VII. LAS IMÁGENES DÚPLICES
Mi padre contrató a aquel grupo de actores para que
en nuestra
casa no faltara un ambiente de fiesta y pantomima, durante los preámbulos y
preparativos que debían propiciar mi enlace con mi dilecto primo, Tiberio
Claudio Nerón, a quien, a pesar de toda su valía, patente y propagada, yo no
deseaba en modo alguno para ser mi consorte, tal vez por haberlo conocido desde
siempre y tener con él otras complicidades y relación de niños.
Nuestra unión había sido acordada
por mi padre con su hermano, Druso Claudio Nerón, desde días lejanos. Y, aunque
mi madre había intentado disuadirlos y que yo tuviera otros ofrecimientos, por
lo que me procuró un número muy loable de buenos pretendientes, ninguno había
fraguado. Tal vez porque yo, en los últimos tiempos, no había puesto ningún
empeño en ello, secretamente absorta en mi anhelado Octaviano, a quien
consideraba la lumbrera de Roma.
En un principio, la fijación de
fecha del enlace me llenó de amargura, pues que venía a tronchar mis más
ocultos planes. Por eso, durante algunos meses, me mostré resentida, irascible
y repleta de maldad soterrada. Incluso, llegué a planear huir de nuestra casa,
quitarme la vida o fingir alguna enfermedad, aunque fuera a costa de no ingerir
comida o causarme lesiones con ponzoñas o perniciosos caldos que yo misma
amañaba. Una vez más el protervo destino se ensañaba conmigo y parecía
dispuesto a afligir mi existencia. Busqué entonces el concurso de las fuerzas
malévolas mejor cualificadas. Y hasta llegué a intentar sobornar con máximo
sigilo al auspiciador que debía lanzar los tres palomos blancos cuyos trazos de
vuelo habían de desvelar y garantizar la felicidad de mi nupcial enlace. Pero
todo fue inútil; el destino parecía avanzar sin mirarme siquiera ni atender mis
deseos. El deshonesto arúspice, tras recibir mi pago en rotundo secreto, esquivó
mis propósitos y satisfizo a mis padres, y yo me sentí estafada y burlada, sin
poder denunciarlo salvo riesgo de descubrir mi treta.
Pero se hace necesario que antes
de referir mis asuntos más propios, describa con precisión cómo era el
escenario en el que a todos nos tocaba vivir durante aquellos días. Escribamos,
pues, sucesos de la historia. Y juro que así fue aunque otros se empeñen en
contar otra cosa.
Una vez más, debido a múltiples
motivos, Roma estaba vivamente agitada. Tras el violento asesinato del magno
Julio César, los incidentes y controversias en el Senado se producían con suma
prodigalidad. Los enfrentamientos civiles invadían las calles. Incluso había
una sensibilización máxima hacia todos aquellos pronósticos que podían
presentirse como procurados por influencias mágicas o solicitados a las fuerzas
oscuras, que muchos trataban de hacerlos oficiales, colgándolos en los lugares
públicos donde les parecía.
Las candelas y los sahumerios en las
aras domésticas se habían reducido y, hasta, los exvotos, las estatuillas y las
oraciones eran examinados con múltiples reservas. El avieso sueño de Calpurnia,
en el que había presentido la inminente desgracia de su esposo, y el lamento
avisador del ciego, que en la plaza de la Curia había clamado en advertencia al
dictador de su pronto infortunio, seguían resonando en todos los oídos y
agitando los pechos presos de mil temores.
Hasta tal punto era así, que, como en
un principio las demandas a oráculos y augurios habían aumentado de una forma
alarmante, la detección de tales prácticas había comenzado a ser motivo de denuncia
y castigo; sobre todo si a quien se había consultado era a adivinos de origen
extranjero o que utilizaban controvertidas mañas.
