lunes, 5 de mayo de 2014

XXXI. EL VINO DE LA INFAMIA.



XXXI.     EL VINO DE LA INFAMIA.


Druso Claudio Nerón, a quien todos llamamos siempre Castor, en honor al dios de igual nombre, el hermano de Pólux, ambos hijos de Zeus y de Leda, fue muerto como un perro.  Su habilidad en montar a caballo desde niño y a hacer sobre las grupas complejas acrobacias, le granjeó ese apodo que complacía a Augusto de forma extraordinaria. De nada sirvió que fuera a los veintisiete años nombrado miembro permanente del Senado, ni su honrosa intervención sofocando el motín de Panonia, ni que hubiera sido cónsul, ni gobernador destacado de Ilírico, ni siquiera que hubiera recibido la tribunicia potestas o hubiera sido nombrado colega de su padre. Todo resultó insuficiente ante la avaricia del salvaje Sejano y la maldad de la letal Livila, su desleal esposa y madre oficial de sus tres hijos.
                 Ya cuando nacieron sus dos gemelos, Germánico y Tiberio, al que apodamos Gemelo, no pocos aseguraron que en la génesis de tan gozoso parto había tenido su parte esencial el jefe pretoriano. Pero aquellas eran habladurías que nunca se han podido probar de forma fehaciente, aunque el parecido de los muchachos algo apuntara. Pero Livila siempre fue experta en ocultar acciones y embrollar los sucesos. Como tampoco se pudo probar de manera inmediata que fuera ella cómplice en el envenenamiento de su esposo, aunque yo sí lo supiera desde el primer momento del suceso, lo que fue silenciado durante siete años por cuantos lo sabíamos.
                Todo quedó encubierto por el carácter irascible, violento y pendenciero, y por la afición que Castor tomó a la bebida en sus últimos años. Los desdenes continuos de su esposa, los desprecios permanentes de su padre y el favor reiterado de éste hacia Sejano, hicieron que su ira fuera cada vez más recóndita, su amargura más ácida, y que su abyección hacia el jefe de los pretorianos fuera para todos pública e innegable. Y ante tal rivalidad, que incluso les llevó en una ocasión a un bronco duelo físico en pleno foro a la vista de todos, Livila, como no podía ser de otro modo, tomó partido a favor de Sejano, dejando a su esposo en evidencia. La ambición desmesurada de la niña la hizo no dudar y elegir, una vez más, a aquel que consideró con más posibilidades de acceder a la gloria, aunque para ello tuviera que practicar de nuevo las vilezas más sórdidas en las que, por otra parte, ya era tan experta.
                Pese a todo lo que yo he visto en mi longeva vida, he considerado que esta postrera ignominia y todas sus secuelas son quienes han conseguido colmar el jarro de mi vida, y me han hecho desear, estoicamente, que me ampare la muerte que a todos nos sosiega y nos calma por siempre. He soportado ante mis ojos y en mi corazón muchas atrocidades y desgracias inmensas, pero ésta me ha resultado extrañamente acerba. Quizás sea porque a estas alturas de mi vejez las fuerzas me flaquean y el mundo, habiéndoseme revelado ya en su pútrida hez, ya en nada me reclama ni en nada me interesa. Máxime viendo cómo se aproxima la muerte de mi dómina a quien odio y añoro con fuerza semejante.
                Sufrí cuando murió el sentenciado Castor. Muchos son los que achacaron su fin a una de sus múltiples borracheras, pues todo hizo creer que había sido el desmesurado consumo de un vino de falerno recién traído de Campania el que lo había llevado hasta su tumba. Pero yo supe que Ligdo, su copero, había mezclado algo más que especias o hierbas aromáticas con aquel caldo que lo postró en el lecho y lo arrastró como un perro apaleado durante las más de dieciséis semanas que duró su agonía.
Y es que, al final, la vida se le fue en vómitos y arcadas por las que le salía hasta la misma entraña. Una hez negruzca y sanguinolenta que arrojaba a grandes bocanadas sin contención posible. Luego no tuve nada más que observar las miradas cómplices entre el escanciador y Eudemo, el médico y sangrador de Livila, para saber que ambos habían tenido parte muy esencial en aquel infame tránsito. Pero el poder coactivo del prefecto rodeaba los hechos. Por eso estuvieron ocultos durante esos años, en los que casi llegamos a olvidarnos del pobre exterminado. Y sólo cuando, tiempo después, ambos fueron torturados por mandato de Antonia, obsesionada por que se aclararan tan sospechosos hechos, pudo saberse todo lo ocurrido para espanto del mundo.
