lunes, 5 de mayo de 2014

XXIX. EL JUICIO A PISÓN; LAS ARTES DE PLANCINA.



XXIX.    EL JUICIO A PISÓN; LAS ARTES DE PLANCINA.


Castor fue el encargado de traer hasta Roma las cenizas de su admirado primo, mi dilecto nieto Germánico. Cinco años hacía que había fallecido Augusto, y otra vez el infortunio se cebaba con nuestros corazones. Su hermano Claudio pareció enloquecer, y a sus múltiples defectos se les unió durante varios meses el de una demencia más profunda, si cabe. Eso vino a agravar aún más su grotesca apariencia, a la vez que aportó a su esposa Plautia un pretexto para dar un paso más en huir de su lado. Y es que en el idiota de Claudio prendió, como fuego en la grasa, la tenaz obsesión que también envolvía a Agripina de que el bravo Germánico, su esposo, había sido asesinado por las artes oscuras de Plancina, la mujer de Pisón. Yo entonces ni lo creía ni lo descartaba. Mi nieto había muerto; esa era la única verdad.
 Tal desvarío, unido a todos esos otros desarreglos que ya atesoraba desde siempre nuestro bobo Claudio, lo incitaron a ponerse a escribir una historia, al parecer, sobre nuestra familia. Un imbécil metido a hacerle competencia al fatuo Cayo Veleyo Patérculo. Esperemos que no siga sus pasos, ni le dé por hacer elogios vacuos y semejantes a los de ese historiador.
Bueno, para qué digo estas cosas. Bien sé yo que a este idiota nadie le hará jamás el más mínimo caso. Su presencia es cansina y pegajosa, y su torpeza tal que, hasta en estos momentos en los que yo preciso de su aciaga asistencia, me resulta tedioso e insufrible. Pero continuemos, que el tiempo nos apremia y las fuerzas flaquean. Y hasta la razón, a veces, me aconseja que deje esta absurda labor que me he impuesto, sólo, por competir con Laraine.
 No han sido fáciles para mí estos últimos años tan sola y postergada. Tiberio aceptó la sucesión contra su voluntad, y tuvo que ser nuevamente mi vehemencia y mi sacrificio quienes le forzaran a ello. Y tuve que hacerlo bajo la abierta amenaza de asegurarle que, si no tomaba el relevo a Augusto, por lo que yo tanto había luchado y arriesgado, iría yo misma ante el Senado. Iría y declararía cuanto yo, con su tácita connivencia, había obrado durante los pasados años para llevarlo al trono y salvar a la patria de involuciones, codicias y mayores desórdenes.
Incluso lo amenacé con mostrar todas aquellas cartas escritas por mi esposo que lo comprometían. Correos, notas y despachos donde Augusto expresaba su torpeza, su inoperancia o, incluso, su abierto aborrecimiento. Documentos de los que podía fácilmente deducirse que, desde luego, él, en solitario, no era la persona que hubiera deseado que heredara su sello.
Sólo mi cauta y depurada habilidad me había hecho pertrecharme con semejantes armas. Yo, sola, luchando contra todos los frentes, incluso los que por lógica debían ser propicios a mi causa. Una vez más mi experiencia me salvaba. Bien sabía de antemano que él jamás afrontaría la enorme culpa que entrañaban los hechos con los que yo lo amenazaba. Y fue una tensa conversación la que hube de mantener con él. Una conversación terrible en la que una vez más grité ante su rostro y desenmascaré esa cínica cobardía que siempre lo acompaña como una cicatriz traída de la infancia. Esa cobardía que apacientan aquellos que nos rodean, saben bien lo que hacemos, pero callan porque imaginan que la culpa no es suya si fingen no enterarse.
Ahora ya no tengo que hacer valer a Tiberio ante nadie. Ahora no tengo que apoyar mi conocimiento de él con continuas proclamas defendiéndole, para así engañar mi convicción. Yo soy su madre, y sé mejor que nadie quién es mi hijo y cuán pocos sus atributos y valores, y cuán grande su pusilanimidad y su torpeza. A una madre eso nunca le es desconocido, aunque no lo proclame. Pero soy yo, y sólo yo quien puede decírselo a la cara. Jamás permitiría que nadie lo injuriara desenmascarando lo que es, con exactitud, su realidad. El privilegio de quien ama o se entrega por alguien es que está autorizado, por derecho propio, a poder decir lo que otros no pueden.    