Sabido es que es bueno que el pueblo
se entregue a ese tipo de creencias ilógicas y absurdas que lo atontan y
aplacan, pero siempre que no lo haga de un modo que suplante las normas de los
hombres que mandan y controlan el discurrir administrativo, religioso o
político.
Al mismo tiempo, la lectura pública
del testamento de César y la proclamación de Octavio como su hijo, sucesor y
heredero, tras sus ostentosas exequias, había desatado el rechazo feroz de Marco
Antonio. Marco Antonio ahora publicaba hacia los cuatro vientos que el vástago
de Atia, la que hasta entonces había sido su barragana amante, aleccionado por
su ambiciosa madre, a quien ahora llamaba “la perra lamedora de su difunto tío”,
había conseguido aquellos títulos mediante favores sexuales otorgados por el
muchacho a su extinto páter. Aquélla era una barbaridad que, lógicamente, en su
fuero interno, casi nadie creía. Pero era también un envenenado argumento que
los enemigos de Octavio sumaban para usarlo en su detrimento con magna
virulencia e incontención locuaz. Y es que, estaremos de acuerdo en que tales
calumnias se prestaban siempre como ningunas otras a destruir prestigios.
En medio de semejante clima, Marco
Antonio declaró abolida la dictadura y secuestró la herencia. Los conspiradores
y asesinos, entre ellos el pretor Marco Junio Bruto y el procónsul Cayo Casio
Longino, huyeron de inmediato; el uno a Macedonia y el otro a la Siria. Lo
hicieron para evitar represalias del pueblo que ahora los odiaba. Muchos más
los siguieron. Lo hizo Décimo Bruto, que también tenía sus manos manchadas con
la sangre de quien, de pronto, el vulgo veneraba con fervor inaudito, lo mismo
que a un dios generoso y amable. De propiciar aquella desbandada se había
encargado el farsante Marco Antonio. Quizá, esto deba explicarlo.
Él, como un curtido encomiasta,
durante las exequias del dictador, a las que se había prohibido la asistencia a
prostitutas, mercaderes e histriones, había cantado los loores durante el
panegírico. Lo había hecho junto a Bruto, el hijo de Servilia y probado asesino.
Supuestamente, entre Bruto y Marco Antonio, con la mediación del cínico y hábil
orador Cicerón, se había pactado una amplia amnistía. El acuerdo era así. A la
cuarta hora aparecerían ante el pueblo como los reconciliadores de Roma tras el
tiranicidio. Ambos, uno amigo y otro, como emblema de los ajusticiadores,
llorarían juntos al hombre ya perdido. Ambos, uno amigo y otro, como emblema de
los ajusticiadores, darían juntos por buena la dolorosa pero necesaria liquidación
del peligroso déspota; la Patria a veces requería acerbos sacrificios. Todo
estaba estipulado hasta en sus detalles mínimos.
Pero Marco Antonio, con intención
torcida de traidor y cálculo malsano de venganza siniestra, tomando la túnica
ensangrentada de César que llevaba escondida, tras gritar sus dolientes
elogios, tiró la tela al populacho cuando éste estaba más conmovido y contrito
tras su arenga exaltada. Entonces el gentío se inflamó como prende el aceite y
clamó nuevamente enfurecido contra los asesinos. Ahora los quería linchar sin
pérdida de tiempo, mientras pugnaba a muerte por un pedazo de la reliquia santa,
que iba y venía, rasgándose, entre el desbarajuste.