                Diré también que sufrí cuando hace dos años supe que Antonia había decidido, a consecuencia de esto, que su hija Livila fuera encerrada y privada de alimentos hasta que muriera roída por el hambre, como si una rata le hozara en su vientre y royera en su entraña. Esa ruda actitud de una madre para con su hija me retiró el sueño y me arrimó mil temores. Sueño y sosiego que no he podido volver a conciliar de manera reglada. Qué extraña es la vida: a veces nos marca a fuego un suceso sin aclararnos por qué.
Nunca tuve aprecio a esa niña, bien lo sé. He vivido las maniobras aborrecibles de su abuela y sé sus consecuencias y su insigne maldad. Pero detesté de manera especial la abominación de Livila. Su actitud me sobrepasaba de extraña manera. Me sobrepasaba, porque certificar que tal depravación pudiera heredarse de modo tan directo, me hacía aborrecer al género humano de manera más honda y sin reserva alguna. O quizás fuera porque la niña me hacía dejar de considerar a Livia como un ser único y magnífico, y me obligaba a aceptar su execración como simple iniquidad y producto vulgar de la demencia humana. Execración que se puede, incluso, trasegarse y ser producto de la herencia.  Livila me parecía la reencarnación de Livia pero de forma burda sin razón ni ideales, aunque los de mi ama fueran injustificables y propios del mero desvarío. No obstante, no alcanzo a saber por qué mi juicio es hacia ella así de riguroso, ni por qué fue ella quien me libertó  definitivamente de mi anterior ceguera.
También me espanta la crueldad de su madre decretando que ella muriera de aquel modo tan atroz e inhumano. A través de esa actitud he podido descubrir a una Antonia malvada y resentida, a quien el paso del tiempo no ha permitido encontrar el sosiego con que los años debieran haberla confortado. Por eso, cuando aún la veo, creo tener ante mis ojos la imagen del rencor y la maldad humana macerada; la vieja entraña palpitante en la que se engendró el huevo del que nació la víbora. Así creo que esta casta está toda podrida, aun a pesar de que ostenten la gloria y el  entusiasmo del género humano los aclame.
                Y es que fue Antonia quien despachó al correo que llevó la noticia de su puño y letra al enajenado Tiberio, que se había retirado a Capreae. Antonia, que apenas supo de las confesiones del copero y el médico, llamó a Livila a su presencia, cerró la puerta y, acompañada de uno de sus rudos esclavos armado con un látigo y un brasero con hierros, obligó a confesar el crimen a su ambiciosa hija. Nadie en la casa puede olvidar los alaridos que las fustas y los hurgones ígneos arrancaron a Livila hasta que reveló su abyección y maldad.
                Pero conocidos los hechos, Antonia fingió recuperar la calma. Pretextó una visita a mi dómina que ya estaba muy enferma y vino a informarla de cuanto sus torturas habían conseguido. Las dos mujeres, cual dos buitres hambrientos despellejaron el suceso con renovada inquina. Vi los ojos de mi ama brillar por un instante con aquel brillo que desde hacía tiempo la había abandonado por el agotamiento. Vi cómo sus labios resecos y ajados volvían a lubricarse como babean las fauces de los perros que huelen la comida.
Livia, extenuada, soñó por un momento con el placer de poder vengarse de Sejano, que, al final, había sido quien la había relegado y despreciado definitivamente. De manera inocente, concibió la idea de que su hijo, su insultante Tiberio, regresara de Capreae y tomara las riendas de este imperio por el que ella tanto había luchado y hacia el que él demostraba tanta desidia y tanta adversidad. Tal vez Antonia,  como ya lo hiciera su madre Octavia, cuando sirvió de apoyo al Senado para que éste declarara a Marco Antonio enemigo de Roma, quería sentirse matrona venerada y salvadora insigne de la gloriosa patria. Ahora las dos mujeres, como grotescas momias, se repartían un plato de maldad y de sangre, en el remate de una fiesta íntima, patética y salvaje.    
                Livia aconsejó a Antonia, y Antonia la obedeció como lo hacía siempre. Llevó la carta Marco Antonio Palas, el liberto griego al que ella había manumitido hacía poco tiempo y en el que confiaba total y plenamente más que en sus propios hijos. Unos días después expiraba mi ama.
