XXIX. EL
JUICIO A PISÓN; LAS ARTES DE PLANCINA.
Castor fue el encargado de traer hasta Roma las
cenizas de su admirado
primo, mi dilecto nieto Germánico. Cinco años hacía que había fallecido
Augusto, y otra vez el infortunio se cebaba con nuestros corazones. Su hermano
Claudio pareció enloquecer, y a sus múltiples defectos se les unió durante
varios meses el de una demencia más profunda, si cabe. Eso vino a agravar aún
más su grotesca apariencia, a la vez que aportó a su esposa Plautia un pretexto
para dar un paso más en huir de su lado. Y es que en el idiota de Claudio
prendió, como fuego en la grasa, la tenaz obsesión que también envolvía a
Agripina de que el bravo Germánico, su esposo, había sido asesinado por las
artes oscuras de Plancina, la mujer de Pisón. Yo entonces ni lo creía ni lo
descartaba. Mi nieto había muerto; esa era la única verdad.
Tal desvarío, unido a todos esos otros desarreglos
que ya atesoraba desde siempre nuestro bobo Claudio, lo incitaron a ponerse a
escribir una historia, al parecer, sobre nuestra familia. Un imbécil metido a
hacerle competencia al fatuo Cayo Veleyo Patérculo. Esperemos que no siga sus
pasos, ni le dé por hacer elogios vacuos y semejantes a los de ese historiador.
Bueno, para qué digo estas cosas. Bien
sé yo que a este idiota nadie le hará jamás el más mínimo caso. Su presencia es
cansina y pegajosa, y su torpeza tal que, hasta en estos momentos en los que yo
preciso de su aciaga asistencia, me resulta tedioso e insufrible. Pero
continuemos, que el tiempo nos apremia y las fuerzas flaquean. Y hasta la
razón, a veces, me aconseja que deje esta absurda labor que me he impuesto,
sólo, por competir con Laraine.
No han sido fáciles para mí estos últimos años
tan sola y postergada. Tiberio aceptó la sucesión contra su voluntad, y tuvo
que ser nuevamente mi vehemencia y mi sacrificio quienes le forzaran a ello. Y tuve
que hacerlo bajo la abierta amenaza de asegurarle que, si no tomaba el relevo a
Augusto, por lo que yo tanto había luchado y arriesgado, iría yo misma ante el
Senado. Iría y declararía cuanto yo, con su tácita connivencia, había obrado
durante los pasados años para llevarlo al trono y salvar a la patria de involuciones,
codicias y mayores desórdenes.
Incluso lo amenacé con mostrar todas
aquellas cartas escritas por mi esposo que lo comprometían. Correos, notas y
despachos donde Augusto expresaba su torpeza, su inoperancia o, incluso, su abierto
aborrecimiento. Documentos de los que podía fácilmente deducirse que, desde
luego, él, en solitario, no era la persona que hubiera deseado que heredara su
sello.
Sólo mi cauta y depurada habilidad me
había hecho pertrecharme con semejantes armas. Yo, sola, luchando contra todos
los frentes, incluso los que por lógica debían ser propicios a mi causa. Una
vez más mi experiencia me salvaba. Bien sabía de antemano que él jamás
afrontaría la enorme culpa que entrañaban los hechos con los que yo lo
amenazaba. Y fue una tensa conversación la que hube de mantener con él. Una
conversación terrible en la que una vez más grité ante su rostro y desenmascaré
esa cínica cobardía que siempre lo acompaña como una cicatriz traída de la
infancia. Esa cobardía que apacientan aquellos que nos rodean, saben bien lo
que hacemos, pero callan porque imaginan que la culpa no es suya si fingen no
enterarse.
Ahora ya no tengo que hacer valer a
Tiberio ante nadie. Ahora no tengo que apoyar mi conocimiento de él con
continuas proclamas defendiéndole, para así engañar mi convicción. Yo soy su
madre, y sé mejor que nadie quién es mi hijo y cuán pocos sus atributos y
valores, y cuán grande su pusilanimidad y su torpeza. A una madre eso nunca le
es desconocido, aunque no lo proclame. Pero soy yo, y sólo yo quien puede
decírselo a la cara. Jamás permitiría que nadie lo injuriara desenmascarando lo
que es, con exactitud, su realidad. El privilegio de quien ama o se entrega por
alguien es que está autorizado, por derecho propio, a poder decir lo que otros
no pueden.
