa en un susurro de coautor infame.
Escuché su encargo sin creer lo que oía; dudando entre huir, taparle con violencia la boca o contener mis náuseas. Un vértigo de incredulidad me cegaba la vista y me traía el estómago hasta las mismas fauces. Livia me repugnaba. Su maldad se había hecho infinita y yo era su cómplice, su encubridora y su vil alcahueta. Pero, además, en su semblante no había ni la más leve marca de pesadumbre. Un gesto congelado le cruzaba el rostro y el aplomo en su voz y en su porte eran realmente terribles. Encargaba aquello como hubiera encargado un perfume exótico o un pescado exquisito.
Esperamos un rato que resulto infinito. Cuando el tóxico fue hecho, ella me entregó el frasco para que yo fuera la que lo transportara. No me miró a los ojos. Simuló una premura que tal vez fuera cierta, puesto que la mañana seguía avanzando ajena a nuestra infamia.
Aquel pomo me quemaba en las manos. Era el modo en el que mi señora me implicaba de lleno y me hacía copartícipe de su malevolencia, sin darme explicaciones ni pulsar mi anuencia. Al fin y al cabo yo no era más que su esclava, y, además, ya le había entregado mi asenso sin reservas.
Era un vaso pequeño de cristal azulado, tal vez mercado en Aquilea a deducir de la perfecta y cuidada factura de su tallo y el ojal de su boca. Sus luces escarchadas y añiles entintaron mis palmas y las paralizaron, igual que paraliza la sangre verdadera los dedos que no son asesinos. Y en medio de mi desolación, a modo de balanza y desagravio, pensé que al menos había tenido la atención de llevar un recipiente de exquisita factura acorde con quien iba a ser el objeto de su crimen.
Salimos de la cueva y subimos al templo, simulando que nada había pasado. Allí, tras desarrollar una idiota parodia con las virtuosas que asisten en aquel santuario, en la que mi señora mostró una melosidad impropia de su ser y su envarado rango, emprendimos retorno sumidas en un impenetrable mutismo, contundente como el muro de un templo o un tapión de muralla. Podría asegurarse que en nuestro carruaje no circuló ni la luz, ni el sonido, ni tan siquiera el aire que permite el respiro, y eso que era un día soleado y diáfano. Por eso, creo con firmeza absoluta que si alguien hubiera viajado con nosotras hubiera sostenido que bajo aquel espeso toldo únicamente viajaban dos cadáveres.
Yo me reconcentré en sopesar la maldad que aportaba mi apoyo en aquel atentado. Creo que ella se dedicó únicamente a sopesar el alto grado de su ingenio y su arrojo. Por entonces, mi ama ya tenía segura cual era su misión. Livia ya se entregaba con pasión indudable, en la creencia firme de que Cibeles estaba de su lado y demandaba su mediación en semejantes actos. Luego he sabido que el amaño y la invención de que un dios nos aconseja es siempre un subterfugio vicioso en los malvados, pues no hay maldad humana ante la que su artífice no asegure que le ampara y patrocina un dios veraz y omnipotente.

Después de todo no resultó difícil que Marcelo iniciara su viaje sin retorno. Excelso como era, los dioses lo debían desear a su lado, ya que todo resultó cual trenzado por ellos. Con esto me reafirmo en que su sublime encantó no lo abandonó ni en el lecho postrero; su cadáver partió hacia el misterio más hermoso que nunca. En verdad, a aquel muchacho, le sentó bien la muerte; nunca he contemplado un cadáver más bello que el suyo. Y es que yo misma lo atendí en sus últimos hálitos, puesto que ni su doliente madre ni su dilecta esposa se encontraban en Roma y, por tanto, yo no iba a abandonarlo en tan gravoso trance al donoso muchacho. Jamás me hubiera perdonado a mí misma incuria semejante para con el heredero universal de mi amado esposo. Pero los dioses mandan y nosotros no somos más que afanosos criados de sus sapientes órdenes. El cielo siempre escribe la verdad con letras ilegibles y nosotros, los humanos, aunque nos sea sumamente doloso, no debemos hacer más que postergar nuestros gustos y fomentar los suyos: el cielo siempre sabe qué nos es conveniente.
Roma entera lloró su pérdida inefable y yo tuve que dedicarme a confortar a mi cuñada Octavia y a la desconsolada Julia que se ahogaba en lágrimas. Dejé que el desencanto de Octavio por su fallido intento lo mitigara su apreciado Mecenas, ya que Mecenas siempre tenía un pensamiento excelso dispuesto a flor de labios para aliviar a cualquiera en trances semejantes. No en vano, la vida entera la había transitado entre un, en verdad excesivo, mariposeo de líricos y artistas tan dados al lamento como a los entusiasmos. No diré yo que no he amado el verso y la bucólica, pero en modo alguno he soportado ese blando aleteo que suele acompañar a no pocos autores.
