XI. LA ROPA BIEN DOBLADA
Supe que había
aceptado mi propuesta cuando, dos días después, vi mi ropa más personal
doblada sobre la arqueta de mi alcoba; todo mi cuarto estaba arreglado de forma
extraordinaria. Sí, efectivamente, había llegado mi momento; era ya el tiempo
en el que yo debía tomar las riendas de mi vida. La posición actual de Octavio
en Roma había dotado a su familia de un lugar preeminente en la ciudad. Atia y
Octavia eran ahora las mujeres más envidiadas, y mi rencor hacia ellas estaba
en su punto álgido. Pero para llevar a cabo la gran empresa que yo había ido
rumiando en mi interior necesitaba la adhesión clara de Laraine. Por eso mi
alegría fue máxima cuando entré en mi cuarto y percibí el aroma inconfundible
de mi ropa lavada y colocada por sus manos. Sólo ella conocía y sigue
conociendo la mezcla oportuna a base de cenizas, sebos y grasas, esencias
maceradas y agua de lluvia, que hace que las telas queden totalmente limpias y exhalen
un aroma inconfundible después de ser lavadas. Es algo que ella ha aprendido de
los sacerdotes que ofician sacrificios rituales en el monte de Sapo, y que no
muchos conocen con tanto detalle y precisión.
Laraine solía suplir su merma en la
palabra con actos semejantes a aquel que, para quienes sabíamos leer en su
silencio, eran más claros y elocuentes que la voz que declara o explica las
cosas con detalles. Su mirada anuente cuando nos habíamos cruzado a primera
hora de aquel día y, luego, aquella muestra, eran un testimonio concluyente para
mí. Recuerdo haber sonreído con deleite y haberla buscado de inmediato por la
casa para, con absoluta seguridad, quitar sus manos durante un instante de lo
que estaba haciendo y tomarlas en las mías como una muestra extraordinaria de
afecto y gratitud de fieles camaradas. Recuerdo igualmente cómo ella se había
desasido al instante de mí, en un acto reflejo y a la vez suspendido, para no
molestarme, cercano al desdén, al respeto o, tal vez, a un somero pudor. Jamás
una esclava debe recibir caricias de su ama sin que se ruborice.
Laraine siempre ha sido así: distante
y comedida aun a pesar de todo. Entonces no existía entre nosotras esta
frialdad que los imperativos después nos han cargado y que ahora es casi como
un muro. Un muro viejo y consistente levantado con la acumulación del tiempo y
de la vida. Un viejo paredón de adobe que el sol ardiente, los vientos y las
lluvias han erosionado y endurecido a la vez, hasta convertirlo en un tapión
reseco que se mantiene con aspecto grotesco desafiando nuestras existencias. Pero
dejemos esas sutilezas y volvamos a aquel día lejano.
Tras ello, no dudé en hablar con
Tiberio Claudio, a cuya alcoba hacía mucho tiempo que yo no acudía pese a sus
exhortos y órdenes. Entre nosotros ya se libraba abiertamente una batalla que,
aunque ambos tratábamos de velar con una apariencia cordial y cuidadosa, era muy
evidente para quienes nos eran próximos o nos observaban.
No obstante, mi marido se quedó
sorprendido. El tono de mi voz y mi firmeza no permitían dudas. “Tiberio, voy a
divorciarme de ti”. Ésas fueron mis escuetas palabras. Y él entendió al momento
que no había posibilidad alguna de cambiar mis propósitos. Era evidente que
entre nosotros no había existido nunca un gramo de cariño, pero que tampoco
habían concurrido infidelidades, al menos por mi parte. Tampoco yo consideraba traición
lo de aquella esclava que yo enviaba a su cama para calmar sus bríos, pues que
era yo quien le proveía de aquella concubina.
Dado el tono de mi voz y mi firmeza
era muy claro que mi determinación no admitía convenios. Junto a ello, nuestra
posición económica estaba ya muy reforzada. Incluso podía afirmarse que ahora era
más sólida que nunca. Él había sido nombrado por Sexto intermediario legal para
todo el posible trasiego de grano y cuanto comercio oficial pudiera provenir de
Sicilia, Córcega, Cerdeña o de Acaya. Nuestro hijo alegraba la casa con su
vitalidad, y la gestación del que estaba en mi vientre se suponía que cada día debería
ir reforzándonos como una promesa de cohesión y dicha.