Por eso, otra vez, pues, tuve que huir
hacia delante. Exponerme de una manera máxima y situarme al filo de una de esas
espadas que solamente matan, pero que nunca otorgan la piedad de una herida que
luego se remedia. Mas el triunfo es siempre de quien grita más alto, de quien
esconde mejor su terror y su angustia, de quien es capaz de aguantar la mirada
y atenazar los dientes y trasmitir su furia con superior bravura. Y fui yo
quien venció. Y desarbolado ya, le ordené, imperiosa, que fuera ante el Senado de
Roma y con seca firmeza, que él habría de inventarse, les ofreciera la
posibilidad de restaurar su añeja y agotada República, por la que algunos tanto
suspiraban. Repetía yo una vez más una arriesgada fórmula propuesta a mi marido
en los días lejanos. Ofertar, cínica y espléndida, lo que sabía que nunca
aceptaría el enemigo por vértigo o por miedo. A veces, que se nos ofrezca lo
que pretendíamos, nos produce un miedo irrefrenable. Una cosa es luchar por
algo, esgrimir argumentos y odiar en su nombre. Otra muy diferente es tenerlo
en nuestras manos y sentir la responsabilidad que eso nos impone sin contar ya
con la inquina de la pugna.
Mi hijo me miró entonces sorprendido y
pensativo. Sin duda, no comprendía nada. Yo, ordenándole que hablara en loor de
la República.
Lo miré complaciente. Siempre me han
encantado esas situaciones en las que he logrado desconcertar a mi oyente.
Entonces le informé de todo cuanto yo había
horadado para que aquella caterva de viejos, débiles y aterrados por la
incertidumbre, rechazaran la oferta. Le di los nombres de con quienes contaba,
ocultos entre ellos, para apoyar nuestra elegante e imparable causa. Tal propuesta
de circunvolución era tan sólo un juego para salir reforzados y no albergar
sospechas. Definitivamente era ya necesario que las atribuciones imperiales
dejaran de ser una prebenda vinculada a Augusto de forma extraordinaria, para
adquirir en él un carácter permanente y estable. El Imperio debía ser Imperio
de una vez y por siempre. Él el emperador y yo la madre del príncipe de Roma.
En efecto; mi plan, en sus primeros
pasos, resultó del modo exacto como yo lo quería. Sin duda alguna, Cibeles me seguía
amparando, porque esos y no otros eran sus designios más claros.
No hay mejor cosa que dar la libertad de
elegir a un timorato, para que éste se asuste y nos suplique que elijamos por
él. Claro está que, antes de nada, hay que asegurar que aquél a quien vamos a obligar
a que opte está bien asustado y va a sentirse responsable o culpable de sus propias
opciones. El ejercicio de la libertad produce un infinito vértigo.
Unos días después, cuando todo
estuvo ya sellado, le envié a Sejano para que, aconsejado por éste, fuera él mismo
quien le encargara las muertes de Póstumo, de Escribonia y de Julia, la que
había sido su disoluta esposa y a la que tanto había odiado en los últimos años.
Me pareció que si era capaz de tomar aquella decisión, eso lo anclaría
definitivamente al trono y lo haría firme, autoritario y fuerte. Siempre he
estimado que el valor y el arrojo son virtudes imprescindibles para regir
imperios. No eran momentos de andar con más dudas o tibiezas.
Augusto había dejado escrito el odio
hacia su hija, ordenando que jamás sus cenizas yacieran con las suyas; Tiberio
no debía ser menos. Su padre había muerto y nadie de su entorno, ni yo
siquiera, habíamos sido capaces de
arrancarle redención para Julia; su hora había llegado. Su madre había querido
voluntariamente seguirla hasta el exilio, en un rasgo materno realmente
honorable, de lógica resultaba que ahora también la siguiera mansamente a la
tumba. Ambas, pasarían así ese trámite eterno mejor acompañadas.
En cuanto a Póstumo, seguía siendo, si
no una amenaza, al menos una sombra hinchada de reproches. Los próceres habían
encargado a Sejano que fuera a rescatarlo y lo trajera a Roma. Por tanto, únicamente
Tiberio debía ratificar aquella noble orden aunque con un matiz: que fuera a su
búsqueda, pero no a traerlo sino para impedir su vuelta de forma concluyente.