Por eso, otra vez, pues, tuve que huir hacia delante. Exponerme de una manera máxima y situarme al filo de una de esas espadas que solamente matan, pero que nunca otorgan la piedad de una herida que luego se remedia. Mas el triunfo es siempre de quien grita más alto, de quien esconde mejor su terror y su angustia, de quien es capaz de aguantar la mirada y atenazar los dientes y trasmitir su furia con superior bravura. Y fui yo quien venció. Y desarbolado ya, le ordené, imperiosa, que fuera ante el Senado de Roma y con seca firmeza, que él habría de inventarse, les ofreciera la posibilidad de restaurar su añeja y agotada República, por la que algunos tanto suspiraban. Repetía yo una vez más una arriesgada fórmula propuesta a mi marido en los días lejanos. Ofertar, cínica y espléndida, lo que sabía que nunca aceptaría el enemigo por vértigo o por miedo. A veces, que se nos ofrezca lo que pretendíamos, nos produce un miedo irrefrenable. Una cosa es luchar por algo, esgrimir argumentos y odiar en su nombre. Otra muy diferente es tenerlo en nuestras manos y sentir la responsabilidad que eso nos impone sin contar ya con la inquina de la pugna.
Mi hijo me miró entonces sorprendido y pensativo. Sin duda, no comprendía nada. Yo, ordenándole que hablara en loor de la República.
Lo miré complaciente. Siempre me han encantado esas situaciones en las que he logrado desconcertar a mi oyente.
Entonces le informé de todo cuanto yo había horadado para que aquella caterva de viejos, débiles y aterrados por la incertidumbre, rechazaran la oferta. Le di los nombres de con quienes contaba, ocultos entre ellos, para apoyar nuestra elegante e imparable causa. Tal propuesta de circunvolución era tan sólo un juego para salir reforzados y no albergar sospechas. Definitivamente era ya necesario que las atribuciones imperiales dejaran de ser una prebenda vinculada a Augusto de forma extraordinaria, para adquirir en él un carácter permanente y estable. El Imperio debía ser Imperio de una vez y por siempre. Él el emperador y yo la madre del príncipe de Roma.
En efecto; mi plan, en sus primeros pasos, resultó del modo exacto como yo lo quería. Sin duda alguna, Cibeles me seguía amparando, porque esos y no otros eran sus designios más claros.
 No hay mejor cosa que dar la libertad de elegir a un timorato, para que éste se asuste y nos suplique que elijamos por él. Claro está que, antes de nada, hay que asegurar que aquél a quien vamos a obligar a que opte está bien asustado y va a sentirse responsable o culpable de sus propias opciones. El ejercicio de la libertad produce un infinito vértigo.
                Unos días después, cuando todo estuvo ya sellado, le envié a Sejano para que, aconsejado por éste, fuera él mismo quien le encargara las muertes de Póstumo, de Escribonia y de Julia, la que había sido su disoluta esposa y a la que tanto había odiado en los últimos años. Me pareció que si era capaz de tomar aquella decisión, eso lo anclaría definitivamente al trono y lo haría firme, autoritario y fuerte. Siempre he estimado que el valor y el arrojo son virtudes imprescindibles para regir imperios. No eran momentos de andar con más dudas o tibiezas.
Augusto había dejado escrito el odio hacia su hija, ordenando que jamás sus cenizas yacieran con las suyas; Tiberio no debía ser menos. Su padre había muerto y nadie de su entorno, ni yo siquiera,  habíamos sido capaces de arrancarle redención para Julia; su hora había llegado. Su madre había querido voluntariamente seguirla hasta el exilio, en un rasgo materno realmente honorable, de lógica resultaba que ahora también la siguiera mansamente a la tumba. Ambas, pasarían así ese trámite eterno mejor acompañadas.
