XXXIII. LA LIBERTAD SERENA.
En el mismo momento que expiró mi dómina decidí que mis días en
aquella familia habían terminado. Mi misión, si es que había sido alguna, había
concluido. Muertos Augusto y Livia nada me restaba hacer bajo su techo. Por
eso, tras sus honras fúnebres, que fueron muy discretas y a las que no asistió
el imperator, yo decliné los
ofrecimientos que me hicieran Tiberio, Claudio y hasta el loco Calígula para
seguir con ellos. Así, sesenta días después, yo abandonaba a la familia a la
que había servido y pertenecido durante ocho décadas. Yo era una anciana y de
nuevo debía enfrentarme a la soledad.
Desde el principio me instalé en
esta pequeña habitación, en una vivienda en el transtiber. Está situada en la
primera planta. Una escueta escalera pegada a la fachada da acceso a este
cubículo modesto pero independiente, situado sobre el ostiarivs de la casa de quienes son sus dueños. Se trata de una
familia de comerciantes ricos, que en su día fueron clientes de mi ama y ahora
han tenido la amabilidad de aceptarme como su inquilina. Livia les dejó el
encargo de que me acogieran y ellos lo han cumplido con rigor y sin trabas.
Seguramente lo han hecho como agradecimiento por la inmensa fortuna que
acumularon siendo proveedores de objetos valiosos en la casa de Augusto.
Varias tiendas y tabernas, y hasta el
taller fascinante de un artesano en objetos de vidrio, dan vida a esta calle en
la que yo veo cómo se va consumiendo la mía tan perezosamente. Pese a todo, yo
no puedo quejarme. Al final, la existencia me ha premiado con una amable calma,
en libertad, y junto a quien me ama como se puede amar a quien nada ya ofrece y
a quien nada nos pide, y únicamente nos puede aportar el calor tibio de su
cuerpo en las noches de invierno. Poseo, pues, esa enorme riqueza que es la
compañía al final de mis días. ¿Qué más puede anhelarse?
Salí
de la casa de Livia con la conciencia en calma, sabiendo que mi rencor seguiría
en mi mente, pues cuanto conocía no podría olvidarlo, pero que, pese a todo, en
mi corazón, aunque estuviera roto, no anidaba la ira.
Me trasladé a mi nueva morada llevando
únicamente mis ropas, algunos utensilios y el dinero que me legara la
generosidad de quienes fueron mis amos. Al fin soy ciudadana de Roma y como tal
me consideran todos aquellos que ahora son mis vecinos.
Vendí la estatua que sobre mi
persona mandara hacer mi dómina, porque
a mí me resultaba imposible conservarla en mi nueva vivienda y porque, además,
me recordaba algo que me segaba el alma. Se la vendí, por medio del artista que
la había labrado, a un muchacho escultor venido de un lugar de nombre Vivatia,
que es una ciudad de la Oretania, en las lejanas tierras de la Hispania. Era un
muchacho joven, con los ojos llenos de luz y de quimeras que se había
trasladado a Roma para perfeccionar su oficio y llevarse algunas muestras del
arte que en la actualidad se trabaja en la afamada urbe. Su mirada me trasmitió
confianza y respeto. Aquellos ojos no podían otorgarle a mi pétrea figura un
destino que no fuera a ser digno. Deseaba que fueran aquellos ojos quienes la contemplaran
libres de prejuicios y aliviados de vínculos en esas tierras lejanas donde
dicen que el cielo es tan translúcido y el sol tan luminoso.
Tiberio me la había entregado a la vez
que ordenaba llevar lejos de él la de su madre, pues no quería recordar más a
Livia, ni siquiera esculpida en un trozo de mármol. Su destino fue, según me
informaron, las tierras de Paestum, una de las ocho prefecturas de Lucania.
