XXXI. EL VINO DE LA INFAMIA.
Druso Claudio Nerón, a quien todos llamamos siempre
Castor, en
honor al dios de igual nombre, el hermano de Pólux, ambos hijos de Zeus y de
Leda, fue muerto como un perro. Su
habilidad en montar a caballo desde niño y a hacer sobre las grupas complejas acrobacias,
le granjeó ese apodo que complacía a Augusto de forma extraordinaria. De nada
sirvió que fuera a los veintisiete años nombrado miembro permanente del Senado,
ni su honrosa intervención sofocando el motín de Panonia, ni que hubiera sido
cónsul, ni gobernador destacado de Ilírico, ni siquiera que hubiera recibido la
tribunicia potestas o hubiera sido
nombrado colega de su padre. Todo resultó insuficiente ante la avaricia del salvaje
Sejano y la maldad de la letal Livila, su desleal esposa y madre oficial de sus
tres hijos.
Ya cuando nacieron sus dos gemelos, Germánico
y Tiberio, al que apodamos Gemelo, no pocos aseguraron que en la génesis de tan
gozoso parto había tenido su parte esencial el jefe pretoriano. Pero aquellas
eran habladurías que nunca se han podido probar de forma fehaciente, aunque el
parecido de los muchachos algo apuntara. Pero Livila siempre fue experta en ocultar
acciones y embrollar los sucesos. Como tampoco se pudo probar de manera inmediata
que fuera ella cómplice en el envenenamiento de su esposo, aunque yo sí lo supiera
desde el primer momento del suceso, lo que fue silenciado durante siete años
por cuantos lo sabíamos.
Todo quedó encubierto por el
carácter irascible, violento y pendenciero, y por la afición que Castor tomó a
la bebida en sus últimos años. Los desdenes continuos de su esposa, los desprecios
permanentes de su padre y el favor reiterado de éste hacia Sejano, hicieron que
su ira fuera cada vez más recóndita, su amargura más ácida, y que su abyección hacia
el jefe de los pretorianos fuera para todos pública e innegable. Y ante tal
rivalidad, que incluso les llevó en una ocasión a un bronco duelo físico en
pleno foro a la vista de todos, Livila, como no podía ser de otro modo, tomó
partido a favor de Sejano, dejando a su esposo en evidencia. La ambición
desmesurada de la niña la hizo no dudar y elegir, una vez más, a aquel que
consideró con más posibilidades de acceder a la gloria, aunque para ello
tuviera que practicar de nuevo las vilezas más sórdidas en las que, por otra
parte, ya era tan experta.
Pese a todo lo que yo he visto
en mi longeva vida, he considerado que esta postrera ignominia y todas sus
secuelas son quienes han conseguido colmar el jarro de mi vida, y me han hecho
desear, estoicamente, que me ampare la muerte que a todos nos sosiega y nos
calma por siempre. He soportado ante mis ojos y en mi corazón muchas
atrocidades y desgracias inmensas, pero ésta me ha resultado extrañamente acerba.
Quizás sea porque a estas alturas de mi vejez las fuerzas me flaquean y el
mundo, habiéndoseme revelado ya en su pútrida hez, ya en nada me reclama ni en
nada me interesa. Máxime viendo cómo se aproxima la muerte de mi dómina a quien odio y añoro con fuerza
semejante.
Sufrí cuando murió el
sentenciado Castor. Muchos son los que achacaron su fin a una de sus múltiples
borracheras, pues todo hizo creer que había sido el desmesurado consumo de un vino
de falerno recién traído de Campania el que lo había llevado hasta su tumba. Pero
yo supe que Ligdo, su copero, había mezclado algo más que especias o hierbas aromáticas
con aquel caldo que lo postró en el lecho y lo arrastró como un perro apaleado
durante las más de dieciséis semanas que duró su agonía.
Y es que, al final, la vida se le fue
en vómitos y arcadas por las que le salía hasta la misma entraña. Una hez
negruzca y sanguinolenta que arrojaba a grandes bocanadas sin contención
posible. Luego no tuve nada más que observar las miradas cómplices entre el
escanciador y Eudemo, el médico y sangrador de Livila, para saber que ambos
habían tenido parte muy esencial en aquel infame tránsito. Pero el poder coactivo
del prefecto rodeaba los hechos. Por eso estuvieron ocultos durante esos años,
en los que casi llegamos a olvidarnos del pobre exterminado. Y sólo cuando,
tiempo después, ambos fueron torturados por mandato de Antonia, obsesionada por
que se aclararan tan sospechosos hechos, pudo saberse todo lo ocurrido para
espanto del mundo.
