lunes, 5 de mayo de 2014

XIII. LA FRÁGIL DRUSILLA



XIII.   LA FRÁGIL DRUSILLA


Nos unimos en matrimonio al día siguiente de que fueran proclamadas las actas de nuestros respectivos divorcios. Mi marido me había pedido ya las llaves de la casa y César me ofreció de inmediato la torta de harina ritual que enseguida partimos. Lo hicimos sentados sobre la piel aún fresca y humeante de la oveja que habíamos donado en sacrificio a Júpiter Óptimus Máximus y ante los diez testigos y el Flamen Diales, que oficiaban los cultos. Todos iban vestidos como era de rigor para la ceremonia.
No hubo más festejos salvo un escueto banquete al que sólo asistieron los familiares y amigos que nos eran más próximos; mi ex-esposo entre ellos. La anodina Escribonia lloraba y cloqueaba inconsolable como una gallina apaleada y echada del nidal. Ruidosa y atronada, buscaba cobijo entre otras matronas timoratas, semejantes a ella, en cuyo círculo eran bien recibidos chismes, jácaras, insidias y lamentos de todos los calibres. Mi nombre iba de boca en boca sirviendo de razón de impudicia y escarnio.
Tiberio, por su parte, escondía su rostro para impedir que sus amigos y próximos pudieran ver en él el humillante color de su sonrojo. Aunque, práctico y cínico como se había hecho en los últimos años, sabía del valor incuestionable del negocio que había realizado. Y es que ya presentía de manera muy clara que Roma no tardaría en desvincularse de Sexto Pompeyo y, así, liberarse de aquella gabela sangrante e insufrible que éste le imponía. No era, pues, muy clara la situación en la que él quedaría si eso se materializaba, por lo que estaba bien ir buscando destino ante los nuevos tiempos y al lado de los nuevos prohombres. Por eso cederle de buen grado la esposa a quien se perfilaba como el primer hombre de Roma, no era mala jugada, aunque hubiera que soportar el peso de las burlas.
A mí, sin embargo, nada de aquello me resultaba algo excepcional o en suma inesperado. Una dura coraza parecía protegerme de aquellas diatribas y descréditos: mi fin justificaba cualquier oblación previa o necesaria. Sentía a Octavio a mi lado como alguien que, por derecho propio, me pertenecía desde el eterno tiempo. Tal vez, por eso vivía la nueva situación como un estado elemental de neto raciocinio y rotunda justicia. Aquel hombre y yo estábamos atados por algo mucho más sustancial que lo que los humanos pudieran sospechar; por algo mucho más medular que lo que nuestras voluntades pudieran decidir. Aquella era una unción fraguada por los dioses.
Desde el primer momento de mi traslado a la casa de Augusto dejé muy claro para todos quién era yo y cuál era mi puesto en aquel nuevo orden. Investida por una seguridad y una fortaleza que, hasta yo, me desconocía, no dejé ni un solo resquicio a la duda o a la perplejidad de algunos. Obligué de inmediato a que nunca jamás ya se me llamara “Drusilla”. Aquel amable apelativo que me definía como “pequeña Drusa” minaba mi firmeza y ofrecía, a quienes así se dirigían a mí, un tono de ternura y familiaridad que yo no deseaba ni estaba dispuesta a tolerar.
Desde entonces, fui Livia Drusa y, más tarde, Livia Augusta. Y nadie, hasta hoy, ha vuelto a permitirse conmigo un tono cercano o afectivo y mucho menos imperioso o clemente. La altivez o la lástima era únicamente yo quien, desde aquel momento, debía administrarlas. Mi misión requería extrema seriedad y no blandenguerías que fueran antesala de las debilidades o las condescendencias. Pero, inherente a ello, y de inmediato, una inmensa soledad me circundó; una soledad que secó mi carácter y me hizo parecer amarga pero a la vez clara e invulnerable. Era como un vacío rotundo y primigenio que me otorgaba una frialdad serena y calculada, una acritud estoica e impertérrita. Era aquel un estado tremendamente duro, pero que a la vez me dotaba de un cierto distanciamiento de la realidad. Una visión panorámica que me otorgaba la facultad de observar a cuantos me rodeaban con un criterio nítido de objetividad certera y contundente, libre de toda implicación o apego. El criterio que siempre he creído imprescindible para regir un imperio. Creo que es de ese modo cómo los dioses, gélidos y enigmáticos, deben considerar las cosas de los hombres y ordenarlas sin ruin debilidad. La soledad que custodia siempre al poder absoluto.
