III. EL PERRILLO PERDIDO
Me quitaron los hierros y noté cómo éstos caían con
sorda contundencia
sobre los abatidos brazos de quien había sido mi compañero de cubil y mordaza;
el joven de la mirada ausente a quien hubiera visto por primera vez en el
vientre del barco. El muchacho de quien descubrí, con inmensa tristeza, apenas
hubimos llegado a la casa de Lurco que era casi completamente ciego y que su
virtud era tocar la cítara y entonar bellos cantos repletos de nostalgia que
nos serenaban entre tanto desánimo. A pesar de su falta, su mirada era hermosa,
porque en la opacidad de aquellos ojos muertos no se percibía la ausencia de
colores y formas, sino el gran misterio de quien lo mira todo con gozo al mismo
tiempo, tal vez porque en lugar de verlo lo imagina, lo persigue y lo siente.
Aquella mirada no podía olvidárseme. Desde el mismo momento que descubrí su
desgracia, lo atendí con un cariño suma de todos aquellos afectos que me habían
tajado.
Recuerdo haber sentido el tacto de su
mano al caer las cadenas y un ademán ansioso por no querer dejarme. Era la mano
suave perteneciente a un niño. Se agarraba a mí porque aquel vínculo, por
trágico que fuera, le daba confianza. Y hasta, inútilmente, volvió su rostro hacia
el mío en ademán de súplica. Mientras me alejaba me pregunté cuál habría de ser
su destino y temí por su suerte sin saber aún cuál iba a ser la mía. Nunca después
lo he visto en ninguno macellum de
Roma, ni sé de ninguna familia noble que lo emplee o a quien le pertenezca.
Deseo firmemente que los dioses aún lo tutelen por una senda amable.
Caminé tras de mi comprador como
camina un perrillo sarnoso que no tiene ningún sitio al que ir y se refugia en
la sombra huidiza de quien él sueña con que sea su amo y el proveedor generoso
de su pan y su agua. Él era un hombre alto, grave y muy arrogante y, desde el
primer momento, sentí junto a su lado un ápice de firme confianza. A pesar de
ser joven tenía el pelo plateado en las sienes, lo que le confería un halo de
elegancia divina. Muchos lo conocían y todos le cedían el paso o regalaban
señas de afecto o beneplácito. Él me ordenó que lo siguiera. Y ya pareció no
volver a ocuparse de mí, como si yo no le ofreciera nada más allá que plena
certidumbre y sumisa obediencia.
Recorrimos de uno a otro extremo aquel
puerto de Ostia, repleto de gentío, lo que hubiera hecho posible mi fuga sin
problemas. Circundamos la estatua alada de Minerva, diosa de la libertad
ciudadana, cuya gran envergadura a mí me sugirió amistad y tutela. Después
discurrimos por esa vía donde se agolpan casi un centenar de selectos negocios,
surtidos todos ellos con cuanto pudiera desear la más voluble y caprichosa dama
o el hombre mejor dispuesto a obsequiar a su esposa. Compró una joya hermosísima
que el vendedor calificó con términos enfáticos, mientras la hacía refulgir
sujeta por la punta de sus dedos, alzándola en el aire y buscando la luz para
que la quebrara en brillos enigmáticos. Mi señor pagó en efectivo, lo que el hueco
orífice celebró con requiebros y halagos, y luego nos adentramos por la vía donde
se alinean los molinos del grano. Se trata de ésa calle que está salpicada a
uno y otro lado por los enormes hórreos que almacenan la mies y que siempre
huele a trigo, a centeno, cebada o a polvo de molienda.
Cerca de allí están las termas. Yo
entonces no sabía qué era aquel lugar. De aquella casa salía un nimbo de vapor
que impregnaba de esencias la tórrida mañana. Era un vaho dulce; una neblina
húmeda con un aroma fuertemente esenciado. En aquel momento soñé con poder
algún día entrar en aquel sitio, pues que desde el exterior podía intuirse que
aquel debía ser un lugar de placeres, sosiego y amables armonías. Luego he
sabido que además de eso, allí se fraguan también otros asuntos de distinta
factura. Quizás por ello, nunca, hasta hoy, he puesto un pie en unos baños
públicos. Si bien, en casa de mi ama he gozada del agua tibia y los aromas y la
grata lascivia que ofrece la mórbida desnudez de los cuerpos.