En cuanto a Póstumo, seguía siendo, si no una amenaza, al menos una sombra hinchada de reproches. Los próceres habían encargado a Sejano que fuera a rescatarlo y lo trajera a Roma. Por tanto, únicamente Tiberio debía ratificar aquella noble orden aunque con un matiz: que fuera a su búsqueda, pero no a traerlo sino para impedir su vuelta de forma concluyente.
Entonces yo creí ver en Sejano un gran apoyo para mi débil hijo. En cuanto a mí, bien estaría abandonar su lado. Era muy necesario que el pueblo y el Senado comenzaran a ver en Tiberio un hombre fuerte, eficaz y autónomo, aunque nunca lo fuera.
Acordamos fingir que él me relegaba. Yo seguiría decidiendo en la sombra los destinos de Roma, aunque debo reconocer que ya me sentía hondamente cansada. Después todo se convirtió hacia mí en un grosero engaño. Sejano estaba tras la treta. Aparentemente la hiena había aprendido algunas de las mañas de su madre. Sí, Tiberio me engañó. Luego yo ya no he tenido ni más fuerzas ni más ganas de seguir batallando contra mi idiota hijo. Sólo un imbécil es capaz de creerse que posee aquello de lo que carece de manera palmaria.
                Recuerdo que por aquel entonces, también la muerte de Germánico se vivió en Roma como una tragedia de grandes proporciones, todo atizado por el aireado proceso que siguió a aquel desaliñado, impresentable y desastroso óbito.
Ya he dicho que Agripina, la esposa de mi nieto, se encargó entonces de difundir la idea de que el padre de sus hijos había sido envenenado y muerto mediante lóbregas artes de género diabólico. Luego ha seguido durante estos años sin dejar de insinuar que fue Tiberio quien intervino en ello. Pero Agripina es una pobre loca a quien el dolor de su viudez la dejó trastornada. Tal vez eso me ha llevado a separar de ella a su hijo Calígula, a quien he traído a vivir a mi lado, de lo que cada día yo también me siento arrepentida de manera más culpable y más clara.
Calígula, ¡ay Calígula! Calígula es un muchacho hermoso y un ser fascinante, provisto de una mente difícil de acotar, pues que puede decirse que en ella encuentran acomodo las mayores maldades y los sentimientos más excelsos y bellos; un raro  y genial pajarraco de hermoso plumaje y gustos carroñeros. Su enorme atractivo se asienta en las luces de su multiplicidad y en sus extravagancias. Jamás se sabe cómo o cuándo aparecerá, o cuál será su postrer pensamiento, ni el modo en que éste será capaz de sustanciarse, pues que siempre sorprende y desencaja la realidad o el orden.
Algunos insinúan, incluso, que él fue en verdad quien diseñó la muerte de su padre, a quien dicen que odiaba de manera diabólica por ocupar tan profusamente a su madre, a quien él siempre ha amado de forma incestuosa. Él jamás lo desmiente, y lo utiliza de una forma ambigua. Le encanta de manera maligna jugar a los equívocos con temas de ese orden. Disfruta abiertamente enmarañando tema tan luctuoso, así como hablando procazmente de la pasión que siente por su madre Agripina y por su hermana Drusila, la esposa de Lucio Casio Longino, el cuestor. La lujuria le excita y lo lleva hasta la completa demencia. Y diré que, si a mí me preguntaran empleando para su delación las extremas torturas, creo que afirmaría que fue él y no Plancina quien acosó a su padre hasta llevarlo al Tártaro. 
                Pero centrémonos.
El juicio a Pisón y a su esposa Plancina se celebró entonces con enorme alboroto. Unos y otros se apresuraron a tomar posiciones como si se tratara de una pelea en la arena entre dos gladiadores de fama extraordinaria y destrezas parejas. Todo aquello colocó al emperador en un tremendo aprieto, por lo que, una vez más, me vi obligada a desembrollar aquel molesto asunto usando mis contactos y arriesgando mi suerte de una manera máxima. Y eso, a pesar de que él ya no me consideraba su apoyo y su cabeza. Pero una madre está siempre dispuesta a que su hijo la escupa a la cara y, si es necesario, saca la ira necesaria para defenderlo, aunque ésta se encuentre en su lecho de muerte.
                Conocida era por todos la rivalidad entre mi hijo Tiberio y mi nieto Germánico, y cómo uno y otro habían unido a sus causas sus propios amigos y adversarios, formando bandos sólidos siempre beligerantes.
