lunes, 5 de mayo de 2014

XI. LA ROPA BIEN DOBLADA.



XI.     LA ROPA BIEN DOBLADA


Supe que había aceptado mi propuesta cuando, dos días después, vi mi ropa más personal doblada sobre la arqueta de mi alcoba; todo mi cuarto estaba arreglado de forma extraordinaria. Sí, efectivamente, había llegado mi momento; era ya el tiempo en el que yo debía tomar las riendas de mi vida. La posición actual de Octavio en Roma había dotado a su familia de un lugar preeminente en la ciudad. Atia y Octavia eran ahora las mujeres más envidiadas, y mi rencor hacia ellas estaba en su punto álgido. Pero para llevar a cabo la gran empresa que yo había ido rumiando en mi interior necesitaba la adhesión clara de Laraine. Por eso mi alegría fue máxima cuando entré en mi cuarto y percibí el aroma inconfundible de mi ropa lavada y colocada por sus manos. Sólo ella conocía y sigue conociendo la mezcla oportuna a base de cenizas, sebos y grasas, esencias maceradas y agua de lluvia, que hace que las telas queden totalmente limpias y exhalen un aroma inconfundible después de ser lavadas. Es algo que ella ha aprendido de los sacerdotes que ofician sacrificios rituales en el monte de Sapo, y que no muchos conocen con tanto detalle y precisión.
Laraine solía suplir su merma en la palabra con actos semejantes a aquel que, para quienes sabíamos leer en su silencio, eran más claros y elocuentes que la voz que declara o explica las cosas con detalles. Su mirada anuente cuando nos habíamos cruzado a primera hora de aquel día y, luego, aquella muestra, eran un testimonio concluyente para mí. Recuerdo haber sonreído con deleite y haberla buscado de inmediato por la casa para, con absoluta seguridad, quitar sus manos durante un instante de lo que estaba haciendo y tomarlas en las mías como una muestra extraordinaria de afecto y gratitud de fieles camaradas. Recuerdo igualmente cómo ella se había desasido al instante de mí, en un acto reflejo y a la vez suspendido, para no molestarme, cercano al desdén, al respeto o, tal vez, a un somero pudor. Jamás una esclava debe recibir caricias de su ama sin que se ruborice.
Laraine siempre ha sido así: distante y comedida aun a pesar de todo. Entonces no existía entre nosotras esta frialdad que los imperativos después nos han cargado y que ahora es casi como un muro. Un muro viejo y consistente levantado con la acumulación del tiempo y de la vida. Un viejo paredón de adobe que el sol ardiente, los vientos y las lluvias han erosionado y endurecido a la vez, hasta convertirlo en un tapión reseco que se mantiene con aspecto grotesco desafiando nuestras existencias. Pero dejemos esas sutilezas y volvamos a aquel día lejano.
Tras ello, no dudé en hablar con Tiberio Claudio, a cuya alcoba hacía mucho tiempo que yo no acudía pese a sus exhortos y órdenes. Entre nosotros ya se libraba abiertamente una batalla que, aunque ambos tratábamos de velar con una apariencia cordial y cuidadosa, era muy evidente para quienes nos eran próximos o nos observaban.   
No obstante, mi marido se quedó sorprendido. El tono de mi voz y mi firmeza no permitían dudas. “Tiberio, voy a divorciarme de ti”. Ésas fueron mis escuetas palabras. Y él entendió al momento que no había posibilidad alguna de cambiar mis propósitos. Era evidente que entre nosotros no había existido nunca un gramo de cariño, pero que tampoco habían concurrido infidelidades, al menos por mi parte. Tampoco yo consideraba traición lo de aquella esclava que yo enviaba a su cama para calmar sus bríos, pues que era yo quien le proveía de aquella concubina.
Dado el tono de mi voz y mi firmeza era muy claro que mi determinación no admitía convenios. Junto a ello, nuestra posición económica estaba ya muy reforzada. Incluso podía afirmarse que ahora era más sólida que nunca. Él había sido nombrado por Sexto intermediario legal para todo el posible trasiego de grano y cuanto comercio oficial pudiera provenir de Sicilia, Córcega, Cerdeña o de Acaya. Nuestro hijo alegraba la casa con su vitalidad, y la gestación del que estaba en mi vientre se suponía que cada día debería ir reforzándonos como una promesa de cohesión y dicha.
