lunes, 5 de mayo de 2014

XXIII. LOS DEUDORES DE LIVIA



XXIII.   LOS DEUDORES DE LIVIA


Pero las desgracias no habían hecho más que comenzar en la casa de Augusto. El desdén de mi hijo hacia Julia se estableció entre ambos como una nube perenne que negara cualquier rayo de luz por tibio que este fuera. Tiberio seguía persiguiendo a Vipsania que le huía por miedo a mis reproches, pues yo le había advertido con severidad de que condescender con él podía costarle demasiado caro a ella o a mis nietos e, incluso, a su nuevo marido. Ella sabía bien que yo jamás amenazaba en vano y que era como un cirujano, capaz de seccionar un miembro si eso garantizaba que perviviera el cuerpo.
Pero el acoso de Tiberio llegó a ser tan obsesivo y pueril, tan rastrero e idiota, que para toda Roma aquella persecución por foros y mercados, por calles y por tiendas, con recados, dádivas y súplicas de imbécil desquiciado no era más que un hazmerreír que ocupaba todas las gargantas a las horas proclives al vino y a las chanzas.
Por otro lado, Julia, pasado un primer trance de mujer desdeñada, nuevamente colérica, buscaba refugio y desquite en cuantos nobles, soldados o esclavos podían, desde su antojo de mujer postergada, atizar sus ardores de hembra en decadencia. Y por Roma circulaba, como mofa pareja, una lista de aquellos que se aseguraba que eran sus más habituales, férvidos y adscritos visitantes de tálamo y alcoba. Aunque eso de alcoba y cama es un mero decir de forma recatada, pues que se aseguraba que últimamente gustaba que la desgarrasen los vestidos de la forma más burda y en los sitios más sórdidos, pocilgas, callejas o sentinas. Incluso afirmaban que gustaba de disfrazarse y andar deambulando para que los rufianes le hicieran sus babeos y montas sin que ellos supieran entre que piernas enterraban sus afanosos y vesánicos báculos.
Decían que trasegaba vino surtido de las mismas bocas de los hombres y que ella hozaba y disfrutaba enterrando sus labios, así lubrificados, en sus zonas impúdicas hasta que ellos bramaban por sus éxtasis, mezclando así licor y semen.
Tito Quincio Crispido, Tiberio Sempronio Graco, Apio Claudio Pulcro, Cornelio Escipión, y hasta Julio Marco Antonio, el hijo de Marco Antonio y Fulvia, que estaba casado con Claudia Marcela, la hermana del difunto Marcelo, hija de Octavia y, por tanto, sobrina de Augusto y prima de la aturdida Julia, estaban en su lista.
Me cansa este relato, pero he de seguirlo.
Trate inútilmente de remediar aquello ejercitando mis dotes de madrastra amistosa y suegra tolerante, pero no nos fue útil. Aquella situación se estaba convirtiendo realmente en algo insostenible, máxime teniendo en cuenta que Augusto, tras haber recibido el titulo honorable de “padre de la patria”, había lanzado una campaña para restaurar el honor de la insigne institución de las matronas. Institución que tanto prestigiaba nuestra historia.
En tal exordio, se ensalzaban las virtudes morales y el respeto sagrado al matrimonio, a la familia y la procreación fecunda y responsable. Y hasta tal punto había llegado la obsesión de mi esposo por aquellos asuntos que se había permitido reunir a no pocos jóvenes solteros de la domus más nobles para arengarles, como en sus mejores tiempos hiciera a los soldados. Pero no exhortándolos a que combatieran por Roma en las batallas, sino para persuadirlos y ordenarles que se casasen, formaran núcleos familiares estables y decentes y, sobre todo, se pusiesen a procrear con decidido y patriótico afán.
