V. EL TALLER DE LAS MÁSCARAS
De aquella forma llegué yo a ser parte del grupo de
actores que
regía Vernus Cortinio Gelio, un personaje orondo y bonachón que rezumaba vida y
que la vivía como si fuera una ininterrumpida representación teatral. Su casa,
que presentaba dos grandes máscaras talladas en piedra en la fachada, una
alegre y otra constreñida, era un verdadero depósito del desorden y el caos.
Sus puertas, abiertas de par en par durante todo el día y muchas noches,
permitían la entrada a quienes lo apetecían y hasta su permanencia en ella
tanto como placiesen. Aunque eso, siempre que el forastero acreditara de modo
fehaciente que tenía alguna vinculación con el mundo sacrosanto de la escena, o
que contaba con alguna excentricidad que divulgar en un convite noble. No hace
falta explicar que los venidos de allende los mares, sobre todo de la divina
Grecia, santuario adorado por mi amo, eran acogidos con interés ferviente cual
apóstoles santos en gira redentora.
La provisión de su mesa era escasa y
variable, pero acogedora y siempre solidaria. Si aparecía alguien de improviso,
se echaba un poco de agua o algunas mondas más al gran puchero y todo se
arreglaba. Su humor era infinito y la risa, la esplendidez y el amor a la
existencia y sus bondades eran máxima perenne en su entorno estrambótico. Tenía
Vernus una casi enfermiza disposición hacia la carcajada más sonora y más
intempestiva que pueda imaginarse. Y su gran risotada ante cualquier asunto o circunstancia
no respetaba lugar, compañía o demanda de discreción alguna. Nada parecía para
él ser chance inoportuno para una explosión de magna hilaridad. Así las bromas,
los goces sexuales y la glotonería, eran considerados por él asuntos de orden
preferente. Amaba a los muchachos, pero jamás tenía tratos de intimidad con
ninguno que rebasara la treintena de años o no llegara a quince. Sus fiestas,
muy habituales, eran elogiadas como el mejor ejemplo de desmesura, creatividad
y esmero abigarrado. Y es que su amor a la existencia pletórica era tan voluble
y tan altisonante como su vulgaridad o su exquisitez se lo dictaban según
soplara el aire. Lo que sólo obedecía al momento vital en el que él se encontrase.
Así sus agudezas o sus despropósitos lo zarandeaban de forma desigual, igual
que zarandea a las banderas el viento.
Llegué a aquella ínsula ubicada en la Suburrae un día anodino y de luz fangosa
y miserable; luminosidad semejante a la que alumbraba mi ánima por aquella
mudanza. La Suburrae ha sido siempre el
barrio romano más inmundo y más sórdido de cuantos nos rodean. Junto con el Argilentum y el Velabrum, atesoran la fama de la insalubridad, el ruido y la
anarquía. Pero además, con el paso del tiempo, estos tres lodazales han seguido
compitiendo en desorden, suciedad y barbarie, siendo siempre la Suburrae quien ostenta el triunfo en
esas pugnas. Únicamente su situación, entre la colina Viminal y el Esquilino,
puede considerársele como una exigua gracia. Por otro lado, durante aquellos
días de escasez y miseria, la proliferación en él de improvisados y parvos puestos
para venta, de tabernas inmundas e ínsulas ruinosas, de arriendo y subarriendo,
era desmesurada. Más que un lugar de vida, aquello era un cenagal mugriento en
el que los proscritos luchaban por seguir hozando y malviviendo. Aquello estaba
ocupado en demasía por delincuentes, soldados añosos e impedidos, mendigos de
todas las calañas, rateros y truhanes de mil habilidades. Expatriados y quaestus
de origen ecuménico convertían la zona en la más peligrosa de toda la ciudad en
cuanto la luz del sol se diluía y la sombra venía a embozar a los felones. Hoy
la cosa es distinta y aunque sigue siendo el lugar heredad de ilotas y
excluidos, los colegium han impuesto
un relativo orden, que nunca es suficiente y a menudo arbitrario. También,
desde las obras patrocinadas por el abnegado Agripa, que los dioses abriguen en
su seno, la Cloaca Máxima ha dejado
notar sus beneficios en limpieza y salud. Bendita sea, por tanto, la diosa
Cloacina que ampara este gran sumidero que nos libera a todos de tufos y ponzoñas.
