lunes, 5 de mayo de 2014

VII. LAS IMÁGENES DÚPLICES:





VII.   LAS IMÁGENES DÚPLICES


Mi padre contrató a aquel grupo de actores para que en nuestra casa no faltara un ambiente de fiesta y pantomima, durante los preámbulos y preparativos que debían propiciar mi enlace con mi dilecto primo, Tiberio Claudio Nerón, a quien, a pesar de toda su valía, patente y propagada, yo no deseaba en modo alguno para ser mi consorte, tal vez por haberlo conocido desde siempre y tener con él otras complicidades y relación de niños.
                Nuestra unión había sido acordada por mi padre con su hermano, Druso Claudio Nerón, desde días lejanos. Y, aunque mi madre había intentado disuadirlos y que yo tuviera otros ofrecimientos, por lo que me procuró un número muy loable de buenos pretendientes, ninguno había fraguado. Tal vez porque yo, en los últimos tiempos, no había puesto ningún empeño en ello, secretamente absorta en mi anhelado Octaviano, a quien consideraba la lumbrera de Roma.
                En un principio, la fijación de fecha del enlace me llenó de amargura, pues que venía a tronchar mis más ocultos planes. Por eso, durante algunos meses, me mostré resentida, irascible y repleta de maldad soterrada. Incluso, llegué a planear huir de nuestra casa, quitarme la vida o fingir alguna enfermedad, aunque fuera a costa de no ingerir comida o causarme lesiones con ponzoñas o perniciosos caldos que yo misma amañaba. Una vez más el protervo destino se ensañaba conmigo y parecía dispuesto a afligir mi existencia. Busqué entonces el concurso de las fuerzas malévolas mejor cualificadas. Y hasta llegué a intentar sobornar con máximo sigilo al auspiciador que debía lanzar los tres palomos blancos cuyos trazos de vuelo habían de desvelar y garantizar la felicidad de mi nupcial enlace. Pero todo fue inútil; el destino parecía avanzar sin mirarme siquiera ni atender mis deseos. El deshonesto arúspice, tras recibir mi pago en rotundo secreto, esquivó mis propósitos y satisfizo a mis padres, y yo me sentí estafada y burlada, sin poder denunciarlo salvo riesgo de descubrir mi treta.
                Pero se hace necesario que antes de referir mis asuntos más propios, describa con precisión cómo era el escenario en el que a todos nos tocaba vivir durante aquellos días. Escribamos, pues, sucesos de la historia. Y juro que así fue aunque otros se empeñen en contar otra cosa.
Una vez más, debido a múltiples motivos, Roma estaba vivamente agitada. Tras el violento asesinato del magno Julio César, los incidentes y controversias en el Senado se producían con suma prodigalidad. Los enfrentamientos civiles invadían las calles. Incluso había una sensibilización máxima hacia todos aquellos pronósticos que podían presentirse como procurados por influencias mágicas o solicitados a las fuerzas oscuras, que muchos trataban de hacerlos oficiales, colgándolos en los lugares públicos donde les parecía.
Las candelas y los sahumerios en las aras domésticas se habían reducido y, hasta, los exvotos, las estatuillas y las oraciones eran examinados con múltiples reservas. El avieso sueño de Calpurnia, en el que había presentido la inminente desgracia de su esposo, y el lamento avisador del ciego, que en la plaza de la Curia había clamado en advertencia al dictador de su pronto infortunio, seguían resonando en todos los oídos y agitando los pechos presos de mil temores.
Hasta tal punto era así, que, como en un principio las demandas a oráculos y augurios habían aumentado de una forma alarmante, la detección de tales prácticas había comenzado a ser motivo de denuncia y castigo; sobre todo si a quien se había consultado era a adivinos de origen extranjero o que utilizaban controvertidas mañas.
Sabido es que es bueno que el pueblo se entregue a ese tipo de creencias ilógicas y absurdas que lo atontan y aplacan, pero siempre que no lo haga de un modo que suplante las normas de los hombres que mandan y controlan el discurrir administrativo, religioso o político.
Al mismo tiempo, la lectura pública del testamento de César y la proclamación de Octavio como su hijo, sucesor y heredero, tras sus ostentosas exequias, había desatado el rechazo feroz de Marco Antonio. Marco Antonio ahora publicaba hacia los cuatro vientos que el vástago de Atia, la que hasta entonces había sido su barragana amante, aleccionado por su ambiciosa madre, a quien ahora llamaba “la perra lamedora de su difunto tío”, había conseguido aquellos títulos mediante favores sexuales otorgados por el muchacho a su extinto páter. Aquélla era una barbaridad que, lógicamente, en su fuero interno, casi nadie creía. Pero era también un envenenado argumento que los enemigos de Octavio sumaban para usarlo en su detrimento con magna virulencia e incontención locuaz. Y es que, estaremos de acuerdo en que tales calumnias se prestaban siempre como ningunas otras a destruir prestigios.
