IV. LA CASA DE LOS TINTES
Mi destino no resultó ser otro que la tintorería de
Dulio Marsilio Menio,
uno de los más entregados y fieles admiradores de mi señora Ancia. Su industria
era muy importante y se ubicaba en la orilla opuesta del Tiber, junto a un
molino que la proveía de fuerza y abundancia de aguas, todo muy necesario para
las labores del lavado de telas. Era una finca amplia y muy bien reputada, pero
discreta en su ubicación. Su situación en la otra margen del río la dotaba de
cierta intimidad y reserva, al ser el cauce una barrera natural que, en cierta
forma, obstaculizaba su acceso si no era por barca o dando un gran rodeo.
Con el pasar del tiempo y cuando yo me
instruí en lecturas, historias y gentes importantes de la vida romana, completé
aquel suceso que me llevó hasta allí. Supe entonces que Ancia, arriesgando su
vida, había rogado a Dulio mi adquisición urgente, pues que el empeño de Quinto
Cecilio Metelo Escipión por ser él el primer hombre que cruzara mi acceso de
mujer, era toda una obsesión, que el tribuno, edil, pretor y aspirante fallido
al consulado, perseguía con el encono de un trofeo de guerra. Supe también que
la furia de este salvaje e influyente amigo del locuaz Cicerón, a quien había
facilitado muchas informaciones para que el eximio orador venciera a Catilina,
le predispuso enconadamente contra Ancia, a quien mandó prender con despótica furia.
Supe también que mi protectora se
salvó de su impío arrebato porque, habiendo sido él quien inspirara la idea de
que Julio César disolviera su decimotercera legión, so pena de ser declarado
por el Senado republicano enemigo del pueblo, tuvo que huir precipitadamente.
Fue entonces cuando, abandonando Rávena donde se había asentado, el gobernador
de la Galia pasó el Rubicón y marchó triunfal hacia la urbe. Sus lazos
familiares con el viejo Pompeyo, a quien había entregado a su hija Cornelia
para que él la tomara como su quinta esposa, aconsejaron, ante la inminencia de
la guerra civil, que se marchara a Siria en función de procónsul. Entonces
comenzó su peregrinación. Después de Siria fue a Farsalia, y más tarde hasta África.
Luego fue derrotado en Tapso. Proyectó una truncada huida a Hispania, en la que
un naufragio lo devolvió a la costa, hasta que Publio Sittio lo ejecutó en
Hippo Regius.
Sólo, cuando la noticia de su muerte
llegó a Roma, mi señora pudo descansar después de cinco años en los que temió a
diario por su vida, la de Dulio, la de Torquio y la mía. Pues, si los
acontecimientos no nos hubieran amparado, en ningún lugar hubiéramos estado a
salvo de su inquina malévola. Por el regidor del lupanar conocí mucho tiempo
después que, al inaccesible y enigmático semblante de la hetaira, se sumó un
nuevo matiz de onda tristeza que aún lo embelleció más, si eso pudiera haber
sido posible. Aseguraba él que era una veladura de hermoso y natural cosmético.
En eso insistía el perceptivo Torquio. Aunque yo me imagine que tal benevolencia
no era más que la corroboración de que aquel hombre amaba del modo más
ferviente que pueda imaginarse a la mujer de Taima.
Mis primeros días en la casa de Dulio
fueron desiguales y extraños. Por una parte estaba la aversión que su esposa
Egeria me profesaba abiertamente, mientras que por otro lado imperaba la
devoción que el dueño de la hacienda me tenía, inspirada sin duda por su cariño
a Ancia, puesto más en valor por su acto conmigo.
Dulio Marsilio Menio y Egeria Portia
Orbia eran un matrimonio avenido y afable, que basaban su unión en su afecto
mutuo y la prosperidad de su negocio, al que ambos dedicaban su máxima atención
y decidida entrega. No habían tenido hijos, y, a la espera de poder adoptar a
algún muchacho joven que tuviera los oportunos merecimientos para heredar sus
bienes y atender su vejez, ellos no dejaban de acrecentar y mejorar su hacienda.
