lunes, 5 de mayo de 2014

XIV. LA ELECTA DE LA DIOSA



XIV.    LA ELECTA DE LA DIOSA


Un día mi señora me pidió que la acompañara al templo de Victoria, en donde se reverencia desde la antigüedad la Magna Mater, la santa Piedra Negra; ese betilo que afirman que ha caído directamente del cielo sempiterno. Es esa la piedra venerable que los ancestros, siguiendo el mandato de los libros herméticos, fueron a rescatar a Pessino de las manos hititas. La roca consagrada que, traída hasta Ostia, se negó, en trance de milagro, a remontar el Tiber hasta el sitio que se le había asignado en la urbe, intramuros. Cerrazón en la que se empeñó el guijarro hasta que la vestal de nombre Quinta Virginia Claudia, a quien todos acusaban de prácticas impúdicas, la arrastró hasta Roma atada de su cíngulo como a un dócil perrillo que siguiera a su ama. Uno de esos prodigios o portentos que los creyentes proclaman conmovidos, pero a los que yo nunca he donado ni crédito ni pábulo. Pero dicen que fue así como la laja santa fue trasportada al monte Capitolio y convertida en lecho y en digna epifanía de la diosa Cibeles.
Para aquella ocasión Livia mandó que se mercara un toro garañón; un ejemplar magnífico, digno de las arcas y bolsas de reyes del Oriente. Y todo ello a escondidas, sin que el confiado Augusto se enterara del propósito que Livia estaba maquinando.
Sabida era la veneración que, desde que era joven, mi amo mantenía para con la diosa suprema. Y por toda la urbe circulaba la certidumbre de que ella lo custodiaba y otorgaba defensa y buen augurio, tal y como una pantera defiende a su cachorro. Por eso, se hacía imprescindible que Livia agasajara a la divinidad para que ésta la regalara con un favor parejo, pero sin concitar los celos de su dilecto esposo, quien periódicamente la convidaba con generosidad cual deidad exclusiva.
Yo nunca había asistido a un rito iniciático, ni siquiera sabía que tales ceremonias cursaban de modo tan pasmoso.
Dejamos nuestros lechos cuando aún no era el alba. Ella eligió la madrugada, tras una noche en la que Augusto no había requerido a su esposa hasta su fiero tálamo, pues que él había celebrado un simposio con sus más allegados riendo, comiendo, bebiendo y conversando.
Salimos de manera furtiva de la domus casi al finalizar la última vigilia. A la hora prima ya habíamos llegado al templo de Victoria, donde nos esperaba el Archigallus y hasta una decena de coribantes, quienes nos recibieron con extrema cautela, aunque con protocolo de altos dignatarios. Todo había sido pactado con tiempo suficiente y confirmada la posibilidad de su realización cuando estuvimos seguras de que Augusto dormiría de forma refrendada, por lo que no era posible que se desvelara, ni antojara retozos conyugales. Una cocción de raíz de hierba valeriana y hojas de amapola, mezclada con el vino del último ánfora, lo sedó de modo conveniente y dejó a sus amigos sumidos también en un letargo que les aconsejó dormitar a todos juntos, sin más desplazamientos, durante la mañana siguiente y hasta bien cursadas las horas de la tarde.
La luz de madrugada era aún turbia y fría, y el celaje de oriente estaba embadurnado con jirones morados y ráfagas sanguíneas, lo que pronosticaba un día caluroso y de augurios confusos.
Tras el recibimiento, se cerraron las puertas con golpe de mazmorra y un angosto pasillo se tendió ante nosotras jalonado de antorchas que humeaban negrura y aromaban con fuerza a sebos y mantecas. El ambiente en el antro era oscuro, asfixiante y en demasía denso. El olor de otros flujos se asía a las losas, que brillaban mojadas, cual si de ellas brotara eternamente un rezumar nacarado o broncíneo. Un color ferroso ribeteaba con su tinte de vino los múltiples costrones que abundaban en aquella ergástula por rincones roídos y zócalos podridos. Eran como las tenebrosas manchas de mil asesinatos que, cual una  siniestra delación, se asieran a aquellos escenarios.
El enorme animal que iba a servir para el taurobolium estaba custodiado en un establo amplio que nos fue entreabierto para que lo observáramos, y comprobar así que el ejemplar era digno de regia ceremonia. Por aquella angostura salió a nuestro encuentro un aroma opresivo de orines y de heno pisado y fermentado. Los ojos del gran uro brillaban como ónices, en medio de una mansedumbre descomunal y torpe ajena a su destino. Su exhalar era calmoso y grueso como de pote hirviendo que expandiera vapores de fétida pitanza de forma acompasada.
Se había convocado también a un representante de cada unión devota que honraba a la altísima Mater. De ese modo, los dendróforos, los canéforos, los coribantes y hasta los metragirtas estaban representados en aquella liturgia. El archigalo y un quindecemviro nos abrieron la marcha hacia la pila santa. La ínclita ceremonia iba a realizarse con la ortodoxia de la escuela metróaca, pero respetando con rigor los modos de Kybele, el lugar ancestral donde mora el oráculo desde el remoto día en que el mundo naciera. Todo debía ser así por expreso deseo de mi señora Livia, que quería ungirse de un modo riguroso, sin que se escatimara en culto o ceremonias y, mucho menos, en dispendios o en gastos. Los sacerdotes habían consentido con un enorme gusto estimulados por una oronda dádiva.