Ante el colosal tumulto se arrimó la
tea hasta la regia pira y el cuerpo del acuchillado comenzó a calcinarse. Las
llamas parecían tener una avidez hambrienta, lo que muchos empezaron a
interpretar, con torcidas razones, de evidentes intenciones celestes por
llevarlo entre ellos. “El Panteón lo llama”, gritó una voz ahogada por sagrado
entusiasmo. Enardecido y frenético el gran gentío comenzó a lanzar a la enorme
hoguera toda clase de alhajas, productos y utensilios propios o arrancados de
uno u otro sitio, sin miramiento alguno. Desvalijaron tiendas y esquilmaron
tabernas. Muchos se desnudaban o desnudaban a los niños para quemar sus prendas
junto al noble despojo. Era como si la plebe, pesarosa y contrita, quisiera
también purificarse mediante aquella quema, al fin, reparadora. La anarquía fue
máxima. Durante varios días la ciudad resultó cual campo de batalla. Luego la
calma fue llegando en medio de un cansancio general y confuso.
La insistencia de Octavio para que Marco
Antonio aligerara los trámites legales que condujeran al cumplimiento
testamentario y a la entrega a sus manos de la fortuna que Julio César le había
adjudicado, tensó aún más los corajes. Tales conflictos avocaron a un
enfrentamiento abierto y muy violento entre el hombre y el joven. Atia, como
una gata dócil, se puso claramente al lado de su amante a pesar de las injurias
que éste le había dedicado a su único vástago. A la ramera Atia aquellos
insultos parecían excitarla. Además, no creía en la posibilidad de que el débil
muchacho pudiera dominar el tumulto imperante. Pero Octavio, muy seguro de sí,
se sintió herido en su honor, desautorizado en sus posibilidades y relegado en
su afecto de hijo. Eso le obligó a marcharse de Roma camino de Campania. Lo
hizo en busca de un vivificante encuentro con su amigo Agripa, junto a quien
siempre tenía la paz asegurada.
Yo, a mi vez, abominé de Marco Antonio y de su sucia amante,
la repulsiva Atia, y encargué que se me gravara un maleficio sobre una placa de
plomo que me encargué de que fuera tirada al pozo de su casa de forma
inadvertida. Para ello me serví de aquella esclava suya que yo comisionaba para
saber sus vidas.
Al parecer mis preces tuvieron su
atención, al menos parcialmente. Y es que, contra todo pronóstico, mi valeroso Octavio
no renunció a lo que, con fuerza más firme cada día, consideraba sus legales
derechos. El pueblo estaba de su parte, pues él insistía en cumplir el deseo de
César, quien había ordenado entregar setenta y cinco denarios a cada uno de los ciudadanos registrados en censo.
Desembolso al que Marco Antonio se oponía argumentando blandura y despilfarro
por parte del finado tirano.
Cicerón, como hombre fuerte del maltrecho
Senado, también había sido acosado por el innoble Marco Antonio. Pero, con la
habilidad de sabandija que lo caracterizaba, se había librado de él y se había
alineado de la parte del chico, de quien suponía mayores beneficios.
Por todo eso, durante mucho tiempo mi
alma penó por una ausencia arriesgada e incierta de quien era mi sueño. Y sólo fue
después de muchos meses cuando volví a ver a mi querido Octavio y a sentir cómo
mi corazón se agitaba de un modo que hacía que apenas pudiera contenérseme en la
caja del pecho. En aquellos momentos era como si el mismo sol me bailara por dentro.
De todos era sabido el apoyo que
Cicerón, en Roma, y Mecenas y Agripa, a su lado, le otorgaban. Eso amparó con
suficientes garantías su vuelta a la gran urbe. No obstante, no fue un hecho placentero
lo que le puso de nuevo ante mis ojos, pues que estuve ante él el día que,
habiendo fallecido Atia, su hijo, olvidando su deslealtad, presidió los altos
honores que él mismo decretó para honrar los sufragios de aquella gran matrona
que, ahora, Roma entera consideraba cual madre ejemplar y dama de la patria. El
pueblo olvida pronto y obra a su capricho, voluble y tornadizo. Esto es algo
que un gobernante debe siempre saber y tener muy en cuenta para trazar sus
planes. Por eso, quién sabe qué dirán de nosotros apenas ya no estemos
presentes. Tal vez se nos endilgue el burdo testimonio que un hábil valedor
sepa vender a tiempo. De cosas como esa está hecha la historia. Pero sigamos.
