XIII. LA
FRÁGIL DRUSILLA
Nos unimos en matrimonio al día siguiente de que
fueran
proclamadas las actas de nuestros respectivos divorcios. Mi marido me había
pedido ya las llaves de la casa y César me ofreció de inmediato la torta de
harina ritual que enseguida partimos. Lo hicimos sentados sobre la piel aún fresca
y humeante de la oveja que habíamos donado en sacrificio a Júpiter Óptimus
Máximus y ante los diez testigos y el Flamen
Diales, que oficiaban los cultos. Todos iban vestidos como era de rigor
para la ceremonia.
No hubo más festejos salvo un escueto
banquete al que sólo asistieron los familiares y amigos que nos eran más
próximos; mi ex-esposo entre ellos. La anodina Escribonia lloraba y cloqueaba
inconsolable como una gallina apaleada y echada del nidal. Ruidosa y atronada, buscaba
cobijo entre otras matronas timoratas, semejantes a ella, en cuyo círculo eran
bien recibidos chismes, jácaras, insidias y lamentos de todos los calibres. Mi
nombre iba de boca en boca sirviendo de razón de impudicia y escarnio.
Tiberio, por su parte, escondía su
rostro para impedir que sus amigos y próximos pudieran ver en él el humillante
color de su sonrojo. Aunque, práctico y cínico como se había hecho en los últimos
años, sabía del valor incuestionable del negocio que había realizado. Y es que
ya presentía de manera muy clara que Roma no tardaría en desvincularse de Sexto
Pompeyo y, así, liberarse de aquella gabela sangrante e insufrible que éste le
imponía. No era, pues, muy clara la situación en la que él quedaría si eso se
materializaba, por lo que estaba bien ir buscando destino ante los nuevos tiempos
y al lado de los nuevos prohombres. Por eso cederle de buen grado la esposa a
quien se perfilaba como el primer hombre de Roma, no era mala jugada, aunque
hubiera que soportar el peso de las burlas.
A mí, sin embargo, nada de aquello me resultaba
algo excepcional o en suma inesperado. Una dura coraza parecía protegerme de
aquellas diatribas y descréditos: mi fin justificaba cualquier oblación previa
o necesaria. Sentía a Octavio a mi lado como alguien que, por derecho propio,
me pertenecía desde el eterno tiempo. Tal vez, por eso vivía la nueva situación
como un estado elemental de neto raciocinio y rotunda justicia. Aquel hombre y
yo estábamos atados por algo mucho más sustancial que lo que los humanos
pudieran sospechar; por algo mucho más medular que lo que nuestras voluntades
pudieran decidir. Aquella era una unción fraguada por los dioses.
Desde el primer momento de mi traslado
a la casa de Augusto dejé muy claro para todos quién era yo y cuál era mi
puesto en aquel nuevo orden. Investida por una seguridad y una fortaleza que,
hasta yo, me desconocía, no dejé ni un solo resquicio a la duda o a la
perplejidad de algunos. Obligué de inmediato a que nunca jamás ya se me llamara
“Drusilla”. Aquel amable apelativo que me definía como “pequeña Drusa” minaba
mi firmeza y ofrecía, a quienes así se dirigían a mí, un tono de ternura y
familiaridad que yo no deseaba ni estaba dispuesta a tolerar.
Desde entonces, fui Livia Drusa y, más
tarde, Livia Augusta. Y nadie, hasta hoy, ha vuelto a permitirse conmigo un
tono cercano o afectivo y mucho menos imperioso o clemente. La altivez o la
lástima era únicamente yo quien, desde aquel momento, debía administrarlas. Mi
misión requería extrema seriedad y no blandenguerías que fueran antesala de las
debilidades o las condescendencias. Pero, inherente a ello, y de inmediato, una
inmensa soledad me circundó; una soledad que secó mi carácter y me hizo parecer
amarga pero a la vez clara e invulnerable. Era como un vacío rotundo y
primigenio que me otorgaba una frialdad serena y calculada, una acritud estoica
e impertérrita. Era aquel un estado tremendamente duro, pero que a la vez me
dotaba de un cierto distanciamiento de la realidad. Una visión panorámica que
me otorgaba la facultad de observar a cuantos me rodeaban con un criterio
nítido de objetividad certera y contundente, libre de toda implicación o apego.