Mi entrada en el mundo de la rufiandad
me supuso una liberación, pero me hizo entender, de una vez y por todas, que la
vida era algo que había que ganarse día a día y que solamente subsistía quien
era capaz de comer antes y mejor que lo hacían los otros y todo lo demás que
eso acarrea. Mi aspecto equívoco y desastrado se acrecentó ahora de forma
verdadera; la suciedad se fue acumulando en mí como algo natural que arropara
mi piel. Hasta tal punto fue así, que muchos creyeran que yo era en verdad un
muchacho huérfano y errabundo, tal vez aquejado de algún tipo de mal
despreciable e inmundo, que había obligado a los míos a zafarse de mí y
abandonarme. Las nulas obligaciones y la inexistente disciplina en la casa de
Vernus potenciaron mi estado de indolente desidia. Nadie pudiera haber creído
que yo era la antigua fámula de la hetaira más selecta del lupanar de Ostia;
aquella muchacha pulcra y exótica, de pelo amoratado, que atendía su alcoba.
Pero, por extraño que pueda parecer, muy pronto comenzaron a dar notables resultados,
tanto mi aspecto infausto y desastroso, como mi mudez, mi vital habilidad, y
aquella capacidad de observación que yo había ido adquiriendo, forzada por el dolor y la soledad en los
últimos años.
Dormía en un cubil de paja junto al
resto de los otros actores. Y, a falta de otras demandas, me dedicaba el día
entero a andar por los mercados y callejas más lúgubres, distrayendo cuanto se
me terciaba, apaleando perros o inventando trastadas con las que unir,
entretenidamente, la mañana a la noche.
No obstante, y a pesar de aquella agresora
apatía, pronto resulté ser muy diestra en el arte de procurar comida, monedas y
hasta, de vez en cuando, preseas, aderezos o bienes deseables de coste
sustancioso. Para ello no dudaba yo en seducir con mi aspecto, edad o mi
desvalimiento; propiciar cualquier tipo de lástima o recurrir al engaño o a la
estafa vivaz e inesperada. Y como mi interés no era otro que, en sí mismo, el
de sustraer cuanto fuera posible, tenía a gala entregarlo íntegro a mi amo,
quien enseguida me regaló cumplimientos y besos, lo que vino a bruñir y repletar
mi orgullo, a la vez que a fomentar mis pericias y mañas. Pero, además, estaba
mi mudez para, si me prendían, quedar en libertad como un ser atronado o
demente al completo, al que ni la justicia debía tomar cuentas. Y es que,
además, yo sabía fingir un estado de acopio de bobunas y memeces sin redención
posible.
Era, pues, feliz obteniendo botines y
estafando a incautos. Pero también lo era despertando sorpresa, halago y
admiración entre mis compañeros y siendo citada como ejemplo por la papada
amplia y mantecosa de nuestro común dueño, el eximio histrión, a quien, entre
otras trasgresiones, entusiasmaba burlar a la justicia usando carne ajena.
Aquella inmensa ínsula era un
laberinto que Vernus Cortinio Gelio aseguraba haberse procurado mediante una adquisición
cabal en sus tiempos de gloria. Sin embargo, no pocos afirmaban que aquella
posesión no era otra cosa que el regalo obtenido de Lucio Cornelio Sila, cuando
el dictador había sido su amante y él su concubino. Días aquellos cuando Vernus
era tan sólo un muchacho hermoso y deseable, dotado de enormes ojos negros y
apreciables actitudes para el arte de escena y el retozo amatorio. Algunos
certificaban que Sila, primeramente, lo habría mantenido recluido, como bien
exclusivo, en una suntuosa villa situada en Puteoli. Una hermosa domus a orillas del luminoso mar,
cercana al puerto al que llegaban los más excelsos cargamentos de Oriente.
