XVIII. MARCO CLAUDIO MARCELO
Aunque desde el primer día de mi aceptación las
demandas
de Livia requirieron de mí transigir con sus deseos más extravagantes, fue,
cuando se celebraron los esponsales de Marco Claudio Marcelo y de Julia Maior,
cuando realmente me di cuenta de lo que mi fidelidad a ella iba a suponerme.
Una esclava se debe a su señora, y su vida no vale nada si está en peligro la
de ella o su simple capricho la desdeña o condena. Eso se aprende en Roma y es
un sagrado principio que se te agarra al alma y del que no puedes exonerarte sin
sentirte indigna y fementida. Por otra parte, nunca podré decir que yo no
conociera ya suficientemente a esta mujer cuyo corazón se había ido
endureciendo al mismo tiempo que su poder se había ido consolidando y su
prestigio y eficacia, públicas y privadas, habían quedado de manifiesto de una
forma tan clara. Lo que sí diré es que, a pesar de todo, era un misterio para
mí la razón que la impulsaba a aquella gélida actitud que parecía no conocer ni
principios morales ni normas de pudor ni contención alguna. Algo negro inundaba
su mente; una sustancia pútrida de la que su alma libaba como de un licor
aciago que necesitara de manera imperiosa para su subsistencia.
Nunca diré, pues, que no la conocía.
Pero quizás suceda que hay cosas que, aunque una las sabe con total
certidumbre, se quieren no tener en cuenta. Quizá lo hagamos con la ingenua
pretensión de que así tales cosas nunca existirán o jamás van a suscitarse si
no se piensa en ellas. Hasta ese punto el ser humano es crédulo o cínico
consigo. Pero la realidad siempre se impone y, tarde o temprano, lo que es y
existe aparece y nos exige su precio y su tributo sin reparo o clemencia.
Marcelo era el muchacho más entrañable
que pueda imaginarse. Guapo como Febo y alegre como las Gracias, impetuoso y
reflexivo, sensible y amoroso con los suyos, e incluso con el pueblo más llano
e indigente. Octavia tenía hacia Marcelo una predisposición y un afecto que lo
habían convertido en su hijo más caro. Pero es que el joven se hacía querer por
todo el mundo desde el primer momento en que se le trataba; tal era el
atractivo que el muchacho irradiaba de una manera innata. Era brillante como el
sol.
Fuerte, sano, con un don intangible
que hacía presagiar que el mundo entero le pertenecería, y que todo era más
hermoso y más justo si él lo lideraba.
Siempre diré que era un ser que, cual
un dios entrañable, sabía despertar devociones y entregas. Yo lo había tratado
casi desde su nacimiento y él me consideraba casi como a una madre, sin
distinguir en ningún momento que yo sólo era la primera cautiva de la casa de
sus egregios tíos. Siempre estaba dispuesto a prodigarme una broma, tirarme del
mandil inadvertidamente o lanzarse hacia mí y abrazarme fingiendo que yo era la
mujer con quien soñaba casarse en el futuro, o hacerme cosquillas y sobetearme
para que yo me retorciera y perdiera mis fuerzas envuelta en risas y chillidos
y, así, dejarme indefensa ante todas sus chanzas de muchacho dinámico.
Aquello, en verdad, era tan sólo un
juego. Pero en aquel despropósito había un punto de verdad. Él deseaba
encontrar a una joven mujer que supiera mirarle de frente como lo hacía yo:
amorosa y templada, firme y veraz; con un aprecio entregado y sincero. Un día
me lo dijo mirándome muy fijo, envuelto en un punto de solemnidad veraz y
transcendente. Y yo supe que aquel muchacho hablaba con el alma y que Roma
merecía un hombre de su talla.
Únicamente Marcelo tenía conmigo esa
gran cercanía. Pues que los otros niños, aunque sé que me apreciaban, siempre
me mostraban un respeto incluso mayor que a sus progenitores. Todos me han
llamado “la cuestora silente”. Era un gracioso apodo que unos a otros se
pasaban, con el que querían dejar patente mi cargo como rígida intendente
general, en asuntos domésticos, de toda la familia.
