lunes, 5 de mayo de 2014

X. EL RETORNO A LA DOMUS.



X.      EL RETORNO A LA DOMUS


El regreso a Roma nos llenó a todas de una inmensa dicha. Mis señoras estaban muy felices, pues no solamente volvían a la grandiosa urbe, sino que aquello les propiciaba recuperar sus casas, quizás parte de sus fortunas y todos sus amigos, clientes y vivencias, tras un largo periodo miserable e incierto, plagado de amenazas, por tierras extranjeras a las que nunca lograron adaptarse. Para mí, dejar aquel bello destierro también me suponía una cierta esperanza de sosiego y firmeza. El tiempo que llevaba al servicio de Livia había sido desigual y agitado. Ella me había acogido del modo en que una niña fútil acoge un obsequio rogado y conseguido sin demora ni esfuerzo. En sus primeros tratos había afecto y tiranía sin transiciones justas o, al menos, razonables, lo que tal vez a mí me perturbaba. Tan pronto me adoraba como me aborrecía para, sin previo aviso, adorarme de nuevo. Por eso, tuve que aprender a pasar de una a otra consideración de manera inmediata sin variar mi ánimo ni buscar los motivos. Eran ya muchas las situaciones insólitas en las que me había encontrado y aquello no era sino un giro más en mi cambiante vida. Pero todo mudó tan pronto confirmaron que Livia estaba embarazada. Entonces, copada por el miedo, se aferró a mí como único amarre útil con el que confortarse durante el tiempo avieso a la espera del parto. En verdad, con Alfidia no podía contarse, inmersa en una melancolía de orden enfermizo. Tal vez por esa razón, Livia huía de su madre y entre ellas se generó un trato ácido, tenso e insoportable. Creo que, no teniendo con qué arremeter, culpaba y masacraba a quien sabía que toleraría su ilógico arrebato. Jamás he visto yo a una mujer a quien haya alterado de forma tan penosa el hecho de tener que alumbrar a sus hijos.
                Cuesta ahora creer, tras haber sido testigo de su vida, que alguna vez Livia Drusa tuviera miedo a algo. Tras la muerte de su padre y la obligada huida, tal vez el desamparo nos había unido más a todas, aun a pesar del estado de Alfidia. Éramos tres mujeres solas en medio de aquel caos. Estábamos rodeadas de múltiples peligros y de titubeos, y eso, aun con una miserable esclava, exigía estrechar confidencias y lazos fraternales. Así, tanto su madre como ella comenzaron a considerarme de modo muy distinto. Luego vinieron los acontecimientos que nos llevaron fuera y que tal vez no merezca que yo recuerde ahora. Hablaré sin embargo del gozo de la vuelta.
Los preparativos para el retorno se hicieron sin demora. Sé que ella y su esposo tuvieron controversias, pero ella las saldó con contundente fuerza. Viajamos en un barco que nos trajo hasta Ostia en una travesía serena y venturosa, aunque a mí nuevamente el mar me removió recuerdos de ese otro viaje bastante más penoso que nunca he olvidado. Cuando estuvo terminado el amarre y bajamos a tierra, algo emotivo afloró a mi memoria. Ancia, Dulio, Egeria, Lurco, el ciego Manius, Torquio. Afecto y terror, algo impreciso. De nuevo aquella era la luz esplendente de Roma. Era algo así como el reverberante dolor de una vieja herida que de nuevo nos sangra aunque ya sin la ruda vehemencia. Ahora yo había viajado como una persona y todo era, en verdad, diferente. Me acordé también de la entrañable mujer que la primera vez me llevó entre sus brazos, yertos y acogedores, e hice un voto porque su ánima estuviera, amparada, paciendo en el Elíseo, y prometí comprar un ramo de violetas en las próximas celebraciones Parentalias. Quería honrarla a ella y no olvidar jamás que arribé a esta tierra cobijada únicamente por los brazos de un muerto cual única tutela.
Descendimos deprisa. Bajaron nuestra carga casi sin darnos cuenta. Seis carros grandes estaban esperándonos. Uno más elegante y velado para las dos señoras. Nuestro equipaje era lujoso y abundante y despertó curiosidad entre los errabundos y ojeadores del puerto.