                Tiberio recibió la misiva. Livila, hacía ocho años, en unión con Sejano había envenenado a Castor. Ambos se habían deshecho de Agripina y sus hijos, y estaban organizando una trama para asesinar a Tiberio y así suplantarlo en el máximo estrado. La carta iba plagada de datos, testigos, testimonios y fechas contrastadas.
Dicen que cuando lo leyó, Tiberio balbuceó como lo hace un niño tras robarle un juguete. Deambuló por la estancia sin encontrar refugio y luego se enfureció, sudando y resollando sin encontrar la calma. Le temblaban las manos y las venas del cuello se le engrosaban como bridas de potro morándole la cara. Ahora sí se encontraba solo; profundamente solo. Su madre estaba muerta y su amigo y apoyo lo había traicionado. Ni siquiera le quedaba su hijo.
De inmediato anunció una visita a Roma. Nadie sabe quién lo aconsejó, pero por una vez actuó con astucia. Quizás la soledad y el terror agucen los ingenios que han estado hibernando hasta esos momentos. Mandó misivas a miembros del Senado alabando a Sejano. Al mismo tiempo, y con toda premura, se puso en contacto con todos aquellos contrarios al prefecto. Dicen que logró así dividir los estrados, sin que ni unos ni otros supieran del flanco del que estaba el gran César. Los partidarios felicitaban a su siniestro líder y le aseguraban que el emperador estaba entusiasmado con su obrar y su celo, y venía para recompensarlo y hacerlo, tal vez, su corregente. Para todos ellos, eso no era más que una promisión de poder y ventura que debía alcanzarlos y aportarles provechos. De otro lado, los enemigos del réprobo se frotaban las manos sabiendo que su caída estaba próxima sin duda ni salvación alguna, pues el emperador, al fin, se había dado cuenta del bárbaro ayudante, traidor y asesino a cuya sombra estaba cobijado.
Tiberio convocó a Sejano con halagos y afectos en una cena íntima que cuidó con esmero y le pidió que, igual que él lo hacía, renunciara a su acta de cónsul. Ambos, según le anunció con veladas tibiezas, tenían una misión más grande que acometer unidos frente a todos. Entonces invistió a Calígula con los santos honores del sumo sacerdocio. Trataba de que el pueblo, a su través, volviera nuevamente los ojos al hijo de Germánico, cuya madre y hermanos seguían reclamando venganza desde el profundo tártaro. Por un  momento creí que mi señora había resucitado y guiaba a su hijo susurrando a su oído. Aquella manera minuciosa de obrar con tanta astucia era, sin duda, inspirada por ella desde el lejano mundo.      
                Al tercer día de los idus de october vi a Sejano henchido como un pavo salir hacia el Senado. Era de madrugada. El jefe pretoriano iba en la seguridad de que de allí saldría designado tribuno, y luego corregente. Aseguran que a su llegada muchos le rodearon para felicitarlo. Pero los más rezagados, que antes de entrar pudieron comprobar cómo la guardia pretoriana había ocupado las vías colindantes, al mando de Quinto Nevio Sutorio Macro, ya no se le acercaron temiendo lo inminente.
                Los senadores, cuando sintieron sus vidas protegidas, lanzaron sus condenas. La lluvia de reproches fue violenta y airada. Las denuncias se multiplicaron, y toda la sarta de injusticias, crímenes y atropellos llevados a cabo por el prefecto de la guardia durante tantos años, cayeron sobre él como las piedras de un templo que hunde un terremoto. Muchos fueron los que entonces aprovecharon para cambiar posiciones y negarle su afecto. Así, no pocos de los que fingían ser sus íntimos amigos se hicieron de repente feroces enemigos. Y éstos fueron los más irrevocables, pues que su proximidad les hacía disponer de muchos más detalles que lo incriminaban en barbaries, infamias  y numerosos crímenes.
Aquella misma tarde el Senado lo prendió y lo condenó a muerte ante la más pétrea y sorda impasibilidad de un Tiberio abstraído, que parecía no tener nada que opinar en semejante causa. Aquella misma tarde se emitió un damnatio memoriae, por el que se ordenaba destruir de inmediato sus estatuas y bustos, borrar su nombre de todos los registros públicos, y recoger y dejar sin curso legal cuantas monedas exhibieran su rostro. Las primeras en ser destrozadas por la muchedumbre fueron las imágenes que lo representaban en el Teatro de Pompeyo y ante la misma Curia. Ambas fueron decapitadas y arrastradas por el fango de Roma en una procesión macabra que auspiciaba lo que de inmediato iba a sucederle.