Sin embargo, nada era así. Yo había cambiado tanto y había consolidado de tal modo mi carácter, que mi marido me trataba como a alguien extraño con quien en realidad nunca hubiera convivido, y eso aun a pesar de que, siendo como éramos primos, nos conociéramos desde nuestra infancia. Pero tras mi enfrentamiento a él en Sicilia, cuando le informé de que, decidiera lo que él decidiese, nosotras volveríamos a Roma, él supo que algo se había desencadenado en mi interior y que, por consecuencia, ya no había vuelta ni paso hacia atrás. Si bien, puedo garantizar que él, por entonces, no sabía absolutamente nada de mi predisposición obsesiva hacia el nuevo César. Aquel asunto era algo que sólo conocían mi pecho y Laraine, mi más dilecta esclava.
Sin una aceptación ni una negativa por parte de Tiberio, comenzaron mis preparativos para lo que iba a ser el desarrollo de mi sopesado y eficiente propósito. Nuestra casa ya estaba provista de nuevos esclavos y esclavas, en cuya elección Laraine y yo habíamos convergido. Y esa renovación conjunta del casero servicio nos confería una confidencia y una complicidad que nos mantenía unidas y a salvo de intromisiones y acciones que provinieran de imprudencias ajenas. Ella y yo constituíamos un nudo firme e inviolable. Ella era la regente de toda la intendencia y el gobierno general de la domus y yo fiaba en ella así como pudiera hacerlo en mí misma. Incluso me había comenzado a preocupar de que su formación cultural fuera en ascenso, buscando su compañía y afluencia cuando nos visitaba algún poeta o algún amigo docto, atendiendo y propiciando su interés por libros y sapiencias. A lo que ella se había adherido con franca aceptación y un afán infinito.
Un día Laraine me solicitó permiso para ir hasta Ostia y yo, sin preguntar siquiera qué se proponía ni qué la obligaba a tal desplazamiento, puse un carro a su disposición y un joven muchacho que lo condujese a su servicio. El resultado de su discreta gira fue su reencuentro con Ancia de Taima, la mujer árabe más hermosa que nunca haya existido. Laraine sabía que en aquellos momentos la ayuda que podía ofrecerme la mujer del oasis era imprescindible para mí y mis planes.
Ancia era ramera en un burdel en la ciudad del puerto. Y aprovechando una ausencia de Roma de mi esposo, y tras  un acuerdo entre ambas mujeres, yo me desplacé una noche, en el más estricto secreto y camuflada, hasta el prostíbulo de Ostia. Aquella escapada resulto sumamente excitante; al fin y al cabo éramos dos mujeres jóvenes y lo procaz y prohibido nos ofrecía a ambas un plus de exaltación. Nuestra cita había sido concertada por mi esclava en lo concerniente a su precio, y los extremos de su discreción, sellados con Torquio Melno, el dueño de la casa.  
Describir a Ancia es tarea imposible y, en suma, estéril por completo. Emplearé, pues, mi tiempo y mis esfuerzos en recordar cuánto sentí a su lado y lo que de ella aprendí y cómo aquel saber suyo, sutil y depurado, me fue definitivo para toda mi vida.
Ella era una mujer madura cuya belleza se había anclado en una serenidad sin bordes ni fisuras; una estatua griega que alentara y viviera conservando a la vez su pulimento de hermoso mármol albo, misterioso y hermético. Su voz era perfectamente armónica, pues sus palabras fluían con la dulce cadencia con que musitan las fuentes solitarias en medio de la noche. Pero siendo sus atributos físicos magníficos y sumamente amables, nada podía compararse con el misterioso atractivo que emanaba de su elegante y emblemático porte. Una extraña aureola la envolvía como un vestido etéreo y refulgente de atracción impalpable. Admirar a alguien así era un placer raramente obtenido. Y, desde el primer día que la vi, hubiera deseado estar en su presencia para toda la vida e, incluso, renunciar a mis planes.