El trayecto hasta Roma me permitió serenar mis entrañas y evocar mis historias con una cierta calma, sentada entre los bultos del segundo transporte. Supuse, tras los silos, dónde estaba la mancebía de Torquio y nuevamente me acordé de Ancia con inmensa ternura. ¿Cuándo podría verla? Al irnos alejando, también creí ver entre la espesa fronda que se ceñía al Tiber la factoría de Dulio; la imaginé plena de actividad. La ruta estaba poblada de gentes afanosas que iban y venían en un cordial bullicio. Todos eran ajenos a aquel retorno nuestro, salvo la expectación que podía causar aquel profuso cargamento. Pese a ello, nadie nos conocía. Era como si en realidad nada hubiera sucedido en aquel largo tiempo ni nadie hubiera notado nuestra doliente ausencia.
Estaba atardeciendo. Los grandes pinos jalonaban la ruta como enormes antorchas, grandiosas e impasibles. Tras sus oscuras copas, el cielo era de aquel azul intenso que yo había añorado sin saber que lo hacía. Todo había cambiado y, sin embargo, nada era distinto. Soñé, con los ojos abiertos, que esta vez Roma sí me acogía cual si fuera mi madre. Por vez primera, creí retornar a algo mío que me estaba esperando. Ya, tras la puerta Trigémina, la vida de la ciudad se nos mostró exultante y espléndida, renovada y magnífica. Los grandes edificios, las vías enlosadas, las tiendas elegantes, las suntuosas literas portadas por esclavos, las damas enjaezadas seguidas por cautivos o fámulas con sus grandes capazos, los puestos de la carne, el pescado o las aves. Mil carromatos ofreciéndolo todo. Como un loco almacén vomitado en las calles. Todo parecía cotidiano y veraz, eterno e imperioso, vital y enloquecido.
Apenas se detuvo su carro, Alfidia corrió hacia su domus y se aferró a su puerta, reseca y tatuada por el paso del tiempo. Con sus ojos arrasados en maduradas lágrimas acarició las tablas cual si fueran el cuerpo de un ser a quien se ama y se siente en el tacto. Así fue derrumbándose, con el rostro pegado a las ásperas tablas, hasta quedar sentada en el umbral cosido con festones de hierba. Y, cuando logramos separarla y alzarla, y desoldar las corroídas trancas, como una extraviada a quien se diera suelta, recorrió cada lugar de su vieja vivienda, cada espacio, como si una mezcla de sorprendente novedad y de seguro hallazgo fuera certificándose con su loca y agitada presencia. Gritos y llantos, exclamaciones y quiebros circularon en ella como una espita abierta que vertiera su alma por donde iba pasando.  
Livia entró y se sentó en el atrium. La observé desde el quicio, sumida en la penumbra. Lo hizo con una majestad serena y contenida, como si dialogara con aquellos espacios en un lenguaje íntimo que nadie conociera; como si una grandeza singular y escondida viniera a saludarla y a entregarle de nuevo las llaves de su única casa. Y juro que sentí como si un pacto firme se estuviera fraguando entre la urbe y ella a través de de los vacios muros de aquella vivienda. También en sus ojos anidaba el rumor del reencuentro largo tiempo añorado.
Luego se abrieron puertas, se retiraron cobertores, se desclavaron troncos, pértigas y tirantas, cañizos y arpilleras. El peristylium estaba abrazado de malezas y abrojos, ajado en sus cornisas y mordido en sus fustes. La pileta reseca mostraba una costra de mosaicos abiertos en sucias cicatrices de posos y de fárfaras de lluvias vetustas estancadas. Las estatuas parecían mirarnos con burlonas sonrisas entre aquella penumbra que iba enjugando la tarde poco a poco entre luces nostálgicas.