Mi nuevo amo seguía caminando sin
evitar mi fuga. En modo alguno pensé en una huída, tal era la necesidad que
entonces tenía de cobijo y sosiego. Sin embargo recuerdo que más de una vez miré
hacia atrás; tenía el absurdo temor de que el vendedor de esclavos volviera a
atraparme y confinarme de nuevo en su antro asqueroso. A medida que abandonábamos
el centro comercial de la urbe, el bullicio se iba amortiguando como la luz se
apaga, gradual y serena, en las tardes cansadas de un tórrido verano. Doblamos
una calle. Ante nosotros, el templo de la divina Ceres se irguió con brusca distinción,
cual un enorme espectro que nos cortara el paso. A su entrada, hombres togados
departían con gestos ampulosos y un verbo contundente y locuaz. Lo hacían sobre
asuntos que yo no alcancé a entender en su esencia. Pero recuerdo haber
percibido que aquel era otro bullicio de muy distinto cuño. Recuerdo sus
vestidos blancos como la misma nieve. Mi amo se detuvo para oír su litigio,
escuchó un momento, esbozó una sonrisa, y siguió adelante. “Necios,
cacareadores; gallinas incansables”, le oí musitar entre cerrados dientes. Es
curioso comprobar pasados tantos años cómo hay frases que, sin saber por qué,
se recuerdan como recién oídas.
Seguimos adelante. El Ninfeo refulgía
bajo el sol hiriente del mes dedicado a la celeste Juno. El agua de sus piletas
caía en caprichosos juegos, sonando y salpicando con seductor reclamo. Mi amo
introdujo su mano sin detener el paso y algo, como un encaje de cristal y de
plata, brilló entre sus dedos sacudidos al aire. Luego se pasó la mano mojada por
la frente. Desde allí nos dirigimos hacia la vía que unos llaman Laurentina y,
otros, “Camino de la fuerza”. Era en esa calle donde estaba ubicada la casa de
mi amo.
Torquio era dueño y regente del más
afanado lupanar de la ciudad de Ostia, que hoy sigue existiendo aunque ya no es
él quien lo regente y su fama sea muy desigual, pues que su estrella ya ha
declinado sin posible retorno.
El lupanar de Torquio, a diferencia de
los otros sórdidos burdeles que salpicaban la ciudad portuaria y cuyas comunes características
eran la estrechez, la suciedad y la abundancia en pendencias, garrapatas y fraudes,
había sido establecido en una ínsula realmente magnífica. Una propiedad bien
cimentada y de sólida hechura, de argamasa y ladrillo, que contaba con cinco plantas
en verdad espaciosas. En la llamada baja se abrían a la calle una inmensa taberna
y dos pequeñas tiendas, una de bálsamos y ungüentos y otra de sanaciones. Y en
todas las demás, a excepción de la primera y última, había distribuidas cellaes
de diferente condición y amplitud variable. Recuerdo que me sorprendió, cuando
después lo supe, comprobar cómo, en las distintas puertas de aquellas estancias,
para mí misteriosas, un cartel bien pintado anunciaba el nombre de su titular,
su edad y procedencia y el precio detallado de todas sus habilidades, gracias y
posibles servicios.
La planta superior estaba destinada
para la servidumbre, que era también selecta, abundante y exótica en extremo,
lo que contribuía al buen funcionamiento y trasiego en la versátil casa, a la
vez que a propiciar renombre y gran prestigio a aquel afamado prostíbulo. La
planta principal era para uso exclusivo del dueño del negocio.
Todo comerciante selecto que arribaba
a Ostia no podía abandonar la ciudad sin llevarse el recuerdo de un rato de
solaz en la casa de lenocinio y fornicio de Torquio Melno Victio, el famoso
tercero, cuyo nombre era conocido en todos los confines. “La refulgente Sotis”. Ese era el nombre del establecimiento. Supe
después que hacía referencia a cómo denominan los hombres de Aegyptum a la
estrella Sirio, la más luminosa de cuantas viven en los cielos del sur y en la
que ellos veneran desde la infinitud de los remotos tiempos a la inefable Isis.
“La
refulgente Sotis”.
Allí se remataban los tratos importantes, se programaban viajes a lugares
lejanos, se fletaban navíos o se acordaban campañas de milicia o conquista.