Uno y otro habían combatido en Germania. Y Augusto los había observado con minuciosidad y comparado, lo que había abierto, entre tío y sobrino, heridas que nunca cerrarían. Además, Germánico era esposo de la hija de Agripa, y ella la descendiente más directa de Augusto, al ser hija de Julia. Por eso, había que reconocer que mi nieto era en realidad un incómodo estorbo, lo que él había potenciado con una insaciable hostilidad que traducía en afiladas críticas hacia el nuevo imperator. Y eso que Tiberio, antes de enviarlo al Oriente, lo había convocado a Roma permitiéndole que celebrara un clamoroso triunfo repleto de esplendor y gran magnificencia,  con lo que esperaba atraerlo a su causa y convertirlo en un súbdito dócil. Una vez más queda en evidencia la ineptitud de mi ingenuo hijo.
Luego Germánico comenzó su segundo consulado en Nicópolis. De inmediato elevó a Zenón al trono de Armenia y gestionó muy positivamente los asuntos de Comagene y de la Capadocia, lo que muchos aprovecharon para exaltar sus dotes de estratega y caudillo preclaro. Y creo que todo eso fue lo que hizo que él dejara que la cabeza se le llenase de humo. Supongo que no había olvidado que sus cuatro legiones, a la muerte de Augusto, le habían pedido con fervor y enorme insistencia que suplantase a Tiberio y gobernara Roma, a lo que Agripina le había animado de forma decidida.
Tal vez por eso, incitado por su tenaz consorte, y con el claro ánimo que medir su poder con el de su irresoluto tío, viajaran sin consentimiento hasta Aegyptus. Ellos argumentaron que lo habían hecho por sencillo placer; para conocer y disfrutar de las antigüedades que atesoran esas tierras exóticas. Pero no ignoraban que las tierras del Nilo eran una propiedad privada del emperador, y sólo él podía otorgar el permiso de pisar sus dominios. Tiberio enfureció como un gato al que pisan la cola o le queman el lomo echándole agua hirviendo.  
Sin duda fue por eso por lo que aquel servil Pisón, gobernador de Siria, comenzó a importunar a mi orgulloso nieto, cuando éste se trasladó desde Aegyptus hasta Iliria y más tarde a Arabia. Dicen que muy pronto la situación entre ellos dos se hizo insoportable, hasta el punto de que Germánico lo destituyó ipso facto y lo obligó a dejar la provincia como liebre hostigada por hambrientos lebreles.
Debió contribuir a eso la intervención de sus sendas mujeres. Notorio es que entre las hembras la envidia es una llaga que pronto enrojece, se encona y enseguida se infecta y se nos putrefacta. Plancina y Agripina pusieron entonces en liza sus artes más perversas, la una contra otra. Pero las de la mujer de Pisón fueron más cautelosas y en suma refinadas, pues que desde un principio se centró en atraer hacia sí al perverso Calígula, a quien persuadió hacia esas artes y doctorados mágicos que a él lo entusiasmaban. Y yo presiento que este bisnieto mío fue entonces, y a su lúgubre amparo, donde aprendió todas esas maldades que lo seducen tanto y lo convierten hoy en un joven diabólico y abstruso como ninguno otro.
Aún recuerdo cuando incendió la casa de su abuela, desnudándose por completo para observar el juego. Antonia salió despavorida dando alaridos como si ella misma se estuviera quemando, mientras él se retorcía en risas y placeres orgiásticos, sobándose con deleite sus órganos y animando a su hermana a que lo secundara en tales regodeos. Pero es más, inquirido después el incendiario, nadie pudo saber por qué lo había hecho, pues que su gesto de satisfacción e indolencia no daba entrada a contrición alguna.
Mis contactos en la ciudad de Alepo me han ratificado que aquella obsesión de Agripina por no separarse de su ardiente marido, de quien obtuvo hasta doce embarazos, la llevó a dejar a sus hijos solos en Damasco, mientras ella lo acompañaba en sus desplazamientos.