Tras el doliente óbito, aconsejé a Octavia que frecuentara con más asiduidad a su grato Virgilio, y de éste obtuve con finas persuasiones que en el libro sexto de su obra titulada “La Eneida”, en la que laboraba por entre aquellos días, incluyera unos versos en recuerdo a Marcelo. Cuando el noble rapsoda recitó esas rimas en presencia de Octavio y de su abatida y pusilánime hermana, ambos quedaron profundamente ahogados de emociones y dichas. La absurda Octavia, siempre tan sentimental y tan exagerada en cuanto a lagrimeos, mandó rectificar su testamento, legando al poeta, que tanto la había confortado, una suma de hasta diez mil sestercios a entregar apenas falleciera.
En realidad, debiera haber sido yo, y no el docto épico, quien al final de cuentas mereciera aquella gratitud. Pues yo había sugerido aquella conmovedora cita que siempre va a estar presente en los anales de la literatura para gloria del muerto. Pero sabido es que el mundo y sus misterios obligan a que no reciba cada cual aquello que en rigor se merece y es justo otorgarle. Yo, no obstante, consideré como bueno que, cuanto antes, todo se fuera diluyendo aunque entre lloros y ayes de agobiante mal gusto. Aquella muerte debía ser olvidada con premura, pues no es bueno que una nación se perpetúe hipando.
La fulminante enfermedad coincidió con la ausencia de Agripa, de quien se conocía su claro enfrentamiento con Marcelo. Esto lo salvó de sospechas y dudas. Bien se sabía que el hijo de Octavia no podía perdonar la relación oculta que Agripa había mantenido con su madre cuando eran más jóvenes. Y mucho menos que, a pesar de ello, Marco Vipsanio Agripa hubiera aceptado casarse con su hermana Claudia Marcela, Maior cuando llegó el momento y Augusto se lo impuso. Como es evidente el historial de Octavia era muy suculento en ramajes y frondas de amoríos y lechos.
Pero, al margen de eso y con frecuente insistencia, el muchacho tentaba la arrogancia de Agripa minimizando su fuerza y su bravura e, incluso, burlando sus victorias. Lo hacía mediante un juego ácido de bromas y desaires, que siempre desplegaba en presencia de Octavio, y que a éste le provocaba diversiones y risas por la ingeniosidad con que Marcelo lograba enjaretarlas. Bien sabia Octavio y todos los presentes que aquello era un juego carente de realismo. Pero Marco Vipsanio Agripa odiaba aquella chanza y se sentía hostigado mediante un medio, el de la palabra, que él no dominaba: él era un soldado. Roto de ira, jamás disimulaba la contrariedad que le suponía que Augusto, su amado Octavio Augusto, hubiera elegido cual hijo y sucesor al soberbio arrogante que a él lo ninguneaba en presencia de todos.
La ciudad sabía de la rivalidad entre los dos eminentes prohombres, pues que además estaba nítidamente claro que el muchacho venía a truncar las aspiraciones que Agripa albergaba de suceder a Augusto. El viejo Agripa siempre fue un iluso; un gran guerrero, pero un torpe quimérico. Suceder él a Octavio teniendo una edad semejante a la suya. ¡Qué idea más estúpida!
Pues bien, ambos tenían divido al pueblo, enredados en una pugna cívica, cual dos adolescentes que jugaran a demostrar quién era poseedor de atributos más grandes. Agripa, cuando hacía años había sido nombrado edil, había embellecido la ciudad como ninguno otro. Utilizando sus conocimientos de arquitectura, había reformado la gran Cloaca Máxima, ampliando acueductos, construyendo puentes, pórticos y termas y plantando jardines y hasta un magnífico templo en el Campo de Marte, que se había convertido en su bastión y emblema. El pueblo eso lo recordaba y unía a sus hazañas en los asuntos bélicos.
Marcelo, ahora, entusiasmaba al pueblo con su indomable ímpetu de potranco más joven, su locuacidad y su brava vehemencia, además de su efectividad como edil curul. Mientras tanto Tiberio, mi pobre hijo Tiberio, permanecía en la sombra como un ramplón soldado enviado a la guerra en una vulgar leva. No obstante, yo siempre he defendido que el cazador furtivo es el mejor predispuesto para cobrar la pieza, siempre que sea paciente, esté bien camuflado y posea un buen arco. En esa certidumbre esperaba paciente tragándome mi bilis.