Diré también que sufrí cuando hace
dos años supe que Antonia había decidido, a consecuencia de esto, que su hija
Livila fuera encerrada y privada de alimentos hasta que muriera roída por el
hambre, como si una rata le hozara en su vientre y royera en su entraña. Esa ruda
actitud de una madre para con su hija me retiró el sueño y me arrimó mil temores.
Sueño y sosiego que no he podido volver a conciliar de manera reglada. Qué
extraña es la vida: a veces nos marca a fuego un suceso sin aclararnos por qué.
Nunca tuve aprecio a esa niña, bien lo
sé. He vivido las maniobras aborrecibles de su abuela y sé sus consecuencias y
su insigne maldad. Pero detesté de manera especial la abominación de Livila. Su
actitud me sobrepasaba de extraña manera. Me sobrepasaba, porque certificar que
tal depravación pudiera heredarse de modo tan directo, me hacía aborrecer al
género humano de manera más honda y sin reserva alguna. O quizás fuera porque
la niña me hacía dejar de considerar a Livia como un ser único y magnífico, y
me obligaba a aceptar su execración como simple iniquidad y producto vulgar de
la demencia humana. Execración que se puede, incluso, trasegarse y ser producto
de la herencia. Livila me parecía la
reencarnación de Livia pero de forma burda sin razón ni ideales, aunque los de
mi ama fueran injustificables y propios del mero desvarío. No obstante, no alcanzo
a saber por qué mi juicio es hacia ella así de riguroso, ni por qué fue ella
quien me libertó definitivamente de mi
anterior ceguera.
También me espanta la crueldad de su
madre decretando que ella muriera de aquel modo tan atroz e inhumano. A través
de esa actitud he podido descubrir a una Antonia malvada y resentida, a quien
el paso del tiempo no ha permitido encontrar el sosiego con que los años
debieran haberla confortado. Por eso, cuando aún la veo, creo tener ante mis
ojos la imagen del rencor y la maldad humana macerada; la vieja entraña
palpitante en la que se engendró el huevo del que nació la víbora. Así creo que
esta casta está toda podrida, aun a pesar de que ostenten la gloria y el entusiasmo del género humano los aclame.
Y es que fue Antonia quien
despachó al correo que llevó la noticia de su puño y letra al enajenado Tiberio,
que se había retirado a Capreae. Antonia, que apenas supo de las confesiones
del copero y el médico, llamó a Livila a su presencia, cerró la puerta y,
acompañada de uno de sus rudos esclavos armado con un látigo y un brasero con
hierros, obligó a confesar el crimen a su ambiciosa hija. Nadie en la casa
puede olvidar los alaridos que las fustas y los hurgones ígneos arrancaron a
Livila hasta que reveló su abyección y maldad.
Pero conocidos los hechos,
Antonia fingió recuperar la calma. Pretextó una visita a mi dómina que ya estaba muy enferma y vino
a informarla de cuanto sus torturas habían conseguido. Las dos mujeres, cual
dos buitres hambrientos despellejaron el suceso con renovada inquina. Vi los
ojos de mi ama brillar por un instante con aquel brillo que desde hacía tiempo
la había abandonado por el agotamiento. Vi cómo sus labios resecos y ajados
volvían a lubricarse como babean las fauces de los perros que huelen la comida.
Livia, extenuada, soñó por un momento
con el placer de poder vengarse de Sejano, que, al final, había sido quien la
había relegado y despreciado definitivamente. De manera inocente, concibió la
idea de que su hijo, su insultante Tiberio, regresara de Capreae y tomara las riendas
de este imperio por el que ella tanto había luchado y hacia el que él
demostraba tanta desidia y tanta adversidad. Tal vez Antonia, como ya lo hiciera su madre Octavia, cuando
sirvió de apoyo al Senado para que éste declarara a Marco Antonio enemigo de
Roma, quería sentirse matrona venerada y salvadora insigne de la gloriosa patria.
Ahora las dos mujeres, como grotescas momias, se repartían un plato de maldad y
de sangre, en el remate de una fiesta íntima, patética y salvaje.
Livia aconsejó a Antonia, y
Antonia la obedeció como lo hacía siempre. Llevó la carta Marco Antonio Palas,
el liberto griego al que ella había manumitido hacía poco tiempo y en el que confiaba
total y plenamente más que en sus propios hijos. Unos días después expiraba mi
ama.
Tiberio recibió la misiva.