Más de una vez, Calígula ha hecho grotesca alusión a los lances de alcoba de su padre y su madre, de los que él, oculto entre las sombras, gozaba de manera aberrante y claramente impúdica. Y yo, que sé muy bien leer en sus ojos de rayo, he podido apreciar el odio hacia su padre y el fuego hacia Agripina.
Por diferente vía, yo también sé, y desde antiguo, que la mujer de Pisón siempre se destacó por ser una avezada de artes demoniacas y mañas hechiceras. Incluso aseguro que nadie es más diestra que ella en el uso y la administración del acónito y de la belladona, y que ella misma ha descubierto su más eficaz antídoto en una sustancia a la que designa morfina.
Ya en el tiempo de los devaneos de Julia, Plancina era quien la abastecía de ingredientes enloquecedores a través de la viciosa Mérula. Entonces fue cuando yo frecuenté a Plancina la esposa de Pisón y tuve negocios puntuales con ella. Asuntos que ya he olvidado. Además, siempre se ha sabido que Siria es un propicio ovillo enmarañado de hechiceros y de envenenadores. No es extraño, por tanto, que ella, allí, hubiera depurado sus mañas y sus exploraciones.
Aquel juicio contra Gneo Calpurnio Pisón revolvió la ciudad como un humo apestoso que el viento nos trajera, procedente de quemar desechos o inmundicias. El imbécil de Claudio y el iluso de Castor tomaron partido junto a la loca Agripina. Y Pisón, a quien sin duda había inducido mi hijo a acosar a mi nieto, amenazó al emperador con descubrir cuanto se ocultaba bajo aquella trama urdida de forma impresentable.
Quedaba claro que cuando yo descuidaba los asuntos complejos todo se derrumbaba de forma estrepitosa, como una casa vieja que el agua atropellara. Tuve por tanto que tomar aquel asunto como algo mío, por lo que convoqué a Plancina con la mayor urgencia.
Las sesiones del juicio se estaban celebrando, no ante los tribunales como era lo lógico, sino ante el Senado, y era por tanto Tiberio quien estaba obligado a presidir las vistas. Y fue Antonia, la insulsa Antonia, quien inocentemente vino hasta mi casa para informarme del tremendo aprieto en el que, según rumores, habían situado a mi hijo todos aquellos desagradables hechos.
“Creo que el imperator se ha quedado sin habla, balbuceando y rojo por la ira”, me explicó mientras yo trataba de darle a entender que esos eran ya asuntos que a mí no me incumbían.
Por lo visto, acosado Pisón por la elocuencia querellante de Castor, quien había presentado contra él sólidos cargos por hechicería, homicidio y traición, el astuto político se había revuelto como hacen las víboras cuando se las molesta. Pisón no llevaba defensa, en la seguridad de que Tiberio resolvería el asunto de un plumazo sin que evolucionase. Así, él mismo le solicitó que sobreseyera la causa. Según él no había ni testigos ni pruebas que avalaran sus crímenes, por lo que aquella florida y brillante disertación se quedaba perdida entre huecas palabras.
Castor entonces, arrogante, anunció la comparecencia de dos testigos traídos desde Siria que, aseguraba, habían oído, de propia voz, denunciar a Germánico en su lecho de muerte que había sido Pisón quien lo estaba matando.
Tanto a Pisón como a Tiberio se les mudó el semblante. El reo miró al juez esperando su indulto. Entonces dicen que Tiberio se azaró como hembra pillada en jolgorios adúlteros. Creo que todos los senadores se quedaron pasmados esperando respuesta. Dicen que ni siquiera circulaba el aire, y hasta la luz se transformó en visillo de hielo. Tiberio aceptó que siguiera el proceso y entraran los testigos. Pisón entonces, a borbotones, habló de unas cartas, sin que nadie supiera muy bien a qué se refería, pues que su voz era espesa, ronca y hasta intermitente. Un murmullo general ocupó la gran sala en la que todos cacareaban lo mismo que gallinas cercadas por milano. Un rato largo costó restablecer el orden. Todos tenían el alma entre los labios. Todos, al parecer, menos Sejano que sonreía irónico. Castor alzó la voz. Se disponía a dar el golpe contundente. Pero cuando hubo llegado el crítico momento, aquellos declarantes no le comparecieron, por lo que hubo que suspender la sesión hasta el día siguiente.