Y es que según decía, enfurecido y pletórico a un tiempo, la patria requería matronas decorosas, padres honorables y muchos hijos jóvenes y plenos de vigor que la sirvieran, defendieran y la perpetuaran en glorias y esplendores. Es claro, pues, asegurar que Augusto chocheaba de forma lamentable.
También es fácil entender que, por todo lo antes dicho, la mofa en este asunto era soez y despiadada. Pues que muchos aseguraban que, por esa razón, su hija Julia se había puesto a hacer trabajos realmente forzados en lo tocante al sexo, para así dar ejemplo y adiestrar a las muchachas jóvenes de cómo debían poner ellas sus órganos genitales a disposición, sin reservas, de la sagrada patria.
Aquel sarcasmo se escribía por paredes y muros, acompañado de groseros dibujos de gusto escandaloso. Todo esto, claro está, circulaba a espaldas de mi querido Augusto, quien, ignorante de todo, cada vez que apuntalaba sus edictos y órdenes, provocaba mayor hilaridad y sornas más bizarras. Ante aquel despropósito, yo me sentí obligada, con dolor de mi alma, a restaurar la dignidad de Roma y a amparar a mi esposo. Una vez más ¿Pero qué iba yo a hacerle?
Realmente aquellos dos idiotas eran difíciles de superar en sus torpezas, el uno como un perro faldero olfateando el rastro de su antigua cónyuge, la otra como una perra en celo babeando ante quien no se dignaba a mirarla siquiera. Su falta de criterio y de sentido patrio les hacía comportarse como dos majaderos que estaban poniendo en peligro asuntos de una trascendencia muy superior a ello. Mis planes, real y firmemente encauzados mediante el matrimonio de Tiberio y de Julia, volvían a derrumbarse de forma estrepitosa. No tuve, pues, más remedio que actuar de manera inmediata y con mi más fino tacto. No podía olvidar que aquella era su hija, y el hilo para fabricar sus coyundas debía ser en extremo delicado.
Diré, para ser más explícita, que todos mis movimientos los pergeñaba yo durante aquel tedioso tiempo que cada noche nos reunía en el amplio tablinum de nuestra nueva casa. Veladas soporíferas que a mí me aburrían hasta casi el bostezo.
Era aquella una manía que mi esposo se había empeñado en instaurar, por la que cada atardecer se reunían en torno a nuestra mesa y hasta que el vino les iba derribando, todos los miembros de aquel plantel de empalagosos y mediocres que se decían familia. Aquella era toda una infecta camada de jóvenes cachorros, de cónyuges y madres que no aspiraban más que a sacar su tajada de la regia y jugosa pitanza. Tal vez por eso no había noche que no nos reuniéramos en número nunca inferior a una docena. Gracias idiotas y vaciedades máximas, risotadas y eructos repugnantes, puyas y carantoñas, configuraban el plan monótono de aquellas veladas.
Tumbada en mis cojines, fingiendo una desatención achacable al cansancio, yo les miraba con minuciosidad. Les veía comer, reír, hacer circular sus envidias y odios a la par que sus copas, también sus señas y cortejos, sus tratos y alianzas, y sus ansias más torvas. Medía sus bostezos, sus ironías, sus farsas y halagos, y hasta el caudal de sus noticias, avisos y recados. Sabía quiénes se verían más tarde o a quiénes, algunos sugerían, con guiños o con gestos previamente acordados, que debía surtírseles más vino para dejarlos ebrios y soñolientos y que, de ese modo, inconscientes, secundaran  sus planes.
Todos pululaban en torno de Augusto como moscas golosas buscando su parcela de edulcorado néctar. Era entonces cuando yo tomaba mis apuntes, lanzaba mis anzuelos, sondeaba sus simas. Todo desde la suave inocencia de lo público y de lo coloquial, de lo afable y doméstico; de lo inocuo y festivo. Despacio, cautelosa, fingiendo una ingenuidad, que por otro lado sé, que nadie me atribuye.