Por lo visto Sila, había intentado
tenerlo retirado y sólo a su servicio, pues era conocida la ferocidad amatoria
del ávido tirano, que nunca reparaba en sexos o en edades. Pero cuando decidió,
por alta conveniencia, su tercer matrimonio con Cecilia Metela, hija de Lucio
Cecilio Metelo Dalmático y viuda de Marco Emilio Escauro, Príncipe del Senado,
fallecido hacia poco, Vernus se rebeló. Y dicen que lo hizo como una mantenida
altiva y petulante, con un ataque de extravagante histeria y loco despilfarro
de demandas. Clamó ante el acantilado, en el puerto y en el teatro, diciendo
que Puteoli era en verdad un pozo, como su nombre indica, y él no se iba a
dejar enterrar vivo en semejante hoya tras aquella traición y su abandono. Por
ello, Sila, no tuvo más remedio que romper su relación con él y traerlo hasta
Roma, donde lo estableció en la Suburrae
para que ejerciera su oficio de catamita
y actor venido a menos, en medio de un ambiente que les desvinculara. Aun así,
había quien afirmaba que el tirano nunca lo abandonó completamente y que
siempre había existido entre ellos una dependencia perversa y obsesiva. Y es
que, al parecer, Vernus había aprendido de muy niño sus artes sicalípticas de
una meretriz de Tingis, que era una leyenda en toda la nación, pues que según
decían combinaba el sexo con pericias ocultas y las mañas más negras que puedan
concebirse. Algo, aquello, que enloquecía de placer a quienes las probaban,
creando una adicción del todo irrenunciable.
Fuera así o de otro modo, Vernus había
seguido teniendo sus adeptos y público más fiel. A ellos, y a quien quisiera
oírle, les repetía de manera insistente que él, y sólo él, era la reencarnación
del gran Fedón de Elis. Y que al igual
que él, también había sufrido la prisión más cruel, obligado por Sila a amarlo
a la fuerza. Nadie creía aquello. Yo no sabía entonces quién era Fedón. Luego,
cuanto me instruyeron, supe que el citado era un discípulo fiel al noble Sócrates,
el griego, y un personaje importante en “los diálogos” que escribiera Platón,
en cuya adolescencia había sido tomado como esclavo y obligado al fornicio. Un
muchacho especial al que él quería asemejarse inventando esa farsa. La
imaginación era, sin duda alguna, la virtud más excelsa del decadente Vernus.
Su grupo de actores era llamado para fiestas y
orgías. Y su vinculación con el entorno del lujo, la opulencia, el oropel y el
fasto, junto a su procacidad y descaro para lujurias, burlas y todo tipo de
chanzas atrevidas, políticas o no, le hacían imprescindible en las
celebraciones, enlaces y banquetes más mentados y excéntricos de la Roma
selecta. Y hasta se afirmaba, aun con boca cerrada, que, en sesiones privadas,
que para él resultaban en exceso rentables, algunas madres ricas lo contrataban
para que aleccionara a sus tiernas muchachas en las artes del sexo y los
placeres, lo que las convertía en hembras irresistibles. No pocos asentían que,
cínicamente, para los futuros maridos era un autentico crédito, sin sufrir
riesgo alguno, el saber que había sido Vernus y ninguno otro quien las había
adiestrado en cómo comportarse tan atrevidamente en los juegos de tálamo.
Por otra parte, y aun a pesar de su
visible deterioro, evidente abandono y amargura recóndita, él seguía teniendo
un gusto excesivo y refinado en cuanto a telas, aderezos, peinados y cosméticos
podía referirse. Frecuentaba las tiendas más selectas. Era gran amigo y cliente
de Dulio Marsilio y de Egeria Portia, quienes lo veneraban. Así, muchas damas
poderosas y nobles, a pesar de su acreditación desigual y encontrada, a
escondidas, seguían consultándole y aceptando sus consejos en estilos y modas,
cual si la suya fuera la voz preclara de un infalible oráculo semejante al de
Cumas; la sibila que vivió nueve vidas de ciento diez años cada una. Aunque
luego, públicamente, ninguna declarara que eran los consejos de la decadente
“matrona” los que les aportaban éxitos y los que observaban como un sagrado
canon.
Siempre aprecié mucho a Vernus, el
obeso; el grotesco cetáceo. A su lado aprendí el gusto por la vida y el
desprecio de las cosas banales que nos atemorizan y nos minan las fuerzas tan
estúpidamente. Su larga experiencia en lujos y esplendores, en poder e
influencia de tiempos ya pasados y su imparable pérdida en sucesivas rondas, le
habían hecho dócil a la existencia y agradecido con lo que el día a día le iba
deparando. A su lado la bondad y el sosiego eran una constante, y su
disposición hacia la resolución de los conflictos por la vía más rápida y más
llana era una virtud desarrollada y firme, que ejercía de una forma intuitiva y
de suma eficacia. La libertad de expresión o de actos era una enseña en su casa
y su entorno que alcanzaba, incluso, a quienes le frecuentaban y eran sus más
caros amigos. Pero, además, siempre comprobé que obraba con verdad, si bien
tenía una maestría especial para mediar entre disputas, reconducir pareceres y
tender puentes que propiciaran la paz y el bienestar entre todos nosotros. Tal
vez por eso, odiaba a la justicia de manera obsesiva, pues que no la
consideraba necesaria entre hombres decentes: todo era de todos, para qué más
problemas ni absurdos mediadores.