Recuerdo también que dejé de coger en mis brazos al pequeño Tiberio y no me permití que nadie volviera a saber de aquellos temores o indisposiciones que debían acompañarme en mi nuevo parto, que ya iba acercándose. Nadie, salvo César y Laraine, volverían a tocarme nunca más, ni siquiera mis médicos. Una repugnancia irracional me ha producido desde entonces el más mínimo roce con los seres humanos, y sólo el tacto de las más ricas telas y de los objetos y aderezos más caros me ha sido tolerable durante muchos años. Este ha sido uno de mis secretos.
Un secreto que ha descubierto mi bisnieto Calígula, ese monstruo magnífico que ahora vive conmigo y escupe en mi existencia trasgrediendo mi vida. Ese ser diabólico y maligno que me permite ver en su mente perversa y espasmódica esencias y matices de abyectas actitudes, cuyo control se escapa ya a mis manos y cuya transcendencia nadie, al parecer, es capaz de imaginar o prever salvo yo. ¡Tiemble la tierra si él rige sobre ella!
Recuerdo que, cuando llegó el momento, parí a mi hijo Druso sin proferir ni un solo quejido; guardando para mí cuanta tribulación y dureza acompañó a un parto torcido y fatigoso, cual un castigo horrendo. Y que cuando se me intentó poner el niño entre los brazos, decliné aquel trámite, pensando que mi misión ya estaba bien cumplida y que únicamente debía preocuparme de un rápido restablecimiento, que me devolviera de inmediato al lado de Augusto y al frente de la quebrada situación de mi estimada Roma. Sólo a Laraine podía yo deberle una explicación de todo aquello, pero sólo ella era la única que, con plena certeza, yo sabía que no la precisaba.
Mis primeras vecindades y tratos con Octavia fueron fríos y adustos. Para mí, de pronto, la mujer admirada hasta la obsesión, se convirtió en un ser rastrero e inferior. Un ser indigno, pues que, lasciva e insaciable, o pusilánime, era capaz de mendigar y revolcarse en su lecho de esposa, sin reserva o vergüenza, con quien había sido un mero verraco, semental de su madre. Un mero garañón desatento y promiscuo con sus otras esposas: Fadia, Antonia Hibrida, Fulvia e, incluso, con aquella ramera que reinaba en el Nilo, además de con cientos de esclavas y plebeyas y con los impúberes muchachos, de lo que se jactaba.
Y es que el aberrante Marco Antonio, igual que se burlaba de todas sus mujeres, lo hacía de cuantos hombres había degollado o matado a traición, engañado en los tratos o embaucado y robado ante la impasibilidad, incluso, de la Curia y las leyes romanas. Todos conocíamos aquella su risa prepotente con que zanjaba todo. Una risa ofensiva y odiosa, pero que rebosaba de una insoportable hermosura que seducía a quien le contemplaba ajeno a sus litigios. Octavia babeaba ante su despótico esposo y todas las hembras de Roma codiciaban su suerte. Sólo yo parecía despreciar a aquel altivo mulo, aunque reconociera su seductor encanto.  
Por eso, aquella envidia antigua que yo hubiera tenido hacía los esplendores de quien ahora era mi cuñada, se había diluido como un chorro de leche se diluye en el agua de las pilas del baño y sólo deja durante un instante un recuerdo de leve turbiedad insulsa y sin matices. También sé que ella percibió mi desprecio de manera evidente desde el primer momento, pues que yo no lo disimulaba. Y, pese a algunos balbucientes intentos por imponer su rango, de inmediato aceptó el lugar que yo le asignaba, sabiendo que toda otra puja conmigo resultaría inútil.