Sin embargo, diré que era tan especial su singularidad que cualquiera ante ella, inmediatamente, se sentía indigno de pretender poseerla por siempre en exclusiva. Contemplándola aprecié de forma singular esa dualidad que supone encontrar la suprema belleza y saber a la vez que ya se ha esfumado, pues nunca será tuya ni es posible apresarla. Su seducción era tal, que contemplarla me arrasaba de inmediato en lágrimas, a la vez que me producía un dolor nítidamente físico, que casi aún hoy puedo percibir aunque sea después de tanto tiempo y tan lejos de aquello.
Laraine me llevó hasta ella, y ella me recibió sin tasas en su tiempo, sabiendo perfectamente qué era lo que yo podía demandarle y qué era exactamente lo que ella en su sabiduría debía transmitirme. Comprobé de inmediato que la conexión entre las dos mujeres era remota y su firmeza y compenetración resultaban casi irracionales. Supe entonces cual había sido el tiempo y la historia que las había unido. Anhelé el grado de afectividad que entre ambas latía, y que era evidente para quien supiera observar sus miradas y gestos. Más que amor o amistad, entre las dos mujeres se guarecía la esencia misma del encuentro y la connivencia humana en su más alto grado; la índole y la médula de la humana alianza. Envidié a mi esclava. Y aún hoy, vieja ya y decrépita, recuerdo con suma nitidez aquel encuentro como uno de los momentos álgidos de mi vida. Uno de esos momentos que, aun a pesar de todo, una cree que sólo son una invención del sueño y la quimera.
Estuve junto a ella durante cinco días. Soborné a mis criados y los atemoricé para que durante este tiempo mi casa fuera un lugar hermético y silente, y nadie ajeno a la vivienda supiera de mi ausencia. Con respecto a Ancia, hubo que fingir ante sus demandantes que la hermosa estaba indispuesta. Por todo ello, aquella ocupación en exclusiva me resultó costosa, pues que su regente cobraba un alto precio por todos sus servicios. Pero eso y aún más lo consideré entonces yo como transacción fructuosa y rentable; como dinero excelentemente empleado.
Ella me mostró sus vestidos ricos y suntuosos y el cofre que guardaba sus alhajas, semejante al de una fastuosa princesa venida del Oriente. Disfruté los manjares, a base de frutos de Afrodita, que ella misma elaboraba para agasajar en sus convites a sus venerantes, y los perfumes únicos que había aprendido a exprimir usando hierbas y sustancias exóticas, adquiridas o hechas traer desde enclaves remotos. Bebí los vinos especiados que ella ofrecía a sus amantes y clientes y los narcóticos que sabían abrir las puertas y ventanas del goce más excelso o del deslumbramiento. Y me enseñó cómo maquillaba su cuerpo. Pues que ni una sola parte de él quedaba descuidada de aceites, esencias o cosméticos. Hasta su hoyo de la dicha era rasurado y sombreado de modo conveniente para hacerlo así más lascivo y anhelado por quienes la tomaban en los lances de gozo.
Yací con ella y, tras auscultar largamente mi cuerpo, me mostró los lazos y torsiones más sutiles en los ayuntamientos. Incluso aquéllos que podían potenciar, ante los machos más briosos y obscenos, mis formas ya claramente dilatadas por el avance evidente de la gravidez propia de mi gestación. Gocé sus labios con reposo. Nunca antes yo había ejercitado placer con otras hembras. Pero su boca era como un degustar de dátiles maduros. Disfruté sus extensas caricias sin vértigo de tiempo, su saliva aromada, su aliento templado y envolvente y el olor ligeramente dulce de su sexo y sus repliegues más íntimos. Y puedo asegurar que el placer sentido a su lado jamás ha sido superado por ningún otro momento de éxtasis o excitación en mi longeva vida. Ni siquiera el erótico y voluptuoso poder, ejercido por mí en tantas ocasiones y en sus más altas cotas, ha podido ofrecerme nunca fruición semejante. Pero además, y sobre todo, la vi aproximarse a mí y alejarse, tenderse en el lecho, izarse o inclinarse, moverse entre las ropas revueltas y níveamente blancas, acoplarse a mi cuerpo y curvarse conmigo, aportando a nuestra unión un lazo cobijador y cálido de tanta intensidad, que hubiera asegurado que únicamente podría ser facultad arcana de los dioses.