Dirigía a su grupo de actores, y en
sus propuestas y órdenes se vislumbraba una sensibilidad y sutileza humanas que
hacían conjeturar el magnífico actor que hubiera sido antes. Y digo que hubiera
sido antes, pues que él no actuaba desde hacía ya largo tiempo. Un gran secreto
cerraba definitivamente la razón por la que él dejara de acceder a la escena.
Algunos afirmaban que una cuestión de amor, en sus años maduros, lo había
varado como un barco en desguace olvidado en la dársena y resuelto a pudrirse
recordando el pasado. Otros decían que había sido la muerte de su querido Sila
quien lo había retirado del gesto y la palabra dicha ante la cávea. Pero los
más aseguraban que había sido una prohibición expresa del mismo Cneo Pompeyo
Magno, quien lo había vetado para actuar en el teatro de piedra construido por
él para el pueblo de Roma, todo ello por una cuestión personal con el actor que
nadie descifraba o nadie se atrevía a insinuar.
Mas fuera como fuese, él siempre
pregonaba: “Todo lo que el actor proclama sobre el podium debe decírselo al amor, si no estará conjurando a favor de
la chanza, la vaciedad y la torpeza humana y las divinas Cámenes se sentirán
burladas”. Y es que detrás de todo cuanto Vernus era, se cobijaba un punto de
claro desamor y de tristeza íntima que, furtiva y rebelde, asomaba a sus
enormes ojos, ya refugiados en un ovillo de repliegues y de sombras, cuando
estaba sólo y creía que nadie podía observarlo.
Fueron aquellos tiempos los que al fin
fraguaron en mi carácter un matiz frío, cínico e independiente. Un carácter
capaz de esconder las más genuinas emociones y administrar, con tacto y sentido
de la oportunidad, aquellos elaborados sentimientos que me eran más aptos y
valiosos según fuera el momento. Aprendí, pues, a no llorar jamás, a no mostrar
mis debilidades, a vender bien mis favores al precio más rentable, a mirar a
los ojos con decisión, aun a pesar de guardar la mentira entre mis labios
mudos. Aprendí...; en fin, a transmitir con mi mirada todo cuanto mi lengua era
incapaz de articular o de servirme presta. Y, si tuviera que afirmar ante la
muerte cuál fue mi mayor logro de aquel tiempo, declararía que desde entonces
he sido una experta impasible y sutil en la administración de mi silencio más
hondo, hasta el punto de no haber echado nunca de menos, cuando me fue
obligado, el apoyo valioso que a otros les dan su voz y sus palabras.
En “la casa de máscaras” conocí yo a
los más peculiares personajes que pueda imaginarse que deambulan por la Roma de
entonces y de ahora, que es como decir que andan por el mundo, pues que éste
era y es su ombligo y epicentro. La mayoría venían atraídos por la fama de
hospitalidad y extravagancia que el sitio poseía. Así podía comprobarse
fácilmente cómo mi amo era muy conocido en muchas latitudes y ámbitos del mundo.
Por eso no eran pocos los que traían sinecuras y notas de actores de otras zonas.
De Etruria o de Épirus o, incluso, más allá de los mares, de Creta o de Cyrene.
En todas le rogaban que, a quien las portaba, le fuera procurada entrada y
connivencia con ambientes de moda o de fuste selecto. Y es que todos confiaban aún
en su afinidad con los más influyentes, cosa que no era completamente cierta,
aunque en otros tiempos sí que lo hubiera sido.
La afluencia de pupilos se acentuaba sobre
todo en fechas próximas a las Saturnales. Son esos días en los que la orgía y
el desenfreno invaden nuestras calles y no hay distinción entre amos y esclavos.