Los santos hombres habían asegurado que, sin lugar a dudas, aquella solemnidad ritual y orgiástica iba a significar una metamorfosis para la nueva Livia.
Las cuidadas liturgias en las que se emulaban la emasculación de Atis, simbolizarían el hermafroditismo virtual a través del cual, mi dueña y señora, sería desde entonces el varón y la hembra de su nueva morada. La poderosa Mater Magna Cibeles la investía así, con rigor y en secreto, como asunto entre hembras, pero de gran alcance, de la oportuna fuerza y la legalidad para encarnar, desde aquel mismo instante, sin reservas ni trabas, cuantos actos o acuerdos tuviera que afrontar para el bien de la patria y el vigor de sus gentes. La Mater protectora aseguraba así la máxima custodia a su dilecto hijo, más allá de sus actos o vicios personales. Era de aquella forma cómo a Livia Drusa, supuestamente, se le encomendaban labores y sentencias de carácter divino para amparar a Octavio y abrigar a la patria.
Tras aquello, podría asegurarse que mi señora Livia era ya tácitamente diosa, aunque en medio de humanos. Yo no sé si eso sería así, pero, al menos, ella así lo creía desde sus obsesiones e imparables deseos de formar parte activa del Panteón de Roma. Todo ello era reforzado con contundente ahínco por el amable engaño de aquellos sacerdotes, que habían descubierto las enormes ventajas de influir, a través de la esposa de César, en la arena política, y de agrandar así, de una forma real pero discreta, sus bienes y prebendas. Quizá no sospecharan que la fuerza de Livia era  muy semejante a la de los elementos de la naturaleza que arrasan, inundan o destrozan sin reparar en cuánto y luego sigue el tiempo cual si nada ocurriera.
Los ritos comenzaron con la desnudez de mi ama, a quien únicamente se la guareció bajo un lienzo finísimo por salvar su pudicia. Un velo muy sutil que le caía con simplicidad por delante y detrás de su menudo cuerpo, dejando al descubierto sus dos blancos costados y sus descalzas plantas. Sirvieron al despojo litúrgico un buen grupo de eunucos que mostraban altivos los nudos de sus mutilaciones, cual si tuviera, cada cual, dos ombligos.
Coronada Livia con una cesta alta de flores variadas, fue conducida en rotundo silencio a la caverna de los ceremoniales. Yo secundé sus pasos sumida en mi mutismo y temblando en mi miedo. Todo aquel rigor resultaba aterrante. El lugar para el acto era un habitáculo de trazado oval, escavado en la roca, cuya única luz caía desde el cenit por un óculo escueto con contorno de estrella. Era una sala húmeda de atmósfera opresiva, como una cellae íntima ubicada en el hondón del Tártaro. En el centro, un gran podium enlosado con una reja de hierro como desaguadero, provisto de una rampa de acceso muy pendiente, se alzaba sobre una pileta de mármol ennegrecido de amplias dimensiones. Tras aquel catafalco, y presidiéndolo todo, una soberbia estatua de la diosa Cibeles se erguía sobre un trono dorado formado por dos subyugados leones que aunaban sus dos lomos para servir de asiento a la divina Madre.
Todo hacía creer que el tiempo se hubiera suspendido o que allí no pulsase el latido de la vida o del orbe. A mí se me dejó encogerme dentro de una hornacina destinada otras veces a los santos arreos, pues que no estaba prevista la asistencia de nadie extraño al neófito o los actores santos. Pero Livia exigió que yo lo presenciara y ellos aceptaron aunque con poco agrado.
Desde aquella huronera, sentí a mi señora entregada al silencio cómplice de la muerte y comencé a notar cómo mis dientes castañeteaban queriendo acompañarla en el terrible trance, mientras mi corazón golpeaba con fuerza y mi cabeza parecía perderse en un terror de tinieblas inmensas.
Entonces se abrió la otra talanquera. Por ella aparecieron los canéforos dirigiendo al gran uro hacia el alto púlpito, ante cuya pendiente se resistía el monstruo, mugiendo y resbalando. Tras múltiples esfuerzos, lograron que la gran mole avanzase hacia su ubicación y lo uncieron con cordones dorados. El paso receloso e incierto de la bestia hizo que se estremeciera el férreo andamiaje. Por un momento, creí que el peso de aquel enorme bruto aplastaría a mi indefensa dómina que, allí, desguarnecida, parecía más sola y desnuda que nunca y su temblor se hacía tangible y evidente ante tal amenaza.
De inmediato, estuvieron totalmente alineadas y como superpuestas: Cibeles en lo alto, el toro engalanado con cintillas y esquilas debajo de sus astas y mi desnuda ama sumida en la hura bajo la enorme bestia.