Allí podían encontrarse muchachas y muchachos de todos los confines del orbe
conocido, dotados todos ellos de hermosura que rivalizaba con la de las
estatuas perfectas de los dioses que labraran los escultores griegos. Pero al
mismo tiempo había bailarinas de Persia o de Gandhara, contorsionistas, músicos
y acróbatas de Armenia o de la Tracia, masajistas y cuidadores de manos y de
pies, limpiadores de narices y oídos traídos de Seleucia o de Gabia,
depiladores de vellos injuriosos, rasuradores de barbas y aplicadores de
ungüentos, tinturas, emplastos o aceites, tanto cosméticos como salutíferos,
venidos de Pella, de Mileto o de Siwa. En modo alguno recalaban allí, y ni
siquiera por los alrededores, lupaes de esas que gritan como fieras
heridas por la noche en jardines o bosques ofreciendo servicios y buscando
clientes con hambre y a porfía, ni las inmundas busuariae que moran en
el entorno de catacumbas o necrópolis, muladares u osarios y brindan sexo fúnebre,
ni las noctilugares que procuran sus parroquianos entre el negror de las
calles más lúgubres del puerto y las sentinas. Tampoco había diabolariae,
aquellas que siempre cobran la tarifa fijada en dos sestercios, ni bilitidaes,
ésas que hacen su trabajo por estipendios ínfimos o “por la voluntad”
siempre tacaña de borrachos o crápulas. Jamás se daba acogida a las muchachas
procedentes del campo a las que llamamos foriaraes. Tampoco a las gallinaes
que combinan sus artes de prostitución con sus mañas de ladronicio o hurto,
ésas que en la actualidad abundan en la turbia Suburrae y han convertido
el barrio en un lugar infame de pendencias, enfermedad y riesgos, que extiende
sus tentáculos al resto de la urbe. Esta controvertida Roma, gloriosa y
putrefacta, a quien amo y desprecio, y de quien puedo opinar pues que ha ido
metiéndoseme tan dentro como la misma vida, los años, el dolor y el cansancio.
Pero dejemos eso y sigamos contando.
Así pues, la tercería de Torquio era
una torre dorada y suntuosa dedicada al placer más eximio. A ella acudían los
hombres preeminentes, los muchachos de las familias nobles y hasta las famosaes;
esas mujeres romanas de entornos respetables que no pueden saciar su ardor
incontinente en el recato del ámbito doméstico ni en el tálamo propio.
La casa era entonces una mansión
honesta, respetable y devota. En la casa de Torquio se había acotado un
minúsculo cuarto y en él se había levantado una pequeña pero cuidada ara en la
que se veneraba, bajo la figura de una loba nutricia, a la deificada Acca
Laurencia, esposa del humillado Fáustulo, el pastor tolerante. Sabido es por
todos que ella fue una antigua prostituta rural, luego sacerdotisa adscrita al Templo
Lupercal, y que con generosidad de encomiable matrona amamantó y aleccionó a
Rómulo y a Remo, fundadores de Roma. Ella fue, pues, la gran loba nutricia.
El burdel ofrecía, además de todas sus
bondades en servicios de deleite y de sexo, alimentos selectos y exquisitas bebidas
difíciles de encontrar en otras abacerías de Ostia o su contorno. Se
escanciaba, si así era solicitado, el vino al que llamamos merum a la
manera bárbara, sin ser rebajado con agua o con melaza, aunque también se
servía mulsum edulcorado.
Al mismo tiempo podían demandarse otros prestigiosos alcoholes. Los había
templados o en su ser, de toda procedencia; agrios o espesos, claros o
cárdenos, especiados con canela, almáciga, nardo, rosas o violetas; azafrán o
huesos molidos de dátiles de Tebas, pimienta u otras muchas semillas o hierbas
aromáticas. Incluso se ofertaban vinos selectos traídos de Tarraco, de Gades o
de Hispalis, en la lejana Hispania. Caldos de Tracia, de Sicilia, de Cartago;
de Pérgamo o de Mitilene; de Cilicia, de Capadocia; de Narbona y Burdigala, en la
beligerante Gallia. Ánforas escogidas acarreadas desde Massilia, desde Judea o
Siria, e incluso desde el remoto Oriente por donde el sol, renovado y ufano, se
entrega cada día a la efímera vida.
En la hacienda de Torquio la
discreción era un principio inviolable y sagrado. Se respetaba con rigor la
orden de no abrir las puertas hasta la hora nona. Se hacía así para que los
clientes no desatendieran sus responsabilidades diarias, quehaceres u oficios. Y
se rogaba a los frecuentadores que, si podían, llegaran enfundados, furtivos o
de forma soslayada y prudente. No obstante, en el establecimiento, siempre
podía proveérseles de la ropa oportuna para cubrir su cabeza y su rostro o,
incluso, para ocultar su faz o su figura, de tal modo que, a su salida, nadie
pudiera certificar su identidad o nombre. También había un depurado y eficiente
servicio de literas, para aquellos a quienes el cansancio de la pugna amorosa o
la ingestión de licor excesivo impedían hacerse de nuevo a la calle usando el
propio paso.