Desde entonces y durante toda nuestra vida, de mi parte hacia Octavia, ha existido un profundo desprecio que ella ha soportado del modo en que ha podido. Aunque debo aclarar que esa repugnancia íntima, que desde entonces en mí se estableció, no se basaba ya ni en los antiguos celos o envidias que yo la dedicara, sino en mi incapacidad para perdonarle que, de aquel rastrero modo, me hubiera defraudado de forma tan notable. Yo había buscado en ella una digna rival que azuzara mi espíritu, mi vanidad, mi temple, mi orgullo y mis sentidos y, de pronto, me había encontrado con un ser vulgar que en nada podía motivarme. Y es que, en un abrir y cerrar de mis ojos, se me había privado de aquella fuerza que me había empujado de forma tan vehemente durante aquellos años. La rivalidad, si una sabe usarla de modo inteligente, siempre logra arrancar lo mejor de nosotros. Sólo un gran enemigo nos obliga a aguzar, como nada, el ingenio.
Pues bien, sentado esto, diré que todos me obedecían de manera perspicua. Hasta ese punto estaba clara, para cuantos me rodeaban, la extrema docilidad que en los ámbitos públicos, y con respecto a mí, había adoptado mi complaciente esposo. Y es que el solemne César, como seducido por sortilegios o magia, pareció que obrara a mi estricto capricho desde el primer momento, cual un  mero cachorro que comiera en mi mano. Algunos llegaron a hablar de mis artes oscuras o de un extraordinario filtro que yo le administraba, cada noche, cuando estaba dormido, vertiéndole en su oído.


Nos trasladamos a la casa de Cayo Julio César en las calendas del mes al que llamamos sextilis, ese mes que luego mi señora ha hecho que el Senado cambie su nombre por el de nuestro venerado Augusto; título que a nuestro dómine le fue concedido por los padres de la conspicua patria quince meses después de aquellos esponsales. Nos trasladamos, pues que las nupcias se resolvieron de forma inmediata y sin grandes festejos, ya que, al parecer, los imperativos prácticos primaban sobre todos los otros y la urgencia era máxima.
Acompañamos a Livia a su nueva vivienda únicamente su hijo Tiberio y yo, porque su segundo esposo no admitió, por su seguridad, que gente extraña alguna entrara en su domus, entonces ya fuertemente guardado por la recién establecida milicia pretoriana.
Yo supe que nuestras vidas cambiarían desde el mismo momento que vi a Livia regresar de la fiesta en la mansión de Cilnio. Al parecer, nadie se había dado cuenta de su encuentro con César, pero en su semblante venía dibujado que ella era ya, sin ningún género de duda, la primera mujer de la orgullosa Roma. Su rostro refulgía como refulge Sirio en noches calurosas. Es esa estrella brillante que los egipcios llaman Sostis y aquí llaman Canícula.
Desde aquellos momentos Livia fue una nueva mujer. Como un gusano entra reptando en su crisálida y sale de ella transformado en insecto de brillantes colores y de ingrávido vuelo, así mudó mi dómina en el espacio breve que ocupan unas horas. Su rostro se embelleció de modo singular y un halo de fría soledad la circundó entera para ya nunca más dejar de acompañarla. Su firmeza fue desde entonces igual que la que afirman que atesora el diamante. Dicen que Cayo Julio César Augusto la amó desde el mismo momento que la tuvo delante. Yo iré certificando cómo fue este amor, pues que el amor que anida en los seres humanos no es nunca lo que creen los hombres que lo tasan observando por fuera.