Días en los que se propician ayuntamientos útiles, promiscuidades rentables y
acceso por vías atrochadas a casas o entornos de altas jerarquías. Pero también
llegaban estos oportunistas y recomendados en los días anteriores a los festejos
de las Lupercales o las Florales, las Terminales, las Parentalias, las
Megalesianas, las Vestales o las Bacanales, que son las fiestas que siempre
traen junto a sí, de uno u otro modo, agasajos, promiscuidad y desórdenes
máximos. Otros, sencillamente, llegaban a la casa a lo largo del año arrimados
a los actores propios bajo la fórmula del enamoramiento febril e incontinente,
pues que sabido es que, en el mundo del gesto y la palabra, el apasionamiento
enraíza con frecuencia en sus formas más confusas, enfermizas, desmedidas y
locas. De lo explicado se deducirá que “La casa de máscaras” era continuamente
un ir y venir de transeúntes a cual más insólito o más estrafalario.
Pese a todo, me gustaba aquel mundo de
libertad y sueños, de farsa y realidad desnuda, de impostura y demencia. Un
mundo cambiante y multiforme en el que cada día era híbrido, único y
sorprendente. Apreciaba a mi amo y, junto a él y los otros pupilos, disfrutaba
de cuanta ternura, odio, envidia, esplendidez, orgullo, vanidad, entrega apasionada
y vaciedad humana siempre nos circundaban. Y es que muy pronto percibí con neta
lucidez que aquel era el universo en el que mejor se suscitaba toda la grandeza
y la miseria que ciñe al género que llamamos humano.
Sí, muy pronto aprendí a confeccionar
utillajes y máscaras, vestimentas y adornos. Telas, cintas, pinturas, trenzados,
zuecos, coturnos, pelucas o maderas polícromas. Allí primaba el despropósito y
la exageración en las facciones, la plétora en los gestos y colores y la
insensatez de todos los calibres en aliños, aparejos y formas. La demasía siempre
era alabada; la prudencia siempre se repelía. La pantomima así lo demandaba, y ésa
era la especialidad que mejor confortaba a mi señor y amo y a toda su comparsa.
De él decían que, sin embargo, en
tiempos muy lejanos, había representado con éxito encomiable a los autores
griegos, pero que ese arte ya no gustaba en Roma, puesto que la tragedia decaía
los ánimos. Y debía ser cierto aquello de sus gustos helenos en los tiempos
remotos. Porque en la intimidad, y en sus días infaustos en los que sólo yo me
acercaba a su alcoba, pues así lo ordenaba, él se ataviaba con añosos manteos. Luego,
perfumado con fragancias y almizcles, se daba por igual a bebidas y lágrimas de
una manera inusual y al mismo tiempo avara.
Era siempre de noche, a la luz de
múltiples lucernas que me hacía
colocar con plétora por todos los rincones, cornisas y hornacinas de su
embrollado cuarto. Entonces se enjaezaba con sus mejores galas, cual caballo de
rey dispuesto a un desfile. Se colocaba una antigua máscara que únicamente
dejaba ver sus ojos como dos piedras de auténtica obsidiana hundidas en dos
profundos pozos. Enormes velos y crenchas muy doradas caían a ambos lados de su
cara de la que sólo quedaba liberada su boca, perfilada con una grasa
fuertemente escarlata, que yo misma le había fabricado con concha de molusco
triturada a conciencia.
Nadie salvo yo tenía paso libre a aquellas
escondidas liturgias. Así, envuelto en una túnica de seda azafranada que
aumentaba aún más el grosor de su abdomen y alzado en unos coturnos viejos y
despostillados que lo elevaban como un ser realmente monstruoso y divino,
comenzaba a recitar aquellos textos que decía pertenecer a Medea, a Electra, a
Ifigenia, a Hécuba, a Antígona o a Lisístrata. Todas, según citaba, mujeres
atormentadas y entronizadas por los autores griegos, a quien él adoraba con
fruición extrema. De ellas me contaba, cuando la exaltación candaba su garganta
para el verso y las lágrimas empapaban su cara, que eran la verdadera cumbre
del género humano; médula de la lírica.
Me aseguraba en esos momentos que sólo
la mujer era esencia y meollo y que un día vendría en que ni siquiera se
necesitara la complicidad del hombre para engendrar la vida. Pero por eso, la
mujer, tendría siempre el dolor encastrado en su entraña, asegurado para toda
su vida. “Ese dolor que sólo ella sabe. Ese dolor que es substancia e índole
primordial de la existencia humana y su trayecto”. Entonces me decía que el
sexo quedaría liberado y dedicado únicamente al goce, sin tener ataduras,
consecuencias o tasas. Y eso lo bramaba exaltado como si recitara ante un
auditorio al que debiera conducir hasta el
éxtasis, el trance o el ritual suicidio.