Escuché a Antonia y, pretextando una indisposición, la despedí en cuanto me hubo informado. Únicamente disponía de unas pocas horas. Esperé la complicidad de la caída del día y me trasladé a palacio. Mi hijo estaba taciturno, con esa expresión de amargura insulsa que lo ha caracterizado en los últimos años. Y sé que se sobresaltó cuando le dieron razón de mi brusca llegada. Tenía rotundamente prohibido que yo lo visitara. Este baldío timorato ahora me aborrece, aunque a diario constate que sin mis manos las suyas resultan tan inútiles.
Entré donde él estaba sin esperar su permiso, y eché de allí a la ramera que lo envolvía entre sus dos pezones y lo baboseaba como a un cachorro helado. Le pedí con asco infinito que se cubriera su cuerpo blancuzco y pusilánime. Vi de manera inmediata en sus ojos ese punto de repugnancia extrema y de suplicante esperanza, en el que se ha resumido su actitud hacia mí desde que me apartara de su vida y su casa. Tiberio me aborrecía y me necesitaba; me odiaba como a la hez más pútrida de su negra conciencia, y a la vez me anhelaba como al aire más limpio necesario al respiro. Sé que es así, y sé que ese es el pago que debo soportar por cumplir con mi sino, y en nada me arrepiento ni me confieso mártir por soportar mi vida. Como si yo siguiera siendo su misma alma sacada de su entraña y exhibida a sus ojos, él podía mirarme lo mismo que a un espejo en el que contemplara su miseria y su gloria; esa combinación que a todos nos habita, y a la que rara vez sabemos enfrentarnos con decencia y respeto. No reparé en preámbulos pues el tiempo apremiaba.
“Sé que ordenaste que muriera Germánico”. Él comenzó a balbucear pero yo le grité. “Cállate, idiota. Si lo hubieras hecho de forma adecuada ahora no tendrías que soportar el trance en que te han colocado ese grupo de imbéciles. Ahora no hay más remedio que terminar el pleito sin que tú tengas la obligación de pronunciarte ni a favor ni en contra del muerto o el viviente. Sé que Sejano, por cuenta propia, tiene recluidos a esos testigos traídos desde Siria por Castor y Agripina. Menos mal que hay alguien medianamente hábil sirviéndote de manto. Lo peor es cuánto te costará tan malvada frazada. En cualquier caso, haz que no aparezcan hasta que yo te diga. Hacedlo así, o pobres de vosotros si no seguís mis órdenes, porque no habrá quien os salve ni a ti ni a tus felones, pues que yo misma os gritaré las culpas en las gradas del templo o de la curia, si fuera necesario”.
Salí sin despedirme, sin darle ni tan siquiera tiempo a que me argumentara o inquiriera mis planes. En momentos de esos no puede una pensar en departir con nadie ni en darse a explicaciones. Los momentos difíciles no admiten controversias que puedan debilitar la decisión tomada. Hay que actuar como hacen los tigres; dando un zarpazo ciego y confiando en que la garra haya sido de sobra contundente.
Me fui sin más palabras, dejando tras de mí aquel vacio inmenso que sé que lo paralizaba, pero que al mismo tiempo tendía y entregaba toda su confianza en mis hábiles manos. Mi hijo me despreciaba, pero nadie mejor que él conocía mi alma, y nadie como él confiaba en su madre.
Cuando regresé a mi casa ya estaba aquí Plancina esperándome absorta y asustada. La había convocado enviando a Laraine para que la trajera. Únicamente ella sabe interpretar mis órdenes sin que medien palabras, dándoles el grado de reserva y premura que convienen al caso. Hacía tal vez años que yo no la veía. Ya he dicho que nunca me ha gustado mantener relación con quien me ha servido en los tiempos pasados. Sin embargo, ahora se imponía alterar las costumbres; la situación era de gravedad extrema. Roma entera estaba haciendo suya la causa de Agripina, a quien ya proclamaban en foros y mercados, e incluso escribiendo su nombre y el del muerto sobre muros o tapias “Agripina la justa”, “La gloria de la patria”, “El valiente Germánico” y, lo que era mucho más peligroso: “Única y directa descendiente del gran señor Augusto” y “La esposa preclara del admirado mártir”.