Conocidos y elogiados eran también los
perfumes y aromas que exhalaban braseros, pebeteros o artesas esparcidas por
todas las estancias que componían la magnífica ínsula dedicada a las artes de Venus
y Cupido. También se cuidaba con extremo rigor el que ninguno de los
concurrentes presentara ni el más mínimo indicio de padecer la deshonrosa
enfermedad titulada por los helenos “de Eros o Afrodita”. Me refiero a esa dolencia
fatal que agusana y putrefacta las vísceras y órganos y hace enloquecer a quien
la porta durante un largo tiempo. Se trata de aquel mal infame y misterioso que
el procónsul Cneo Manlio había traído desde el Oriente cuando, para
congraciarse con el pueblo, había retornado con un ejército de danzarines,
cortesanas, flautistas, catamitas e irrumatores de la peor calaña. Una grotesca
farándula importada con el necio propósito de hacerse exculpar de sus
desacatos al Senado y al poder popular y de sus muchos atrevimientos y excesos
militares.
Pues bien. Allí fui conducida yo. Y la
magnificencia del lugar me causó una sorpresa y conmoción que nunca explicaré
por más que lo desee o viva muchos años. Limpieza, abundancia, lujo, orden,
serenidad. La casa entera aromaba a jazmines, a incienso, a azahar, a rosas y a
canela. El enorme vestíbulo decorado con pinturas procaces de vivísimos tonos y
escenas sorprendentes de héroes y doncellas, donde la desnudez y el juego del
amor eran mostrados con belleza infinita, abrió mis ojos como si deseara
aprendérmelo todo y no olvidarlo nunca. Aún puedo describir cada ideal rincón
de aquellos frescos, cada paisaje boscoso allí plasmado, cada figura insinuante
o el tono de cada impudor o cada velo que fingía cubrirlo y hasta los ornatos hermosos
de telas y de cintas de aquellos escenarios. El delicado olor de los
estefanotis, traídos del Oriente, que se asían a las columnas del vestibulum, era ya una premonición que
se esparcía por doquier, llegando hasta la calle y perfumándola. La amplia
escalera adornada con cenefas frutales y estatuas de ninfas y de faunos, con
guirnaldas de flores y pequeños hachones encendidos, con jofainas de aguas
rebosantes de pétalos, me produjo un respeto que casi impidió a mis pies
acometer su tránsito cuando me fue ordenado.
La habitación de Ancia era tan
suntuosa, que únicamente me atreví a quedarme encogida en su entrada, como hace
un ser indigno hallado en negligencia, cuando mi nuevo dueño me presentó a
quien iba a ser mi primera señora. Aquella estancia exhalaba un encanto que,
sin embargo, nada tenía que ver con las inmensas riquezas y excelencias que
allí se concitaban. Un punto armónico y sutil concertaba aquel cuarto; algo tan
singular que hasta para mí, inculta y aterrada, resultaba evidente y objeto de
sorpresa. Desde el primer instante, deseé no abandonarlo nunca.
Ancia era la prostituta más bella de
todo aquel emporio; la mujer más hermosa que nunca haya existido. Procedía de
la ciudad de Taima; un enclave en las tierras de Arabia situado en medio de un
oasis, entre el Aegyptus y la Mesopotamia. Un lugar al que dicen que arriban
todas las caravanas procedentes de Alepo o de Palmira, de Damasco o de Petra,
para, desde allí, dirigirse a la Nubia, cruzando el salado mar Rojo. Aquella
mujer era de una belleza extraña. Era de piel bruñida de brillo oliváceo, y sus
serenos ojos tenían ese mirar infinito y lejano que esconde en sí el misterio inmarcesible
del desierto; esa vitriedad turbia y a la vez transparente que se guarece en la
entraña de las piedras preciosas que llaman esmeraldas y que siempre es un
enigma para quien las contempla.
Ancia era alta y delgada, de cabellos
brillantes, rizados e intensamente negros, como un sinfín de finísimos collares
hechos de azabache engarzado. Pero su mayor atractivo residía en su forma
elegante e insustancial de saber desplazarse y en la placidez armónica que
vibraba en su voz cada vez que la usaba. Debo reconocer que, cuando la escuché
por vez primera, encontré justificado mi tozudo silencio y entendí por qué yo
había sido adquirida para ser su sirvienta. Nadie a su lado debería atreverse a
pronunciar una sola palabra, pues que cualquier sonido de animal o de humano
injuriaba los suyos. Sólo los pájaros podían atreverse a hacer eco a su egregia
voz. Así consideré que mi mutismo podía ser, desde aquel momento en adelante,
un acto de profunda admiración y de respeto eterno hacia la persona que mejor
sabía utilizar su voz para la fruición de quienes teníamos la dicha infinita de
poder escucharla.