Roma al completo se deshizo en
lágrimas por la pérdida noble. Lloró abiertamente la muerte de la insigne hija
de Julia y leal Marco Atio. Yo también derramé ardientes lágrimas ante su regia
pira. Pero debo reconocer que no fueron de dolor por la que ahora se presentaba
como excelsa difunta, borrados ya sus rasgos verdaderos por mor de su extinción.
No, mis lágrimas brotaron por enloquecida
y arrebolada emoción ante la figura de aquél a quien yo amaba de forma
irracional. En mi cuerpo de niña, mi alma se fundía en ardores insólitos que
nunca había sentido, pero que hacían que mi mente hilvanara ideas y pasiones de
una manera nueva que me sobrepasaba y hasta me daba miedo. Aspiraba los aires
por donde él pasaba hasta casi el desmayo. Ya no pensaba en Octavia y su
petulancia ofensiva dirigida hacia mí por mi imaginación alocada y demente.
Con el pasar del tiempo, y cuando mis
sentimientos remansaron en la normal cordura e incluso en el desdén, pude
entender hasta qué punto la necedad encharca el alma y cómo, ésta,
desproporciona emociones, deseos y, también, realidades e imágenes que pueden
ser falaces y hasta irreconocibles apenas mudan situaciones o cuerpos. Y es que
debo declarar que el estado de enamoramiento gestado en mi cabeza era de tal
magnitud e insensatez, que todo en el muchacho me resultaba primordial y
excelente, sin que nada otorgara un punto cabal a mi discernimiento.
Era incuestionable todo hasta el extremo de que
cuanto podía relacionarse con él, ya fuera entre mis pensamientos, en sus
obras, en la distancia o en su proximidad, me alcanzaba con una intensidad
capaz de producirme un dolor nítidamente físico. Un quebranto que me arrancaba
lágrimas amargas de vívida impotencia y de insano temor ante la idea de perder
lo que aún no era, en ningún modo, mío. Para mí, ahora, Octavia era
insignificante; solamente su hermano era el cénit de mis días y noches; la
excelsa luminaria que todo lo eclipsaba.
Tal vez a aquella deificación había
contribuido de forma decisiva el hecho de que yo nunca había hablado con
Octavio, ni siquiera había estado en cuerpo frente a él. Por supuesto, yo
estaba plenamente segura de que tampoco él me conocía ni sabía quién era; una
muchacha anónima, apenas una niña sin ningún atractivo insigne o publicable.
Una sutil y elaborada prevención me hacía mantenerme a una media distancia,
capaz de no deslucir nunca el sortilegio que me conservaba prendida a alguien
que yo me procuraba casi como irreal.
Por eso, el hecho de escuchar su voz
desde la tribuna pública, exaltando con vehemencia las virtudes de su madre ya
muerta, me resultaba sorprendente y extraño, y traía hasta mí un tumulto voraz
de sensaciones que despertaban todos mis deseos y codicias más íntimas, e
incluso, por primera vez, más carnales y lúbricas.
Aquel sublime día el eco de su voz
reverberaba en medio del silencio sobrecogedor con el que el pueblo lo oía
embelesado bajo una luz cenital y muy límpida, cual si un dios hablara con los
dioses, ajeno al debatir pueril de los mortales.
Aprendí, pues, a gozar imaginándolo
tendido junto a mí, entregado a su sueño en mi presencia, olvidando las
disputas y armas, sumergido en la tibieza de mi propia bañera o al filtrado contraluz
de mi serena alcoba; desnudo y vulnerable a mi mirada; concedido a mis manos y
a mi boca sin telas, badanas ni reparos. Me imaginé en el lugar de la
repugnante e insulsa Clodia Pulcra, a quien su detestable madre, la
insatisfecha Fulvia, a cambio de su inmensa fortuna y los innumerables apoyos
sociales y políticos con los que ella contaba, ya había prometido en formal
matrimonio. Y aun así y por extraño que pueda parecer, lo sentí como mío, pues
una sorprendente certeza me confirmaba que, pese a contiendas militares,
matrimonios o carencia actual de vínculos, amistades o lazos, un día estaríamos
juntos mediante una unción ante la que no podría interponerse nada ni nadie de
este mundo.