Allí, los del lugar, le habían regalado una villa a la que el emperador no
pensaba ir nunca. Y para ocultar su desprecio a tal presente y, para
congraciarse con aquellos donantes, había mandando para su decoración todos los
objetos de elevado valor que él aborrecía, por recordarle sus días más
atormentados al lado de su madre. Fue así como se separaron las mujeres de
piedra que un día Livia uniera con pretensión eterna.
Al principio me fue duro
reiniciar una vida alejada del bullicio doméstico de una opulenta casa y acomodarme
a un ambiente modesto y sin nadie cercano a quien dedicarme como lo había hecho
casi toda mi vida. Fue duro, pero era lo que ahora incumbía y no había razón
para acunar lamentos o quejas de infortunio.
En un principio pensé trasladarme a
Ostia. Buscaría a Ancia y, si ella me lo permitía, esperaríamos juntas a que la
luz se apagara nublando nuestros ojos. Pero una misiva suya me detuvo en mis
planes.
Todo sucedió de la siguiente forma. Un
día llamaron a mi puerta. Me sorprendió comprobar que era un mensajero, pues
que no conocía a nadie que pudiera enviar un mensaje a mi nombre. Preguntó por
Laraine la venida de Partia, y, a mí, aquello me inquietó infinito. ¿Quién
podía conocer mis ocultos orígenes? Cuando yo asentí, él me entregó el mensaje;
me saludó y se marchó al instante como una centella.
Así rezaba el texto:
“Epístola
de Ancia de Taima a Laraine de Partia.
Año de los cónsules:
Gnaeus
Domitius Ahenobarbus y
Lucius
Arruntius Camillus Scribonianus.
Mi querida Laraine, los dioses generosos me
han permitido contemplar este mundo llevando a mis espaldas la edad de ciento siete
años. Creo que es esta una excepción que las divinidades no suelen conceder y
justo es pensar que, cuando nos otorgan un favor semejante, es porque alguna
oculta razón circula por sus mentes.
He meditado, pues, con profunda
insistencia. He repasado mi vida y mis actos, mis lejanos recuerdos y mis penas
más hondas. He buscado en mi entraña. He convocado en mi repleta mente personas,
fechas y sucesos. Me he enfrentado, incluso, con aquellos fantasmas que
clavaban sus garras en mi dolor más recóndito e íntimo. Y, tras todo ello, creo
haber comprendido lo que quieren los dioses de esta mujer anciana que anhela su
descanso.
Inicio así el viaje de regreso a mi
tierra. He vendido mi domus y cuanto
poseía y, al amanecer, me embarco rumbo a las arenas del desierto infinito
desde el que vi por vez primera el claror de este mundo. Al fin he podido
enfrentarme a mí misma; decirme en voz alta cuanto ahogaba mi alma y reconciliarme
con mi historia y los míos. Y todo ello a pesar del dolor que siempre he soportado
sin poder digerirlo. Porque una vida jamás puede ser redimida si, quien la hubo
aguantado, no es capaz de entender que aquél, para bien o por mal, era su trazado
destino. Por eso creo que debo exonerar a quienes fueron actores de mis penas y
males, pues que ellos no actuaron sino como meros muñecos que los dioses usaron
para cumplir su horóscopo y consumar su traza.
Al fin he podido mirar a mi pasado.
Recordar la muerte de mi madre y cómo mi padre, tras de ello, nos vendió a mí y
a mis hermanos para seguir su ruta sin que lo estorbáramos. Recordar los dos
primeros años al lado de aquel viejo nabateo que me montaba sin piedad ni
cuidados, cuando yo aún no contaba con la edad de diez años, y cómo sus otras
tres mujeres me abofeteaban y me quitaban la comida y el agua, porque no
soportaban que yo fuera elegida por el sucio baboso. He recordado mis días de
desierto, las noches en la haima aterrada,
esperando que el hombre se acostara borracho sin reclamar mi cuerpo. Y luego
las marchas infinitas sobre las monótonas dunas, buscando bajo el sol o el
azote de arena un punto de horizonte que nunca se mostraba. Después, macilenta
y escuálida, mi nueva venta en el caravanseray
de Sarihan, cuando el viejo se vio amenazado por sus deudas de juego y apuestas
brabuconas, mi paso por Atenas y mi llegada a Ostia. Y al fin, mi encuentro con
el venerable Torquio Melno Victio, a quien los dioses tengan bajo sus alas en
los Campos Elíseos. Ese gran hombre que me amara tanto y al que yo nunca pude
compensar porque mi amor estaba, de por vida, quemado.