Ella sabía de las visitas de Dulio al lupanar de Ostia y de la existencia de su
adorada Ancia, de quien su marido no dudaba en hablar con admiración e infinito
respeto, sin caer jamás en falta de decoro ni desvelar detalle propios de
intimidades habidas con la bella. Por eso, la mujer también estaba íntimamente
agradecida a aquella prostituta. Y es que el fervor desatado en su señor y
esposo, había aportado, según decía ella, un equilibrio afectivo a su hombre y,
por ende, a su matrimonio, dándoles una solidez y estabilidad envidiable y magnífica
que eran garantía de gran seguridad.
Sin embargo, mi presencia venía a
romper todo aquel edén y su concierto tácito. Yo era el germen de la
inseguridad. A Quinto Cecilio Metelo, sus cargos públicos, su oficial y sabida camaradería
con Cicerón y sus vínculos familiares con Pompeyo, lo convertían en un
personaje de máxima influencia. Ir contra su voluntad era una empresa que
reportaba un máximo de riesgo. Y todo ello por lealtad a una puta y por
defender a una esclava, en edad de medrar, que no les procuraba ni el pan que
consumía. No es extraño que, tras estas conjeturas y juicios razonables, yo
fuera una desdicha y un peligro a los ojos de la mujer de Dulio, a quien
siempre reconoceré, pese a todo, como una mujer cordial, cabal y mesurada. Por
otro lado, estaba el continuo cuidado y la obligación de mentir sobre mi
procedencia a los otros esclavos y a cuantos clientes curiosos visitaban la
casa de los tintes. Tal vez por eso, se optó por raparme el cabello y vestirme
con ropas de muchacho, no procurando en demasía mi aseo y fomentando mi rudeza
y mis mañas más ambiguas y toscas.
Todo ello, sin embargo, resultó para
mí una grata experiencia que me dotaba de una liberación en medio de un mundo,
por otro lado, pleno de agrado, bienestar y placeres estéticos, que yo abiertamente
percibía, pero ante los que no estaba formalmente obligada. Algo así como un pequeño
gato que goza de la abundancia y el solaz de la apacible domus de su amo, pero que no está obligado más que a no estorbarle.
Mi desprendimiento forzado y repentino
de la casa de citas y mi desvinculación con quien en tan poco tiempo me había dado
tanto, fue un nuevo motivo de angustia y de dolor. Sin embargo, la contundencia
y la resolución con la que se ejecutó mi venta y mi traslado me ayudó a
superarlo con mayor fortaleza que lo que hubiera sido de comprensible lógico. Y
es que, después de aquella noche, yo no volví a ver a Ancia hasta muchos años
después, por lo que su afecto y su recuerdo quedaron en mí como un reducto
preservado al que yo podía acceder cuando lo deseaba, aunque únicamente desde
mis más íntimos espacios del ensueño. A diferencia de mis familiares, mi
evocación de Ancia era como algo amable suspendido en el tiempo; algo posible
de alcanzar en situación extrema pero a la vez etéreo; algo íntimamente mío que
me estaba esperando en un lugar incierto a salvo de destrozos. Y así resultó
ser cuando me fue imperioso el recurrir a ella. Eso lo contaré cuando llegue su
turno.