Torquio la amaba sobre todas las
cosas, pero ella sólo lo respetaba como señor y amigo. Él hacía mucho tiempo
que había renunciado a yacer a su lado y sólo la admiraba como a un objeto
único de valor infinito que debe preservarse, aun con la propia renuncia y a
riesgo de la vida. Tal vez otra de las razones del inabarcable atractivo de mi
nueva señora era, a pesar de su oficio, su total insumisión ante todos los
hombres. Pero era una rebeldía docta y soterrada. Sabía ejecutar con maestría
sus destrezas de amante con entrega infinita, pero jamás la noté suspirar por
ninguno de los innumerables que a diario moraban junto a su bello cuerpo o
compraban sus caricias, sus artes o sus besos. Su entrega era total, eso sí, pero
su corazón reposaba en otras latitudes de inmensa lejanía. Durante toda mi vida
he honrado y respetado su hermético secreto. Sé que en ello se encierra la
clave de su vida. Por eso me hubiera gustado conocerlo para haberla amado,
sentido y respetado, aún más, a través de aquello que ha causado su pena. Sin
embargo, quizás, esos parajes de su alma enigmática no los conozca nunca. Amar
a alguien es, sobre todo, respetar sus reservas.
Ancia me acogió con enorme cariño. Me
recibió de las manos de Torquio como si yo fuera un pobre pajarillo que él la
regalara junto a aquella joya que comprara en el puerto. Un pájaro cautivo y
sin ningún encanto; ni el de piar siquiera. Recuerdo con íntima ternura que,
tan pronto como él se hubo marchado y después de mostrarle su gratitud por el
obsequio, dejó la alhaja cual si no le importara y se vino hacia mí para
abrazarme sin tan siquiera reparar en mi aspecto y mi mugre. Luego me preguntó
mi nombre y, al no poder decírselo, me llamó por vez primera “Laraine”; que
significa “pájaro venido desde el mar más lejano”. Aquella sonoridad jugando
entre sus labios era el sonido más dulce que yo escuchaba desde hacía infinidad
de tiempo. Por eso adopté agradecida aquel apelativo y he esperado inútilmente,
durante toda mi dilatada vida, que alguien lo dijera como lo dijo ella. Pero no;
jamás nadie ha podido nombrarme de aquel modo entrañable, como lo hizo Ancia en
aquella jornada de mi designación, fecha dedicada a la divina Juno. Pues diré
que mi llegada a su lado tuvo lugar el día en el que celebramos las Nonas
Caprotinas. Esa fiesta que conmemora el antiguo hecho en el que las sirvientas,
vestidas con ropas de sus señoras, sedujeron y emborracharon a los fidenates y permitieron que los romanos vencieran
en la pugna que los tenía enfrentados durante cuatro siglos.
Aquel día, primero me lavó y me cortó
el enredado pelo, me aplicó con hartura vinagre y me curó las heridas de
hierros y de sarnas con emplastos de hierbas y vinagre; me mercó ropas limpias,
me enseñó a pulirme las uñas y me indicó cómo debía arreglar el jergón que
habría de servirme para reposadero en un rincón, discreto, en su misma estancia.
Yo la miraba como se mira a algo que no puede creerse. Sólo la miraba y lloraba
y una flojedad inmensa me ocupaba el cuerpo sin consuelo posible. Recuerdo que
me abrazó y sentí su calor y sus lágrimas. Luego me hizo beber un oscuro
brebaje que me acarreó un plácido desvanecimiento por el que estuve dormida
durante varios días. Aquella era una poción traída de sus arcanas tierras que
sólo ella conoce pero que obra el milagro de enjuagar el alma.
Cuando me desperté supe que nuevamente
retornaba a la vida. Mi existencia mudó como mudan los reptiles la piel que se
les ha quedado escasa e inservible. Jamás he podido olvidar a mi tierra y los
míos, pero entonces comprendí que todo había cambiado y yo tenía que seguir
adelante, tal vez, tan sólo para seguir amándoles en el venerable altar de los
recuerdos. La pervivencia de los seres ya idos sólo es posible mientras alguien
que alienta les tiene en su memoria. Restañé como pude los rotos de mi alma, y,
sin saber por qué, comencé a creer en la vida futura.