La frente de la diosa se elevaba altiva con su kalatos repleto de torres y bondades. Y una cornucopia que derramaba frutos brotaba en su grácil costado cual manantial de regalos y premios. Un cendal de blancores traslúcidos caía desde su divina cabeza a ambos lados, otorgando a la deidad marmórea una delicadeza de carácter humano.
Entonces, tras un chocar de tablas, comenzó el colosal bullicio. Sonaron al unísono y en atronante estruendo el tunpanón, las flautas, los cómbalos, las frigias y los tímpanos. Y aquel grupo de eunucos al que llamaban galos, con ropas de mujeres, rasgadas y procaces, comenzó a berrear en una algarabía creciente y desmedida. Danzaban, se contorsionaban y corrían por el deambulatorio que circundaba el cuarto hacia su media altura. Iban y regresaban, enseñaban sus torsos, sus vientres, sus nalgas y el lugar de sus sexos. Chillaban y caían, se alzaban y abrazaban en una danza histriónica en la que simulaban graznidos de animales y aullidos de bestias y de brutos, salvajes y crispados, hasta que se instalaron en un furor orgiástico cercano al paroxismo. Aquella desazón trasmitía terrores, locura y desafuero. De sus belfos biliosos salían babas y espumarajos.
Yo entonces me pegué cuanto pude a mi escueto huraco y vi cómo mi dueña yacía entregada al total desamparo, creyéndose perdida en medio de aquella cacofonía irascible y funesta que seguía creciendo. Creí por un momento que algún cálculo falso nos había llevado al final de los días y que la pobre Livia, junto con su esclava, más que al reino del cielo, sería entregada a una olla inmunda sin que nadie supiera jamás nuestro postrer destino. Hasta tales estruendos llevaron los danzantes sus gruñidos, bufidos, regaños y aúllos, que nunca he sido yo testigo de ruido más soez y desarmónico, ni gritos más tortuosos ni más amenazantes.
Aquel trueno creció hasta que en un momento sonó una limpia trompeta metálica e hiriente. Fue un sonido veraz, agudo y muy conciso. Un tajo musical en medio del estruendo que separó al instante el ruido del silencio con un corte perfecto. Un transparente acorde que volvió el caos a la cordura, como si un rayo áureo dividiera el celaje en dos claras mitades: los armónico y lo anárquico.
Entonces vi alzarse la mano justiciera. El cuchillo del rito brilló ante el rostro impasible de la diosa de Ida, de Sipilo, de Cícico, de Sardes. Entonces la enorme mole cayó descoyuntada, mediante un golpe seco, como si un terremoto removiera el planeta en un solo bramido y la calma infinita ocupara la tierra silenciosa por siempre. Los eunucos rodaron descoyuntos. Un surtidor de sangre brotó de su pescuezo a grandes borbotones, como una fuente roja que escupiera un flujo retenido por siglos. Aquel bullente caldo, espeso y humeante, cayó sobre mi dómina, que yacía en el suelo cercana al arrebato, cubriendo su vestido y su carne de ese purpúreo jugo en el que dicen que reside la vida. Los grandes cuajarones eran como enormes rosas surgidas por ensalmo.
La noté boquear como si se ahogara entre flemas y vómitos. Intentó incorporarse, pero la roja baba la humilló en el suelo en todos sus intentos hasta que se entregó, dócil e inoperante, a su brutal dominio de fango escarlata. La golpeó el torrente con humillante acoso.
Todos se escabulleron cual toque en retirada en infernal batalla. Un vaho de rubí ahogaba la estancia sumida entre dos luces. El silencio latía como un corazón pulsando en agonía.
Cuando entendí que todo había concluido me aproximé repleta de ternura para sacar a mi ama de aquel pilón inmundo que apestaba a matanza. Puesta en pie, la tela se pegaba a su cuerpo empapado, ofreciendo a su carne un aspecto deleznable e impúdico. Y su pelo revuelto caía en su cara como si mil heridas le sajaran el cráneo.
Con gran dificultad corrimos el cerrojo que anclaba la puerta. La pesada tranquera rechinó en sus goznes liberando la hura. Igual que un par de lapidadas, avanzamos unidas por aquel corredor que nos condujo a un baño templado y solitario donde recomponernos. Los cuerpos de las dos estaban igual que apaleados y un cansancio infinito nos impedía el paso, engastar pensamientos y hasta trenzar miradas que nos reconfortasen. Desde un banco de mármol impoluto, las ropas limpias nos miraban temerosas y huidizas cual si no nos quisieran. Sobre una pileta, un gran caño de agua surtía generoso su alivio de pureza.
Salimos del templo por una puerta destinada al acopio, hacia la hora octava, vistiendo un atavío modesto para ser ocultadas y usando una litera vulgar y bien cegada. Y cuando ingresamos en la casa de Augusto, supimos que el dómine no se había enterado de nuestra larga ausencia, pues que las múltiples tribulaciones que por entonces volvía a procurarle su cuñado Marco Antonio lo tenían inmerso en proemios, reuniones y acuerdos sin descanso.

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