Pero además, creo que puedo asegurar
que Marcelo era el único capaz de conseguir que Livia esbozara un atisbo de
cómplice sonrisa cuando él, sin doblez ni recato, se atrevía a hacer alguna
conjetura audaz y temeraria o algún acto de perspicacia caústica. Livia
entonces lo admiraba, aunque jamás pudiera admitirlo. Y es que el muchacho dominaba
también de una forma perfecta, intuición e ironía. Sabía usar la combinación de
ambas cualidades de un modo sorprendente, para poner en sarcasmo virtud, historia
y religión. Asuntos, todos ellos, que él consideraba que a menudo, nos eran
presentados, en su uso y su administración, con falacia ofensiva y absurda
incongruencia.
Sé que Livia admiraba a Marcelo y
hubiera deseado que Tiberio se pareciera a él. Yo sí podía leer sus
pensamientos cuando la observaba mirar ensimismada y furtiva a aquel bello muchacho.
Y, todo eso, a pesar de la clara aversión que mi señora mostraba siempre hacia
su madre. Tensión que sólo se aflojaba y hasta se diluía en aquellos momentos
puntuales que mi dómina necesitaba
que fuera así para servir mejor a sus estratagemas.
Por eso, el anuncio inesperado hecho
un día en el triclinium por Augusto,
de que había decidido casar a su pequeña Julia, que tan sólo contaba con
catorce años, con su primo Marcelo, resultó como si una nube plúmbea
ennegreciera el cielo de repente, cegando lumbreras y destellos de cualquier
otro astro.
Livia palideció cual enferma de bilis.
Detuvo su brazo que iba a proveer a su boca de un pedazo de higo en melaza y
almíbar, y tomó aquella postura que yo le conocía y que era el presagio de su
inminente ataque. Augusto siguió comiendo sin percibir la atmósfera o fingiendo
que no la percibía. En aquella casa se había establecido ya un clima de
ingenuidad fingida que nos aliviaba a todos de muchas divergencias. Siendo
precisa, diré que la domus magnífica de
Augusto era una jaula en la que cada fiera toleraba y respetaba a la otra en
estricta función de esencial convivencia. A mi dómine, su disposición hacia la glotonería lo había llevado en los
últimos tiempos a prolongar sus comidas interminablemente. Recuerdo que mi
señor Augusto aún estaba saboreando un plato abundante de ave con nueces y
ciruelas que yo había ordenado elaborar tan sólo para él.
Durante un rato el silencio fue
máximo, únicamente ocupado por el chupar de dedos que mi amo solía realizar sonoramente
sin observar recato. Livia, de forma repentina, abandonó la mesa y sin decir
palabra se ausentó del triclinium
dejando tras de sí aquel vacío rotundo que siempre suponían sus violentos desaires.
“Laraine ve con tu dómina y dale una
tisana. Tu señora precisa apaciguar su ira”, me ordenó mi señor sin alterar ni
lo más mínimo el ritmo a su pitanza y sin siquiera elevar su mirada del círculo
áureo y pringoso de su plato de oro, donde sus dedos seguían, trabajosos,
pellizcando la carne.
Desde aquel momento supe que el
muchacho no llegaría a viejo.
Se celebraron de inmediato los regios esponsales;
la pequeña Julia lució junto a su cónyuge el encanto y candor de sus catorce
años, amparados por la esbeltez y la vivacidad de los diecisiete que el esposo
tenía muy bien consolidados. La madre del muchacho no disfrutó la fiesta. La
desigual Octavia, en los últimos tiempos, había ido perdiendo su brillo y su
alegría. Era otra persona desleída y sin gracia.
Desde la muerte de Marco Antonio, de
la que ella, en parte, se sentía culpable por haber denunciado su abandono al
Senado y, así, haber propiciado la persecución que acabó con su muerte, su
cambio era notable. La culpa la pesaba como una roca enorme echada a sus
espaldas.
Había reducido su vida al amparo de
toda su progenie y la de sus maridos. Tal vez lo hacía consciente de que la
adversidad que Livia le mostraba, sutil o abiertamente, en ella se plasmaba en punzante
desprecio, pero para su indefensa camada podía traducirse en un grave peligro.
