X. EL RETORNO A LA DOMUS
El regreso a Roma nos llenó a todas de una inmensa dicha. Mis señoras
estaban muy felices, pues no solamente volvían a la grandiosa urbe, sino que aquello
les propiciaba recuperar sus casas, quizás parte de sus fortunas y todos sus
amigos, clientes y vivencias, tras un largo periodo miserable e incierto,
plagado de amenazas, por tierras extranjeras a las que nunca lograron adaptarse.
Para mí, dejar aquel bello destierro también me suponía una cierta esperanza de
sosiego y firmeza. El tiempo que llevaba al servicio de Livia había sido desigual
y agitado. Ella me había acogido del modo en que una niña fútil acoge un obsequio
rogado y conseguido sin demora ni esfuerzo. En sus primeros tratos había afecto
y tiranía sin transiciones justas o, al menos, razonables, lo que tal vez a mí me
perturbaba. Tan pronto me adoraba como me aborrecía para, sin previo aviso, adorarme
de nuevo. Por eso, tuve que aprender a pasar de una a otra consideración de
manera inmediata sin variar mi ánimo ni buscar los motivos. Eran ya muchas las
situaciones insólitas en las que me había encontrado y aquello no era sino un
giro más en mi cambiante vida. Pero todo mudó tan pronto confirmaron que Livia estaba
embarazada. Entonces, copada por el miedo, se aferró a mí como único amarre útil
con el que confortarse durante el tiempo avieso a la espera del parto. En
verdad, con Alfidia no podía contarse, inmersa en una melancolía de orden
enfermizo. Tal vez por esa razón, Livia huía de su madre y entre ellas se
generó un trato ácido, tenso e insoportable. Creo que, no teniendo con qué
arremeter, culpaba y masacraba a quien sabía que toleraría su ilógico arrebato.
Jamás he visto yo a una mujer a quien haya alterado de forma tan penosa el
hecho de tener que alumbrar a sus hijos.
Cuesta ahora creer, tras haber
sido testigo de su vida, que alguna vez Livia Drusa tuviera miedo a algo. Tras la
muerte de su padre y la obligada huida, tal vez el desamparo nos había unido más
a todas, aun a pesar del estado de Alfidia. Éramos tres mujeres solas en medio
de aquel caos. Estábamos rodeadas de múltiples peligros y de titubeos, y eso,
aun con una miserable esclava, exigía estrechar confidencias y lazos
fraternales. Así, tanto su madre como ella comenzaron a considerarme de modo
muy distinto. Luego vinieron los acontecimientos que nos llevaron fuera y que
tal vez no merezca que yo recuerde ahora. Hablaré sin embargo del gozo de la
vuelta.
Los preparativos para el retorno se
hicieron sin demora. Sé que ella y su esposo tuvieron controversias, pero ella
las saldó con contundente fuerza. Viajamos en un barco que nos trajo hasta
Ostia en una travesía serena y venturosa, aunque a mí nuevamente el mar me
removió recuerdos de ese otro viaje bastante más penoso que nunca he olvidado. Cuando
estuvo terminado el amarre y bajamos a tierra, algo emotivo afloró a mi
memoria. Ancia, Dulio, Egeria, Lurco, el ciego Manius, Torquio. Afecto y
terror, algo impreciso. De nuevo aquella era la luz esplendente de Roma. Era algo
así como el reverberante dolor de una vieja herida que de nuevo nos sangra
aunque ya sin la ruda vehemencia. Ahora yo había viajado como una persona y
todo era, en verdad, diferente. Me acordé también de la entrañable mujer que la
primera vez me llevó entre sus brazos, yertos y acogedores, e hice un voto
porque su ánima estuviera, amparada, paciendo en el Elíseo, y prometí comprar
un ramo de violetas en las próximas celebraciones Parentalias. Quería honrarla
a ella y no olvidar jamás que arribé a esta tierra cobijada únicamente por los
brazos de un muerto cual única tutela.
Descendimos deprisa. Bajaron nuestra
carga casi sin darnos cuenta. Seis carros grandes estaban esperándonos. Uno más
elegante y velado para las dos señoras. Nuestro equipaje era lujoso y abundante
y despertó curiosidad entre los errabundos y ojeadores del puerto.