Creo que fue entonces cuando constaté que no hay mejor manera de ocultar una cosa que afirmar su evidencia aunque con sutiles matices que empañen sus fulgores. Lo peor de la verdad escueta es su luz intensa y cegadora. Por eso, yo misma alimenté la idea de que el desafortunado había fallecido víctima de alguna pócima administrada por un torvo enemigo. Era evidente su envenenamiento, entonces ¿por qué intentar negarlo? Aquel trabajo -debo reconocer- no había resultado depurado ni fino, aun pese a mis esfuerzos por que fuera impecable. Pero, hecho lo hecho, consideré que era al borde de la fría verdad donde mejor se amparaba la radical mentira.
Al mismo tiempo sembré otras discordias y cizañas. Difundí una pregunta que muy pronto corrió desde el monte Pincius hasta el puerto de Ostia, desde el bosque Janículo hasta el cerro Esquilino. ¿Por qué Agripa, tras solicitar con tanta insistencia que se le nombrara gobernador de Siria, había renunciado a su cargo y, tras buscar a un sustituto, él se había quedado en la isla de Lesbos gobernando a distancia?
Aparentemente nada parecían tener en común una cuestión y otra, pero muy pronto se fueron enlazando hasta formar un nudo que yo misma me ocupe de ajustar con contundencia firme. Sugerí a Augusto que sería muy bueno que su maduro amigo regresara a la urbe y desposara a Julia, y que su fortaleza de hombre avezado apuntalara a la deshecha niña, que andaba cual matrona doliente arañando en la muerte de su finado esposo.
En apariencia, Agripa conquistaba ahora, incluso con mi bendición, las posesiones más preciadas del finado Marcelo. A los ojos de todos tomaba su fortuna y ocupaba su cama; un bocado muy apaciguador para el bravo guerrero.  De  ahí a que su futuro fuera el mismo que el diseñado para el maltrecho joven sólo quedaba un paso. Mientras, cauta y agazapada, yo sonreía ante tanta evidencia y trenzaba mis lías más largas y seguras que lo que se veía.
Pero lo que ahora expongo con claridad tan nítida no lo fue así entonces. No, no fue nada sencillo tejer aquella tela de urdimbre tan compleja. Una vez más, luchando contra mi voraz impaciencia, enemiga a la que a través de los años he sido capaz de dominar y obtener su templanza, tuve que dar algún paso hacia atrás para reafirmar con solidez mi senda y avanzar con raigambre. Casar a Julia con Agripa era, teóricamente, volver a establecer formalmente un sucesor de Augusto, sellando una vez más el relevo mediante la firmeza de un lazo familiar a través de su hija. Pero emparejar al viejo con la tierna muchacha arrimaba razones de orden lujurioso, que los enemigos de Agripa harían prosperar. A la vez se conseguiría que se sospechara de una cooperación suya más clara al hecho luctuoso, disipando a la vez la culpabilidad de otros. Por otra parte, Agripa difícilmente sucedería a Augusto, puesto que, como ya he dicho, ambos tenían una edad semejante. Hay veces que un vanidoso empeño ofusca la evidencia.
Mientras tanto Tiberio, mi dejado Tiberio, se encontraba ocupado en la hostil Germania. Haciendo un esfuerzo por mirar a lo lejos, consideré que el Rin era un buen compañero para aquel muchacho de quien tanto esperaba. Le obligué a mantener aquel oprobioso destino, aun a pesar de que su esposa Vipsania, la hija de Agripa y de Cecilia Ática, su primera consorte, pasaba el día entero envuelta entre lamentos como una perra en celo que aullara por su macho. Por raro que parezca, mi joven hijo tenía en otros tiempos un atractivo meloso entre las hembras. Un atractivo que tras cursar el tiempo, hoy, es difícil creerse que haya poseído.
Mi otro hijo, Druso, se encontraba en Iliria, pero su obsesión porque retornara de nuevo la malvada República me hacía considerarlo, en secreto, como un hijo proscrito. Jamás pude entender cómo había perpetuado en él la pertinaz semilla de mis antepasados, aun a pesar de que la educación que yo le había dado había sido siempre contraria y disuasoria a tales arcaísmos, que no habían traído a Roma más que miserias, desórdenes y sangre.
Muy pronto Julia comenzó a parir como una coneja. El viejo macho se afanó en sus funciones y el nacimiento casi seguido de sus cinco retoños pronto logró que Julia olvidara al extinto y tan idolatrado Marcelo. No le ocurrió así a la doliente Octavia, quien pareció renunciar ya totalmente a la vida, al alimento y hasta a la luz necesaria a su triste mirada. Sólo Virgilio templaba su gran desasosiego, que se tendía como una larga sábana que quisiera enjugar su ayer y su presente en un duelo infinito.






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