En esa situación comenzaron los
preparativos formales de mi enlace. Yo había cumplido ya los catorce estíos y,
según la costumbre de Roma, era de rigor que tuviera un esposo que, cuanto
antes, me pusiera a engendrar futuros ciudadanos; fuertes retoños que entregar
a la patria para que ésta los lleve a guerras y contiendas de intereses
espurios donde despedazarlos.
Para los primeros festejos, ya he
dicho que se contrataron los servicios del renombrado Vernus Cortinio Gelio, un
actor ya caduco que gobernaba un elenco disoluto de cómicos dispares. Y, aunque
su reputación era realmente dudosa, tanto mi estricta madre como mi afectuoso y
complaciente padre entendieron que tales veleidades podían tornar mi remisa
actitud en anuencia y pláceme hacia el noble Tiberio, mi obsequioso pariente. Aunque,
a la vez, se trataba de que el grupo de actores, viviendo en nuestra casa
durante todo el día e integrado en las fajinas de carácter doméstico -pues sólo
se ausentaban para pasar la noche-, ayudara a la ingente labor de preparar las
nupcias, que así se prometían en verdad deslumbrantes.
No sé muy bien por qué, o, si lo sé,
no quiero escarbarlo, pero, de la noche al día, cambió mi compostura ante todo
el evento. Cedí afablemente a cuanto me proponían y acepté todo aquello que
durante tanto tiempo me había torturado como una expiación mortal e inasumible.
Hasta ese punto impenetrable y hondo llegaba mi certeza de que el tiempo futuro
colmaría mis planes y que sólo tenía que dejar que obraran los días a su libre
albedrío.
El festejo, primero se anunció con toda
suerte de lujo y promisión, tras varios meses de haberse confirmado aquellos
esponsales. Mi madre y Marco Livio quisieron agasajar a nuestros múltiples
amigos y entregados clientes, a la vez que sorprender y atraer hasta sí a los
afines a la familia de mi predicho cónyuge. Las fiestas de aproximación fueron
un derroche de esplendor, de abundancia y de magnificencia, hasta el extremo de
situar nuestras arcas casi en la bancarrota. Nuestros fogones bramaron durante veintisiete
jornadas y la casa entera alentó igual que si estuviera poseída por una fuerza
oscura que hiciera que todo se moviera con turbada vehemencia. Se mercaron las
frutas más selectas, las carnes más gustosas, las aves o pescados más ricos o
apreciados, tanto del Adriático como del mar Tirreno. Se trajeron moluscos y
crustáceos; ostras y cuantas exquisiteces atesoran los mares en sus azules simas.
Se enlució la fachada, se reafirmaron las puertas, se decoraron de nuevo
aposentos y salas, y hasta se contrató a un admirado pintor para que dibujara
de nuevo las medallas y emblemas, las cenefas y lorzas que figuraban en los
lienzos del fauces que conducía desde la entrada al atrium, en el
que un nuevo mosaico se trenzó en el impluvium, repleto ahora con agua
perfumada y un surtidor coronado por un fauno de bronce que trajeron de
Híspalis. También se renovaron todas las plantas que vestían y daban su
fragancia al bello peristylium. Y
durante todo el mes de maivs, impropio como bien es sabido para los
casamientos, se abonaron jazmines, rosales, celindas y gardenias para que un
mes después estallaran en flores y su perfume se mezclara en el aire en
contienda olorosa.