Lo que sí ratifico es lo que muchos dicen. Que el precario Augusto, al igual que había tenido un ojo certero para conseguir  rodearse de aquéllos que de modo eficaz suplían sus fallos y carencias y, de ese modo, llegar a conseguir lo que nunca nadie podía augurarle, así supo también, con claror meridiano, que aquella mujer era a quien necesitaba mantener a su lado para trazar su imperio y alcanzar sus laureles. Y yo puedo asegurar que, desde aquel momento, supe que un león y un toro se habían coaligado con rotunda firmeza.
De ese modo especial, oculto y silencioso, fue pactado el otro triunvirato; el que nadie conoce; el que no requirió ni una palabra explícita para que se fraguase. Pues, llegados a aquí, puedo aseverar que, entre nosotros tres, (cada uno en su brida) hemos dirigido hasta el día de hoy la triga que ha conducido al triunfo, a la paz y al progreso a esta indócil patria. Y nadie entienda sobrevaloración en el grado que a mí misma me otorgo. Pues que, lejos de ser motivo para la vanagloria, tal vez, pudiera serlo para culpa y oprobio, según quien lo mida o lo valore. Y así, un muchacho frágil y temeroso, una joven obsesa y ambiciosa y una esclava muda por obra del dolor, han respirado unidos; tejiendo una envoltura en la que guarecerse a sí mismos y cobijar al mundo. Tal vez la historia se funde en despropósitos y el orbe siempre esté en manos de menguados que saben venderse como sumos y excelsos en la grotesca subasta del mercado del tiempo. Pero bueno es saber que la historia se sustenta en pilares que muchos podrían calificar de légamo accesorio.
El parto de mi ama fue duro y a punto estuvo de robarle la vida, pero ni un solo grito salió de su garganta. Como quien salda un fatigoso débito, echó al mundo a Druso. Quien, tal vez, presintiendo su ignominioso fin, lloró con tanta intensidad como intenso había sido el estoico silencio de la matriz agreste que abrigara su génesis. Yo sola la asistí y fueron mis brazos quienes mecieron con cariño prestado aquella carne trémula que desde su principio encaraba la vida con ojos espantados que huyeran de las luces buscando las tinieblas.
Pocos días después paría también la insulsa Escribonia a su pequeña Julia. Y, de inmediato, Livia, impávida y feroz, la mandó arrancar del pecho de su madre para traerla a vivir en casa de su padre. “Los hijos de mi esposo deben vivir bajo su mismo techo”, dijo rotunda para apoyar la orden que cursó sin reparos. Roma entera hablaba de los trágicos aullidos de la loca Escribonia, a quien se le impidió, bajo pena de muerte, ver a su amado renuevo durante algunos años. “El padre es quien manda en toda su progenie, si es que presenta fuerza que ampare sus derechos”, dijo mi dómina para explicar su acto y no dejar resquicio por donde reclamarle. Ella jamás hubiera permitido que Druso le hubiera sido arrebatado, y, eso, pese a que su amor por él siempre resultó una rotunda incógnita.
Desde el primer momento la educación de Tiberio, Julia y Druso fue severa y exigente con visos de tiránica. Y, más que de domus áurea o casa acomodada, resultó ser de aprisco de castrenses o rudos legionarios. Livia era feroz e intransigente como dicen que es Marte, el dios que rige las batallas. “La vida es una guerra”, afirmaba mi ama sin que la preguntaran. Yo secundé como pude sus órdenes, aunque los niños bien supieran que no creía en ellas.
De nuevo, la situación política se nutría de graves amenazas. Sexto Pompeyo, desde Sicilia, exprimía al Senado con extremas demandas. El grano necesario para alimento del pueblo siempre escaseaba ante alzas de precio, so pretexto de cosechas menguadas, pedriscos imprevistos o sequías tenaces, que a veces eran falsas. Tampoco el reino tolomita cumplía sus acuerdos, sobre todo desde que aquella hiena egipcia había sido abandonada y desabastecida en furores y coitos por el ardiente Marco Antonio, que ahora arrullaba a la indulgente Octavia.