El trayecto hasta Roma me permitió serenar
mis entrañas y evocar mis historias con una cierta calma, sentada entre los
bultos del segundo transporte. Supuse, tras los silos, dónde estaba la mancebía
de Torquio y nuevamente me acordé de Ancia con inmensa ternura. ¿Cuándo podría
verla? Al irnos alejando, también creí ver entre la espesa fronda que se ceñía
al Tiber la factoría de Dulio; la imaginé plena de actividad. La ruta estaba
poblada de gentes afanosas que iban y venían en un cordial bullicio. Todos eran
ajenos a aquel retorno nuestro, salvo la expectación que podía causar aquel
profuso cargamento. Pese a ello, nadie nos conocía. Era como si en realidad
nada hubiera sucedido en aquel largo tiempo ni nadie hubiera notado nuestra doliente
ausencia.
Estaba atardeciendo. Los grandes pinos
jalonaban la ruta como enormes antorchas, grandiosas e impasibles. Tras sus oscuras
copas, el cielo era de aquel azul intenso que yo había añorado sin saber que lo
hacía. Todo había cambiado y, sin embargo, nada era distinto. Soñé, con los
ojos abiertos, que esta vez Roma sí me acogía cual si fuera mi madre. Por vez
primera, creí retornar a algo mío que me estaba esperando. Ya, tras la puerta Trigémina,
la vida de la ciudad se nos mostró exultante y espléndida, renovada y magnífica.
Los grandes edificios, las vías enlosadas, las tiendas elegantes, las suntuosas
literas portadas por esclavos, las damas enjaezadas seguidas por cautivos o
fámulas con sus grandes capazos, los puestos de la carne, el pescado o las aves.
Mil carromatos ofreciéndolo todo. Como un loco almacén vomitado en las calles. Todo
parecía cotidiano y veraz, eterno e imperioso, vital y enloquecido.
Apenas se detuvo su carro, Alfidia corrió
hacia su domus y se aferró a su
puerta, reseca y tatuada por el paso del tiempo. Con sus ojos arrasados en maduradas
lágrimas acarició las tablas cual si fueran el cuerpo de un ser a quien se ama
y se siente en el tacto. Así fue derrumbándose, con el rostro pegado a las
ásperas tablas, hasta quedar sentada en el umbral cosido con festones de
hierba. Y, cuando logramos separarla y alzarla, y desoldar las corroídas trancas,
como una extraviada a quien se diera suelta, recorrió cada lugar de su vieja
vivienda, cada espacio, como si una mezcla de sorprendente novedad y de seguro
hallazgo fuera certificándose con su loca y agitada presencia. Gritos y
llantos, exclamaciones y quiebros circularon en ella como una espita abierta
que vertiera su alma por donde iba pasando.
Livia entró y se sentó en el atrium. La observé desde el quicio,
sumida en la penumbra. Lo hizo con una majestad serena y contenida, como si dialogara
con aquellos espacios en un lenguaje íntimo que nadie conociera; como si una
grandeza singular y escondida viniera a saludarla y a entregarle de nuevo las
llaves de su única casa. Y juro que sentí como si un pacto firme se estuviera
fraguando entre la urbe y ella a través de de los vacios muros de aquella
vivienda. También en sus ojos anidaba el rumor del reencuentro largo tiempo añorado.
Luego se abrieron puertas, se retiraron
cobertores, se desclavaron troncos, pértigas y tirantas, cañizos y arpilleras. El
peristylium estaba abrazado de
malezas y abrojos, ajado en sus cornisas y mordido en sus fustes. La pileta
reseca mostraba una costra de mosaicos abiertos en sucias cicatrices de posos y
de fárfaras de lluvias vetustas estancadas. Las estatuas parecían mirarnos con
burlonas sonrisas entre aquella penumbra que iba enjugando la tarde poco a poco
entre luces nostálgicas.