Entonces yo creí ver en Sejano un gran
apoyo para mi débil hijo. En cuanto a mí, bien estaría abandonar su lado. Era
muy necesario que el pueblo y el Senado comenzaran a ver en Tiberio un hombre
fuerte, eficaz y autónomo, aunque nunca lo fuera.
Acordamos fingir que él me relegaba.
Yo seguiría decidiendo en la sombra los destinos de Roma, aunque debo reconocer
que ya me sentía hondamente cansada. Después todo se convirtió hacia mí en un
grosero engaño. Sejano estaba tras la treta. Aparentemente la hiena había
aprendido algunas de las mañas de su madre. Sí, Tiberio me engañó. Luego yo ya
no he tenido ni más fuerzas ni más ganas de seguir batallando contra mi idiota
hijo. Sólo un imbécil es capaz de creerse que posee aquello de lo que carece de
manera palmaria.
Recuerdo que por aquel entonces,
también la muerte de Germánico se vivió en Roma como una tragedia de grandes
proporciones, todo atizado por el aireado proceso que siguió a aquel desaliñado,
impresentable y desastroso óbito.
Ya he dicho que Agripina, la esposa de
mi nieto, se encargó entonces de difundir la idea de que el padre de sus hijos
había sido envenenado y muerto mediante lóbregas artes de género diabólico.
Luego ha seguido durante estos años sin dejar de insinuar que fue Tiberio quien
intervino en ello. Pero Agripina es una pobre loca a quien el dolor de su
viudez la dejó trastornada. Tal vez eso me ha llevado a separar de ella a su
hijo Calígula, a quien he traído a vivir a mi lado, de lo que cada día yo
también me siento arrepentida de manera más culpable y más clara.
Calígula, ¡ay Calígula! Calígula es un
muchacho hermoso y un ser fascinante, provisto de una mente difícil de acotar,
pues que puede decirse que en ella encuentran acomodo las mayores maldades y
los sentimientos más excelsos y bellos; un raro y genial pajarraco de hermoso plumaje y gustos
carroñeros. Su enorme atractivo se asienta en las luces de su multiplicidad y
en sus extravagancias. Jamás se sabe cómo o cuándo aparecerá, o cuál será su
postrer pensamiento, ni el modo en que éste será capaz de sustanciarse, pues
que siempre sorprende y desencaja la realidad o el orden.
Algunos insinúan, incluso, que él fue
en verdad quien diseñó la muerte de su padre, a quien dicen que odiaba de
manera diabólica por ocupar tan profusamente a su madre, a quien él siempre ha
amado de forma incestuosa. Él jamás lo desmiente, y lo utiliza de una forma
ambigua. Le encanta de manera maligna jugar a los equívocos con temas de ese
orden. Disfruta abiertamente enmarañando tema tan luctuoso, así como hablando
procazmente de la pasión que siente por su madre Agripina y por su hermana Drusila,
la esposa de Lucio Casio Longino, el cuestor. La lujuria le excita y lo lleva
hasta la completa demencia. Y diré que, si a mí me preguntaran empleando para
su delación las extremas torturas, creo que afirmaría que fue él y no Plancina
quien acosó a su padre hasta llevarlo al Tártaro.
Pero centrémonos.
El juicio a Pisón y a su esposa
Plancina se celebró entonces con enorme alboroto. Unos y otros se apresuraron a
tomar posiciones como si se tratara de una pelea en la arena entre dos gladiadores
de fama extraordinaria y destrezas parejas. Todo aquello colocó al emperador en
un tremendo aprieto, por lo que, una vez más, me vi obligada a desembrollar aquel
molesto asunto usando mis contactos y arriesgando mi suerte de una manera
máxima. Y eso, a pesar de que él ya no me consideraba su apoyo y su cabeza.
Pero una madre está siempre dispuesta a que su hijo la escupa a la cara y, si
es necesario, saca la ira necesaria para defenderlo, aunque ésta se encuentre
en su lecho de muerte.
Conocida era por todos la
rivalidad entre mi hijo Tiberio y mi nieto Germánico, y cómo uno y otro habían
unido a sus causas sus propios amigos y adversarios, formando bandos sólidos
siempre beligerantes.