Se recorrieron todos los aposentos, se reencontraron muebles y objetos con un extraño asombro, cual si fuera un sueño que de un momento a otro pudiera esfumarse. El olor era denso. Olía a tiempo encastrado, a moho y a polvo contenido, a cueva o a sarcófago. Y con la urgencia que aportan los temores, se cerró nuevamente la puerta de la entrada, se encendieron las lámparas y se improvisaron camastros y jergones para pasar aquella nueva noche. Aquella noche en la que nadie fue capaz de entornar los ojos y conciliar el sueño por miedo a despertarse y atestiguar que todo no había sido sino una quimera. Tal era el grado de excitación gozosa que a todos embargaba. Yo recuerdo al pequeño Tiberio yendo de un lado para otro, con unos ojos enormes de extraño desconcierto, y a su madre ser con él, por una sola vez, flexible y tolerante.
Cuando se hizo el día vino la realidad. La casa de Marco Livio, abandonada con precipitación, había sido respetada por los hombres, pero la injuria imparable del tiempo había ido depositando en toda ella una densa capa de polvo y suciedad, cual un manto amparador de ofensivo y encubierto desastre. Los muchos desperfectos se mostraban ahora en todos sus detalles con impudor enfático. Era como si cada uno reclamara atención a su causa. En ese árido tiempo las maderas se habían retorcido y desvencijado sus goznes, tornando sus colores y apariencias a mucho más toscas y primarias, como devueltas de algún modo a aquella naturaleza sencilla y vegetal que les era más propia. Las paredes se habían agrietado y manchado con flujos y derrames de aspecto casi humanos. Y los enormes desconchados hacían parecer que algunas figuras de ninfas o de faunos, de las que en ellas estaban dibujadas, lucieran una púdica y velada  desnudez anodina e insólita, aunque procaz al mismo tiempo por cuanto ahora escondían.
Hasta las teselas de los mosaicos del suelo de salas y aposentos se habían desencajado, como queriendo huir de una opresión de la que la ausencia humana les hubiera hecho sentirse liberadas. Las plantas del peristylium también se habían convertido en arbustos salvajes, ávidos de ocupar espacios y rendijas que no les eran propios. Del tejado colgaban largas guirnaldas de hierbas imprecisas que flotaban como hilas inciertas de lana enredadas. Incluso las aves de los cielos habían encontrado en las hornacinas, cornisas y alacenas los lugares idóneos para asentar y aunar sus excrementos, amontonar estopas y criar sobre ellas.
No obstante, podía considerarse un auténtico milagro que las divinidades hubieran preservado todo aquello en su sitio. Por eso, mis señoras acordaron que, antes de proceder a ninguna labor destinada al aseo o renuevo más mínimo, se ofreciera un sacrificio a los dioses del hogar en lo que quedaba del antiguo lararium. Se reconocía así que, tanto Jano Patulcio como Jano Clusivio habían cumplido con su deber de forma extraordinaria. Por eso, con ramas, restos y la hojarasca amontonada por todos los rincones, hicimos una hoguera en el reseco y levantado patio junto a la maltrecha ara. Y una enorme columna de humo gris y enrarecido fue la primera señal evidente de que en la casa de Marco Livio Druso Claudiano de nuevo alentaba la vida y se honraba a los dioses.
Los días que siguieron fueron de una actividad instintiva y frenética. Se trataba de borrar cuanto antes la marca y el recuerdo de un tiempo que ojalá nunca hubiera cursado, y que ninguno de nosotros deseaba tener en su recuerdo. Mi señor mercó tres nuevos esclavos para las primeras labores, y ello nos permitió en pocos días hacernos a la idea de que los veinte últimos meses jamás habían sido realidad dentro de nuestras vidas.
Tan pronto como todo estuvo repuesto a su ser, la actitud de mi dómina Livia cambió de modo sorprendente. Mi joven ama entró en un remanso y en una serenidad semejante a la latente calma que siempre precede a la brutal tormenta. Yo ya conocía aquella actitud suya como de animal en espera furtiva e inmutable para cazar su presa. Todo a su alrededor presagiaba inminentes sucesos.