Livila, hacía ocho años, en unión con Sejano había envenenado a Castor. Ambos se
habían deshecho de Agripina y sus hijos, y estaban organizando una trama para
asesinar a Tiberio y así suplantarlo en el máximo estrado. La carta iba plagada
de datos, testigos, testimonios y fechas contrastadas.
Dicen que cuando lo leyó, Tiberio
balbuceó como lo hace un niño tras robarle un juguete. Deambuló por la estancia
sin encontrar refugio y luego se enfureció, sudando y resollando sin encontrar
la calma. Le temblaban las manos y las venas del cuello se le engrosaban como
bridas de potro morándole la cara. Ahora sí se encontraba solo; profundamente
solo. Su madre estaba muerta y su amigo y apoyo lo había traicionado. Ni
siquiera le quedaba su hijo.
De inmediato anunció una visita a
Roma. Nadie sabe quién lo aconsejó, pero por una vez actuó con astucia. Quizás
la soledad y el terror agucen los ingenios que han estado hibernando hasta esos
momentos. Mandó misivas a miembros del Senado alabando a Sejano. Al mismo
tiempo, y con toda premura, se puso en contacto con todos aquellos contrarios
al prefecto. Dicen que logró así dividir los estrados, sin que ni unos ni otros
supieran del flanco del que estaba el gran César. Los partidarios felicitaban a
su siniestro líder y le aseguraban que el emperador estaba entusiasmado con su
obrar y su celo, y venía para recompensarlo y hacerlo, tal vez, su corregente.
Para todos ellos, eso no era más que una promisión de poder y ventura que debía
alcanzarlos y aportarles provechos. De otro lado, los enemigos del réprobo se
frotaban las manos sabiendo que su caída estaba próxima sin duda ni salvación
alguna, pues el emperador, al fin, se había dado cuenta del bárbaro ayudante,
traidor y asesino a cuya sombra estaba cobijado.
Tiberio convocó a Sejano con halagos y
afectos en una cena íntima que cuidó con esmero y le pidió que, igual que él lo
hacía, renunciara a su acta de cónsul. Ambos, según le anunció con veladas
tibiezas, tenían una misión más grande que acometer unidos frente a todos.
Entonces invistió a Calígula con los santos honores del sumo sacerdocio.
Trataba de que el pueblo, a su través, volviera nuevamente los ojos al hijo de
Germánico, cuya madre y hermanos seguían reclamando venganza desde el profundo
tártaro. Por un momento creí que mi
señora había resucitado y guiaba a su hijo susurrando a su oído. Aquella manera
minuciosa de obrar con tanta astucia era, sin duda, inspirada por ella desde el
lejano mundo.
Al tercer día de los idus de october vi a Sejano henchido como un
pavo salir hacia el Senado. Era de madrugada. El jefe pretoriano iba en la
seguridad de que de allí saldría designado tribuno, y luego corregente.
Aseguran que a su llegada muchos le rodearon para felicitarlo. Pero los más
rezagados, que antes de entrar pudieron comprobar cómo la guardia pretoriana
había ocupado las vías colindantes, al mando de Quinto Nevio Sutorio Macro, ya
no se le acercaron temiendo lo inminente.
Los senadores, cuando sintieron
sus vidas protegidas, lanzaron sus condenas. La lluvia de reproches fue
violenta y airada. Las denuncias se multiplicaron, y toda la sarta de
injusticias, crímenes y atropellos llevados a cabo por el prefecto de la
guardia durante tantos años, cayeron sobre él como las piedras de un templo que
hunde un terremoto. Muchos fueron los que entonces aprovecharon para cambiar
posiciones y negarle su afecto. Así, no pocos de los que fingían ser sus
íntimos amigos se hicieron de repente feroces enemigos. Y éstos fueron los más
irrevocables, pues que su proximidad les hacía disponer de muchos más detalles
que lo incriminaban en barbaries, infamias y numerosos crímenes.
Aquella misma tarde el Senado lo
prendió y lo condenó a muerte ante la más pétrea y sorda impasibilidad de un
Tiberio abstraído, que parecía no tener nada que opinar en semejante causa.
Aquella misma tarde se emitió un damnatio
memoriae, por el que se ordenaba destruir de inmediato sus estatuas y
bustos, borrar su nombre de todos los registros públicos, y recoger y dejar sin
curso legal cuantas monedas exhibieran su rostro. Las primeras en ser
destrozadas por la muchedumbre fueron las imágenes que lo representaban en el
Teatro de Pompeyo y ante la misma Curia. Ambas fueron decapitadas y arrastradas
por el fango de Roma en una procesión macabra que auspiciaba lo que de
inmediato iba a sucederle.