El criterio que siempre he creído imprescindible para regir un imperio. Creo
que es de ese modo cómo los dioses, gélidos y enigmáticos, deben considerar las
cosas de los hombres y ordenarlas sin ruin debilidad. La soledad que custodia
siempre al poder absoluto.
Recuerdo también que dejé de coger en
mis brazos al pequeño Tiberio y no me permití que nadie volviera a saber de
aquellos temores o indisposiciones que debían acompañarme en mi nuevo parto,
que ya iba acercándose. Nadie, salvo César y Laraine, volverían a tocarme nunca
más, ni siquiera mis médicos. Una repugnancia irracional me ha producido desde
entonces el más mínimo roce con los seres humanos, y sólo el tacto de las más
ricas telas y de los objetos y aderezos más caros me ha sido tolerable durante
muchos años. Este ha sido uno de mis secretos.
Un secreto que ha descubierto mi
bisnieto Calígula, ese monstruo magnífico que ahora vive conmigo y escupe en mi
existencia trasgrediendo mi vida. Ese ser diabólico y maligno que me permite
ver en su mente perversa y espasmódica esencias y matices de abyectas
actitudes, cuyo control se escapa ya a mis manos y cuya transcendencia nadie,
al parecer, es capaz de imaginar o prever salvo yo. ¡Tiemble la tierra si él
rige sobre ella!
Recuerdo que, cuando llegó el momento,
parí a mi hijo Druso sin proferir ni un solo quejido; guardando para mí cuanta
tribulación y dureza acompañó a un parto torcido y fatigoso, cual un castigo
horrendo. Y que cuando se me intentó poner el niño entre los brazos, decliné
aquel trámite, pensando que mi misión ya estaba bien cumplida y que únicamente
debía preocuparme de un rápido restablecimiento, que me devolviera de inmediato
al lado de Augusto y al frente de la quebrada situación de mi estimada Roma.
Sólo a Laraine podía yo deberle una explicación de todo aquello, pero sólo ella
era la única que, con plena certeza, yo sabía que no la precisaba.
Mis primeras vecindades y tratos con
Octavia fueron fríos y adustos. Para mí, de pronto, la mujer admirada hasta la
obsesión, se convirtió en un ser rastrero e inferior. Un ser indigno, pues que,
lasciva e insaciable, o pusilánime, era capaz de mendigar y revolcarse en su
lecho de esposa, sin reserva o vergüenza, con quien había sido un mero verraco,
semental de su madre. Un mero garañón desatento y promiscuo con sus otras
esposas: Fadia, Antonia Hibrida, Fulvia e, incluso, con aquella ramera que
reinaba en el Nilo, además de con cientos de esclavas y plebeyas y con los impúberes
muchachos, de lo que se jactaba.
Y es que el aberrante Marco Antonio,
igual que se burlaba de todas sus mujeres, lo hacía de cuantos hombres había
degollado o matado a traición, engañado en los tratos o embaucado y robado ante
la impasibilidad, incluso, de la Curia y las leyes romanas. Todos conocíamos
aquella su risa prepotente con que zanjaba todo. Una risa ofensiva y odiosa,
pero que rebosaba de una insoportable hermosura que seducía a quien le
contemplaba ajeno a sus litigios. Octavia babeaba ante su despótico esposo y
todas las hembras de Roma codiciaban su suerte. Sólo yo parecía despreciar a
aquel altivo mulo, aunque reconociera su seductor encanto.
Por eso, aquella envidia antigua que
yo hubiera tenido hacía los esplendores de quien ahora era mi cuñada, se había
diluido como un chorro de leche se diluye en el agua de las pilas del baño y
sólo deja durante un instante un recuerdo de leve turbiedad insulsa y sin
matices. También sé que ella percibió mi desprecio de manera evidente desde el
primer momento, pues que yo no lo disimulaba. Y, pese a algunos balbucientes
intentos por imponer su rango, de inmediato aceptó el lugar que yo le asignaba,
sabiendo que toda otra puja conmigo resultaría inútil.