La casa de los tintes era en sí, y
para una muchacha de mi edad, un mundo pleno de bellas maravillas entre las que
tender quimeras desbocadas e ilusiones ficticias. Su ubicación en el campo, a
la orilla más silenciosa del río, aportaba al paisaje una mansedumbre y una apacibilidad
realmente bucólicas. Hasta allí llegaba la brisa siempre amable del mar y la
humedad era tenue, perenne y agradable. En la casa de tintes se gozaba de plena
libertad y el ambiente entre esclavos y dueños era ciertamente envidiable. Se
trabajaba mucho y se comía bien, se descansaba a gusto, y, si allí se
enfermaba, la atención de los amos era sincera y generosa sin reparar en
gastos. Un grupo de esclavos muy bien seleccionado tanto por actitud ante el
trabajo como por cualidades personales y humanas. Y de tal modo era así, que
nadie perseguía su manumisión, aunque sí que todo siguiera como estaba y que
los dueños de la casa vivieran muchos años prosperando en fortuna. Quizás por
ello, yo vine a ser un declarado estorbo en aquel paraíso. Aunque el afecto que
me tenía Dulio mitigaba y diluía la adversidad que otros podían profesarme. No
obstante debo reconocer que no sufrí excesivos desprecios ni ninguna agresión,
salvo la que suponía el velado recelo que ya he referido.
De inmediato, aquel mundo espectacular
de los colores me sedujo de lleno e inundó mis sentidos. Me maravillaba
contemplar cada mañana desde mi aposento, apostado en un minúsculo cuarto de la
alta terraza, los múltiples círculos que suponían todas las enormes tinas de
colores diversos. Aquel conjunto de pozales ocupaba el gran patio impoluto y
muy blanco abierto hacia el cielo, en torno al cual se resolvía y apiñaba el
resto de la domus. A la luz más
límpida del alba, aquellos charcos, perfectamente circulares e iguales, eran
como enormes lunas llenas ancladas en el suelo. Lunas multicolores que el
capricho de un dios se hubiera entretenido en teñir por la noche. El encendido
fucsia, los rojos más sanguíneos, el azul más profundo, el dorado amarillo, el
bermellón de fuego, el verde de lagunas y mares atrapados o aquel que nos
presentan los limones más ácidos. El azul del celaje, el gris de las tormentas;
los tonos tierras, el índigo, los granzas, los añiles. El púrpura, el cinabrio,
el blanco de mercurio; el cadmio, los naranjas, hasta el negro succinum.
Todos me seducían; todos me reclamaban para bañarme en ellos, al igual que las
nubes que parecía que bogaban por sus espejos circulares y calmos. Y luego,
cuando avanzaba el día, los largos lienzos, puestos para secar, volando en las
terrazas. Las solanas que poco a poco se iban cubriendo de velos infinitos que
el sol y el viento enjugaban en un perenne juego de huidas y regresos, de
vuelta y bamboleo, de caricia y violencia; de sonora batalla.
Aquella casa era hermosamente mágica.
No era nada de extrañar que cuantos clientes decidían acercarse hasta ella
quisieran llevarse todas aquellas telas, resultando imposible decidirse por una
solamente, pues que el viento y la luz hacía parecer a todas únicas y
excelentes. Aquella exposición era, según afirmaba Egeria el triunfo de su
casa. Y lo conceptuaba y aseguraba así hasta el extremo de que, si el día no
era suficientemente luminoso o propicio para el vuelo del género, no tenía
inconveniente alguno en dotar emisarios que fueran, cliente por cliente, a
cancelar las visitas previstas para aquella jornada.