Al día siguiente fue llevado
desde la cárcel Mamertina al templo de la diosa Concordia. Allí se leyó su
sentencia de muerte y en el mismo lugar fue estrangulado, sobrando manos que se
brindaran prestas para ejecutarlo. Su cuerpo fue sacado a rastras y tirado por
las Escaleras Gemoniae, la que conduce al Arx y al Capitolio frente a la Curia
y junto al Tabularium donde se custodian las leyes. En menos de una hora el
pueblo lo despedazó y en cada barrio se exhibió un despojo deforme de quien
había sido el déspota de Roma y ahora era un pedazo de carne a quienes unos
escupían con saña y otros pisoteaban festejando su muerte.
Sólo seis días después era ejecutado
Estrabón, el mayor de sus hijos. Dos días más tarde, rota por el dolor, la
madre del muchacho, Apicata, se suicidó después de ir ella misma a entregar una
carta a Tiberio. En ella daba cumplidos detalles de cómo aquel malvado, que
había sido el padre de sus hijos, había urdido en contubernio con Livila la
muerte de Castor, que el emperador ya conocía por Antonia, y ella, enloquecida,
ratificaba con abundantes datos.
Tiberio mandó prender a Livila y
se la entregó a Antonia para que fuera su propia madre quien la ejecutara, pues
ella se lo había suplicado postrándose de hinojos y derramando lágrimas.
También se ejecutó a Capito Eliano, el hijo de Sejano. Y la misma suerte le fue
aplicada a Junilla, la hija más pequeña del maldito, que como era virgen, antes
de ser ajusticiada fue entregada a los soldados para que la violaran en
cumplida revancha recordando a su padre, pues que en Roma jamás se ha condenado
a morir a una muchacha que aún estuviera intacta.
Contra Livila también fue
promulgado un damnatio memoriae. Y
hasta la casa de Livia llegaron las hordas alteradas para llevarse el busto que
había de la niña y despedazarlo como la ley mandaba.
Realmente no merecía la pena que el
mundo recordara a aquella infame que tanto había aborrecido a su hermano
Claudio por sus deformidades y despreciado a su cuñada Agripina, por envidia,
hasta lograr que acabara su vida y la de sus hijos de forma cruenta y proscrita
en Pandataria.
A partir de la huida de Tiberio
a Campania, Sejano había desatado su injusticia de manera alarmante. Creó una
red de espías y gente dispuesta a atestiguar con falsedad en cuanto él les
pidiera. Así promovió numerosos procesos cuyos acusados, sabiendo cuál iba a
ser su resultado, se suicidaron sin llegar a ser llevados ante los tribunales.
Eso le sucedió a Cayo Asinio Galo, el segundo esposo de Vipsania, quien, aun
siendo un influyente senador, supo que su conocida oposición a Tiberio y su
apoyo a la causa de Agripina no le permitirían salir indemne de aquel falso proceso
en que se le imputaba.
Después, cuando el emperador se marchó
a la isla, Sejano se hizo dueño de toda información y controló al Senado. Y
nada le costó enviar a Agripina y a tres de sus hijos a Pandataria, pretextando
que su oposición abierta a Tiberio ponía en peligro la estabilidad sagrada de
la patria. Sólo Calígula, hábil y alocado, jugó su baza uniéndose a Sejano y en
contra de los suyos. Y digo hábil porque bien supo desasirse de ellos cuando le
fue oportuno.
Poco después se supo que todos ellos murieron
de forma poco clara. Todos estos sucesos y detalles los he conocido yo de los
labios del malvado Calígula. El histriónico hijo, quien en ningún momento ha
demostrado ante mí el más mínimo dolor ni por su madre ni por sus hermanos.
Antes bien, hizo, como es su pérfida costumbre, un comentario cruel y
aborrecible afirmando: “La muerte de mi madre debe haber sido tan sólo media
muerte, pues quien únicamente dispone de un ojo para ver cómo se acerca su
momento más álgido, debe morir tan sólo la mitad”. Y luego profirió una gran carcajada
tratando de escandalizar a quienes lo escuchábamos. Yo simplemente permanecí
impasible y vi cómo el monstruo se iba gesticulando, y recordé el brío de su
madre quien perdió ese ojo tratando de defenderse bravamente de quienes la
prendían y la avasallaban intentando conducirla a un destierro indignante e injusto
que ella no se merecía.
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