Se recorrieron todos los aposentos, se
reencontraron muebles y objetos con un extraño asombro, cual si fuera un sueño
que de un momento a otro pudiera esfumarse. El olor era denso. Olía a tiempo
encastrado, a moho y a polvo contenido, a cueva o a sarcófago. Y con la
urgencia que aportan los temores, se cerró nuevamente la puerta de la entrada,
se encendieron las lámparas y se improvisaron camastros y jergones para pasar
aquella nueva noche. Aquella noche en la que nadie fue capaz de entornar los
ojos y conciliar el sueño por miedo a despertarse y atestiguar que todo no
había sido sino una quimera. Tal era el grado de excitación gozosa que a todos
embargaba. Yo recuerdo al pequeño Tiberio yendo de un lado para otro, con unos ojos
enormes de extraño desconcierto, y a su madre ser con él, por una sola vez,
flexible y tolerante.
Cuando se hizo el día vino la
realidad. La casa de Marco Livio, abandonada con precipitación, había sido
respetada por los hombres, pero la injuria imparable del tiempo había ido
depositando en toda ella una densa capa de polvo y suciedad, cual un manto
amparador de ofensivo y encubierto desastre. Los muchos desperfectos se
mostraban ahora en todos sus detalles con impudor enfático. Era como si cada
uno reclamara atención a su causa. En ese árido tiempo las maderas se habían retorcido
y desvencijado sus goznes, tornando sus colores y apariencias a mucho más
toscas y primarias, como devueltas de algún modo a aquella naturaleza sencilla
y vegetal que les era más propia. Las paredes se habían agrietado y manchado
con flujos y derrames de aspecto casi humanos. Y los enormes desconchados
hacían parecer que algunas figuras de ninfas o de faunos, de las que en ellas
estaban dibujadas, lucieran una púdica y velada desnudez anodina e insólita, aunque procaz al
mismo tiempo por cuanto ahora escondían.
Hasta las teselas de los mosaicos del
suelo de salas y aposentos se habían desencajado, como queriendo huir de una
opresión de la que la ausencia humana les hubiera hecho sentirse liberadas. Las
plantas del peristylium también se
habían convertido en arbustos salvajes, ávidos de ocupar espacios y rendijas
que no les eran propios. Del tejado colgaban largas guirnaldas de hierbas imprecisas
que flotaban como hilas inciertas de lana enredadas. Incluso las aves de los
cielos habían encontrado en las hornacinas, cornisas y alacenas los lugares
idóneos para asentar y aunar sus excrementos, amontonar estopas y criar sobre
ellas.
No obstante, podía considerarse un
auténtico milagro que las divinidades hubieran preservado todo aquello en su
sitio. Por eso, mis señoras acordaron que, antes de proceder a ninguna labor
destinada al aseo o renuevo más mínimo, se ofreciera un sacrificio a los dioses
del hogar en lo que quedaba del antiguo lararium.
Se reconocía así que, tanto Jano Patulcio como Jano Clusivio habían cumplido
con su deber de forma extraordinaria. Por eso, con ramas, restos y la hojarasca
amontonada por todos los rincones, hicimos una hoguera en el reseco y levantado
patio junto a la maltrecha ara. Y una enorme columna de humo gris y enrarecido
fue la primera señal evidente de que en la casa de Marco Livio Druso Claudiano
de nuevo alentaba la vida y se honraba a los dioses.
Los días que siguieron fueron de una
actividad instintiva y frenética. Se trataba de borrar cuanto antes la marca y
el recuerdo de un tiempo que ojalá nunca hubiera cursado, y que ninguno de
nosotros deseaba tener en su recuerdo. Mi señor mercó tres nuevos esclavos para
las primeras labores, y ello nos permitió en pocos días hacernos a la idea de
que los veinte últimos meses jamás habían sido realidad dentro de nuestras
vidas.
Tan pronto como todo estuvo repuesto a
su ser, la actitud de mi dómina Livia
cambió de modo sorprendente. Mi joven ama entró en un remanso y en una
serenidad semejante a la latente calma que siempre precede a la brutal
tormenta. Yo ya conocía aquella actitud suya como de animal en espera furtiva e
inmutable para cazar su presa. Todo a su alrededor presagiaba inminentes
sucesos.
