(Museo Arqueológico Nacional, Madrid)
Estatua sedente de Livia Drusilla. Traída a Madrid por el Marqués de Salamanca. La
pieza fue encontrada en 1860 durante una excavación
financiada por el marqués en Paestum, ciudad greco-romana de la región italiana de Campania.
Mujer con palio iniciando la marcha. Escultura romana encontrada en Medina-Sidonia (Cádiz)
Nota del autor.
Era una mañana de verano; agosto. Tal vez fueran
las diez. El calor ya comenzaba a agobiar en Madrid, aunque aún en los parques
y rincones umbríos de los edificios nobles se conservaba un cierto frescor, que,
sin embargo, se intuía que iba a ser engullido muy pronto por el plomo imparable
del bochorno. La calle de Serrano estaba en obras. Vallas, tubos, cables,
zanjas, maquinas y un montón de obreros con cascos amarillos deambulando, cual
si no hicieran nada. Un polvo infernal patinaba árboles, edificios, vitrinas y
aceras. El ruido era estridente y desacompasado. Imposible imaginar que aquello,
un día, pudiera volver al caótico orden circulatorio de una calle importante.
A
pesar de ser tiempo proclive al turismo, el Museo Arqueológico estaba muy poco
concurrido. Las dos esfinges aladas de la escalinata principal con sus gorros
frigios seguían como siempre, rígidas e impertérritas; cual si quisieran
convocar a cualquier transeúnte para que penetrara en la arcana entraña del
caserón enorme. Un recién apostado guardia de seguridad custodiaba la entrada
con la tranquilidad propia del comienzo del día.
Mi visita fue lenta, cadenciosa,
acorde con cuanto allí se exhibe; objetos perdidos en el tiempo que ofrecen el
misterio elocuente de su añosidad sin espera ni pálpito, cual navíos varados
para siempre en el mar de la historia.
La sala de “La Hispania romana”
estaba, cual su hábito, sumida en la penumbra. Una leve luz gris, perlada y
cenital la convertía en un remanso de quietud irreal y magnífica. Nadie la
visitaba. Hasta la silla del celador encargado se encontraba vacía. Recta y
vacía; convirtiéndose ella, del mismo modo, y en su vulgar quietud, en un majestuoso
objeto observable, digno de ser incluido también en el catálogo. Un gran
mosaico cubría el centro del espacio, como una bella alfombra que impidiera
pisarse. Un banco lateral de patas torneadas, ofrecía su palma barnizada como
una invitación no apta a los desprecios. Por eso me senté. Por eso y porque me
encantaba aquella sensación en la que parecía que no pulsaba el tiempo. Sólo un
lejano y muy atenuado rumor ratificaba que lejos, fuera, tal vez en otro ámbito
remoto y olvidado, la ciudad seguía existiendo y pulsando a sus anchas con toda
su vehemencia de furias urbanísticas.
La
majestuosa escultura sedente de Livia, encontrada en Paestum, presidía la sala
desafiando al tiempo, cual si apenas hiciera un momento que hubiera ocupado el
lugar de su trono. La gran ventana, a su espalda, enmarcaba con su contraluz la
línea sinuosa de su entorno enigmático. El mármol blanco oleaba en su falda entre
sus dos rodillas. El velo caía acariciando las ondas bien marcadas de su pelo.
Su rostro era suave, entornada su boca y su nariz graciosamente rota; tal vez la
de una niña convertida en mujer sin esperarlo. Miré su frente y descendí a sus
labios. Recordé aquellas otras estatuas suyas que había visto; cada una a cual
más diferente. La del Louvre, en la que, ataviada como la diosa Ceres, porta la
cornucopia de todas las fortunas y de las abundancias. Repasé mis recuerdos
sobre las figuras de Livia contempladas en Leningrado, en Estambul, en los
museos Vaticanos, en el Bardo, de Túnez, la de la Villa dei Misteri, de Pompeya,
en el camafeo del museo de Viena. Ninguna como ésta. Ni siquiera el otro busto
de la mujer de Augusto que también estaba en esta pieza. La examiné de nuevo. Un
murmullo suave avanzó entre el silencio. Era un tenue bisbiseo, poco más que un
rumor indescifrable que apenas si se oía. Imposible hilvanar alguna de las
frases que estuvieran diciendo. Tal vez alguien había entrado en la sala
haciendo un comentario, pero respetando de forma escrupulosa aquel silencio amable
propio de templo o biblioteca umbría. Lo di por cierto y no lo comprobé. Continué
observando. ¿Cómo podían los estudiosos, en un primer momento, haber creído que
aquella escultura representara a Julia? Los estudiosos, apabullados por sus
datos y náufragos en fechas y exigidas concordancias, a veces, tenían tan poca
capacidad de observación. De nuevo volví a sentir aquel murmullo. Miré a mi
espalda pero no había nadie. Sería más allá. Esperé muy atento. Di unos pasos y
me asomé a la sala que se abría contigua. Recorrí con la mirada aquel enigmático
espacio. De pronto sentí como si el tabique que separaba aquellos dos lugares
se hubiera diluido y todo fuera, de pronto, una estancia única. Entonces me
fijé en aquella estatua. No tenía cabeza. Era la de una mujer con una de sus manos
posada sobre el pecho. Una dama avanzando con un paso elegante. Una figura que acabara
de salir de una supuesta puerta (Tal la que nos condujera a un tablinum romano) y viniera solícita a atender
a la diosa. Su atavío era realmente correcto. Sobrio pero a perfección trazado.
¿Quién era aquella dama? Miré en mi catálogo: “Paliata encontrada en Baeza” (la
romana Vivatia). Dejé perder mis ojos y
me quedé absorto; algo seguía balbuciendo en mi entorno. Con lentitud de
cómplice, abandoné el centro y me acerqué al discreto enclave en el que seguía
vacía aquella silla. Con la espalda apostada en el marco de la puerta que
estaba entre ambos espacios, miré los dos enclaves de forma simultánea. Allí no
había nadie salvo yo y la ausencia. Sin
embargo, un susurro latía tenaz y mitigado de una a otra esquina. No, no era
una invención. Sí, el mármol palpitaba. Miré la estatua de Tiberio que las
acompañaba cual un mudo testigo del extraño suceso. Sí era verdad. Una
conversación perdida e infinita fluía insonora entre aquellas dos piedras
talladas en la historia. Era el tañer del tiempo. El tiempo que partía y retornaba
entre las dos mujeres ya sin días ni horas, sin ocasos ni albas, sin glorias ni
derrotas. Era un diálogo mesurado y perenne, como el brotar de un agua que
absorbe la tierra apenas ha manado, pues que, celosa y avarienta, desea que de
nuevo sea tan sólo suya. Era, sin misterios ni incógnitas, el susurrar verdadero
del mármol. Los mármoles eternos.
Allí
comencé a hilvanar esta historia, tal vez quimera, tal vez pretexto no se sabe
de qué; tal vez ficción como la vida misma. Ficción imperiosa e ineludible para
seguir viviendo.
Mozárbez - Collado Villalba, 25.05.2010

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