Tiberio Claudio, mi antiguo amo, sabiendo la tensión con la isla, había menguado sus tareas de mediador y enlace. Había abandonado casi de facto a Sexto y andaba a la búsqueda de un nuevo patrono. En ese empeño, de forma explícita, aconsejaba a Livia, con quien ahora se entendía mucho mejor que nunca, para que convenciera a César de entablar batalla y así dejar zanjado de modo decisivo el suministro de un bien tan necesario para la metrópolis.
En realidad, la hambruna desmantelaba Roma. Los graneros estaban vacios y esquilmados y el pillaje y la muerte por algo que comer circulaban como circula el agua a finales de martivs buscando torrenteras.
Tal vez, por todo aquello, Marco Antonio se sintió obligado a firmar aquel pacto que dieron en llamar “tratado de Tarento”. Octavia lo animó para hacer un nuevo acuerdo con su hermano que los reconciliara de manera inequívoca, y él consintió por agradarla a ella. Marco Antonio le entregó su flota a César y él se la  cedió a Agripa para ir a Sicilia y enfrentarse al usurero traficante del grano. Mi amo en contraprestación permitió a su cuñado que reclutara huestes para ir a mi patria y, una vez más, masacrar a los partos. Pero al final el dinero era escaso y él se marchó nuevamente a pedírselo a la reina del Nilo, sin importarle lo que sintiera Octavia y lo que Roma hablara. Una vez más la lascivia nublaba su hermosa testuz y embotaba el hierro de su brazo.  
Poco tiempo después, el pueblo, confiado e ingenuo, salió borracho de alborozo a celebrar en esquinas y plazas la muerte del avaro Sexto Pompeyo Magno, al que llamaban Pío. La chusma creía sin reservas que aquella justa muerte traería todas las abundancias a los suburbios míseros. Lo había vencido Agripa en Mylae y Naulochus. Dijeron que mi señora, sin consultar con César, ordenó en secreto que lo asesinaran. El fiel Vipsanio Agripa, que ahora acataba con fervores fanáticos el poder de mi dómina, ejecutó sus órdenes sin pérdida de tiempo y en rotundo silencio. Hasta de esa forma encubierta actuaba por lealtad a su amigo. El pueblo avaló aquella infamia y los demás poderes pactaron pasar página sin más exploraciones.
Yo supe del encuentro de Livia y de Vipsanio Agripa. Y supe como ella, en realidad, lo que hizo fue extorsionarlo usando sutilmente su conocimiento sobre la relación secreta que Octavia tenía con Agripa desde tiempos pasados. Aquel era un amor antiguo y soterrado que nunca habría tenido un cauce aceptable a los ojos de César. Por ello, Agripa se vio obligado a velar aquel trato, tomando como esposa a Cecilia Ática.
Cecilia era hija de aquel Tito Pomponio, al que llamaron Ático, por su cultura griega; un hombre proclive y afecto a Cicerón. Livia le aconsejó aquel molesto enlace para que se encubriera a los ojos de César el amor por su hermana y cortara rumores de una vez y por siempre. Y se ofreció a que ella misma lo pactaría todo de una forma discreta sin pérdida de tiempo. Tanto arrojo y bravura en milicia y contienda quedaban eclipsadas ante la dependencia y excesivo respeto que Agripa parecía dispensarle a César y que ahora extendía  a su esposa. La mano de mi dómina era ya de una extraña firmeza. Su inteligencia y capacidad para obrar en múltiples cuestiones a un mismo tiempo, era algo que sorprendía a quienes estábamos al tanto de todos sus manejos.
Asistí sorprendida a aquella decisión de quien entonces ante mí, cual si yo fuera parte de ella misma, no tenía reservas conmigo. Serví el vino en el encuentro en el que mi señora acordó con Vipsanio Agripa los detalles del crimen y las orlas y flecos de la boda que lo unirían con la hija de Ático y cerré las puertas del despachó donde lo recibió como a un cliente exclusivo, sin que Octavio supiera la razón real de aquel encuentro. Después soporté la mirada de Livia cuando se fue el edil comandante, al que aseguró que se le entregaría una corona naval en loor de sus hazañas. Y, aunque aquel galardón tenía condiciones que él no reunía, le sería concedido  siempre que Sexto apareciera muerto sin que nadie supiera quién era su asesino y él aceptara las pactadas nupcias.
