lunes, 5 de mayo de 2014

Nota del autor.

        (Museo Arqueológico Nacional, Madrid)


Estatua sedente de Livia Drusilla. Traída a Madrid por el Marqués de Salamanca. La pieza fue encontrada en 1860 durante una excavación financiada por el marqués en Paestum, ciudad greco-romana de la región italiana de Campania.

Mujer con palio iniciando la marcha. Escultura romana encontrada en Medina-Sidonia (Cádiz)




Nota del autor.


Era una mañana de verano; agosto. Tal vez fueran las diez. El calor ya comenzaba a agobiar en Madrid, aunque aún en los parques y rincones umbríos de los edificios nobles se conservaba un cierto frescor, que, sin embargo, se intuía que iba a ser engullido muy pronto por el plomo imparable del bochorno. La calle de Serrano estaba en obras. Vallas, tubos, cables, zanjas, maquinas y un montón de obreros con cascos amarillos deambulando, cual si no hicieran nada. Un polvo infernal patinaba árboles, edificios, vitrinas y aceras. El ruido era estridente y desacompasado. Imposible imaginar que aquello, un día, pudiera volver al caótico orden circulatorio de una calle importante.  
A pesar de ser tiempo proclive al turismo, el Museo Arqueológico estaba muy poco concurrido. Las dos esfinges aladas de la escalinata principal con sus gorros frigios seguían como siempre, rígidas e impertérritas; cual si quisieran convocar a cualquier transeúnte para que penetrara en la arcana entraña del caserón enorme. Un recién apostado guardia de seguridad custodiaba la entrada con la tranquilidad propia del comienzo del día.
                Mi visita fue lenta, cadenciosa, acorde con cuanto allí se exhibe; objetos perdidos en el tiempo que ofrecen el misterio elocuente de su añosidad sin espera ni pálpito, cual navíos varados para siempre en el mar de la historia.
                La sala de “La Hispania romana” estaba, cual su hábito, sumida en la penumbra. Una leve luz gris, perlada y cenital la convertía en un remanso de quietud irreal y magnífica. Nadie la visitaba. Hasta la silla del celador encargado se encontraba vacía. Recta y vacía; convirtiéndose ella, del mismo modo, y en su vulgar quietud, en un majestuoso objeto observable, digno de ser incluido también en el catálogo. Un gran mosaico cubría el centro del espacio, como una bella alfombra que impidiera pisarse. Un banco lateral de patas torneadas, ofrecía su palma barnizada como una invitación no apta a los desprecios. Por eso me senté. Por eso y porque me encantaba aquella sensación en la que parecía que no pulsaba el tiempo. Sólo un lejano y muy atenuado rumor ratificaba que lejos, fuera, tal vez en otro ámbito remoto y olvidado, la ciudad seguía existiendo y pulsando a sus anchas con toda su vehemencia de furias urbanísticas.
La majestuosa escultura sedente de Livia, encontrada en Paestum, presidía la sala desafiando al tiempo, cual si apenas hiciera un momento que hubiera ocupado el lugar de su trono. La gran ventana, a su espalda, enmarcaba con su contraluz la línea sinuosa de su entorno enigmático. El mármol blanco oleaba en su falda entre sus dos rodillas. El velo caía acariciando las ondas bien marcadas de su pelo. Su rostro era suave, entornada su boca y su nariz graciosamente rota; tal vez la de una niña convertida en mujer sin esperarlo. Miré su frente y descendí a sus labios. Recordé aquellas otras estatuas suyas que había visto; cada una a cual más diferente. La del Louvre, en la que, ataviada como la diosa Ceres, porta la cornucopia de todas las fortunas y de las abundancias. Repasé mis recuerdos sobre las figuras de Livia contempladas en Leningrado, en Estambul, en los museos Vaticanos, en el Bardo, de Túnez, la de la Villa dei Misteri, de Pompeya, en el camafeo del museo de Viena. Ninguna como ésta. Ni siquiera el otro busto de la mujer de Augusto que también estaba en esta pieza. La examiné de nuevo. Un murmullo suave avanzó entre el silencio. Era un tenue bisbiseo, poco más que un rumor indescifrable que apenas si se oía. Imposible hilvanar alguna de las frases que estuvieran diciendo. Tal vez alguien había entrado en la sala haciendo un comentario, pero respetando de forma escrupulosa aquel silencio amable propio de templo o biblioteca umbría. Lo di por cierto y no lo comprobé. Continué observando. ¿Cómo podían los estudiosos, en un primer momento, haber creído que aquella escultura representara a Julia? Los estudiosos, apabullados por sus datos y náufragos en fechas y exigidas concordancias, a veces, tenían tan poca capacidad de observación. De nuevo volví a sentir aquel murmullo. Miré a mi espalda pero no había nadie. Sería más allá. Esperé muy atento. Di unos pasos y me asomé a la sala que se abría contigua. Recorrí con la mirada aquel enigmático espacio. De pronto sentí como si el tabique que separaba aquellos dos lugares se hubiera diluido y todo fuera, de pronto, una estancia única. Entonces me fijé en aquella estatua. No tenía cabeza. Era la de una mujer con una de sus manos posada sobre el pecho. Una dama avanzando con un paso elegante. Una figura que acabara de salir de una supuesta puerta (Tal la que nos condujera a un tablinum romano) y viniera solícita a atender a la diosa. Su atavío era realmente correcto. Sobrio pero a perfección trazado. ¿Quién era aquella dama? Miré en mi catálogo: “Paliata encontrada en Baeza” (la romana Vivatia).  Dejé perder mis ojos y me quedé absorto; algo seguía balbuciendo en mi entorno. Con lentitud de cómplice, abandoné el centro y me acerqué al discreto enclave en el que seguía vacía aquella silla. Con la espalda apostada en el marco de la puerta que estaba entre ambos espacios, miré los dos enclaves de forma simultánea. Allí no había nadie salvo yo y la ausencia.  Sin embargo, un susurro latía tenaz y mitigado de una a otra esquina. No, no era una invención. Sí, el mármol palpitaba. Miré la estatua de Tiberio que las acompañaba cual un mudo testigo del extraño suceso. Sí era verdad. Una conversación perdida e infinita fluía insonora entre aquellas dos piedras talladas en la historia. Era el tañer del tiempo. El tiempo que partía y retornaba entre las dos mujeres ya sin días ni horas, sin ocasos ni albas, sin glorias ni derrotas. Era un diálogo mesurado y perenne, como el brotar de un agua que absorbe la tierra apenas ha manado, pues que, celosa y avarienta, desea que de nuevo sea tan sólo suya. Era, sin misterios ni incógnitas, el susurrar verdadero del mármol. Los mármoles eternos.
Allí comencé a hilvanar esta historia, tal vez quimera, tal vez pretexto no se sabe de qué; tal vez ficción como la vida misma. Ficción imperiosa e ineludible para seguir viviendo.  

Mozárbez - Collado Villalba, 25.05.2010

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