Jugaba yo la baza de que supusieran que el peso de mi día de trabajo desgastaba mis fuerzas y me hacía, a aquellas avanzadas horas, desatender mis guardias. Nada más lejano a mi carácter, pues, es de mi estructura personal que, con el transcurrir de las horas que conforman el día, vaya yo acumulando, contrario a lo que sería de razón y de lógica, más ímpetu y mayor tino y perspicacia. Ya mi padre decía que era yo un pájaro nocturno.
Aquel era para mí un áspero trabajo que agotaba. Pero, en tantas y tantas horas de exposición tediosa, al fin, mi tesón vencía a sus cautelas, mi calma a sus vehemencias, mi vigilia a su aguante.
Uno a uno, todos iban entrando en mis rediles. A todos tenía yo prendidos, atados por sus torpezas, sus vicios o sus fraudes. Todos en mi poder, dispuestos en mi jaula hasta el momento oportuno en que yo tuviera que usarlos.
Sé que dicho esto así podrá interpretarse como que yo era una sanguinaria guardiana; carcelera inhumana. Creo que no era así -aunque poco me importa cómo se califique-, pues que únicamente usaba mis noticias en aquellos momentos que el plan lo requería para lucros más nobles.
Y así llegó el momento de mi querida Julia. Siempre diré querida porque siempre la he querido de un modo especial y creo que el tiempo así podrá corroborarlo, si no hay un cronista malvado y malnacido que truque mis afectos y me torne cual hiena. Y es que, sabido es, que el tiempo y la historia son unas magnitudes que se encojen o estiran según cómo se usen o a qué asuntos o propietario sirvan.
Mi terco hijo, el hoy noble emperador Tiberio, se empeñó en auto-exilarse a la isla de Rodas. Furibundo, Augusto se lo permitió, pues que ya estaba harto de las postergaciones que mi ruin primogénito dedicaba a su hija. Yo le aconsejé que lo dejara irse, pues que yo no veía la forma de que este pobre imbécil recalara en razones, y cada acto suyo arruinaba los míos. Pensé que, más pronto que tarde, pediría el regreso a la urbe y entonces sería el momento de imponerle condiciones rotundas a aquel irreflexivo espurio de mi sangre.
Pero también lo hice porque así destensaba la cuerda que hacía que mi marido considerara un tanto sospechosa mi reiterada solicitud para que él lo adoptara como su sucesor tras casarse con Julia. Augusto estaba por entonces con Cayo y con Lucio como gallina clueca. De nuevo hube de dar un arriesgado paso atrás, puesto que aquellas tretas suponían un refuerzo de la obsesión que Augusto tenía sobre los hijos de Agripa, a quienes educaba como sus más propicios y electos herederos.
Dos eran pues los flancos abiertos en mi lucha: Cayo y Lucio por un lado, Julia y Tiberio por el otro; Vipsania me preocupaba menos; ya estaba advertida. Con ella ya bastante había hecho procurándola un nuevo marido atento y tolerante y activo en el lecho, cosa que los informadores que yo había metido en su casa me habían confirmado.
Muchos eran en realidad los tentáculos que yo había extendido a lo largo del tiempo. Pues, desde el día en que, junto a la onerosa Octavia, yo también había sido dotada del título de tribunica sanctissima, que nos confería a ambas el derecho de disponer libremente, sin un tutor legal, de nuestras propiedades, clientes y riquezas, yo había usado y hecho rentables mis prebendas. En esto también me había diferenciado de mi austera cuñada, que sólo lo había esgrimido cual título honorífico sin ningún beneficio. Hay veces que se viste de virtud la simple inacción. No sacarle pleno rendimiento a aquello que, bajo el cobertor de la ley, logramos que se ponga en nuestras manos, es, sencillamente,  estupidez e inepto derroche.  