Nada podía ella demandar a su hermano;
Livia ocupaba la voluntad de Octavio. Por todo ello, la mujer había dejado casi
totalmente de asistir a fiestas y actos públicos y se había amparado en una
amistad casi espiritual con Virgilio, el insigne poeta, quien la confortaba a
través de sus versos. Aquello provocaba de un modo especial a mi señora Livia,
que estaba muy fascinada por cuanto era culto, y ella le impedía de una manera
tácita acercarse al rapsoda. Únicamente la sólida personalidad del eximio
escritor era capaz de conciliar, a veces, su amistad con Octavio y su hermana y,
a la vez, con la estricta y vehemente esposa del primer mandatario.
Pero el enfado de Livia llegó a su
máximo punto cuando se enteró abiertamente de que Augusto había confirmado a su
sobrino Marcelo como hijo adoptivo y designado como su sucesor. El muchacho
había sido nombrado edil curul, lo
que le fortalecía abiertamente con una popularidad inmensa y evidente. Y es que
sus nuevos cometidos en cuestiones tales como la vigilancia policial, los
aspectos sanitarios, morales, de precios, portazgos y aranceles, mercados y
abastecimientos siempre eran atendidos y resueltos por él con enorme eficacia,
lo que para el común ciudadano no cursaba de modo inadvertido. Pero si todo
ello no fuera suficiente, aquel atrevido neófito acordó encargar y financiar la
celebración de unos grandiosos juegos que, ya desde su sonora proclama, dejaron
sorprendidos y entusiasmados a todos los romanos, quienes después los
recordaron durante mucho tiempo.
El desfile al que llamamos “pompa” fue
espectacular. Abría el cortejo como era de rigor el propio magistrado Marco
Claudio Marcelo, que era quien sufragaba de su propio peculio aquella diversión
y aquellos magnos fastos. Y su recorrido desde el Capitolio hasta el Circo
Máximo, bordeando el cerro Palatino, fue un paseo triunfal entre aplausos y
vítores, semejante al que el pueblo romano dedica a sus héroes cuando a éstos
se les ha concedido celebrar, tras alguna señalada victoria, una de esas marchas
denominadas “Triunfo”.
Todas las calles por las que discurría
la egregia parada habían sido engalanadas con cordadas de ramajes y estolas de
hiedras engastadas y de flores silvestres. Los racimos de uvas, granadas y naranjas
colgaban de las inertes manos y sienes de las estatuas y en los grifos de
bronce y cornucopias de mármol de las grandiosas fuentes. Los edificios
públicos y las portadas y escalinatas de todos los templos mostraban sus
mejores riquezas, sus fastos exclusivos y sus engalanaduras. En algunos se
habían sacado sus tesoros para público examen. El foro era como un inmenso
teatro dispuesto a un estreno. Y hasta en las tiendas, tabernas y casas de
comidas los ornatos se habían prodigado de manera espontánea.
También se habían esparcido por el
suelo una gran cantidad de plantas aromáticas traídas en carros las noches
anteriores. A la vez que unas muchachas, provistas de canastos y situadas en
los puntos estratégicos de la ruta, ofrecían a todo viandante hojas de acanto,
de laurel y de menta como símbolo propicio y de hospitalidad.
De esa forma, cuando el tumulto comenzó
a pisotear aquel follaje, una ola de aroma inundó la soleada atmósfera de la mefítica
Roma. Eran ese tipo de ocurrencias las que hacían distinguida y única a una
efeméride, y única y elegante a una ciudad dispuesta a sorprender al orbe.
Un grupo nutrido de pregoneros había
concitado con sus voces, y en las distintas lenguas que eran conocidas, a las
gentes, mucho antes de la hora de arranque del solemne cortejo. Y aunque
cualquier otro idioma era considerado cual bárbara y vulgar, de ese modo se
daba al acto entidad de hospitalario y rango y empaque de universal.
Así, en las puertas de Roma, en las
plazas más amplias y a lo largo de las primeras calles se habían dispersado
actores, musicantes y gimnastas para animar al público y exaltar su entusiasmo,
dando a aquella jornada una apariencia de festejo total y desfile asombroso.