 Todo esto lo recuerdo ahora entre la aridez de este tiempo de páramo y sequía, que me aja y me encalla en la amarga vejez que me acomete. Todo esto lo recuerdo ahora y su comparación hace infinita la brecha que separa el ayer del presente; el tiempo de la ida de este otro, aciago y desastroso, de la maldita vuelta.  
Tras los encuentros íntimos mantenidos a la fuerza con mi indigesto Tiberio, al lado de Ancia, la ramera de Ostia, sentí toda la libertad y placidez que los juegos del sexo debieran entregarnos siempre a todos. Junto a ella no existían papeles que encarnar, ni medidas que hubiera que obtener, ni afrentas o violencias que sobrellevar. Pero tampoco desagrados que soportar o ante los que fingir sobreponerse o hacernos creer que nunca hubieran sucedido. Con ella, los juegos del amor eran como la entrada a un ámbito en el que la libertad sólo sabía de la especial fruición que supone siempre el encuentro consigo mismo, y a través del pálpito que se percibe en el sentir del otro. Nada tenía límites, ni reservas, ni retraimiento. Por todo ello y por un instante, sólo por un instante, pensé en tomarme un veneno y morir junto a ella.
Comprendí de inmediato cómo el distinguido y preclaro Torquio Melno Victio la preservaba como a una reliquia que los dioses buscasen para disputársela. En distintos momentos, y a través de este tiempo, he recibido sobre ella noticias de quienes la han visto envejecer. Con alguna frecuencia la he enviado reservadas misivas para atender cuestiones del carácter más íntimo, que ella ha atendido con discreción y sapiencia. Sé que Laraine la visitó de nuevo durante unos días en los que, sin darme más explicaciones, me pidió permiso para ausentarse, y que de aquel nuevo encuentro regresó transformada. Sé que en sus últimos años ha regentado una lavandería. Y quienes me informaron de ello aseguran que su belleza ha ido entregando su esencia a esa dignidad madura que yo he admirado, perseguido, envidiado y emulado desde hace algún tiempo. Aseguro que siempre, en mis momentos más arduos y difíciles, cuando he necesitado el máximo aplomo y dignidad, he tratado de imaginar cómo obraría ella en tales circunstancias. ¡Qué injuriante paradoja! Livia Augusta tratando de emular el excelso proceder de una ramera.
Tras mis encuentros con la excelente Ancia regresamos nuevamente a Roma de modo clandestino. Unos días después Laraine me condujo a la villa de Dulio Marsilio Menio y Egeria Portia Orbia, comerciantes en telas establecidos a la otra orilla del Tiber, también próxima a Ostia.
La industria que entre los dos esposos regentaban había pasado por enormes dificultades, pues que los revueltos tiempos habían arruinado, sobre todo, negocios exquisitos, manufacturas caras, y comercios selectos. Sin embargo, desde que Cayo César había vuelto a Roma y el trigo, enviado por Sexto Pompeyo desde el norte, abastecía con regularidad la urbe, todo había comenzado a reflorecer con paso firme.
Dulio y Egeria recibieron con sorpresa a Laraine. Y cuando supieron que estaba como esclava en la casa de Tiberio Claudio, mediador del abastecimiento del grano de las islas, y que yo era su dómina, todo fueron parabienes hacia ella y deferencias exquisitas dedicadas a mí. Enseguida brotaron recuerdos con afecto y solicitud de perdón por lo que, sobre sus conciencias, pudieran ser nubes de mal comportamiento para con la silente, sobre quien no dejaban de hacer sorpresas y aspavientos a modo de tributo o como reparación. Laraine, sin embargo, les reencontró pletórica de afecto y con auténtica y entrañable disposición al agradecimiento.