Uno y otro habían combatido en
Germania. Y Augusto los había observado con minuciosidad y comparado, lo que
había abierto, entre tío y sobrino, heridas que nunca cerrarían. Además,
Germánico era esposo de la hija de Agripa, y ella la descendiente más directa
de Augusto, al ser hija de Julia. Por eso, había que reconocer que mi nieto era
en realidad un incómodo estorbo, lo que él había potenciado con una insaciable hostilidad
que traducía en afiladas críticas hacia el nuevo imperator. Y eso que Tiberio, antes de enviarlo al Oriente, lo
había convocado a Roma permitiéndole que celebrara un clamoroso triunfo repleto de esplendor y gran
magnificencia, con lo que esperaba
atraerlo a su causa y convertirlo en un súbdito dócil. Una vez más queda en
evidencia la ineptitud de mi ingenuo hijo.
Luego Germánico comenzó su segundo
consulado en Nicópolis. De inmediato elevó a Zenón al trono de Armenia y
gestionó muy positivamente los asuntos de Comagene y de la Capadocia, lo que
muchos aprovecharon para exaltar sus dotes de estratega y caudillo preclaro. Y
creo que todo eso fue lo que hizo que él dejara que la cabeza se le llenase de
humo. Supongo que no había olvidado que sus cuatro legiones, a la muerte de
Augusto, le habían pedido con fervor y enorme insistencia que suplantase a
Tiberio y gobernara Roma, a lo que Agripina le había animado de forma decidida.
Tal vez por eso, incitado por su tenaz
consorte, y con el claro ánimo que medir su poder con el de su irresoluto tío,
viajaran sin consentimiento hasta Aegyptus. Ellos argumentaron que lo habían
hecho por sencillo placer; para conocer y disfrutar de las antigüedades que
atesoran esas tierras exóticas. Pero no ignoraban que las tierras del Nilo eran
una propiedad privada del emperador, y sólo él podía otorgar el permiso de
pisar sus dominios. Tiberio enfureció como un gato al que pisan la cola o le
queman el lomo echándole agua hirviendo.
Sin duda fue por eso por lo que aquel
servil Pisón, gobernador de Siria, comenzó a importunar a mi orgulloso nieto,
cuando éste se trasladó desde Aegyptus hasta Iliria y más tarde a Arabia. Dicen
que muy pronto la situación entre ellos dos se hizo insoportable, hasta el
punto de que Germánico lo destituyó ipso
facto y lo obligó a dejar la provincia como liebre hostigada por
hambrientos lebreles.
Debió contribuir a eso la intervención
de sus sendas mujeres. Notorio es que entre las hembras la envidia es una llaga
que pronto enrojece, se encona y enseguida se infecta y se nos putrefacta. Plancina
y Agripina pusieron entonces en liza sus artes más perversas, la una contra
otra. Pero las de la mujer de Pisón fueron más cautelosas y en suma refinadas,
pues que desde un principio se centró en atraer hacia sí al perverso Calígula,
a quien persuadió hacia esas artes y doctorados mágicos que a él lo
entusiasmaban. Y yo presiento que este bisnieto mío fue entonces, y a su lúgubre
amparo, donde aprendió todas esas maldades que lo seducen tanto y lo convierten
hoy en un joven diabólico y abstruso como ninguno otro.
Aún recuerdo cuando incendió la casa
de su abuela, desnudándose por completo para observar el juego. Antonia salió
despavorida dando alaridos como si ella misma se estuviera quemando, mientras
él se retorcía en risas y placeres orgiásticos, sobándose con deleite sus
órganos y animando a su hermana a que lo secundara en tales regodeos. Pero es
más, inquirido después el incendiario, nadie pudo saber por qué lo había hecho,
pues que su gesto de satisfacción e indolencia no daba entrada a contrición
alguna.
Mis contactos en la ciudad de Alepo me
han ratificado que aquella obsesión de Agripina por no separarse de su ardiente
marido, de quien obtuvo hasta doce embarazos, la llevó a dejar a sus hijos solos
en Damasco, mientras ella lo acompañaba en sus desplazamientos.
Más de una vez, Calígula ha hecho
grotesca alusión a los lances de alcoba de su padre y su madre, de los que él,
oculto entre las sombras, gozaba de manera aberrante y claramente impúdica. Y
yo, que sé muy bien leer en sus ojos de rayo, he podido apreciar el odio hacia
su padre y el fuego hacia Agripina.