Recibí a Plancina cuando cursaba la primera vigilia. Aquella sería una noche larga. La mujer acudía a mí como postrer refugio, pues que sabía muy bien que aquella causa nunca prosperaría, tras la negativa rotunda e insondable de mi hijo de cerrar el proceso. Ella se lamentaba del pago recibido de Tiberio, cuando ellos no habían hecho más que atender sus demandas y ejecutar sus órdenes de manera ferviente.
Yo me dediqué primero a consolarla, dándole a entender que nada estaba en mis manos salvo compartir su desdicha y su perplejidad, que a su vez eran las mías propias. También Tiberio a mí me había postergado, desatendido y echado de su lado después de lo que yo había hecho por su causa.
Poco a poco ahondé en su dolor y, lejos de aliviarla, fui socavando aún más la fosa insalvable de su adversidad. Y cuando el desconsuelo y la desesperación parecieron haber llegado hasta alcanzar su cenit, suspiré hondamente, abrí mis manos en gesto de completa derrota y comencé a insinuarle.
Lo hice como si mascullara algo tan sólo hacia mí misma. Lo hice lentamente, como si las ideas vinieran poco a poco y fueran una mera concatenación improvisada surgida en el momento de manera espontánea.
La verdad era que había sido un error que Gneo Calpurnio Pisón hubiera desafiado a Tiberio con la velada amenaza de difundir sus cartas. Pero si se miraba bien, aquel torpe desafío de su esposo, en realidad, no la alcanzaba a ella.
Dejé expresamente que un viscoso silencio envolviera mi frase. Después continué. “No, no ha sido cosa tuya, Plancina”. El pronunciar su nombre aportaba a nuestra confidencia un punto de ternura que yo nada sentía. Insistí: “Eso resulta claro. Tú, nada tienes que ver ¿no es así?” De inmediato ella se apresuró a confirmarme. El cebo estaba echado y la presa picaba. Claro. En verdad había sido su esposo quien había perpetrado la ofensa imperdonable hacia el emperador. Yo seguí con mi treta. “Tal vez… “Alargué el final y diluí mi frase inconclusa.
Entonces la dejé respirar. La mujer parecía ahogada por el trance. Yo quería que fuera ella misma quien trenzara mis planes creyendo que al final eran ideas suyas. Tal vez si ella solicitaba con rotundidad y ante todo el Senado que separaran sus dos procesamientos, la suerte de uno y otra serían muy distintas. Demoré el facilitarle el argumento. Serví agua en su copa y se la ofrecí para que se mojara los labios encostrados por tanta destemplanza. Continué. Claro, que para que aquel zozobrante navío arribara a buen puerto, sin duda se imponía que, previamente, el insensato Gneo Calpurnio Pisón entregara las cartas, cuyo uso tan mal había gestionado, sin  duda, envuelto por el miedo. Di una tregua quitándole a él un ápice de culpa.
Entonces me levanté, di algunos pasos sin dirección concreta y me detuve ensimismada con las pinturas de un muro en el que ninfas y efebos se solazaban en un paraje idílico repleto de deleites y ahíto de venturas. Apoyé mi mano sobre el edén pintado y arrimé una lámpara para iluminarlo. Distaba tanto aquello del momento terrible que Plancina pasaba. Yo quería mostrárselo para que comparase de manera inconsciente.
De nuevo miré a la mujer. Estaba ovillada, metida en sí misma; caída su cabeza y escondido su rostro. Pretexté entonces una necesidad para ausentarme un momento del estudium en que nos encontrábamos. Había que dejarla que sopesara aquellas propuestas que yo le sugería de manera velada.
Volví tras un buen rato. Plancina se había levantado y deambulaba como una fiera en jaula, tal vez ya deseosa de emprender sus acciones sin pérdida de tiempo. Entonces la ofrecí la compañía de la guardia pretoriana para que la llevaran protegida de vuelta hasta su casa; muchos eran los adversarios que ahora les odiaban. Sería buen momento para hacer que su esposo entregara aquellos documentos que tanto estorbaban para su exculpación. Podía decirle que si me los mandaba aquella misma noche, contaba con mi promesa firme de interceder por ellos ante el emperador.