Desde entonces y durante toda nuestra
vida, de mi parte hacia Octavia, ha existido un profundo desprecio que ella ha
soportado del modo en que ha podido. Aunque debo aclarar que esa repugnancia
íntima, que desde entonces en mí se estableció, no se basaba ya ni en los
antiguos celos o envidias que yo la dedicara, sino en mi incapacidad para
perdonarle que, de aquel rastrero modo, me hubiera defraudado de forma tan
notable. Yo había buscado en ella una digna rival que azuzara mi espíritu, mi
vanidad, mi temple, mi orgullo y mis sentidos y, de pronto, me había encontrado
con un ser vulgar que en nada podía motivarme. Y es que, en un abrir y cerrar
de mis ojos, se me había privado de aquella fuerza que me había empujado de
forma tan vehemente durante aquellos años. La rivalidad, si una sabe usarla de
modo inteligente, siempre logra arrancar lo mejor de nosotros. Sólo un gran
enemigo nos obliga a aguzar, como nada, el ingenio.
Pues bien, sentado esto, diré que todos
me obedecían de manera perspicua. Hasta ese punto estaba clara, para cuantos me
rodeaban, la extrema docilidad que en los ámbitos públicos, y con respecto a
mí, había adoptado mi complaciente esposo. Y es que el solemne César, como
seducido por sortilegios o magia, pareció que obrara a mi estricto capricho
desde el primer momento, cual un mero
cachorro que comiera en mi mano. Algunos llegaron a hablar de mis artes oscuras
o de un extraordinario filtro que yo le administraba, cada noche, cuando estaba
dormido, vertiéndole en su oído.
Nos trasladamos
a la casa de Cayo Julio César en las calendas del mes al que llamamos sextilis, ese mes que luego mi señora ha
hecho que el Senado cambie su nombre por el de nuestro venerado Augusto; título
que a nuestro dómine le fue concedido
por los padres de la conspicua patria quince meses después de aquellos
esponsales. Nos trasladamos, pues que las nupcias se resolvieron de forma
inmediata y sin grandes festejos, ya que, al parecer, los imperativos prácticos
primaban sobre todos los otros y la urgencia era máxima.
Acompañamos a Livia a su nueva
vivienda únicamente su hijo Tiberio y yo, porque su segundo esposo no admitió,
por su seguridad, que gente extraña alguna entrara en su domus, entonces
ya fuertemente guardado por la recién establecida milicia pretoriana.
Yo supe que nuestras vidas cambiarían
desde el mismo momento que vi a Livia regresar de la fiesta en la mansión de
Cilnio. Al parecer, nadie se había dado cuenta de su encuentro con César, pero
en su semblante venía dibujado que ella era ya, sin ningún género de duda, la
primera mujer de la orgullosa Roma. Su rostro refulgía como refulge Sirio en
noches calurosas. Es esa estrella brillante que los egipcios llaman Sostis y
aquí llaman Canícula.
Desde aquellos momentos Livia fue una
nueva mujer. Como un gusano entra reptando en su crisálida y sale de ella
transformado en insecto de brillantes colores y de ingrávido vuelo, así mudó mi
dómina en el espacio breve que ocupan
unas horas. Su rostro se embelleció de modo singular y un halo de fría soledad
la circundó entera para ya nunca más dejar de acompañarla. Su firmeza fue desde
entonces igual que la que afirman que atesora el diamante. Dicen que Cayo Julio
César Augusto la amó desde el mismo momento que la tuvo delante. Yo iré
certificando cómo fue este amor, pues que el amor que anida en los seres
humanos no es nunca lo que creen los hombres que lo tasan observando por fuera.