Volví a la que había sido mi morada durante algunos meses, a la orilla del río, con los ojos abiertos de los niños que quieren aprisionar todo cuanto ven por vez primera. Unos días antes había visto a Ancia aunque de forma breve, pero el reencuentro con ella me resultó emocionante y cálido. Le expliqué lo que deseaba que ella ofreciera a mi señora y ella lo aceptó de muy buen grado, aunque condicionándolo a lo que Torquio opinara sobre aquella atención que había de ser única y preferente.
                Él lo aceptó, pues el precio que mi señora estaba dispuesta a pagar no era en modo alguno despreciable. Se pactó así una atención en exclusiva durante cinco días. La discreción debía ser extrema.
Tras los días acordados en la casa de citas, mi dómina volvió de nuevo a Roma. Hubo que agilizar la vuelta en unas horas, pues su esposo anunció su retorno antes de lo previsto. Para no ser motivo de sospecha dejamos pasar algunos días antes de volver a ausentarnos. Había que asegurar que nada sobre nuestra ausencia se había filtrado y que la normalidad y rutina diarias olvidaban la ausencia. Tras ellos, volvimos nuevamente a hacer el camino de Ostia. Esta vez el traslado no era encubierto puesto que lo amparaban intenciones y deseos de compra. Ahora debíamos visitar la prestigiosa casa de los tintes. Solicitamos cita y enseguida nos fue dictada fecha.
Ante mis nuevos ojos, todo en aquel sitio me resultaba igual, aunque sus dimensiones, aparentemente, me parecían cambiadas. Me agradó encontrar de nuevo a algunos conocidos, sobre quienes, ineludiblemente, el polvo que deposita el discurrir del tiempo había sombreado arrugas de cansancio y ojeras de vejez. Ya he dicho que habíamos confirmado una cita privada con los dos comerciantes, aunque sin que ellos supieran que era yo quien recomendaba y conducía a la esposa de Tiberio hasta su reputada casa.
Pretendiendo un juego, permanecí un instante sin identificarme. Y fueron los labios de Dulio, quienes, tras dibujar un casi imperceptible gesto de temblor, se me acercó, me cogió por los hombros y me trajo hasta sí, en un abrazo largo, sincero y entrañable, como queriendo pasar por su recuerdo todo el tiempo pasado desde días lejanos. Por un instante, Egeria se vio desconcertada. Pero cuando su esposo, retirándose un poco para contemplarme, profirió mi nombre tramo a tramo, ella rompió en un clamor realmente entusiasta. “¡Laraine! ¡Muchacha! ¿En verdad, eres tú?” Yo sonreí y dejé caer mis párpados a la vez que asentía moviendo mi cabeza con sereno refrendo.
Jamás guardé rencor alguno a quienes habían sido mis señores en la casa de las telas y tintes. Mi afecto hacia mi dómine era profundo y grato, y mi reconocimiento a la esposa sincero y entrañable. Dulio había puesto en peligro su fortuna y su vida por salvarme de Quinto Cecilio Metelo Escipión, a quien los dioses, si es que existen, mantengan en la hura desde donde nunca retorne entre los vivos.
A partir de aquel momento, al que Livia asistía sorprendida, las puertas de la belleza se abrieron de par en par para nosotras dos. Los duros tiempos habían obligado a un menor comercio exterior y a establecer telares en la hacienda en los que confeccionar los propios entramados. Y a ellos fuimos nosotras conducidas; lugar al que jamás ningún cliente era invitado, pues que allí residían exclusivos secretos de la selecta industria.
Vi los ojos de Livia abrirse en desmesura mientras, inquieta, quería ver, aproximarse y tocarlo todo a un mismo tiempo. Vi su cara iluminada y ese esplendor que la circunda, cuando en su cabeza tiene seguro que un plan, una idea o un deseo suyo ya cuentan con los requisitos, trámites o apoyos necesarios para ser conseguido. La miré y me miró, en un tácito gesto de acuerdo y agradecimiento. Y acercándose a mí, musitó, inaudible para los otros: “Contigo seré grande”. Al tiempo que se dirigía atraída por una tela de seda de colores fucsia y morado con tramas luminosas. Aquella maravilla estaba siendo tejida entre hilos de oro y de plata, que luego chispeaban de forma sorprendente como polvo de estrellas. Al parecer era una novedosa técnica que habían aprendido del trato comercial con los artesanos de frigia. Según nos dijo Dulio,  era aquella una variedad de tejido que ya había impuesto el rey Atalo, de Pérgamo, y que había navegado en contadas ocasiones a través del Egeo, aunque siempre con destino a mansiones selectas y damas exclusivas.