Sin embargo, nada era así. Yo había
cambiado tanto y había consolidado de tal modo mi carácter, que mi marido me
trataba como a alguien extraño con quien en realidad nunca hubiera convivido, y
eso aun a pesar de que, siendo como éramos primos, nos conociéramos desde
nuestra infancia. Pero tras mi enfrentamiento a él en Sicilia, cuando le
informé de que, decidiera lo que él decidiese, nosotras volveríamos a Roma, él
supo que algo se había desencadenado en mi interior y que, por consecuencia, ya
no había vuelta ni paso hacia atrás. Si bien, puedo garantizar que él, por
entonces, no sabía absolutamente nada de mi predisposición obsesiva hacia el
nuevo César. Aquel asunto era algo que sólo conocían mi pecho y Laraine, mi más
dilecta esclava.
Sin una aceptación ni una negativa por
parte de Tiberio, comenzaron mis preparativos para lo que iba a ser el
desarrollo de mi sopesado y eficiente propósito. Nuestra casa ya estaba
provista de nuevos esclavos y esclavas, en cuya elección Laraine y yo habíamos
convergido. Y esa renovación conjunta del casero servicio nos confería una
confidencia y una complicidad que nos mantenía unidas y a salvo de
intromisiones y acciones que provinieran de imprudencias ajenas. Ella y yo constituíamos
un nudo firme e inviolable. Ella era la regente de toda la intendencia y el
gobierno general de la domus y yo
fiaba en ella así como pudiera hacerlo en mí misma. Incluso me había comenzado
a preocupar de que su formación cultural fuera en ascenso, buscando su compañía
y afluencia cuando nos visitaba algún poeta o algún amigo docto, atendiendo y
propiciando su interés por libros y sapiencias. A lo que ella se había adherido
con franca aceptación y un afán infinito.
Un día Laraine me solicitó permiso
para ir hasta Ostia y yo, sin preguntar siquiera qué se proponía ni qué la
obligaba a tal desplazamiento, puse un carro a su disposición y un joven muchacho
que lo condujese a su servicio. El resultado de su discreta gira fue su reencuentro
con Ancia de Taima, la mujer árabe más hermosa que nunca haya existido. Laraine
sabía que en aquellos momentos la ayuda que podía ofrecerme la mujer del oasis
era imprescindible para mí y mis planes.
Ancia era ramera en un burdel en la
ciudad del puerto. Y aprovechando una ausencia de Roma de mi esposo, y
tras un acuerdo entre ambas mujeres, yo
me desplacé una noche, en el más estricto secreto y camuflada, hasta el prostíbulo
de Ostia. Aquella escapada resulto sumamente excitante; al fin y al cabo éramos
dos mujeres jóvenes y lo procaz y prohibido nos ofrecía a ambas un plus de
exaltación. Nuestra cita había sido concertada por mi esclava en lo
concerniente a su precio, y los extremos de su discreción, sellados con Torquio
Melno, el dueño de la casa.
Describir a Ancia es tarea imposible
y, en suma, estéril por completo. Emplearé, pues, mi tiempo y mis esfuerzos en
recordar cuánto sentí a su lado y lo que de ella aprendí y cómo aquel saber suyo,
sutil y depurado, me fue definitivo para toda mi vida.
Ella era una mujer madura cuya belleza
se había anclado en una serenidad sin bordes ni fisuras; una estatua griega que
alentara y viviera conservando a la vez su pulimento de hermoso mármol albo,
misterioso y hermético. Su voz era perfectamente armónica, pues sus palabras
fluían con la dulce cadencia con que musitan las fuentes solitarias en medio de
la noche. Pero siendo sus atributos físicos magníficos y sumamente amables,
nada podía compararse con el misterioso atractivo que emanaba de su elegante y
emblemático porte. Una extraña aureola la envolvía como un vestido etéreo y
refulgente de atracción impalpable. Admirar a alguien así era un placer
raramente obtenido. Y, desde el primer día que la vi, hubiera deseado estar en
su presencia para toda la vida e, incluso, renunciar a mis planes.
