lunes, 5 de mayo de 2014

IV. LA CASA DE LO TINTES.



 
 IV.     LA CASA DE LOS TINTES


Mi destino no resultó ser otro que la tintorería de Dulio Marsilio Menio, uno de los más entregados y fieles admiradores de mi señora Ancia. Su industria era muy importante y se ubicaba en la orilla opuesta del Tiber, junto a un molino que la proveía de fuerza y abundancia de aguas, todo muy necesario para las labores del lavado de telas. Era una finca amplia y muy bien reputada, pero discreta en su ubicación. Su situación en la otra margen del río la dotaba de cierta intimidad y reserva, al ser el cauce una barrera natural que, en cierta forma, obstaculizaba su acceso si no era por barca o dando un gran rodeo.
Con el pasar del tiempo y cuando yo me instruí en lecturas, historias y gentes importantes de la vida romana, completé aquel suceso que me llevó hasta allí. Supe entonces que Ancia, arriesgando su vida, había rogado a Dulio mi adquisición urgente, pues que el empeño de Quinto Cecilio Metelo Escipión por ser él el primer hombre que cruzara mi acceso de mujer, era toda una obsesión, que el tribuno, edil, pretor y aspirante fallido al consulado, perseguía con el encono de un trofeo de guerra. Supe también que la furia de este salvaje e influyente amigo del locuaz Cicerón, a quien había facilitado muchas informaciones para que el eximio orador venciera a Catilina, le predispuso enconadamente contra Ancia, a quien mandó prender con despótica furia.
Supe también que mi protectora se salvó de su impío arrebato porque, habiendo sido él quien inspirara la idea de que Julio César disolviera su decimotercera legión, so pena de ser declarado por el Senado republicano enemigo del pueblo, tuvo que huir precipitadamente. Fue entonces cuando, abandonando Rávena donde se había asentado, el gobernador de la Galia pasó el Rubicón y marchó triunfal hacia la urbe. Sus lazos familiares con el viejo Pompeyo, a quien había entregado a su hija Cornelia para que él la tomara como su quinta esposa, aconsejaron, ante la inminencia de la guerra civil, que se marchara a Siria en función de procónsul. Entonces comenzó su peregrinación. Después de Siria fue a Farsalia, y más tarde hasta África. Luego fue derrotado en Tapso. Proyectó una truncada huida a Hispania, en la que un naufragio lo devolvió a la costa, hasta que Publio Sittio lo ejecutó en Hippo Regius.
Sólo, cuando la noticia de su muerte llegó a Roma, mi señora pudo descansar después de cinco años en los que temió a diario por su vida, la de Dulio, la de Torquio y la mía. Pues, si los acontecimientos no nos hubieran amparado, en ningún lugar hubiéramos estado a salvo de su inquina malévola. Por el regidor del lupanar conocí mucho tiempo después que, al inaccesible y enigmático semblante de la hetaira, se sumó un nuevo matiz de onda tristeza que aún lo embelleció más, si eso pudiera haber sido posible. Aseguraba él que era una veladura de hermoso y natural cosmético. En eso insistía el perceptivo Torquio. Aunque yo me imagine que tal benevolencia no era más que la corroboración de que aquel hombre amaba del modo más ferviente que pueda imaginarse a la mujer de Taima.  
Mis primeros días en la casa de Dulio fueron desiguales y extraños. Por una parte estaba la aversión que su esposa Egeria me profesaba abiertamente, mientras que por otro lado imperaba la devoción que el dueño de la hacienda me tenía, inspirada sin duda por su cariño a Ancia, puesto más en valor por su acto conmigo.
Dulio Marsilio Menio y Egeria Portia Orbia eran un matrimonio avenido y afable, que basaban su unión en su afecto mutuo y la prosperidad de su negocio, al que ambos dedicaban su máxima atención y decidida entrega. No habían tenido hijos, y, a la espera de poder adoptar a algún muchacho joven que tuviera los oportunos merecimientos para heredar sus bienes y atender su vejez, ellos no dejaban de acrecentar y mejorar su hacienda. Ella sabía de las visitas de Dulio al lupanar de Ostia y de la existencia de su adorada Ancia, de quien su marido no dudaba en hablar con admiración e infinito respeto, sin caer jamás en falta de decoro ni desvelar detalle propios de intimidades habidas con la bella. Por eso, la mujer también estaba íntimamente agradecida a aquella prostituta. Y es que el fervor desatado en su señor y esposo, había aportado, según decía ella, un equilibrio afectivo a su hombre y, por ende, a su matrimonio, dándoles una solidez y estabilidad envidiable y magnífica que eran garantía de gran seguridad.