No diré ahora que no me sorprendiera aquella decisión impávida y quirúrgica, mediante la que Livia entraba con pie firme a inmiscuirse en la turbia política y en las vidas privadas.
Resultaba difícil entender el poder que en pocos meses había llegado a ostentar aquella mujer de apariencia tan frágil. Únicamente yo, tal vez, pueda explicarlo; pues que soy yo la única testigo del furor de su alcoba. Y es que he sido yo quien siempre ha atendido aquellos juegos amorosos en los que Cayo César se ha manifestado como un ser sumamente variable y adusto, complicado y caótico. Un hombre débil y atormentado que, al fin, encontraba en su nueva mujer solaz para un extraño proceder contenido y perverso. Así he llegado a la conclusión de que en cada ser siempre reside, en su lugar más hondo, un instinto ancestral y primario al que sólo ofrecen su salida los recreos subrepticios del sexo.
Sé que mi ama nunca perdonó a su anterior esposo el modo salvaje en el que él ejerció con ella su oficio de ruin macho, verraco patriótico. Y sé que aquellas prácticas la anularon para esperar que los hombres pudieran atender de una forma adecuada sus deleites de hembra. Sé también que, sellado el enlace con César, si alguna vez tuvo ensueños e intereses carnales, la realidad la despertó de golpe de aquellas veleidades. Creo que el enamoramiento que nutrió sus quimeras de excéntrica obstinada pronto se disipó, como disipa el alba, con su claror hiriente de verdad sin fisuras, las formas placenteras que dibujan las sombras, plagadas de caprichos que edulcoran los sueños. Su ansia de poder cegaba cualquier otra, quizás, sin advertirlo ni tan siquiera ella. Cierto es que la mujer que es capaz de dominar, subyugándolo, el instinto sexual de su hombre, dosificando con inteligencia este alimento, es capaz de cuanto se proponga. Livia nunca se entregó sincera y completamente a nadie ni en el lecho ni fuera de él; ese ha sido su éxito.  Éxito, si es que así pudiera calificarse el curso de su vida.
Cayo Julio César Octavio Augusto, cuando contaba con veintisiete años era un muchacho aún de cuerpo delicado, limpio de vello y de formas muy suaves y apenas musculosas. En nada parecía un soldado romano ni un hombre de milicia. Restregaba sus manos utilizando objetos ásperos para que en el saludo le creyeran más rudo. La fuerza ante los otros sólo se la otorgaba su mirada incisiva, su talante hierático y lejano, su verbo contundente y aquellos ropajes que solía vestir con cueros y herrajes para arreciar su aspecto. Desnudo con mi dómina eran cual dos doncellas dispuestas a entregarse caricias inocentes. Sin embargo, en el tálamo, nada más distante de la nuda verdad que escondía su aspecto.
Asistí a su primer encuentro y he asistido a todos los que después se han prodigado en sus años de yunta, que diré que tampoco fueron en demasía. Son secretos de cámara que nunca he revelado y que jamás he dejado que mi mente enjarete ni se entretenga en ellos cual rapaz en carroña. Únicamente ahora, cuando mi dueño ya no está entre los vivos y mi señora y yo estamos ya cercanas a la postrera entrega, es cuando me consiento y siento autorizada para dejar testigo de lo que nadie sabe. Lo hago a sabiendas de que algunos infames, chismosos y falsarios, lo airearán provocando el escándalo, cuando sólo debieran saber interpretarlos como juegos de niños. Niños que arañan en sus más hondos centros buscando sus raíces y el agua necesaria para no morir secos bajo el tórrido sol de la abrasante vida.