En medio de semejante clima, Marco Antonio declaró abolida la dictadura y secuestró la herencia. Los conspiradores y asesinos, entre ellos el pretor Marco Junio Bruto y el procónsul Cayo Casio Longino, huyeron de inmediato; el uno a Macedonia y el otro a la Siria. Lo hicieron para evitar represalias del pueblo que ahora los odiaba. Muchos más los siguieron. Lo hizo Décimo Bruto, que también tenía sus manos manchadas con la sangre de quien, de pronto, el vulgo veneraba con fervor inaudito, lo mismo que a un dios generoso y amable. De propiciar aquella desbandada se había encargado el farsante Marco Antonio. Quizá, esto deba  explicarlo.
Él, como un curtido encomiasta, durante las exequias del dictador, a las que se había prohibido la asistencia a prostitutas, mercaderes e histriones, había cantado los loores durante el panegírico. Lo había hecho junto a Bruto, el hijo de Servilia y probado asesino. Supuestamente, entre Bruto y Marco Antonio, con la mediación del cínico y hábil orador Cicerón, se había pactado una amplia amnistía. El acuerdo era así. A la cuarta hora aparecerían ante el pueblo como los reconciliadores de Roma tras el tiranicidio. Ambos, uno amigo y otro, como emblema de los ajusticiadores, llorarían juntos al hombre ya perdido. Ambos, uno amigo y otro, como emblema de los ajusticiadores, darían juntos por buena la dolorosa pero necesaria liquidación del peligroso déspota; la Patria a veces requería acerbos sacrificios. Todo estaba estipulado hasta en sus detalles mínimos.
Pero Marco Antonio, con intención torcida de traidor y cálculo malsano de venganza siniestra, tomando la túnica ensangrentada de César que llevaba escondida, tras gritar sus dolientes elogios, tiró la tela al populacho cuando éste estaba más conmovido y contrito tras su arenga exaltada. Entonces el gentío se inflamó como prende el aceite y clamó nuevamente enfurecido contra los asesinos. Ahora los quería linchar sin pérdida de tiempo, mientras pugnaba a muerte por un pedazo de la reliquia santa, que iba y venía, rasgándose, entre el desbarajuste.
Ante el colosal tumulto se arrimó la tea hasta la regia pira y el cuerpo del acuchillado comenzó a calcinarse. Las llamas parecían tener una avidez hambrienta, lo que muchos empezaron a interpretar, con torcidas razones, de evidentes intenciones celestes por llevarlo entre ellos. “El Panteón lo llama”, gritó una voz ahogada por sagrado entusiasmo. Enardecido y frenético el gran gentío comenzó a lanzar a la enorme hoguera toda clase de alhajas, productos y utensilios propios o arrancados de uno u otro sitio, sin miramiento alguno. Desvalijaron tiendas y esquilmaron tabernas. Muchos se desnudaban o desnudaban a los niños para quemar sus prendas junto al noble despojo. Era como si la plebe, pesarosa y contrita, quisiera también purificarse mediante aquella quema, al fin, reparadora. La anarquía fue máxima. Durante varios días la ciudad resultó cual campo de batalla. Luego la calma fue llegando en medio de un cansancio general y confuso.
La insistencia de Octavio para que Marco Antonio aligerara los trámites legales que condujeran al cumplimiento testamentario y a la entrega a sus manos de la fortuna que Julio César le había adjudicado, tensó aún más los corajes. Tales conflictos avocaron a un enfrentamiento abierto y muy violento entre el hombre y el joven. Atia, como una gata dócil, se puso claramente al lado de su amante a pesar de las injurias que éste le había dedicado a su único vástago. A la ramera Atia aquellos insultos parecían excitarla. Además, no creía en la posibilidad de que el débil muchacho pudiera dominar el tumulto imperante. Pero Octavio, muy seguro de sí, se sintió herido en su honor, desautorizado en sus posibilidades y relegado en su afecto de hijo. Eso le obligó a marcharse de Roma camino de Campania. Lo hizo en busca de un vivificante encuentro con su amigo Agripa, junto a quien siempre tenía la paz asegurada.