Sin embargo, mi presencia venía a romper todo aquel edén y su concierto tácito. Yo era el germen de la inseguridad. A Quinto Cecilio Metelo, sus cargos públicos, su oficial y sabida camaradería con Cicerón y sus vínculos familiares con Pompeyo, lo convertían en un personaje de máxima influencia. Ir contra su voluntad era una empresa que reportaba un máximo de riesgo. Y todo ello por lealtad a una puta y por defender a una esclava, en edad de medrar, que no les procuraba ni el pan que consumía. No es extraño que, tras estas conjeturas y juicios razonables, yo fuera una desdicha y un peligro a los ojos de la mujer de Dulio, a quien siempre reconoceré, pese a todo, como una mujer cordial, cabal y mesurada. Por otro lado, estaba el continuo cuidado y la obligación de mentir sobre mi procedencia a los otros esclavos y a cuantos clientes curiosos visitaban la casa de los tintes. Tal vez por eso, se optó por raparme el cabello y vestirme con ropas de muchacho, no procurando en demasía mi aseo y fomentando mi rudeza y mis mañas más ambiguas y toscas.
Todo ello, sin embargo, resultó para mí una grata experiencia que me dotaba de una liberación en medio de un mundo, por otro lado, pleno de agrado, bienestar y placeres estéticos, que yo abiertamente percibía, pero ante los que no estaba formalmente obligada. Algo así como un pequeño gato que goza de la abundancia y el solaz de la apacible domus de su amo, pero que no está obligado más que a no estorbarle.
Mi desprendimiento forzado y repentino de la casa de citas y mi desvinculación con quien en tan poco tiempo me había dado tanto, fue un nuevo motivo de angustia y de dolor. Sin embargo, la contundencia y la resolución con la que se ejecutó mi venta y mi traslado me ayudó a superarlo con mayor fortaleza que lo que hubiera sido de comprensible lógico. Y es que, después de aquella noche, yo no volví a ver a Ancia hasta muchos años después, por lo que su afecto y su recuerdo quedaron en mí como un reducto preservado al que yo podía acceder cuando lo deseaba, aunque únicamente desde mis más íntimos espacios del ensueño. A diferencia de mis familiares, mi evocación de Ancia era como algo amable suspendido en el tiempo; algo posible de alcanzar en situación extrema pero a la vez etéreo; algo íntimamente mío que me estaba esperando en un lugar incierto a salvo de destrozos. Y así resultó ser cuando me fue imperioso el recurrir a ella. Eso lo contaré cuando llegue su turno.
La casa de los tintes era en sí, y para una muchacha de mi edad, un mundo pleno de bellas maravillas entre las que tender quimeras desbocadas e ilusiones ficticias. Su ubicación en el campo, a la orilla más silenciosa del río, aportaba al paisaje una mansedumbre y una apacibilidad realmente bucólicas. Hasta allí llegaba la brisa siempre amable del mar y la humedad era tenue, perenne y agradable. En la casa de tintes se gozaba de plena libertad y el ambiente entre esclavos y dueños era ciertamente envidiable. Se trabajaba mucho y se comía bien, se descansaba a gusto, y, si allí se enfermaba, la atención de los amos era sincera y generosa sin reparar en gastos. Un grupo de esclavos muy bien seleccionado tanto por actitud ante el trabajo como por cualidades personales y humanas. Y de tal modo era así, que nadie perseguía su manumisión, aunque sí que todo siguiera como estaba y que los dueños de la casa vivieran muchos años prosperando en fortuna. Quizás por ello, yo vine a ser un declarado estorbo en aquel paraíso. Aunque el afecto que me tenía Dulio mitigaba y diluía la adversidad que otros podían profesarme. No obstante debo reconocer que no sufrí excesivos desprecios ni ninguna agresión, salvo la que suponía el velado recelo que ya he referido.
De inmediato, aquel mundo espectacular de los colores me sedujo de lleno e inundó mis sentidos. Me maravillaba contemplar cada mañana desde mi aposento, apostado en un minúsculo cuarto de la alta terraza, los múltiples círculos que suponían todas las enormes tinas de colores diversos. Aquel conjunto de pozales ocupaba el gran patio impoluto y muy blanco abierto hacia el cielo, en torno al cual se resolvía y apiñaba el resto de la domus. A la luz más límpida del alba, aquellos charcos, perfectamente circulares e iguales, eran como enormes lunas llenas ancladas en el suelo. Lunas multicolores que el capricho de un dios se hubiera entretenido en teñir por la noche. El encendido fucsia, los rojos más sanguíneos, el azul más profundo, el dorado amarillo, el bermellón de fuego, el verde de lagunas y mares atrapados o aquel que nos presentan los limones más ácidos. El azul del celaje, el gris de las tormentas; los tonos tierras, el índigo, los granzas, los añiles. El púrpura, el cinabrio, el blanco de mercurio; el cadmio, los naranjas, hasta el negro succinum. Todos me seducían; todos me reclamaban para bañarme en ellos, al igual que las nubes que parecía que bogaban por sus espejos circulares y calmos. Y luego, cuando avanzaba el día, los largos lienzos, puestos para secar, volando en las terrazas. Las solanas que poco a poco se iban cubriendo de velos infinitos que el sol y el viento enjugaban en un perenne juego de huidas y regresos, de vuelta y bamboleo, de caricia y violencia; de sonora batalla.