“Yo, al fin y al cabo, Plancina, sólo quiero ayudarte a ti a quien aprecio, pues sé que la vehemencia de tu torpe marido te ha jugado una mala pasada. ¡Ay, estos dichosos hombres y sus olas de orgullo!”, rematé para que me sintiera asida a su desgracia y proclive a su causa. “Además no puedo olvidar a tus cándidos hijos. ¿Qué culpa tienen ellos de esta monstruosa desgracia? ¿Y qué será de ellos si a ambos os condenan y obligan a mataros? Con aquellas palabras mi plan quedaba bien sellado.
 Vi como una lágrima gruesa caía en solitario por la mejilla seca de la mujer tronchada. “Pero no llores, tonta. Verás cómo se arregla. Si Pisón no aceptara, demostraría no ser digno de tu enorme cariño”.
El plan era, si no sencillo, claro: primero recuperar las cartas, después ella pediría que se les separara en diferentes causas. Ella le explicaría a él que era una estrategia útil para favorecerles. En realidad, separarlos era debilitarlos. En la cabeza de ella había ya prendido la esperanza de poder exculparse y conservar la vida, y amparar a sus hijos, aunque para lograrlo tuviera que abandonar a Gneo.
Ahora sólo restaba que ella, haciéndole una apelación a la hombría y a su honor de romano, consiguiera que él accediera al honroso camino del drástico suicidio. Pero, si no podía llegar a convencerlo y lograrlo, siempre estaba en su mano la posibilidad de que ella misma fuera quien lo matara, simulando que se había tratado de propia expiación y admisión de su culpa. A Plancina no le faltaban mañas para estas empresas.
Muerto Pisón, el crédito de Tiberio quedaba restañado, pues que con su inmolación, tácitamente, el reo se declaraba culpable de aquel perverso crimen. Roma, el pueblo soberano, solamente precisaba alguien sobre quien escupir su oprobio y su repulsa para quedar tranquilo, aunque se sospechara que todo aquel asunto resultaba sumamente dudoso.  
Despedí a la mujer en medio de la noche que ya era cerrada. Un frío viento barría por las calles rugiendo y agitando cuanto encontraba a su helado paso. A los soldados pretorianos que la acompañaban les era muy costoso mantener las antorchas. Tal vez por todo ello su paso era raudo y muy pronto a sus torcidas sombras se las tragó la calle.      

Vi salir a Plancina en medio de soldados de guardia pretoriana. Parecía sentirse segura entre ellos, aunque la mujer estaba muy desmejorada y le temblaba el paso. Todos sabíamos lo del juicio que contra ella y su esposo se estaba celebrando, y deducir que Livia había tomado parte activa en aquello me congeló la sangre. Después Sejano regresó y, aunque era una hora en extremo avanzada, reclamó la presencia de Livia sin admitir excusas.
 Mi señora permanecía en vela. Se levantó enseguida, tan pronto le anunciamos que Lucio Elio Sejano, el prefecto, la estaba reclamando, y vino, ligera, hasta su encuentro. Su paso era cansado, y sus brazos caían desde sus rectos hombros, como desmadejados, pero aún así seguía atendiendo a sus causas. Aquella noche Livia me pareció  una vieja que luchaba por erguirse en la sombra. A la luz melada de la lámpara, vi la satisfacción de mi dueña tan pronto vislumbró la figura del jefe pretoriano al fondo del impluvium.
                -¿Las entregó?
                -Sí, Augusta Livia.
                -Bien, pasa. Y que no nos molesten- me dijo a mí mientras los dos entraban en su tablinum y cerraban la puerta. Luego, en medio del silencio propio de aquellas horas, oí cómo cerraban incluso las contraventanas.
Cuando, poco después, Livia despidió a Sejano y ella abandonó la estancia, yo entré para ordenarlo todo. Era evidente que allí se habían quemado algunos documentos. Un humo maloliente y denso ocupaba la sala, y sobre un pebetero aún se calcinaban restos de correos y sellos. La roja cera estaba negra y acortezada como la sangre purulenta de una herida ya vieja; como la vieja pústula que alguien hubiera cauterizado con un hierro candente.







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