Luego Egeria, cuando estuvo repuesta de su inicial sorpresa, fue entrando poco a poco en la conversación. Ella nos dijo que, como los tiempos comenzaban a asentarse y ser prometedores, habían vuelto a mercadear con ciudades como Berenice y Myos Hormos, en las costas de Aegyptum, en las orillas del mar Rojo y el mar de Eritrea; Barbaricum, Barrigaza, Muziris o Arikamedu, en las lejanas latitudes del ensoñado Índico.
Después, cuando los comerciantes hubieron calibrado suficientemente la categoría de la dama que tenían delante y la sólida fortuna que nos amparaba, los esposos se miraron, asintiendo, entre sí. Yo vi el tenue gesto con el que acordaban abrir la espita de toda su plena confianza. Enseguida nos invitaron a seguirles a un lugar subterráneo. Yo tranquilicé a Livia y la trasladé como pude toda mi confianza. Era una pequeña pieza a la que se accedía tras unos pocos escalones y la que custodiaba una puerta de hierro a conciencia forjado. Allí nos mostraron bandejas y azafates repletos de piedras dispuestas a ser engarzadas en las telas, a voluntad de los clientes ricos. Había alineados topacios de azules diferentes, perlas de blancor deslumbrante, rosáceas y hasta del color brumoso del humo evanescente; racimos de corales de trazas largas y sinuosas, bdellium o carbunclos de un rojo que recordaba un corte sangrante recién hecho, piezas de lapislázuli, zafiros y topacios; óvalos de turquesa, piedrecitas de jaspes, sardónices, onix, berilos, ágatas y rubíes; rutilos y azabaches de negros muy brillantes, cual si estuvieran eternamente húmedos. Las manos de mi dómina querían acariciarlos todos en medio de aquel crepúsculo de cueva misteriosa iluminada de forma tan cuidada.
Viendo nuestro interés, los dueños de la casa mandaron atrancar sus portones y accesos y pidieron no ser importunados por ningún aprovisionador, cliente o visitante. Livia se demoró complacida en la contemplación que aquellas maravillas, que jamás intuyó que pudieran atesorarse de modo semejante bajo el suelo de Ostia.
Luego nos distinguieron ofreciéndonos un refrigerio que pudiera atemperar los ánimos de mi exaltada ama y disponer su sosiego para que realizara una elección con la mente más lúcida. Aquello era algo en lo que ellos jamás se prodigaban, pues que, sabido era que, en el furor alocado y en el aturdimiento de las señoras de aquel modo asombradas, estaba la máxima ganancia para su reflotada casa.
Tras la comida, hicimos la selección. Dos vestidos completos, uno en un tinte de amarillo inflamado, que no revelaron que obtenían del zumo macerado de cúrcuma y pieles de cebolla, bordeado con una cinta de brillante argentino, casi como un filo metálico incrustado en la tela. Otro, tramado en una urdimbre en la que se mezclaban los colores índigo y morado, entretejido con una lluvia de esplendente azabache que arrancaba fulgores como noche estrellada. No elegimos uno extraordinario que tenían en un color naranja, porque sabido es que tal color está destinado a ser llevado sólo por las novias y, éste, aún, no era su caso.
Pidió también mi dómina que se le fabricaran hasta una quincena de alfileres con diferentes piedras de aquellas que tanto la habían impactado, dos pulseras, un brazalete simulando un áspid enroscado y tres diademas donde encajar los velos. La compra fue en exceso costosa, pero las arcas de Tiberio estaban dispuestas a abonar cuanto fuera preciso, con tal de que las palabras dichas por su esposa volvieran al sepulcro del alma del que jamás debieran haberse levantado.


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