Aquella casa era hermosamente mágica. No era nada de extrañar que cuantos clientes decidían acercarse hasta ella quisieran llevarse todas aquellas telas, resultando imposible decidirse por una solamente, pues que el viento y la luz hacía parecer a todas únicas y excelentes. Aquella exposición era, según afirmaba Egeria el triunfo de su casa. Y lo conceptuaba y aseguraba así hasta el extremo de que, si el día no era suficientemente luminoso o propicio para el vuelo del género, no tenía inconveniente alguno en dotar emisarios que fueran, cliente por cliente, a cancelar las visitas previstas para aquella jornada.
Por otro lado, en las mañanas que eran venturosas, la recepción para los compradores era todo un armonioso y cuidado espectáculo dotado de misterio y teatralidad sin fisuras ni fallos. Se recibía a los interesados hacia la hora sexta, cuando el sol se acercaba a su punto en el cenit. Primero se les esperaba en la margen del río y se les transportaba en una barca engalanada con guirnaldas de flores, con música de címbalos. En ella se les aposentaba en colchas y cojines y se les perfumaban los pies, los calceus  y sandalias. Ya dentro de la casa, tras el recibimiento del dueño y de la dueña vestidos con galanos, se les acomodaba en una decorada tribuna abierta al bello cielo, que estaba situada en el sitio más alto de toda la vivienda. Desde allí se veía el mar como una cinta titilante, plateada y lejana, confundida en la bruma. Luego se les servían viandas exquisitas, licores y pasteles y se les amenizaba con música, acrobacias y juegos de danzas y sorpresas que los artistas sirvientes realizaban entre las tinas de los bellos colores y que, a aquella hora, espejeaban cual bandejas candentes. Y de improviso, y, a una señal que nuestra ama hacía mediante una esquila de cristal y de plata, se paraba la música. Al tiempo, y como por ensalmo, más de quince esclavos, en una solana situada al frente, liberaban las telas presas hasta el momento. Las telas, que de pronto, sujetas por un extremo a unos esbeltos mástiles, ondulaban al viento como un concurrir de llamas encontradas que rivalizaran entre sí por flamear lo más lejos posible. Aquél golpe de efecto hacía agitar las sorpresas de todos los presentes. A partir de aquel mismo momento, los absortos clientes sólo tenían deseos por adquirir los paños que el sol transparentaba y el aire retorcía, y en modo alguno tolerar que cualquiera de los otros presentes les privara del género de aquel modo exhibido. Una pugna adquirente se desataba entonces como una batalla eufórica por comprar el primero.
Mercábanse allí tejidos fabricados con lanas de ovejas primerizas de Tracia y de Anatolia, con sedas del Oriente, con algodón de Aegyptus. Se traían telas trenzadas en Britania, en Germania, en Aquitania, en Rabean, en Brundisium. Pero a la vez había paños tramados en las ciudades de Pérgamo y Smyrna, de Halicarnaso o Palmyra, de Petra o de Damasco. Brocados de Gandhara, de las tierras del Indo, de Kandahar o Rambagh. Todo cuanto el gusto más exigente podía demandar; todo cuanto el bolsillo más repleto podía costear. Allí vi yo por vez primera telas cuya suave docilidad jamás hubiera podido presentir, cuya transparencia nunca imaginar. Telas color de humo, de azafrán, de canela o de paja mojada. Telas del color de la arena, del de los tallos tiernos del trigo o la cebada, del de suave ceniza. Telas del color transparente del vino cuando se mira al trasluz en un vaso de cristal de Aquilea. Telas entrelazadas de hilos de aurum o de argentum, engarzadas con cuentas o abalorios, con semillas o conchas de moluscos o fragmentos de mica, de azabache o de ámbar. Todo lo vi allí y allí me fascinó y tiñó mi infancia de sueños y de imágenes, de belleza y de hechizo que nunca me ha dejado. Y aunque mi destino no me haya permitido vestir esas dignísimas rarezas, siempre las he tenido cerca, por lo que siempre he apreciado el tacto de esas telas tejidas, sin duda, por los dioses que habitan por donde el sol retorna y nos entrega el día.
Viví en la casa de Dulio durante cuatro años, un tiempo que para Roma, en un principio, resultó ser convulso y muy difícil. Los optimates huyeron asustados sin saber que César avanzaba hacia Roma arropado tan sólo por unos seis mil hombres; su decimotercera legión. Un número de soldados diez veces menor que aquel con el que contaba el asustado Cneo Pompeyo Magno. Algo que después atizó los sarcasmos.