                Al día siguiente fue llevado desde la cárcel Mamertina al templo de la diosa Concordia. Allí se leyó su sentencia de muerte y en el mismo lugar fue estrangulado, sobrando manos que se brindaran prestas para ejecutarlo. Su cuerpo fue sacado a rastras y tirado por las Escaleras Gemoniae, la que conduce al Arx y al Capitolio frente a la Curia y junto al Tabularium donde se custodian las leyes. En menos de una hora el pueblo lo despedazó y en cada barrio se exhibió un despojo deforme de quien había sido el déspota de Roma y ahora era un pedazo de carne a quienes unos escupían con saña y otros pisoteaban festejando su muerte.
Sólo seis días después era ejecutado Estrabón, el mayor de sus hijos. Dos días más tarde, rota por el dolor, la madre del muchacho, Apicata, se suicidó después de ir ella misma a entregar una carta a Tiberio. En ella daba cumplidos detalles de cómo aquel malvado, que había sido el padre de sus hijos, había urdido en contubernio con Livila la muerte de Castor, que el emperador ya conocía por Antonia, y ella, enloquecida, ratificaba con abundantes datos.
                Tiberio mandó prender a Livila y se la entregó a Antonia para que fuera su propia madre quien la ejecutara, pues ella se lo había suplicado postrándose de hinojos y derramando lágrimas. También se ejecutó a Capito Eliano, el hijo de Sejano. Y la misma suerte le fue aplicada a Junilla, la hija más pequeña del maldito, que como era virgen, antes de ser ajusticiada fue entregada a los soldados para que la violaran en cumplida revancha recordando a su padre, pues que en Roma jamás se ha condenado a morir a una muchacha que aún estuviera intacta.
                Contra Livila también fue promulgado un damnatio memoriae. Y hasta la casa de Livia llegaron las hordas alteradas para llevarse el busto que había de la niña y despedazarlo como la ley mandaba.
Realmente no merecía la pena que el mundo recordara a aquella infame que tanto había aborrecido a su hermano Claudio por sus deformidades y despreciado a su cuñada Agripina, por envidia, hasta lograr que acabara su vida y la de sus hijos de forma cruenta y proscrita  en Pandataria. 
                A partir de la huida de Tiberio a Campania, Sejano había desatado su injusticia de manera alarmante. Creó una red de espías y gente dispuesta a atestiguar con falsedad en cuanto él les pidiera. Así promovió numerosos procesos cuyos acusados, sabiendo cuál iba a ser su resultado, se suicidaron sin llegar a ser llevados ante los tribunales. Eso le sucedió a Cayo Asinio Galo, el segundo esposo de Vipsania, quien, aun siendo un influyente senador, supo que su conocida oposición a Tiberio y su apoyo a la causa de Agripina no le permitirían salir indemne de aquel falso proceso en que se le imputaba.
Después, cuando el emperador se marchó a la isla, Sejano se hizo dueño de toda información y controló al Senado. Y nada le costó enviar a Agripina y a tres de sus hijos a Pandataria, pretextando que su oposición abierta a Tiberio ponía en peligro la estabilidad sagrada de la patria. Sólo Calígula, hábil y alocado, jugó su baza uniéndose a Sejano y en contra de los suyos. Y digo hábil porque bien supo desasirse de ellos cuando le fue oportuno.
Poco después se supo que todos ellos murieron de forma poco clara. Todos estos sucesos y detalles los he conocido yo de los labios del malvado Calígula. El histriónico hijo, quien en ningún momento ha demostrado ante mí el más mínimo dolor ni por su madre ni por sus hermanos. Antes bien, hizo, como es su pérfida costumbre, un comentario cruel y aborrecible afirmando: “La muerte de mi madre debe haber sido tan sólo media muerte, pues quien únicamente dispone de un ojo para ver cómo se acerca su momento más álgido, debe morir tan sólo la mitad”. Y luego profirió una gran carcajada tratando de escandalizar a quienes lo escuchábamos. Yo simplemente permanecí impasible y vi cómo el monstruo se iba gesticulando, y recordé el brío de su madre quien perdió ese ojo tratando de defenderse bravamente de quienes la prendían y la avasallaban intentando conducirla a un destierro indignante e injusto que ella no se merecía.











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