Por diferente vía, yo también sé, y
desde antiguo, que la mujer de Pisón siempre se destacó por ser una avezada de
artes demoniacas y mañas hechiceras. Incluso aseguro que nadie es más diestra
que ella en el uso y la administración del acónito y de la belladona, y que
ella misma ha descubierto su más eficaz antídoto en una sustancia a la que designa
morfina.
Ya en el tiempo de los devaneos de
Julia, Plancina era quien la abastecía de ingredientes enloquecedores a través
de la viciosa Mérula. Entonces fue cuando yo frecuenté a Plancina la esposa de
Pisón y tuve negocios puntuales con ella. Asuntos que ya he olvidado. Además, siempre
se ha sabido que Siria es un propicio ovillo enmarañado de hechiceros y de
envenenadores. No es extraño, por tanto, que ella, allí, hubiera depurado sus mañas
y sus exploraciones.
Aquel juicio contra Gneo Calpurnio
Pisón revolvió la ciudad como un humo apestoso que el viento nos trajera, procedente
de quemar desechos o inmundicias. El imbécil de Claudio y el iluso de Castor
tomaron partido junto a la loca Agripina. Y Pisón, a quien sin duda había
inducido mi hijo a acosar a mi nieto, amenazó al emperador con descubrir cuanto
se ocultaba bajo aquella trama urdida de forma impresentable.
Quedaba claro que cuando yo descuidaba
los asuntos complejos todo se derrumbaba de forma estrepitosa, como una casa
vieja que el agua atropellara. Tuve por tanto que tomar aquel asunto como algo
mío, por lo que convoqué a Plancina con la mayor urgencia.
Las sesiones del juicio se estaban
celebrando, no ante los tribunales como era lo lógico, sino ante el Senado, y
era por tanto Tiberio quien estaba obligado a presidir las vistas. Y fue
Antonia, la insulsa Antonia, quien inocentemente vino hasta mi casa para
informarme del tremendo aprieto en el que, según rumores, habían situado a mi
hijo todos aquellos desagradables hechos.
“Creo que el imperator se ha quedado sin habla, balbuceando y rojo por la ira”,
me explicó mientras yo trataba de darle a entender que esos eran ya asuntos que
a mí no me incumbían.
Por lo visto, acosado Pisón por la
elocuencia querellante de Castor, quien había presentado contra él sólidos cargos
por hechicería, homicidio y traición, el astuto político se había revuelto como
hacen las víboras cuando se las molesta. Pisón no llevaba defensa, en la
seguridad de que Tiberio resolvería el asunto de un plumazo sin que
evolucionase. Así, él mismo le solicitó que sobreseyera la causa. Según él no
había ni testigos ni pruebas que avalaran sus crímenes, por lo que aquella florida
y brillante disertación se quedaba perdida entre huecas palabras.
Castor entonces, arrogante, anunció la
comparecencia de dos testigos traídos desde Siria que, aseguraba, habían oído, de
propia voz, denunciar a Germánico en su lecho de muerte que había sido Pisón
quien lo estaba matando.
Tanto a Pisón como a Tiberio se les
mudó el semblante. El reo miró al juez esperando su indulto. Entonces dicen que
Tiberio se azaró como hembra pillada en jolgorios adúlteros. Creo que todos los
senadores se quedaron pasmados esperando respuesta. Dicen que ni siquiera
circulaba el aire, y hasta la luz se transformó en visillo de hielo. Tiberio
aceptó que siguiera el proceso y entraran los testigos. Pisón entonces, a
borbotones, habló de unas cartas, sin que nadie supiera muy bien a qué se
refería, pues que su voz era espesa, ronca y hasta intermitente. Un murmullo
general ocupó la gran sala en la que todos cacareaban lo mismo que gallinas cercadas
por milano. Un rato largo costó restablecer el orden. Todos tenían el alma
entre los labios. Todos, al parecer, menos Sejano que sonreía irónico. Castor
alzó la voz. Se disponía a dar el golpe contundente. Pero cuando hubo llegado
el crítico momento, aquellos declarantes no le comparecieron, por lo que hubo
que suspender la sesión hasta el día siguiente.