Lo que sí ratifico es lo que muchos
dicen. Que el precario Augusto, al igual que había tenido un ojo certero para
conseguir rodearse de aquéllos que de
modo eficaz suplían sus fallos y carencias y, de ese modo, llegar a conseguir
lo que nunca nadie podía augurarle, así supo también, con claror meridiano, que
aquella mujer era a quien necesitaba mantener a su lado para trazar su imperio
y alcanzar sus laureles. Y yo puedo asegurar que, desde aquel momento, supe que
un león y un toro se habían coaligado con rotunda firmeza.
De ese modo especial, oculto y
silencioso, fue pactado el otro triunvirato; el que nadie conoce; el que no
requirió ni una palabra explícita para que se fraguase. Pues, llegados a aquí,
puedo aseverar que, entre nosotros tres, (cada uno en su brida) hemos dirigido
hasta el día de hoy la triga que ha conducido al triunfo, a la paz y al
progreso a esta indócil patria. Y nadie entienda sobrevaloración en el grado
que a mí misma me otorgo. Pues que, lejos de ser motivo para la vanagloria, tal
vez, pudiera serlo para culpa y oprobio, según quien lo mida o lo valore. Y
así, un muchacho frágil y temeroso, una joven obsesa y ambiciosa y una esclava
muda por obra del dolor, han respirado unidos; tejiendo una envoltura en la que
guarecerse a sí mismos y cobijar al mundo. Tal vez la historia se funde en
despropósitos y el orbe siempre esté en manos de menguados que saben venderse
como sumos y excelsos en la grotesca subasta del mercado del tiempo. Pero bueno
es saber que la historia se sustenta en pilares que muchos podrían calificar de
légamo accesorio.
El parto de mi ama fue duro y a punto
estuvo de robarle la vida, pero ni un solo grito salió de su garganta. Como
quien salda un fatigoso débito, echó al mundo a Druso. Quien, tal vez,
presintiendo su ignominioso fin, lloró con tanta intensidad como intenso había
sido el estoico silencio de la matriz agreste que abrigara su génesis. Yo sola
la asistí y fueron mis brazos quienes mecieron con cariño prestado aquella
carne trémula que desde su principio encaraba la vida con ojos espantados que
huyeran de las luces buscando las tinieblas.
Pocos días después paría también la
insulsa Escribonia a su pequeña Julia. Y, de inmediato, Livia, impávida y
feroz, la mandó arrancar del pecho de su madre para traerla a vivir en casa de
su padre. “Los hijos de mi esposo deben vivir bajo su mismo techo”, dijo
rotunda para apoyar la orden que cursó sin reparos. Roma entera hablaba de los
trágicos aullidos de la loca Escribonia, a quien se le impidió, bajo pena de
muerte, ver a su amado renuevo durante algunos años. “El padre es quien manda
en toda su progenie, si es que presenta fuerza que ampare sus derechos”, dijo
mi dómina para explicar su acto y no
dejar resquicio por donde reclamarle. Ella jamás hubiera permitido que Druso le
hubiera sido arrebatado, y, eso, pese a que su amor por él siempre resultó una rotunda
incógnita.
Desde el primer momento la educación
de Tiberio, Julia y Druso fue severa y exigente con visos de tiránica. Y, más
que de domus áurea o casa acomodada, resultó
ser de aprisco de castrenses o rudos legionarios. Livia era feroz e
intransigente como dicen que es Marte, el dios que rige las batallas. “La vida
es una guerra”, afirmaba mi ama sin que la preguntaran. Yo secundé como pude
sus órdenes, aunque los niños bien supieran que no creía en ellas.
De nuevo, la situación política se
nutría de graves amenazas. Sexto Pompeyo, desde Sicilia, exprimía al Senado con
extremas demandas. El grano necesario para alimento del pueblo siempre
escaseaba ante alzas de precio, so pretexto de cosechas menguadas, pedriscos
imprevistos o sequías tenaces, que a veces eran falsas. Tampoco el reino
tolomita cumplía sus acuerdos, sobre todo desde que aquella hiena egipcia había
sido abandonada y desabastecida en furores y coitos por el ardiente Marco
Antonio, que ahora arrullaba a la indulgente Octavia.