Yo, a mi vez,  abominé de Marco Antonio y de su sucia amante, la repulsiva Atia, y encargué que se me gravara un maleficio sobre una placa de plomo que me encargué de que fuera tirada al pozo de su casa de forma inadvertida. Para ello me serví de aquella esclava suya que yo comisionaba para saber sus vidas.
Al parecer mis preces tuvieron su atención, al menos parcialmente. Y es que, contra todo pronóstico, mi valeroso Octavio no renunció a lo que, con fuerza más firme cada día, consideraba sus legales derechos. El pueblo estaba de su parte, pues él insistía en cumplir el deseo de César, quien había ordenado entregar setenta y cinco denarios a cada uno de los ciudadanos registrados en censo. Desembolso al que Marco Antonio se oponía argumentando blandura y despilfarro por parte del finado tirano.
Cicerón, como hombre fuerte del maltrecho Senado, también había sido acosado por el innoble Marco Antonio. Pero, con la habilidad de sabandija que lo caracterizaba, se había librado de él y se había alineado de la parte del chico, de quien suponía mayores beneficios.
Por todo eso, durante mucho tiempo mi alma penó por una ausencia arriesgada e incierta de quien era mi sueño. Y sólo fue después de muchos meses cuando volví a ver a mi querido Octavio y a sentir cómo mi corazón se agitaba de un modo que hacía que apenas pudiera contenérseme en la caja del pecho. En aquellos momentos era como si el mismo sol me bailara por dentro.
De todos era sabido el apoyo que Cicerón, en Roma, y Mecenas y Agripa, a su lado, le otorgaban. Eso amparó con suficientes garantías su vuelta a la gran urbe. No obstante, no fue un hecho placentero lo que le puso de nuevo ante mis ojos, pues que estuve ante él el día que, habiendo fallecido Atia, su hijo, olvidando su deslealtad, presidió los altos honores que él mismo decretó para honrar los sufragios de aquella gran matrona que, ahora, Roma entera consideraba cual madre ejemplar y dama de la patria. El pueblo olvida pronto y obra a su capricho, voluble y tornadizo. Esto es algo que un gobernante debe siempre saber y tener muy en cuenta para trazar sus planes. Por eso, quién sabe qué dirán de nosotros apenas ya no estemos presentes. Tal vez se nos endilgue el burdo testimonio que un hábil valedor sepa vender a tiempo. De cosas como esa está hecha la historia. Pero sigamos.
Roma al completo se deshizo en lágrimas por la pérdida noble. Lloró abiertamente la muerte de la insigne hija de Julia y leal Marco Atio. Yo también derramé ardientes lágrimas ante su regia pira. Pero debo reconocer que no fueron de dolor por la que ahora se presentaba como excelsa difunta, borrados ya sus rasgos verdaderos por mor de su extinción.
No, mis lágrimas brotaron por enloquecida y arrebolada emoción ante la figura de aquél a quien yo amaba de forma irracional. En mi cuerpo de niña, mi alma se fundía en ardores insólitos que nunca había sentido, pero que hacían que mi mente hilvanara ideas y pasiones de una manera nueva que me sobrepasaba y hasta me daba miedo. Aspiraba los aires por donde él pasaba hasta casi el desmayo. Ya no pensaba en Octavia y su petulancia ofensiva dirigida hacia mí por mi imaginación alocada y demente.
Con el pasar del tiempo, y cuando mis sentimientos remansaron en la normal cordura e incluso en el desdén, pude entender hasta qué punto la necedad encharca el alma y cómo, ésta, desproporciona emociones, deseos y, también, realidades e imágenes que pueden ser falaces y hasta irreconocibles apenas mudan situaciones o cuerpos. Y es que debo declarar que el estado de enamoramiento gestado en mi cabeza era de tal magnitud e insensatez, que todo en el muchacho me resultaba primordial y excelente, sin que nada otorgara un punto cabal a mi discernimiento.
Era  incuestionable todo hasta el extremo de que cuanto podía relacionarse con él, ya fuera entre mis pensamientos, en sus obras, en la distancia o en su proximidad, me alcanzaba con una intensidad capaz de producirme un dolor nítidamente físico. Un quebranto que me arrancaba lágrimas amargas de vívida impotencia y de insano temor ante la idea de perder lo que aún no era, en ningún modo, mío. Para mí, ahora, Octavia era insignificante; solamente su hermano era el cénit de mis días y noches; la excelsa luminaria que todo lo eclipsaba.