Sin embargo, diré que era tan especial
su singularidad que cualquiera ante ella, inmediatamente, se sentía indigno de
pretender poseerla por siempre en exclusiva. Contemplándola aprecié de forma
singular esa dualidad que supone encontrar la suprema belleza y saber a la vez
que ya se ha esfumado, pues nunca será tuya ni es posible apresarla. Su seducción
era tal, que contemplarla me arrasaba de inmediato en lágrimas, a la vez que me
producía un dolor nítidamente físico, que casi aún hoy puedo percibir aunque
sea después de tanto tiempo y tan lejos de aquello.
Laraine me llevó hasta ella, y ella me
recibió sin tasas en su tiempo, sabiendo perfectamente qué era lo que yo podía
demandarle y qué era exactamente lo que ella en su sabiduría debía
transmitirme. Comprobé de inmediato que la conexión entre las dos mujeres era
remota y su firmeza y compenetración resultaban casi irracionales. Supe
entonces cual había sido el tiempo y la historia que las había unido. Anhelé el
grado de afectividad que entre ambas latía, y que era evidente para quien
supiera observar sus miradas y gestos. Más que amor o amistad, entre las dos
mujeres se guarecía la esencia misma del encuentro y la connivencia humana en
su más alto grado; la índole y la médula de la humana alianza. Envidié a mi
esclava. Y aún hoy, vieja ya y decrépita, recuerdo con suma nitidez aquel
encuentro como uno de los momentos álgidos de mi vida. Uno de esos momentos
que, aun a pesar de todo, una cree que sólo son una invención del sueño y la
quimera.
Estuve junto a ella durante cinco días.
Soborné a mis criados y los atemoricé para que durante este tiempo mi casa
fuera un lugar hermético y silente, y nadie ajeno a la vivienda supiera de mi
ausencia. Con respecto a Ancia, hubo que fingir ante sus demandantes que la
hermosa estaba indispuesta. Por todo ello, aquella ocupación en exclusiva me
resultó costosa, pues que su regente cobraba un alto precio por todos sus
servicios. Pero eso y aún más lo consideré entonces yo como transacción fructuosa
y rentable; como dinero excelentemente empleado.
Ella me mostró sus vestidos ricos y
suntuosos y el cofre que guardaba sus alhajas, semejante al de una fastuosa
princesa venida del Oriente. Disfruté los manjares, a base de frutos de Afrodita,
que ella misma elaboraba para agasajar en sus convites a sus venerantes, y los
perfumes únicos que había aprendido a exprimir usando hierbas y sustancias
exóticas, adquiridas o hechas traer desde enclaves remotos. Bebí los vinos
especiados que ella ofrecía a sus amantes y clientes y los narcóticos que
sabían abrir las puertas y ventanas del goce más excelso o del deslumbramiento.
Y me enseñó cómo maquillaba su cuerpo. Pues que ni una sola parte de él quedaba
descuidada de aceites, esencias o cosméticos. Hasta su hoyo de la dicha era rasurado
y sombreado de modo conveniente para hacerlo así más lascivo y anhelado por
quienes la tomaban en los lances de gozo.
Yací con ella y, tras auscultar
largamente mi cuerpo, me mostró los lazos y torsiones más sutiles en los
ayuntamientos. Incluso aquéllos que podían potenciar, ante los machos más
briosos y obscenos, mis formas ya claramente dilatadas por el avance evidente
de la gravidez propia de mi gestación. Gocé sus labios con reposo. Nunca antes
yo había ejercitado placer con otras hembras. Pero su boca era como un degustar
de dátiles maduros. Disfruté sus extensas caricias sin vértigo de tiempo, su
saliva aromada, su aliento templado y envolvente y el olor ligeramente dulce de
su sexo y sus repliegues más íntimos. Y puedo asegurar que el placer sentido a
su lado jamás ha sido superado por ningún otro momento de éxtasis o excitación
en mi longeva vida. Ni siquiera el erótico y voluptuoso poder, ejercido por mí
en tantas ocasiones y en sus más altas cotas, ha podido ofrecerme nunca
fruición semejante. Pero además, y sobre todo, la vi aproximarse a mí y
alejarse, tenderse en el lecho, izarse o inclinarse, moverse entre las ropas
revueltas y níveamente blancas, acoplarse a mi cuerpo y curvarse conmigo,
aportando a nuestra unión un lazo cobijador y cálido de tanta intensidad, que
hubiera asegurado que únicamente podría ser facultad arcana de los dioses.