Ya no fue Alfidia la señora de la
repuesta domus sino Livia. Ella, con
un dominio pleno y actitud decidida que ahora afloraba tras un periodo de larga
gestación. Su cansada madre depositó en Livia todos sus derechos y sus
atribuciones y, como quien ya no esperara ni tuviera nada que hacer en esta dura
vida, se fue entregando a la muerte sin pérdida de tiempo con una docilidad
serena y encomiable. Por lo que, unos meses después, su cuerpo exánime fue
incinerado y depositadas sus cenizas en un pote de arcilla que se colocó en un
hermoso cenotafio con una bella estela de mármol travertino, pasado el puente
Milvio, en la vía Flaminia que se dirige a Ancona y Ariminium. Y allí acudimos,
hasta hoy, año tras año, para honrar sus despojos y asear su postrera morada.
Su hija Livia no respetó los diez
meses de rigor que nos impone el luto, lo que la llevó a ser palabra réproba en
las bocas recriminadoras de muchos clientes y allegados, sin que eso a ella le
produjera cargo o pesadumbre alguna. Como si el paso del tiempo la abrasase,
diez días después de que en la yerta boca de Alfidia pusiéramos la moneda
destinada al pago de Caronte, el barquero del hampa, me llamó a su presencia y
me abrió su alma como se abre una granada sangrante y jugosa que se desea libar
con ansiedad desértica. Con una fuerza y una decisión pétreas y renovadas me
dijo, tan pronto estuve inmóvil ante ella: “Laraine, mi tiempo ha llegado. Sé
que desde tu silencio conoces cada resquicio de mi instinto, mi mente y de mi
corazón; a mí no puedes engañarme. Tú sabes con quien voy a casarme o cuál
será, si no, mi suerte y mi destino. Deseo que me ayudes en mi ahínco. Nadie,
salvo tú, puede estar a mi lado en lo que ahora comienza, y sólo Roma sabrá,
con el pasar del tiempo, cuan trascendente para la humanidad ha de ser este
empeño”.
Escuché sus palabras sin sorpresa ni
gesto. Lentamente, desde el día en que yo le trajera la noticia de la muerte de
su amado padre, había ido tejiendo en mi cabeza la maraña de su obsesión por el
joven Octavio, a quien ahora todo el mundo proclamaba con el nombre honorable de
“César”. Lentamente, también, había ido certificando cómo aquello, que hacía
tiempo había comenzado como un capricho de niña maligna y envidiosa, se había
ido convirtiendo en una fijación que había desdibujado sus perfiles primeros, y
bien pudiera haberse transformado en un amor sublime y consistente, o en un
empeño terco de alcance imprevisible. Por aquellos tiempos, yo ya sabía que el
amor se sustentaba siempre en una pequeña porción de afinidad, un mínimo
soporte de nudo realismo y unas altas cotas de empeño e imaginación que
desvirtúan todo, suplen, ocultan o restañan deficiencias, verdades e, incluso,
improcedencias. Sabía yo que ese movimiento del alma que unce o que desata es
siempre un revulsivo que nadie puede explicar con argumentos cuerdos, ni
medidas ni tasas para otros cabales.
Pero no pensé en ella ni en Roma para
tomar mi propia decisión; sólo pensé en mí. Al menos eso creí yo cuando
consideré si debía o no apoyar sus opacos proyectos. Llegar al entorno del
hombre más poderoso de Roma, aun para una esclava, era mucho mejor que andar
dando tumbos por casas de mediano prestigio, sujeta a las eventualidades del
convulso destino. Ser parte esencial del propósito de la intrigante mujer de
Claudio Tiberio Nerón era, a todas luces, infinitamente mejor que ser
considerada su adversaria. Por otro lado, la lealtad de Livia para con sus
coadjutores y fieles estaba asegurada de modo fehaciente; su rencor y su odio
hacia sus adversarios, también. Además, si bien no pudiera decirse que yo la
profesaba afecto o gratitud de manera especial, sí podía afirmar que, a su
lado, jamás había sentido yo vejación o desprecio y sí un respeto por su parte
y una subterránea admiración que, entre ambas, reafirmaba un vínculo medido y
eficiente que a mí me importaba seguir y fomentar cuanto fuera posible. Por eso, al día siguiente, cuando estuve ante ella, la
miré a los ojos. Ella mantuvo también su mirada en los míos.
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