Todo aquello fue un tremendo fiasco. Quinto Cecilio Metelo y Marco Porcio Catón huyeron hacia el sur. Pompeyo se dirigió a Brundisium, hasta donde lo persiguió César con la esperanza de rehacer sus lazos y parar la violencia. Al menos eso fue lo que luego dijeron. Pero el atemorizado desertor, confuso y alterado, se embarcó hacia Grecia poniendo mar por medio.
Roma quedó sumida en la plena anarquía, pues César, viendo la beligerancia, se dirigió urgentemente a las tierras de Hispania. Dicen que fue una marcha forzada que duró sólo el periodo de un mes. Quería derrotar a los seguidores de Pompeyo en aquella provincia lejana e importante y así  afianzar la incierta retaguardia. Aquí, en la ciudad, todo era ilegalidad, bullicio y desconcierto. Desde la noche al día, las instituciones se quedaron ociosas. Todos recelaban de todos y nadie quería apostar con claridad por ninguno de los dos bandos en enconada pugna, pues que nadie podía predecir el futuro de una manera cierta. Nadie confiaba en auspicios, vaticinios o augurios. Con angustia se preparaban expatriaciones y se liquidaban haciendas. Se vendían a precios de urgencia terrenos, esclavos y ganados. Se abandonaba la ciudad. Y, aquellos que podían, se refugiaban en aldeas y villas en el campo, tratando de ponerse a salvo de los enfrentamientos de ambos contendientes. La guerra era civil. Se hacían alianzas y se rompían vínculos. Abundaban denuncias, mentiras y revanchas. Lo peor del alma de los hombres era moneda habitual en esos turbios días.
Cuando César, hostigando a Pompeyo, se dirigió hasta Grecia, todos creímos que de nuevo volvería la maltrecha república. Máxime cuando se recibió la noticia de la derrota que éste padeciera en Dirraquium. Muchos cantaron la victoria y retornaron raudos para ocupar sus cargos dejados en la huida. Pero tuvieron que irse nuevamente en franca desbandada, cuando, tan sólo un mes después, César ganó en la gran batalla de Farsalia, y aquellos generales que eran fieles a la república huyeron nuevamente. El burlado Pompeyo se refugió en Aegyptus, y Metelo y Catón también en el norte de África. César fue nombrado dictador de Roma, con Marco Antonio como Magíster equestris y Publio Servilio Vatia Isaúrico como colega, electo cónsul por segundo mandato.
Todo esto lo he sabido e hilvanado después, cuando me he hecho docta con el pasar del tiempo. En aquellos momentos, convulsos y apurados, la vida pasaba ante mí sin permitirme que reparara en ella. En mi mente y mi interés de niña estaban únicamente el ver cómo un día más el sol se levantaba y cómo en mi escudilla no faltaba comida y, tal vez, en pedir que el malvado destino no me echara de nuevo a la cruda intemperie.
Pero una vez más nadie escuchó mis súplicas. Porque fue entonces el momento en el que mi señora Egeria Portia consiguió de su esposo el beneplácito para deshacerse de mí. La tensa situación vivida en tiempos tan aviesos había mermado negocios y fortunas y reducido a los niveles mínimos las ventas de telas y de objetos de solaz o de pompa. La nobleza había desertado o estaba escondida. No había ceremonias ni banquetes ni fiestas, ni eventos en los que lucir fastuosidad o alhajas. La alerta era máxima y el temor desmedido. No se fletaban barcos ni se acordaban viajes o caravanas hacia tierras exóticas. Nadie podía despilfarrar en ornatos y lujos en tanto la situación no fuera escampando. Era pues el momento de arrimar efectivo y aminorar los gastos. Y una muchacha muda con apariencia de rufián poco limpio era poco rentable y consumía mucho. Pasé de ese modo a ser de propiedad de un tal Vernus Cortinio Gelio, maestro de holgazanes, farándulas y máscaras. Así llegué a las calles de Roma.














1 comentario:

  1. Me encanta. No se me ocurre mejor forma de calificar esta lectura que inicié ayer y que me ha enganchando de tal forma que espero el momento de poder sentarme ante el pc para continuar la lectura. No me atrevo a decir que reconozco la pasión puesta en la escritura y en todo lo que ha supuesto. Te felicito sinceramente Javier, creo que estoy descubriendo algo maravilloso.
    Si por un casual lo publicaras de alguna forma me gustaría hacerme con un ejemplar. Me sigue gustando el tacto del papel y la parafernalia del paso de cada página, acariciar la cubierta de los libros sigue siendo un placer. Salud Javier y gracias por esta hermosura.

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