Por otro lado, en las mañanas que eran
venturosas, la recepción para los compradores era todo un armonioso y cuidado espectáculo
dotado de misterio y teatralidad sin fisuras ni fallos. Se recibía a los
interesados hacia la hora sexta, cuando el sol se acercaba a su punto en el
cenit. Primero se les esperaba en la margen del río y se les transportaba en
una barca engalanada con guirnaldas de flores, con música de címbalos. En ella
se les aposentaba en colchas y cojines y se les perfumaban los pies, los calceus y sandalias. Ya dentro de la casa, tras el
recibimiento del dueño y de la dueña vestidos con galanos, se les acomodaba en
una decorada tribuna abierta al bello cielo, que estaba situada en el sitio más
alto de toda la vivienda. Desde allí se veía el mar como una cinta titilante,
plateada y lejana, confundida en la bruma. Luego se les servían viandas
exquisitas, licores y pasteles y se les amenizaba con música, acrobacias y
juegos de danzas y sorpresas que los artistas sirvientes realizaban entre las
tinas de los bellos colores y que, a aquella hora, espejeaban cual bandejas
candentes. Y de improviso, y, a una señal que nuestra ama hacía mediante una esquila
de cristal y de plata, se paraba la música. Al tiempo, y como por ensalmo, más
de quince esclavos, en una solana situada al frente, liberaban las telas presas
hasta el momento. Las telas, que de pronto, sujetas por un extremo a unos
esbeltos mástiles, ondulaban al viento como un concurrir de llamas encontradas
que rivalizaran entre sí por flamear lo más lejos posible. Aquél golpe de
efecto hacía agitar las sorpresas de todos los presentes. A partir de aquel
mismo momento, los absortos clientes sólo tenían deseos por adquirir los paños
que el sol transparentaba y el aire retorcía, y en modo alguno tolerar que
cualquiera de los otros presentes les privara del género de aquel modo
exhibido. Una pugna adquirente se desataba entonces como una batalla eufórica por
comprar el primero.
Mercábanse allí tejidos fabricados con
lanas de ovejas primerizas de Tracia y de Anatolia, con sedas del Oriente, con
algodón de Aegyptus. Se traían telas trenzadas en Britania, en Germania, en
Aquitania, en Rabean, en Brundisium. Pero a la vez había paños tramados en las
ciudades de Pérgamo y Smyrna, de Halicarnaso o Palmyra, de Petra o de Damasco.
Brocados de Gandhara, de las tierras del Indo, de Kandahar o Rambagh. Todo cuanto
el gusto más exigente podía demandar; todo cuanto el bolsillo más repleto podía
costear. Allí vi yo por vez primera telas cuya suave docilidad jamás hubiera
podido presentir, cuya transparencia nunca imaginar. Telas color de humo, de
azafrán, de canela o de paja mojada. Telas del color de la arena, del de los
tallos tiernos del trigo o la cebada, del de suave ceniza. Telas del color
transparente del vino cuando se mira al trasluz en un vaso de cristal de
Aquilea. Telas entrelazadas de hilos de aurum
o de argentum, engarzadas con cuentas
o abalorios, con semillas o conchas de moluscos o fragmentos de mica, de
azabache o de ámbar. Todo lo vi allí y allí me fascinó y tiñó mi infancia de
sueños y de imágenes, de belleza y de hechizo que nunca me ha dejado. Y aunque
mi destino no me haya permitido vestir esas dignísimas rarezas, siempre las he
tenido cerca, por lo que siempre he apreciado el tacto de esas telas tejidas,
sin duda, por los dioses que habitan por donde el sol retorna y nos entrega el
día.
Viví en la casa de Dulio durante
cuatro años, un tiempo que para Roma, en un principio, resultó ser convulso y
muy difícil. Los optimates huyeron asustados sin saber que César
avanzaba hacia Roma arropado tan sólo por unos seis mil hombres; su
decimotercera legión. Un número de soldados diez veces menor que aquel con el
que contaba el asustado Cneo Pompeyo Magno. Algo que después atizó los
sarcasmos.
Todo aquello fue un tremendo fiasco. Quinto
Cecilio Metelo y Marco Porcio Catón huyeron hacia el sur. Pompeyo se dirigió a
Brundisium, hasta donde lo persiguió César con la esperanza de rehacer sus
lazos y parar la violencia. Al menos eso fue lo que luego dijeron. Pero el
atemorizado desertor, confuso y alterado, se embarcó hacia Grecia poniendo mar
por medio.
Roma quedó sumida en la plena
anarquía, pues César, viendo la beligerancia, se dirigió urgentemente a las
tierras de Hispania. Dicen que fue una marcha forzada que duró sólo el periodo
de un mes. Quería derrotar a los seguidores de Pompeyo en aquella provincia
lejana e importante y así afianzar la incierta
retaguardia. Aquí, en la ciudad, todo era ilegalidad, bullicio y desconcierto.