Escuché a Antonia y, pretextando una indisposición,
la despedí en cuanto me hubo informado. Únicamente disponía de unas pocas
horas. Esperé la complicidad de la caída del día y me trasladé a palacio. Mi
hijo estaba taciturno, con esa expresión de amargura insulsa que lo ha caracterizado
en los últimos años. Y sé que se sobresaltó cuando le dieron razón de mi brusca
llegada. Tenía rotundamente prohibido que yo lo visitara. Este baldío timorato
ahora me aborrece, aunque a diario constate que sin mis manos las suyas
resultan tan inútiles.
Entré donde él estaba sin esperar su
permiso, y eché de allí a la ramera que lo envolvía entre sus dos pezones y lo
baboseaba como a un cachorro helado. Le pedí con asco infinito que se cubriera
su cuerpo blancuzco y pusilánime. Vi de manera inmediata en sus ojos ese punto
de repugnancia extrema y de suplicante esperanza, en el que se ha resumido su
actitud hacia mí desde que me apartara de su vida y su casa. Tiberio me
aborrecía y me necesitaba; me odiaba como a la hez más pútrida de su negra
conciencia, y a la vez me anhelaba como al aire más limpio necesario al
respiro. Sé que es así, y sé que ese es el pago que debo soportar por cumplir
con mi sino, y en nada me arrepiento ni me confieso mártir por soportar mi vida.
Como si yo siguiera siendo su misma alma sacada de su entraña y exhibida a sus
ojos, él podía mirarme lo mismo que a un espejo en el que contemplara su
miseria y su gloria; esa combinación que a todos nos habita, y a la que rara
vez sabemos enfrentarnos con decencia y respeto. No reparé en preámbulos pues
el tiempo apremiaba.
“Sé que ordenaste que muriera
Germánico”. Él comenzó a balbucear pero yo le grité. “Cállate, idiota. Si lo
hubieras hecho de forma adecuada ahora no tendrías que soportar el trance en
que te han colocado ese grupo de imbéciles. Ahora no hay más remedio que
terminar el pleito sin que tú tengas la obligación de pronunciarte ni a favor
ni en contra del muerto o el viviente. Sé que Sejano, por cuenta propia, tiene recluidos
a esos testigos traídos desde Siria por Castor y Agripina. Menos mal que hay alguien
medianamente hábil sirviéndote de manto. Lo peor es cuánto te costará tan
malvada frazada. En cualquier caso, haz que no aparezcan hasta que yo te diga.
Hacedlo así, o pobres de vosotros si no seguís mis órdenes, porque no habrá
quien os salve ni a ti ni a tus felones, pues que yo misma os gritaré las culpas
en las gradas del templo o de la curia, si fuera necesario”.
Salí sin despedirme, sin darle ni tan
siquiera tiempo a que me argumentara o inquiriera mis planes. En momentos de
esos no puede una pensar en departir con nadie ni en darse a explicaciones. Los
momentos difíciles no admiten controversias que puedan debilitar la decisión
tomada. Hay que actuar como hacen los tigres; dando un zarpazo ciego y
confiando en que la garra haya sido de sobra contundente.
Me fui sin más palabras, dejando tras
de mí aquel vacio inmenso que sé que lo paralizaba, pero que al mismo tiempo
tendía y entregaba toda su confianza en mis hábiles manos. Mi hijo me despreciaba,
pero nadie mejor que él conocía mi alma, y nadie como él confiaba en su madre.
Cuando regresé a mi casa ya estaba aquí
Plancina esperándome absorta y asustada. La había convocado enviando a Laraine
para que la trajera. Únicamente ella sabe interpretar mis órdenes sin que
medien palabras, dándoles el grado de reserva y premura que convienen al caso. Hacía
tal vez años que yo no la veía. Ya he dicho que nunca me ha gustado mantener
relación con quien me ha servido en los tiempos pasados. Sin embargo, ahora se
imponía alterar las costumbres; la situación era de gravedad extrema. Roma
entera estaba haciendo suya la causa de Agripina, a quien ya proclamaban en
foros y mercados, e incluso escribiendo su nombre y el del muerto sobre muros o
tapias “Agripina la justa”, “La gloria de la patria”, “El valiente Germánico” y,
lo que era mucho más peligroso: “Única y directa descendiente del gran señor
Augusto” y “La esposa preclara del admirado mártir”.