El tiempo que pasé al amparo de Ancia
fue el más feliz y repleto de afectos y cuidados. Tanto ella como yo éramos
seres desamparados, traídos a otro mundo y obligados a vivir una vida que nunca
elegimos. Quizás por eso, ella, desde su pedestal de mujer deseada, y, yo,
desde mi cubil de muchacha sin habla de ínfimo valor en el mercado, supimos
trasmitirnos afecto sin mesura y tender todos esos sustentos intangibles que
aportan dignidad y valor a los seres humanos. Siempre ha sido así entre
nosotras.
Los tres años que viví en el lupanar
de Ostia fueron el período más amable de toda mi existencia, ya lo he dicho. En
un principio, la naturaleza de los servicios que se atendían en la casa de
amores, podían haber resultado poco adecuados para una muchacha de corta edad,
como lo era yo. Pero lo cierto fue que comencé a ver con absoluta naturalidad aquel
trasiego de gentes que allí se producía y a estimar que el oficio del sexo y
todo cuanto se relaciona con él está más cerca de la normalidad humana que del
escándalo, la abominación o del vicio y la culpa.
Cierto es que a mí se me había
comprado por mi incapacidad para articular vocablos, pues que, supuestamente, eso
garantizaba, sobre todo ante la justicia o la curia, la invalidez de cuanto yo
pudiera delatar a instancia de un hipotético o infame denunciante, pues que
nula es la opinión de un mudo.
En Roma, a un mudo siempre se le ha
considerado lo mismo que a un tonto, y, si se es mujer, con mucho más motivo. Un
mudo es un inútil a ojos de la ley; no sirve de testigo y a sus gruñidos,
aspavientos o gestos no se les hace caso. Aunque para su amo resulte aceptable,
pues que su deficiencia no le hace pifiar en sus actos o en su modo de ejercer servidumbre.
No en vano había que tener muy presente que mi señora recibía, siempre en la
reserva de la más absoluta intimidad, a los personajes más relevantes de la
política y de la vida oficial de la Magna República, quienes solían desplazarse
hasta Ostia para así guardar su anonimato y preservar su aureola. Aquí la
calumnia y la falsa denuncia siempre han sido monedas de trasiego legal.
Pero también acostumbraban a demandar
los servicios de Ancia mujeres preeminentes. En esta cínica ciudad, la
prostitución, siempre que sea cautelosa y selecta, ha sido considerada como una
eficaz garantía de la estabilidad familiar y del falaz decoro. A través de ella
se da curso y canal a esas necesidades que, de otro modo, suplirían su demanda
en ambientes más sórdidos o con actores impropios o poco honorables. Citas y
ayuntamientos que, sin duda, provocarían problemas más incómodos, acarreando
agravios, deshaciendo familias o, lo que es más terrible, esquilmando fortunas.
Así pues, yo era la única presente en
los encuentros amorosos de Ancia con sus huéspedes. Acurrucada en un rincón,
casi oculta entre las cortinas y muebles, mi misión consistía en atender, sin
ser tenida en cuenta, cuantos deseos y necesidades pudieran suscitarse en el
trance amatorio. Proveía, pues, de paños y agua limpia, de esencias y de
aromas, de escudillas y afeites, de pomadas y bálsamos. Retiraba colchas y
jergones manchados, almohadones rugosos, candiles o lucernas que estaban parpadeantes, incensarios extintos, orinales
repletos o bateas vacías de dulces o viandas. Arrimaba asientos o servía infusiones,
acomodaba togas o calzaba caligaes, ajustaba
los cíngulos y cerraba las fíbulas. A
veces ayudaba también a colocar loricas,
pues que nos visitaban hombres de condición diversa que gustaban no dejar sus
arreos en estancias contiguas.
Escanciaba bebidas o surtía, desde el
nutrido expositor de juguetes carnales, aquello que mi ama me demandaba con un
escueto gesto de su mano o su rostro, según fueran los gustos de aquel a quien
trataba y estaba agasajando. Asistía siempre en los lavatorios, proporcionando
el aceite de oliva y la arena molida a los clientes. Y, no pocas veces, yo
misma les pasaba el estrigilo por sus espaldas, sus muslos o sus partes
más íntimas, por lo que, desde muy pronto, el cuerpo de hombres y mujeres dejó
de guardar secreto alguno para mí, ni causarme sonrojo, temblores o recato,
pues que los contemplé en todas sus facetas de paroxismo o en sus momentos de
alivio o de blandura.
Y todo debía yo hacerlo sin que se me
notara que iba o que venía, sin romper el encanto del acto o la vehemencia del
trajín amatorio; y, por supuesto, sin dar ninguna muestra de extrañeza,
nerviosismo o reparo ante cuantas acrobacias allí podían sustanciarse en los
múltiples trances. Tampoco podía yo mirar a los clientes directamente al rostro,
ofrecer sensación de que me estaba aprendiendo sus formas o sus voces, pues que
ya he reiterado que allí la discreción era máxima regla y su infracción un
peligro inminente.