Tiberio Claudio, mi antiguo amo, sabiendo
la tensión con la isla, había menguado sus tareas de mediador y enlace. Había
abandonado casi de facto a Sexto y andaba a la búsqueda de un nuevo patrono. En
ese empeño, de forma explícita, aconsejaba a Livia, con quien ahora se entendía
mucho mejor que nunca, para que convenciera a César de entablar batalla y así
dejar zanjado de modo decisivo el suministro de un bien tan necesario para la
metrópolis.
En realidad, la hambruna desmantelaba
Roma. Los graneros estaban vacios y esquilmados y el pillaje y la muerte por
algo que comer circulaban como circula el agua a finales de martivs buscando torrenteras.
Tal vez, por todo aquello, Marco
Antonio se sintió obligado a firmar aquel pacto que dieron en llamar “tratado
de Tarento”. Octavia lo animó para hacer un nuevo acuerdo con su hermano que
los reconciliara de manera inequívoca, y él consintió por agradarla a ella. Marco
Antonio le entregó su flota a César y él se la
cedió a Agripa para ir a Sicilia y enfrentarse al usurero traficante del
grano. Mi amo en contraprestación permitió a su cuñado que reclutara huestes
para ir a mi patria y, una vez más, masacrar a los partos. Pero al final el
dinero era escaso y él se marchó nuevamente a pedírselo a la reina del Nilo,
sin importarle lo que sintiera Octavia y lo que Roma hablara. Una vez más la
lascivia nublaba su hermosa testuz y embotaba el hierro de su brazo.
Poco tiempo después, el pueblo,
confiado e ingenuo, salió borracho de alborozo a celebrar en esquinas y plazas
la muerte del avaro Sexto Pompeyo Magno, al que llamaban Pío. La chusma creía
sin reservas que aquella justa muerte traería todas las abundancias a los
suburbios míseros. Lo había vencido Agripa en Mylae y Naulochus. Dijeron que mi
señora, sin consultar con César, ordenó en secreto que lo asesinaran. El fiel
Vipsanio Agripa, que ahora acataba con fervores fanáticos el poder de mi dómina, ejecutó sus órdenes sin pérdida
de tiempo y en rotundo silencio. Hasta de esa forma encubierta actuaba por
lealtad a su amigo. El pueblo avaló aquella infamia y los demás poderes
pactaron pasar página sin más exploraciones.
Yo supe del encuentro de Livia y de
Vipsanio Agripa. Y supe como ella, en realidad, lo que hizo fue extorsionarlo
usando sutilmente su conocimiento sobre la relación secreta que Octavia tenía
con Agripa desde tiempos pasados. Aquel era un amor antiguo y soterrado que
nunca habría tenido un cauce aceptable a los ojos de César. Por ello, Agripa se
vio obligado a velar aquel trato, tomando como esposa a Cecilia Ática.
Cecilia era hija de aquel Tito
Pomponio, al que llamaron Ático, por su cultura griega; un hombre proclive y
afecto a Cicerón. Livia le aconsejó aquel molesto enlace para que se encubriera
a los ojos de César el amor por su hermana y cortara rumores de una vez y por
siempre. Y se ofreció a que ella misma lo pactaría todo de una forma discreta
sin pérdida de tiempo. Tanto arrojo y bravura en milicia y contienda quedaban
eclipsadas ante la dependencia y excesivo respeto que Agripa parecía
dispensarle a César y que ahora extendía
a su esposa. La mano de mi dómina
era ya de una extraña firmeza. Su inteligencia y capacidad para obrar en múltiples
cuestiones a un mismo tiempo, era algo que sorprendía a quienes estábamos al
tanto de todos sus manejos.
Asistí sorprendida a aquella decisión
de quien entonces ante mí, cual si yo fuera parte de ella misma, no tenía
reservas conmigo. Serví el vino en el encuentro en el que mi señora acordó con
Vipsanio Agripa los detalles del crimen y las orlas y flecos de la boda que lo
unirían con la hija de Ático y cerré las puertas del despachó donde lo recibió
como a un cliente exclusivo, sin que Octavio supiera la razón real de aquel
encuentro. Después soporté la mirada de Livia cuando se fue el edil comandante,
al que aseguró que se le entregaría una corona naval en loor de sus hazañas. Y,
aunque aquel galardón tenía condiciones que él no reunía, le sería
concedido siempre que Sexto apareciera
muerto sin que nadie supiera quién era su asesino y él aceptara las pactadas
nupcias.