Todo esto lo recuerdo ahora entre la aridez de
este tiempo de páramo y sequía, que me aja y me encalla en la amarga vejez que
me acomete. Todo esto lo recuerdo ahora y su comparación hace infinita la
brecha que separa el ayer del presente; el tiempo de la ida de este otro,
aciago y desastroso, de la maldita vuelta.
Tras los encuentros íntimos mantenidos
a la fuerza con mi indigesto Tiberio, al lado de Ancia, la ramera de Ostia, sentí
toda la libertad y placidez que los juegos del sexo debieran entregarnos
siempre a todos. Junto a ella no existían papeles que encarnar, ni medidas que
hubiera que obtener, ni afrentas o violencias que sobrellevar. Pero tampoco
desagrados que soportar o ante los que fingir sobreponerse o hacernos creer que
nunca hubieran sucedido. Con ella, los juegos del amor eran como la entrada a
un ámbito en el que la libertad sólo sabía de la especial fruición que supone
siempre el encuentro consigo mismo, y a través del pálpito que se percibe en el
sentir del otro. Nada tenía límites, ni reservas, ni retraimiento. Por todo
ello y por un instante, sólo por un instante, pensé en tomarme un veneno y
morir junto a ella.
Comprendí de inmediato cómo el
distinguido y preclaro Torquio Melno Victio la preservaba como a una reliquia
que los dioses buscasen para disputársela. En distintos momentos, y a través de
este tiempo, he recibido sobre ella noticias de quienes la han visto envejecer.
Con alguna frecuencia la he enviado reservadas misivas para atender cuestiones
del carácter más íntimo, que ella ha atendido con discreción y sapiencia. Sé
que Laraine la visitó de nuevo durante unos días en los que, sin darme más
explicaciones, me pidió permiso para ausentarse, y que de aquel nuevo encuentro
regresó transformada. Sé que en sus últimos años ha regentado una lavandería. Y
quienes me informaron de ello aseguran que su belleza ha ido entregando su
esencia a esa dignidad madura que yo he admirado, perseguido, envidiado y
emulado desde hace algún tiempo. Aseguro que siempre, en mis momentos más
arduos y difíciles, cuando he necesitado el máximo aplomo y dignidad, he
tratado de imaginar cómo obraría ella en tales circunstancias. ¡Qué injuriante paradoja!
Livia Augusta tratando de emular el excelso proceder de una ramera.
Tras mis encuentros con la excelente Ancia
regresamos nuevamente a Roma de modo clandestino. Unos días después Laraine me
condujo a la villa de Dulio Marsilio Menio y Egeria Portia Orbia, comerciantes
en telas establecidos a la otra orilla del Tiber, también próxima a Ostia.
La industria que entre los dos esposos
regentaban había pasado por enormes dificultades, pues que los revueltos
tiempos habían arruinado, sobre todo, negocios exquisitos, manufacturas caras,
y comercios selectos. Sin embargo, desde que Cayo César había vuelto a Roma y
el trigo, enviado por Sexto Pompeyo desde el norte, abastecía con regularidad
la urbe, todo había comenzado a reflorecer con paso firme.
Dulio y Egeria recibieron con sorpresa
a Laraine. Y cuando supieron que estaba como esclava en la casa de Tiberio
Claudio, mediador del abastecimiento del grano de las islas, y que yo era su dómina, todo fueron parabienes hacia
ella y deferencias exquisitas dedicadas a mí. Enseguida brotaron recuerdos con
afecto y solicitud de perdón por lo que, sobre sus conciencias, pudieran ser
nubes de mal comportamiento para con la silente, sobre quien no dejaban de
hacer sorpresas y aspavientos a modo de tributo o como reparación. Laraine, sin
embargo, les reencontró pletórica de afecto y con auténtica y entrañable
disposición al agradecimiento.