Aquella distinción, que jamás antes se había otorgado en Roma a ninguna mujer -y que tampoco se ha concedido a otra hasta el día de hoy- que nos proclamaba cual diosas en la tierra, me ha garantizado la absoluta protección de la patria. En ella se recoge que no puede infligírsenos perjuicio o menoscabo, ni tan siquiera un desprecio pueril, sin que al agresor se le acuse de daños directos hechos hacia el Estado. En realidad, aquella distinción, tan inusual, había sido una forma de gratitud con la que el Senado premió a Octavia por propiciarles la venganza contra el rebelde Marco Antonio. Era la forma de enaltecer en ella las virtudes romanas en nítida contraposición con las depravaciones de la buscona de Alejandría, que los sesudos próceres aseguraban que habían hecho de Marco Antonio un crápula y un traidor a su gente y su patria. Debían olvidar que, anterior a aquel hecho, él ya era un disoluto y un degenerado de forma irrebatible. En cuanto a mí, no contaré cómo logré que me fuera extensiva aquella regalía que luego tanto y de forma tan magra me ha salvaguardado hasta el presente día.
Pues bien, ésta y otras circunstancias me han permitido tener muchos amigos, deudores y clientes cuyos compromisos conmigo he cobrado en distintas monedas. En todo el ancho mundo he tenido y tengo adictos importantes y obligados muy fieles, también dilectos cómplices y aliados sin límites. Aprecié a Salomé, la que fue hermana de Herodes, el rey de Israel, al que siempre apodaron “el Grande”. He tenido una activa amistad con la insigne Urgulania, esposa de Marco Plautio Silvano, cuyos orígenes se remontan a la nobleza etrusca. Y con ella hilvané la unión de su hija Plautia con mi mermado nieto, el pobre imbécil Claudio, quien ahora se ha divorciado de ella acusándola de adúltera y envenenadora de su cuñada Apronia, la esposa de su hermano. Como si esa mujer o, incluso, él mismo merecieran otro trato o final diferente al piadoso veneno.
En verdad, no sé qué hacer con este ser idiota. Se me resistió Emilia Lépida, luego Livia Medulina se nos murió el mismo día en que debía celebrarse la boda; tal vez fuera por pánico a imaginarse aquella misma noche bajo tal espantajo. Y cuando, al fin, le había encontrado una esposa, resulta que se vuelve escrupuloso y la echa con remilgos adúlteros. Mientras tanto, su insufrible tartamudez sigue martilleando sobre mis oídos cada vez que, el tarado, se acerca a saludarme o pretende depositarme un beso de nieto cariñoso. Me asquea recordarlo.
Pero sigamos, que hay veces que tiendo a extraviarme y, como vieja inútil y desechada, necesito repasar mis haberes y hacer exposición y pública almoneda de mis pasadas glorias para seguir viviendo. Toléreseme, pues, esta cansina lista de vacuas vanidades. Episodios de vieja. Gloriosa en otros tiempos, depuesta a la miseria en los días presentes. Sigamos:
Sé del aprecio que me ha profesado siempre Ptolomeo, el rey de Mauritania, el hijo de Juba II y de Cleopatra Selene. Ptolomeo ha entroncado a través de su esposa, hija de Marco Antonio, con la familia Julia. Y al convertirse en pariente lejano del noble Julio Cesar, también se ha vinculado con la dinastía Julia-Claudia. Y yo algo he tenido también que ver en ese contubernio. Con él he sostenido siempre una gran amistad y un rico intercambio de artistas y poetas, pues que Caesarea se ha convertido, bajo su próspero reinado, en un centro en el que confluye lo mejor de la antigua Grecia, las tierras del Oriente y la florida Roma. Me he relacionado con regularidad con Horacio y Virgilio, los eximios poetas. Protejo al noble Servio Sulpicio Galba, a quien he adoptado, y a Sexto Afranio Burro. Y a ambos les auspicio futuros venturosos. Protegí al insurrecto, díscolo y encantador Ovidio, incluso aún después de su destierro a Tomis, a orillas del mar Negro, y lo favorecí en secreto y en contra de Augusto, quien nunca le indultó pese a mis rogativas. Y no hay en el mundo nadie que se sienta importante que no se ufane de tener mi amistad o al menos un trato comercial con la gran Livia Augusta, la señora de Roma, pues que así dicen que por ahí me llaman.