Las vías adyacentes eran como riadas de delirio y algara. Ya dentro del recinto
del espacioso Circo, el griterío era ensordecedor. Hasta los vomitorios estaban
atestados y se mostraban incapaces de cumplir sus funciones de fluir con
holgura. Se creía que ciento cincuenta millares de personas habían logrado
conseguir sus asientos. Pero podía decirse que casi otro número similar se
agolpaba en las cuestas y taludes que configuran ese valle entre el cerro
Aventino y el monte Palatino. Todo era deleite y bullicio en aquella mañana a
primeros del mes de september en que
iba a tener curso aquella efeméride de alcance inusitado.
Por la vía Appia, que cimentara Appio
Claudio Caecus, concurría una gran multitud que se dirigía a la puerta Capena.
Y por la vía Ostiensis, la que viene del mar y llegaba a las puertas Raudusculana
y a la puerta Trigémina, afluía semejante gentío que hasta había requerido
poner, en esas dos entradas, guardias y parapetos para organizar el flujo antes
de que llegara éste a las proximidades de los dos extremos del la enorme elipse.
Allí, de forma gratuita, aguadores con asnos provistos de enormes ánforas de
Pola daban alivio a la sed de los caminantes que, polvorientos, rojos y
sudorosos, terminaban sus rutas, resecos y agotados, pero henchidos y felices.
Así, el acontecimiento se presentía
espléndido. Y cuando Augusto y Marcelo aparecieron por la boca de la portada
regia que daba al pulvinar, hasta donde que se accedía directamente
desde la nueva domus del regidor de
Roma, el bramido del pueblo fue tal, que pudiera parecer que el cielo mismo
estaba derrumbándose. Al mismo tiempo, una enorme avalancha cegó los túneles de
ingreso, muy forzados ya por la entrada de todos aquellos rezagados que urgían
su acomodo. Entonces ya no contaban escrúpulos; todos querían situarse aunque
fuera en el maenianum summum, el lugar destinado a los pertenecientes a
las clases más pobres.
Durante un buen rato Octavio sujetó en
alto la mano de Marcelo, mientras el pueblo enloquecido gritaba en febril
entusiasmo el nombre del muchacho ahogando sus gargantas.
Las nobles Livia y Octavia les
acompañaron en sedes laterales colocadas en un plano un poco retrasado. Eran
también, los suyos, asientos tallados con primor en mármol travertino, lo que
dejaba constancia clara de que ellas dos eran las damas más relevantes de Roma.
Yo estaba sentada en un escaño muy
bajo, en un rincón posterior de aquel cubículo, al lado mismo de mi dueña para
atender cuanto ésta y la otra señora precisaran durante la larga y calurosa
tarde. Siempre he detestado ese horrendo espectáculo, pero el deber así me lo
imponía.
Todo en aquella tarde era grandioso,
cuidado y excelente. El pueblo no cesaba de vitorear al tronco Julio-Claudia con
cuantas fuerzas el cielo le otorgaba. Era un grito al unísono que tenía
apabullados a aquellos senadores que eran disidentes.
Nunca una gens había sido de ese modo aclamada. Pero, pese a todo, nunca he
visto a dos mujeres más contrariadas por tener que asistir a un gozoso
espectáculo. Octavia porque, desde su culpable abandono de Marco Antonio y su
viudez de él, aborrecía cualquier aparición en público o celebración sonora, entendiendo
que todo regocijo que se diera a su lado era presagio de un mal insoslayable;
castigo de los dioses. Livia, porque sabía que aquella devoción desbordante del
pueblo hacia Marcelo obraba en su contra y minaba sus secretos proyectos de radical
reforma.