Volví a la que había sido mi morada durante algunos meses, a la orilla del río, con los ojos abiertos de los niños que quieren aprisionar todo cuanto ven por vez primera. Unos días antes había visto a Ancia aunque de forma breve, pero el reencuentro con ella me resultó emocionante y cálido. Le expliqué lo que deseaba que ella ofreciera a mi señora y ella lo aceptó de muy buen grado, aunque condicionándolo a lo que Torquio opinara sobre aquella atención que había de ser única y preferente.
Él lo aceptó, pues el precio que
mi señora estaba dispuesta a pagar no era en modo alguno despreciable. Se pactó
así una atención en exclusiva durante cinco días. La discreción debía ser extrema.
Tras los días acordados en la casa de
citas, mi dómina volvió de nuevo a
Roma. Hubo que agilizar la vuelta en unas horas, pues su esposo anunció su
retorno antes de lo previsto. Para no ser motivo de sospecha dejamos pasar
algunos días antes de volver a ausentarnos. Había que asegurar que nada sobre
nuestra ausencia se había filtrado y que la normalidad y rutina diarias
olvidaban la ausencia. Tras ellos, volvimos nuevamente a hacer el camino de
Ostia. Esta vez el traslado no era encubierto puesto que lo amparaban intenciones
y deseos de compra. Ahora debíamos visitar la prestigiosa casa de los tintes.
Solicitamos cita y enseguida nos fue dictada fecha.
Ante mis nuevos ojos, todo en aquel
sitio me resultaba igual, aunque sus dimensiones, aparentemente, me parecían
cambiadas. Me agradó encontrar de nuevo a algunos conocidos, sobre quienes, ineludiblemente,
el polvo que deposita el discurrir del tiempo había sombreado arrugas de
cansancio y ojeras de vejez. Ya he dicho que habíamos confirmado una cita
privada con los dos comerciantes, aunque sin que ellos supieran que era yo quien
recomendaba y conducía a la esposa de Tiberio hasta su reputada casa.
Pretendiendo un juego, permanecí un
instante sin identificarme. Y fueron los labios de Dulio, quienes, tras dibujar
un casi imperceptible gesto de temblor, se me acercó, me cogió por los hombros
y me trajo hasta sí, en un abrazo largo, sincero y entrañable, como queriendo
pasar por su recuerdo todo el tiempo pasado desde días lejanos. Por un
instante, Egeria se vio desconcertada. Pero cuando su esposo, retirándose un
poco para contemplarme, profirió mi nombre tramo a tramo, ella rompió en un
clamor realmente entusiasta. “¡Laraine! ¡Muchacha! ¿En verdad, eres tú?” Yo
sonreí y dejé caer mis párpados a la vez que asentía moviendo mi cabeza con
sereno refrendo.
Jamás guardé rencor alguno a quienes
habían sido mis señores en la casa de las telas y tintes. Mi afecto hacia mi dómine era profundo y grato, y mi
reconocimiento a la esposa sincero y entrañable. Dulio había puesto en peligro
su fortuna y su vida por salvarme de Quinto Cecilio Metelo Escipión, a quien
los dioses, si es que existen, mantengan en la hura desde donde nunca retorne
entre los vivos.
A partir de aquel momento, al que
Livia asistía sorprendida, las puertas de la belleza se abrieron de par en par para
nosotras dos. Los duros tiempos habían obligado a un menor comercio exterior y
a establecer telares en la hacienda en los que confeccionar los propios
entramados. Y a ellos fuimos nosotras conducidas; lugar al que jamás ningún
cliente era invitado, pues que allí residían exclusivos secretos de la selecta industria.
Vi los ojos de Livia abrirse en
desmesura mientras, inquieta, quería ver, aproximarse y tocarlo todo a un mismo
tiempo. Vi su cara iluminada y ese esplendor que la circunda, cuando en su cabeza
tiene seguro que un plan, una idea o un deseo suyo ya cuentan con los
requisitos, trámites o apoyos necesarios para ser conseguido. La miré y me
miró, en un tácito gesto de acuerdo y agradecimiento. Y acercándose a mí,
musitó, inaudible para los otros: “Contigo seré grande”. Al tiempo que se
dirigía atraída por una tela de seda de colores fucsia y morado con tramas
luminosas. Aquella maravilla estaba siendo tejida entre hilos de oro y de
plata, que luego chispeaban de forma sorprendente como polvo de estrellas. Al
parecer era una novedosa técnica que habían aprendido del trato comercial con
los artesanos de frigia. Según nos dijo Dulio, era aquella una variedad de tejido que ya
había impuesto el rey Atalo, de Pérgamo, y que había navegado en contadas
ocasiones a través del Egeo, aunque siempre con destino a mansiones selectas y damas
exclusivas.