De ningún modo debía confundir
quejidos y lamentos, suspiros, demandas de lúdicos furores, súplicas o gemidos
con actos o sucesos acerbos, contrarios o agresivos. Pero tampoco debía
equivocar o hacer acto de asistenta lerda ante los casos de violencia que pudieran
causarse, pues no había que olvidar que no pocos clientes eran toscos soldados
proclives al trato rudo e imperativo, abrupto y miliciano, a lo que reforzaba la
ingestión de bebidas.
En tales circunstancias, y fuera quien
fuera el personaje que ocupara a mi dueña, las órdenes de Torquio eran claras,
netas y contundentes. Yo debía dar la alarma inmediata tirando con discreción
de un cordón que accionaba una pequeña esquila instalada en su cuarto. Y es
que, además del amor que sentía por ella, tenía muy presente que su pupila era
una mercancía de clase excepcional; una perla infrecuente. Pero además, Ancia
era para su amo una herramienta de producir monedas, prestigio y atracción
hacia su mancebía, por lo que él no estaba dispuesto a permitir que alguien la
dañase; ni tan siquiera él mismo. Tal vez por eso, consciente de su magna valía
y responsable de la prioridad incuestionable de su propio negocio, jamás la
obligó a amarle, ni la retiró del disfrute de otros. Y un día escuché lo que él
le decía a un muchacho ilustrado que ya apuntaba como hombre importante y poeta
eminente, lo que el tiempo ha probado con notoria amplitud. Un muchacho
entonces, ante quien luego la vida me puso, humildemente, en su camino, y a
quien yo debo dedicar exvotos infinitos por su apoyo y su ayuda.
Y es que él, fogoso y primerizo joven,
se había hechizado venéreamente de la brillante estrella. Así, Torquio, le dijo:
“Mi buen amigo Quinto Horacio Flaco: la belleza y la perfección suprema
solamente son posesiones del viento, de la luz y los dioses impalpables y eternos.
Y los humanos, que hemos tenido la dicha de contemplarla y respirar su aroma,
únicamente podemos gozar de su visión y preservar su hallazgo mientras que tal
fortuna nos sea permitida”.
Entonces, aun a mi corta edad y a mi simple
manera, entendí que, con aquella reflexión, mi amo sentía, junto al joven
poeta, un desdén compartido que él había sublimado por encima de todo. Una
actitud que tal vez fue el preludio y el germen de ese caudal de talento que el
tiempo ha confirmado, fraguando en la extraordinaria honorabilidad con la que
Torquio ha envejecido.
Tras los encuentros yo debía arreglar
con diligencia la estancia, devolviendo cada cosa a su sitio, al tiempo que mi
dueña se entregaba a su baño y a su acicalamiento en lo que yo cooperaba como
se me demandase. Vuelvo a decir que aquellos tres años fueron un tiempo muy
dichoso. Ancia me requería con cuidados afectos y yo me sentía útil y
responsable, valiosa y amada con verdad y ternura. En sus ratos de pena, pues
su carácter era mesurado y profundo sin grandes algaradas ni estallidos
volubles, ella se refugiaba en mí cual si fuera su hija o su hermana pequeña, y
yo sentía su ansia contenida y perenne como la mía propia. En otras ocasiones
nos dedicábamos a cultivar sus plantas o a realizar ensayos con peinados o
pruebas con cosméticos nuevos. Ella cortó mi pelo y lo tintó de un color con
apariencia cárdena, para lo que empleó zumo de remolacha, lo que a su parecer
me aportaba un aspecto de sirvienta elegante que me diferenciaba de las naniae,
que eran niñas o enanas que en otros lupanares se ofrecían al
servicio del público mintiendo en sus edades.
Aquellas pericias cromáticas las
recibía ella de un asiduo ferviente que regentaba una tintorería y que la
instruía en mezclas y anilinas para ganar su aprecio. Y él era quien nos
facilitaba frambuesas especiales para hacer los rosáceos, cáscara de cebolla
para los amarillos, azafrán para los encendidos. Los azules los lográbamos
utilizando arándanos, las raíces de enebro para obtener el púrpura, la artemisa
para el verde oliváceo y con las cochinillas los rojos más sangrantes, que eran
los que más nos gustaban. También nos suministraba una ceniza que nadie, salvo
él, conocía como era obtenida, con la que mi señora enjuagaba su ropa,
obteniendo un blancor níveo e impoluto que todos le envidiaban.