Y fue aquella tarde cuando Augusto,
queriendo dejar un testimonio pétreo de aquel estridente clamor del pueblo que,
rugiendo a lo alto, ratificaba con gran satisfacción a su caro elegido, decidió
que habría de traerse, para ser instalado en la spina del circo, un
enorme obelisco de las tierras de Aegyptum. Una de esas piedras alargadas, talladas
y colosales. Pues que dijo que sólo una pieza así podía testimoniar ante los
siglos el magno entusiasmo que el pueblo de Roma había expresado en aquel día
ante su decisión. Años después traería el monumento prometido arrancándolo
sacrílegamente del templo del dios Ra, de tierras de Heliópolis. Aunque cuando
lo hicieron ya no se consignara tan nítidamente el respaldo elocuente de la
gran convulsión sentida aquella tarde. Así es de voluble el entusiasmo plebeyo.
El festejo fue máximo. Primero, los
luchadores patricios emergieron desde el foso tras hacer sus ofrendas y
encomendarse en el templo de Mitra, el divino, el dios degollador del toro al
que tanto veneraban gladiadores, militares y huestes. Aquellos ludos
troianos que abrían las contiendas fueron muy concurridos. Marcelo tenía
numerosos amigos entre los aristócratas y muchos fueron los hijos de la nobleza
que participaron en la simulación de los enfrentamientos que hacían de primicia
y otorgaban lucimiento, a través de sus vástagos, a las altas familias.
Después, la exhibición ecuestre
resultó muy vistosa. Se habían traído caballos de Numidia, de las tierras de
Mauritania próximas al río Malva, y el pueblo aclamó a los desultores
con enorme entusiasmo. Sus destrezas fueron irrepetibles; erguidos y saltando
sobre tres y cuatro caballos, y cambiando de montura en plena galopada hasta
cinco jinetes de forma simultánea. El polvo y el calor invadían la atmósfera.
Las carreras pedestres también fueron
largas y concurridas y los trofeos alcanzaron sumas hasta entonces nunca jamás legadas.
Y cuando llegó el momento en que las cuadrigas se alinearon en las carceres,
las apuestas se dispararon de tal modo que los expertos aseguraron, después,
que nunca en Roma tantos sestercios habían pasado de unas manos a otras,
arruinando a muchos y enriqueciendo a otros, con semejante rapidez y trance
tan voluble.
Las contiendas se hicieron a siete
recorridos. Los carros exhibieron a sus cuatro corceles de perfecto emparejo,
uno por cada una de las cuatro estaciones que conforman el año. Cada galera
podía afirmarse que era más galana que aquella que estaba a su costado. Y tanto
las monturas, igual que sus aurigas, iban pertrechadas haciendo ostentación de
hallazgos novedosos en aquellos arreos o armas que estaban permitidas. Muchos
de los caballos eran muy conocidos, pues que de su alineación dependían
aciertos, reputaciones y, no pocas veces, infortunio o fortuna. Hasta doce
fueron las cuadrigas puestas en diagonal para así compensar el arco de las
vueltas. Las muchachas estaban joviales y exultantes entre los graderíos y sus
voces agudas sobresalían entre las de los hombres, al animar a aquellos que
habían escogido como sus contendientes.
No faltó el colorido que emula a los
cuatro elementos. Todos sabemos que el pueblo se identifica siempre con los
tintes del verde, mientras que las clases más altas eligen el azul como su
preferente. Mientras, el blanco y el purpúreo fluctúan en cuanto a sus adictos
y, por ello, no pocas veces aportan gran sorpresa a quienes los apuestan. En
verdad, puede decirse de estos dos que son los colores del riesgo y el valor.
En aquella jornada se hicieron doce
justas. Y cuando todo acabó, Roma entera en barrios, tabernas y burdeles
festejó a la par la gran sabiduría de aquel Octavio Augusto que, además de
regir con gran conocimiento sus pasos y contiendas, había ordenado de aquel
modo magnífico el Estado y se había dotado ya de un sucesor tan válido y
valiente, digno de ser su hijo y, en su día, el regidor de Roma. Aquel muchacho
locuaz, hábil y afable, que ahora era su yerno y siempre lo acompañaba
aprendiendo a su sombra cuanto era preciso para la paz de Roma, era, a todas
luces, promisión de futuro. Los dioses eran justos y espléndidos con quienes
eran capaces de ostentar sensatez, cordura y brazo firme. Pocos sabían que aquello
que llamaban virtud, provenía en gran parte de la mente tormentosa de Livia.
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