Pero además, presiento que mi fama y memoria surcará por los siglos sobre las piedras nobles que configuran el pórtico que me fue dedicado en el monte Esquilino y sobre los sillares de los templos que yo he consagrado a la Concordia y a la Castidad para plebeyas, así como en el que he restaurado, allá, en el Aventino, a la Bona Dea, diosa de la fertilidad, la castidad y la buena salud.
Nada de todo esto lo ha sido sin esfuerzo ni sin mis mil quebrantos y mis tribulaciones. Hoy soy la madre del emperador, pero el camino ha sido quebrado y tortuoso. Por todo ello, ahora debo seguir recordando lo que ha sido mi vida; recordando aunque me duela tanto. Sigamos:
Cuando Augusto consiguió que el Senado promulgara las leyes que castigaban el adulterio y la soltería extrema y, al mismo tiempo, premiaran la fertilidad y la fidelidad conyugal, yo no tuve más remedio que poner fin a aquel escandaloso escarnio, pues que el sarcasmo alcanzó límites tan insoportables que amenazaba con hacernos a todos reos de ocultación. Además, la triada que formaban Cayo, Lucio y su lujuriosa madre se estaba convirtiendo en todo un esperpento dentro de la familia.
Augusto deliraba por su única hija y a la vez por sus nietos, a quienes había adoptado, como ya es sabido, como sus propios hijos, a los que consideraba los mejor predispuestos a ser sus herederos. Entonces se impuso el momento de terminar con tan absurda farsa y tan necio propósito. Cualquiera que lea esto usando un juicio cuerdo estará de mi parte.
Despedimos a Lucio con una enorme fiesta. Busqué a los músicos mejores y a los acróbatas de mayor virtuosismo que encontré para ello. Hasta al cansino Horacio le permití que nos mortificara con una de aquellas absurdas narraciones que tanto gustaban a Augusto por estar bien plagadas de inventos y mentiras disfrazadas con sus adulaciones. También solicité, mediante el envío de un correo a Rodas, que el cínico astrólogo Trasilo de Alejandría, en quien Augusto tenía depositada toda su confianza, hiciera un vaticinio para aquel buen muchacho que debía dejarnos para servir a la patria. Por el mismo correo envié un escrito por el que lo aleccionaba sobre lo que la predicción debía proclamar. Todo serían bondades y máximas proezas y ni el viso más leve de males o peligros, pues que la realidad ya traería lo que fuera oportuno.
Tanto aquel nigromante como yo sabíamos la verdad de la hermética ciencia de los astros.  El hecho es que, si en realidad las estrellas encierran verdades y pronósticos tras sus abismos y luminosidades, resulta siempre quimérica su lectura para un ser humano. Por ello, esas interpretaciones adivinatorias y todo cuanto se conjetura en su nombre suele ser tan sólo una fatua patraña. Tal vez por haberle dejado tan clara mi opinión desde un principio, ese astrólogo y yo nos hemos entendido tan convenientemente a lo largo del tiempo. Él ha servido siempre a mis propósitos y yo lo he recompensado con largueza y afecto. Así, cuando el visionario se encaprichó de Aka de Commagene, yo propicié el éxito en sus actos de nupcias. Luego, también he favorecido a su hijo Balbilo, quien ha seguido los pasos de su padre y se ha convertido en un famoso astrólogo solicitado tanto aquí como en Alejandría. Como es evidente siempre he estado del lado de los sabios y quienes ayudan a la gente a creer en las cosas que así nos reconfortan, aunque éstas sean no pocas veces sólo infundios y falacias.

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