Además de sus otras virtudes, mi
señora cuidaba sus vestidos con exquisito gusto. Usaba la toga o la túnica
corta, según fuera el momento, pero también se vestía llevando la dalmática,
que era una moda babilónica muy estimada entonces. Las gasas y las sedas solían
ser las telas con las que se cubría para ejercer su oficio, pues que así
realzaba el ardor de cualquier postulante con una semidesnudez provocadora de
contención difícil. Ella no reparaba en la prohibición dictada por el poder
político que obligaba entonces a las de su quehacer a no usar algunos tejidos
suntuosos, a no utilizar jamás los colores dorados o purpúreos, así como a ir
siempre a pie en sus desplazamientos. Tal vez por eso sus salidas de casa eran
siempre escasas o sumamente sucintas, pero siempre las realizaba en litera y
vestida como una princesa relegando tabúes. Lo que demostraba a las claras el decidido
amparo que Ancia tenía de eximios hombres. Aquella indisciplina también potenciaba
el misterio y le daba un cierto grado de inaccesibilidad que ella luego
compensaba con entrega y oficio, lo que hacía crecer la murmuración y la perplejidad de todos sus devotos.
En su compañía permanecí hasta que el
destino quiso que mi suerte virara de forma repentina. Fue cuando uno de sus
clientes reparó en mí y quiso que yo también me tendiera en su cama para
atender sus lascivos deseos de cruel pederasta. Yo apenas percibí las acérrimas
protestas del hombre caprichoso, pues que ella se encargó de mitigar sus ansias,
mientras le prometía que, en la próxima vez que él nos visitara, yo estaría
dispuesta, adiestrada y bien acicalada para saciar sus malévolos gustos. Y es
que, cuando surgió la bastarda demanda, Ancia, de inmediato, fingiéndome rencor
y desdén envidioso, me ordenó que me fuera y les dejara solos. Yo no entendí en
principio un gesto tan airado, pero obedecí como lo hacía siempre.
Muy pronto me enteré de que mis días a
su lado habían terminado. Pues, de acuerdo con nuestro común amo, antes de la
puesta del sol del día siguiente, yo había sido nuevamente vendida sin que de
mí quedara rastro alguno en la casa de Torquio, ni nadie del servicio supiera a
ciencia cierta mi próximo destino.
Jamás he podido agradecerle
suficientemente lo que en aquel día Ancia hizo por mí, evitándome un trance que
puedo imaginarme brutal y aberrante. Con el pasar del tiempo conocí los
detalles de aquello que en principio pené como una nueva culpa que yo no
comprendía. Luego supe quién había sido mi feroz pretendiente y cómo ella tuvo
que soportar el peso de su odio por no cumplir lo que, sobre mí, le había
prometido para poder zafarme.
Supe también cómo se gestionó mi
traslado con la mayor premura, renunciando a mi afecto y adquiriendo, tal vez, dos
nuevos compromisos; uno con el que había dejado ya de ser mi señor y otro con
quien lo era ahora. De nuevo, tanto ella como yo, nos quedábamos varadas en
medio de la grandiosa lonja del temor y las lágrimas. Solas y a la intemperie;
con esa soledad profunda e intangible; con esa soledad inmensa y oceánica que
únicamente conoce quien la ha traído pegada a sus costuras desde que se conoce.
Ahora que el tiempo ha comenzado
a detenerse para mí, miro hacia atrás con una inmensa calma. Ha muerto mi
señor, y sé que esta familia va a desmoronarse. Livia, la sabia y fuerte Livia,
tiene sus días ya contados, aunque aún no lo sepa o no quiera saberlo. Tiberio
es una víbora que ella ha alimentado con la leche del odio gestado en la
codicia. Porque hay veces que el fuerte no sabe que su fortaleza no se sustenta
en él sino en quienes le rodean y liban de su esencia. Contemplo, pues, mi vida
como si ya no fuera mía; como si yo fuera una simple caminante cansada que se
sienta al borde de un camino y observa a quienes pasan. Recuerdo aquellos días
y a veces creo que no me pertenecen. Sin embargo son míos, míos como este sol
que hoy se pone más lentamente que nunca en el medio de un cielo de nubes
encendidas, testimonio de un día caluroso que se extingue y preludio de otro
agobiador que ha de sucederle. El tiempo no se para; nunca se para el tiempo.
Sólo hace un mes que fue traído a Roma el cadáver de mi dómine Augusto y aún el dolor me ahoga como un humo invisible. Su
muerte asfixiará a todos. Roma ya no será la misma.
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