Porque el juego del sexo, si nadie obliga a nadie, es siempre un respiro que el hombre necesita para seguir viviendo. Un respiro para seguir marchando hacia su propio encuentro, cuando no un remedio que cure las heridas de muerte que todos arrastramos de secreta cruzada habida en las densas tinieblas de las que procedemos.
Jamás vi yo a un hombre simular más violencia que a Augusto en su lecho amatorio, cuando llamaba a él a la sapiente Livia. Sus encuentros con ella eran una feroz batalla en la que pareciera que él buscara desquite de miles de derrotas ancladas en su mente; un turbio pensamiento que lo atormentase y que él precisara disipar como a un perturbador e insolente celaje fijado en su horizonte. Cuando se desnudaba, era su desnudez de inmenso desamparo; la desnudez de un púber frágil y vulnerable a merced de huracanes: el gran hombre de Roma presa de la ruda y brutal tempestad que devasta y asola. La realidad irónica es siempre una gran bofetada que nos alcanza a todos de una manera u otra. Todos, grandes fantoches ante nosotros mismos.
Apenas se encontraban, enseguida comenzaba su abrazo, con la urgencia del náufrago que lucha por su vida sin calma ni preámbulos. Entonces, su cuerpo delicado, casi como de núbil, venía a curvarse en imposible escorzo, en bruscas sacudidas, en brutales impulsos, en envites sin tregua. Parecía, en verdad, que peleara a muerte y quisiera matar y ser matado a un tiempo y el tiempo escaseara. Retozaba y sudaba cual riña entre muchachos que se hubieran injuriado y escupido en el alma. Le gustaba agredirla y montarla a horcajadas como se monta a un potro, humillarla y sentir que ella era tan sólo suya y resollar, audible, hasta descomponerse en loca cabalgada hasta el confín del Orbe. Bramaba desolado cuando certificaba que le era imposible encajarse más dentro o hacer que ella gritara como herida de muerte. Sudaba y babeaba,  gemía crispado, y, a veces, sus ojos se volvían incapaces de percibir su entorno, tasar los espacios en los que se encontraba y el tiempo que aquel trance llevaba transcurriendo. A veces se agotaba y necesitaba tónico y tregua para seguir su empeño; beber y retirarse el sudor de su cuerpo. Con suma frecuencia, le costaba infinito llegar hasta su colmo. Y cuando lo lograba, su derrame era inmenso, de estertores agónicos que lo desalojaban de razón y de fuerzas, cual si fuera el respiro que nos surte la vida lo que se le marchaba en sus jugos de hombre. Entonces él quedaba en el lecho agónico y maltrecho cual despojo en batalla brutal y carnicera.
Livia lo supo comprender y gobernar desde el primer momento. A ello la ayudó el amparo de Ancia, de quien era devota y a quien se dirigía frecuentemente mediante epístolas con empeño de párvula ávida de enseñanzas. También a mí me preguntaba sobre el trato íntimo con los hombres y siempre su pregunta era casi la misma. ¿Cómo actuaría Ancia?
No diré yo que, en este caso, tan raro comportar por parte de su hombre la  desilusionara o la hiciera sentir infortunio en su ensueño. Diré que, una vez más, entendió cuál era su misión y por qué aquél extraño hombre la había elegido y la necesitaba como el agua es vital al sediento abatido que ha de cruzar desiertos.
Mas debo aseverar que, cumplidos los trances y sellada la cámara, todo entre ellos volvía ser cual si nunca ocurrieran semejantes encuentros. Y era tal el extremo de complicidad y respeto, que jamás hablaron de sus lances ni hicieron referencia a ellos fuera de aquella alcoba. Fue entonces cuando ella se invistió de un nimbo de regia trascendencia que la envolvió como al brioso Heracles le circundó la coraza dorada que, para él, le forjara el poderoso Hefesto en su divina fragua. Una diosa en la tierra era Livia a los ojos de César Octavio Augusto.







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