Recibí a Plancina cuando cursaba la
primera vigilia. Aquella sería una noche larga. La mujer acudía a mí como
postrer refugio, pues que sabía muy bien que aquella causa nunca prosperaría,
tras la negativa rotunda e insondable de mi hijo de cerrar el proceso. Ella se
lamentaba del pago recibido de Tiberio, cuando ellos no habían hecho más que
atender sus demandas y ejecutar sus órdenes de manera ferviente.
Yo me dediqué primero a consolarla,
dándole a entender que nada estaba en mis manos salvo compartir su desdicha y
su perplejidad, que a su vez eran las mías propias. También Tiberio a mí me
había postergado, desatendido y echado de su lado después de lo que yo había
hecho por su causa.
Poco a poco ahondé en su dolor y,
lejos de aliviarla, fui socavando aún más la fosa insalvable de su adversidad. Y
cuando el desconsuelo y la desesperación parecieron haber llegado hasta alcanzar
su cenit, suspiré hondamente, abrí mis manos en gesto de completa derrota y
comencé a insinuarle.
Lo hice como si mascullara algo tan
sólo hacia mí misma. Lo hice lentamente, como si las ideas vinieran poco a poco
y fueran una mera concatenación improvisada surgida en el momento de manera
espontánea.
La verdad era que había sido un error
que Gneo Calpurnio Pisón hubiera desafiado a Tiberio con la velada amenaza de
difundir sus cartas. Pero si se miraba bien, aquel torpe desafío de su esposo,
en realidad, no la alcanzaba a ella.
Dejé expresamente que un viscoso silencio
envolviera mi frase. Después continué. “No, no ha sido cosa tuya, Plancina”. El
pronunciar su nombre aportaba a nuestra confidencia un punto de ternura que yo
nada sentía. Insistí: “Eso resulta claro. Tú, nada tienes que ver ¿no es así?”
De inmediato ella se apresuró a confirmarme. El cebo estaba echado y la presa
picaba. Claro. En verdad había sido su esposo quien había perpetrado la ofensa
imperdonable hacia el emperador. Yo seguí con mi treta. “Tal vez… “Alargué el
final y diluí mi frase inconclusa.
Entonces la dejé respirar. La mujer
parecía ahogada por el trance. Yo quería que fuera ella misma quien trenzara
mis planes creyendo que al final eran ideas suyas. Tal vez si ella solicitaba
con rotundidad y ante todo el Senado que separaran sus dos procesamientos, la
suerte de uno y otra serían muy distintas. Demoré el facilitarle el argumento.
Serví agua en su copa y se la ofrecí para que se mojara los labios encostrados por
tanta destemplanza. Continué. Claro, que para que aquel zozobrante navío
arribara a buen puerto, sin duda se imponía que, previamente, el insensato Gneo
Calpurnio Pisón entregara las cartas, cuyo uso tan mal había gestionado, sin duda, envuelto por el miedo. Di una tregua
quitándole a él un ápice de culpa.
Entonces me levanté, di algunos pasos
sin dirección concreta y me detuve ensimismada con las pinturas de un muro en
el que ninfas y efebos se solazaban en un paraje idílico repleto de deleites y
ahíto de venturas. Apoyé mi mano sobre el edén pintado y arrimé una lámpara
para iluminarlo. Distaba tanto aquello del momento terrible que Plancina
pasaba. Yo quería mostrárselo para que comparase de manera inconsciente.
De nuevo miré a la mujer. Estaba
ovillada, metida en sí misma; caída su cabeza y escondido su rostro. Pretexté
entonces una necesidad para ausentarme un momento del estudium en que nos encontrábamos. Había que dejarla que sopesara
aquellas propuestas que yo le sugería de manera velada.
Volví tras un buen rato. Plancina se
había levantado y deambulaba como una fiera en jaula, tal vez ya deseosa de
emprender sus acciones sin pérdida de tiempo. Entonces la ofrecí la compañía de
la guardia pretoriana para que la llevaran protegida de vuelta hasta su casa;
muchos eran los adversarios que ahora les odiaban. Sería buen momento para
hacer que su esposo entregara aquellos documentos que tanto estorbaban para su
exculpación. Podía decirle que si me los mandaba aquella misma noche, contaba
con mi promesa firme de interceder por ellos ante el emperador.