No diré ahora que no me sorprendiera
aquella decisión impávida y quirúrgica, mediante la que Livia entraba con pie
firme a inmiscuirse en la turbia política y en las vidas privadas.
Resultaba difícil entender el poder
que en pocos meses había llegado a ostentar aquella mujer de apariencia tan
frágil. Únicamente yo, tal vez, pueda explicarlo; pues que soy yo la única
testigo del furor de su alcoba. Y es que he sido yo quien siempre ha atendido
aquellos juegos amorosos en los que Cayo César se ha manifestado como un ser
sumamente variable y adusto, complicado y caótico. Un hombre débil y
atormentado que, al fin, encontraba en su nueva mujer solaz para un extraño
proceder contenido y perverso. Así he llegado a la conclusión de que en cada
ser siempre reside, en su lugar más hondo, un instinto ancestral y primario al
que sólo ofrecen su salida los recreos subrepticios del sexo.
Sé que mi ama nunca perdonó a su
anterior esposo el modo salvaje en el que él ejerció con ella su oficio de ruin
macho, verraco patriótico. Y sé que aquellas prácticas la anularon para esperar
que los hombres pudieran atender de una forma adecuada sus deleites de hembra.
Sé también que, sellado el enlace con César, si alguna vez tuvo ensueños e
intereses carnales, la realidad la despertó de golpe de aquellas veleidades. Creo
que el enamoramiento que nutrió sus quimeras de excéntrica obstinada pronto se
disipó, como disipa el alba, con su claror hiriente de verdad sin fisuras, las
formas placenteras que dibujan las sombras, plagadas de caprichos que edulcoran
los sueños. Su ansia de poder cegaba cualquier otra, quizás, sin advertirlo ni
tan siquiera ella. Cierto es que la mujer que es capaz de dominar, subyugándolo,
el instinto sexual de su hombre, dosificando con inteligencia este alimento, es
capaz de cuanto se proponga. Livia nunca se entregó sincera y completamente a
nadie ni en el lecho ni fuera de él; ese ha sido su éxito. Éxito, si es que así pudiera calificarse el
curso de su vida.
Cayo Julio César Octavio Augusto,
cuando contaba con veintisiete años era un muchacho aún de cuerpo delicado,
limpio de vello y de formas muy suaves y apenas musculosas. En nada parecía un
soldado romano ni un hombre de milicia. Restregaba sus manos utilizando objetos
ásperos para que en el saludo le creyeran más rudo. La fuerza ante los otros
sólo se la otorgaba su mirada incisiva, su talante hierático y lejano, su verbo
contundente y aquellos ropajes que solía vestir con cueros y herrajes para
arreciar su aspecto. Desnudo con mi dómina
eran cual dos doncellas dispuestas a entregarse caricias inocentes. Sin
embargo, en el tálamo, nada más distante de la nuda verdad que escondía su
aspecto.
Asistí a su primer encuentro y he
asistido a todos los que después se han prodigado en sus años de yunta, que diré
que tampoco fueron en demasía. Son secretos de cámara que nunca he revelado y
que jamás he dejado que mi mente enjarete ni se entretenga en ellos cual rapaz
en carroña. Únicamente ahora, cuando mi dueño ya no está entre los vivos y mi
señora y yo estamos ya cercanas a la postrera entrega, es cuando me consiento y
siento autorizada para dejar testigo de lo que nadie sabe. Lo hago a sabiendas
de que algunos infames, chismosos y falsarios, lo airearán provocando el
escándalo, cuando sólo debieran saber interpretarlos como juegos de niños.
Niños que arañan en sus más hondos centros buscando sus raíces y el agua
necesaria para no morir secos bajo el tórrido sol de la abrasante vida.