Tal vez a aquella deificación había contribuido de forma decisiva el hecho de que yo nunca había hablado con Octavio, ni siquiera había estado en cuerpo frente a él. Por supuesto, yo estaba plenamente segura de que tampoco él me conocía ni sabía quién era; una muchacha anónima, apenas una niña sin ningún atractivo insigne o publicable. Una sutil y elaborada prevención me hacía mantenerme a una media distancia, capaz de no deslucir nunca el sortilegio que me conservaba prendida a alguien que yo me procuraba casi como irreal.
Por eso, el hecho de escuchar su voz desde la tribuna pública, exaltando con vehemencia las virtudes de su madre ya muerta, me resultaba sorprendente y extraño, y traía hasta mí un tumulto voraz de sensaciones que despertaban todos mis deseos y codicias más íntimas, e incluso, por primera vez, más carnales y lúbricas.
Aquel sublime día el eco de su voz reverberaba en medio del silencio sobrecogedor con el que el pueblo lo oía embelesado bajo una luz cenital y muy límpida, cual si un dios hablara con los dioses, ajeno al debatir pueril de los mortales.
Aprendí, pues, a gozar imaginándolo tendido junto a mí, entregado a su sueño en mi presencia, olvidando las disputas y armas, sumergido en la tibieza de mi propia bañera o al filtrado contraluz de mi serena alcoba; desnudo y vulnerable a mi mirada; concedido a mis manos y a mi boca sin telas, badanas ni reparos. Me imaginé en el lugar de la repugnante e insulsa Clodia Pulcra, a quien su detestable madre, la insatisfecha Fulvia, a cambio de su inmensa fortuna y los innumerables apoyos sociales y políticos con los que ella contaba, ya había prometido en formal matrimonio. Y aun así y por extraño que pueda parecer, lo sentí como mío, pues una sorprendente certeza me confirmaba que, pese a contiendas militares, matrimonios o carencia actual de vínculos, amistades o lazos, un día estaríamos juntos mediante una unción ante la que no podría interponerse nada ni nadie de este mundo.
En esa situación comenzaron los preparativos formales de mi enlace. Yo había cumplido ya los catorce estíos y, según la costumbre de Roma, era de rigor que tuviera un esposo que, cuanto antes, me pusiera a engendrar futuros ciudadanos; fuertes retoños que entregar a la patria para que ésta los lleve a guerras y contiendas de intereses espurios donde despedazarlos.
Para los primeros festejos, ya he dicho que se contrataron los servicios del renombrado Vernus Cortinio Gelio, un actor ya caduco que gobernaba un elenco disoluto de cómicos dispares. Y, aunque su reputación era realmente dudosa, tanto mi estricta madre como mi afectuoso y complaciente padre entendieron que tales veleidades podían tornar mi remisa actitud en anuencia y pláceme hacia el noble Tiberio, mi obsequioso pariente. Aunque, a la vez, se trataba de que el grupo de actores, viviendo en nuestra casa durante todo el día e integrado en las fajinas de carácter doméstico -pues sólo se ausentaban para pasar la noche-, ayudara a la ingente labor de preparar las nupcias, que así se prometían en verdad deslumbrantes.
No sé muy bien por qué, o, si lo sé, no quiero escarbarlo, pero, de la noche al día, cambió mi compostura ante todo el evento. Cedí afablemente a cuanto me proponían y acepté todo aquello que durante tanto tiempo me había torturado como una expiación mortal e inasumible. Hasta ese punto impenetrable y hondo llegaba mi certeza de que el tiempo futuro colmaría mis planes y que sólo tenía que dejar que obraran los días a su libre albedrío.
El festejo, primero se anunció con toda suerte de lujo y promisión, tras varios meses de haberse confirmado aquellos esponsales. Mi madre y Marco Livio quisieron agasajar a nuestros múltiples amigos y entregados clientes, a la vez que sorprender y atraer hasta sí a los afines a la familia de mi predicho cónyuge. Las fiestas de aproximación fueron un derroche de esplendor, de abundancia y de magnificencia, hasta el extremo de situar nuestras arcas casi en la bancarrota. Nuestros fogones bramaron durante veintisiete jornadas y la casa entera alentó igual que si estuviera poseída por una fuerza oscura que hiciera que todo se moviera con turbada vehemencia. Se mercaron las frutas más selectas, las carnes más gustosas, las aves o pescados más ricos o apreciados, tanto del Adriático como del mar Tirreno. Se trajeron moluscos y crustáceos; ostras y cuantas exquisiteces atesoran los mares en sus azules simas. Se enlució la fachada, se reafirmaron las puertas, se decoraron de nuevo aposentos y salas, y hasta se contrató a un admirado pintor para que dibujara de nuevo las medallas y emblemas, las cenefas y lorzas que figuraban en los lienzos del fauces que conducía desde la entrada al atrium, en el que un nuevo mosaico se trenzó en el impluvium, repleto ahora con agua perfumada y un surtidor coronado por un fauno de bronce que trajeron de Híspalis. También se renovaron todas las plantas que vestían y daban su fragancia al bello peristylium. Y durante todo el mes de maivs, impropio como bien es sabido para los casamientos, se abonaron jazmines, rosales, celindas y gardenias para que un mes después estallaran en flores y su perfume se mezclara en el aire en contienda olorosa.