Ya no fue Alfidia la señora de la repuesta domus sino Livia. Ella, con un dominio pleno y actitud decidida que ahora afloraba tras un periodo de larga gestación. Su cansada madre depositó en Livia todos sus derechos y sus atribuciones y, como quien ya no esperara ni tuviera nada que hacer en esta dura vida, se fue entregando a la muerte sin pérdida de tiempo con una docilidad serena y encomiable. Por lo que, unos meses después, su cuerpo exánime fue incinerado y depositadas sus cenizas en un pote de arcilla que se colocó en un hermoso cenotafio con una bella estela de mármol travertino, pasado el puente Milvio, en la vía Flaminia que se dirige a Ancona y Ariminium. Y allí acudimos, hasta hoy, año tras año, para honrar sus despojos y asear su postrera morada.
Su hija Livia no respetó los diez meses de rigor que nos impone el luto, lo que la llevó a ser palabra réproba en las bocas recriminadoras de muchos clientes y allegados, sin que eso a ella le produjera cargo o pesadumbre alguna. Como si el paso del tiempo la abrasase, diez días después de que en la yerta boca de Alfidia pusiéramos la moneda destinada al pago de Caronte, el barquero del hampa, me llamó a su presencia y me abrió su alma como se abre una granada sangrante y jugosa que se desea libar con ansiedad desértica. Con una fuerza y una decisión pétreas y renovadas me dijo, tan pronto estuve inmóvil ante ella: “Laraine, mi tiempo ha llegado. Sé que desde tu silencio conoces cada resquicio de mi instinto, mi mente y de mi corazón; a mí no puedes engañarme. Tú sabes con quien voy a casarme o cuál será, si no, mi suerte y mi destino. Deseo que me ayudes en mi ahínco. Nadie, salvo tú, puede estar a mi lado en lo que ahora comienza, y sólo Roma sabrá, con el pasar del tiempo, cuan trascendente para la humanidad ha de ser este empeño”.
Escuché sus palabras sin sorpresa ni gesto. Lentamente, desde el día en que yo le trajera la noticia de la muerte de su amado padre, había ido tejiendo en mi cabeza la maraña de su obsesión por el joven Octavio, a quien ahora todo el mundo proclamaba con el nombre honorable de “César”. Lentamente, también, había ido certificando cómo aquello, que hacía tiempo había comenzado como un capricho de niña maligna y envidiosa, se había ido convirtiendo en una fijación que había desdibujado sus perfiles primeros, y bien pudiera haberse transformado en un amor sublime y consistente, o en un empeño terco de alcance imprevisible. Por aquellos tiempos, yo ya sabía que el amor se sustentaba siempre en una pequeña porción de afinidad, un mínimo soporte de nudo realismo y unas altas cotas de empeño e imaginación que desvirtúan todo, suplen, ocultan o restañan deficiencias, verdades e, incluso, improcedencias. Sabía yo que ese movimiento del alma que unce o que desata es siempre un revulsivo que nadie puede explicar con argumentos cuerdos, ni medidas ni tasas para otros cabales.
Pero no pensé en ella ni en Roma para tomar mi propia decisión; sólo pensé en mí. Al menos eso creí yo cuando consideré si debía o no apoyar sus opacos proyectos. Llegar al entorno del hombre más poderoso de Roma, aun para una esclava, era mucho mejor que andar dando tumbos por casas de mediano prestigio, sujeta a las eventualidades del convulso destino. Ser parte esencial del propósito de la intrigante mujer de Claudio Tiberio Nerón era, a todas luces, infinitamente mejor que ser considerada su adversaria. Por otro lado, la lealtad de Livia para con sus coadjutores y fieles estaba asegurada de modo fehaciente; su rencor y su odio hacia sus adversarios, también. Además, si bien no pudiera decirse que yo la profesaba afecto o gratitud de manera especial, sí podía afirmar que, a su lado, jamás había sentido yo vejación o desprecio y sí un respeto por su parte y una subterránea admiración que, entre ambas, reafirmaba un vínculo medido y eficiente que a mí me importaba seguir y fomentar cuanto fuera posible. Por eso,  al día siguiente, cuando estuve ante ella, la miré a los ojos. Ella mantuvo también su mirada en los míos.

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