Desde la noche al día, las instituciones se quedaron ociosas. Todos recelaban de
todos y nadie quería apostar con claridad por ninguno de los dos bandos en enconada
pugna, pues que nadie podía predecir el futuro de una manera cierta. Nadie
confiaba en auspicios, vaticinios o augurios. Con angustia se preparaban expatriaciones
y se liquidaban haciendas. Se vendían a precios de urgencia terrenos, esclavos
y ganados. Se abandonaba la ciudad. Y, aquellos que podían, se refugiaban en
aldeas y villas en el campo, tratando de ponerse a salvo de los enfrentamientos
de ambos contendientes. La guerra era civil. Se hacían alianzas y se rompían
vínculos. Abundaban denuncias, mentiras y revanchas. Lo peor del alma de los
hombres era moneda habitual en esos turbios días.
Cuando César, hostigando a Pompeyo, se
dirigió hasta Grecia, todos creímos que de nuevo volvería la maltrecha
república. Máxime cuando se recibió la noticia de la derrota que éste padeciera
en Dirraquium. Muchos cantaron la victoria y retornaron raudos para ocupar sus cargos
dejados en la huida. Pero tuvieron que irse nuevamente en franca desbandada,
cuando, tan sólo un mes después, César ganó en la gran batalla de Farsalia, y aquellos
generales que eran fieles a la república huyeron nuevamente. El burlado Pompeyo
se refugió en Aegyptus, y Metelo y Catón también en el norte de África. César
fue nombrado dictador de Roma, con Marco Antonio como Magíster equestris
y Publio Servilio Vatia Isaúrico como colega, electo cónsul por segundo
mandato.
Todo esto lo he sabido e hilvanado
después, cuando me he hecho docta con el pasar del tiempo. En aquellos momentos,
convulsos y apurados, la vida pasaba ante mí sin permitirme que reparara en
ella. En mi mente y mi interés de niña estaban únicamente el ver cómo un día
más el sol se levantaba y cómo en mi escudilla no faltaba comida y, tal vez, en
pedir que el malvado destino no me echara de nuevo a la cruda intemperie.
Pero una vez más nadie escuchó mis súplicas.
Porque fue entonces el momento en el que mi señora Egeria Portia consiguió de
su esposo el beneplácito para deshacerse de mí. La tensa situación vivida en
tiempos tan aviesos había mermado negocios y fortunas y reducido a los niveles
mínimos las ventas de telas y de objetos de solaz o de pompa. La nobleza había
desertado o estaba escondida. No había ceremonias ni banquetes ni fiestas, ni
eventos en los que lucir fastuosidad o alhajas. La alerta era máxima y el temor
desmedido. No se fletaban barcos ni se acordaban viajes o caravanas hacia
tierras exóticas. Nadie podía despilfarrar en ornatos y lujos en tanto la
situación no fuera escampando. Era pues el momento de arrimar efectivo y
aminorar los gastos. Y una muchacha muda con apariencia de rufián poco limpio
era poco rentable y consumía mucho. Pasé de ese modo a ser de propiedad de un
tal Vernus Cortinio Gelio, maestro de holgazanes, farándulas y máscaras. Así
llegué a las calles de Roma.
Me encanta. No se me ocurre mejor forma de calificar esta lectura que inicié ayer y que me ha enganchando de tal forma que espero el momento de poder sentarme ante el pc para continuar la lectura. No me atrevo a decir que reconozco la pasión puesta en la escritura y en todo lo que ha supuesto. Te felicito sinceramente Javier, creo que estoy descubriendo algo maravilloso.
ResponderEliminarSi por un casual lo publicaras de alguna forma me gustaría hacerme con un ejemplar. Me sigue gustando el tacto del papel y la parafernalia del paso de cada página, acariciar la cubierta de los libros sigue siendo un placer. Salud Javier y gracias por esta hermosura.