“Yo, al fin y al cabo, Plancina, sólo
quiero ayudarte a ti a quien aprecio, pues sé que la vehemencia de tu torpe
marido te ha jugado una mala pasada. ¡Ay, estos dichosos hombres y sus olas de
orgullo!”, rematé para que me sintiera asida a su desgracia y proclive a su
causa. “Además no puedo olvidar a tus cándidos hijos. ¿Qué culpa tienen ellos
de esta monstruosa desgracia? ¿Y qué será de ellos si a ambos os condenan y
obligan a mataros? Con aquellas palabras mi plan quedaba bien sellado.
Vi como una lágrima gruesa caía en solitario
por la mejilla seca de la mujer tronchada. “Pero no llores, tonta. Verás cómo
se arregla. Si Pisón no aceptara, demostraría no ser digno de tu enorme cariño”.
El plan era, si no sencillo, claro: primero
recuperar las cartas, después ella pediría que se les separara en diferentes
causas. Ella le explicaría a él que era una estrategia útil para favorecerles.
En realidad, separarlos era debilitarlos. En la cabeza de ella había ya
prendido la esperanza de poder exculparse y conservar la vida, y amparar a sus
hijos, aunque para lograrlo tuviera que abandonar a Gneo.
Ahora sólo restaba que ella,
haciéndole una apelación a la hombría y a su honor de romano, consiguiera que
él accediera al honroso camino del drástico suicidio. Pero, si no podía llegar
a convencerlo y lograrlo, siempre estaba en su mano la posibilidad de que ella
misma fuera quien lo matara, simulando que se había tratado de propia expiación
y admisión de su culpa. A Plancina no le faltaban mañas para estas empresas.
Muerto Pisón, el crédito de Tiberio
quedaba restañado, pues que con su inmolación, tácitamente, el reo se declaraba
culpable de aquel perverso crimen. Roma, el pueblo soberano, solamente
precisaba alguien sobre quien escupir su oprobio y su repulsa para quedar
tranquilo, aunque se sospechara que todo aquel asunto resultaba sumamente
dudoso.
Despedí a la mujer en medio de la
noche que ya era cerrada. Un frío viento barría por las calles rugiendo y
agitando cuanto encontraba a su helado paso. A los soldados pretorianos que la
acompañaban les era muy costoso mantener las antorchas. Tal vez por todo ello
su paso era raudo y muy pronto a sus torcidas sombras se las tragó la calle.
Vi salir a
Plancina en medio de soldados de guardia pretoriana. Parecía
sentirse segura entre ellos, aunque la mujer estaba muy desmejorada y le
temblaba el paso. Todos sabíamos lo del juicio que contra ella y su esposo se estaba
celebrando, y deducir que Livia había tomado parte activa en aquello me congeló
la sangre. Después Sejano regresó y, aunque era una hora en extremo avanzada,
reclamó la presencia de Livia sin admitir excusas.
Mi señora permanecía en vela. Se levantó
enseguida, tan pronto le anunciamos que Lucio Elio Sejano, el prefecto, la
estaba reclamando, y vino, ligera, hasta su encuentro. Su paso era cansado, y
sus brazos caían desde sus rectos hombros, como desmadejados, pero aún así
seguía atendiendo a sus causas. Aquella noche Livia me pareció una vieja que luchaba por erguirse en la
sombra. A la luz melada de la lámpara, vi la satisfacción de mi dueña tan
pronto vislumbró la figura del jefe pretoriano al fondo del impluvium.
-¿Las entregó?
-Sí, Augusta Livia.
-Bien, pasa. Y que no nos
molesten- me dijo a mí mientras los dos entraban en su tablinum y cerraban la puerta. Luego, en medio del silencio propio
de aquellas horas, oí cómo cerraban incluso las contraventanas.
Cuando, poco después, Livia despidió a
Sejano y ella abandonó la estancia, yo entré para ordenarlo todo. Era evidente
que allí se habían quemado algunos documentos. Un humo maloliente y denso
ocupaba la sala, y sobre un pebetero aún se calcinaban restos de correos y
sellos. La roja cera estaba negra y acortezada como la sangre purulenta de una
herida ya vieja; como la vieja pústula que alguien hubiera cauterizado con un
hierro candente.
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