Alcanzada aquella enajenación, sudaba
y se ahogaba queriendo que en su boca entraran más palabras que las que parecía
que surtiera su mente. Pero, en el momento álgido de su gran soliloquio, la
inmensa “galera” se derrumbaba cual trizada por rayo; cual buey apuntillado en
su morrillo. Envuelto entre sus mantos, era un confuso amasijo del que sólo
emergía, entre transpiración, convulsiones, parpadeos y lágrimas, una ancha
papada, desvalida y agónica, con dos ojos de vidrio, brillantes y remotos y
unas manos rechonchas con ansias de expresarse supliendo las palabras o
reclamando auxilio.
Yo, asustada, iba a acurrucarme entre
aquel gran marasmo. Aquellas telas olían a auras muy remotas y esencias
encontradas de mil días de gloria; a elogios y aplausos insertos en sus
pliegues. Allí me cobijaba amparada en sus brazos y, entre el tacto de los
dignos tejidos y el olor de sus labios grasientos que apestaban a vino, me
quedaba dormida acunada por sus inmensos ronquidos de oso derrotado y un temor
confuso e infinito con toques placenteros.
“Nunca olvides muchacha, que en lo que
viste anoche se encierra el misterio que gobierna el Orbe. El día que lo
entiendas, recuerda que fui yo y no otro el que te lo enseñó. Aquel día escucha
muy atenta, pues yo, allá donde me encuentre, daré una gran risotada. Así
sabremos ambos que el testigo te ha sido entregado y el profundo saber prosigue
su andadura”. Eso, o algo parecido, me solía decir mi estrafalario amo cuando
resucitaba la mañana siguiente entre eructos y agobios. Yo no entendía nada.
Sólo después de años comprendí su enseñanza.
Por todo cuanto he contado y por mucho
más que jamás acertaré a contar, sentí profundamente que de nuevo el albur me
cambiara de casa, de dueño y de apegos. Pero así debía ser mi destino por
aquellos tiempos de precario equilibrio. Y es que, organizada medianamente
Roma, Julio César se desplazó a Aegyptus en busca de Pompeyo para ofrecerle de
nuevo su perdón y su amparo. Pero aquel viejo amigo y enemigo ya había sido
asesinado hacía más de un año por el innoble Lucio Septimio, un centurión que
había combatido a su lado en la lejana Hispania. Fue entonces cuando César
decidió tomar parte en la política egipcia, quemó sus naves y substituyó en el
trono a Ptolomeo XIII por su hermana Cleopatra, con quien se amancebó y tuvo un
hijo de nombre Césarión. En Roma aquella actitud del tirano no era
comprensible, sobre todo para su tercera esposa, la romana Calpurnia de cognomen Pisón, quien sólo volvió a
respirar cuando supo que su esposo había dejado África para dirigirse
nuevamente al Oriente. Desde allí llegaron las noticias de la derrota del rey
Farnaces de Bósforo en la batalla de Zela. La noticia circuló por la urbe con
la frase “Veni, vidi, vici”, que
coronó de nuevo a César de gloria y de carisma. Roma le esperaba para aclamarle
en triunfo pero, una vez más, se retornó a África para atacar a los optimates
allí atrincherados. Venció a Quinto Cecilio Metelo Escipión y a Marco Porcio
Catón en la batalla de Tapso, pero tuvo que perseguir a Cneo y Sexto Pompeyo
Fastúlo, los dos hijos del extinto Pompeyo, así como a Tito Labieno, su antiguo
y traidor comandante, hasta Hispania. Allí, en Munda, terminó finalmente con esos
litigantes. Su retorno a Roma volvió a reintegrarnos la avenencia y el orden,
al menos por un tiempo.
Lejanos son los días que ahora
rememoro y turbios estos tiempos que nos toca vivir tras la subida al trono del
confuso Tiberio. Mi señora deambula de una a otra estancia como una hiena
herida, olfateando ansiosa el poder estafado. Me observa, me mide la distancia
y espera agazapada. Creo que ella también ha comenzado a tensar la urdimbre en
el telar de sus turbias memorias. Todos los días acude a su aposento un amanuensiis de todos conocido.
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