Durante aquellos días la casa fue
tomada por las gentes de Gelio, quienes, además de cooperar activamente en
aderezos, consejos y reparos, según les iba dictando su grueso y solemne
director y regente, iban y venían enzarzados en tareas y oficios de diferentes
clases. Así, ellos, ataviados con máscaras y trajes, suplantaron de forma
prodigiosa la personalidad de cada uno de los miembros de toda la familia, lo
que lograban mediante muecas, posturas y ademanes de sorprendente acierto. En
aquel maremágnum, eran ellos quienes abrían la puerta y recibían a clientes o
deudos, atalantaban lechos, descargaban o proveían cántaras, tinajas o
despensas. Ellos quienes servían viandas al triclinium
o escanciaban el vino durante los simposios,
limpiaban las estancias, adecentaban arriates, corredores, pebeteros o plantas.
Ellos quienes obraban en la cocina o acarreaban la leña para el horno que
templaba los baños, lavaban nuestras ropas, fregaban o bruñían la plata, el
marfil, los vidrios o los ónices. Únicamente se abstenían de proveer de aceite
o frutos los altares, asunto éste al que Gelio se había negado de una forma
rotunda, pues aseguraba que él jamás mezclaba cosas santas con juegos
teatrales.
Y es que todo lo descrito se hacía
desde la impostura sarcástica, la teatralidad, pero, a la vez, la suma
eficacia. Era como si, en realidad, cada uno de nosotros, de pronto se hubiera
desdoblado en otro nuevo ser. Un nuevo ser que, sin dejar de sernos
profundamente íntimo, llevara sobre sí todo el disparate, la desproporción y el
esperpento que se albergaba en nuestro interior y que tan tenazmente cada cual
ocultábamos. Los actores de Gelio formaban algo así como un omnipresente espejo
poliédrico, descomunal y móvil que permitía, de un modo sorprendente, copiar y
presentar en sorna nuestra tibia, anodina y vulgar existencia. De ese modo, mi
madre y mi padre, mis hermanos y yo y hasta nuestros esclavos, nos vimos
aprisionados en un juego de actitudes, caprichos y múltiples rarezas. Un juego
que nos escupía de una forma brutal nuestra naturaleza y del que, sin embargo,
no podíamos zafarnos, pues que, en realidad, no se trataba más que de un
entretenimiento divertido y pactado ante el que nadie debía enfadarse ni
sentirse molesto.
Fue entonces cuando la conocí a ella,
pues que fue a ella a quien correspondió ser espejo de la pequeña Livia; la niña
caprichosa; la oferente esposa. Y, aunque era más de dos años mayor que yo, su
talla y su figura eran muy semejantes a las que yo tenía en aquellos momentos.
Y debieron asignármela, pues su mutismo venía a replicar de modo muy mordiente
aquella cerrazón y adustez en la que yo, aparentemente sin razón alguna, me
había enrocado durante largo tiempo sin dar explicaciones. Se trataba, pues, de
ridiculizar nuestras mayores faltas de racionalidad, y, ella, en mi caso, lo
conseguía de un modo muy notable. Fue entonces cuando la conocí. La descubrí en
medio de un divertimento que no se proponía más que arrimar recreo y alegría
hasta mis esponsales, a la vez que ayuda y eficacia en los preparativos. Pero,
desde el primer momento, supe que aquello nos trascendía a ambas. Por eso
solicité a mi padre que me la adquiriera y la uniera a mi dote, lo que Marco
Livio no dudó un momento, dispuesto a halagarme.
Vernus Cortinio Gelio solicitó por
ella un caprichoso precio, pretextando un afecto especial a la muda, que tal
vez fuera cierto, aunque intuyendo que algo irracional levitaba en mi obstinada
y anómala demanda. Algo irracional que debía pagarse de manera cumplida. Así
llegó a mi vida la insólita Laraine, a quien adoro y temo, aún hoy, sin
distinción en ello.
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