Durante aquellos días la casa fue tomada por las gentes de Gelio, quienes, además de cooperar activamente en aderezos, consejos y reparos, según les iba dictando su grueso y solemne director y regente, iban y venían enzarzados en tareas y oficios de diferentes clases. Así, ellos, ataviados con máscaras y trajes, suplantaron de forma prodigiosa la personalidad de cada uno de los miembros de toda la familia, lo que lograban mediante muecas, posturas y ademanes de sorprendente acierto. En aquel maremágnum, eran ellos quienes abrían la puerta y recibían a clientes o deudos, atalantaban lechos, descargaban o proveían cántaras, tinajas o despensas. Ellos quienes servían viandas al triclinium o escanciaban el vino durante los simposios, limpiaban las estancias, adecentaban arriates, corredores, pebeteros o plantas. Ellos quienes obraban en la cocina o acarreaban la leña para el horno que templaba los baños, lavaban nuestras ropas, fregaban o bruñían la plata, el marfil, los vidrios o los ónices. Únicamente se abstenían de proveer de aceite o frutos los altares, asunto éste al que Gelio se había negado de una forma rotunda, pues aseguraba que él jamás mezclaba cosas santas con juegos teatrales.
Y es que todo lo descrito se hacía desde la impostura sarcástica, la teatralidad, pero, a la vez, la suma eficacia. Era como si, en realidad, cada uno de nosotros, de pronto se hubiera desdoblado en otro nuevo ser. Un nuevo ser que, sin dejar de sernos profundamente íntimo, llevara sobre sí todo el disparate, la desproporción y el esperpento que se albergaba en nuestro interior y que tan tenazmente cada cual ocultábamos. Los actores de Gelio formaban algo así como un omnipresente espejo poliédrico, descomunal y móvil que permitía, de un modo sorprendente, copiar y presentar en sorna nuestra tibia, anodina y vulgar existencia. De ese modo, mi madre y mi padre, mis hermanos y yo y hasta nuestros esclavos, nos vimos aprisionados en un juego de actitudes, caprichos y múltiples rarezas. Un juego que nos escupía de una forma brutal nuestra naturaleza y del que, sin embargo, no podíamos zafarnos, pues que, en realidad, no se trataba más que de un entretenimiento divertido y pactado ante el que nadie debía enfadarse ni sentirse molesto.
Fue entonces cuando la conocí a ella, pues que fue a ella a quien correspondió ser espejo de la pequeña Livia; la niña caprichosa; la oferente esposa. Y, aunque era más de dos años mayor que yo, su talla y su figura eran muy semejantes a las que yo tenía en aquellos momentos. Y debieron asignármela, pues su mutismo venía a replicar de modo muy mordiente aquella cerrazón y adustez en la que yo, aparentemente sin razón alguna, me había enrocado durante largo tiempo sin dar explicaciones. Se trataba, pues, de ridiculizar nuestras mayores faltas de racionalidad, y, ella, en mi caso, lo conseguía de un modo muy notable. Fue entonces cuando la conocí. La descubrí en medio de un divertimento que no se proponía más que arrimar recreo y alegría hasta mis esponsales, a la vez que ayuda y eficacia en los preparativos. Pero, desde el primer momento, supe que aquello nos trascendía a ambas. Por eso solicité a mi padre que me la adquiriera y la uniera a mi dote, lo que Marco Livio no dudó un momento, dispuesto a halagarme.
Vernus Cortinio Gelio solicitó por ella un caprichoso precio, pretextando un afecto especial a la muda, que tal vez fuera cierto, aunque intuyendo que algo irracional levitaba en mi obstinada y anómala demanda. Algo irracional que debía pagarse de manera cumplida. Así llegó a mi vida la insólita Laraine, a quien adoro y temo, aún hoy, sin distinción en ello.


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