Porque el juego del sexo, si nadie
obliga a nadie, es siempre un respiro que el hombre necesita para seguir
viviendo. Un respiro para seguir marchando hacia su propio encuentro, cuando no
un remedio que cure las heridas de muerte que todos arrastramos de secreta cruzada
habida en las densas tinieblas de las que procedemos.
Jamás vi yo a un hombre simular más
violencia que a Augusto en su lecho amatorio, cuando llamaba a él a la sapiente
Livia. Sus encuentros con ella eran una feroz batalla en la que pareciera que
él buscara desquite de miles de derrotas ancladas en su mente; un turbio
pensamiento que lo atormentase y que él precisara disipar como a un perturbador
e insolente celaje fijado en su horizonte. Cuando se desnudaba, era su desnudez
de inmenso desamparo; la desnudez de un púber frágil y vulnerable a merced de
huracanes: el gran hombre de Roma presa de la ruda y brutal tempestad que
devasta y asola. La realidad irónica es siempre una gran bofetada que nos
alcanza a todos de una manera u otra. Todos, grandes fantoches ante nosotros
mismos.
Apenas se encontraban, enseguida
comenzaba su abrazo, con la urgencia del náufrago que lucha por su vida sin
calma ni preámbulos. Entonces, su cuerpo delicado, casi como de núbil, venía a
curvarse en imposible escorzo, en bruscas sacudidas, en brutales impulsos, en
envites sin tregua. Parecía, en verdad, que peleara a muerte y quisiera matar y
ser matado a un tiempo y el tiempo escaseara. Retozaba y sudaba cual riña entre
muchachos que se hubieran injuriado y escupido en el alma. Le gustaba agredirla
y montarla a horcajadas como se monta a un potro, humillarla y sentir que ella
era tan sólo suya y resollar, audible, hasta descomponerse en loca cabalgada
hasta el confín del Orbe. Bramaba desolado cuando certificaba que le era
imposible encajarse más dentro o hacer que ella gritara como herida de muerte.
Sudaba y babeaba, gemía crispado, y, a
veces, sus ojos se volvían incapaces de percibir su entorno, tasar los espacios
en los que se encontraba y el tiempo que aquel trance llevaba transcurriendo. A
veces se agotaba y necesitaba tónico y tregua para seguir su empeño; beber y
retirarse el sudor de su cuerpo. Con suma frecuencia, le costaba infinito
llegar hasta su colmo. Y cuando lo lograba, su derrame era inmenso, de
estertores agónicos que lo desalojaban de razón y de fuerzas, cual si fuera el
respiro que nos surte la vida lo que se le marchaba en sus jugos de hombre.
Entonces él quedaba en el lecho agónico y maltrecho cual despojo en batalla
brutal y carnicera.
Livia lo supo comprender y gobernar desde
el primer momento. A ello la ayudó el amparo de Ancia, de quien era devota y a
quien se dirigía frecuentemente mediante epístolas con empeño de párvula ávida
de enseñanzas. También a mí me preguntaba sobre el trato íntimo con los hombres
y siempre su pregunta era casi la misma. ¿Cómo actuaría Ancia?
No diré yo que, en este caso, tan raro
comportar por parte de su hombre la
desilusionara o la hiciera sentir infortunio en su ensueño. Diré que,
una vez más, entendió cuál era su misión y por qué aquél extraño hombre la
había elegido y la necesitaba como el agua es vital al sediento abatido que ha
de cruzar desiertos.
Mas debo aseverar que, cumplidos los
trances y sellada la cámara, todo entre ellos volvía ser cual si nunca
ocurrieran semejantes encuentros. Y era tal el extremo de complicidad y
respeto, que jamás hablaron de sus lances ni hicieron referencia a ellos fuera
de aquella alcoba. Fue entonces cuando ella se invistió de un nimbo de regia
trascendencia que la envolvió como al brioso Heracles le circundó la coraza
dorada que, para él, le forjara el poderoso Hefesto en su divina fragua. Una
diosa en la tierra era Livia a los ojos de César Octavio Augusto.
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