Por todo eso y porque mi tiempo se
consume, inicio este viaje con el que pretendo llegar a la ciudad de Taima. Iniciarlo
es potestad de mi valiente ánimo, llegar a mi destino sólo decisión de los supremos
dioses: en sus manos me pongo. Aquí quedáis todos a cuantos he querido tanto
como a mí misma. Nunca te olvidaré hasta que el sol se nuble delante de mis
ojos. Nunca te olvidaré mi pequeña Laraine. “Mi pájaro venido desde el mar más lejano”.
Te doy mi adiós hasta la eternidad”.
Leo y releo la carta de Ancia con el
respeto y el amor que debe dedicarse al documento en el que alguien nos entrega
su esencia y su entraña. Ahora conozco su secreto y gozo con la seguridad de
que su herida, lo mismo que la mía, al fin se ha cicatrizado.
Mi vida surca ahora en una amable y
benévola tregua desde el día en que me encontré con Manius, el músico ciego que
vive a mi lado. Lo encontré un día en el mercado. Su voz era cansada, pero su melodía
era tan limpia como lo era entonces en la hacienda de Lurco, el mercader de
esclavos. Pude reconocerlo a pesar del bullicio. Su mirada imprecisa seguía
oteando espacios infinitos, mientras su música se iba desgranando entre un pasar
de gentes distraídas y anónimas como la misma vida.
Me senté a su lado sin que él lo
advirtiera. Dejé pasar la tarde escuchando su cítara, recordando el pasado,
descubriendo en su rostro aquel rostro difuso del muchacho de entonces, que
apenas era un niño. Y cuando se dispuso a recoger su hato, me acerqué a él, le
tomé de la mano y esperé a que sus dedos me palparan los míos. Aquellas manos
suyas suplían a sus ojos. Tal vez por eso sentí su sobresalto y vi cómo
anhelaba su vista más que nunca.
“Sí, soy yo, la muchacha que estuvo
encadenada a ti en la hacienda de Lurco, el mercader de esclavos, la que viajó
a tu lado en aquel barco inmundo hasta el puerto de Ostia. Sí, soy yo y he
vuelto a tu lado para ya no dejarte, para suplir tus ojos”.
Resulta imposible saber por qué razón
tuve aquella certeza, por qué motivo supe que Manius me estaba esperando desde
el confín del tiempo. Resulta imposible averiguar los trazos del camino que
anuda a dos vidas y cómo eso sucede cuando el tiempo lo manda. Resulta
imposible comprender los misterios que ordenan el gran mundo e impulsan a los
hombres por las rutas que deben. Resulta misterioso pero es así y es vano el
esfuerzo que busca averiguarlo.
Desde aquel día vivimos juntos. Él ya
no toca en las calles, lo hace tan sólo para mí; mi dinero es el suyo. Yo le
leo despacio los papeles de Livia y los míos, ésos en los que se encierra un
tiempo que sus ojos no vieron. Él traduce a notas todos esos hechos magníficos
y horribles que yo he presenciado, y, a través de su música yo acepto mi
historia con serena nostalgia. Le hablo al oído y él me da su templanza cuando
al caer la luz sobreviene la noche y, juntos, nos acurrucamos a la espera de un
alba que tal vez nunca llegue. Ojalá que las fuerzas misteriosas del orbe extingan
nuestras dos llamas con el mismo soplido y el día no esté lejos.
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