Luego Egeria, cuando estuvo repuesta
de su inicial sorpresa, fue entrando poco a poco en la conversación. Ella nos
dijo que, como los tiempos comenzaban a asentarse y ser prometedores, habían
vuelto a mercadear con ciudades como Berenice y Myos Hormos, en las costas de
Aegyptum, en las orillas del mar Rojo y el mar de Eritrea; Barbaricum,
Barrigaza, Muziris o Arikamedu, en las lejanas latitudes del ensoñado Índico.
Después, cuando los comerciantes hubieron
calibrado suficientemente la categoría de la dama que tenían delante y la
sólida fortuna que nos amparaba, los esposos se miraron, asintiendo, entre sí.
Yo vi el tenue gesto con el que acordaban abrir la espita de toda su plena
confianza. Enseguida nos invitaron a seguirles a un lugar subterráneo. Yo
tranquilicé a Livia y la trasladé como pude toda mi confianza. Era una pequeña
pieza a la que se accedía tras unos pocos escalones y la que custodiaba una
puerta de hierro a conciencia forjado. Allí nos mostraron bandejas y azafates repletos
de piedras dispuestas a ser engarzadas en las telas, a voluntad de los clientes
ricos. Había alineados topacios de azules diferentes, perlas de blancor
deslumbrante, rosáceas y hasta del color brumoso del humo evanescente; racimos
de corales de trazas largas y sinuosas, bdellium o carbunclos de un rojo que
recordaba un corte sangrante recién hecho, piezas de lapislázuli, zafiros y
topacios; óvalos de turquesa, piedrecitas de jaspes, sardónices, onix, berilos,
ágatas y rubíes; rutilos y azabaches de negros muy brillantes, cual si
estuvieran eternamente húmedos. Las manos de mi dómina querían acariciarlos todos en medio de aquel crepúsculo de
cueva misteriosa iluminada de forma tan cuidada.
Viendo nuestro interés, los dueños de
la casa mandaron atrancar sus portones y accesos y pidieron no ser importunados
por ningún aprovisionador, cliente o visitante. Livia se demoró complacida en
la contemplación que aquellas maravillas, que jamás intuyó que pudieran
atesorarse de modo semejante bajo el suelo de Ostia.
Luego nos distinguieron ofreciéndonos
un refrigerio que pudiera atemperar los ánimos de mi exaltada ama y disponer su
sosiego para que realizara una elección con la mente más lúcida. Aquello era
algo en lo que ellos jamás se prodigaban, pues que, sabido era que, en el furor
alocado y en el aturdimiento de las señoras de aquel modo asombradas, estaba la
máxima ganancia para su reflotada casa.
Tras la comida, hicimos la selección.
Dos vestidos completos, uno en un tinte de amarillo inflamado, que no revelaron
que obtenían del zumo macerado de cúrcuma y pieles de cebolla, bordeado con una
cinta de brillante argentino, casi como un filo metálico incrustado en la tela.
Otro, tramado en una urdimbre en la que se mezclaban los colores índigo y
morado, entretejido con una lluvia de esplendente azabache que arrancaba
fulgores como noche estrellada. No elegimos uno extraordinario que tenían en un
color naranja, porque sabido es que tal color está destinado a ser llevado sólo
por las novias y, éste, aún, no era su caso.
Pidió también mi dómina que se le fabricaran hasta una quincena de alfileres con diferentes
piedras de aquellas que tanto la habían impactado, dos pulseras, un brazalete
simulando un áspid enroscado y tres diademas donde encajar los velos. La compra
fue en exceso costosa, pero las arcas de Tiberio estaban dispuestas a abonar
cuanto fuera preciso, con tal de que las palabras dichas por su esposa volvieran
al sepulcro del alma del que jamás debieran haberse levantado.
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